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lunes, 24 de julio de 2023

ALFONSINA STORNI



Aquí vivió una “loba”: secretos del departamento de Retiro de Alfonsina Storni
Recorrida literaria por la casa de la poeta Alfonsina Storni, en Av. Córdoba 807
La poeta pasó cuatro años en el décimo B del edificio Bencich, de avenida Córdoba 807; hoy, los vecinos le rinden homenaje con visitas literarias en las que cuentan su trágica historia
Virginia Mejía
En el barrio de Retiro, una placa de bronce que milagrosamente subsiste, recuerda que Alfonsina Storni, “la loba”, como se definía la poeta, vivió en un edificio de cúpulas rosadas con reminiscencias de los palacios orientales o de San Petersburgo. Las paredes del décimo B del edificio Bencich, sobre la avenida Córdoba al 807, fueron testigo de un momento de la vida de la escritora, una de las más relevantes de Hispanoamérica, que vivió allí entre 1927 y 1931, un período de intensa vida cultural, literaria y periodística.
Su departamento forma parte de bloque de tres edificios unidos por un diseño común, en la esquina de Esmeralda y Córdoba, con entradas por esa avenida, en los números 807, 817 y 827. Fue levantado por la firma Bencich Hnos., poderosos empresarios de origen croata, que dieron su nombre a obras arquitectónicas singulares, casi todas de renta, ya que por ese entonces no existía la Ley de Propiedad Horizontal.
Lola Basile, dueña del 6 B de Córdoba 807, ofrece visitas guiadas a su departamento, decorado en forma similar al de la poeta
Qué le habrá atraído a Alfonsina en especial de Córdoba 807 es un misterio. Tal vez, el hecho de que se apartaba de todos los cánones, como ella. El diseño es complejo, hay un marcado desdén por lo estándar: las ventanas difieren entre sí, lo mismo que los balcones y las rejas. El arquitecto complica cada detalle hasta lo inverosímil.
“Varias frágiles cúpulas rosadas llaman la atención, no sólo por el color, sino por la elegancia de sus líneas que, al recortarse sobre el cielo, trasuntan un cierto toque oriental, un dejo de San Petersburgo, quizás”, destaca el experto en patrimonio Enrique Espina Rawson, en su blog Fervor de Buenos Aires.
Lo cierto es que Alfonsina Storni (Capriasca, 29 de mayo de 1892-Mar del Plata, 25 de octubre de 1938) un día se dirigió a la oficina de los Bencich para alquilarles, directamente a ellos, la propiedad donde viviría durante cuatro años junto a Alejandro, su único hijo, a quien tuvo soltera a los 17 años. Esto lo deduce de sus investigaciones Lola Basile, dueña del 6 B de Córdoba 807. La mujer ofrece visitas guiadas a la terraza y a su departamento, decorado en forma similar al de la poetisa.
Frente del edificio Bencich de av. Córdoba 807
Basile, una abogada apasionada por el arte, encarna a Alfonsina con la vestimenta que la caracterizaba y narra su historia en primera persona. Los fondos recaudados son para mantener el edificio, asegura ella junto a un grupo de propietarios que la acompaña en los eventos.
Si uno se para en la vereda de enfrente de la avenida Córdoba, mano hacia el sur, y observa a lo alto, puede tal vez pueda imaginar a Storni, con su clásico sombrero, tomando aire en su balcón, un pequeño espacio con rejas de hierro forjado, colmado de luz. Tenía una espléndida vista abierta desde donde se divisaba la ciudad, pero hoy está tapada por torres. A esa altura, la construcción, que tiene 13 pisos, se retiró hacia atrás para permitir el ingreso del sol en los sectores inferiores, tal como se acostumbraba a diseñar por esa época. No habrían sido pocos los momentos en los cuales la escritora vanguardista, cansada de intentar ser reconocida en un mundo literario conformado por hombres, habría necesitado tomar distancia, y aire, en su balcón: “Yo soy como la loba. Quebré con el rebaño. Y me fui a la montaña. Fatigada del llano. Yo tengo un hijo fruto del amor, de amor sin ley”, dice en uno de sus poemas.
Lola Basile, como Alfonsina Storni, en el living de su departamento decorado como el de la poeta
“Las lunas, las lunas que vi desde mi departamento, no las volví a ver nunca más”, recita Basile, asomándose a través de las rejas, invitando al público, que la observa desde la vereda, a conocer los secretos de su departamento que está cuarto piso abajo de que alguna vez fuera habitado por Alfonsina. Hoy está desocupado, pero se alquila como oficina.
Coquetas jaulas lujosas
El inmueble comenzó a construirse en 1926 y se inauguró en 1927. Fue levantado por ambos hermanos, a diferencia de otros Bencich que llevan el nombre de cada uno. Ese mismo año, en 1927, Alfonsina hizo su ingreso como inquilina de lujo a una flamante joya arquitectónica de una Argentina pujante donde hoy, además de la placa conmemorativa, se aprecian los mármoles, bronces y herrajes originales. Todos los Bencich, casi una veintena, fueron levantados con elementos traídos de Europa que perduran en su mayor parte.
La vista desde el edificio de av. Córdoba 807
“En Córdoba 807 pasé los mejores cinco años de mi vida”, dice “Alfonsina” durante la recorrida. Sin embargo, en el ‘30 se desató la crisis económica y se tuvo que mudar a un departamento más barato. En el ‘31 se fue a vivir a unas pocas cuadras de ahí, en la calle Suipacha 1123, a pesar de que los hermanos le habrían insistido para que se quedase en el inmueble, según explicó Basile.
¿Cómo era la casa por dentro? Es la propia Alfonsina quien la describe en una entrevista que le hiciera en 1927 Enrique Moreno para el diario La Razón. Dice el cronista que se encontró con la poetisa en su departamento adornado con “muy buen gusto”. El edifico es “muy moderno” y sus ascensores parecen “coquetas jaulas lujosas”, señala. El entrecomillado de esta última frase denota que son palabras textuales de la entrevistada. Podría hacer referencia a su célebre poema “Hombre pequeñito”, donde, después de advertirle a él que solo lo amará por media hora, le asegura que va a saltar de “la jaula” donde buscaba encerrarla.
Mujer guerrera, Diana cazadora
Antes de mudarse a Córdoba 807, Alfonsina empieza a escribir para el diario La Nación críticas literarias y poemas bajo el seudónimo de Tao Lao, en relación a Lao Tse Tung, el filósofo oriental. Las mujeres no se dedicaban a esas tareas. Durante su estadía en el departamento continúa colaborando para el diario y, además, presenta una obra de teatro, El Amo del mundo. Fue un fracaso, estuvo solo tres días en cartelera, luego de ser defenestrada por varios críticos, entre ellos uno que la acusaba de haberse burlado de los hombres. El día del estreno, finalizada la puesta en escena, el presidente Marcelo T. de Alvear y su esposa, la soprano Regina Pacini, junto a periodistas, visitaron a la autora en su hogar donde hubo una pequeña recepción para celebrar el acontecimiento.
La vida de Alfonsina Storni, narrada en primera persona durante las visitas guiadas
Alrededor de 1928 empezó a publicar con su nombre, Alfonsina, que significa mujer guerrera, Diana cazadora, mujer brava. Vivía en un espacio de 110 metros cuadrados, con un living comedor dividido por una puerta corrediza y adornado con flores, fotos y dibujos de su rostro hechos con lápiz; tres habitaciones; una cocina pequeña; un baño de servicio; uno principal y la posibilidad de salir al exterior, no sólo en su balcón, sino también en la terraza del piso 14 con vista a Plaza San Martín.
¿Cómo era la vida cotidiana de Alfonsina durante los cinco años que vivió en el Bencich? Acudía a la escuela de Arte Dramático, donde daba clases de teatro. Además, era profesora en el Instituto Lenguas Vivas. Escribía al mismo tiempo para los diarios La Nación y Crítica. Caminaba por Florida hasta donde estaban las oficinas de La Nación, daba la vuelta por Avenida de Mayo, tomaba un café en La Holando y seguía su rumbo hasta Crítica para regresar tarde a su casa. Por la noche asistía a peñas literarias.
Estuvo marcada por una serie de penurias económicas, por eso al principio no tenía dinero para pagar una niñera. En épocas de bonanza, cuando Alejandro tenía 12 años, contrató una empleada para que lo cuidara. Recibía en su departamento frecuentemente las visitas de su mamá y de sus hermanas, tal como dice el poema “hoy han venido a verme, mi madre y mis hermanas”.
De puño y letra de Alfonsina: invitación a su departamento para decidir "qué se hace" con la Sociedad Argentina de Escritores
Alfonsina, considerada una vanguardista, se encargó de reunir a sus pares escritores, todos hombres; el acta constitutiva inaugural de Sociedad Argentina de Escritores, SADE, se hizo en su casa, en 1928: “El viernes de la presente semana nos reunimos en casa a las 9 ½ de la noche para convenir en definitiva qué se hace de la sociedad. Cordiales saludos, A Storni. Córdoba 807 Piso 10- depto. 19″, dice la nota escrita de su puño y letra con la invitación.
Fue una de las principales impulsoras de la flamante SADE y brindó su departamento para varias reuniones iniciales, pero no le permitieron integrar la Comisión Directiva. Era mujer. La placa de la entrada de su casa, con su fecha de nacimiento y defunción, fue donada por la SADE. El bajorrelieve muestra a una joven lánguida, con pollera hasta los tobillos, y una rama en su mano, recostada sobre la inscripción.
En 1928 viajó a España en compañía de la actriz Blanca de la Vega, y repitió su viaje en 1931, con su hijo. En ese mismo año, el intendente de la época la nombró jurado del Premio Municipal; fue la primera vez que ese nombramiento recayó en una mujer y esa decisión la alegró. Unos años más tarde, cuando ya no vivía en el departamento de avenida Córdoba, le detectaron cáncer de mama. El 25 de octubre de 1938 se suicidó arrojándose al mar desde la escollera del Club Argentino de Mujeres de Mar del Plata.
Así la retrata la escritora María Moreno: “Cenicienta trágica, perdió un zapato antes de saltar, un mocasín que es el calzado de la mujer moderna: en su taco chato depone toda coquetería para asegurar la velocidad en la marcha por la ciudad a la vez que ahorra en cordones, ese elemento que no siempre el magro bolsillo del pobre, logra reemplazar”.

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martes, 31 de mayo de 2022

ALFONSINA STORNI


Alfonsina Storni. Vida y obra de una poeta eterna, en un manojo de palabras claves
A 130 años del nacimiento de una figura mítica de la literatura argentina, su llama sigue viva; un repaso por su biografía con testimonios de dos especialistas, Josefina Delgado y Tania Diz
Daniel GigenaEn el Olimpo de la cultura argentina, Alfonsina nació en 1892 y murió en Mar del Plata en 1938
Mito de la literatura argentina –aunque por su nacimiento en Sala Capriasca también es reclamada por Suiza–, la escritora, periodista, maestra y pionera en la defensa de los derechos de las mujeres Alfonsina Storni hizo de la expresión su ley. En poesías, conferencias, notas para revistas populares y literarias, supo unir experiencia vital y estética. La “loba fatigada del llano” –como se presentó en el célebre poema– fue criticada en su época por el modo de encarnar una subjetividad femenina moderna, bohemia y desacatada. Fue colaboradora de Crítica y la nacion, donde publicó versos y columnas con el seudónimo de Tao Lao. Sus recitales de poesía (donde ejercitaba sus dotes actorales y declamatorias) convocaban a multitudes; si bien, luego de recibir el diagnóstico de cáncer en 1935, su ánimo se ensombreció, continuó escribiendo para exorcizar “la danza negra de la muerte”. En el 130º aniversario de su nacimiento, la llama de Alfonsina sigue viva.

Infancia

En la leyenda, Alfonsina habría nacido en el Atlántico, en el viaje de sus padres rumbo a la Suiza italiana, pero el acta de bautismo consigna que la pareja de Alfonso Storni y Paulina Martignoni recibió a la niña en Sala Capriasca. La familia regresó a San Juan en 1896, donde Alfonsina –que hablaba en italiano, desbordaba curiosidad y tenía tendencia a la fabulación– ingresó en la escuela. Luego recordaría el episodio del robo de un libro de lectura, lo que motivó la denuncia del comerciante a las autoridades del colegio. En 1901, su padre –“vagabundo y huraño”, como lo describe en un poema– decidió probar suerte en Rosario y, a los 10 años, Alfonsina tuvo que abandonar la educación formal para fregar platos y copas en el almacén café de la familia. Escribió su primer poema a los doce y, desde entonces, llevaba papeles con versos en los bolsillos. En la adolescencia, cuidó a su hermano menor, cosía con su madre y trabajó en una fábrica de gorras. Como actriz en la compañía de José Tallavi, recorrió varias provincias. De regreso en Rosario, supo que su madre se había vuelto a casar y residía en Bustinza. Mientras estudiaba, ofició de maestra rural en Coronda; no obstante, como muchos artistas, fue una verdadera autodidacta.

Libros

Como muchos, Storni renegaría de su primer libro, La inquietud del rosal, publicado en 1916. Un año antes, le había escrito una carta a Leopoldo Lugones, intelectual clave en las primeras décadas del siglo XX. “Yo sé que me tildarán de inmoral. Yo sé que gritarán contra la maestra revolucionaria y poco púdica. Quiero saber si los espíritus amplios como el suyo estarían conmigo”. No se sabe si Lugones respondió, pero en La inquietud del rosal despuntaba una sensibilidad femenina poco común para los estereotipos de la época. Fue, además, una llave que le permitió acceder a los círculos literarios. De 1918 a 1920, con el apoyo de Manuel Gálvez, publicó tres títulos: El dulce daño, Irremediablemente y Languidez, donde indaga las formas del amor, el desamor y el erotismo. Ocre, de 1925, es un libro de transición, donde asume gestos vanguardistas (tal vez impulsada por las creaciones de Oliverio Girondo), que retomaría en Mundo de siete pozos, de 1934, que le hizo decir a la escritora chilena Gabriela Mistral que poetas como Storni nacían cada cien años. Entre uno y otro, Poemas de amor (1926). Concluyó en Bariloche su último libro, Mascarilla y trébol, de 1938, con nuevos poemas sobre el mar, el Río de la Plata y la muerte.

Cementerio

“La poeta recordará que en su primer verso ya habla de cementerios. Y luego exhibe aquella sentimentalidad que proviene de una familia donde la depresión y la muerte se instalaron desde antes de que ella naciera. Un padre suicida ha marcado a esta chica que tuvo que vivirlo y luego habrá un modernismo que rescate lugares no canónicos, como en su visita al Cementerio del Buceo; se construye una sinfonía donde se los interroga –‘Decid, oh muertos, ¿Quién os puso un día / así acostados junto al mar sonoro?’– y en una audacia poco común en otros poetas los hace gritar a las olas: ‘Venid de golpe y envolvednos como / nos envolvieron, de pasión movidos ,/ brazos amantes’. Y cuando los muertos son liberados pueden verse ‘algunas desprendidas cabelleras. Rubias acaso…’. En su ‘Epitafio para mi tumba’, se burla de sí misma: ‘La mujer, que en el suelo está dormida, / y en su epitafio ríe de la vida, / como es mujer, grabó en su sepultura / una mentira aun: la de su hartura’”, observa la escritora y profesora Josefina Delgado.

Horacio Quiroga

Storni conoció al que sería su amigo (acaso amante) en la casa del pintor Emilio Centurión, en 1922. Quiroga, de 38 años, sobresalía en las tertulias del grupo Anaconda. “Horacio Quiroga pertenece al grupo de los instintivos geniales, de los escritores desiguales, arbitrarios, unilaterales y personalísimos”, escribió Storni. Norah Lange contó que en una reunión de escritores en su casa jugaron una tarde a las prendas. A Storni y Quiroga les tocó besar al mismo tiempo las caras de un reloj de cadena, que sostenía el autor de Cuentos de la selva. Este, en un rápido movimiento, lo corrió para besar a la poeta. Sin embargo, cuando Quiroga decidió instalarse en Misiones en 1925 y le pidió que se fuera con él, ella declinó la invitación, al parecer por consejo de su amigo el pintor Benito Quinquela Martín, que le dijo: “¿Con ese loco? ¡No!”. “Morir como tú, Horacio, en tus cabales, / y así como en tus cuentos, no está mal”, son los primeros versos del poema escrito tras el suicidio de Quiroga.

Hombres

“En la poeta, creación y vida corren juntas: ha aprendido a dejarse amar sin prejuicios, pero también a elegir. Y no teme hacer pública su conclusión. El hombre es no solo un igual sino también un ser a quien se puede proteger, como en la “Balada arrítmica para mi amor viajero”, y se puede ser condescendiente. Al juzgar cómo besan los hombres, concluye: “No son dioses, ¿qué quieres?, son apenas humanos”. La ironía es la forma de destacar que los atributos asignados al varón provienen del aprecio de la fuerza: “Con mayúscula escribo tu nombre y te saludo, / Hombre, mientras depongo mi femenino escudo / en sencilla y valiente confesión de derrota”. O el reconocimiento mutuo de que ese “hombre pequeñito” del poema tiene enjaulada a la mujer pero también lo está él. Hasta que la gran conclusión llega en ese “Tú” del poema más popular de Alfonsina, donde se consigna la constricción que sobre la mujer se ha ceñido, y a la vez se le exige al hombre que practique lo que exige. “Entonces buen hombre / preténdeme blanca, / preténdeme nívea, / preténdeme casta”, señala Delgado, autora de Alfonsina Storni, una biografía esencial.

Feminismo

“En 1919, en La Revista del Mundo  Storni publicaba un ensayo en el que analizaba la historia del feminismo argentino. Ella estaba al tanto del incipiente movimiento por la emancipación de la mujer –así se lo llamaba en esos años– que bregaba por la igualdad de derechos. En varias ocasiones, en la prensa, manifestó sus opiniones tanto sobre los derechos como sobre las condiciones culturales de opresión de las mujeres. Hizo la crónica de una acción disidente encabezada por la sufragista Julieta Lanteri: el mismo día de una votación municipal, Lanteri y su grupo armaron mesas eleccionarias femeninas e invitaron a las mujeres a emitir su voto. Son los años de cierta militancia de Storni en el feminismo y, probablemente, haya sido la señal de una reflexión sobre la desigualdad social y ciertos corsés de género, a veces demasiado crueles, que atraviesa su obra prolífica, desconcertante y heterogénea”, destaca la profesora Tania Diz, autora de Alfonsina periodista: ironía y sexualidad en la prensa argentina, 1915-1925.

Cartas

El 18 de octubre de 1938 Storni viajó de Buenos Aires a Mar del Plata y se instaló en un hotel donde solía quedarse cada vez que iba a esa ciudad. Escribió varias cartas –una para su hijo Alejandro– y un soneto en verso blanco (con ritmo y medida estrófica, pero sin rima), “Voy a dormir”, que sería publicado en la nacion. “Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame. / Ponme una lámpara a la cabecera; / una constelación; la que te guste; / todas son buenas; bájala un poquito”, se lee en dramática despedida. El poema se convirtió en la “zamba lenta” escrita por Félix Luna y musicalizada por Ariel Ramírez. En la madrugada del 25 salió del hotel rumbo a la playa La Perla; al día siguiente, dos empleados de la Dirección de Puertos encontraron el cuerpo de la escritora a doscientos metros de la playa, donde hoy se alza el monumento conmemorativo realizado por Luis Perlotti.

Mar

Es uno de los motivos favoritos de Storni, para quien la imagen del mar como refugio surge en los momentos de dolor: “Quisiera esta tarde divina de octubre / pasear por la orilla lejana del mar; / que la arena de oro, y las aguas verdes, / y los cielos puros me vieran pasar”. En sus analogías entre la naturaleza y el cuerpo humano, le concede el lugar de la mirada (“Mares tristes, / apretados, / mueven / en él / sus olas) y, en otros escritos, una predisposición maternal: “El agua de los mares / acuna / casas de espanto”. En los hermosos poemas “Yo en el fondo del mar” y “Perro y mar”, el mar adquiere valores antitéticos y, como sílaba, reaparece en varias palabras del léxico storniano: amar, mariposa, amarillo y amargura

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domingo, 28 de enero de 2018

ALFONSINA STORNI POR ALFREDO SERRA


Recorre de manera magistral la tormentosa vida de una de las grandes poetisas y escritoras de la Argentina: Alfonsina Storni.
“Ella debió ser un simulacro,
en todo caso un ensayo de lo viviente, con vestidos, con huesos, con locura y tabaco”
(Del poema Alfonsina, de Joaquín Giannuzzi, 1924–2004)
Su padre, Alfonso Storni, un hombre melancólico, la llamó Alfonsina, un nombre extraño que significa “la que se atreve a todo”.
Y vaya si fue así…
Nació lejos de esa Buenos Aires de los años 20, los 30. De cafés, de tertulias, de ciertos poetas desgarrados y suicidas a caballo entre el romanticismo y el modernismo.
Llegó a este mundo, en el que no fue feliz, en Capriasca, Suiza, el 29 de mayo de 1892, durante un retorno de sus padres desde San Juan, la tierra de Sarmiento y el viento zonda, donde eran dueños de una cervecería.
Otra mudanza, esta vez a Rosario, la instaló entre la escuela que fundó su madre, Paulina Martignoni, y el ruidoso café de su padre, cerca de la estación de trenes. La terminal.Alfonsina leyendo.
Allí, primeros oficios y aventuras. Mesera del café, actriz de una compañía trashumante, giras por ciudades pequeñas y parajes desolados.
Pero mucho antes, niña, había tallado su oficio en estas líneas: “Estoy en San Juan, tengo cuatro años; me veo colorada, redonda, chatilla y fea. Sentada en el umbral de mi casa, muevo los labios como leyendo un libro que tengo en la mano y espío con el rabo del ojo el efecto que causo en el transeúnte. Unos primos me avergüenzan gritándome que tengo el libro al revés y corro a llorar detrás de la puerta”.
Su madre la anotó en el jardín de infantes. Y Alfonsina reveló allí el primer mapa de quién sería.

Testimonio de una de sus maestras: “Es muy curiosa. Hace muchas preguntas. Imagina, fabula, miente. No hay modo de enseñarle a decir la verdad. Inventa incendios, robos, crímenes. Y un día nos invitó a pasar las vacaciones en una quinta… ¡que no existía!”
De los muchos golpes de la vida –como suele decirse…–, acaso el peor fue la muerte de su padre. Alfonsina tenía apenas 14 años. Su vida, en adelante, sería aún más ardua.
Como homenaje le dedicó estas líneas: “Que por días enteros, vagabundo y huraño / no volvía a la casa, y como un ermitaño / se alimentaba de aves, / dormía sobre el suelo / y sólo cuando el Zonda, grandes masas ardientes
de arena y de insectos levanta en los calientes /desiertos sanjuaninos, / cantaba bajo el cielo”.

Y así describió a su madre: “Dicen que silenciosas las mujeres han sido /
De mi casa materna… Ah, bien pudieran ser… / A veces, en mi madre apuntaron antojos / de liberarse, pero se le subió a los ojos / una honda amargura, y en la sombra lloró”.
Esos 14 años de orfandad de padre la marcaron a fuego. “Desde entonces, los bolsillos de los delantales, los corpiños de mis enaguas, están llenos de papeluchos borroneados que se me van muriendo como migas de pan”.
Comienza la estrechez. Ya no existe el café de su padre. Se somete, por necesidad pura y dura, a trabajos precarios: coser para afuera (mester de modistas pobres), maestra rural en Coronda, celadora allí mismo, cajera de farmacia, vendedora de tienda, oficinista en una empresa importadora, redactora publicitaria (avisos de aceite y de yerba)…
Y entre los trabajos y los días (bello título de Hesíodo)…, el 21 de abril de 1912, en el hoy hospital Ramos Mejía, le nace su hijo Alejandro, sin padre conocido, y nunca revelado.
Madre pobre, de apenas 19 años, se aloja con el bebé en una modesta casa que debe compartir con un matrimonio.

No son años propicios para una madre soltera, condición que despierta desprecio y estúpidos juicios morales.
¿Quién es el padre? Se sospecha de Horacio Quiroga, su gran amigo y acaso su amante. También de un conocido político. Pero es sólo conjetura.
De sus horas como oficinista deja un curioso texto: “Me acuna una canción de teclas; las mamparas de diques más allá de mi cabeza; barras de hielo refrigeran el aire a mis espaldas y desde el techo, pero no puedo verlo; bocanadas de asfalto caliente entran al paso de un tranvía distante. Clavada en mi sillón, dictando órdenes y correspondencia a la mecanógrafa, escribo mi pésimo libro de versos. ¡Dios te libre, amigo mío, de la inquietud del no morir!”
En 1916 publica su primer libro de poemas: La inquietud del rosal.
Empieza a escribir en revistas (Caras y Caretas, Atlántida, Nosotros), y en el diario La Nación.
Ya se habla de ella…
Después de La inquietud… siguen El dulce daño (1918), Irremediablemente (1919), Languidez y Ocre (ambos en 1920). Período romántico con atisbos de modernismo.
El segundo, ya en los años 30 y sin duda ligado al drama de su enfermedad, es juzgado como el más interesante, oscuro, irónico, cargado de angustia, y claramente expuesto en Mundo se siete pozos (1934) y Mascarilla y trébol (1938: el año de su muerte).
Para entonces, en 1927, estrenó en el teatro Cervantes su obra El amo del mundo… a la que siguieron Dos farsas pirotécnica, Cimbellina en 1900 y pico, y La cocinerita.
Desde sus primeros versos, algún crítico advirtió, por lo menos, su originalidad, que mucho más tarde dictaría este juicio: “Cambió el sentido de las letras de América latina”.
Pero también sembró desacuerdos.
“Prosa feminista”. “Estilo romántico con un punto de vista erótico y sensual”. “Resentimiento hacia la figura del varón”.
Y más tarde, “Pluma abstracta y reflexiva”.
En cuanto a la crítica literaria y su microscopio, su reducción, su jibarismo, “Los textos de Storni de 1916 a 1925 son románticos tardíos, pero a partir de Ocre denotan rasgos de vanguardismo y antisoneto, el verso blanco”.
De pronto, la pléyade porteña le abre sus brazos. Anima las tertulias literarias y las discusiones políticas del célebre café Tortoni. Colecciona amigos de fuste: José Enrique Rodó, Amado Nervo, José Ingenieros, Juana de Ibarbourou, Manuel Gálvez, Arturo Capdevila, Conrado Nalé Roxlo, Amado Nervo.

Apuesta al socialismo. Reparte panfletos del partido de Juan B. Justo. De noche, en el café, lee sus poemas con su inconfundible voz metálica.
Ya es una figura insoslayable.Alfonsina en la playa.
Pero, fumadora impenitente desde niña, en 1935 el diagnóstico le cae como una gota de plomo fundido: cáncer de mama.
La operan. Pero ya no tiene chance. Se deprime profundamente. Habla del suicidio como el máximo acto del libre albedrío. Pacta con Leopoldo Lugones: ambos deberán suicidarse al mismo tiempo.
En octubre de 1938, después de escribirle dos cartas a su hijo y un poema de despedida al diario La Nación, viaja a Mar del Plata, se aloja en un hotelito cercano a la escollera del Club Argentino de Mujeres, y el 25 de ese mismo mes, de noche, camina hasta la playa, y se hunde en el mar.
Breve crónica del día siguiente:
“Sobre la playa La Perla apareció esta mañana el cadáver de una mujer como de cincuenta años, de cabellos blancos, muy menuda y pobremente vestida, informaron marineros de la subprefectura. El cuerpo fue conducido a la morgue. Se ignora su identidad, ya que lo llevaba encima documento alguno”.

ALFREDO SERRA