Como si fuera cine, pero en el teatro
Leni González
Autoría y coordinación general: Ariel Nuñez. intérpretes: Bernardo Artica, LucaBaldana ,LujánBlaksley, OliverCarl, Felipe Corrado, Cristian Di Fulvio, Pablo Faletti,GaelGonzalezCosta,ArielNuñez, Juan Manuel Oviedo, Mauro Puppo, Horacio Romero, Nicolas Ruciello, Adrián Santagata. sala: Sigue la Polilla, Castro Barros 874. funciones: sábados, a las 20. duración: 120 minutos.
Para ser anarquista, se recomienda comodidad. Antes de salir para el mitín, será mejor descargar mochilas, bajarse de los stilettos y darle un besito al celular. Las coordenadas de encuentro llegan por mail, encriptadas en un acertijo: a la hora señalada, un par de varones escurridizos con sombrero o boina guiará al grupo, sin otra explicación que la obligación de guardar silencio y ponerse el saco vintage que ambos sacan de una bolsa. Unos cien metros después, con sigilo y en penumbras, por la puerta de una sala de Boedo, se ingresa a la década del 20 para acompañar, de a pie y durante dos horas, a Severino Di Giovanni, el anarquista italiano, luchador antifascista, el “idealista de la violencia” que retrató Osvaldo Bayer.
Un hombre peligroso es teatro inmersivo, una experiencia en la que “los espectadores” forman parte de lo que sucede como testigos privilegiados pero sin interactuar con los protagonistas. Si fuera una película, serían extras, una comparación para nada disparatada porque este verdadero tour de force tiene mucho de película. El autor, director y actor Ariel Nuñez (quien interpreta a Severino) realizó un storyboard o guión gráfico para poder organizar el ensamble de las 35 escenas de esta puesta: asambleas, discusiones con otros anarquistas sobre el uso o no de la violencia, traiciones, atentados, cárcel, tortura, el amor con América Scarfó, el fusilamiento del 1° de febrero de 1931, contado por Roberto Arlt en su Aguafuerte “He visto morir”. Habrá tiros, explosiones y corridas, armadas contrarreloj de un espacio a otro con apretada y precisa síntesis escenográfica que convierte al patio de una casa en Parque Centenario o en el teatro Colón, pero no a la vista del público (como estamos acostumbrados en puestas no dramáticas o menos tradicionales) sino en el mientras tanto de una escena a otra. El recorrido de la gente es guiado por unas chicas que consiguen algunos banquitos para quien los necesite.
No es aquí donde se contará quién fue Di Giovanni ni qué pasó con el movimiento anarquista. Esta experiencia puede interesar a quienes ya lo saben o ser la puerta para enterarse. Es elogioso lo que este grupo de Sigue la polilla hace en ese espacio, por la producción, el ingenio y la pasión. Los espectadores aceptan la convención de manera casi hipnótica, azorados por el viaje histórico. Como la obra busca poner en contexto y dar carnadura a ese espíritu de transformación social, por momentos hay reiteraciones y los personajes a veces explican demasiado sus objetivos. El momento “romántico” entre Severino y América resulta un relax deseable en medio de la contienda ideológica.
De todos modos, el entusiasmo le gana sin problemas al cansancio. Todo el mundo se queda al debate postfunción. El regreso al siglo XXI es facilitado, para quien guste, por empanadas, cerveza y la charla con el elenco.
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