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viernes, 25 de agosto de 2023

CRÍTICAS DE CINE


Desparejo relato de terror con Drácula en alta mar
Marcelo StiletanoLa historia está tomada de la novela de Bram Stoker
DRÁCULA: MAR DE SANGRE
(THE LAST VOYAGE OF THE DEMETER, ESTADOS UNIDOS-REINO UNIDO-MALTA ITALIA- ALE MANIA /2023). DIRECCIÓN: André Øvredal. GUIÓN: Bragi Schut y Zag Olkewicz. FOTOGRAFÍA: Tom Stern. MÚSICA: Bear McCreary. EDICIÓN: Julian Clarke, Patrick Lasgaard y Christian Wagner. ELENCO: Corey Hawkins, Aisling Franciosi, Javier Botet, David Dalmastchian, Liam Cunningham. DISTRIBUIDORA: UIP. DURACIÓN: 118 minutos. CALIFICACIÓN: apta para mayores de 16 años.

Ver cómo una nueva película sobre Drácula se pone en movimiento con la imagen actualizada del globo terráqueo de los estudios Universal resulta a primera vista lo más natural del mundo. La alianza entre las historias de monstruos más conocidas del cine de terror y uno de los pilares de la industria de Hollywood cumple este año nada menos que un siglo. El origen de esta verdadera cosmovisión se remonta a 1923, año de estreno de la versión de El jorobado de Notre Dame protagonizada por Lon Chaney, y en 1931 conocimos bajo el mismo sello al primer Drácula del cine, encarnado por Bela Lugosi. Después llegaron Frankenstein, el Hombre Lobo, la Momia y unos cuantos más.
La memoria configura desde más de un sentido esta novedad. Además de la cronología, aparece cifrado detrás de Drácula, mar de sangre (efectista traducción local de un título original con resonancias mucho más literarias) una suerte de exculpación por el fracaso del ambicioso proyecto para resucitar a los grandes personajes clásicos de aquella etapa inigualable del estudio y unirlos en un multiverso denominado Dark Universe con una suerte de regreso a las fuentes.
Un escenario clásico, oscuro y gótico, envuelve esta aventura tomada directamente de un tramo del Drácula de Bram Stoker, específicamente el segmento del relato en el que se habla de los acontecimientos que ocurren durante un trágico viaje en barco desde el puerto búlgaro de Varna hasta Whitby, en el noreste de Inglaterra. La acción transcurre en 1897, como para que no haya dudas de que estamos ante una historia de origen, que hasta podría (al menos en el pensamiento de sus productores, entre los que aparece el legendario Mike Medavoy) dar comienzo a una serie.
Esta posibilidad por ahora parece lejana, a partir de los magros resultados de taquilla cosechados por la película en los Estados Unidos. No tiene sentido buscar explicaciones por el lado del relato de época. La recreación de la vida a bordo de un barco mercante de finales del siglo XIX y la inquietante atmósfera que rodea a esta travesía están entre lo mejor de esta despareja adaptación.
Todo este clima alimenta expectativas que no se corresponden con los resultados. Sobre todo por el desinterés en ocuparse del monstruo que perpetra la desgracia desde una perspectiva exclusivamente demoníaca. De Lugosi para acá, la mejor historia de Drácula en el cine aparece cuando el personaje se debate entre su lado humano y la faz diabólica que lo transforma cada noche en un poseso en busca de sangre humana para alimentarse.
Algunos buenos y genuinos sustos en el final, cuando todo parece estallar en torno de la caza del monstruo, sirven como modesto consuelo para los más entusiastas seguidores del género. Son más los que preferirán tomar distancia, sobre todo por algunas elecciones narrativas imperdonables relacionadas con un personaje infantil, de este cruce por momentos desconcertante entre la leyenda de Drácula y toda la iconografía desarrollada en el cine a partir de Alien (1979)

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viernes, 17 de febrero de 2023

CRÍTICAS DE CINE


Un thriller oscuro y efectivo, ambientado en el campo argentino
Alejandro Lingenti
LEGÍTIMA DEFENSA
ARGENTINA/2021). Dirección y guion: Andrea Braga. FOTOGRAFÍA: Guillermo Saposnik.eDición: Mauricio Halek. elenco: Alfonso Tort, Javier Drolas, Violeta Urtizberea. DURACIÓN: 97 minutos. 
Filmada en Leones, provincia de Córdoba, y presentada en el Festival de Mar del Plata, esta ópera prima de Andrea Braga, un italiano que estudió y es docente en la escuela de cine creada por Eliseo Subiela, comienza con el regreso de un fiscal a su pueblo natal para investigar una serie de misteriosos crímenes. Como en el cine negro clásico, el protagonista debe resolver los casos y, al mismo tiempo, lidiar con algunas cuentas pendientes de un pasado no tan lejano: la relación con su hija y su exmujer no es la mejor, y ese malestar personal empieza a combinarse con el derrotero de una investigación complicada en la que aparece una trama de corrupción relacionada con el uso de agroquímicos. Legítima defensa es una película lúgubre y cargada de la tensión que tienen los buenos thrillers. Braga ya la tenía en desarrollo cuando se encontró con un documental italiano sobre los problemas ambientales que supuestamente causan los químicos utilizados en el campo argentino. Las buenas performances de los protagonistas (el uruguayo Alfonso Tort, Javier Drolas y Violeta Urtizberea, alejada de su faceta más habitual de comediante pero igual de solvente) son puntos de apoyo sólidos para una historia cuyo clima denso se sostiene de principio a fin.

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CRÍTICAS DE CINE


Otra triste víctima del ambicioso multiverso de Marvel
Marcelo StiletanoPaul Rudd como Ant-Man, un superhéroe que no se luce
ANT MAN Y SU ESPÍRITU FELIZ: QUANTUMANIA
(ESTADOS unidos, 2023). dirección: Peyton Reed. guión: Jeff Loveness. fotografía: Bill Pope. Música: Christophe Beck. edición: Laura Jennings y Adam Gerstel. eLenco: Paul Rudd, Evangeline Lilly, Jonathan Majors, Michelle Pfeiffer, Kathryn Newton, Corey Stoll, Michael Douglas. duración: 125 minutos. distribuidora: Buena Vista. 

Ant Man protagonizó en 2015 y 2018 dos de las más espléndidas y felices aventuras de toda la historia de Marvel en el cine. Imposible olvidarlo. En ellas, el diminuto personaje se volvía realmente grande por razones que no tenían tanto que ver con sus superpoderes. Pero en esta tercera película propia se impone una paradoja. En un momento contemplamos la versión más gigantesca posible de nuestro héroe. Pero esa exhibición tan colosal lo reduce a la mínima expresión. A Ant Man (o a Scott Lang, su nombre en el mundo real) esta vez no le creemos nada.
De nuevo habrá que echarle la culpa de este retroceso a la idea del “multiverso” que recorre toda la actualidad y el futuro de Marvel. Las dos películas previas (Ant Man: el hombre hormiga y Ant Man and the Wasp) eran enormes comedias en las que Lang (Paul Rudd) usaba su pasado de ladrón para entrar casi en puntas de pie al universo de los Avengers mientras construía una nueva familia. Ahora todo es mucho más serio, denso, recargado e “importante”. Y Ant Man, que al principio de Quantumania parecía una reliquia de las etapas previas de Marvel, capaz hasta de escribir su propia autobiografía, se convierte en el simple vector de la siguiente fase del universo cinematográfico del estudio. Una mera herramienta al servicio de otros fines.
En esta transición, Ant Man renuncia a casi todas sus virtudes. Literalmente abandona su mundo para entrar a la fuerza en otro, completamente ajeno. Su presencia está ahora condicionada por las necesidades del estudio, cuya prioridad es la presentación en sociedad del villano estelar de los próximos tiempos, Korg el Conquistador (Jonathan Majors) y llevarnos de nuevo al terreno del dichoso “multiverso”. En la búsqueda de esos objetivos, Marvel sacrifica por completo el espíritu ligero y alegre de las aventuras previas creado por Peyton Reed, un gran director de comedias que aquí cambia de piel. Sus marcas de autor desaparecen detrás de un guión rutinario y, sobre todo, completamente falto de gracia.
Quantumania es un relato de pura ciencia ficción (más que en cualquier otra película previa de Marvel, aunque parezca mentira) ambientado en mundos extraños que muestran demasiados parecidos con los de Star Wars. Todo es demasiado espeso en el Reino Cuántico, el universo paralelo en el que Janet (Michelle Pfeiffer) estuvo confinada 30 años y al que vuelve tras un exceso de confianza de la ya crecida hija de Lang, Cassie (Kathryn Newton).
A Lang le toca una vez más preservar el equilibrio familiar, ahora amenazado por un enorme descuido. Y cuando aparece Korg, el equivalente a Thanos en la división del trabajo planificada por Marvel para su nueva fase, las cosas se complican todavía más. Con un tono mucho más grave, sombrío y aterrador. Así lo sugiere a primera vista el diseño visual del Reino Cuántico, un lugar que por su diseño tranquilamente podría ser visto como el Lado Oscuro del universo de Marvel.
Casi toda la acción de Quantumania transcurre en ese escenario opaco y muy ruidoso. En medio de semejante demostración de poderío digital no hay mucho lugar para las muestras de humanidad. Por allí vemos a Rudd mostrando en cuentagotas su inmenso talento de comediante, a Pfeiffer luciendo su madura belleza y a Michael Douglas, como siempre, divirtiéndose un poco más que el resto. Se extraña muchísimo la ausencia de grandes personajes secundarios (como el Luis de Michael Peña y el Paxton de Bobby Cannavale), lúcidos exponentes del espíritu de comedia familiar que supimos disfrutar en los films previos.
Aquí, la brújula aparece tan extraviada que la Wasp de Evangeline Lilly pasa casi inadvertida y hasta la fugaz aparición de Bill Murray, que en el contexto de las películas previas hubiese sido muy celebrada, no funciona ni siquiera como curiosidad. Del otro lado está Korg, un personaje vital para el futuro de Marvel, expuesto desde ahora y en sus próximas aventuras a padecer los caprichosos giros del “multiverso”. Majors, un excelente actor, por momentos se las ingenia para dibujar a este villano como un ser temible e inquietante desde su actitud calma y desdeñosa.
Nos queda como consuelo de lo que pudo ser ese par de pequeñas y simétricas escenas en el mundo real como muestras de la despreocupación con que Scott Lang encara la nueva etapa de su vida. Es la única (y magra) conexión visible entre el universo previo de Ant Man y esta nueva aventura que ya no divierte como las anteriores, y en el fondo funciona para Marvel solo como un entretenimiento de manual, con más músculo que ingenio.

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sábado, 7 de enero de 2023

CRÍTICAS DE CINE


Gato con botas: el último deseo. El carisma de Banderas impulsa este film “de capa y espada”
Paula Vázquez PrietoEl actor español vuelve a poner su voz en castellano e inglés para el personaje
EL GATO CON BOTAS: EL ÚLTIMO DESEO
(Puss in boots: The Last Wish, Estados Unidos, 2022). Dirección: Joel Crawford y Januel Mercado. guion: Tommy Swerdlow, Tom Wheeler, Paul Fisher. EDICIÓN: James Ryan. MÚSICA: Heitor Pereira. Voces en inglés: Antonio Banderas, Salma Hayek, Harvey Guillén, Florence Pugh, Olivia Colman, Patricia Etchegoyen, Ray Winstone, Samson Kayo. DISTRIBUIDORA: UIP. DURACIÓN: 102 minutos.

Nacido de las entrañas de Shrek, una vez que aquella franquicia quedó concluida en 2010 con Shrek 4: para siempre, su primer spin-off, bautizado Gato con botas (2011), eligió al personaje más astuto y seductor para continuar ese delirante universo salido de los cuentos de hadas tradicionales. Y como en toda relectura de las viejas tradiciones, la pizca de ingenio y autoconciencia se desplaza de los creadores a los mismos perenigma sonajes. Por ello Gato con botas es fiel heredero de las aventuras del personaje literario, del glamour de los espadachines cinematográficos –sobre todo del exquisito Tyrone Power en La marca del Zorro (1940), de Rouben Mamoulian, con sus calzas apretadas y su sonrisa llena de dientes– y de la picardía de Antonio Banderas, quien le brinda su voz teñida de acento y aire español.
Luego de la presentación con ojitos acaramelados en Shrek 2 y de la pesquisa de los huevos de oro de una gansa en Gato con botas, esta nueva aventura lleva al gato forajido a replantear su vida –o sus vidas– y a luchar con la mismísima muerte. Es que tanta temeridad y displicencia hizo que las nueve vidas que ostentan todos los felinos se escurrieran de sus manos de la manera más banal y absurda, y llegada la última en el carretel es imprescindible encontrar la forma de recomenzar el conteo.
Resucitado y provisto de su última oportunidad, Gato con botas deberá seguir un mapa que esconde el destino de una estrella fugaz y el cumplimiento de su anhelado deseo. El viaje hacia esas nuevas vidas recién comienza.
Codirigida por Joel Crawford y Januel Mercado –integrantes del equipo creativo de las Kung Fu Panda-, Gato con botas: El último deseo resulta mucho más ágil y divertida que la primera, más cercana al universo del cine de aventuras y destinada a un público infantil un poco más grande (de hecho, hay un lobo cazarrecompensas que tiene varias apariciones terroríficas). El carisma de Gato se complementa con el de su inesperado ayudante, un perrito maltrecho y algo cargoso (con voz de Harvey Guillén), que se convierte en el Sancho Panza de ese alucinado Quijote. La peripecia se completa con el regreso de Kitty (con la voz de Verónica López Treviño reversionando a la original de Salma Hayek) como compañera de aventuras, y la carrera contra reloj junto a Ricitos de Oro y la familia de los Osos, también ansiosos de quedarse con el codiciado deseo.
Si bien el espíritu de la película se arraiga en los personajes de los cuentos de hadas y la estructura narrativa se remonta al cine “de capa y espada” –el llamado subgénero de los swashbucklers, cultivado por estrellas como Douglas Fairbanks o Errol Flynn–, es evidente la influencia del animé en las escenas de acción, algo que Dreamworks ya había ensayado en la saga Kung Fu Panda, y el despliegue de un humor que marida perfecto con la autoconciencia de su personaje, y la que añade el propio Banderas y su historial vestido de Zorro. En esa astuta unión está su verdadera magia.

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viernes, 28 de octubre de 2022

CRÍTICAS DE CINE


Un simpático reptil cantante, suelto en Nueva York
LILO, LILO, COCODRILO
Marcelo StiletanoEl carismático protagonista de esta película
(
LYLE, LYLE, CROCODILE, ESTADOS UNIDOS/2022). DIRECCIÓN: Josh Gordon y Will Speck. GUIÓN: Will Davies, basado en los libros de Bernard Waber. FotoGraFía: Javier Aguirresarobe. MÚSICA: Matthew Margeson, con canciones originales compuestas por Benji Pasek y Justin Paul. EDICIÓN: Richard Pearson. ELENCO: Javier Bardem, Constance Wu, Scoot McNairy, Winslow Fegley, Brett Gelman y la voz de Shawn Mendes. DISTRIBUIDORA: UIP/Sony.dUración: 106 minutos. CALIFICACIÓN: Apta para todo público.
Lilo, Lilo, cocodrilo empieza de la mejor manera. Con la feliz ayuda de la recuperada fotogenia de Nueva York, que creíamos perdida en la oscuridad de la pandemia, una cámara ágil, inquieta y movediza sale al encuentro de la pareja más improbable. Un artista excéntrico y locuaz (Javier Bardem) descubre en una tienda de especies exóticas a un pequeño cocodrilo moviéndose al compás de una canción y tarareando su estribillo. Ante sus ojos, el bicho aparece como aliado ideal para superar una larga racha de fracasos, sobre todo en la competencia de talentos de un reality show televisivo.
Pero el reptil, que pronto crecerá hasta alcanzar un intimidante tamaño, muestra detrás de toda su ternura un incontenible pánico escénico. Abandonado momentáneamente por su dueño, se convierte en la mascota de un chico (Winslow Fegley) igual de acomplejado, aunque por otros motivos. Es el hijo de una pareja recién llegada a Nueva York que ocupará ese hogar con sueños de una nueva vida, entre búsquedas y vacilaciones que la trama nunca se decide a afirmar del todo.
Aquí está el principal problema de esta comedia musical para toda la familia inspirada en los libros infantiles del autor estadounidense Bernard Waber. Sugerir todo el tiempo trazos y pinceladas de distintos rumbos sin decidirse jamás a profundizarlos. La trama parece inclinarse a indagar en la condición de “bichos raros” que tiene cada uno de los personajes centrales, sin afirmar esos esbozos por sobre un par de definiciones que no van mucho más allá de lo superficial.
No hay seguridad plena en ese planteo, que en algunos casos (como le ocurre a Josh, a quien Fegley interpreta de un modo escasamente empático) tiene que declamarse demasiadas veces como si nunca estuviese claro del todo. Sus padres, personificados por Constance Wu y Scoot McNairy, dos actores muy confiables, tampoco tienen una construcción precisa. Del otro lado aparece un vecino tan estereotipado en sus rasgos más irritantes (Brett Gelman, de Stranger Things) que no resulta nada gracioso.
Las cosas mejoran cada vez que reaparece Bardem. De la mano de su personaje (el único que muestra lo que quiere con personalidad y convicción) y del atractivo visual que ofrece la geografía urbana neoyorquina la historia sostiene, siempre con altibajos, la calidez y la energía insinuadas en aquel simpático comienzo. También funciona muy bien la sincronización de los movimientos entre los actores y el reptil animado por computadora que en las contadas funciones subtituladas tiene la inconfundible voz de Shawn Mendes. La mayoría de las copias, en cambio, cuentan en cambio con ignotas voces en español.
El atractivo de la música original parece agotarse en “Take Look at Us Now”, la bella canción magníficamente coreografiada desde el montaje que abre el relato y se repite más tarde con ligeras variantes. Los otros temas compuestos por Benji Pasek y Justin Paul (La La Land, El gran showman) ni siquiera llaman la atención y aparecen bastante lejos de estos trabajos previos, bastante más inspirados. ●

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viernes, 21 de octubre de 2022

CRÍTICAS DE CINE


El fútbol y la poco afortunada idea de un empresario
Guillermo CourauLeo Sbaraglia y Valentín Wein
(ARGENTINA, ESTADOS Unidos/2022). dirección: Ariel Winograd. Guion: Patricio Vega. Fotografía: Félix Monti. elenco: Leonardo Sbaraglia, Marina Bellati, Carla Peterson, Luis Luque, Cecilia Dopazo, Valentín Wein, Mónica Raiola, Ignacio Saralegui y Agustina Suasquita. Duración: 104 minutos. Calificación: apta para mayores de 13.

Cada cuatro años, la llegada de un nuevo mundial de fútbol alumbra las mejores piezas publicitarias que pueden ofrecer las marcas relacionadas a tal acontecimiento deportivo. No importa si son bebidas, indumentaria o electrodomésticos, la ciudad se tiñe de celeste y blanco, apuntando arteramente y en repetición a lo más patriótico, sentimental, emotivo y sensiblero de nuestro ser nacional.
El gerente cuenta la historia de la madre de estos ejemplos. Una promoción que nació como manotazo de ahogado, y fue a la vez el infierno y el paraíso para su protagonista. El hecho real no sucedió hace tanto, pero vale a modo de contexto. En 2018, y en el umbral de las eliminatorias para el mundial de Rusia, la empresa Noblex buscaba la idea salvadora, que le permitiera “salir del banco de suplentes” –como reza el guion del film– y mejorar las alicaídas ventas de televisores.
El gerente de marketing (en la ficción, Leonardo Sbaraglia) acuña una idea salvadora que bautiza Súper Promo Noblex: “Si la Selección no clasifica, te quedás con el televisor y te devolvemos el dinero”. Estadísticamente las chances eran mínimas, los rivales no daban miedo y desde 1970 que Argentina no estaba en riesgo de quedar afuera de un mundial. Es más, ganando solo dos de los cuatro partidos por jugar, la selección estaba adentro y la empresa se salvaba, de la bancarrota y de la mufa. Pero llegó un empate, después otro, y con cada marcha atrás todo un país hablaba de dos personas: Lionel Messi, y del “gerente de Noblex”.
A nivel local, la película de Ariel Winograd partía con la desventaja de que lo anterior es historia reciente y conocida, muy conocida, por lo que cualquier intento de apelar al suspenso sobre lo que sucedería con este hombre gris y anacrónico, que se jugaba la última ficha de su carrera a todo o nada, vendría con spoiler y final feliz incluido. Y precisamente esto es lo que resiente el primer tercio del film, donde la ineludible presentación del conflicto resta en entusiasmo e interés. El personaje de Sbaraglia sufre, mientras el espectador se relaja sabiendo el desenlace.
Afortunadamente, promediando el metraje, la narración equipara las arenas movedizas profesionales en las que se mueve el protagonista con un vistazo a su vida personal: la relación con su hijo adolescente (Valentín Wein), que se vuelve su alter ego en redes y lo apuntala cuando se cae, el interés romántico con una compañera de trabajo (la siempre sorprendente Marina Bellati) y una sucesión de personajes secundarios que hacen lo necesario y cumplen, sin pretensiones de posteridad.
Y lo mismo se podría decir de la película, que transcurre amable, sosteniéndose casi exclusivamente en la notable actuación de Leo Sbaraglia, que en postura y gestos aparenta por lo menos diez años más de los que tiene. En la columna del debe está el personaje de Carla Peterson que nunca termina de delinearse, y la presencia del Tano Passman haciendo de… el Tano Passman, en un chiste recurrente que pasa de simpático a tedioso. A diferencia de su contraparte de la vida real este “gerente” cinematográfico no arriesga, prefiriendo pisar terreno firme. Tal vez por eso, y amparado por su recorrido en plataformas, llame más la atención de extraños que de propios. Una decisión más conservadora, pero en estos tiempos, también más segura.

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The Rock es un antihéroe aplastado por los efectos digitales
Black Adam. Dwayne “The Rock” Johnson es un antihéroe aplastado por los efectos digitales.
Marcelo StiletanoDwayne Johnson encarna a un personaje de DC bastante desdibujado
(Estados Unidos/2022). dirección: Jaume Collet-Serra. Guión: Adam Sztykiel, Rory Haines y Sohrab Noshirvani. Fotografía: Lawrence Sher. Música: Lorne Balfe. edición: John Lee y Michael L. Sale. elenco: Dwayne Johnson, Sarah Shahi, Aldis Hodge, Pierce Brosnan, Noah Centineo, Quintessa Swindell, Marwan Kenzari, Viola Davis. Distribuidora: Warner. Duración: 124 minutos. Calificación: Solo apta para mayor es de 13 años con reservas.

Si el plan a largo plazo de DC se orienta a la construcción de un gran universo de superhéroes con identidad propia y la suficiente fortaleza como para marcar diferencias de fondo con su equivalente de Marvel, estamos con la llegada de Black Adam ante un muy evidente paso en falso. El tiempo dirá si el tropiezo de esta gran maquinaria de producción alcanza también al hasta aquí casi infalible Dwayne Johnson, cuyo carisma de estrella tambalea quizás por primera vez frente a las inconsistencias de un personaje que hasta amenaza con hacerle perder su mejor cualidad: el sentido del humor.
Black Adam es a todas luces un antihéroe. En todo caso, por el modo en que es tratado y considerado por Amanda Waller (Viola Davis), tranquilamente podría sumarse a ese plantel de taimados rebeldes que conocimos en las dos experiencias del Escuadrón Suicida. Razones no le faltarían a la jefa burocrática del grupo. Al fin y al cabo, Black
Adam (o Thet-Adam, el nombre que llevaba en su vida originaria en el antiguo reino de Kahndaq, remedo del Egipto de los faraones) apoya su poder en el enojo y una furia infinita.
Es, a grandes rasgos, un personaje fantástico que fue acumulando rencor y sed de venganza durante siglos hasta que logra ser liberado en pleno siglo XXI. Con ese regreso vuelve a plantearse un conflicto ancestral: el sometimiento de un pueblo a un poder abusivo (antes a cargo de un déspota absolutista; ahora, de una poderosa organización multinacional) que expolia los recursos naturales del lugar. Sobre todo un mineral de extraordinario valor.
Pero el destino de Black Adam no es el de otros antihéroes. Primero, porque quien lo encarna en la pantalla es Johnson, que a esta altura no puede permitirse otro lugar que el de un ganador indiscutido, un personaje sin vueltas ni zonas oscuras cuando se habla de heroísmo. Y segundo, porque su destino aparece junto al resto de las grandes figuras del universo heroico de DC, tal como lo sugiere la reveladora escena que aparece en medio de los títulos finales.
Aquí empiezan los problemas. Porque el personaje necesita para cumplir con ese futuro ya definido por DC eliminar algunos aspectos esenciales de su ambigua configuración, que pueden resultar un lastre frente a ese destino anunciado. La película describe justamente toda esta operación. Y no de la mejor manera.
Todo se mueve a partir de los efectos visuales generados por los dispositivos digitales. Son tan descomunales en cantidad y tan extendidos que en medio de ellos, como si funcionaran como una gigantesca cortina de humo, se pierde la mínima certidumbre que necesitan los personajes para explicar el sentido de su presencia en este relato. Con el vértigo de un monumental videoclip, los personajes aceleran sus movimientos o se quedan inmóviles en medio de escenas de acción poco inteligibles (el montaje no ayuda) ilustradas por la apabullante y atronadora música de Lorne Balfe.
Hay momentos en que no sabemos de qué lado está Black Adam y cuál es en el fondo su misión. Lo mismo pasa con el resto, sobre todo los integrantes del equipo de la Sociedad de la Justicia que, con la ayuda de diferentes superpoderes, deben salir a su rescate. Hawkman (Aldis Hodge) se salva un poco porque tiene más compromiso que otros, bastante desaprovechados. Todos, en el fondo, se rinden a otro gran problema que tiene la película, la solemnidad. Casi no hay diálogos creíbles entre los personajes centrales. Solo un intercambio de frases declamadas y pomposas.
La mayor víctima de esta rigidez es Pierce Brosnan, a quien se lo ve por momentos resignado a actuar de taquito para darle certidumbre a su aparición con un mínimo de oficio. Al ex 007 le toca en suerte un personaje (el Doctor Fate, capaz de vislumbrar con bastante certeza el futuro) cuyo parecido con el Doctor Strange de Marvel cuesta disimular.
No es el único parecido entre ambas factorías. Como en las andanzas de los Vengadores aquí también hay un vistoso avión, un grupo de héroes ensamblados dispuesto a hacer justicia, un viaje fantástico a través del tiempo y de distintas dimensiones, y sobre todo, un personaje central bastante enfurecido, que en este caso no exhibe toda su musculatura en tonos verdosos y luce un disfraz coronado con un rayo. Hulk tenía un alter ego (el científico Bruce Banner) que definía su personalidad. Black Adam, en cambio, no sabemos realmente quién es. Y esta película, en medio de su confusión y de un show de artificios visuales, tampoco nos ayuda a entenderlo

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sábado, 15 de octubre de 2022

CRÍTICAS DE CINE


Halloween, la noche final. El cierre de una larga saga de terror que recupera la esencia original
MARCELO STILETANOEl asesino Mike Myers
★★★★ (HALLOWEEN ENDS, ESTADOS UNIDOS/2022). DIRECCIÓN: David Gordon Green.guión: Logan, Bernier, McBride y Gordon Green, a partir de personajes creados por John Carpenter y Debra Hill. elenco: Jamie Lee Curtis, Andi Matichak, Rohan Campbell, Will Patton. DISTRIBUIDORA: UIP. DURACIÓN: 111 minutos. CALIFICACIÓN: solo apta para mayores de 16 años.
Esta vez coincidieron el calendario real y el de la ficción. Los 44 años que separan a la primera Halloween, creada y dirigida por John Carpenter en 1978, de este episodio final equivalen con exactitud al tiempo vital de su gran protagonista, Jamie Lee Curtis, dentro de esta historia.
Curtis tenía 19 años cuando se enfrentó por primera vez como Laurie Strode a un temible y enmascarado psicópata llamado Michael Myers, perpetrador de asesinatos seriales cada vez más horripilantes, enmarcados de manera deliberada alrededor de los festejos de la Noche de Brujas.
Este cierre cumple por fin con todas las expectativas que se abrieron en 2018, momento en que David Gordon Green volvió directamente a las fuentes de la historia original de Carpenter, que reasumió un lugar influyente como productor ejecutivo, autor de la banda sonora (junto con su hijo Cody) e “inspirador” de la trilogía final.
Esa influencia queda bien a la vista en esta eficaz conclusión que corrige el decepcionante rumbo del episodio anterior, Halloween Kills: la noche aún no termina, lleno de esquematismos, conductas previsibles y fórmulas rutinarias. Se dirá ahora que esa transición sirvió nada más que para preparar el terreno de un muy logrado desenlace, cuya mayor virtud es la de mostrarse genuinamente carpenteriano.
Toda la trama de Halloween: el final está atravesada por el gran tema del cine de Carpenter: la representación del mal. El gran personaje es Corey Cunningham (el excelente Rohan Campbell), a quien vemos en el prólogo, cuatro años atrás, como artífice involuntario de una tragedia ocurrida en plena Noche de Brujas.
Corey es otro hijo dilecto de Haddonfield, la pequeña ciudad de Nueva Jersey en la que Myers ejecuta todas sus horribles tropelías. Sabemos por lo que pasó en la película anterior que el asesino enmascarado logró escapar una vez más después de ejecutar a la hija de Strode. Lo que sugiere el recorrido final de este largo relato es que el terror no se reduce a la presencia temible de un único criminal al acecho. Haddonfield ahora parece completamente poseída por ese espíritu maligno.
En este nuevo contexto, Myers ya no expresa solamente la imagen de un homicida de carne y hueso que parece indestructible. Su corporalidad ahora aparece completamente difusa, extendida por todas partes como una suerte de energía diabólica. Ahora entendemos por qué a Myers se lo identifica en los títulos finales como “The Shape”, palabra del inglés cuya traducción literal es “la forma”. También alude a términos como presencia, fantasma o espíritu. El mal deja de pertenecer a una persona y empieza a extenderse como idea. Puede adquirir otro rostro, pero sobre todo múltiples configuraciones. En ese sentido, Halloween: el final nos lleva más de una vez al recuerdo de Christine (1983), una de las obras maestras de Carpenter. Arnie (Keith Gordon), el protagonista de esa película, tiene un visible aire de familia con Corey Cunningham, y el parecido entre ambos parece completamente deliberado.
La exposición a esa corriente maligna deja a la mayoría de los personajes de este capítulo final completamente a merced de este impulso inmanejable. Como ocurre siempre en las buenas historias, cada uno tiene algo importante que decir. Ante todo, dejar a la vista cuál es el motivo que en algún momento los llevará a convertirse en víctimas. Las mejores escenas de la película aparecen cada vez que se activa el movimiento de esa cadena mortal.
Hasta Laurie Strode, que parece estar de vuelta de todo, corre el riesgo de sucumbir a esa maquinaria. Mucho más comprometida se muestra su nieta Allyson (Andi Matichak), para quien Corey funciona como un imán irresistible. Hasta que Green y, seguramente, también Carpenter, nos recuerdan que Halloween se escribió en el cine durante más de 40 años y Laurie (con las marcas del tiempo reflejadas cada vez más en la magnífica y encallecida expresión de Curtis) recurre a la memoria como único antídoto posible a la amenaza definitiva de un enemigo perpetuo.
En este capítulo final, la idea del mal queda representada con mucha sutileza a través de la visible degradación del modo de vida tradicional en la geografía profunda de los Estados Unidos. La historia concluye tal vez del modo en que Carpenter la imaginó desde el comienzo. Como una celebración que nace de la manera más inocente y empieza a transformarse en otra cosa cuando aparecen, invocadas por el destino, fuerzas oscuras e incontenibles. El mal en estado puro.●

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viernes, 2 de septiembre de 2022

CRÍTICAS DE CINE


La chica salvaje
Retrato de amor y supervivencia que no encuentra su camino A NACION
1 de septiembre de 2022
Paula Vázquez Prieto Daisy Edgar-Jones, de lo mejor del cine
LA CHICA SALVAJE
 (DONDE CANTAN LAS CRAWDADS, ESTADOS UNIDOS/ 2022 ). DIRECCIÓN: Olivia Newman. GUIÓN: Lucy Alibar, Delia Owens. ELENCO: Daisy Edgar-Jones, Taylor John Smith, Harris Dickinson, David Strathairn, Sterling Macer Jr, Michael Hyatt, Jojo Regina. DISTRIBUIDOR: UIP-Sony. DURACIÓN: 125 minutos.

Basada en el best seller con ecos autobiográficos de Delia Owens, Wild Girl es la historia de la supervivencia de una adolescente en el terreno más hostil imaginable, los pantanos de Carolina del Norte en los años 60. Con las comodidades modernas. es lo que perfila la solitaria vida de Kya Clark (Daisy Edgar-Jones) como una auténtica proeza. Pero también es la historia de una investigación policial: una mañana aparece el cuerpo de Chase Andrews (Harris Dickinson), hijo de una importante familia local, arrojado bajo una torre en el corazón de ese pantano. Las sospechas recaen sobre Kya, llamada despectivamente "la chica del pantano", debido a su clandestino romance con Chase, pronunciado en el pueblo como un secreto a voces. Y por último, también es una historia de amor,
El gran problema radica en el intento de conciliar esos tres caminos: el del relato de la resiliencia, el del cine del juicio y el de la novela rosa. Animado por el éxito del libro de Owens, el "gancho" de la historia se afirma en el vacío: la verdad detrás de la muerte de Andrews. ¿Asesinato o accidente? En esa lógica, el abogado Tom Milton (David Strathairn), que conoce a Kya desde que era una niña y sabe del abandono de su familia y las calumnias de los aldeanos, la defiende sin demasiadas herramientas más allá de la empatía que le brinda su trágico historia despierta en el Kya es un muro de silencio, una figura firme en el estrado que resiste los ataques del fiscal como antes resistía la charla y las fuerzas naturales del pantano. La mirada profunda de Edgar-Jones insinúa un misterio,
Sin embargo, lo que Strathairn y Edgar-Jones mantienen con gracia y destreza en las conversaciones carcelarias y las miradas en la sala del tribunal se desdibujan en los sucesivos flashbacks que reponen el pasado de Kya, oscilando entre el melodrama color de rosa con un carácter bucólico que funciona como marco para el romance y la supervivencia, y las pinceladas de tímido horror, que convierten el abuso, el maltrato y una enmarañada violencia social en obstáculos superficiales del drama. Newman nunca decide el tono de la película y oscila entre esos registros con torpeza e ignorancia, torciendo la credibilidad del policía coloreando su universo con estampas al estilo Sarah Kay, deslizando los hechos más terribles como si fueran una evidencia más que hay que superar. .
A lo largo de su recorrido, Kya es menos un personaje que un compendio de ideas: la comunión con la naturaleza, la experiencia del "amor verdadero", la superación de la adversidad y también la reflexión sobre la justicia. Todo eso hay que llevarlo a la espalda en unos diálogos que parecen salidos de un libro de aforismos más que de literatura. Daisy Edgar-Jones hace lo que puede con él y sale triunfante gracias a su carisma, y ​​la convicción con la que a veces pronuncia lo imposible. Pero la historia no encuentra su camino y su errática puesta en escena empantana sus pocas virtudes.

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