martes, 23 de agosto de 2022

TODOS CONTRA TODOS


El peligro de seguir todos contra todos
La escalada de agresiones mediáticas y escraches envilece más el ambiente político. Predomina la pelea por la pelea misma. No se buscan soluciones
Pablo Sirvén
El momento en el que Ginés González García es increpado.
En materia de agresiones supimos estar peor que ahora. Mucho peor.
Cuando la Argentina comenzaba a deslizarse hacia su ruina económica, uno de los tantos peronismos que nos gobernaron brindó un espectáculo más espeluznante por lo sangriento que su patente inoperancia actual para resolver cualquier problema que aflija a los argentinos.
Entonces los tiros mortales iban de izquierda a derecha y de derecha a izquierda entre sus propios militantes. Se eliminaban unos a otros sin que les temblara el pulso. Pero, eso sí, coincidiendo en una misma consigna (“Perón o muerte”).
Se ufanaban de crímenes atroces a cara descubierta y hasta los ostentaban, o predecían, en sus publicaciones manchadas de sangre.
“Mario Firmenich y Norma Arrostito cuentan”, dice la volanta, y en tipografía catástrofe se lee en el titular “Cómo murió Aramburu”. Es la portada de La Causa Peronista del 3 de septiembre de 1974, el semanario afín a la guerrilla montonera, tras la clausura de El Descamisado. De la vereda de enfrente de esa grieta que olía a pólvora y a fétidos cadáveres, El Caudillo, con formato y tipografía similar, escupía antisemitismo, odio visceral a todo exponente de la izquierda, y con inquietante clarividencia anticipaba los crímenes siguientes del mortífero terrorismo paraestatal y de ultraderecha de la Triple A.
Así como a los exalcohólicos y exdrogadictos se les aconseja no coquetear nunca más con esos vicios porque se exponen al riesgo cierto de la recaída, los argentinos, en cambio, seguimos jugando con fuego cargando las palabras de una creciente violencia simbólica que, en su persistencia e intensidad, nos expone al peligro cierto de desembocar en acciones de hecho que nos devuelvan a aquellos infiernos, similares o peores.
Dispositivos de fácil uso y portabilidad, más cierta naturaleza perversa de algunas redes sociales, se combinan para disparar mensajes envenenados a repetición. El recurso se volvió tan reiterado que la palabra que lo define (“escrache”) ya figura en el diccionario de la Real Academia Española.
El que escracha se anota un pez gordo a su favor, con más seguidores y viralización en la propia red. Pero la cosa se complica y agrava porque no hay nada que les guste más a ciertos medios tradicionales que multiplicar exponencialmente esas piezas fugaces y al paso, lo que las transforma en poderosos Exocets políticos que estamos condenados a ver por años ya que nunca son olvidados del todo. Vuelven una y otra vez en informes que mantienen vivo su recuerdo y se enriquecen con nuevos exponentes.
Ginés González García, Juan Grabois, Mirta Tundis, Pablo Moyano, Diego Brancatelli, Pablo Echarri y Sergio Massa, solo por mencionar a recientes “escrachados”, producen ríos de tinta, editoriales flamígeros y panelismos almodovarianos (o sea, al borde de un ataque de nervios), pero también se generan distintos tipos de “accidentes”, que deterioran aún más la hipersensibilizada epidermis social.
Nada es gratis y todo tiene sus consecuencias, por ejemplo, para la propia industria mediática: la escandalosa salida del aire de Viviana Canosa todavía genera réplicas y malestares hacia adentro y hacia afuera del medio afectado, por más que el viernes se haya firmado una desvinculación “de mutuo acuerdo”.
Peor son los efectos que se producen en el ya de por sí muy alterado ecosistema político, volviéndolo todavía más tóxico, enrarecido y agrietado: hoy los escraches, los memes, las fake news y las chicanas tuiteras se han convertido en la materia prima casi exclusiva del análisis político, que, salvo excepciones, ha descendido al quinto sótano de su nivel.
Sobre llovido mojado aparecieron las bravatas amenazantes del matón radial Roberto Navarro (“algo hay que hacer con ellos; deberían tener miedo”, lanzó hacia una lista de periodistas críticos a los que individualizó) y las ofensivas de Hebe de Bonafini, que insta a una “pueblada”, y de La Cámpora, con sus pancartas, pintadas y videítos de “Si la tocan a Cristina qué quilombo se va a armar”, como única respuesta a las demoledoras argumentaciones de los fiscales Luciani y Mola en la causa Vialidad, evidencian que el ambiente se está espesando.
No podía faltar en esta infeliz enumeración la “redistribución del subsidio” (Malena Galmarini dixit). Con tal de evitar las palabras “aumento”, “ajuste” y “tarifazo”, el oficialismo desató una absurda cruzada fascista de identificación de famosos (no K, por supuesto) a los que se intentó hacer cargo del subsidio sobre sus servicios públicos que ellos nunca pidieron y que les impusieron de prepo las anteriores administraciones kirchneristas.
Echar las culpas a otros, malversar sentidos, distraer y prepotear es el único plan oficial conocido hasta el momento.

http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA

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