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jueves, 22 de junio de 2023

CRÍTICA DE DANZA

 AGENDA
Sala: Ciudad Cultural Konex, Sarmiento 3131/ Funciones: domingos 25 de junio y 2, 9, 16, 23 y 30 de julio, viernes 21 y 28 de julio, sábados 22 y 29 de julio, a las 11.

El Cascanueces: un cuento bailado que cumple a la perfección con el objetivo de acercar a nuevos públicos
Vistosa, variada y por momentos sorprendente, la nueva versión del clásico de Tchaikovsky conquista a los chicos en el Konex
Juan Garff
Segunda temporada del ballet que adapta para el público infantil del clásico "El Cascanueces"Angel Fragola - Fundación Konex

Idea, guión y adaptación: Juan Lavanga / Música: Piotr Illich Tchaikovsky / Coreografía: Emanuel Abruzzo / Arreglos musicales: Juan Andrenacci y Adolfo Schmidt / Dirección: Federico Fernández / Escenografía: Alejandro Szklar / Vestuario: Jorge Hirschfeld / Máscaras: Ulises Freire / Mapping: Diego Muzzo y Agustina Piñero / Iluminación y sonido: Sebastián Viola y Miguel Coronel / Intérpretes: Victoria Barnfather, Nicolás Baroni, Olivia Rozitchner/Noelia Díaz, Beatriz Scheller Boos/Romina Panelo/Romina García, David Gómez/Emanuel Gómez/Antonio Leborans/Aarón Guzmán, Abraham Frías/Nicolás Scianca y elenco del Buenos Aires Ballet Juvenil / Duración: 75 minutos (más un intervalo de 15 minutos) / Sala: Ciudad Cultural Konex, Sarmiento 3131/ Funciones: domingos 25 de junio y 2, 9, 16, 23 y 30 de julio, viernes 21 y 28 de julio, sábados 22 y 29 de julio, a las 11.
Nuestra opinión: Muy bueno
Una pequeña multitud se agolpa frente al escenario para pedir autógrafos. No son fans de una estrella pop ni seguidores de algún influencer. Son los chicos que acaban de presenciar una función de ballet, que seguramente no conocen los nombres de los bailarines, pero que se dejan llevar por el encanto de los personajes que cobran vuelo a través de la danza. La versión de El Cascanueces diseñada por Juan Lavanga para el ciclo Vamos a la Música de la Fundación Konex se presenta en su segunda temporada como una propuesta atractiva para chicos, tengan o no afinidad con la danza y la música clásica. El formato de cuento bailado, vistoso, variado, por momentos sorprendente, cumple a la perfección con el objetivo de acercar a nuevos públicos.
La escena navideña de la que surgirá la secuencia onírica de El Cascanueces es presentada por una abuela narradora, que ingresa al escenario desde la platea, estableciendo un puente entre el público infantil y los cuadros del célebre ballet de Tchaikovsky/Petipa. Subida a un trineo conectará más adelante la abuela las escenas de los sueños de Clarita, desde el reino de las nieves, pasando por el país de las golosinas, hasta el mundo de los personajes surgidos de las más diversas regiones, cada uno con su propia tradición danzante.
Beatriz Scheller Boos y David Gómez, en el pas de deux del Hada Confite y su Caballero, rodeados de golosinasAngel Fragola - Konex
El recurso del mapping como fondo escenográfico despeja el escenario para un despliegue sin obstáculos de los bailarines, dando la impresión de disponer un espacio mayor dentro de las dimensiones medianas de la sala mayor del complejo Ciudad Cultural Konex. Da a la vez la posibilidad de recrear con versatilidad los paisajes del recorrido de los sueños de Clarita y de aligerar la presencia escénica de personajes secundarios, llevando por ejemplo al plano virtual a los ratones en lucha con los soldados comandados por el Cascanueces. Se permite de este modo un mayor destaque a los bailarines solistas, sin perder el contexto narrativo.
Se logra así un balance adecuado entre las proyecciones del mapping y la danza, subrayando el carácter protagónico de la coreografía, salvo algún momento en la primera estación del itinerario, en el que la profusión de imágenes invernales compite con la danza. Momentos de máscaras llamativas y un vestuario cuidado contribuyen a reforzar la singular simbiosis de sensaciones estéticas propia del ballet, aun cuando la calidad de sonido con que se reproduce la grabación de la partitura no resulte óptima en la difícil acústica de la sala del Konex.
Apenas iniciado el segundo acto cobra todo su relieve el brillo del ballet clásico con el célebre pas de deux del Hada Confite y su Caballero, a cargo de diversas parejas de bailarines a lo largo del ciclo: Beatriz Scheller Boos y David Gómez en la función aquí reseñada y también las de los próximos tres domingos, Romina Panelo y Emanuel Gómez, del Teatro Argentino de La Plata, así como Romina Gómez y Antonio Leborans o Aarón Guzmán, del Instituto Superior de Arte del Teatro Colón, en las funciones de vacaciones de invierno.
En la última etapa de la ronda de sueños saltan a escena, paridos de la gigantesca presencia de la Madre Gigogne, pasos españoles al ritmo de las castañuelas, aires de sutileza china y de energía rusa, así como la danza que sigue el son de los mirlitones, antiguas flautas francesas, aportando un popurrí de tonos de raíz folclórica al ballet de puntas y tutús. Esa heterodoxia encuentra una nueva, sorpresiva y alegre expresión coreográfica en la despedida de la “abuela Clara“ (Victoria Barnfather), que se apropia del relato de aquella noche de Navidad en clave autobiográfica.
Un mundo de dulces y cúpulas rusas enmarcan el animado cuadro de conjunto del cuerpo de baile, en el final del segundo acto
Las temporadas de música y ballet adaptadas a público infantil suelen tener una repercusión importante en Ciudad Cultural Konex, favorecidas por el amigable horario de la mañana dominguera; por eso es recomendable reservar entradas con cierta anticipación para poder acompañar a Clarita por el mundo soñado de la danza.

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martes, 6 de junio de 2023

CRÍTICA DE DANZA


Una obra que avanza cuadro por cuadro y, al final, se erige en fiesta
Constanza BertoliniLa soprano Graciela Oddone y la bailarina Antonella Zanutto
COREOGRAFÍA Y DIRECCIÓN ARTÍSTICA: Mourad Merzouki. CONCEPCIÓN MUSICAL: Franck-Emmanuel Comte – Le Concert de l’Hostel Dieu y Grégoire Durrande. DISEÑO DE ESCENOGRAFÍA: Benjamin Lebreton. DISEÑO DE ILUMINACIÓN: Yoann Tivoli. REPOSICIÓN DE ILUMINACIÓN: Matías Sendón. DISEÑO DE VESTUARIO: Pascale Robin (músicos) y Nadine Chabannier (bailarines). REPOSICIÓN DE VESTUARIO: Constanza Sparti. Por el Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín. DIRECCIÓN: Andrea Chinetti y Diego Poblete. MÚSICOS en escena: Graciela Oddone (soprano), Fabrizio Zanella, Pablo Pereira, Darío Zappia (violines); Hernán Vives (Guitarra y laúd), Ignacio Caamaño (Cello), Hernán Cuadrado (Contrabajo) y Jorge Lavista (Clave, órgano y dirección de ensamble). TEATRO SAN MARTÍN. FUNCIONES HASTA EL 16 DE JUNIO, A LAS 20.
El mundo está loco, loco, loco, podría querer decirnos Folia (literalmente locura o jolgorio, según el idioma del que se traduzca). La obra corresponde a Mourad Merzouki, un bailarín de hip hop y coreógrafo francés que proviene del circo, y se estrenó el jueves en la sala Martín Coronado. Con este trabajo comenzó la temporada, en junio, del Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín en su escenario de residencia, que no pisaba hace un año. Y lo hizo decidido a afrontar los nuevos lenguajes que trae este montaje internacional, donde los desafíos propios de la pieza podrían confrontar con una serie de eventos desafortunados que los bailarines dieron a conocer al público en un comunicado sobre sus “precarias condiciones” de trabajo. ¿Cómo juzgar, por ejemplo, el ajuste de un conjunto que declara no haber tenido tiempo suficiente de ensayo para asimilar técnicas y usos de elementos que no son los habituales?
Así las cosas, el telón se corre y el espectáculo comienza con un globo celeste en el centro 
colorado,de las miradas, entre otras piezas de esferodinamia y estructuras móviles, también circulares, en las que irán ingresando, deambulando y saliendo de escena varios músicos del ensamble y una cantante durante la siguiente hora y diez. Ese terráqueo inflable no tardará en quedar en manos de un grupo de humanos que lo pone a girar sin eje, fuera de órbita. Se mueven como una especie de zombies en la vía láctea, rebotan, rolan, se levantan y vuelven a caer sobre el polvo.
Enseguida queda de manifiesto la producción que implica semejante despliegue en escena, con una iluminación de carácter, digamos oriental, que tiñe la atmósfera de la la obra. En el final, una danza típica de Turquía podría confirmar esta localización en el mapa, aunque en el medio, el mundo haya sido un descalabro.
Folia avanza cuadro por cuadro, como en el circo (podríamos pensar en el cuadro de los zombies, la escena napolitana, la parte del air track, el derviche). En la gran mayoría participa la soprano, de que va cambiando de atuendos. Ella se involucra con los bailarines, la coreografía le pide que intervenga incluso con interpretaciones que no terminan de cobrar sentido (¿de qué se escapa cuando el cuerpo de baila la cerca, impidiéndole la salida?). En este universo de cruces las cosas no se explican del todo. ¿El uso de las zapatillas de punta en dos de las intérpretes? Cierto, el mundo está loco, loco, loco. Puede pasar, no hay que ser lógicos.
“Tomamos una tarantela, sampleamos partituras barrocas para reutilizarlas en loop, le añadimos música electrónica, fusionamos todo, y bailamos”, habían anticipado sobre el show. Bastante fidedigna la descripción a modo de receta, aunque luego cerraba: “Lo importante es que los mundos se enfrenten, se alteren, choquen. Lo importante es que los mundos hablen entre sí”.
Folia es un espectáculo efectista y tiene con qué llamar la atención. Por momentos, además, puede crear belleza. Hay tríos, dúos y un solo, el de la plataforma circular, que es de lo más arriesgado y enaltece la obra. Aun cuando la audiencia esté al tanto de que éste no es el cirque -se sabe, se nota-, se está frente a una compañía que se caracteriza por su ductilidad y asimila los lenguajes. Mientras la cantante se yergue a un lado como una suerte de mama gigone con miriñaque esférico, sobre una colchoneta con resortes se da un derrotero de saltos y rebotes que, aunque parecen zapados, están fríamente calculados. Entonces irrumpe la solista, en su vestido rojo, y remonta vuelo el asunto. Como antes Alejo Herrera y la admirable Lucía Bargados, Damián Saban y, sobre todo en este pasaje, Antonella Zanutto, merecen especial mención por su actuación.
Nieva sobre el baile de un derviche girador, podría ser Estambul en febrero. Tan lejos de aquel otro mundo, al final, Folia es una fiesta.

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sábado, 15 de abril de 2023

CRÍTICA DE DANZA


Hermafrodita, inquietante propuesta por fuera de toda norma
Mayra Bonard, Carlos Casella y Alfredo Aries presentan en el Cultural San Martín la fascinante y perturbadora historia de Herculine Adelaide Barbin
Alejandro Cruz
Carlos Casella y Mayra Bonard, compañeros de la época de El Descueve, actualmente presentan "Hermafrodita" en el Cultural San Martín
Autor: Alfredo Arias. Intérpretes y coreografía: Mayra Bonard y Carlos Casella. Luces: Matías Sendón. Concepto sonoro: Diego Vainer. Artes visuales: Nicola Costantino. Asistencia de dirección: Luciana Milione y Maxi Muti. Producción ejecutiva: Milione y Marlene Nordlinger. Dirección: Alfredo Arias, Mayra Bonard y Carlos Casella. Teatro: Cultural San Martín. Funciones: de viernes a domingos.

Los bailarines y coreógrafos Mayra Bonard y Carlos Casella tienen una larga vida creativa transitada en conjunto desde tiempos de El Descueve, grupo de danza contemporánea. Aquella historia tuvo su kilómetro cero en 1990.
Hay otra historia muy anterior a la de estos creadores, tan miméticos como empáticos en sus búsquedas artísticas: un tal Ambroise Tardieu, un especialista de la medicina legal, publicó en 1874 las memorias de un pseudo-hermafrodita llamado, en primera instancia, Herculine Adelaide Barbin. En esas páginas, que contaron con un prefacio de Michel Foucault, relata las emociones y desconciertos a medida que va descubriendo su particular sexualidad. A los 21 años, Herculine es rebautizada como Abel. De todos modos, sus angustias no se modifican.
Mayra Bonard y Carlos Casella en Hermafrodita, obra basada en las memorias del hermafrodita francés del siglo XVIII Herculine Barbin dite Alexine B., memorias editadas con un prefacio de Michel Foucault.
En escena, Hermafrodita presenta a Mayra Bonard y a Carlos Casella como dos conferencistas. O, tal vez, como a uno solo. O, siguiendo posibles derivas, por momentos aparece una tercera persona que aborda este caso perturbador en el que lo confesional se articula con los elementos teóricos y datos clínicos. Todo sucede en medio de una delicada puesta (como todas las que llevan la firma de Alfredo Arias), en la que se articula lo performático con elementos plásticos (proyecciones de Nicola Constantino, que a veces quedan muy en segundo plano), el inquietante mapa sonoro elaborado por Diego Vainer y una ajustada coreografía en la que estos dos intérpretes son uno, que son dos. En ese mapa van de un simple movimiento de manos y brazos a posturas que podrían formar parte de una secuencia porno soft sin llegar a lo deliberadamente erótico. En ese aspecto, la delicadeza del trabajo es exquisita.
En verdad, Hermafrodita tiene mucho de tratado escénico sobre la transexualidad y la intersexualidad sin juzgarla. El texto que van diciendo los dos conferencias se proyecta en francés sobre un telón blanco (un tanto deslucido), en el fondo del escenario, como en un deliberado efecto de distanciamiento. Pero también son Herculine/Abel, quien alguna vez decidió hablar “de cosas que para muchos no serán más que absurdos increíbles; porque sobrepasan, en efecto, los límites de lo posible”.

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CRÍTICA DE DANZA ¡¡¡¡ APURATE !!!!


El lago de los cisnes.
El buen resultado que da la suma de los talentos en un teatro fábrica
Laura ChertkoffLos cisnes, un ajustado cuerpo de baile
Música: Mario Teatro Sabrina Galizzi. Colón. P. I. Tchaikovsky. Streiff. Director: supervisión Ballet M. coreografía: Estable Galizzi. coreográfica: del Diseño Diseño De De escenografía: vestuario: Aníbal Christian Lápiz. Prego. Diseño De iluMinación: Rubén Conde. Orquesta Estable del Teatro Colón. Dirección: Carlos Calleja. en el teatro colón, hasta el 23 De abril.
Los cisnes regresaron al escenario del Teatro Colón, con localidades agotadas, como siempre. Pero el lago al que regresan no siempre es el mismo.
Esta versión de Mario Galizzi fue elaborada a partir del ballet de 1895 de Marius Petipa y Lev Ivanov, y también a partir de su experiencia como público. La primera puesta que vio en su adolescencia (la de Jack Carter) le pareció eterna, así que en cuanto pudo elaborar una versión propia puso el ojo en la edición de las escenas. Con un solo entreacto que distancia los grandes pas de deux en blanco y negro, la propuesta de Galizzi busca una síntesis muy adecuada para los tiempos que corren.
Este montaje es, a la vez, una carta de amor a una compañía estable. El centro de la escena está tan repartido democráticamente que hasta la reina Odette se mezcla entre las aves como si fuera una más. Este concepto de la distribución del baile incluye también una danza social para los nobles de la Corte a cargo de un delicioso grupo de bailarines y bailarinas, que no suelen encontrar roles acordes a su edad.
Quien también baila mucho es el villano. El hechicero Von Rothbart de Alejo Cano Maldonado manipula a sus víctimas como títeres. Y, en una paradoja imposible de reproducir en la naturaleza, se impone con sus gestos de cacatúa sobre una bandada de cisnes.
La segunda fiesta carece de los protocolos diplomáticos de cada una de las princesas casaderas, reunidas en un solo medley. Despojadas así de su momento de diva y con todas las danzas de carácter formando una gran corte multinacional de los villanos, se agiganta aún más la espectacularidad de Odile, que hace caer rendido a Sigfrido a sus pies.
El príncipe que encarna Federico Fernández en esta versión es muy sociable y juguetón, y se relaciona con el bufón de la corte casi de igual a igual. Aunque carece de la profundidad trágica que carga su rol en la versión de sir Peter Wright y Galina Samsova, se vuelve el centro de la escena al bailar el pas de trois con Natalia Pelayo y Beatriz Boos, en la primera escena en el palacio.
Ayelén Sánchez atraviesa el desafío del doble rol protagónico efectivamente. Su trémula Odette protege de las flechas a sus amigas. Y se deja querer por un príncipe culposo, activando más la piedad que el amor romántico. En un polo totalmente opuesto, su Odile hipnotiza con su picardía y soberbia, y con toda la destreza técnica que ese rol requiere.
La pareja protagónica de Sánchez y Fernández, que realizará también las funciones del 15 y 19 de abril, encastra sus piezas con habilidad, recibiendo el afecto del público desde todas las alturas del teatro.
Es para destacar el justo reconocimiento que los espectadores manifiestan al Bufón: Jiva Velázquez lleva con gracia el peso de ser el alivio cómico de la obra, pero también de ser liviano como una pluma y girar incansablemente en el centro de la pista. Tanto él como Paula Cassano, en un doble rol de princesa y cisne solista, hace tiempo merecen una promoción a niveles superiores.
Carlos Calleja, al frente de la Orquesta Estable del Teatro Colón, logra que la partitura llena de contrastes y cambios de clima de Tchaikovsky brille o se ensombrezca donde debe hacerlo.
El diseño de iluminación de Rubén Conde crea una paleta fría para el lago que contrasta con los dorados del palacio. A ello se suma la escenografía de Christian Prego, en un diseño ágil que facilita los cambios veloces de esta puesta. El vestuario de Aníbal Lápiz acompaña con sobriedad el concepto con pocas diferencias de clase entre los personajes.
El buen resultado de esta puesta es consecuencia de la suma de talentos de un teatro fábrica y sus cuerpos estables. Y el público lo agradece con ganas de más.

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viernes, 24 de junio de 2022

CRÍTICA DE DANZA


Bastante más que un homenaje al inagotable Piazzolla
Néstor TirriUna exaltación física de la música del compositor
Música: Vestuario: Leonardo Nora Astor Cuello. Churquina. Piazzolla. escenografía coreografía: iluminación: y Magalí Perel. diseño de banda sonora: Martín Jurado. dirección general: Leonardo Cuello.en el centro cultural de la cooperación, corrientes 1543. próximas funciones: jueves, a las 20 (hasta el 28 de julio).
Los diez bailarines de la compañía avanzan desde el fondo de la escena en slow motion, mientras suena “Mi refugio”: música de Cobián, trajes ajustados y algún bombín remiten a los años treinta. Tango tradicional, energía todavía contenida. Pero un fuelle vigoroso delata, como anticipo, lo que vendrá: Piazzolla irá inundando sonoramente la escena con su quintaesencia de ícono porteño. Y no sólo porteño: en París, Milán y en cafés y teatros del mundo resuena (acaso ahora más que nunca) la inconfundible cadencia del compositor, celebrado recientemente por su centenario.
Leonardo Cuello, el coreógrafo que desde hace quince años viene trajinando escenarios con compañía propia, se sumó oportunamente a esas celebraciones con un show en streaming, el mismo que ahora, en vivo, despunta en un subsuelo de la calle Corrientes.
Es Astor, nosotros, nuevo avatar de ese subgénero a veces denominado “tango escénico”, con esa índole piazzolliana en la que Cuello abrevó ya el año pasado, compartiendo programa con otros coreógrafos en el inolvidable Piazzolla futuro que deslumbró en el Coliseo. Y si algo resume el aporte de Cuello a la catarata de “astors” que siguen sumándose, es -en danzas y figuración escénicala exaltación del cosmopolitismo que trasunta la música secular del compositor marplatense.
Si bien el desarrollo depara situaciones, Cuello no cuenta ninguna anécdota, ninguna vida ni delinea personajes, como sí lo hizo con Quinquela Martín en El carbonero
(2019), con el Ballet Contemporáneo del San Martín. Entre los dúos que pueblan este espectáculo de poco más de una hora era de cajón que en algún momento el coreógrafo apelaría al proverbial “Escualo”, que Jimena Calarco y Quique López ejecutan con envidiable nervio y velocidad, acorde con el infrecuente compás irregular con el que Astor concilió arcaísmo tanguero con vanguardia jazzera. Claro que el potencial fraseo coreográfico que suscita, reservado a virtuosos, deriva siempre a lo acrobático, tentación demoníaca a la que Cuello no opone la menor resistencia.
El aporte escenográfico dinámico de las estructuras móviles metálicas (acierto de Nora Churquina) acentúa la envergadura teatral de una creación que, más cerca de la danza-teatro que de la danza contemporánea, trasciende el mero tango-baile con pinceladas no referenciales: un cortejo, una “cola” nupcial, un paraguas. Así, al final del sugerente y erótico dúo femenino de Laura Zaracho y Julia Urruty (descalzas, en ropa casual), los paneles se ciernen sobre ellas y proporcionan privacidad a la –presunta- transgresión. Es un tramo destacable, tanto por su sentido como por la ingeniosa composición escénico-plástica.
Salvo por “Escualo” y por la enésima invocación, como final, al seductor “Libertango” (desde la pieza homónima de Wainrot, 1984, hasta aquí, su contundencia coronó cientos de shows), Cuello tiene el buen tino de rastrear títulos piazzollianos no frecuentados, como el lejano “Prepárense”, bailado “en rojo y negro” por Juan Del Greco y Zaracho.
Le cabe el mérito, además, de mantenerla continuidad de un cuerpo de baile independiente consagrado a un repertorio y a un género, proeza que reconoce antecedentes añorados, como –cuanto menoslas insoslayables compañías de Juan Carlos Copes y Tangokinesis, de Ana María Stekelman. Astor, nosotros se prodiga así (a nosotros, espectadores) como bastante más que propuesta tanguera, instalada, por lo demás, en su hábitat natural: la calle Corrientes.

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