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lunes, 26 de septiembre de 2022

DE NO CREER...


Nada de bromas: el horno no está para bollos

Carlos M. Reymundo Roberts
El tenor de los acontecimientos de las últimas semanas obliga a esta columna a ponerse más seria que nunca. Se han concatenado, en una deriva dramática, hechos de magnitud y alcance asimilables a una bomba de racimo. La existencia misma del país, su viabilidad como nación, ha sido puesta en duda, sobre todo después de confirmarse lo que hasta entonces era solo una presunción: nos hemos quedado sin figuritas.
De norte a sur, de este a oeste, legiones de padres y de chicos deambulan por las calles, recorren inútilmente kioscos, librerías, supermercados, estaciones de servicio, pizzerías, hospitales, concesionarias de autos… Hay señores que llegan de madrugada a sus casas y ponen esa búsqueda como excusa. Esta semana estuve en La Matanza y me crucé con una manifestación de indignados que llevaban una pancarta gigante: “Juicio y castigo a Panini. ¡Con los pibes no!”. Siempre atento a las inquietudes populares, el Gobierno tomó cartas en el asunto. El secretario de Comercio reunió el martes a la Unión de Kiosqueros y a la empresa responsable del faltante; una suerte de paritaria de las figuritas. A los empresarios les habló en un tono severísimo: “Señores de Panini, soy Tombolini”. Al verse acorralados, los Panini boys, mercaderes insensibles, ofrecieron un Ahora 10: 10 sobres por chico, con Precios Cuidados; porque no faltan kiosqueros especuladores que han convertido a esos míseros papeluchos en commodities y fijan el valor según la cotización del dólar álbum. Hombre de Massa, Tombolini también fue duro con ellos: “Nada de aprovechar este desabastecimiento para sacar ventajitas”. La cosa llegó anteayer a la Justicia con una denuncia penal contra Panini. Los Panini boys tuvieron que entregar sus teléfonos celulares. Para resguardarlos, primero fueron revisados por peritos de la Policía Federal, después por espías de la AFI y ahora están en el despacho de Aníbal Fernández.
Que falten alimentos, remedios, insumos para la producción vaya y pase; lo de las figuritas supera todos los límites. La cuestión es tan grave que el Frente de Todes (tiro lo de “todes” a modo de sugerencia) está intentando ocultarla con sucesivas cortinas de humo. A Alberto Fernández le pidieron que bajara del avión en Nueva York con la bragueta abierta, que hablara de “la banda de los copitos” ante las Naciones Unidas, que le prometiera a la jefa del FMI que va a ajustar los gastos en Olivos y que desafinara una guitarra eléctrica de 9000 dólares en un legendario local de Manhattan. No hubo caso: las desventuras del profesor ya no conmueven a nadie. La ampliación de la Corte Suprema a 15 miembros, votada en el Senado, fue una movida mucho más exitosa, aunque efímera, porque seguramente será rechazada en Diputados. Pero ahí sí lograron instalar un tema de enorme sensibilidad. No hay encuesta sobre las mayores preocupaciones de la gente en la que detrás de la inflación, la seguridad y las figuritas no aparezca el número de jueces de la Corte. En Juntos por el Cambio acusan al kirchnerismo de buscar impunidad, porque los nuevos miembros serían propuestos por gobernadores peronistas. Yo no tengo objeción alguna a que lleguen jueces elegidos por Gildo Insfrán, Kicillof, Capitanich o Alicia Kirchner, y más bien tiendo a pensar que se trata de un negocio inmobiliario: como esos 15 tipos no entran en el Palacio de Justicia, hay que hacer un edificio nuevo, de 15 pisos. Parrilli salió al cruce de esta versión: dijo que la Corte ampliada podría instalarse en el Instituto Patria.
Otra cortina, natural, no artificial, es el avance de la causa por el atentado contra Cristina, que suscita un creciente interés debido a sus peculiares peculiaridades. La jueza Capuchetti y el fiscal Rívolo no salen de su asombro: la historia se les presenta como una confabulación de alcances insospechados o como un mamarracho, o las dos cosas juntas. No dudan de que fue un atentado, pero esa es la única conclusión seria a la que hasta ahora han llegado. Bueno, en realidad llegaron a otra: la Policía Federal ayuda tan poco que por momentos les da más ganas de investigar a los canas que a “los copitos”. Así estaban, en medio de un espantoso intríngulis, sin saber si la pesquisa los llevaría a tenebrosos subsuelos o a cañaverales de azúcar, hasta que ayer a la mañana apareció ella. Sí, Cristina, que en su alegato de defensa en la causa Vialidad les dio la clave para resolver el caso: los principales responsables del atentado son los jueces y fiscales que la juzgan, por presentarla como una ladrona, y los diarios la nacion y Clarín, por su prédica de odio. Capuchetti, Rívolo, no busquen más: son colegas suyos, magistrados, y colegas míos, periodistas, los que cargaron la Bersa con la que disparó Sabag Montiel. Es el brazo armado del lawfare.
Epa, qué descuido: acabo de darme cuenta de que yo, como escriba estoy entre los incriminados. ¿Vendrán por mí?
Suena el timbre de casa. No pienso atender hasta borrar todos mis chats.

viernes, 26 de agosto de 2022

DE NO CREER...




El increíble alegato de Cristina contra el pobre Néstor
Carlos M. Reymundo Roberts
Un primor Cristina en su alegato de ayer contra Macri y el macrismo, contra Josecito López, contra los fiscales Luciani y Mola, contra la Justicia universal y, verdadera sorpresa, contra Néstor. ¡Sí, contra Néstor! Estaba tan sacada –más que decir palabras, las atropellaba a grito pelado– que pagó el bueno de Néstor: le recriminó haber recibido durante años en la quinta de Olivos a Héctor Magnetto, “el dueño de Clarín y de Telefónica”, y le imputó haber arreglado con él, a escondidas, la fusión de Cablevisión y Multicanal, “un negocio más grande que todas las licitaciones de obras públicas”.
“¡Mi Dios tutelar!”, decía mi abuela cuando algo la escandalizaba. No entiendo cómo Cris le pega así a un pobre señor que ya no puede defenderse; cómo le pega a alguien que, se supone, ella debería defender.
Empezó a hablar con el blue a 292 y se despidió de todos y todas, una hora y media después, cuando ya había trepado a 296. El lawfare de los mercados.
A ver, tampoco nos rasguemos las vestiduras: un poco la entiendo a Cristina Fernández, ex de Kirchner. Desde hace meses, lo que venía argumentando en voz baja mucha gente, no precisamente de Juntos por el Cambio, es que ella se estaba comiendo el garrón de Lázaro Báez, un invento de Néstor. Lo decían más o menos así: “El verdadero jefe de eso que llaman asociación ilícita era Néstor, cosa que ella, obviamente, no puede decir”.
Claro que no lo podía decir. Bueno, no lo dijo, pero se distrajo y le hirvió el agua de la pava.
Además, ya no quedan dudas: si Cris tuviera que colgarse un ropaje judicial, elegiría el de fiscal, jamás de defensora. Es una cuestión vocacional. La sangre le pide atacar, acusar, andar revolviendo en la podredumbre. Fíjense lo de ayer: es tan fuerte la impronta de la vocación que se acordó de todo menos de defenderse; tremendo lapsus: hizo de fiscal de los dos fiscales, de fiscal de Néstor, cuando lo que le tocaba era, qué sé yo, desmentir al menos unos kilos de las tres toneladas de pruebas.
Entiendo también su odio a Luciani: ella impulsó su designación como fiscal, en 2013, y Gils Carbó, papisa de Justicia Legítima, lo llea los tribunales federales de Comodoro Py. ¿Así les paga? Si estás en el banquillo de los acusados, seamos sinceros, Luciani es un tipo detestable: atildado, expone con seriedad, con autoridad, con rigor técnico; fundamenta cada cosa que dice, va siempre con los datos por delante, estudió concienzudamente el expediente, laburó a destajo, tiene un buen equipo… Un demonio, realmente. Al verse víctima de los infiernos, Cris apuesta a prender más fuego. “Perdida por perdida, no me voy a quemar yo sola”.
A los que todavía dudan de la suerte de esta causa les recomiendo que escuchen o lean con detenimiento el crudo alegato fiscal; el alegato de ayer de Cristina: se entregó.
“¡Corrupción o justicia!”, clamó Luciani. Cris se tachó la doble.
Que de defenderla se ocupe Beraldi. Es un gran litigante, le pagan bien –no olvidemos que su clienta cobra una buena jubilación– y tiene las agallas que se necesitan para explicar cómo hizo Báez, aquel bancario que vivía en un sencillo chalecito, para comprarse, mientras fue el constructor fetiche de los Kirchner, 1400 inmuebles: departamentos, casas, quintas, chacras, estancias y todo lo que tuviera un cartel de venta. ¿Testaferro? No, testarudo: creía que nadie se iba a dar cuenta. Eso fue cierto cuando acumulaba la superficie equivalente a 15 ciudades de Buenos Aires. ¿Quién que tenga un buen pasar no puede regalarse esas extensiones? Cuando llegó a 20 saltaron las alarmas. De los autos y los dólares no es responsable porque nunca tuvo tiempo de contarlos.
Gente con y sin fortuna
Hay gente con fortuna, como los Kirchner, y gente afortunada, como Báez, que se asoció con ellos. Y hay gente con la suerte cambiada. Menciono tres: Alberto, Massita y Tuitero Rubinstein, el nuevo viceministro de Economía.
Han dicho las peores cosas de la integridad de Cristina, las más ácidas, las más graves, esas cosas de las que no se puede volver, y el destino, que a veces resulta ser muy cruel, los pone ahora, justo ahora, justo cuando está cerca de ser condenada en el peor caso de corrupción de la historia argentina, en la vereda de los que tienen que absolverla; absolverla públicamente, poniendo su palabra y su firma para la causa de su redención. Tuitero incluso tuvo que disculparse. No es un caso de indignidad: es mucha mala suerte.
Un primor el encendido alegato de Cris, y un amorcete su dancing y sus saltitos en el balcón del Senado. Si estaba tan feliz, no me explico los gritos de cinco minutos antes.

http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA

martes, 22 de febrero de 2022

DE NO CREER...


Mienten como cosacos, pero son divertidos

Carlos M. Reymundo Roberts
Con la promesa de que será por única vez, cedemos el comienzo de la columna a la diputada Victoria Tolosa Paz. Se lo ha ganado. Acaba de declarar: “Por fin nos vamos a sacar al Fondo Monetario de encima”.
 
Es una falacia monumental, pero a la que no le falta gracia: el inminente acuerdo con el FMI, que ella defiende, consiste en un préstamo a diez años de 44.000 millones de dólares, que, entre otras condiciones aceptadas por el Gobierno, implica que vengan cada tres meses a contarnos las costillas. Los que conocen a Vicky Hot me aseguran que no es que le guste mentir, sino que las mentiras se le escapan.
Es cierto: está a distancia sideral de Gildo Insfrán. “En los cuatro años del gobierno de Macri, nuestra provincia no recibió absolutamente nada –dijo el lunes el dictadorzuelo de Formosa–. Y todas las obras que estábamos ejecutando desde la época de Cristina las suspendieron”. Otro grande del buen humor. Un video cruel lo muestra en dos oportunidades parado junto al entonces presidente Macri, al que le agradece cinco importantes obras, que describe una por una, hechas con aportes del Tesoro nacional. “Es de buena gente ser agradecido, señor Presidente”, le dice, torciendo la cabeza para mirarlo a los ojos. Un dulce.
En política, la verdad ha pasado de moda. Cristina macaneó profusamente a lo largo de ocho años (“En la Argentina no hay cepo cambiario”, “La pobreza está por debajo del 5%” –estaba en 35%–, “¿Mi fortuna? Soy una abogada exitosa”), y aun hoy, con menos micrófonos, le gusta inventar datos e historias. Reconozco que lo hace con donaire (diría mi abuela), con firmeza, impostando autoridad. Pipí cucú (esto es de mi abuelo)
"Macron se negó a que los rusos obtuvieran su ADN; Alberto, no; es decir, ahora lo"
Ahora, quien más contribuye a que extrañemos los tiempos en que los políticos no siempre mentían es el benemérito profesor Fernández: desde que es presidente no se le conocen verdades. Investigadores de diversos países han llegado a Buenos Aires para analizar párrafo por párrafo todos sus discursos, declaraciones, entrevistas, tuits y hasta comentarios sueltos, y no han encontrado nada. También vino una comisión certificadora del Guinness, porque parece que está a solo un puñado de mentiras –no ha trascendido cuántas le faltan– de hacerse del récord mundial. Hablé con algunos de estos expertos y están maravillados: se requieren condiciones muy excepcionales para sostener inalterable durante tanto tiempo y con tanta verborragia el mismo patrón de conducta. “No dice algo cierto ni por error”, comentó uno de ellos.
Es decir, el profesor resultó ser más coherente de lo que creíamos.
Enterado de que está a un tris de coronarse, esta semana volvió a hacer abuso de palabra, desviación de la que se ocupan las ciencias de la salud y los códigos penales. Lo significativo es que se animó a mentir al declarar como testigo en una causa contra Cristina Kirchner. Así, en apenas diez días embaucó nada menos que a Putin, a Xi Jinping y a un fiscal de la República. ¡Qué jugador! (Y Cris no lo pone.) Nada de apichonarse frente a los grandes líderes del mundo o frente a la Justicia. En tribunales afirmó, con admirable estado de ánimo, que era apto para declarar porque no tiene ningún grado de relación, interés o dependencia con la acusada; que a Lázaro Báez no lo conoce: se dejó tomar la foto en la que aparecen abrazados y sonrientes porque pensaba que era un admirador, y que privilegiar a este en el reparto de obra pública no es materia judiciable: fue una mano tendida por los Kirchner al amigo que no estaba pudiendo llegar a fin de mes. El fiscal Luciani, un caballero, no ha hecho públicos los sentimientos que lo embargaron después de escuchar tres horas seguidas a Alberto; tampoco habló de secuelas. Le pregunté si, en su opinión, ya era merecedor del Guinness. “Si todavía no se lo dieron –me contestó–, es lógico que descrea de la meritocracia”.
Cuando un abogado, profesor de leyes, hijo de un juez y presidente no se inhibe de falsear la verdad en una declaración judicial es que estamos ante una impronta vocacional poderosa, casi sobrenatural. Los rusos podrían darnos una pista científica. Al llegar días atrás a Moscú para entrevistarse con Putin, el presidente Emmanuel Macron se negó a que le hicieran un test de Covid por temor a que se apoderaran de su ADN. Como Alberto no se negó, los rusos ya conocen su ADN. ¡Filtren algo, please! En serio: el pueblo argentino quiere saber de qué se trata. El Fondo Monetario también. ¿Qué dicen en el instituto Gamaleya? ¿Se asustaron? ¿Es contagioso? Lo más importante: ¿tiene cura?
En este breve homenaje a nuestros más excelsos embusteros pide su lugar, con toda razón, Martín Guzmán. Lo bueno es que nos engaña a nosotros, pero también a Cristina, Alberto, Máximo, Massa, Georgieva, el Papa, diputados, senadores… Baja muñecos con rigurosa inclusividad. Verdadero profesional de lo fake, en cualquier momento Simon Leviev, el célebre estafador de Tinder, le pide un autógrafo.
¿Aníbal Fernández? Genio: solo un artista de la falacia logra, con su prontuario, llegar a ministro de Seguridad.
Estamos en el cuarto gobierno kirchnerista y van por más. Parece mentira.

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