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viernes, 10 de junio de 2022

EN EL AÑO DEL BICENTENARIO


Las ideas fundamentales de Bartolomé Mitre
Leandro Losada
Bartolomé Mitre fue un personaje típico del siglo XIX. Conjugó diversas facetas a lo largo de una extensa vida pública, que lo hizo protagonista decisivo de la historia argentina. Por ello, no se lo puede pensar como un intelectual abocado a la reflexión desapasionada.
Firmó piezas centrales de la cultura letrada de nuestro país, como Historia de Belgrano y de la Independencia Argentina (tuvo tres ediciones: en 1858, 1877 y 1887, antecedida por un estudio biográfico de 1857), por la que suele ser considerado el impulsor de la historiografía en la Argentina. Sin embargo, a su vez se ha subrayado la conexión entre su labor intelectual y su acción política, a menudo para cuestionar la objetividad de su versión de la historia y desenmascarar sus sesgos políticos.

De esta manera, el primer historiador de la Argentina, o un dirigente que hizo un uso político de la historia, son retratos que suelen convivir al evocar su figura. Sin embargo, son polémicas inconducentes. Implican imputaciones a rasgos que resultan controvertidos en una mirada retrospectiva, porque no necesariamente lo eran en las coordenadas de su tiempo.
Es casi una obviedad decir que las críticas que recibió Mitre por su versión del pasado argentino de parte de figuras como Dalmacio Vélez Sarsfield, Vicente Fidel López o Juan Bautista Alberdi no eran meramente historiográficas. Eran también políticas, porque todos los implicados entendían que sus versiones del pasado resultaban más consistentes que las ajenas, y por lo tanto, más provechosas para el propósito que, por debajo de las polémicas, sí los vinculaba; la consolidación de la Argentina como nación.
En suma, acción y reflexión, política e ideas, estuvieron íntimamente asociadas en Mitre. De modo que poco se lo entendería si se enfatiza el condicionamiento político sobre su trabajo intelectual, o, a la inversa, si se leen sus intervenciones intelectuales en un plano meramente doctrinario, descontaminado de política.
Si todo lo dicho sirve para precisar al personaje y situar sus posiciones ideológicas, esbocemos ahora los principales aspectos de estas últimas. El rótulo más transitado para definirlas ha sido el de “liberal”, que poco dice, ya que puede aplicarse a la casi totalidad de las elites políticas e intelectuales argentinas del período en que vivió Mitre.
En la Argentina de la segunda mitad del siglo XIX, uno de los sentidos profundos de ser “liberal” era adherir a la construcción de un Estado basado sobre la división de poderes y el federalismo. Es decir, adherir a la Constitución Nacional de 1853/1860, en cuya reforma ese último año Mitre fue protagonista. Conviene recordarlo: para el liberalismo argentino del siglo XIX, el Estado era una condición imprescindible para hacer posible el despliegue de la libertad individual. El componente liberal, entendido de esta manera, es entonces necesario, pero no suficiente, para retratar sus convicciones ideológicas. otros dos conceptos centrales en su vida son democracia y república.
La Historia de Belgrano, ya se ha dicho, es la obra cumbre del Mitre historiador. Uno de los aspectos que más se destacan de esa versión de la historia argentina, sobre todo porque sirve para enfatizar sus sesgos políticos, es la perspectiva porteña, de Buenos Aires como motor de la revolución y la independencia argentina.
Suele subrayarse que en la Historia de Belgrano Mitre postuló que había una “nación preexistente” a la revolución, o sea, que la argentinidad, el sentimiento nacional, no había sido una consecuencia de Mayo, sino su causa. Se trata de una perspectiva polémica, como es la de situar el origen de la nación en la época colonial y no en la revolución.
Este punto, huella de otra de las marcas intelectuales de Mitre, desborda del romanticismo que Mitre no había conocido solo a través de los libros, sino de la experiencia directa, en su contacto con los emigrados italianos, como el mismísimo Giuseppe Garibaldi, en los años de exilio en Montevideo durante el rosismo. Eso tuvo más pregnancia en el sentido común histórico de nuestro país, al punto de ser la noción menos discutida por los distintos revisionismos que, ya en el siglo XX, cuestionaron la “historia mitrista” por liberal.
En todo caso, un tercer eje destacado de la Historia de Belgrano es que la sociedad argentina tenía entre sus características, que a la vez la hacían excepcional en el escenario hispanoamericano, la igualdad de condiciones, y que, por ello, la democracia era su destino político inexorable. Se ha señalado el eco de la Democracia en América de Alexis de Tocqueville en este planteo. Asimismo, que ese rasgo democrático era distintivo, una vez más, de Buenos Aires, y no del conjunto que luego sería la Argentina. La caracterización democrática resultaría así funcional a la legitimación de la primacía porteña en la conducción política del país.
Sin desconocer todo eso, el Belgrano de Mitre hace de la democracia una marca distintiva de la Argentina, y esa marca se entendía como elemento positivo que ponía al país, al modo de unos Estados Unidos meridionales, a la vanguardia de la civilización política de América Latina. En tanto esta, para Mitre, era sinónimo, precisamente, de expansión de la democracia. Sin olvidar los distintos contextos e intenciones con que fueron escritos, basta leer el Facundo o las Bases, para advertir las diferencias de tono al abordar la naturaleza democrática de la Argentina.
El tercer ingrediente importante para retratar los prismas ideológicos de Mitre, se dijo, es la república. Quizá sea más preciso hablar de republicanismo. Mitre adhirió a la república liberal como forma de gobierno. Pero esto, desde ya, no era nada excepcional en la Argentina de la segunda mitad del siglo XIX, por lo cual lo realmente importante es destacar su simpatía por una cultura política que valoraba la participación cívica, la virtud como atributo ciudadano, el bien común como horizonte de la convivencia política, y, llegado el caso, la insurrección armada contra gobiernos acusados de despóticos (algo que llevó a la práctica en 1874 y en 1880).
Esta concepción republicana de la política contuvo cierta visión elitista. La versión de Mitre de la historia fue criticada, entre otras cosas, por esa visión que mencionamos. Lo hizo, por ejemplo, Vélez Sarsfield, aunque configurara un rasgo que fue más pronunciado en la labor historiográfica de otro de los adversarios intelectuales de Mitre: Vicente Fidel López.
Como fuere, quizá sea exagerado rotular a Mitre de elitista. Pero es cierto que sus posiciones republicanas se plasmaron en la importancia atribuida a una aristocracia definida por la virtud cívica, idónea para liderar la “inorgánica” democracia argentina.
Esta perspectiva muestra que en las coordenadas del siglo XIX la apelación a una conducción aristocrática y la advertencia de la naturaleza democrática de la política argentina no eran necesariamente contradictorias, a pesar de que ciertamente condujeran a una moderación de los fervores democráticos. En todo caso, la convicción de integrar una aristocracia republicana tampoco fue exclusiva de Mitre. En rigor, sus consideraciones al respecto constituyeron la versión paradigmática de una autorrepresentación de larga vida en las elites argentinas del siglo XIX.

Historiador

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miércoles, 25 de mayo de 2022

EN EL AÑO DEL BICENTENARIO


Mitre, buen vecino
Miguel Ángel De Marco Expresidente de la Academia Nacional de la Historia

Mitre gozó en sus últimos años del sosiego que su vida sufrida y andariega le había retaceado, aunque el dolor que le habían provocado primero la muerte de su compañera de toda la vida, Delfina de Vedia, y luego la desaparición de su hijo mayor y heredero en la vocación, Bartolomé Mitre y Vedia (Bartolito), lo hubiese alejado de la vida parlamentaria, donde se mantenía a pesar de su elevada edad. Bohemio, despreocupado, chispeante, excelente amigo y gran compañero de su padre, probablemente porque conocía como pocos los meandros de su alma, la prematura muerte de Bartolito fue una especie de brutal mazazo que afectó irremediablemente el alma del General.
Pero no se dio por vencido. Hombre pulcro, luego de darse un baño y de consumir su sobrio desayuno de soldado, sacaba de su alto ropero un par de pantalones con los bolsillos a los costados, cerca del cinturón, que hacía confeccionar especialmente para él, pero que terminaron vendiéndose con su nombre en todas las tiendas del país con motivo de las extraordinarias manifestaciones que se le tributaron al cumplir ochenta años; extraía una gruesa levita en invierno o un saco blanco en verano; inspeccionaba su chambergo de fieltro, se ajustaba el corbatín de luto y se preparaba para comenzar la jornada.
Antes de salir a la calle cumplía con el rito de leer la cuantiosa correspondencia que diariamente se desplegaba sobre su mesa de trabajo en el gran salón de la Biblioteca Americana, bajaba las escaleras, pasaba por una puerta interna al diario la nación, donde algunos tipógrafos ordenaban los elementos usados para la edición que acababa de aparecer a fin de que estuviesen preparados para la del día siguiente, conversaba con ellos y con algún periodista trasnochado, y finalmente comenzaba su infaltable paseo matutino.
Caminaba al borde de las veredas, para dar la pared “al pueblo” en señal de respeto, y respondía a los saludos de la gente tocándose el chambergo como si estuviese haciendo la venia. Cuando veía un inválido recostado en el piso, vestido con harapos y cubierta su cabeza con un quepis militar, se detenía, le daba unos pesos y le preguntaba dónde y cuándo había servido. Si había estado en la guerra del Paraguay, rememoraban los nombres de los jefes y oficiales y se despedían con la energía de los viejos tiempos.
Dado que los expresidentes de entonces no llevaban escoltas que les abrieran paso o les cuidaran las espaldas, cualquiera podía acercarse a ellos, de modo que Mitre se detenía muchas veces para responder con palabras sencillas y corteses las expresiones de afecto que le prodigaban sus vecinos. Aun anciano, era capaz de decir un piropo elegante si la ocasión lo aconsejaba.
La tradición recuerda que, un día, un niño que vivía cerca de su casa le pidió fuego para encender un cigarrillo. Mitre era un fumador empedernido, y durante la guerra del Paraguay el propio coronel doctor Marcos Paz, vicepresidente en ejercicio, se ocupaba de que no le faltasen cigarros. Pero no le pareció bien que una criatura adquiriese prematuramente el vicio y puso el yesquero a la altura de su pecho. “¡No llego, General!”. Don Bartolo, como muchos lo llamaban sin que a él le agradase, respondió: “Cuando crezcas podrás alcanzarlo”. Y siguió su camino.
Dentro de su ritual matutino por las calles del barrio de San Nicolás, estaba la visita a las librerías, donde siempre encontraba alguna obra para incorporar a la Biblioteca Americana. Esa costumbre venía desde el regreso del destierro, en 1852, y nunca, ni cuando fue presidente de la Nación, dejó de practicarla. El jefe del Poder Ejecutivo iba a pie o en carruaje de alquiler, austeridad de la que se quejó duramente su sucesor Domingo Faustino Sarmiento, que pronto adquirió una carroza y montó una escolta de coraceros.
Mitre no abandonaba la presa cuando se trataba de un libro o un papel raro o curioso. Pactaba con el librero el modo de pago, si no le alcanzaba el dinero, y volvía a su casa con una alegría inocultable.
Cuando debía cubrir una distancia mayor, Mitre subía con agilidad a los tramways tirados por caballos. Pero también alcanzaría a hacerlo en el primer coche eléctrico, inaugurado en 1897.
Antes de sentarse, se quitaba el sombrero para saludar a los demás pasajeros. Una vez se encontró, asiento de por medio, con el polígrafo Paul Groussac, con quien había mantenido una dura polémica y del que se hallaba distanciado. Sin embargo, ambos, aunque circunspectos, se quitaron y pusieron sus chapeaux, como lo mandaba el ritual, y siguieron sus respectivos caminos.
Al volver, Mitre almorzaba con los suyos, descansaba y pasaba a la biblioteca, donde se enfrascaba por horas en la lectura y compulsa de documentos. Recibía numerosas visitas de personajes importantes, pero también de jóvenes que querían mostrarle sus primeros trabajos históricos o literarios.
No faltaban los personajes políticos, aunque Mitre prefiriese, para no mezclar las aguas, trasladarse a los comités partidarios. Ni tampoco los presidentes, que le pedían consejo en ocasiones difíciles. Roca, su antiguo y constante adversario, le manifestó un día a un primer mandatario extranjero, al pasar en su carruaje frente a la casa del Patricio, que allí se asentaba el verdadero poder moral de la República.
Pero el General no solo gozaba con esos placeres intelectuales. Le gustaba hacer pequeñas reparaciones en la casa, y contaba con todos los elementos para ello. Y, en ocasiones, no vacilaba en dar una mano a los vecinos que formaban parte de su entorno cotidiano. Una vez, al oír que una señora que vivía frente a su domicilio se quejaba porque sufría una pérdida de agua en las cañerías de su casa y el plomero se demoraba, buscó una caja de herramientas en la que no faltaban el soplete ni el estaño, se arremangó y, sin muchas palabras, resolvió el problema doméstico que la angustiaba.
Narra Zelmira Garrigós en Memorias de mi lejana infancia: “Un anochecer nos quedamos sin luz, probablemente por algún desperfecto en el regulador del gas, que nuestro mucamo Andrés no sabía remediar. Mi madre lo mandó entonces a que llamara a Vilches, portero de los Mitre. No lo halló en la puerta de calle, pero sí al General. Pensó que uno bien valía al otro, por lo que le dijo: ‘La señora de enfrente dice que vaya Ud. a arreglar el regulador’. El interpelado accedió de inmediato. Vuelve Antonio, llama a mi madre y es de figurarse el asombro y confusión de la misma al encontrarse con Mitre. Fue un revuelo en el barrio”.
Ese barrio salió en masa para celebrar el Jubileo del General. Y siguió alternando con él según el estilo sereno y austero con que le gustaba a Mitre transitar por la vida.
Cuando el más ilustre de los vecinos dejó de existir, el 19 de enero de 1906, se cerraron todas las puertas, pues la mayor parte de los comerciantes, profesionales y particulares, que lo sentían como uno más, lo acompañaron a su última morada.
Recibía numerosas visitas de personajes importantes, pero también de jóvenes que querían mostrarle sus primeros trabajos históricos o literarios

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