Mostrando las entradas con la etiqueta ANALIZA CARLOS PAGNI. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta ANALIZA CARLOS PAGNI. Mostrar todas las entradas

sábado, 5 de noviembre de 2022

ANALIZA CARLOS PAGNI


La oposición tropieza con la misma piedra
Carlos Pagni
Los dirigentes de Juntos por el Cambio están tropezando por segunda vez con la misma piedra: la creencia en que la polarización con el kirchnerismo los absuelve de sus propios desaciertos. Esta convicción fue el velo que les impidió advertir el efecto corrosivo que la crisis económica de 2018 tenía sobre su base electoral. El hostigamiento ala figura de Cristina K ir ch ner, su ponían, alcanzaba para disimular los errores propios. Sobre esa alfombra roja ella regresó al poder.
En estos días se advierte el mismo error. La coalición va adquiriendo el aspecto de la casa de Gran Hermano.
Eso sí: sin llegar al extremo de tener que establecer un código de convivencia para evitar algún abuso. Están en la instancia previa: solo se amenazan con romperse la cara a trompadas. Esos dirigentes expresan una confianza candorosa en que sus seguidores los van a disculpar porque del otro lado está la vicepresidenta. Es la misma ingenuidad que lleva a Alberto Fernández a justificar sus extravíos en la pretensión de “que no vuelva la derecha”.
El desbarajuste se alimenta en un problema recurrente entre los líderes: la dificultad para detectar que el contexto en el que operan se ha modificado. Pero el drama consiste en que “la transformación no para”. Un signo principal del momento es que la escena política se está despolarizando. El fenómeno obedece a muchos factores, pero hay uno principal: el malestar económico se está prolongando demasiado y la responsabilidad ya no es imputable a un solo grupo. El cruce de reproches de una orilla a la de enfrente comienza a ser visto como una autoindulgencia. Los comicios del año pasado trazaron un mapa de esta nueva configuración. El Frente de Todos cedió votos hacia la abstención y hacia el trotskismo. Y Juntos por el Cambio enfrenta la amenaza libertaria encarnada, sobre todo, en Javier Milei. Esta reducción inspira reproches en cada grupo. Para citar solo dos ejemplos. Máximo Kirchner afirma que el actual gobierno puso al país de rodillas frente al campo, y Gerardo Morales dictamina que el experimento de Mauricio Macri fue un fracaso. Más allá de las intenciones de los protagonistas, el debate público comienza a estar mucho más tomado por el conflicto interno de cada fuerza que por la inercia de una confrontación entre ambos bloques.
Para la historia del Frente de Todos ha ocurrido una mutación inexplicable: el Estado se quedó sin recursos, sobre todo, sin dólares. Esta es la razón por la cual el modelo de la señora de Kirchner ha dejado de ser un proyecto. Es un relato de pizarrón, hecho para ser visto, no para ser ejecutado. El kirchnerismo realmente existente se llama Sergio Massa y sus mil tipos de cambio. Para seguir representando a quienes los votan, la señora de Kirchner y quienes la acompañan deben distanciarse de Fernández y su administración. Una empresa muy dificultosa, porque fue ella quien diseñó el engendro. Para que la feligresía olvide ese detalle, la diferenciación debe ser cada día más brutal. ¿Habrá algún límite? Ni ellos lo saben.
El problema de Juntos por el Cambio tiene que ver con otras alteraciones del paisaje. La asociación nació al amparo de tres premisas. La primera es que sobre el país pesaba la amenaza de un gobierno autoritario. A partir de su espectacular triunfo de 2011, bajo la consigna de “vamos por todo”, la expresidenta avanzó sobre la propiedad privada estatizando el 51% de YPF, la mayor empresa del país; enfrentó a la prensa con una nueva ley de medios, e intentó subordinar a la Justicia con la coartada de su democratización. La sombra que se proyectaba sobre el régimen republicano consiguió que diferencias históricas y conceptuales se relativizaran en homenaje a la unificación que permitiera conjurar el riesgo.
El panorama es hoy muy distinto. Si algo no puede provocar la gestión de Alberto Fernández es el miedo a una dictadura. La otrora todopoderosa Cristina Kirchner ha sido desafiada por su feligresía, en especial durante la discusión del acuerdo con el Fondo. Se le sublevaron los bloques parlamentarios y quedó en minoría frente a la operación más ambiciosa de estos cuatro años. Más todavía: su gólem, Fernández, se atreve a desafiarla y fantasea con su propia reelección. Insidioso, va todavía más allá: osa decir que él desconoce qué es la corrupción.
Desdibujada la amenaza autoritaria, parece bastante natural que muchos radicales se pregunten qué los une a Macri o que Elisa Carrió se plantee qué está haciendo con algunos radicales. El propio Macri parece estar cada día más incómodo con las antiguas compañías y se muerde la lengua antes de decir lo que, de veras, cree: que la UCR es una variante light del populismo.
Muchos dirigentes de Juntos por el Cambio no registraron que están participando de una película distinta. Son los que ante cualquier disputa interna lanzan una advertencia color sepia: no debemos pelearnos entre nosotros, porque debemos frenar al kirchnerismo. La secuencia es la contraria. “Nos peleamos entre nosotros porque ya no debemos frenar al kirchnerismo”.
El segundo fenómeno que habla de un nuevo clima es la ausencia de un candidato indiscutible. En 2015 ese papel lo desempeñaba Macri. Hoy no hay quien ocupe ese lugar. No lo hay porque el atractivo de Juntos por el Cambio está disperso, a pesar de que Horacio Rodríguez Larreta lleva la delantera, por su situación en las encuestas y por el control de la inapreciable máquina porteña. Además, Macri está empeñado en socavar esa preeminencia de Larreta. Sea para vencerlo, sea para forzarlo a negociar. La evidencia de que ya no hay un aspirante natural a la presidencia es que en la primera fila de Juntos por el Cambio hay, por lo menos, cinco competidores: Larreta, Patricia Bullrich, María Eugenia Vidal, Facundo Manes y Gerardo Morales. Siempre y cuando no se agreguen más, porque Elisa Carrió y Martín Lousteau relampaguearon esa posibilidad la semana pasada.
Además, está Macri, quien mueve las piezas con una sagacidad que hace dudar de si no será mejor dirigente partidario que presidente de la Nación. Antagonista de Cristina Kirchner y, a la vez, simétrico con ella, él también se niega a definirse candidato. Por ahora intenta controlar la lapicera. Todavía no es el momento de escribir su nombre. se propone como el administrador de la identidad del grupo. El que ubica los jugadores en la cancha y, desde una superioridad infusa, les asigna una calificación. En su momento, dice, bendecirá al que más le guste. Y si no, insinúa sin mostrar las cartas, será él. Macri reprime con disciplina la tentación de subirse a la tarima. Es mucho más fuerte el temor a tener, algún día, que bajarse. Repite el patrón de conducta que mencionó en la página 110 de su libro Para qué: “Sin un cargo ejecutivo, en la política había descubierto un rol nuevo. No era el jefe, como me había sucedido en Sideco. Tampoco era el presidente, como me pasó en Boca. No podía mandar. Mi poder ahora era otro. A partir de ese momento supe que debería conducir”.
Es interesantísima esa confesión de Macri. No solo porque vuelve a estar en esa situación y quiere, es evidente, conducir. Lo novedoso es que, como queda al desnudo en todo el libro, ha abandonado el horizontalismo de “mucho más importante que la estrella es el equipo”. Era la retórica del candidato indiscutido, a quien nadie desafiaba. Ahora se ofrece, y reclama ser reconocido, como el líder. Es una señal del cambio de contexto: debe demostrar, y a eso se dedica, que el desafío de Larreta no convierte a Pro en un cielo con dos soles. Si se lee Para qué, queda claro que Larreta es una novedad absoluta en la vida de Macri. Ni en el equipo de fútbol que armó en Newman, ni en Sideco, ni en Boca, y mucho menos en la presidencia, tuvo la experiencia de que alguien de su propio grupo le discuta el cetro.
Ese reto organiza la estrategia del expresidente. Promueve a Patricia Bullrich, como se demostró el último domingo. Quien organizó la comida de recaudación de fondos celebrada en Punta del Este, Santiago García Calvo, es un compinche del golf que actuó a pedido suyo. Hasta tuvo la maliciosa sutileza de invitar al exmarido de la exesposa de Larreta. Al afirmarse en su candidatura, Bullrich presta otro servicio: ofrece un parking a quienes esperan que Macri se postule. Néstor Grindetti, Cristian Ritondo, Joaquín de la Torre, entre tantos otros. Como explica un viejo amigo de Macri, con ese clasismo propio del ambiente, “Patricia es como si fuera la casera: te usa el cuarto, la vajilla y hasta el auto, hasta que volvés vos a ocupar la casa”. La teoría tiene un desperfecto. Habría que prestarle atención a una declaración que pasó inadvertida en el bullicio del fin de semana: como Larreta en aquel retiro del Llao Llao, Bullrich dijo que, si Macri se presenta en una interna, ella igual competiría.
La afirmación de la desconocida pugilista, que comenzará a trepar a los escenarios con un fondo de “Eye of the Tiger”, plantea un problema delicado, que en buena medida es también el problema de Larreta: ¿en nombre de qué ideas, de qué programa, de qué valores, enfrentarían a Macri? El liderazgo de Bullrich o de Larreta, ¿sería una renovación en qué sentido? Ejemplo: el bloque de diputados de Pro debe renovar su delegación en el Consejo de la Magistratura. Pablo Tonelli, que fue el más sistemático investigador de la corrupción judicial, aun con restricciones de su grupo, no aceptó la reelección. Macri pierde una posición, en beneficio de Larreta. El alcalde postuló al mueblero Álvaro González, discípulo de Raúl Carignano, secreto ahijado de Silvia Majdalani y antiguo secretario del santafesino Reviglio, es decir, un hombre para quien el pragmatismo carece de secretos. Por suerte es una decisión de la bancada de Pro, es decir, Elisa Carrió no está obligada a opinar. Y no opina. Macri tampoco, a pesar de que, como demostró hace poco, tiene tasado a González. La selección de González refuerza un estilo de relación de Larreta con Comodoro Py, que describió Candela Ini en una nota reveladora, publicada el 20 de julio en la nacion.
¿Alcanza lo que promete el jefe de gobierno, un cambio metodológico, de estrategia de poder? Una coalición del 70% contra otra del 50%: ¿alguien entiende? Son preguntas adecuadas, sobre todo si uno lee las declaraciones en las que Bullrich reconstruye su conflicto con Larreta. Todo terminó en una pizzería, cuando ambos se confesaron no que pensaban distinto, sino que querían lo mismo. La presidencia.
Macri tiene con Larreta un duelo adicional: el control de la ciudad. Ya sufrió un problema sucesorio. Fue cuando, distraído por la pelea presidencial, dejó la herencia de Boca en manos de Daniel Angelici, quien perdió la casa principal de Macri, su “Matanza”, con la candidatura de Christian Gribaudo. La alianza de Larreta con la UCR de EmiliaPero no Yacobitti y su candidato, Lousteau, reproduce ese temor. El jefe de gobierno supone, con bastantes argumentos, que una fórmula de Lousteau con alguien de su grupo, Emmanuel Ferrario por ejemplo, dejaría fuera de carrera a Jorge Macri. Mauricio Macri respalda a su primo. Más aún, cuando a Jorge le preguntaron por qué aceptó el aval de Patricia Bullrich, contestó “fue orden de Mauricio”. El jefe de campaña de Jorge Macri, Fernando de Andreis, es hoy el colaborador más estrecho del expresidente. Hay que cuidar la otra “Matanza”.
La alianza con la UCR le daría a Larreta una gran ventaja en la pelea nacional. Es lo que Macri pretende desestabilizar, acercando a Alfredo Cornejo, Martín Tetaz y, sobre todo, a Rodrigo De Loredo. Son todos aliados de Yacobitti y de Lousteau. Problema para Yacobitti que debe explicar ante Larreta por qué no controla a sus presuntos socios. Lo que sobra hoy en Juntos por el Cambio es la presunción.
La amenaza autoritaria del kirchnerismo, la certeza de que Macri era el candidato más competitivo: a estas premisas se suma una tercera, que funcionaba en 2015 y que perdió vigencia. Es la idea de que Macri no es un líder de derecha. Jaime Durán Barba y, sobre todo, Marcos Peña pusieron un esfuerzo sistemático en hacer de Macri un candidato socialdemócrata, que no resultara agresivo para el votante de la clase media, sobre todo el de clase media baja. El gradualismo fue una variable dependiente de este marketing. El ascenso de Milei, la expansión del discurso de ultraderecha a escala occidental y, más que nada, el alejamiento de Peña liberaron a Macri del disfraz. Ahora puede decir sin inhibiciones que Yrigoyen era populista y que detesta a los progres. Hasta recuperó la memoria de su abuelo, Giorgio Macri, que en la Italia de posguerra adhirió al Partido del Hombre Común, el qualunquismo, donde se reciclaban los antiguos fascistas y se agitaba la bandera antipolítica contra todos los partidos.
Liberado del yeso, Macri habilita una derechización entre los suyos: no solo Bullrich, también Miguel Pichetto y De la Torre se abstuvieron de felicitar a los brasileños por la elección en que triunfó Lula da Silva. Pichetto y De la Torre pasearon por el conurbano al reaccionario 03, que es el apodo que Bolsonaro asignó a su hijo Eduardo, para diferenciarlo de 01, 02 y 04. El presidente brasileño tiene a sus hijos numerados. Esta radicalización conservadora habilita planteos desconocidos hasta ahora en esa coalición: por ejemplo, el discurso antigay y la negación del cambio climático. De la Torre es quien va más lejos en esta dirección que los lleva a ser, en una agenda amplia, Juntos por el No Cambio.
El descongelamiento ideológico plantea una divergencia cada vez más notoria con la UCR, que facilita el trabajo de Larreta. Entre los radicales que discuten a Macri y Bullrich y el macrismo que lo hostigan, le han resuelto un problema importantísimo: cómo diferenciarse de su antiguo jefe. Lo diferencia el resto.
Desde el kirchnerismo aprovechan la fisura. Leopoldo Moreau dirigió este 30 de octubre, desde El Cohete a la Luna, una carta abierta a los radicales, en la que, después de analizar varias declaraciones de Macri en una conferencia de Miami, pregunta a sus antiguos correligionarios: “¿Qué los puede unir al macrismo después de leer estas definiciones?”. La jugada de Moreau tiene un doble filo. Es un aporte a la fractura del frente opositor. Es, además, un modo de ir construyendo la imagen del Macri fascistoide que necesita Cristina Kirchner para, enfrentando a un Bolsonaro, convertirse en Lula

http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA

viernes, 28 de octubre de 2022

ANALIZA CARLOS PAGNI


Impericias oficialistas y miserias opositoras

Carlos Pagni
La normalización de la economía argentina reclama medidas alrededor de las cuales no existe demasiada discusión. Entre otras cosas porque, cuando las distorsiones son disparatadas, las terapias no dejan espacio a la originalidad. La verdadera incógnita que aparece en el futuro no es, entonces, qué. Es cómo. Dicho de otro modo: se trata de saber con qué instrumental político contará la sociedad para encarar una agenda acerca de la cual existe bastante coincidencia. Hoy más que nunca la pregunta está referida a la política.
Se refiere a su consistencia, a la capacidad de la política de intervenir sobre las inercias de la historia. Saber eso es mucho más imprescindible que conocer la receta técnica. Si se lo observa a la luz de esta premisa, el tratamiento del presupuesto nacional en la Cámara de Diputados presenta una radiografía muy preocupante. Porque a las impericias del oficialismo, que son demasiado conocidas, se agregaron las miserias de la oposición. El estado de dispersión fue inocultable. Anoche se dio un paso más hacia esa balcanización: aliados del kirchnerismo presentaron un proyecto de ley para eliminar las primarias obligatorias. Un agradecimiento del oficialismo a los diputados que lo ayudaron a aprobar el presupuesto.
No debería sorprender este panorama. Al ser una discusión sobre dinero, el debate presupuestario impone a los actores una gran sinceridad. Es una de las escasísimas ocasiones en que los dirigentes políticos aparecen desprovistos de la máscara del marketing. La sensación de desnudez asociada con esa situación excepcional trata de ser subsanada con un ardid metodológico: el destino del dinero de los contribuyentes, que viene acompañado de la distribución de prebendas, apropiación de cajas y conquistas de exenciones, se trata durante la noche. Cuando los que ponen la plata están durmiendo.
El oficialismo está quebrado y los indicios fueron estridentes. Máximo Kirchner no bajó al recinto a dar quorum. Es cierto, sus principales colaboradores hicieron gestiones para que el resto de los diputados de La Cámpora fueran a votar. Pero, aunque fuera solo simbólica, esa inasistencia fue significativa. Confirma una estrategia: tanto Kirchner como su madre se proponen como los representantes de los indignados con el gobierno que ellos mismos produjeron. La principal víctima de esta aspiración es Sergio Massa. Él llegó al Ministerio de Economía acreditando que, a diferencia de Martín Guzmán, contaba con el respaldo político de la vicepresidenta y del líder de La Cámpora. Desde hace varias semanas se comenzó a sospechar que eso era un mito. Quedó corroborado el 17 de octubre, cuando Kirchner suscribió un documento que está a años luz de la política económica oficial. Ayer le puso la firma a esa estrategia: bajó al recinto a última hora, para votar la aplicación del impuesto a las ganancias a los jueces que todavía están exentos. Perdió.
Esa derrota fue motivo de discusión interna. ¿Retirar el artículo o perder plantando una bandera? Máximo Kirchner dispuso lo segundo. ¿Cuánto esfuerzo puso en ganar la pulseada? Cabe el interrogante porque diputados a menudo alineados con él no votaron el artículo: Sergio Palazzo, Vanesa Siley, Carlos Cisneros. Hasta allí llega la fragmentación política. Massa, un especialista en inventar estrategias brillantes ex post facto, explicaba a la medianoche, con esa serenidad sobradora con que maneja la máquina de humo, que él había alentado la discusión sobre el impuesto de los jueces para distraer a la oposición del resto de los temas.
Cuando el transcurso de la sesión ya demacraba los rostros, Alberto Fernández tuvo una derrota decisiva. El artículo 127 del presupuesto fue rechazado. Se inspiraba en una idea correcta: el sistema de salud no tiene recursos infinitos para afrontar cualquier tipo de servicio. Pero la implementación propuesta era aberrante: la creación de un fondo que quedaría establecido en el Ministerio de Salud con doble finalidad: dictaminar si es razonable la aplicación de un tratamiento o un medicamento de alto precio y, a la vez, pagar esa terapia. Es obvio que no debería coincidir quien autoriza una prestación desde el punto de vista técnico con el que debe solventar el gasto. El otro desatino es que, para reclamar una tecnología o un remedio caro, habría que conseguir ya no una medida cautelar, sino una sentencia firme de algún juez. Si no fuera un tema desafortunado, se diría que era un chiste. El artículo no figuraba en el texto enviado por el Poder Ejecutivo. Fue introducido en la Comisión de Salud entre gallos y medianoche. La chapucería fue tan audaz que la redacción seguía hablando de “el presente decreto”. Es decir: incorporaron el texto de un decreto que estaba en discusión para aprobarlo de improviso. Se trata de una pretensión de las obras sociales sindicales y las empresas de medicina prepaga. Es obvio que una materia tan delicada demandaría una ley con muchísimas más precisiones que ese mamarracho.
La maniobra se intentó ejecutar en un contexto político crucial. El Presidente organiza la fuerza con la cual imagina enfrentar al kirchnerismo en las próximas elecciones internas y en el centro coloca al aparato sindical y a los movimientos sociales, en especial al Evita. Esta es la razón por la cual ni Cristina ni Máximo Kirchner lloraron su eliminación de la ley. Más todavía: cuando se discutía, a las 8 de la mañana de ayer, el artículo original, representantes de La Cámpora pidieron la exclusión de las empresas privadas.
En el mismo sentido, la vicepresidenta lanzó ayer un cañonazo: “Resulta inaceptable el aumento de 13,8% que otorgó el Gobierno a las empresas de medicina prepaga”. Ese ajuste responde a una fórmula de actualización de las cuotas aprobada por los exministros Guzmán y Claudio Moroni. La ecuación contempla la actualización de los salarios, de los insumos y de los medicamentos. La medicina privada consiguió de este modo introducir alguna racionalidad en su balance financiero. El precio de sus servicios, que es muy sensible desde el punto vista político, está atrasadísimo respecto de la inflación. En el mercado es un secreto a voces que una de las grandes firmas de cobertura de la salud está al borde de la quiebra. El gran lobista del sector es Héctor Daer, quien a la vez es socio político principal del Presidente y de Juan Manzur. Daer tiene un interés legítimo en la materia: su paritaria, la de Sanidad, depende de los recursos que tengan las prepagas para remunerar a todo el sistema de salud. Sin embargo, Cristina Kirchner apunta a otro de sus blancos: Claudio Belocopitt, el titular de la cámara de prepagas. Ella lo considera un mero financista.
Más discretos y mucho más efectivos que las empresas de medicina privada fueron, como de costumbre, los laboratorios. Nacionales y extranjeros. Lograron un 200% de aumento en el rubro de remedios de alto costo. Cuando el accionista de una prepaga leyó el tuit de la señora de Kirchner, preguntó: “Si no le gusta el aumento que conseguimos, que pregunte cuánto subieron este años los medicamentos”.
En un presupuesto pensado para el año electoral, es previsible que los grandes mecenas de la política obtengan los fondos que van a redistribuir. En ese pasamanos circular no solo está la industria farmacéutica. También los grandes importadores de electrónicos que ensamblan en Tierra del Fuego. Ayer se les aumentó la alícuota de impuestos internos de 6,55% a 9,5%. Un castigo a los consumidores de tecnología. Sin embargo, a los competidores extranjeros de esos ensambladores locales se les aumentó de 17 a 19%. Quiere decir que, por ejemplo, el celular importado, pero ensamblado en la isla, tiene frente a otro importado, pero ensamblado en el exterior, una protección de 9,5%. Esa reserva de mercado es una gran conquista de Nicolás Caputo, quien lidera la producción de telefonía móvil. Caputo reapareció junto a Mauricio Macri para aplaudir la aparición de ¿Paraqué?, un libro destinado a predicar que se debe competir y terminar con los negocios prebendarios. Un halcón aplaudiendo, Caputo.
También hay que sacarse el sombrero frente a la capacidad de persuasión de José Glinski, el titular de la Policía de Seguridad Aeroportuaria (PSA). Logró que la Cámara apruebe una tasa de 250 pesos por pasaje aéreo, indexados según la evolución del salario de los oficiales principales de la fuerza. Glinski se hizo así de una gigantesca caja, que convertirá a la jefatura de esa policía en uno de los cargos más apetecibles del sistema. ¿Cómo lo obtuvo? Sencillo: explicándoles a allegados a la vicepresidenta que él carece de recursos para investigar a los “copitos”. Cuánto que aprender…
Desde Juntos por el Cambio reprocharon a Javier Milei no haber estado en el recinto cuando se votaba un nuevo “impuesto”, que se aprobó por la simple diferencia de un voto. Horacio Rodríguez Larreta aprovechó esa ausencia para castigar, por primera vez, al diputado que lo había amenazado con “aplastarlo como un gusano”.
Sin embargo, la principal coalición opositora, que tal vez sea el próximo gobierno, se mostró también muy fragmentada. Lo más notorio: los distintos aliados no pudieron ponerse de acuerdo respecto de una norma tan sustancial como el presupuesto. Cada fuerza desnudó el nivel de compromiso que tiene con el kirchnerismo y, sobre todo, con Massa. Un desacierto que revela la ceguera estratégica de Juntos por el Cambio. El pasable aval al fantasioso proyecto de Massa significa que el mayor costo del ajuste lo hará, como ya decidió el Fondo Monetario, el próximo gobierno. Es muy razonable, entonces, que lo harán quienes ayer ayudaron al ministro. Un error suicida.
El radicalismo votó a favor del presupuesto. Es decir, votó a favor de una propuesta basada en que la inflación del próximo año será de 60%, entre otras supersticiones. Massa celebró en Twitter, agradeciendo a la Cámara por su victoria de 180 votos afirmativos. La decisión de los radicales de acompañar al Gobierno fue el resultado de una votación interna, en la que se impuso la estrategia colaboracionista de Gerardo Morales, por sobre la intransigencia de Mario Negri. El que aportó su voto “no negativo” fue Julio Cobos. A su juego lo llamaron. Lo más risueño es que en la derrota de Negri fueron cruciales las gestiones de Emiliano Yacobitti, que lidera un bloque ajeno: Evolución. El presupuesto incluye los recursos del sistema universitario, donde están anclados los intereses de Yacobitti y otros dirigentes radicales. Arrastrados por esas efectividades conducentes, por decirlo con palabras de Yrigoyen, fieras opositoras como Martín Tetaz o Rodrigo de Loredo votaron con el Frente de Todos.
Pro, gran pajarera de halcones, no votó en contra. Se abstuvo. En algunos casos, hasta festejó algunos artículos. Por ejemplo, el presidente de bloque, Cristian Ritondo, aplaudió que se renovara el blanqueo impositivo de la industria de la construcción. Había sido un proyecto de él con Massa. Para Ritondo es una hazaña familiar: es el titular de la constructora Emprendimientos Rivadavia SA. Un homenaje al tatarabuelo del neoliberalismo. Eso sí: entre los diputados parece no existir la noción de conflictos de interés. Ritondo se había comprometido con Massa a votar otro blanqueo, ideado por el titular de la Aduana, Guillermo Michel: el de los que regularicen sus dólares en negro para financiar importaciones. Pero no consiguió convencer al resto de Pro. El inesperado carácter colombófilo adquirido por Ritondo podría ser una decepción para Patricia Bullrich, quien en las próximas horas adheriría a su candidatura a gobernador bonaerense. Ritondo es el candidato de Macri. Solo falta el beso BullrichNéstor Grindetti, para aislar a Diego Santilli, el ahijado de Larreta en la provincia.
La Coalición Cívica de Elisa Carrió, encabezada por Juan Manuel López, y Ricardo López Murphy votaron en contra de la propuesta del Gobierno.
Los peronistas se regodean en estas horas montando una escena simétrica. En la Legislatura de la ciudad de Buenos Aires, liderados por el kirchnerista Juan Manuel Valdés, los diputados del PJ se aliaron a libertarios y liberales para eliminar el impuesto de Larreta a los consumos con tarjetas de crédito. Una picardía, por dos razones. Primero: en muchas provincias gobernadas por el PJ rige el mismo gravamen. Segundo: la oposición sabe que con esta iniciativa introduce una incómoda fisura en el oficialismo porteño. Por ejemplo, obligó a los legisladores de Patricia Bullrich a defender la vigencia de un impuesto.
Los conflictos dentro de Juntos por el Cambio son delicadísimos en el principal distrito de esa coalición. Esa es la razón por la cual Larreta decidió no enviar a sus ministros a defender su presupuesto en la Legislatura. No teme a los rivales. Teme a los “propios”.
Líder en las encuestas presidenciales, el jefe de gobierno asiste a un festival de desafíos. La operación por la cual incorporó a su gestión a Jorge Macri, nada menos que como ministro político, y lo avaló como candidato a la jefatura de gobierno se ha transformado en una encerrona.
Como era de prever, Macri trabaja para Mauricio Macri. Nada que reprocharle: lo avisa ya en el apellido. Anteayer Jorge Macri consiguió una foto con Patricia Bullrich, la principal competidora de Larreta, que le dio su respaldo. Primero fue más Jorge que Macri, ahora es más Bullrich que Jorge. Una identidad en tránsito. Sólo falta que también Nicky Caputo migre hacia su viejo amigo Mauricio Macri. Y, lo que sería más inconveniente, que se lleve el equipaje.
La Capital Federal se ha convertido en el principal campo de batalla de la interna. Este sábado los radicales, que votaron el presupuesto con el oficialismo, pedirán a Larreta el apoyo para su candidato Martín Lousteau, el más carismático de los seguidores de Yacobitti. Es un inmejorable servicio a Mauricio Macri: Larreta apoyando a un candidato de otro partido. El alcalde queda, entonces, a merced del prestigioso Fernán Quirós, a quien imagina como candidato de esta interna.
Larreta apeló para salir del laberinto a una estrategia muy típica de Pro. Ayer, durante un retiro, convocó a un gurú espiritual e hizo que todo su equipo se tomara de las manos para meditar por 10 minutos. Se hicieron eternos. Sobre todo para Jorge Macri, que comenzó a empañarse con la incómoda transpiración de quienes lo escoltaban.●

http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA