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sábado, 28 de mayo de 2022

DIOS PROTEJA A UCRANIA Y LE DE LA PAZ


Combates de “máxima intensidad” en Ucrania
Rusia intensificó los bombardeos en el este del país.
Una escena dramática en una estación de subte de Kharkiv, luego de un intenso ataque ruso
El gobierno de Kiev advirtió que a sus fuerzas les espera “un período largo y extremadamente difícil” en la lucha que libra con Moscú por el control del Donbass; asedio ruso a dos ciudades estratégicas y ataques a 500 objetivos
KIEV.– Las fuerzas de Moscú avanzaron ayer con su ofensiva en varios puntos del este de Ucrania, el objetivo central desde hace varias semanas, y lanzaron ataques aéreos y con misiles contra infraestructuras en todo el país. Los combates en esa zona llegaron a su “máxima intensidad”, afirmaron las autoridades ucranianas, que reclaman con insistencia más armas a los países occidentales para contrarrestar la arrolladora ofensiva rusa.
“Los combates alcanzaron su intensidad máxima y tenemos ante nosotros un período largo y extremadamente difícil”, dijo a la prensa la viceministra de Defensa ucraniana, Ganna Malyar.
La artillería rusa atacó en total más de 500 objetivos ucranianos, incluidos grupos de tropas y puestos de artillería. Uno de los blancos centrales fue Kharkiv, la segunda mayor ciudad del país, en el nordeste, donde el impacto de la artillería dejó por lo menos siete civiles muertos y otros 17 heridos.
Kharkiv había estado relativamente en calma desde que las fuerzas ucranianas recuperaron terreno en sus alrededores e hicieron retroceder a las tropas rusas, lo que incluso permitió que las autoridades reabrieran el sistema de transporte subterráneo.
Rusia atacó además desde tres flancos en un intento de cercar a las fuerzas ucranianas que resisten en Sievierodonetsk y Lisichansk, dos importantes ciudades cuya caída dejaría toda la provincia de Lugansk bajo control ruso.
Tras fracasar en la toma de la capital ucraniana, Kiev, Rusia intenta hacerse con el control total de la región industrial del Donbass, que integran las provincias de Lugansk y Donetsk, que Moscú reclama en nombre de los separatistas.
“Rusia tiene la ventaja, pero estamos haciendo todo lo posible” en la zona, dijo el general Oleksiy Gromov, subjefe del departamento de operaciones principales del Estado Mayor de Ucrania, sobre los combates por una ruta crucial de acceso a la ciudad de Sievierodonetsk.
El gobernador de Lugansk, Serhiy Gaidai, dijo que unos 50 soldados rusos habían llegado a la ruta y consiguieron afianzarse durante algún tiempo. “Incluso instalaron allí una especie de puesto de control. El puesto de control se quebró, los hicieron retroceder. Es decir, el Ejército ruso no controla ahora la ruta, pero la bombardean”, dijo en una entrevista.
Gaidai insinuó nuevas retiradas, señalando que era posible que las tropas hubieran abandonado “un asentamiento, tal vez dos; está claro que nuestros chicos se están retirando lentamente a posiciones más fortificadas; tenemos que contener a esta horda”.
Cerco armado
El asesor del Ministerio del Interior ucraniano, Vadym Denisenko, dijo que 25 batallones rusos estaban intentando rodear a las fuerzas ucranianas en esa zona.
Los analistas militares occidentales ven la batalla por las dos ciudades como un posible punto de inflexión en la guerra, ahora que Rusia ha definido su objetivo principal como la captura del este.
Rodion Miroshnik, un representante de la región separatista de Lugansk en Rusia, afirmó que alrededor de 8000 soldados ucranianos están en cautiverio en Donetsk y Lugansk, y que la cifra aumenta en “cientos” diariamente. Sus afirmaciones no pudieron verificarse de forma independiente.
Periodistas en el territorio controlado por Rusia, más al sur, vieron una prueba del avance de Moscú en la ciudad de Svitlodarsk, donde las fuerzas ucranianas se retiraron a principios de esta semana.
La ciudad está ahora bajo el firme control de los combatientes prorrusos, que ocuparon el edificio del gobierno local y colgaron en la puerta una bandera roja con la hoz y el martillo soviéticos, de la fenecida URSS, cuya desaparición en 1991 liberó entre otros países a Ucrania del yugo político de Moscú.
Las imágenes del campo de batalla abandonado, filmadas por la agencia Reuters, mostraban decenas de cráteres en un campo verde rodeado de edificios destruidos.
Los recientes avances de Rusia en el Donbass siguen a la rendición del último bastión de la resistencia en la ciudad portuaria de Mariupol, en el sur, la semana pasada.
Pese a estos avances, Gran Bretaña señaló que Rusia ha sufrido pérdidas sustanciales entre sus unidades de élite debido a la “complacencia”de sus comandantes y a la incapacidad para anticipar la fuerte resistencia ucraniana.
La división aerotransportada VDV estuvo involucrada en “varios fracasos tácticos destacables” desde la invasión, incluyendo el intento de capturar el aeródromo de Hostomel, cerca de Kiev, y los fallidos intentos de cruzar el río Siverskyi Donetsk en el este del país, dijo el Ministerio de Defensa británico.
Por otro lado, Ucrania recibió el respaldo en el terreno de la primera ministra de Finlandia, Sanna Marin, cuyo gobierno está enfrentado con Rusia por su pedido de adhesión a la OTAN, y que viajó a Kiev en una muestra de apoyo al gobierno del presidente Volodimir Zelensky.
Marin visitó también los poblados de Bucha e Irpin, escenarios de atrocidades cometidas por las fuerzas ocupantes rusas contra la población civil, antes de dejar la zona y replegarse hacia el este.
El primer ministro de Eslovaquia, Eduard Heger, advirtió que Rusia “irá más allá” y que su país podría ser el próximo objetivo

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lunes, 9 de mayo de 2022

DIOS PROTEJA A UCRANIA Y LE DE LA PAZ


La dramática vida en Mykolaiv, la ciudad ucraniana bajo fuego hace dos meses en la que la gente hace largas colas para conseguir agua y pan
Ubicada cerca de Kherson, ocupada por los rusos, la ciudad está casi desierta y vive hace casi un mes sin agua por el ataque a un acueducto

Elisabetta Piqué
Centro municipal de Mykolaiv, Ucrania donde reparte de manera gratuita pan, agua potable y agua para los servicios sanitarios.yen y, por otro lado, personas que llegan, que escapan de pueblos cercanos a Kherson”, dice Boris, que trabaja en la Cruz Roja. La Cruz Roja hasta ahora evacuó a 15.000 personas, heridas o vulnerables, pero la gran mayoría se fue por su cuenta, aseguran en Mykolaiv, ciudad que quedó marcada a fuego por un ataque que, a fines de marzo, partió en dos el edificio de la gobernación, donde murieron más de 34 personas.
La sede de la Cruz Roja es solo uno de las decenas de puntos que hay para que los habitantes puedan ir a buscar agua potable, ante cisternas, enormes bidones y canillas. “El agua viene en parte del río, en parte de pozos, en parte es potable, aunque el gusto no es muy bueno, mientras que de los camiones cisterna sale el agua que llamamos ‘técnica’, que sirve para los baños”, explica Boris, que nació en esta ciudad que se levanta en la confluencia de dos ríos que desembocan en el Mar Negro.
Para las personas mayores o con dificultades para moverse de su casa, la Cruz Roja organizó un equipo que, en bicicleta, al margen de llevar agua -la prioridad ahora-, también reparten medicamentos y comida. “Son voluntarios que conocen bien la ciudad, que se arriesgan porque nadie sabe cuándo caen las bombas aquí, sobre todo porque las sirenas no suenan cuando hay golpes de artillería”, explica.
“Un problema enorme”
Entre quienes hacen fila para llenar sus bidones o para llevarse paquetes de seis botellas de agua mineral están Anna, una jubilada que solía tener un negocio de comida, junto a su perrito Bafi, y su hija Natalia, enfermera en un consultorio de odontología. “Es un problema enorme la falta de agua, ahora estamos buscando para nosotras y para unos vecinos, para un total de ocho personas y esto no nos durará más de dos días”, dice Natalia, mientras carga todo en un carrito y cuenta que está sin trabajo desde hace casi un mes.
Centro municipal de Mykolaiv, Ucrania donde reparte de manera gratuita pan, agua potable y agua para los servicios sanitarios. En la foto Anna, madre, Natalia, la hija y Bafi
“Ojalá se resuelva pronto el tema del agua porque es imposible abrir el consultorio sin agua y la gente necesita curarse los dientes”, dice esta mujer, que si bien admite que tiene miedo cuando se oyen los estruendos y caen las bombas, no piensa irse.
Sumada a la lluvia de bombas que hizo que muchos huyeran, la falta de agua fue un golpe de gracia porque obligó a cerrar los pocos hoteles, restaurantes y bares abiertos. Así, aunque hay algo vida y no está arrasada, sino sólo en algunos barrios expuestos hacia Kherson, Mykolaiv luce semi-vacía y militarizada. Repleta de barricadas de bloques de cemento, neumáticos y bolsas de arena y con sus avenidas totalmente peladas de árboles -que se talaron para usar en barricadas o para fabricar las planchas de madera con las que se han tapiado vidrieras y ventanas de edificios-.
El camino hasta Mykolaiv también luce semi-desierto, con muchas barricadas que obligan a frenar y hacer zig-zag, pero con menos controles que a fines de marzo. Aunque antes de ingresar a la ciudad un soldado realiza un control mucho más riguroso que la vez anterior: no sólo pide la acreditación del Ministerio de Defensa (que indica que uno se hace responsable de entrar a una zona de combate), sino que, en un trámite que tarda unos veinte minutos, llama a la sede central para verificar que esa acreditación sea verdadera.
A las 9 y media de la mañana, en un centro municipal de la zona sur hay una cola larguísima de gente. “Esperan un pedazo de pan: todas las mañanas entregamos en 30 diversos centros gratuitamente. Antes entregábamos 300 pedazos, ahora, 600″, explica Tatiana, funcionaria municipal que, con guantes de plástico celestes, va repartiendo los panes a los vecinos.
La gente espera por las mañanas para recibir un paquete de pan
Aunque cuenta que ella vive en un barrio que no está en la línea de fuego proveniente de Kherson, Tatiana también admite que la situación es peligrosa, que tiene miedo, pero que no piensa irse de su ciudad. “Vivía en Hostomel, al norte de Kiev, siempre trabajando como funcionaria municipal y cuando comenzaron allá los ataques, decidí volver a Mykolaiv... Y ahora, aunque hubo gran destrucción y muertes, la situación es más tranquila allá en Hostomel porque los rusos se fueron y acá, que están cerca, mucho peor... Me persiguen los rusos”, bromea. “Pero ya no pienso moverme, esta es mi ciudad”, comenta, con una sonrisa forzada y sin quejarse, como todos.
Lejos de casa
En el mismo centro municipal, Inna Burtovaia, de 65 años, cuenta otra historia increíble: en realidad ella no es de Mykolaiv, sino de Snihurivka, pueblo que queda al este de esta ciudad, que ha sido tomado por los rusos. “Cuando comenzó la guerra estaba en San Petersburgo, Rusia, porque soy escultora y maestra de artes plásticas para chicos... Como se cerró la frontera logré volver al país entrando por Polonia, luego fui a Odessa, pero nunca pude volver a mi casa”, relata.
Inna no pudo volver a su casa y ahora vive en la municipalidad de Mykolaiv
“Ahora vivo acá, en la municipalidad y trabajo como voluntaria y quién sabe cuándo podré volver”, dice Inna, que tampoco se lamenta. ¿Cómo es la vida en Mykolaiv? “Bombardean todos los días, suenas las sirenas, pero la gente mayor como yo ya no reacciona, no corre a ningún lado, ni nada, porque no se la puede pasar bajando y subiendo a los refugios, somos viejos”, dice.
El reloj marca las doce del mediodía y a lo lejos se oyen estruendos en un barrio de grises monoblocks de estilo soviético que se levanta en el este de Mykolaiv y que fue blanco de un ataque anteayer. Los “bum” que se oyen son de la artillería ucraniana que está disparando hacia Kherson, dicen. Aunque a las decenas de personas de todas las edades que, como autómatas, están haciendo fila, bajo el sol, ante un camión cisterna, con sus bidones de plástico, bolsas, botellas y carritos, ya no les importa. “Ahora la prioridad es el agua”, confirma Nicolai, chofer de 57 años que, al volver hacia su departamento cargado de botellas de agua, al encontrarse con los periodistas aprovecha para denunciar que, en el ataque de anteayer, que causó destrozos, pero no víctimas, los rusos usaron bombas de racimo, prohibidas desde 2010.
Centro municipal de Mykolaiv, Ucrania donde reparte de manera gratuita pan, agua potable y agua para los servicios sanitarios
Gesticulando, Nicolai -barba canosa, gorro y campera de jeans- muestra las marcas que las también llamadas bombas de fragmentación, que contienen un dispositivo que libera un gran número de pequeñas bombas al abrirse, cayeron en el suelo de tierra, en una pared, en el asfalto. Varias ventanas de algunos pisos también saltaron por el aire y pueden verse vidrios rotos apilados en el suelo junto a otros escombros. “Por suerte fue de noche, cuando hay toque de queda y no había nadie en la calle. Yo en ese momento estaba en mi departamento y cuando comenzó el ataque me puse en el pasillo, entre dos paredes. Toda la gente ya aprendió a hacer esto. No sonaron las sirenas porque son bombas que vienen a una velocidad demasiado rápida desde Kherson”, cuenta Nicolai, otro sobreviviente que impresiona por su temple. Una resiliencia como la de Mykolaiv, una ciudad que, así como no fue doblegada por los constantes ataques, tampoco lo ha sido por la falta de agua.

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sábado, 7 de mayo de 2022

DIOS PROTEJA A UCRANIA Y LE DE LA PAZ


Guerra Rusia-Ucrania. El regreso a Odessa aún bajo el fuego de la ofensiva rusa: “Es muy terrible y peligroso”
Aún pese al miedo, muchos refugiados que volvieron a la ciudad portuaria del Mar Negro cuentan sus sensaciones

Elisabetta Piqué
ENVIADA ESPECIAL
El regreso a Odessa
ODESSA, Ucrania.- Lo más impactante es el silencio. El viaje de regreso a casa para los 46 pasajeros del ómnibus que de Chisinau, en Moldavia, lleva a Odessa -la reina del Mar Negro, bajo ataque ruso desde hace más de dos meses- no puede ser bullicioso.
Es verdad, el ómnibus sale desde la capital moldava muy temprano a la mañana, son casi las siete y es normal que ninguno de los muchos chicos que se ven esté animado. Pero igual el silencio impacta. No hay risitas entre hermanitos, no hay juegos, no hay bromas. Y el viaje de regreso a casa es el de personas con rostros desencajados, que saben que vuelven a un lugar que no es lo que era porque ha habido demasiada muerte y demasiada destrucción.
Entre los 46 pasajeros que vuelven a Odessa, nadie vuelve para quedarse. Como la guerra no terminó, es más, empeoró, la mayoría vuelve para hacer trámites, para ver parientes, ajustar algún negocio y volver a irse.
“¿Cómo me siento al volver a Odessa después de dos meses? Mi mamá está sola ahora y tengo que volver. Ahora es muy, muy peligroso. Es muy terrible y peligroso, pero tengo que volver. No sé. Siento miedo, miedo”, dice Natalia, en la primera parada que el ómnibus hace a las 9 de la mañana para que la gente pueda tomarse algo de desayuno e ir al baño.
Es muy terrible y peligroso, pero tengo que volver. No sé. Siento miedo, miedo”, dijo
Llovizna, es una jornada gris, acorde a los sentimientos de todos, y Natalia, 51 años, pelo largo rubio, aprovecha la parada para fumar nerviosamente un cigarrillo electrónico al lado del colectivo. Peluquera que vivía apaciblemente en Odessa, el 24 de febrero pasado, cuando Vladimir Putin comenzó su “operación especial” que ahora se teme degenere en una “guerra total” y trastocó la vida de los más de 40 millones de habitantes de Ucrania, Natalia reaccionó rápido.
“Ese mismo día, junto a mi hijo, que tiene 28 años, agarramos el auto y nos fuimos. Solo ese primer día dejaron que los hombres mayores de 18 cruzaran la frontera. Después, nunca más. Yo no quería que fuera a combatir y, junto a su novia, una amiga mía, Iliana, su hija de 12 años y otros amigos, éramos siete, agarramos el auto y nos fuimos”, cuenta, sin disimular un temblor en los labios.
Entonces la frontera entre Ucrania y Moldavia estaba colapsada, había kilómetros y kilómetros de autos en fila huyendo y tardaron cincuenta horas para realizar el trayecto Odessa-Chinisau, una distancia de 180 kilómetros que, en el ómnibus, entre los controles fronterizos y demás paradas, finalmente hicimos en cinco horas.
“Después dormimos en Chisinau, donde una familia nos hospedó en una casa y seguimos viaje hasta Rumania, donde también nos recibieron y veinticuatro horas más tarde estábamos en Viena”, cuenta. Allí, en la capital austríaca, vivió hasta ahora Natalia, que se vio obligada a volver a Odessa, no para quedarse, sino para visitar a su madre que, como tiene problemas de salud en las piernas y en los pies, no puede moverse. “Se la pasa llorando, no sé qué voy a hacer con ella”, contesta Natalia con ojos desesperados cuando le pregunto cómo está su mamá, que vive en las afueras de Odessa, tiene 75 años y se llama Olga.
En el frente
Como todos los hombres ucranianos que se han quedado en su patria, su exmarido está en el frente, combatiendo en la región de Kherson, como se llama la única ciudad grande tomada por los rusos, que queda unos 200 kilómetros al este de esta ciudad portuaria asustada y semivacía. “Con él nos mandamos mensajes que son terribles porque dice que «está todo bien» pero es claro que no está todo bien y que la situación es infernal”, dice Natalia, que detalla también su hermano, que se encuentra en el frente, suele decir lo mismo, que está todo bien. “Los soldados no pueden decir la verdad”, dispara.
El chofer prende los motores, señal de que hay que volver a subir al ómnibus, donde el silencio sigue siendo imponente, pese a que la gente ya pudo tomarse un café.
No soy la única outsider en el colectivo. Entre los pasajeros descubro que hay otro periodista, italiano, que es uno de los pocos que, como yo, lleva barbijo. ¿Qué puede importar el coronavirus cuando llueven misiles como está pasando en Odessa desde hace más de dos meses?
El camino hasta la “reina del Mar Negro” no es el habitual y hay que dar más vueltas porque la carretera que sería más directa y rápida pasa por el enclave prorruso de Transnistria, cuya frontera con Ucrania está cerrada desde el comienzo de la guerra.
La segunda parada es Starokozache, localidad donde se encuentra la frontera de salida moldava. No hay mucha gente y no hay que bajar del ómnibus a hacer los trámites migratorios porque sube una policía fronteriza que va pidiendo los pasaportes.
En ese momento el silencio es roto por el llanto de una mujer de campera sin mangas rosada, con dos chicos pequeños, que a los sollozos empieza a lamentar que no puede entrar a Ucrania porque el 28 de abril cambiaron las reglas y ahora para ingresar es imprescindible tener un pasaporte nuevo biométrico.
La mujer, desesperada, baja junto a sus dos chiquitos, llorando y en el ómnibus los que se quedan, hablando en voz baja, comentan el drama. “La señora estaba refugiada en Francia y estaba volviendo con los chicos porque ya no aguantaba sin su marido”, explica otra joven mujer, en inglés.
Sin autorización
También Kirill, un adolescente de 16 años de Odessa que justo estaba sentado dos filas detrás mío, que había contado que estuvo viviendo dos meses en lo de su novia en Bérgamo, cerca de Milán, Italia, es obligado a bajar y a quedarse en Moldavia. Evidentemente, siendo menor de edad, necesita estar acompañado de sus padres o de una autorización que no tiene.
El ómnibus vuelve a partir y, antes de los controles fronterizos ucranianos, hay una tercera parada: cinco minutos para quien quiera ir al baño o ir a comprar algo en un destartalado free shop donde venden perfumes, chocolates y licores moldavos.
Volvemos a subir y luego de atravesar unos mil metros de tierra de nadie, en el control ucraniano tampoco hay que bajar. Una mujer soldado vestida con uniforme mimetizado y con un kalashnikov en la espalda sube a retirar los pasaportes, mirando atenta y seriamente a cada pasajero. Nuevamente reina el silencio hasta que una voz llama al colega italiano, Roberto Bongiorni, a bajar. Como es hombre y extranjero, resulta sospechoso en el contexto actual de guerra. Cuando vuelve a subir al ómnibus me cuenta que no solo tuvo que mostrar todas sus acreditaciones del Ministerio de Defensa y demás, sino también le controlaron que tuviera en su equipaje el chaleco antibalas y el casco. Yo, mujer, pasé desapercibida.
Obstáculos antitanques en las calles de Odessa.
Seguimos viaje y el paisaje es tan bucólico como el de Moldavia, con campos de colza en flor que tapizan de amarillo el horizonte, aunque se nota que las cosas cambiaron abruptamente. Aquí ya es zona de guerra y se ven trincheras cavadas en la tierra, los ya conocidos chekpoints con bloques de cemento, pilas de bolsas de arena, soldados ucranianos armados hasta los dientes, banderas amarillas y celestes ucranianas y demás carteles patrios en todos lados, además de blindados militares y los erizos checos, como se llaman los obstáculos anti-tanques que ya se utilizaban en la Segunda Guerra Mundial, formados por barras metálicas angulares.
El silencio parece aún más profundo cuando entramos a Odessa. Todos miran por la ventanilla la ciudad, que, como es mediodía y no hay toque de queda, tiene algo de movimiento.
Cuando llegamos a la estación de ómnibus, tampoco hay bullicio sino el mismo clima denso. No hay nadie esperando a Tatiana, que viaja con varios bolsos, entre los cuales uno que le dieron unos amigos con quienes estuvo hace unos días en Milán. “Me dieron queso, pasta, aceite”, cuenta, con una sonrisa forzada porque no está contenta de haber vuelto. “Tenía que venir a ver a mi madre y a mi tía, que me cuidó el departamento, pero no me voy a quedar más de dos semanas acá. Mi hijo está en Viena, así que volveré allá, aunque, como no sé alemán, estoy pensando de irme a Italia, veremos”, dice.
En Viena su hijo, que es dentista, ya consiguió trabajo, su novia también y el gobierno no solo ofrece vivienda gratis, sino que además les otorga a los refugiados un subsidio mensual de 215 euros. También se quedará no más de dos semanas su amiga Iliana, estetista, que también está viviendo en Viena y que dejó a su hija de 12 años y a su perro en la capital austríaca. “Yo también vine a ver a mis padres que tienen 84 y 85 años”, explica. Ella también admite que está aterrada y que no ve la hora de irse, seguramente en dos semanas. Las fuerzas rusas intensificaron los ataques contra Odessa y es peligroso, advierte. “Tampoco quiero dejar huérfana a mi hija”, dice.
A Ania, abogada de 35 años que estuvo viviendo un mes y medio refugiada en lo de unos parientes en Chisinau, que acaba de bajar del ómnibus junto a Mikhail, apodado “Misha”, de 4 años y medio, sí la están esperando. Vino a buscarla Dima, su marido, que enseguida se funde con ella y su hijito en un abrazo. Finalmente veo sonrisas.
“Vine para hacer documentos, trámites y una vez hechos, volveré a irme”, me dijo Ania durante el viaje. Le ofrecieron quedarse en Cambridge, Inglaterra, donde hay familias que también les abrieron sus puertas a los refugiados y aceptó.
“Misha va a poder aprender un poco de inglés, así que creo que va a ser una buena experiencia. Quedarnos acá es demasiado peligroso, aunque espero no quedarme allá más de dos meses, siempre y cuando la guerra termine”, explicó. Dima, que es comerciante, la abraza, en silencio.

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