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viernes, 27 de septiembre de 2019

¿TE ACORDÁS, HERMANO ?,

O. l. M.
Molina Campos, el pintor de los gauchos
Florencio de los Ángeles Molina Campos nació hace 128 años. Su obra entre naif y caricature
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Molina Campos, el pintor de los gauchos
Florencio de los Ángeles Molina Campos nació un día como hoy, hace 128 años. Su obra entre naif y caricaturesca, con un toque de humor y algo de melancolía se ha convertido en un hito esencial de estética nacional y la cultura gauchesca, gracias a la difusión mundial de su obra.

Florencio Molina Campos era descendiente de los hermanos Campos, oficiales que defendieron al país durante la Guerra del Paraguay y la Conquista del Desierto.
Desde chico conoció las costumbres gauchescas en estancias de la familia, cuando los criollos aun cultivaban sus costumbres. Marcelo T. de Alvear fue su promotor, en una época donde el presidente asistía al teatro, escuchaba ópera (una de sus debilidades) y asistía a los vernissage.

Impresionado por la obra de Molina Campos, lo nombró profesor del Colegio Nacional de Avellaneda.
Era un momento dorado de la cultura nacional. Güiraldes publicaba Don Segundo Sombra, y Roberto Arlt Juguete rabioso. Horacio Quiroga escribió Los desterrados. Fader se consagraba exponiendo su obra y aparecía este joven que retrataba paisanos con un humor casi inocente. Su obra culmina con la publicación del almanaque de Alpargatas, en 1931, cuando sus retratos campestres se hace accesible al gran público. No hay almacén, ni estancia donde falten las imágenes de esos gauchos de bigotes machazos, narices coloradas, rastras vistosas y caballos enjaezados, llevando adelante tareas rurales o simplemente, aprovechando para descansar la osamenta del diario trajinar.


La popularidad de Florencio lo llevó a tentar suerte en otras latitudes, especialmente los Estados Unidos, donde de la mano de Walt Disney, difundió las costumbres nuestras a través de dibujos animados (El gaucho volador, Goofy se hace gaucho, El gaucho reidor y Los tres amigos). Curiosamente, cuando Walt Disney vino a la Argentina para contratar a Florencio, éste estaba en Estados Unidos. Eso no privó a Disney de visitar el campo de Florencio en Moreno, ni comer un asado con su esposa, ni ensayar los pasos de una chacarera. Molina Campos también colaboró en la elaboración de Bambi, mientras exponía sus obras en New York.
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Walt Disney en Argentina.
Si bien tenía un contrato con Disney para filmar tres películas, Molina Campos no estaba de acuerdo en el tono que le querían imprimir a las costumbres gauchescas, de hecho renunció y Disney decidió convertir a las tres películas en una sola, conocida como Salud amigos.
También en Estados Unidos rehízo su vida sentimental después del divorcio de su primera esposa, Hortensia Palacios Avellaneda. Años más tarde, unió su destino a María Elvira Ponce Aguirre casándose en Uruguay primero, Estados Unidos después y finalmente en Argentina el 9 de marzo del ’56, apenas tres años antes de su muerte.
Si bien fue enterrado en La Recoleta junto a sus ilustres antepasados, Florencio fue trasladado en los ’70 al Cementerio de Moreno, para estar junto a su esposa.
Fue Molina Campos un argentino simpático, entrador, audaz, buen bailarín, con un carácter fuerte, que podía rozar el mal humor. Sus obras reflejan su aguda capacidad de observación, una memoria cuasi fotográfica y un amor profundo por las costumbres nacionales, que difundió por el mundo.
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viernes, 15 de junio de 2018

¿ TE ACORDÁS, HERMANO ?

En 1968, el artista argentino realizó en el Gran Canal la primera de las coloraciones que buscaron llamar la atención sobre el medioambiente 
Gentileza Azul García UriburuEn 1968, el artista argentino realizó en el Gran Canal la primera de las coloraciones que buscaron llamar la atención sobre el medioambiente
París, mediados de junio, cincuenta años atrás. Nicolás García Uriburu toma el tren en la estación de Lyon. Deja una ciudad revolucionada por las protestas de mayo de 1968 y se dirige hacia otro hito que marcará la historia del arte. Una acción sin precedente, en la que él será el protagonista.
Lo acompañan su esposa, Blanca Isabel Álvarez de Toledo, y la artista Raquel Forner. Esta última intenta disuadirlo de realizar un proyecto que podría llevarlo a la cárcel. Pero Blanca -futura madre de su hija Azul- no solo lo apoya sino que está dispuesta a tomar fotos para registrarlo todo.
En la frontera con Italia, mientras la policía revisa a los pasajeros con mayor atención que la usual, García Uriburu respira aliviado. Agradece haber decidido comprar en Milán la fluoresceína, un sodio fluorescente usado por la NASA para ubicar las cabinas de los astronautas que caen al océano.
La madrugada del 19 de junio, después de una noche sin dormir, el artista y su mujer no pueden ocultar el miedo. En el hotel All'Angelo se los ve pálidos, pero determinados, según recuerda el crítico Pierre Restany en su libro dedicado al artista argentino. Horas antes de que se inaugure la 34a edición de la Bienal de Venecia, García Uriburu se dispone a realizar su primera intervención en la naturaleza, el inicio de una serie que lo convertirá en uno de los pioneros del land art y del arte ecológico a nivel mundial.
Según Restany, para entonces García Uriburu ya había sido asesorado sobre la extensión del Gran Canal, la profundidad del agua y los horarios de las mareas por Memo, el más famoso de los gondolieri, que además de cantar muy bien era un pintor aficionado.
A las ocho de la mañana, hora de pleamar en que el agua se expande hacia todos los canales, el artista argentino se sube a una góndola con treinta kilos de polvo rojo, que se convertirá en verde apenas toque el agua. La mancha de color flúo comienza a expandirse por los tres kilómetros del Gran Canal, que quedará "pintado" hasta bien entrada la tarde.
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"Todo el mundo habla de eso -escribe Restany-. Venecia está agradecida a Uriburu por este adorno suntuoso y efímero que le ha regalado por un día: un momento de paz y de belleza en el contexto caótico y turbio de la protesta", extendida desde Francia hacia otros países, que provocará el cierre anticipado de esa edición de la bienal.
El artista argentino será detenido, interrogado y liberado antes de que termine el día, una vez que se haya comprobado que el colorante no es tóxico. Por la noche se encuentra con el crítico francés y se muestra "agotado y feliz", por haber podido demostrar en Venecia "que la obra de arte puede desarrollarse al aire libre, fuera del aire viciado de las instituciones".
Ha logrado, además, otro propósito: llamar la atención mundial sobre la degradación del medioambiente, como consecuencia de la acción destructiva del hombre. Un mensaje que continuará a lo largo de toda su carrera, siempre con el color verde como símbolo, y con coloraciones similares realizadas en ríos de Nueva York, París y Buenos Aires, y en fuentes y puertos de todo el mundo.
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En 1981, durante la Documenta de Kassel, coloreó el Rin y plantó 7000 robles junto con el mítico artista alemán Joseph Beuys. Y al año siguiente plantó 50.000 árboles en las calles de Buenos Aires, acción que repitió en varias ocasiones.
Ya en el siglo XXI, también en la Argentina, liberó humo verde desde las terrazas del Congreso de la Nación, a las que había llegado de incógnito con activistas de Greenpeace para denunciar un envío de desechos tóxicos al país desde Australia.
"Yo hice mis obras antes de que la ecología se volviera moda y falsa moda", dijo en octubre de 2015. Un año antes de morir, recordaba con orgullo aquella histórica coloración en Venecia que había marcado "un antes y un después" en su exitosa carrera.

C.CH.

domingo, 29 de abril de 2018

¿ TE ACORDÁS, HERMANO ?


Cada uno tiene su propio recuerdo, verdadero o inventado, sobre el modo en que aprendió a escribir. No siempre sucedió en la escuela ni con el auxilio de los padres. Suelo olvidarme de que mi prima tenía menos de diez años cuando pienso en que fue ella quien me enseñó a escribir mientras hacía su tarea escolar. Era una chica.
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Aprender a escribir con una niña maestra, o que jugaba a ser maestra, tenía sus vicisitudes. Empleaba conmigo el mismo método que, intuyo, había utilizado su maestra de la primaria con ella. Nunca se impacientaba y la repetición era la base de la enseñanza. Mientras llenaba renglones con letras (las letras iniciales de nuestros nombres y de los nombres de los parientes, de las calles donde estaban nuestras casas y de las frutas que crecían en el fondo), ella aprobaba con el gesto y también con un lápiz de color verde. Repetía el énfasis que, unos años después, iba a conocer en la escuela.
En ese entonces no tenía ningún mérito aprender a leer y escribir antes de llegar a la primaria; era, de hecho, bastante habitual. Las tardes eran interminables, los juegos al aire libre estaban casi proscriptos durante el invierno y los más chicos ya habíamos dibujado hasta el reverso de nuestros sueños durante los primeros años. Necesitábamos hacer algo importante, vivir aventuras, descifrar mensajes ocultos (o meramente ilegibles). Cuando alguno de nuestros hermanos o primos mayores se preparaba para ir al colegio, lo envidiábamos y lo compadecíamos. Gran parte de la admiración que sentíamos los "preescolares" por ellos se originaba en la cantidad de elementos que, de un día para otro, pasaban a administrar. Los "útiles", como se les decía entonces, convertían nuestros lápices de colores, páginas de formularios inútiles y tijeras para recortar papeles de revistas viejas en instrumentos de segunda mano. Reducidos a meros pasatiempos, los dejábamos languidecer en la mesa de la cocina como si fueran restos de una merienda.
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El prestigio de los otros pasaba por el papel: cuadernos forrados con papel araña verde, azul y rojo, en una suerte de código cromático de la sabiduría; los libros de lectura con perros y chicos pasteurizados, las hojas para practicar ejercicios y las etiquetas configuraban un mundo dentro del mundo. El primero aspiraba a la prolijidad y estaba gobernado por el espíritu de las clasificaciones; el segundo era más caótico, accidentado y, por lo que se podía percibir, bastante complicado. Un acontecimiento lamentable no se podía borrar con goma de lápiz, como cuando a una ene le hacíamos brotar una tercera pata o una ele mayúscula adquiría la forma de una larva. Mi prima me había enseñado a enfocar la mirada para evitar los errores. La goma dejaba arrugas en el papel.Imagen relacionada
Enseñar es un verbo sobrevalorado. Cuando somos chicos, igual que cuando somos jóvenes, adultos o ancianos, lo que nos gusta es aprender. Los maestros pueden ser mayores o menores que nosotros. La naturaleza, suele decirse, es una excelente maestra. Sin ese deseo, no hay enseñanza posible.
Antes de aprender a escribir con mi prima en una casa de suburbios, "escribía" en un código hecho de círculos y de ochos recostados sobre los renglones (cuando la página tenía renglones), de triángulos similares a tipis, de estrellas con pestañas, de pétalos o escamas. No recuerdo el significado que tenían esas escrituras antiguas, hechas en silencio aunque no en soledad. A la manera de un aprendiz de estudiante concentrado en su tarea, imitaba la actividad de mi prima en anotadores que tenían los logos impresos de una marca de cervezas o de galletitas surtidas. Antes de que ella terminara con los ejercicios de sintaxis o de matemática que le habían dado (dar era otro verbo de sentidos flexibles), después del almuerzo y a la luz del otoño que dejaban filtrar las cortinas, las primeras lecciones de escritura ya habían comenzado.

D. G.