Bruno Gelber
“Pasé momentos en que puse en tela de juicio mi existencia”

Texto de Cecilia Scalisi // Fotos: Juan Pablo Soler
No necesita presentación. Es Bruno Leonardo Gelber. Una leyenda entre los más grandes del mundo de la música. Un pianista que ya en los años 40 deslumbraba como prodigio en los círculos porteños, no sólo por la destreza técnica que en sí constituía una hazaña, sino por la sensibilidad y convicción de su temperamento romántico, la inteligencia y la comprensión del arte musical. “Casi un milagro”, dijo en Alemania el titular más importante de su vida, aquel que en 1959 lo consagró en la tierra de sus ídolos (Beethoven, Schumann y Brahms) entre los dotados de la época como un intérprete de talla mundial. En ese podio se ha mantenido a lo largo de siete décadas. Predestinado por la lucha entre el infortunio y la genialidad, la parálisis que sufrió a los 7 años hubiese derrumbado los sueños de cualquiera, pero no los de Bruno Gelber, que encontró la senda para renacer como el ave fénix de sus propias cenizas. Y por el contraste intenso entre todo lo conocido en él (el glamour, el buen gusto, el savoir-faire, el cosmopolitismo por el que dio vueltas al mundo, los finos modales, el culto a la amistad), con la faceta menos expuesta de su figura (una densidad y profundidad moral poco frecuentes). Hoy, superada la prueba de otra situación límite, reflexiona sobre el pasado y el porvenir; sobre la sabiduría y el valor de aceptar la adversidad con templanza; y el destino que anhela como legado: inspirar a la juventud. –Has despertado de una reciente terapia intensiva después de una enfermedad que te puso al borde de la muerte. ¿Cómo has atravesado esa situación de vuelta a la vida? –Del ataque propiamente dicho no recuerdo nada y tampoco quiero que me cuenten los detalles. Después, lo que viví cuando pasé a una habitación común, no es algo que no haya experimentado antes. La gente tal vez sólo conoce mis capítulos triunfantes como pianista. Pero la realidad es que tuve golpes muy fuertes, tuve achaques considerables, empezando por la polio que me marcó para siempre porque de ser un chico sano, inquieto, travieso y juguetón, de repente… la parálisis. Ahora estoy mejorando y cada día avanzo un poco, pero me acordé mucho de aquella etapa, hace 75 años, en que también atravesé una situación límite que me puso al borde de la muerte. Sentirme paralizado o estar inmóvil en una cama es una sensación conocida. Muy poco placentera, pero familiar. Por las secuelas que me dejó la polio, tuve grandes operaciones en mi pierna enferma –la izquierda–, y me sobrepuse. Tuve la operación de mi mano derecha por un accidente de auto, y también me sobrepuse. Es decir: he pasado esos momentos bravos en los que se pone en tela de juicio toda la existencia y algo te obliga a detenerte, a mirar para atrás y para adelante. En general soy una persona resignada porque aprendí que es importante aceptarlo todo: aceptar las cosas como son, con lo que tienen de bueno y de distinto. Y yo acepté que mi vida es ésta. Pero lo más grave que me toca de esta realidad es la cesación de los conciertos. –¿La pandemia del Covid te retrotrajo a lo que viviste con la polio? –¡Sí, absolutamente! La imagen de la gente usando barbijos. Ver otra vez los tapabocas, eso me hizo revivirlo. En aquella época –la epidemia de la polio que me afectó a mí fue la de 1948–, no se sabía cómo se producían los contagios. Mi hermana, que estaba a mi lado, no se contagió. No se sabía nada. Me acuerdo que cuando había un enfermo, pintaban con cal los postes de la calle y los cordones de la vereda, los troncos de los árboles, todo pintado de blanco porque creían que así se rechazaba el virus. ¡Y yo tenía terror de que me hospitalizaran! Me acuerdo muy bien de eso. Tenía 7 años y me espantaba la idea porque a los enfermos de polio los llevaban al hospital de niños. Sufría dolor físico cuando me hacían el electrodiagnóstico, un estudio que consistía en pasar una descarga de electricidad por todo el cuerpo para medir las reacciones de los nervios y los músculos. ¡Me dolía horrores! Y me lo tenía que hacer regularmente. Al punto que hoy, de sólo pasar cerca del Hospital de Niños, revivo ese terror de tan intenso que es el recuerdo.
“No soy una persona que vive en el pasado. No soy nostálgico ni melancólico. Sí reconozco que, cuando miro hacia atrás, compruebo que hice todo lo que he querido y que estoy satisfecho con lo que viví”–En esos momentos que te obligan a detenerte, ¿qué ves hacia atrás? ¿Ves lo que hiciste y añorás otras épocas? ¿Ves una confrontación del pasado con el presente, un recuento, un balance de lo vivido? –No soy una persona que vive en el pasado. No soy nostálgico ni melancólico. Sí reconozco que, cuando miro hacia atrás, compruebo que hice todo lo que he querido y que estoy satisfecho con lo que viví. Tanto que, si existiera la remota posibilidad de comenzar todo de nuevo, de volver a vivir otra vida entera, yo sé que elegiría exactamente la misma, el mismo recorrido que hice para llegar hasta aquí. Y creo que no mucha gente puede decir eso. Pero yo he llegado a este punto con una satisfacción existencial, una felicidad profunda porque hay algo que llevo en mí: es la emoción musical que he podido plasmar en el mundo entero. A pesar de los obstáculos, los impedimentos y la falencia con la que me ha tocado vivir, todo ha sido satisfecho en mí. –Diste un último recital –que fue brillante– en marzo de este año, en una fecha y lugar simbólicos, dos días después de cumplir 82 años, justamente en el Círculo Militar, en la sala donde debutaste con orquesta tocando el icónico Concierto nº 3 de Beethoven con un ensamble de músicos del Teatro Colón, integrado también por tu padre, bajo la dirección del maestro Scaramuzza, en 1952. Dijiste en un antiguo diálogo que “si lo heroico implicaba un triunfo sobre algo, aquel día representaba eso”. ¿Te trae memorias ese recinto a siete décadas de aquel debut? –Ese fue el debut con orquesta, pero yo ya tocaba recitales en público [dio su primer concierto a la edad de 5 años]. Y como decía, no soy de volver atrás ni de quedarme fascinado o apegado a lo que hice. ¡Pero yo sé lo que hice! Sé muy bien lo que hice y aunque no me quede aferrado, soy consciente de eso. –¿Consciente de ser un prodigio? –De que era capaz de tocar frente al público como un profesional, de lo que significaba subir a un escenario, sostener un compromiso y dedicarse a la música con respeto, porque he sido dotado por Dios, pero también tuve la entereza de trabajar contra viento y marea, a pesar de todo. –En ese mismo invierno de 1952, lo escuchaste a Alfred Cortot que vino a la Argentina por primera vez. Tenía 75 años y te impactó por varios motivos –Tocó los Preludios y los Estudios de Chopin. Lo vi muy de cerca porque me ubicaron en las sillas del escenario, justo a sus espaldas del lado izquierdo. Pude verle las manos, muy huesudas y resquebrajadas por la edad. Estaba muy nervioso. Tenía mucha gente encima. ¡Me acuerdo cómo le temblaban las manos! Justamente a él que había enseñado tanto sobre la técnica. Sin embargo, nunca escuché cantar un piano de un modo más expresivo e intenso. Marthita [Argerich] también estuvo en ese concierto. En el intervalo alguien salió al escenario a anunciar la noticia: se declaraba duelo nacional por la muerte de Eva Perón. –Respecto de Vicente Scaramuzza [el mismo que formó a su propia madre, Ana Tosi de Gelber, a Enrique Barenboim, padre de Daniel, y a Martha Argerich, su compañera más admirada y entrañable en aquel ámbito de formación que compartieron desde los 5 años], has repetido mucho la idea de que nunca hubieras podido resistir el estudio con tu maestro de no haber sido por tu madre. –Yo tuve la bendición de ese ser maravilloso que fue mi madre porque gracias a ella pude soportarlo a Scaramuzza. Él era un ícono para todos, alguien inalcanzable. Y mi madre, que me acompañaba en todas las lecciones porque yo no podía salir solo a la calle a causa de mi enfermedad, fue una mujer ejemplar como persona, madre, profesora e incluso como alumna de Scaramuzza, 16 años antes que yo. Fue ella quien me inculcó la conducta y la disciplina del trabajo porque era una persona del deber. Recuerdo que, de chico, cuando sufría dolor, ella me consolaba en su regazo y yo me quedaba embelesado mirando sus manos. La admiraba mucho y tuve la posibilidad de darle todo: vestirla con la ropa de los mejores diseñadores de Europa, llevarla de viaje conmigo por todo el mundo, comprarle joyas divinas… todo lo que pude, porque soy un esteta en todos los órdenes, se lo brindé a ella que me acompañó hasta Japón incluso cuando ya estaba muy enferma. Y aclaro que no es un complejo de Edipo, es algo distinto, algo sustancial. Yo viví más de 40 años en Europa y en su momento no comprendí por qué no quería venir a vivir conmigo después de la muerte de mi padre. Ella quería quedarse en Buenos Aires para poder seguir siendo, para sus alumnos, ese gran puente que los unía con la música. Y eso tan maravilloso, que yo entendí mucho tiempo después, es precisamente lo que quiero ser yo para los jóvenes de hoy: un puente con algo elevado como la emoción musical. –¿Por qué no has tocado más en Buenos Aires en los últimos tiempos? –En este preciso momento evidentemente no podría, por lo menos hasta recuperarme del todo. Pero si no he tocado es porque no me llaman, aun cuando de lo que pueda haber perdido con los años, sigue intacta en mí la capacidad de tocar como lo hice siempre. Y no sólo tengo la capacidad, tengo las ganas y el mismo amor infinito para volcar en la música. Creo que cada vez hay menos posibilidades para la expresión clásica porque hubo una habilidad de otros géneros, fáciles y superficiales, para copar todos los espacios. ¡Y hay que reconocer que lo lograron! Envalentonando a la gente en el camino de lo cómodo y lo vano. Yo le tengo un respeto enorme a las salas que tienen historia, a lo que se siente cuando uno toca en el Musikverein de Viena, en la Filarmónica de Berlín o el Teatro Colón. Son espacios que están “habitados” por la historia. [Silencio] Pero yo lo tolero. Lo acepto. Si éste tiene que ser el punto final de mi producción de escenario… así será. Pero me gustaría transmitir lo que sé y lo que siento por la música a quienes tengan el talento suficiente para poder realizarlo.
“Quiero formar a una juventud que pueda acercarse a mí con la misma seguridad que tengo yo en poder ayudarlos a ellos a desarrollar su camino”–¿Pensás que, frente a lo fácil y superficial, o incluso lo vulgar en todos los órdenes, también en la música se libra una batalla cultural? –Creo que ha habido un gran cambio. Eso ya se dio. Pero todavía soy optimista respecto de que no todo está perdido. Sí es cierto, esto hay que decirlo: los chicos y los jóvenes están librados a sí mismos porque hay muy poca gente que en verdad está capacitada para enseñar y formar. A mí lo que me aterra de esos cambios en la sociedad es la violencia. Me aterra que no se respete la vida humana sobre la base de un ideal falso, sobre la base de una utopía que jamás se va a poder realizar: la igualdad entre los seres humanos. Dios escupe talento, inteligencia y sensibilidad de una manera tan poco democrática que pretender la igualdad sería utópico. Si se indaga en el fondo de cualquier ser humano, siempre habrá algún talento por descubrir. Pero si un chico nace con un talento y luego nada a su alrededor está disponible para despertar una vocación y acompañar un desarrollo, la realización es muy difícil. A menos que sea un talento descomunal que se produzca solo, la ayuda y el entorno son determinantes. –Contaste lo que en los momentos límite veías hacia atrás: la satisfacción de una vida plena en la que cumpliste tus sueños. ¿Qué ves hacia adelante, qué es el futuro de ahora en más? –Lo que deseo es que Dios me brinde todavía la felicidad de tener algunos alumnos en los cuales encender esa llama que es la emoción musical. Creo mucho en la gente joven y me gustaría poder transmitir lo que sé, ayudar a entender y sentir ese lenguaje perfecto que es la música. –¿Ser un mentor o ser lo que fue para vos un maestro como Scaramuzza? –De Scaramuzza lo que me queda es más un sentimiento de respeto que de cariño. A él todos lo recuerdan por el temor, porque era un ogro, un hombre malo y odioso, pero a la vez lo queríamos porque era como un santo que se dedicaba a los alumnos y al piano con una devoción religiosa. Era también un genio que nos exigía con una dureza a su altura y nos hacía padecer sus ataques de ira y frustración. Lo que yo quiero es que los jóvenes no experimenten ningún temor frente a mí ni frente a mi prestigio, mi mirada fuerte o mi parte física. Todo lo contrario. Quiero formar a una juventud que pueda acercarse a mí con la misma seguridad que tengo yo en poder ayudarlos a ellos a desarrollar su camino. –Nos referimos a los cambios culturales y a la impresión de que la juventud está librada a su suerte, sin referentes que la inspiren, sin maestros que la formen. Setenta años de una carrera ininterrumpida al más alto nivel internacional, te han dado el conocimiento y la autoridad para explicar de qué se trata. –Estudio, estudio y estudio. Hoy, cuando llegan los jóvenes, lo primero que preguntan es: ¿cuándo estoy listo? ¡Y eso depende del esfuerzo y dedicación que uno ponga! A veces ni siquiera saben las notas, pero se quieren “producir”, fácil y rápido. Si yo hubiera hecho algo así con Scaramuzza… De ir a una clase sin preparar mi lección, me golpeaba las manos con el puntero. Mi madre lo vio darle una paliza a uno que tocaba muy mal. Gritaba “¡Ma, cretino!” lanzando los libros por la ventana y haciéndonos temblar con sus ataques de furia. Pero el alumno volvía a la lección siguiente y seguía estudiando. Yo creo que más importante que lo que dice, es lo que emana una persona como autoridad. Saber dirigirse a la parte sensible de un alumno con paciencia, sin agresión. –Por tu afinidad con la música y el espíritu beethoveniano, por una suerte de identificación con la historia de superación y resistencia, y por haberte consagrado como uno de los intérpretes más excelsos de su obra, tu trayectoria ha quedado asociada a Beethoven. El Conservador de las Colecciones de la Beethoven Haus (la casa natal del músico en Bonn), ha señalado “un cierto paralelismo que puede llegar a trazarse entre las biografías de Beethoven y Gelber: el talento superdotado comprendido como un deber y las marcas del destino vividas con el profundo significado del Per aspera ad Astra [de las espinas a las estrellas] y del jamás dejarse derrotar”. ¿Qué ha encarnado para vos esa divisa épica, heroica, del camino difícil hacia el triunfo y la felicidad? –La afinidad con Beethoven para mí es entender sus impulsos vitales sin necesidad de que nadie me los traduzca, sentir las angustias y los dramas que subyacen en su música y que tocan las fibras íntimas de mi sensibilidad. Beethoven ha ennoblecido al mundo con su arte elevado. Pero en lo que representa su Per aspera ad Astra hay un abismo tan grande que me resulta pretencioso siquiera imaginar una comparación. –En los momentos luminosos has estado en contacto con grandes figuras del mundo ¿A quiénes recordás particularmente? –¡A Grace Kelly! Yo tuve la dicha de una hora de conversación tête à tête con la princesa Grace Kelly de Mónaco después de un concierto mío en el Palacio principesco, en cuyos jardines ofrecieron una comida para 80 personas. Ella quería que yo le cuente del piano. Yo obviamente quería escucharla a ella, que me hablara de su vida en Hollywood. Otro momento extraordinario con una personalidad de jerarquía mundial fue con la emperatriz Michiko de Japón. Ella vino a escuchar un concierto mío en Tokio. Me explicaron estrictamente que bajo ninguna circunstancia podía mirarla a los ojos. Me invitó a tomar café, algo que no hago jamás antes de tocar para no ponerme nervioso. Pero no podía rechazárselo a una emperatriz... Sin embargo, me insistió tantas veces que tuve que decirle que no, que por favor no me pidiera algo que yo no podía cumplir. Me pareció una mujer divina, absolutamente tierna, dulce y delicada. Una muñeca. Estaba vestida con un kimono magnífico y en su obi llevaba prendido un broche de diamantes que era una locura. ¡Fui 22 veces al Japón! Ese encuentro tuvo lugar entre 1969 y 1970. Del ámbito de la música recuerdo con afecto a Marguerite Long [su profesora en París, muy reconocida en el repertorio francés, una de las pedagogas más célebres de todos los tiempos quien, al aceptar a Bruno como su discípulo en 1960, le dijo una frase que pasó a la historia: “Serás mi último alumno, pero serás el mejor”]. Otra figura fascinante fue la de Sergiu Celibidache [el mítico director de orquesta rumano, un emblema del siglo XX]. Era muy duro, muy fuerte, con un carácter deslumbrante. Tocamos juntos y me dijo algo inolvidable: “hoy ha descendido un ángel”. Yo, que lo había visto de chico y había estudiado ese concierto de Mozart precisamente para él, me sentía en la gloria. –¿Qué importancia tuvieron Francia y los años en París? –Francia fue mi segunda educación porque entré a los círculos sociales más sofisticados de la sociedad parisina. Yo pasaba los fines de semana en los castillos de Noailles. Para mí fue muy fácil asimilar todo eso, pero en este punto hay algo que me interesa señalar y es el hecho de que, en la gente de cierto rango, en las personas que de verdad tienen la mejor educación, el trato es natural porque todo es lógico, es fluido y agradable. Por eso yo puedo hablar con una alteza real y con la persona más sencilla del mundo y mi comunicación es fácil con todos. –¿Cómo has vivido la fama? ¿Como una condición que compensa la vida solitaria del músico solista? –Yo nunca he sido prisionero de la fama, pero estoy acostumbrado a ser conocido desde que tengo uso de razón. Cuando era chico y alguien venía a mi casa, lo primero que hacía, si mis padres no invitaban a esa persona a escucharme tocar el piano, yo mismo le preguntaba si me había escuchado alguna vez. Si me decía que no, salía corriendo a ponerme mi trajecito para darle un concierto porque eso era lo normal en mí: ser el centro, llamar la atención. Y jamás he dejado de vivir dentro de esa fama. –Usaste la palabra “resignación”, una sabiduría que define tu esencia estoica y condensa algunas de las cualidades que has sabido transmitir en la música: la dignidad y una actitud soberana. Pero la resignación es una cumbre, es el final de un proceso que se deja atrás. ¿Ha sido en vos un camino sereno o atormentado? –Para mí ha sido algo natural. Yo acepté que las cosas en un punto no estén bien. Puedo aspirar a que todo sea mejor, pero de una manera civilizada, porque cuando se me vienen encima estos momentos graves, lo que hago es tratar de aceptar, de asumir que para mí las cosas no tienen por qué ser fáciles ni lindas. Yo he crecido con esa aceptación y con la idea de que no me tiene que ser permitido todo. Al contrario: que las cosas valiosas siempre serán más arduas para mí. –¿De dónde has sacado esa fuerza de voluntad? –Rezo mucho. Soy religioso, pero no de la iglesia sino de la espiritualidad. Allí encuentro mi fortaleza, porque lo que le pido a Dios milagrosamente se cumple. Yo estoy seguro de que, si hubiera vivido en la época de Jesucristo, por la fascinación que me provoca el misterio de su juventud, la capacidad de su prédica y su palabra, hubiera sido su seguidor más fiel. Creo que hay otro plano de la existencia y que de ese misterio universal nadie sabe nada. –¿Encontrás en la música una intuición de ese plano superior? –En la música de Beethoven, por ejemplo. Cuando lo siento implorar en las frases más sublimes de sus últimas sonatas (la opus 111, la sonata nº30 o la Hammerklavier). Cuando toco el 4º concierto, que es una de las obras más celestiales que existen, por su dimensión supraterrenal y divina, por esa entrada que nace sin exaltación ni inquietud, que viene de la nada, viene de lejos o del cielo, y va surgiendo desde el centro vital de uno. Es algo que me emociona hasta las lágrimas porque cuando hay un estado de gracia, una verdadera predisposición del alma, la música te transporta a una conciencia superior. Y no hay manera de explicarlo con las palabras porque cuando se da, cuando ese estado te alcanza, hay algo muy hondo que sólo se comprende con la emoción.
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