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miércoles, 8 de agosto de 2018

TEMA DE ANÁLISIS, DISCUSIÓN Y REFLEXIÓN

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Jade ha muerto a las 3,55 de la madrugada. La familia y los amigos deseamos finalmente un poco de privacidad". Este lacónico mensaje informaba, el 22 de marzo de 2009, de la muerte de Jane Goody, en Essex, Inglaterra. Goody es quizás el más patético ícono del ocaso de la intimidad en el siglo veintiuno. Había participado de Gran Hermano, de donde fue expulsada por sus permanentes inconductas (eso sí es el colmo), y cuando, a los 27 años, se le diagnosticó un cáncer de útero terminal, decidió vender su intimidad, como si Gran Hermano no fuera un mercado de intimidades, a todos los medios que se ofrecieran a pagarle. Consiguió tales sponsors, y tanto los mínimos detalles de su vida como los de su muerte fueron seguidos por millones de esas personas que, con sus propias vidas vacías, se dedican a husmear en medios y redes sociales las existencias ajenas, al tiempo que exponen las propias. El pedido de los familiares de Jade Goody no dejaba de ser contradictorio. O tardío.
La intimidad, el concepto de individuo, el valor de la privacidad, son logros de la evolución humana. No existían hasta que afloraron hacia el siglo dieciocho con la Ilustración, poderoso movimiento que abarcó la filosofía, la ciencia, la política y la cultura y privilegió a la razón en donde primaban el oscurantismo y la superstición. Nociones como libertad, derechos, república o igualdad vienen de allí. Y también el trazado de una clara línea entre lo público y lo privado.
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Solo donde hay privacidad e intimidad la sociabilidad cobra valor, señala el sociólogo Richard Sennett en su enriquecedor tratado El declive del hombre público. Cuanto más protegida está la intimidad mayor riqueza tiene la sociabilidad, porque esta nace de la necesidad del encuentro. El péndulo que va del retiro al contacto marca el ritmo de la vida. Cuando al respirar aspiramos, hay retiro. Cuando exhalamos, hay contacto. La noche es retiro, el día es contacto. Las mareas se retiran y luego vuelven a contactar con la playa. Sístole y diástole representan, en el corazón, ambos momentos. Cuando solo uno de estos polos se establece, deviene la disfuncionalidad. Ni el puro aislamiento ni la pura exhibición de sí mismo son buenas para la salud espiritual, emocional y psíquica.
Sin embargo, la exposición permanente se ha convertido en una especie de adicción. Como si millones de personas no estuvieran seguras de su propia existencia a menos que la exhiban de manera impúdica y compulsiva. Todo a cambio de un "me gusta", que debe ser numeroso e inmediato para no despertar crisis de ansiedad. Las mismas impudicia y compulsión se aplican, en simultáneo, a escudriñar las vidas de otros exhibicionistas que padecen los mismos síndromes.
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Como Goody, que justificaba la venta pública de su vida con el argumento de que así aseguraba el futuro de sus hijos, hoy quien lo desee puede convertirse en producto, por vía del intimicidio, en las redes sociales caso a cambio de la migaja del like. Pero, en realidad, el Gran Hermano Algoritmo lo hará objeto de intrusiva y abusiva publicidad dirigida a sus gustos y hábitos y lo manipulará silenciosamente durante los momentos de navegación que él, o ella, suponen de libre elección.
Cuando se eliminan las barreras de la intimidad, dice Sennett, es cuando las "relaciones son menos sociables, más dolorosas y más fraticidas". No es casual que la violencia verbal y la agresividad en las redes crezcan junto con el exhibicionismo y la autodestrucción de la intimidad. Preservar la intimidad es también enriquecer la identidad, porque esta se consolida en la medida en que más nos respetamos a nosotros mismos y más nos dedicamos a conocernos antes que a exhibirnos.

S. S.

martes, 5 de junio de 2018

TEMA DE ANÁLISIS, DISCUSIÓN Y REFLEXIÓN


El modelo de gestión de Cambiemos
Más que cambios de forma, se precisa una visión común de los problemasy dejar de pensar que el diálogo es sinónimo de debilidad política
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Como un coletazo más de la crisis cambiaria que lo llevó a iniciar negociaciones para un crédito stand-by del FMI y a anunciar una profundización de la lucha contra el déficit fiscal, el gobierno de Macri ha introducido algunos cambios en la organización y la coordinación de sus numerosos ministerios, al tiempo que convocó a un acuerdo nacional para reducir el déficit fiscal.
El titular de la cartera de Hacienda, Nicolás Dujovne, ha sido ubicado como coordinador de otros nueve ministerios del área económica, con la intención de liderar el proceso de disminución del desequilibrio de las cuentas públicas. Al mismo tiempo, se ha ampliado la llamada "mesa chica" del Gobierno, formada originalmente por el Presidente, el jefe de Gabinete y los gobernadores de la provincia y la ciudad de Buenos Aires, con la integración del titular de la Cámara de Diputados, Emilio Monzó, y del ministro del Interior, Rogelio Frigerio, además de figuras del radicalismo y de la Coalición Cívica.
No debieran ser cambios de forma, sino de fondo, que reflejen cierta vocación del titular del Poder Ejecutivo por escuchar las críticas a los errores de comunicación y de coordinación ministerial, pero que para resultar efectivos deberán estar acompañados de una visión común de los problemas y de la necesaria convicción acerca de cómo resolverlos.
El nuevo papel de Dujovne como ministro coordinador de las distintas áreas económicas responde fundamentalmente a la necesidad de contar con un interlocutor ante el FMI empoderado, capaz de garantizar ante el organismo financiero los acuerdos que se alcancen y los compromisos que adopte el Gobierno. Dujovne ha demostrado capacidad para emprender esa tarea, por lo cual su designación debería estar refrendada mediante un decreto.
El modelo de gestión de Cambiemos ha sido objeto de no pocos cuestionamientos, al punto que, a juicio de distintos analistas, la debilidad económica que exhibe actualmente debe asociarse con cierta debilidad política. Esta última ha sido producto del daño que al gobierno de Macri pudieron hacerle las críticas de sus aliados al nuevo esquema tarifario, y también de la inexistencia de un ministro de Economía, algo que termina exponiendo peligrosamente al jefe del Estado, quien definitivamente no puede ocupar el lugar de los ministros, que son fusibles por naturaleza.
La Argentina carece de una tradición de gobiernos de coalición, y los dirigentes de Cambiemos deberían demostrar que una exitosa alianza electoral puede transformarse en una coalición gubernamental, evitando caer en los mismos errores cometidos en circunstancias no muy lejanas aun cuando fueran distintas, como las del recordado gobierno de Fernando de la Rúa.
El presidente Macri debe abandonar definitivamente la idea de que las convocatorias al diálogo, tanto a sus aliados como a sectores de la oposición con afán de colaborar, son muestras de debilidad política. La búsqueda de consensos políticos y sociales surge hoy como un imperativo para resolver viejos problemas que afectan a nuestro sistema. Entre ellos, un déficit fiscal que se solo se pudo evitar durante cuatro de los últimos 60 años y un prolongado proceso inflacionario que siempre ha castigado con mayor virulencia a los sectores de la sociedad más vulnerables.
Es claro que el diálogo y la búsqueda de consensos debe hacerse sobre la base de objetivos firmes y compartidos, y no a partir de transacciones espurias y nada cristalinas, que no procuren más que repartir espacios de poder y privilegios entre dirigentes.
Los consensos, por definición, implican que todas las partes involucradas cedan algo en pos de un bien mayor. Y a eso deben enfocarse tanto el Gobierno, con su convocatoria a un acuerdo nacional, como los distintos sectores de la oposición, que no pueden desentenderse de la necesidad de cooperar y de garantizar la gobernabilidad.
Sería deseable que, además de avanzar hacia una ley de presupuesto 2019 realista, que haga foco en una drástica reducción del abundante gasto improductivo de la administración nacional, y hacia un nuevo acuerdo fiscal que efectivamente comprometa a los gobiernos provinciales y municipales a disminuir sus erogaciones, oficialismo y oposición pudieran consensuar leyes indispensables como la de extinción de dominio, la de financiamiento transparente de la actividad política y la de reforma laboral.
Así como quienes conducen la actual fuerza gobernante deben comprender que no es factible gobernar mediante el estrecho camino del marketing y la apuesta a la atomización de sus rivales políticos, la oposición debe entender que no es saludable retornar al poder por el fracaso de los otros, sino por demostrar responsabilidad frente al difícil momento que vive el país. Y nadie puede preciarse de ser una opción superadora si no es capaz de mostrar espíritu colaborativo.

sábado, 24 de marzo de 2018

TEMAS DE ANÁLISIS, DISCUSIÓN Y REFLEXIÓN

Tecnología emocional. Las aplicaciones de citas forman parte de una cultura que privilegia la velocidad y la oferta "a la carta"
Damián periodista, 38 años, porteño- lleva catalogadas en un archivo de Excel todas sus citas de Tinder. Son unas quince entradas en las que se indica edad, horario de inicio y fin de la salida, barrio, profesión y motivo por el cual terminó la relación: siempre con comentarios escuetos como "no me gustó" o "me aburrí". Hombre metódico, utilizaba ese cuadro sinóptico para tener de un pantallazo un panorama de cómo venía la mano. Pero se hartó. Llegado un momento, veterano de esas lides, González (llamémoslo así) no quiso saber más de citas, por más que su cuerpo se las pidiera. Venía, dice, decepcionado respecto de cómo se daban las cosas, de cierto paso de comedia que significaba sentarse en un bar con una desconocida, prestarse a ser indagado, exhibirse, mostrarse interesante, seducir; indagar en el otro a su turno y ver si resultaba suficientemente seducido.
 Dubitativo y cansado, instaló y desinstaló Tinder una docena de veces hasta que llegó su última primera cita.
Aunque parezcan algo radicalmente nuevo, las aplicaciones de citas (existen otras como Happn o Grindr, y códigos de levante en Twitter como los mensajes directos) funcionan como un aggiornamento vía telefonito de otras tecnologías hechas más o menos para lo mismo, como por ejemplo la discoteca.
Nuevo formato
Tanto unas como la otra permiten ver rasgos atenuados, difuminados, del cuerpo del prójimo con el que se podría intimar, si hay suerte. Mientras en la disco las luces borronean rostros y figuras, y el sonido casi impide la comunicación verbal (que igual se da a través de los movimientos corporales llamados genéricamente baile), con el celular apenas si pueden distinguirse rostros en las dos dimensiones que permite una serie de fotos, encima con la sospechosa ayuda de los filtros y otros juguetitos similares de mejoramiento y ocultamiento. Pero -lo saben los teóricos desde Lewis Mumford hasta Christian Ferrer- no hay herramientas neutras: un martillo exige clavos y quien tiene un martillo ve clavos por doquier.
Por todo eso, la rutina de la primera cita -la determinante experiencia iniciática- en contexto de acercamiento tecnológico (o approach porque también se generaliza la jerga de idioma extranjero pleno de likes, matches y crushes) puede llevar a la rápida decepción y al descarte igualmente veloz si no se trata de alguien que entre en los cánones imaginarios que estimamos ideales, sea para una noche, dos o siempre. Total, tengo otros cinco matches que me esperan en el bolsillo derecho.
Estas aplicaciones, tal vez, llevan un paso más allá las ansiedades que rigen la vida contemporánea (muy contemporánea, diría Fontanarrosa), partiendo de algo que había resultado novedoso en su momento. Se trata de una tecnología previa a las discotecas y a los teléfonos inteligentes: la ciudad de tamaño considerable que permite a los jóvenes relacionarse con desconocidos y hacerlo de manera más o menos serial (recreativa, digamos), desdeñando las necesidades reproductivas propias de organizaciones sociales más pequeñas o de la vasta etapa de la humanidad en que se sobrevivía en mínimos grupos de cazadores recolectores, tanto como los intereses familiares o de clanes, vigentes hasta hace no tanto y que concertaban bodas.
En ese sentido, como pasa con otros aspectos de la inundación tecnológica (pensar en los efectos cognitivos en bebés que no hablan ni caminan pero agarran las pantallas digitales y van a YouTube en busca de Peppa Pig), va todo mucho más rápido de lo que los doctores en Ciencias Sociales o los neurocientíficos pueden alcanzar a medir, o si quiera hipotetizar. Si bien, desde luego, hay pensadores urgentes que están trabajando en el tema (no sólo desde la prosaica teoría: por eso nos aterra tanto Black Mirror), todo resulta más o menos precario y arrasado por la última aplicación, que reemplaza a la penúltima que no hacía tanto que había salido y provocado un furor... de cinco minutos. Haría falta, en todo caso, una sociología del reemplazo acelerado.
Disrupciones
Otra cosa que conocen teóricos y científicos es que toda tecnología disruptiva genera progresivamente un acostumbramiento (que a veces se da adrede, vía la preparación cultural de la que hablaba Mumford). Y lo que, en el caso de Tinder, en un principio fue clandestino, secreto, una red para concretar sexo de una noche, que muchos y muchas preferían no mencionar ni a sus más cercanos, pasó a ser algo que podía generar relaciones duraderas. Sorpresa: como en cualquier otro ámbito de conocimiento, ni más ni menos. Ya son menos los que tienen que inventarles a los cuatro suegros historias de encuentros casuales en góndolas de supermercados en busca de una salsa filetto. "Nos conocimos en Internet, mamá", suele ser una fórmula de compromiso (si es que la propia madre de la novia, separada, no usa ella también estas aplicaciones, o versiones web anteriores como Badoo o Sexyono).

Una última cosa para apuntar tiene que ver con un asunto que se mantiene en el ordenamiento social; algo que quizás tenga imbricaciones en la biología profunda (lo que tampoco es inmutable, desde luego) y que se trató alguna vez en estas mismas páginas : la famosa monogamia. Sea serial o incluso con episodios de deslices e infidelidades más o menos pertinaces, lo que permanece es la convivencia de a dos; la búsqueda de esa otra mitad faltante, como en el mito fundacional que cita Platón en El banquete (o Symposion). Por ahora en el paraíso siguen Adán y Eva; y la gente que vive en pareja -contando todas las variantes que son mucho más que hombre y mujer, por supuesto- vive más y mejor. O por lo menos eso dicen ciertos estudios cuantitativos que gustan hacer en las universidades de los Estados Unidos.
Hablando del país del norte, la historia de Damián González tiene un final de Hollywood. Luego de una cita que empezó en modo-calamidad con imprevistos y vicisitudes propios de una cervecería llena de gente un sábado a la noche, la relación prosperó y hoy son padres de una hermosa beba. Ahora tienen, propiamente, lo que se dice una hija de Tinder.
El autor escribió Primera cita. Amor y decepción en tiempos de Facebook y Tinder (Planeta)
Tras la conquista de un amor sólido
Por Sergio Sinay

El amor no es magia. Es construcción. No se consigue hecho. Hay que hacerlo. No es instantáneo. Requiere tiempo. No es virtual, aire sin cuerpo. Es realidad encarnada. No es punto de partida. Es un punto de llegada. No es una abstracción inasible. Es tangible. Se amasa con presencia, constancia, paciencia, aceptación, empatía, a través de un proceso durante el cual sus raíces prenden en un terreno labrado por el trabajo cotidiano, constante.
Hay un camino que va del enamoramiento al amor. De la ilusión, la exaltación emocional y el mutuo desconocimiento del enamoramiento a la certidumbre, la consolidación afectiva y el conocimiento del otro, tanto en sus luces como en sus sombras. Ese camino se construye sobre tierra firme, y no todos los enamoramientos lo transitan. El amor empieza en enamoramiento, pero no todo enamoramiento termina en amor.
Vale la pena insistir, al hablar de amor, en las ideas de terreno labrado y de tierra firme. Porque nada echa raíces en lo líquido. Y quizás estos no sean los mejores tiempos para las condiciones que el amor requiere. Son, según la inspirada descripción del sociólogo polaco Zygmunt Bauman (1925-2017), tiempos líquidos. Lo líquido no cobra forma, no contiene, carece de firmeza, no admite raíces. No se puede cimentar en lo líquido. Tiempos así se caracterizan por la aceleración, la inestabilidad, la impaciencia, la ansiedad, la inconstancia, la fugacidad. Se desprecian los procesos y se exigen resultados. El deseo demanda inmediatez. Y la búsqueda de la satisfacción inmediata lleva a vivir no en el momento, sino en el instante. El instante no tiene raíces. 
No proviene del pasado ni se extiende al futuro. Es un fogonazo que nace y muere sin trascender, sin dejar huella ni memoria. Tiempo de pantallas conectadas, pero no comunicadas. Pantallas que se contactan entre sí, desplazando a las personas, convertidas en contraseñas, nicknames, selfies, fantasmas virtuales. Los vínculos son meros contactos. Los cuerpos, las miradas, las pieles y sus texturas se alejan unos de los otros y se desvanecen, encapsulados en soledades electrónicas. En tiempos líquidos, tiempos de aceleración y obsolescencia programada, no solo los objetos y artefactos son víctimas de rápido descarte. También, y a veces sobre todo, las personas. Los vínculos.

Y aun en esa liquidez persiste el amor sólido. Emerge en la forma de relaciones que perduran, no como costumbre o como rutina, no por obediencia a mandatos, no por temor a insondables castigos divinos, sino como fruto de una siembra, de una visión compartida, de la lealtad a un proyecto que se regenera mientras se avanza en la marcha común. Se construyen en el tiempo, con presencia, con constancia, empezando desde los cimientos y colocando un ladrillo cada día. Los ladrillos conque se erige el hogar del amor sólido son acciones amorosas. Una acción amorosa es aquel acto, aquella conducta, aquel gesto, aquella palabra a través de los cuales el amor de una persona le llega a la otra del modo en que esta necesita ser amada. No es deseo, imposición, berretín ni capricho. Es necesidad. Entender la necesidad del amado, de la amada, requiere conocer a esa persona. Y ser amado del modo en que se necesita recibir el amor, exige, a un tiempo, conocimiento de sí mismo y apertura hacia el otro, dejarse conocer.

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Así, la construcción amorosa es un trabajo en el cual cada uno se convierte en maestro del otro en el más nutricio y trascendente sentimiento humano. Acaso a eso aludía Albert Camus (1913-1960), autor de El extranjero y El hombre rebelde, y un ícono moral del siglo XX, cuando decía: "No ser amado es una simple desventura. 
La verdadera desgracia es no saber amar". Y solo se aprende en la vida real, junto a un otro real, en presencia, con paciencia, con aceptación, compartiendo vivencias y experiencias tanto gozosas como dolorosas, tanto esperanzadoras como frustrantes.
Esos amores sólidos, firmes peñones en la liquidez de los tiempos, merecen atención y respeto.
 Por su certeza por cómo se construyen, se sostienen, perduran y se honran. Porque existen, y son el testimonio de que, más allá de los tiempos y sus coyunturas (económicas, políticas, sociales, históricas) el amor es una necesidad básica en la existencia humana. La experiencia que nos rescata de lo que Erich Fromm llamó "separatidad", esa angustiosa comprobación de que cada uno es único e intransferible. Si lo es, ¿cómo encontrar al otro? A través del puente del amor. Del real, no del ilusorio ni el imaginario. Del que se encuentra en la vida, y no huyendo de ella por caminos virtuales.

El autor escribió El amor sólido en tiempos líquidos (Ediciones B)