Hacia Armenia o la Argentina. Los rusos huyen en masa de la guerra y de Putin
Hasta un millón de personas dejaron el país desde la invasión a Ucrania, por temor a una ley marcial y a perder ingresos; engrosan los grupos de expatriados en naciones vecinas y también lejanas
Francesca Ebel y Mary Ilyushina
EREVÁN, Armenia.– Hace casi un año, cuando las tropas rusas irrumpieron en Ucrania y millones de ucranianos huyeron para salvar sus vidas, también miles de rusos juntaron lo que pudieron y abandonaron Rusia, temiendo que el Kremlin cerrara las fronteras e impusiera la ley marcial.
Algunos de ellos se oponían desde hacía tiempo al auge del autoritarismo, y la invasión de Ucrania fue la gota que colmó el vaso. Otros se fueron por motivos económicos, para preservar su fuente de ingresos o escapar de las sanciones internacionales.
Más tarde, en septiembre del año pasado, la masiva leva militar ordenada por Putin puso en fuga a otras decenas de miles de hombres rusos.
Lo cierto es que el presidente de Rusia desató un éxodo histórico de su propio pueblo. Los datos iniciales muestran que al menos 500.000 y quizás hasta un millón de rusos abandonaron el país en el año transcurrido desde la invasión, una oleada solo comparable con la emigración que se produjo tras la revolución bolchevique de 1917 y tras el colapso de la Unión Soviética, en 1991.
Hoy, como ayer, esas partidas redefinirán el futuro del país durante generaciones. Y ese éxodo incluso podría estar recién en su primera fase, ya que la guerra no parece estar ni cerca de terminar y los nuevos esfuerzos del reclutamiento del Kremlin más el agravamiento de la situación económica seguramente empujarán a muchos otros a cruzar la frontera.
Ese éxodo masivo está engrosando las comunidades de expatriados rusos ya existentes en todo el mundo y generando otras nuevas.
Algunos huyeron a países vecinos, como Armenia y Kazajistán, a través de pasos fronterizos abiertos para los rusos. Los que tenían visa escaparon a Finlandia, los países del Báltico y otros lugares de Europa. Otros se aventuraron aún más lejos, hasta los Emiratos Árabes, Israel, Tailandia y la Argentina, donde el Gobierno denuncia que una red de “organizaciones mafiosas” está detrás de la ola de embarazadas que viajan para parir. Y dos hombres del extremo oriental de Rusia incluso se subieron a un pequeño bote y navegaron hasta Alaska.
Las pérdidas económicas del éxodo son incalculables. A fines de diciembre, el Ministerio de Comunicaciones de Rusia informó que durante 2022 abandonaron el país el 10% de los trabajadores del sector tecnológico y nunca volvieron. Ahora la Duma, el Parlamento ruso, está debatiendo un paquete de incentivos para hacerlos regresar.
Pero en la Duma también se habla de castigar a los rusos que se fueron despojándolos de sus bienes en Rusia. Putin tildó de “lacras” a los que se fueron y dijo que su salida ayuda a “limpiar” el país, por más que algunos de los exiliados no se opusieron ni a su gobierno ni a su guerra.
Con un gobierno que aplasta brutalmente la disidencia y aplica castigos por criticar la guerra, el año pasado la mermada oposición política que quedaba también enfrentó una decisión aciaga: la cárcel o el exilio. La mayoría optó por el exilio. Activistas y periodistas críticos del régimen ahora forman comunidades en ciudades como Berlín y las capitales de Lituania, Letonia y Georgia.
“Este éxodo es un golpe terrible para Rusia –dice Tamara Eidelman, una historiadora rusa que se mudó a Portugal después de la invasión–. La capa social que podría haber cambiado algo en el país desapareció”.
Mientras que los refugiados ucranianos fueron recibidos en todo Occidente, muchos países rechazaron el ingreso de los rusos por no saber si eran amigos o enemigos, o si en realidad toda Rusia es culpable. Algunas naciones bloquearon el ingreso de rusos con medidas de restricción o negándose a darles o renovarles la visa, generando pánico entre muchos rusos que ya están en el extranjero, especialmente los estudiantes.
Mientras tanto, la llegada masiva de rusos a países como Kazajistán y Kirguistán, que durante mucho tiempo enviaron sus propios migrantes a Rusia, generó agitación política, tensando los lazos entre Moscú y los demás Estados exsoviéticos. En esos países, el precio de la vivienda se fue por las nubes, con la consecuente furia de los habitantes locales.
Ereván, la capital de Armenia, es un destino para los rusos con menores facilidades financieras, un país cristiano ortodoxo donde el ruso es el segundo idioma. Por el contrario, la costosa Dubái, en el Golfo Pérsico, es predominantemente musulmana, de habla árabe, y atrae a los rusos más ricos, que buscan ostentación u oportunidades comerciales.
Los exiliados en Ereván
Para muchos rusos en fuga, Armenia era una opción inusual, pero fácil. Es uno de los cinco países de la ex Unión Soviética que permiten el ingreso de los rusos solo presentando su documento nacional de identidad, lo que lo convierte en un destino popular para exsoldados, activistas políticos y otras personas que necesitan una rápida vía de escape.
Dados la religión compartida y el idioma en común, por lo general los rusos no sufren animosidad ni estigma social. Obtener permisos de residencia también es sencillo y el costo de vida es más bajo que en la Unión Europea.
Ereván atrajo a miles de profesionales de la tecnología de la información, jóvenes creativos y personas de clase trabajadora, incluidas familias con niños de toda Rusia, que abrieron nuevas escuelas, bares y cafés, y formaron sólidas redes de apoyo y contención.
En el patio de la Escuela Libre para Niños Rusos, abierta en abril último, Maxim, gerente de una empresa constructora, espera a su hijo de 8 años, Timofey. La escuela arrancó con 40 alumnos en un departamento: ahora son casi 200 y cuentan con un edificio de varios pisos en el centro de la ciudad.
Maxim solo se identifica por su nombre de pila por razones de seguridad y cuenta que voló a Ereván desde Volgogrado para escapar de la leva en septiembre pasado. “Nos fuimos por la misma razón que todos: de pronto, en mi país había un peligro real para mí y, sobre todo, para mi familia”, dice.
El hombre comenta que su familia se adaptó a la perfección a la vida en Ereván, donde todos hablan ruso. Maxim trabaja de forma remota en proyectos en Rusia. Timofey está contento con su escuela y está aprendiendo armenio. Maxim está seguro de que su familia no volverá a Rusia. “Tal vez nos mudemos a otro lugar, incluso a Europa, si las cosas comienzan a normalizarse”, anticipa.
En un refugio en las afueras de Ereván, Andrei, exoficial militar de 25 años de la región rusa de Rostov, explica que también se está adaptando a su nueva vida tras huir de la leva. “No quería ser uno de los asesinos de esta guerra criminal”, dice Andrei, quien también se identifica por su nombre de pila por razones de seguridad.
Andrei trabaja como repartidor y comparte una modesta habitación con otros dos hombres en un albergue creado por Kovcheg, una organización de apoyo a los emigrantes rusos. “Antes de la guerra nunca me importó la política, pero después de la invasión empecé a informarme de lo que pasa. Lo que está haciendo Rusia me llena de vergüenza”, lamenta.
Mientras tanto, en un espacio de trabajo común en el centro de Ereván, grupos de activistas rusos organizan debates, reuniones políticas y hasta sesiones de terapia. En las paredes hay mensajes de apoyo a Ucrania, junto con la bandera azul y blanca adoptada por los opositores a Putin.
La vida en Dubái
En Dubái, los rusos están por todas partes: con sus abrigos de Dior y sus valijas Louis Vuitton en los aeropuertos, con sus impecables trajes en los shoppings, o grabando videos para TikTok con la imagen del edificio Burj Khalifa de fondo.
Hace tiempo que los ricos y poderosos de Rusia viajan a Dubái, pero era apenas uno entre muchos otros destinos favoritos. Todo eso cambió cuando Occidente le cerró las puertas a Rusia por la guerra.
Son miles los rusos que eligieron como su nuevo hogar los Emiratos Árabes Unidos, país que no se sumó a las sanciones de Occidente contra Rusia y que sigue manteniendo vuelos directos a Moscú. Aquí los rusos gozan de un permiso de viaje de 90 días sin necesidad de visa y es relativamente sencillo obtener un documento de residencia permanente a través de alguna inversión o algún negocio.
El costo de vida implica que acá no hay ni periodistas ni activistas. Dubái es un refugio, pero también un patio de juegos para los fundadores de las empresas tecnológicas rusas, para los megamillonarios sobre quienes pesan sanciones, para millonarios no sancionados, para celebridades y hasta para los influencers.
Aquí los rusos siguen pudiendo comprar departamentos, abrir cuentas bancarias y acceder a los mismos productos de lujo que antes compraban en Londres o París. “Dubái fue pensada para que la gente con dinero venga acá”, dice Natalia Arkhangelskaya, que escribe un influyente blog de Telegram enfocado en la elite rusa en Dubái
http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA