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viernes, 2 de agosto de 2019

HISTORIAS DE MALVINAS,



Hay un nuevo identificado de Malvinas y ya suman 114: se dirigió como voluntario a la guerra, luchó con extremo coraje y murió abrazado a la foto de todo su primer amor
Un artículo de Gabriela Cociffi
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la historia de Ramón Antonio Meza
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, el correntino que se convirtió en el 114 caído de Malvinas en ser identificado.
Gravemente herido, acostado sobre el piso de un helicóptero, sabe que se muere. Agonizando, busca en un bolsillo la foto de su novia y la aprieta contra su pecho manchado de sangre. Unos segundos después, su corazón lo abandona.
Era el frío mediodía del 25 de mayo de 1982 cuando las esquirlas de una bomba de retardo, lanzada por por un avión Vulcan británico, atravesaron el cuerpo del soldado marinero Ramón Antonio Meza.
En la Bahía Yorke, al norte del aeropuerto de la Isla Soledad, el joven de 20 años cae combatiendo detrás de su ametralladora 12,7 mm durante un intenso fuego enemigo.
Desesperados, sus compañeros buscan salvarlo. El correntino se les está muriendo. El cabo principal Peralta, su jefe de sección, y el teniente Otero, jefe de la Compañía, piden un helicóptero.
Hay que llevarlo a Puerto Argentino para tener una esperanza. Lo acomodan en una improvisada camilla. El aparato hace girar sus aspas y se eleva. Cuando aterriza en el pueblo, Ramón yace sin vida abrazado a la foto de la única mujer que amó.
La historia de amor y coraje del soldado nacido en Curuzú Cuatiá, Corrientes, hoy vuelve con más fuerza a la memoria de aquellos que lo conocieron. En su ciudad natal, su madre Delia Bernardina Meza, de 77 años, y sus hermanos Juan y Jesús recibieron la noticia que tanto esperaron: el cuerpo de Ramón fue identificado luego de haber sido durante casi cuatro décadas un Soldado argentino solo conocido por Dios en el cementerio de Darwin. Meza es el soldado 114 en recuperar su nombre gracias al Plan Proyecto Humanitario.
Hijo mayor de una familia humilde, que el padre dejó para no regresar jamás, era el sostén de su madre y sus cinco hermanos. Estudió en la Escuela 471 “16 de noviembre” de su pueblo, trabajó para llevar el pan a la mesa y se despidió orgulloso de su familia, vestido con su uniforme blanco, cuando le tocó hacer el servicio militar en la Brigada de Infantería de Marina N°1.
Sorprendido y emocionado recibió el 2 de abril la noticia de la recuperación de las Malvinas. Y celebró junto a sus compañeros. Un oficial les informó que el Batallón de Comando, con la compañía de ametralladoras pesadas 12,7., partiría hacia las islas -dividido en tres secciones- como refuerzo del Batallón de Infantería de Marina N°5, el Regimiento 25 y el Regimiento 7.
Pero su instructor lo excluyó de la convocatoria porque conocía su situación de sostén de familia. Ramón, sin embargo, se negó y pidió ir como voluntario: deseaba luchar por la patria.
Pisó la turba malvinense como integrante de la 3a sección de ametralladoras. El viento helado le golpeó la cara cuando llegó a Bahía Yorke. Quedó maravillado con ese paisaje inhóspito, por ese arco de arena blanca flanqueado por dunas coronadas de matorrales. Días después, allí comenzaría el infierno de bombas, explosiones y muerte.
Cubrió su puesto de combate al norte de la península, muy cerca del aeropuerto, uno de los puntos más atacados por el cañoneo británico. Reforzó la sección de tiradores del subteniente Domínguez, del RI 25. “Y allí se convirtió en héroe, entregando su vida a la patria”, recordó emocionado el vicealmirante Juan Marín, combatiente en Malvinas.
A Ramón Orlando Mendoza, veterano oriundo de Goya, aún hoy se le llenan los ojos de lágrimas cuando habla de su compañero. “Tenía una foto de su novia y a cada rato la sacaba y nos mostraba. ‘Mirá, envidioso, qué linda es mi novia. Cuando vuelva me voy a casar con ella y va a ser la madre de mis hijos’. Antes de guardarla, siempre le daba un beso. Cuando recibió el disparo de muerte, en ese último se­gundo de vida, sacó la foto de su bol­sillo y lo único que hizo fue apretarla contra su pecho. Pensó en el amor que dejó en Corrientes hasta el último suspiro”, reveló en una entrevista a Norte de Corrientes.
“Cuando me enteré de su muerte, pensé: ¿quién le va a contar a la novia? ¿quién le va a decir que falleció entre las piedras luego de un bombardeo de los aviones ingleses, mientras que las fragatas nos seguían cañoneando? Siento un dolor y una impotencia tremendas”, rememoró.
En Corrientes existe un emblemático chamamé en honor a los héroes que combatieron en la guerra de Malvinas. Se llama “Los Ramones”. Cuenta las historias de seis soldados correntinos -unos quedaron en las islas, otros regresaron- que dieron todo por la patria. En una de sus estrofas -escrita por Julián Zini y con música de Mario Bofill- se recuerda la vida de Ramón Meza.

“Oh… el Ramón Antonio Meza,
sanluiseño enamorado,
murió apretando la foto
de su amorcito adorado…
Lindo por dentro y por fuera,
siempre alegre, siempre guapo,
con tu sonrisa grandota
aunque vengan degollando…”.

Fue Ramón Mendoza quien contó los detalles de esta historia para que crearan ese chamamé. “De los 649 soldados que mu­rieron en Malvinas, 50 eran correntinos, cinco de ellos de Goya. Hace muchos años que falta un ser querido en algún hogar, un padre, un hijo”, se emocionó el veterano. La ausencia de esos hijos, padres, hermanos que partieron a la guerra para no regresar es una herida abierta en cada familia de Malvinas.
La causa por la identificación de los soldados enterrados en tumbas sin nombre en Darwin -impulsada por el veterano Julio Aro de la Fundación No me Olvides de Mar del Plata, junto a esta periodista de Infobae, con el apoyo del coronel inglés Geoffrey Cardozo, del músico Roger Waters y el Equipo Argentino de Antropología Forense– trajo algo de consuelo a 114 familias que durante casi cuatro décadas no conocieron el destino final de sus seres amados.
De las 121 tumbas sin nombre -122 cuerpos- incluidas en el Plan Proyecto Humanitario, solo quedan 8 soldados por identificar. A esto hay que sumarle los 3 héroes enterrados en la tumba C-1-10, mal nominada desde que se renovó el cementerio en 2004, y por lo que será necesario ampliar el acuerdo firmado entre Argentina y el Reino Unido en 2016 para así finalizar el proceso de identificación.
“Si la Argentina lo pide, haremos lo que sea para colaborar en cualquier otro trabajo humanitario”, dijo Mar Kent, el embajador del Reino Unido a Infobae.
“Recientemente me reuní con el Embajador del Reino Unido y la Comisión de Familiares de Caídos en Malvinas, con quienes estamos en una vinculación muy estrecha, para continuar profundizando el trabajo que nos posibilite alcanzar la totalidad de las identificaciones”, señaló el secretario de Derechos Humanos Claudio Avruj.
“El trabajo realizado hubiese sido imposible sin el compromiso, el afecto y la cercanía de los familiares, que en un acto de valentía decidieron entregar sus muestras de ADN para conocer el destino final de sus seres queridos. Con lo hecho en este Plan Humanitario, creo que estamos consiguiendo honrar esa confianza”, finalizó el funcionario.
Hoy una placa recuerda al soldado Ramón Antonio Meza en la escuela donde estudió en Curuzú Cuatiá. Muy pronto otra placa con su nombre grabado marcará su tumba en las islas Malvinas donde murió.
Su madre podrá rezar frente a la blanca cruz donde yacen los restos de su hijo. Sus hermanos, que dieron su sangre para hallarlo, podrán honrarlo luego de 37 años.
Quizás, ahora que lo han hallado, aquella novia que él tanto amó un día visite el camposanto argentino. Y lleve una flor para aquel joven héroe que murió abrazado a su foto. Así debería marcarlo el destino.

miércoles, 10 de abril de 2019

HISTORIAS DE MALVINAS,


Cómo es Malvinas hoy

Hay pleno empleo, casi todos se mueven en camioneta y el ocio es un bien preciado. La vida en las islas, de las rutinas puntuales al auge del turismo y la desconfianza que persiste
PUERTO ARGENTINO
Decenas de turistas se agolpan en la puerta de una construcción prefabricada blanca, con techo de chapa verde pasto, donde funciona una tienda de artesanías y suvenires en la ciudad. Tres militares en uniforme de tela camuflada cierran con fuerza el portón de un galpón de chapa verde oliva y se dirigen hacia una grúa estacionada en una pista de aterrizaje. En la inmensidad del campo, y entre unos pocos árboles moldeados por el viento, cientos de ovejas rodean una vieja edificación con techo de metal rojo que hace de depósito de herramientas. En las islas Malvinas cohabitan tres mundos: el de Puerto Argentino, el de la base militar de Mount Pleasant y el del camp.
La primera acepción de la palabra isla en el diccionario de la Real Academia Española es porción de tierra rodeada de agua por todas partes. Las demás acepciones hacen referencia a lo apartado, a lo separado del espacio circundante. La vida en esos mundos de Malvinas está atravesada por la geografía, la inclemencia del tiempo, las insuficientes redes de comunicación y de transporte y una población diversa y cambiante.
En una casa particular flamea la bandera del Reino Unido
Las islas Soledad y Gran Malvina y las más de 778 islas, islotes y arrecifes de alrededor están a 640 kilómetros del continente a la altura de la ciudad de Río Gallegos, entre los paralelos 50º 59' y 52º 57' de latitud sur y los meridianos 57º 42' y 61º 28' de longitud oeste. Ocupan 11.410 kilómetros cuadrados, casi 60 veces el tamaño de la ciudad de Buenos Aires. El terreno es rocoso, con ondulaciones suaves y algunas sierras de altura modesta (el pico más alto, el cerro Alberdi, tiene 705 metros). El tiempo es riguroso y desapacible: suele hacer frío (entre -5°C y 16°C), el viento no da tregua y es común que las condiciones meteorológicas cambien muy rápidamente. Hasta bromean con el hecho de poder experimentar todas las estaciones en un solo día.
Las comunicaciones y la infraestructura de transporte en Malvinas tienen un impacto directo en el día a día y en el desarrollo económico y sociocultural. Durante décadas, la conexión radiotelefónica al interior de las islas contribuyó a disminuir el aislamiento, especialmente de quienes vivían en el camp. Los servicios de radio y de televisión se afianzaron en la década del 80 y hoy están disponibles en todos lados. En cambio, los celulares llegaron en 2005. La cobertura móvil es deficiente y el acceso a internet es acotado. Hay hotspots o zonas wi-fi en hoteles, restaurantes y bares de la ciudad, y en unos pocos alojamientos en el camp y en las demás islas. Solo en Puerto Argentino hay 4G. Por costumbre y porque es más confiable, casi todos los vehículos 4x4 están equipados con radio. Y casi todos tienen vehículos 4x4.
En Malvinas solo hay calles asfaltadas en Puerto Argentino. El resto de los caminos son agrestes, de arcilla, tierra o ripio, no están señalizados y suelen ser intransitables en invierno por el hielo y las lluvias, por eso son necesarios los vehículos con doble tracción. La mayoría son caminos no reconocidos, donde no impera la ley. La única vía que está en proceso de pavimentación es la que une Puerto Argentino con la base militar de Mount Pleasant, construida en 1985 para unir las dos comunidades. Esa obra requirió algo único en el archipiélago: se colocaron dos semáforos, uno en cada dirección, para evitar que vehículos particulares entorpecieran el quehacer de máquinas y grúas.
Solo hay calles asfaltadas en Puerto Argentino; el resto de los caminos son agrestes, de arcilla, tierra o ripio
Como las distancias a recorrer son grandes, el terreno es poco amigable y la red de caminos es limitada, el servicio aéreo gubernamental, conocido como Figas por sus siglas en inglés, empezó a operar en 1948 y desde entonces evolucionó de ambulancia aérea y correo a medio de transporte fundamental para pasajeros, carga y patrulla de pesca. Además, volar en los aviones Britten-Norman Islander es la manera más rápida de moverse entre las islas. El servicio es a demanda: despegan del aeródromo de Puerto Argentino, a siete kilómetros del centro de la ciudad, y aterrizan en 24 pistas de arcilla o de pasto, tanto en Soledad como en Gran Malvina, y en otras siete islas más chicas. Los precios varían según el destino -entre 55 y 110 libras- y según el pasajero sea residente o visitante.
Entre la isla Soledad y la isla Gran Malvina funciona un ferry -el Concordia Bay- que une Puerto Nuevo y Puerto Mitre, a uno y otro lado del estrecho de San Carlos. El servicio empezó a funcionar en 2008 y permitió que los pocos residentes de la isla occidental tuvieran acceso vehicular a Puerto Argentino con regularidad -todos los días, excepto los martes- y a un precio razonable: 20 libras cada adulto y 50 cada vehículo. También facilitó que los visitantes tuvieran una alternativa a Figas.
En parte por la geografía, en parte por el clima y en parte por la guerra de 1982 y la disputa de soberanía entre la Argentina y el Reino Unido por las islas y los espacios marítimos circundantes, la conexión de Malvinas con América del Sur es escasa. La única manera de llegar a las islas es en barco propio, en crucero -solo durante el verano-, o en avión. Hay tres vuelos semanales que llegan al único aeropuerto internacional de Malvinas, construido en 1985 en la base militar de Mount Pleasant, a casi 60 kilómetros de Puerto Argentino. Dos de esos vuelos parten desde el Reino Unido ( "para ayudar al desarrollo económico y social de las islas y al movimiento de efectivos y provisiones para la base militar") y el otro sale desde Chile.
En una oficina para permisos de pesca, el cartel indica que no habrá diálogo con la Argentina mientras persistan los reclamos de soberanía
Conocido como airbridge (puente aéreo), el vuelo desde el Reino Unido sale los miércoles y los domingos de Brize Norton, el centro de operaciones de la Royal Air Force en el condado de Oxfordshire, 120 kilómetros al oeste de la Torre de Londres. El viaje, operado por la empresa AirTanker, dura 22 horas porque hace escala en Cabo Verde para recargar combustible y rotar tripulación. El pasaje de ida y vuelta tiene una tarifa fija de 2222 libras para adultos no residentes en Malvinas y de 1111 para niños mayores de dos años. Se compra a través de la oficina del gobierno de Malvinas en Londres, pero no puede adquirirlo cualquiera: como el airbridge funciona en instalaciones del Ministerio de Defensa, ciudadanos de ciertos países -Bielorrusia, China, Egipto, Irán, Libia, Corea del Norte, Rusia, Siria, Ucrania y Vietnam- no pueden volar.
El único vuelo que conecta América del Sur con las islas es operado por Latam. Sale los sábados de Santiago de Chile y hace escala en Punta Arenas, y un sábado al mes hace escala a la ida y el siguiente sábado a la vuelta en Río Gallegos, en la provincia de Santa Cruz. El ticket de ida y vuelta tiene tarifa variable, sujeta a la demanda, aunque suele oscilar entre 800 y 1300 dólares. Se estila comprar los pasajes con meses de anticipación porque los aviones en general van llenos, especialmente durante el verano.
A las 16.30 se termina la jornada laboral y son muy estrictos con eso: el balance trabajo-ocio se cuida
Para suplir la escasa conexión aérea y mejorar la accesibilidad desde y hacia las islas está previsto un segundo vuelo desde América del Sur, también operado por Latam, que empezaría a operar en octubre de este año, con el despunte de la temporada alta turística de 2019/2020. Partirá una vez por semana de San Pablo, Brasil, hacia el archipiélago, y hará una escala mensual a la ida y a la vuelta en la ciudad de Córdoba.
La gente
Sin contar la dotación militar, en Malvinas viven poco más de 3200 personas, de 60 nacionalidades. En Puerto Argentino viven 2466 -casi el 80 por ciento de la población total- y el resto vive en la base de Mount Pleasant o en el camp, que es como llaman a todo lo que no es Puerto Argentino. Según el último censo, de 2016, la población había crecido 15 por ciento desde el anterior censo, de 2011. La migración neta -la diferencia entre el número de inmigrantes y emigrantes- es el principal impulso de crecimiento de la población en el archipiélago y es el único determinante de crecimiento a largo plazo.
A las 17.30, quienes salen del trabajo se dividen entre los que vuelven a sus casas, los deportistas y los que van a los pubs a encontrarse
El 43 por ciento de la población de Malvinas nació en las islas. Del resto, 48 por ciento nació en el Reino Unido, 17 por ciento en Santa Helena, 11 por ciento en Chile y el 24 por ciento es oriundo de otros 56 países. Según el censo, solo cinco residentes nacieron en la Argentina continental. Es una comunidad chica y diversa.
La edad promedio en Malvinas es de 38 años. El 18 por ciento de la población tiene hasta 14 años, 71 por ciento tiene entre 15 y 64 años y 11 por ciento tiene 65 o más. La cantidad de personas mayores -con más de 65 años- aumentó 16 por ciento entre 2011 y 2016. Según información oficial, quienes viven en elcamp tienden a ser más grandes, especialmente en la isla Soledad.
El idioma más hablado en Malvinas es el inglés y le siguen el castellano, el shona y el filipino, en sintonía con el incremento de la inmigración chilena, zimbabwense y filipina, vinculado a la demanda de trabajadores para los sectores turístico y rural, para el desminado del terreno y para la gastronomía y la hotelería, respectivamente.
Justamente es la demanda laboral la que impulsa que muchas personas se muden a las islas. En Malvinas hay pleno empleo: el índice de desempleo es de 1 por ciento. El mayor empleador es el sector público, con el 29 por ciento del total de trabajadores. El ranking lo completan el sector agropecuario -12 por ciento- y el de comercio -11 por ciento-. Además, el 20 por ciento de la gente que trabaja tiene dos o más empleos y aproximadamente un cuarto de esas segundas ocupaciones están vinculados al sector turístico y a la temporada de verano.
La cerveza local, cuyo tipo más amargo (Indian Pale Ale) se llama Dama de Hierro, en honor a Margaret Thatcher
Entre octubre y marzo, durante la temporada alta, Malvinas vive una transformación por la llegada de cientos y hasta miles de personas en un día. Muchos residentes de Puerto Argentino se vuelcan al turismo a tiempo completo como conductores, guías, intérpretes, recepcionistas, botones. Algunos se mudan de la ciudad a islas más chicas para trabajar en hotelería y gastronomía y en su lugar llegan extranjeros -como trabajadores temporarios- que se van del archipiélago entre marzo y abril. El turismo genera 10 millones de libras al año y es el segundo sector más importante de la economía local después de la pesca: representa un 6,6 por ciento del Producto Bruto Interno (PBI).
En los últimos ocho años, en sintonía con la Estrategia de Desarrollo Turístico del gobierno, el turismo despegó. La cantidad de visitantes que llegaron a Malvinas en cruceros se incrementó 42 por ciento y el número de los que llegaron en avión o en barcos privados trepó 48 por ciento, sin contar las visitas a amigos y familiares ni los viajes de negocios, que crecieron a la par del crecimiento de la población.
Puerto Argentino
En la capital de Malvinas es posible cruzarse con una persona haciendo running por la costanera a la mañana, ver a esa misma persona en un supermercado al mediodía, encontrarse también durante la cena en un restaurante y luego coincidir en un pub. La ciudad tiene 2,5 kilómetros cuadrados (ochenta veces menos que la ciudad de Buenos Aires) y la oferta de comercios, restaurantes y bares es escasa. A pesar de que las distancias son caminables y de que muchos son amantes de la vida al aire libre, la gran mayoría de los vecinos de Puerto Argentino se mueve de un lado al otro en auto (¡en camioneta!) durante el día. Las veredas están prácticamente libres de adultos: solo los chicos en edad escolar las transitan. De noche, a la hora de las cervezas y los cócteles, la escena cambia porque hay cero tolerancia para quienes tomaron alcohol y manejan, así que muchos caminan o toman taxis.
En Ross Road, la calle principal de Puerto Argentino, se ubica uno de los supermercados grandes, el West Store
La educación es pública y gratuita. Hay un jardín de infantes, una escuela primaria y una escuela secundaria que oficia de centro cultural y deportivo, con biblioteca, pileta cubierta, gimnasio, cancha multideporte, canchas de squash y salones de usos múltiples. Muchos de los chicos van de sus casas al colegio en bicicleta: algunos las "estacionan", una al lado de la otra, en el bicicletero; otros, más desprolijos, las dejan por ahí, sin candado, sin traba. En Puerto Argentino no hay robos.
La ciudad arranca temprano: casi todos se despiertan entre las 7 y las 7.30 porque los niños entran al colegio a las 8 y el horario de entrada a la mayoría de los trabajos es a las 8.30. De 12 a 13 o de 12.30 a 13.30 es la hora del almuerzo. A las 16.30 se termina la jornada laboral y son muy estrictos con eso: el balance trabajo-ocio se cuida. A las 17 empieza la hora pico de los comercios, especialmente de los dos supermercados grandes, el West Store, en Ross Road, la calle principal, y el Chandlery, en Airport Road, la calle que bordea a Puerto Argentino. Hacia las 17.30 hay una división tajante: están los que se van a sus casas; están los deportistas; están quienes van a los pubs a charlar, jugar a los dardos, ver partidos de fútbol y tomar cerveza tirada (hay una sola cervecería local, Falkland Beerworks, pero mucha oferta de cervezas británicas). La cena -casi siempre con carne, cordero, cerdo, pollo o pescado- es entre las 19 y las 20. La gente se junta mucho a comer con amigos o compañeros de trabajo y los dos restaurantes del centro, el del Malvina House Hotel y el del The Waterfront Boutique Hotel, suelen estar llenos, por eso es muy común hacer reservas. También se reúnen seguido en casas.
Entre octubre y marzo, Malvinas vive una transformación por la llegada de cientos y hasta miles de turistas en un día
Muchos de los que viven en Puerto Argentino aprovechan los días del fin de semana para dedicarse a la casa (jardinería, arreglos), hacer deportes o salir de la ciudad. Juegan al fútbol, tenis (bajo techo), squash y golf y hacen trekking y running. Las islas son un paraíso para los amantes del avistamiento de flora y fauna silvestres y de la fotografía amateur. Hay 171 especies nativas de plantas, cinco especies de pingüinos, cientos de especies de aves, elefantes marinos, lobos marinos, delfines y orcas.
Los viernes y los sábados son los días de salidas nocturnas. Hay muchas fiestas privadas, en casas. Y aunque no hay boliches, los pubs funcionan como tales: entre las 21.30 y las 22.30 están llenos de gente de todas las edades. La concurrencia es variada, están los jefes y los empleados; los profesores y los exalumnos; están también los militares. A la medianoche se termina la diversión.
La Union Flag, un símbolo repetido
Mount Pleasant
La vida en la base militar de Mount Pleasant está teñida de color verde oliva y es distinta de la de Puerto Argentino. Los militares y los civiles que trabajan y viven ahí no tienen necesidad de ir a la capital. La base funciona como una ciudad en sí misma: tienen sus casas, un colegio primario, un centro de salud, un supermercado grande, comercios y hasta un cine, el único de las islas. Y todo está pintado de verde oliva. Como es zona militar, el ingreso a Mount Pleasant está prohibido para civiles y fuertemente custodiado.
Hay tres situaciones en las que los militares y sus familiares interactúan sí o sí con quienes viven en Puerto Argentino: cuando la gente llega o se va de las islas en avión, porque el único aeropuerto internacional está dentro del complejo; cuando los niños terminan la primaria y tienen que empezar la secundaria, porque la única está en Puerto Argentino, y los sábados a la noche, cuando quieren salir, porque los pubs están en la ciudad.
El camp
Los usos y costumbres de quienes viven en el camp son similares a los de quienes viven en cualquier zona rural poco habitada. Se despiertan al alba -hay que aprovechar la luz-, trabajan la tierra y los animales, descansan al mediodía, se van a dormir temprano. No tienen horarios rígidos ni días libres prefijados como en la ciudad. A falta de mate, tienen smoko: una pausa con té o café y galletitas caseras, muy popular en Malvinas. Muchos tienen pet sheep, o sea, alguna oveja mascota.
La educación primaria para los niños del camp es particular. Solo hay cuatro escuelas, en Bahía Fox, Puerto Mitre, Prado del Ganso y Brazo Norte. Quienes viven en otros asentamientos, tienen clases a distancia (online, a través de Skype) y un equipo de profesores viajeros que compensan la falta de educación formal presencial. Los más grandes van a la escuela en Puerto Argentino y viven en un alojamiento pupilo. Al igual que los estudiantes de la ciudad, los del camp que cumplen 16 años y quieren seguir estudiando tienen que hacerlo afuera: en Malvinas no hay institutos técnicos ni universidades, pero el gobierno local financia la educación superior en el Reino Unido.

La vida solitaria en el camp está sujeta a Figas, el servicio aéreo gubernamental que conecta Puerto Argentino con los asentamientos alejados. En esos aviones de ocho plazas van personas, correo y carga (incluidas, por ejemplo, las compras hechas online). Figas no tiene itinerarios fijos y los horarios y recorridos dependen de quién viaja y hacia dónde, y del clima. En el camp, con excepción de evacuaciones sanitarias, el aterrizaje de un Britten-Norman Islander suele ser una buena noticia.
Pasado y futuro
"Los isleños somos más que un conjunto de fechas y eventos históricos", reza un folleto del gobierno local. A pesar de que en Malvinas hay una identidad cultural fuerte y mucha afinidad con el Reino Unido, en Puerto Argentino y en el camp hay muchas referencias a la historia de las islas. El mástil del barco SS Great Britain ocupa un lugar preponderante en la costanera. Los nombres de los barcos de la Royal Navy que han custodiado las islas son parte ineludible del paisaje en la ciudad, al igual que los monumentos de la Primera Guerra Mundial y de la Guerra de Malvinas, la estatua de Margaret Thatcher o las placas en homenaje a las fuerzas británicas que combatieron en 1982. Los cementerios de Darwin y de San Carlos, donde están enterrados los soldados argentinos y británicos que murieron en 1982, también son referencias obligadas en el archipiélago.
A pesar de que insisten en señalar que la Guerra de Malvinas duró "solo" 74 días, ésta marcó un antes y un después en la vida de las islas
Cuando hacen mención al pasado, los isleños suelen hacer referencia a una "historia corta con períodos largos de tranquilidad interrumpidos por torbellinos de actividad compleja". A pesar de que insisten en señalar que la Guerra de Malvinas duró "solo" 74 días, el conflicto de 1982 marcó un antes y un después en la vida de las islas. Desde entonces, la relación con el gobierno argentino tuvo vaivenes, pero estuvo siempre marcada por la desconfianza.
En 2016, los gobiernos de la Argentina y del Reino Unido comenzaron un proceso de acercamiento y establecieron una relación más amistosa que en el pasado. Ese año, el entonces secretario de Relaciones Internacionales de la Cancillería, Carlos Foradori, y el ministro británico Alan Duncan firmaron un comunicado conjunto y acordaron, entre otras cosas, avanzar en negociaciones clave. Ambas partes expresaron su apoyo al proceso de identificación de los soldados argentinos enterrados en el cementerio de Darwin en tumbas con la inscripción Soldado argentino solo conocido por Dios.
El trabajo fue confiado al Comité Internacional de la Cruz Roja y al Equipo Argentino de Antropología Forense. En junio de 2017, un equipo de especialistas de varios países viajó a Malvinas, exhumó los cuerpos enterrados como NN, tomó muestras de ADN y luego las comparó con el banco de datos de familiares que tenían un soldado caído en Malvinas y sin identificar. El 26 marzo del año pasado fue un día histórico: muchos familiares de soldados identificados viajaron a las islas y estuvieron en la ceremonia de descubrimiento de las nuevas placas, con nombre y apellido. Este año, en un gesto inédito, el gobierno isleño invitó a los familiares de los soldados recientemente identificados, que viajaron el 13 de este mes y pudieron llorar y honrar a sus muertos en el cementerio de Darwin.
N. P. 

martes, 9 de abril de 2019

HISTORIAS DE MALVINAS,


Objetos que han vuelto de Malvinas
El fotógrafo Gonzalo Mainoldi propone, en su libro Posguerra, una reflexión sobre una herida que se mantiene abierta
Anónimos y rescatados por los mismos soldados que tiempo después volvieron a los campos de batalla como improvisados arqueólogos, cavaron la tierra con sus manos y movieron piedras para encontrarse con aquellos objetos que los acompañaron en la guerra y descansaron ahí por años. En silencio, esperando quizás el otro eslabón de la cadena para cerrar un círculo.
La trama de información que compone el libro Posguerra, del platense Gonzalo Mainoldi, en unos de sus capítulos -Fósil-, se basa en fotografías de objetos que han vuelto de las Islas Malvinas . Una camisa, la goma de una zapatilla, una carta, una lata, un cepillo dental. Todos, detalla el fotógrafo, son parte de una historia desconocida que, probablemente, nunca sabremos. "Pero juntos conforman un extenso mapa: dialogan, conviven como piezas de un rompecabezas llamado posguerra, que no tiene forma y es interminable porque fueron partícipes y testigos (mudos) de una guerra. Vieron hambre, dolor, alegría, tristeza, vida y muerte, y se ofrecen en su conjunto como un extenso disparador de memoria", escribe el autor.
Un tenedor con el escudo del Ejército argentino
Mascarilla que se utilizaba en las antiparras
"Cada objeto descansa en las casas de quienes fueron sus compañeros, pero, en su mayoría, son anónimos. No son de nadie, son de todos"
"Cada objeto tiene su historia porque cada uno es una historia particular".
"En una lata de salchichas oxidada, con su diseño casi intacto, se puede recorrer un largo viaje
"Algunos verán una zapatilla y otros un pie que no está", dice Mainoldi. Más sobre su proyecto: @posguerralibro (en Instagram y Facebook

Un telegrama al soldado Sagastume que dice: "Felices con tus noticias" 

jueves, 4 de abril de 2019

HISTORIAS DE MALVINAS,


Malvinas: la carta de una niña que cambió la vida de un soldado
"No entendés que estás en la guerra hasta que no oís una bomba", recuerda Verón
En medio de la guerra, una chica de 11 años le escribió a un combatiente; ese fue el germen de una amistad que aún perdura
VILLA CACIQUE, Buenos Aires.- El 21 de mayo de 1982 una carta le cambió la vida al soldado Daniel Verón. Estaba en una trinchera en Puerto Argentino, en las islas Malvinas , mientras las bombas inglesas destruían todo a su paso. "Si te daban a elegir entre comida y una carta, no había dudas, elegíamos la carta", recuerda. Las palabras de una niña de 11 años de un pueblo perdido de Buenos Aires le dieron esperanza y fuerzas para regresar con vida al continente. Treinta y siete años después son vecinos y mejores amigos.
"Hay muchas historias de Malvinas , pero ninguna como esta", dice Verón, de 56 años, mientras ceba un mate en su casa de Villa Cacique, en el Partido de Benito Juárez. A su lado está María Gabriela Suárez, nacida aquí, de 48 años. Es la autora de la carta y la responsable de que este excombatiente haya reconstruido su vida en este pueblo. María tenía 11 años cuando la maestra de Lengua de la Escuela N°19 le dio una tarea a todo el grado: escribir una carta para los soldados que estaban peleando una guerra que muchos en esta localidad no entendían.
"Recuerdo lo que veía en los noticieros: una fila de personas entregando cadenitas y joyas", rememora Suárez. Villa Cacique es un pequeño pueblo rodeado de cerros donde se respeta la siesta y la actividad se centra en la planta cementera. Los autos tienen sus llaves dentro, las bicicletas quedan en la vereda y los vecinos se cruzan en animada procesión a hacer las compras. Hoy tiene 5000 habitantes. Desde el correo de este pueblo se despachó una carta que le cambiaría la vida a un soldado a miles de kilómetros de distancia.
El 7 de abril de 1982, Verón fue convocado al Regimiento de Infantería Mecanizada 6 de la localidad bonaerense de Mercedes . "Tenés que irte, te están llamando", le dijo su padre cuando lo fue a visitar en la carpintería donde trabajaba en Merlo. Fueron pocas palabras, pero suficientes. Al día siguiente estaba en Campo de Mayo, a una hora y media de su casa. Estuvo tres días ahí. Su familia no tenía teléfono y cuando fueron a visitarlo, él se acababa de tomar el avión rumbo a las islas. "Mi madre me había llevado pan casero; no nos pudimos despedir", confiesa, con un nudo en la garganta.
María Gabriela Suárez, de 48 años, y Daniel Verón, de 56
El 13 de abril llegó a las Malvinas. Su posición estaba en el aeropuerto. Su trabajo era descargar las municiones que llegaban desde los aviones. "No entendés que estás en la guerra hasta que no escuchás una bomba", resume. Aquellos sonidos bélicos cruzan sus pensamientos. La artillería inglesa fue implacable y rutinaria. El 5 de mayo lo enviaron a una primera línea a cinco kilómetros de Puerto Argentino. Allí cavó su pozo y permaneció la mayor cantidad de su tiempo en las islas. "En 70 días me pude sacar una sola vez los borceguíes", señala. "En la guerra rezás para ver otra vez el amanecer", agrega.
Los recuerdos de la guerra lo llevan a aquellos días plomizos en donde siempre llovía, y el hambre se hacía sentir. "A la noche parecía estar viendo una película, el cielo se volvía anaranjado por las bengalas y el humo de las bombas", sostiene. Los Sea Harrier y Vulcan sobrevolaron sobre su cabeza más de una vez. En las islas, a medida que se acercaba el invierno, el clima se volvía más hostil. "En la trinchera estabas todo el tiempo mojado", afirma.
Las provisiones eran escasas. "Aprendimos a comer pato", dice. Todos los días iban a cazarlos. Un mediodía mientras desplumaba uno, vio pasar un Harrier y un misil Roland que lo alcanzó. "Vi cómo recorrió todo el cielo, era un día hermoso, soleado, y la explosión fue tremenda", sostiene.
El 21 de mayo, día de su cumpleaños, sus camaradas en Puerto Argentino lo esperaban para saludarlo y tomar una copa de leche caliente. Recuerda bien esa caminata. "Hablaba con Dios, le pedía por mi madre, que no sufriera por mí", dice. El furriel, soldado encargado de repartir el correo, lo vio al llegar. Le dio un telegrama de su familia que decía: "Feliz cumple, estamos bien". Este soldado percibió que Daniel quedó esperando algo más y le dio tres cartas "al soldado anónimo", como se conocían las escritas en las escuelas.
"La carta de María Gabriela me cambió mis días en la guerra", afirma. Escrita en una hoja rayada de carpeta, la niña le contaba que vivía en un pueblo chico, pero hermoso y que seguramente no conocería nunca las Malvinas. Al pie cerró con una frase que determinó la vida de Verón en la isla: "Todos los días rezo por ustedes".
"Me fortaleció, me dio ganas de volver", sostiene. A la noche, en su trinchera, junto a un candil le contestó. Aquella carta cruzó las heladas aguas, estuvo en Santa Cruz y de allí sobrevoló hasta llegar a la oficina de correos de Villa Cacique. Los padres de María fueron cautelosos, pero llamaron a su hija. "No podía creer que un soldado me hubiera contestado", rememora. En el pueblo, las noticias de la guerra llegaban a cuentagotas. Durante mucho tiempo, esa carta de Verón se mantuvo en secreto. "Tenían miedo", cuenta entre lágrimas María. La posibilidad de que ese lejano soldado no regresara con vida, era cierta.
Contención
El 14 de junio de 1982, Verón entregó su FAL y sus pertenencias a un Royal Marine. Entre ellas estaba la carta de María. La vuelta al continente fue dura. "No me querían llevar en tren porque no tenía dinero para el boleto", dice. Las palabras de aquella niña no lo dejaban dormir. La familia Tomasi, que vivían -y lo siguen haciendo- enfrente de la casa de María, sabían de la carta que había recibido. Ante el silencio familiar, decidieron involucrarse. Le escribieron una respuesta a Daniel ofreciéndole ayuda y la posibilidad de venir a Villa Cacique para conocer el pueblo y a la niña que le había escrito aquella carta inspiradora.
La Pascua de 1983 lo encontró a Daniel caminando por primera vez aquí. Llegó en tren a Tandil, y allí lo fue a buscar Oscar Tomasi. En Villa Cacique fue recibido como un héroe. La historia que comenzó en Puerto Argentino una helada mañana de mayo un año atrás, mientras leía una carta de una alumna de sexto grado, cerró al conocer a María y su familia. "Yo no podía creer que mi carta había llegado a Malvinas, todavía hoy es muy fuerte para mí", afirma ella.
"Corrí para verlo", recuerda María. Sus padres, que habían elegido la precaución, invitaron a dormir a su casa a Daniel. Todos esperaban su relato de lo vivido en las islas. Lo despertaron con un café con leche y un huevo de pascua. "Primero, sentí el alivio por poder agradecerle, y por haberme cambiado mi vida", aclara Daniel. A partir de esta visita, la relación con la familia Suárez, y especialmente con María, fue fluida. "En mi cumpleaños de 15, en mi casamiento, siempre estuvo Daniel", confiesa ella.
Desde aquel marzo de 1983 hasta 2006, Verón vivió en Merlo. Cuando se divorció, regresó donde sus pasos habían hallado contención. Se fue a vivir a Villa Cacique. Aquí formó una nueva familia, tiene cinco hijos. Hace tareas solidarias, es concejal y da charlas sobre Malvinas en las escuelas. María vive a menos de seis cuadras de su casa, está casada, tiene dos hijos y trabaja de cajera en un mercado, todos la conocen como "la nena de la carta" y se ven todos los días.
"Haber leído esa carta en la trinchera es lo mejor que me pasó en mi posguerra", reconoce Daniel.
El borrador de la primera misiva
La original fue incautada por los soldados ingleses

Villa Cacique, 22 de abril A los soldados de la patria.
Queridos soldados desde acá les hago llegar esta carta de agradecimiento por defender las islas Malvinas.
A mí me gustaría conocerlos, pero no puedo ir tan lejos.
Yo todas las noches rezo por ustedes, mi familia también reza.
Villa Cacique no es tan grande, pero es hermoso. Todo lo que veo por televisión me da pena y también alegría según lo que veo.
El grado 6° B de la escuela N°19 Luciano Fortabat les agradece lo que están haciendo.
Me despido cariñosamente y les deseo la mejor suerte para todos.
Un corazón argentino
María Gabriela Suárez

L. V. 

miércoles, 27 de marzo de 2019

HISTORIAS DE MALVINAS, HONRADOS POR SIEMPRE


No los hemos de olvidar
La identificación de los restos de numerosos soldados argentinos que yacen en las Malvinas es un paso adelante: nuestros héroes tienen nombre y apellido
Familiares de 90 soldados argentinos les rindieron un merecido homenaje en el cementerio de Darwin
El pasado 13 de marzo, en el marco del Plan Humanitario Malvinas, se concretó el segundo viaje al archipiélago de una delegación de familiares de soldados cuyos restos yacen en el cementerio de Darwin y que fueron recientemente identificados. Allí están enterrados 237 de los 649 argentinos que murieron en el conflicto de 1982.
En marzo del año pasado había viajado un primer contingente de familiares de 90 soldados cuyos restos ya habían sido reconocidos. Tanto en aquella oportunidad como en esta se sustituyeron las placas que decían "soldado argentino solo conocido por Dios" por las que indican los nombres de los héroes caídos. Hasta hoy hay 112 soldados identificados ; los dos últimos, a pocas horas de este último viaje.
Gracias a un acuerdo humanitario entre nuestro país y el Reino Unido, que sumó la participación del Comité Internacional de la Cruz Roja, se arribó al reconocimiento de los caídos y a las visitas a las que nos referimos en este editorial. Los detalles de la ceremonia y los preparativos previos se habían acordado diplomáticamente entre ambos países. La organización y los gastos del traslado estuvieron a cargo de la Corporación América, por iniciativa de su principal accionista, Eduardo Eurnekian.
Provenientes de distintos puntos del país, los familiares de los soldados identificados llegaron al cementerio para abrazar las cruces del lugar de descanso de sus seres queridos en emotivas escenas. Los adultos mayores incluso dispusieron de una silla para ubicarse al pie de las sepulturas. La ceremonia comprendió una misa a cargo del padre Ponciano Acosta, primo de uno de los caídos, junto con otro sacerdote católico y otro anglicano de la isla. Un gaitero escocés tocó una marcha fúnebre rindiendo honores a los caídos y el veterano de guerra Omar Tabárez interpretó el "Toque de silencio" con la misma trompeta que había usado en los días del conflicto y que recuperó recién en 2010 de manos de un soldado inglés.
Casi por definición, las guerras suelen ser consecuencia de conflictos latentes que en algún momento hacen eclosión superando las vías de una solución diplomática. A veces, aunque existan razones históricas, un conflicto armado es el corolario de una equivocada decisión sobre la forma o la oportunidad de iniciarlo, como en el caso de Malvinas .
A diferencia de las guerras civiles o las empeñadas por terrorismos ideológicos, en las que subsisten odios difíciles de superar, los enfrentamientos entre países por dominios territoriales cicatrizan más rápidamente. Desde esta visión, muchos califican las secuelas de la Guerra de Malvinas como una recomposición "romántica" entre los integrantes de los bandos enfrentados. A pesar de venir de una añosa disputa, no traían individualmente una carga de animadversión, sabiendo que estaban allí cumpliendo con su deber patriótico ante el doloroso enfrentamiento de las armas. Relatan los compatriotas sobrevivientes que ese espíritu se percibía incluso en el siempre difícil intercambio entre combatientes de los dos países al momento de la rendición. De hecho, a lo largo de los 37 años transcurridos, se han conocido muchos episodios de reencuentros o de acercamientos entre soldados de ambos bandos que de alguna forma superaron aquel espíritu de batalla. Incluso ha habido valiosos reconocimientos a la valentía y capacidad del oponente.
El inglés Geoffrey Cardoso fue responsable del diseño del cementerio de Darwin y quien enterró allí a los soldados argentinos en 1982, junto a Julio Aro, veterano argentino y titular de la ONG No Me Olvides. Esta entidad, que está integrada por madres de caídos en la Guerra de Malvinas, veteranos de guerra y civiles, fue impulsora de las visitas.
El gobierno de las islas autorizó el despliegue de la bandera argentina en un gesto de respeto hacia el dolor por los argentinos caídos. Los habitantes de las islas incluso convidaron café y acompañaron a los argentinos que visitaban en sentidas circunstancias aquellas tierras.
Durante años se había hecho muy poco o nada para que los soldados argentinos enterrados dejaran de ser NN. Para algunos era beneficioso que no se identificaran aquellas muertes intentando asimilarlas con otras resultantes de la violencia de nuestro triste pasado. En esta nueva instancia, hasta los propios familiares de los caídos supieron valorar que, más allá de los errores y responsabilidades que se endilgan a quienes estaban al mando militar, deben reconocerse el valor y los méritos de quienes combatieron en el territorio insular. Ellos merecen nuestro más cálido homenaje y el respeto de toda la ciudadanía. Celebramos que el número de identificaciones continúe en aumento, para llevar paz a las familias que los vieron partir. Nuestros héroes de Malvinas claramente tienen nombre y apellido.

martes, 26 de marzo de 2019

HISTORIAS DE MALVINAS,


El conmovedor testimonio de una gran periodista en Malvinas
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Un artículo de la periodista Gabriela Cociffi que revive el emotivo homenaje rendido a 90 caídos de Malvinas de parte de sus familias.

El sol brilla y el viento de las Islas Malvinas parece haber disminuido su fuerza solo para las familias que ahora rezan y lloran frente a las cruces blancas en el cementerio de Darwin.
“Hijo, te encontré, hijo, te encontré”, dice conmovida Laura Fedele mientras acaricia la placa con el nombre de su hijo, Miguel Ángel Arrascaeta. Hasta hace solo unas semanas, Miguel Ángel era un soldado argentino solo conocido por Dios.
Fedele es una de los 214 familiares que viajaron hoy a las islas para homenajear a los 90 soldados identificados.
El viaje fue organizado por la Secretaría de Derechos Humanos, a cargo de Claudio Avruj, y fue fundamental el apoyo del empresario Eduardo Eurnekian, presidente de Corporación América, que financió y organizó el viaje, que incluyó el alquiler de los dos aviones de Andes para que la delegación volara directamente desde Ezeiza a Mount Pleasant en la madrugada del lunes 26.
“Ahora sé dónde está, pude hablar con él. Lo sentí cerca. Se me sale el corazón del cuerpo de la emoción, pero me da paz saber dónde está Daniel”, conmueve con su testimonio Dalal Massad, madre de Daniel Massad, mientras su esposo, Said, se arrodilla y reza ante la tumba de su hijo, caído el 11 de junio en la cruenta batalla de Monte Longdon.
“Le dije: ‘No sabés todo lo que pasó en estos 35 años, no sabés cuánto te extrañamos. Tu madrina y tu abuela te siguieron al poco tiempo que te fuiste, se ve que no querían estar sin vos. Cuidá a tus hermanas. ¿Sabés una cosa, Dani? Tu cuarto está intacto, tu pelota de fútbol, pero me han sacado cosas de tu ropa, porque todos querían llevarse algo tuyo para tener cerca”. Ese fue el conmovedor diálogo que Dalal mantuvo ante el lugar en que yace su hijo.
Por su parte, Geoffrey Cardozo, el coronel británico que tuvo la difícil tarea de recoger los cuerpos de los campos de batalla y darles digna sepultura en 1983, afirmó: “Estas familias esperaron 36 años para encontrar a sus hijos. Hay mucha angustia contenida pero también mucha emoción. Yo siento que estamos viviendo un milagro”. El trabajo de Cardozo fue clave en la identificación de los cuerpos.
Cardozo cuidó a cada soldado “como si fuera mi propio hijo”. Los envolvió con una sabana y les puso dos bolsas mortuorias de plástico, en las que anotó cada dato del combatiente que no había podido identificar.
Por último, los colocó en un ataúd, y sobre la tapa volvió a escribir las precisiones: dónde había sido encontrado, qué pertenencias tenía, qué datos físicos podía rescatar. “Lo hice con honor y respeto por si algún día quería identificarlos”.
Malvinas estuvo presente siempre, en cada recuerdo, en cada persona que viajó.. El primer vuelo 682 partió 3:50. Media hora más tarde despegó el otro avión, vuelo 684. “Me siento honrado de llevarlos al destino de Malvinas en este viaje humanitario”, sostuvo el comandante Hugo Pascual antes del despegue. Lo que no dijo Pascual es la emoción que sentía al volver a Malvinas, ya que durante la guerra había volado tracker. Otro de los pilotos, Rafael Cornejo Sola, también había volado esas mismas
naves.
En el primer avión viajó Roberto Curilovic, gerente de desarrollo de negocios de Aeropuertos Argentina 2000 y ex piloto de Super Étendard durante la guerra. El 25 de mayo de 1982 su escuadrón hundió el Atlantic Conveyor. “Viajo como organizador, pero este día en Malvinas para mí tiene un significado muy especial por haber combatido en la guerra”.
La aeronave tenía el apoyacabezas con la silueta de las Islas Malvinas y una fecha histórica, el 26 de marzo de 2018. También en los bolsillos había un pequeño folleto que contaba el proceso de identificación. A las 4:20 se sirvió un desayuno, y luego se apagaron las luces. Pero nadie pudo dormir.
“Yo creía que a mi hijo lo había pulverizado una bomba en Monte Longdon, que su sangre derramada estaba allí. Cuando iba a Darwin elegía una cruz y rezaba en ella, pero pensando que él no estaba ahí. Después supe que su cuerpo estaba. Y que cuando lo encontraron en Monte Longdon, ahí tirado, alguien lo tapó con una campera. Y sentí alivio, ¿sabés? Porque yo siempre lo tapaba cuando se iba a acostar, le cubría los pies para que no tuviera frío. Y después me dijeron que Eduardo estaba entero, y hasta le encontraron el registro de conducir en el bolsillo de su uniforme. Sentí paz. Y ahora sé dónde está mi hijo”, se emociona María del Carmen Penon de Araujo.
Otro notable impulsor de la causa por la identidad, Julio Aro, recuerda que fue “cinco veces a Malvinas, pero este es el viaje que siempre esperé”.
“Esto no sé si es real o lo estoy soñando. Movimos al mundo entero para que hoy estas familias puedan tener la respuesta que tanto esperaron”, se conmueve Aro. Con 19 años le tocó llegar a Malvinas con el regimiento 6 de Mercedes que peleó en Dos Hermanas, Longdon y Puerto Argentino. Y en la batalla final le tocó enterrar a Aguilar y Ochoa, sus compañeros de trinchera, los que estaban en el pozo más cercano. Cuando en 2008 volvió a las islas para cerrar su historia, fue a buscarlos a Darwin y no los encontró.
A partir de ese instante, sintió que tenía una misión: encontrar a sus hermanos de la guerra que descansaban bajo la placa Soldado Argentino Solo Conocido por Dios.
Y lo hizo con la ayuda de esta periodista de Infobae, Geoffrey Cardozo y hasta el mismo Roger Waters, quien intervino dándole voz y compromiso a una causa que había estado silenciada por años. Los tres primeros viajamos a las islas invitados por las familias, pero Waters no pudo ir porque debía estar en Londres para comenzar su tour mundial.
El ex líder de Pink Floyd envió un video a las madrescon un mensaje tan emotivo que lo lleva a las lágrimas: “Lo que más desearía es estar allí con ustedes. Cuando dejen una flor o recen en la tumba de sus amados hijos sepan que mi corazón y espíritu está allí en las islas a su lado”.
Lágrimas hubo en Malvinas hoy. Muchas. Madres que con sus piernas débiles y sus espaldas ya encorvadas se arrodillaban sobre las piedras del cementerio para besar el nombre de sus hijos. Hermanas que, como Ana Monzón, se preguntaban mirando al cielo: “¿Por qué tuviste que quedarte tan lejos si vos eras quien me cuidabas cuando era chiquita?”. El sol acariciaba en las islas. “Son ellos quenos iluminan”, lanzó Sonia Carcamo, mamá de José Honorio Ortega.
Nélida Echave, madre de Horacio, muerto en la batalla final, deja su bastón para caminar hasta la tumba de su hijo. Llora sin consuelo: “Yo lo seguía esperando porque nadie me había dicho dónde estaba. Pero ahora ya sé. Está acá y siento una mezcla de angustia y tranquilidad. Ya no tengo que buscarlo”.
De pronto la gaita de la Guardia Escocesa hace sonar sus largas y tristes notas en la soledad de Darwin. Las familias se acercan al gran muro donde están los nombres de los 649 muertos en la guerra. Es la primera vez que dejan, aunque ses solo por un instante, las cruces que abrazan desde hace más de una hora.
“Recemos por aquellos que perdieron la vida en el conflicto del Atlántico Sur. Por los 649 militares argentinos, los 255 militares británicos y los tres isleños”.
La voz de monseñor Enrique Eguía Seguí inicia la ceremonia religiosa. El padre John Wisdom y el reverendo Mercer dicen las intenciones en inglés. “Recemos por todos aquellos que aún sufren las consecuencias dolorosas de la guerra. Oremos especialmente por aquellos que visitan el cementerio hoy, que Dios Todopoderoso pueda consolarlos y enjugar sus lágrimas”.
“Te lo pedimos, Señor”, elevan las voces quebradas por las lágrimas los 214 familiares que, junto a la tumba de su ser amado, siguen con emoción la ceremonia.
Ocho soldados de la Guardia Escocesa, incluido un gaitero y los soldados de la British Force South Atlantic Islands (BFSAI) mantienen sus armas en posición de honor y respeto.
“Pidamos ser constructores de la paz entre los pueblos y trabajar por una cultura del encuentro, sin divisiones, odios y guerras”, cerró la plegaria el sacerdote. Luego se ofreció la comunión en un clima de silencio absoluto y recogimiento. Se leyó la Liturgia de la Palabra (lectura del Santo Evangelio según San Juan).
“Es mi primera vez en Malvinas -dice Claudio Avruj- y me siento muy conmovido. Este trabajo que me tocó es el más maravilloso de mi vida. Frente a las imágenes de desolación de las islas, va a perdurar en mí la imagen del cementerio colmado y al que hoy se llenó de vida. El Estado ha saldado una deuda de indiferencia con los combatientes y con sus familias después de 35 años”.
Antes de abandonar el cementerio, Geoffrey Cardozo depositó debajo de la gran cruz una Rosa por la Paz, confeccionada por el orfebre Juan Carlos Pallarols. María Fernanda Araujo, presidenta de la Comisión de Familiares, ofrendó una corona de rosas blancas de tela, ya que no pueden cultivarse en la isla ni está permitido ingresar material orgánico.
También se le entregó al comandante de las fuerzas británicas una rosa para que sea llevada al cementerio de San Carlos donde descansan 14 de los 255 soldados británicos caídos en el conflicto.
“Creí que iba a venir al entierro de mi hijo y fue como un renacer. Él volvió a estar presente como la última vez que le di un beso cuando se fue a Malvinas”, abraza la cruz Amanda Balvidares.
En el cierre se hace una foto final con todas las familias: “¡Por los chicos!”, gritan. “Viva la patria”, agregan. Y hay aplausos para el coronel inglés que hizo el cementerio. “Queremos besarle las manos porque él fue el último que tocó a nuestros hijos”, confiesan las mamás. “Y nos trajo paz porque ahora sabemos que los cuidó y los trató con amor”.
Ya es hora de dejar Darwin. Solo se escucha el roce de las piedras en los pasos lentos de las familias que no quieren abandonar el camposanto. “Adiós, hijo, quiero volver pronto a verte. Saber el lugar donde estás me trajo paz”, dice Sonia, mama de Jose Ortega, y besa la cruz con amor infinito. El viento empieza a soplar fuerte otra vez en Darwin.

sábado, 23 de marzo de 2019

HISTORIAS DE MALVINAS,


Un casco inglés manchado de sangre y la nobleza de un militar argentino que no descansó hasta encontrar a la familia de su antiguo enemigo para devolverlo Diego Arreseigor era teniente en Malvinas. Quedó prisionero y tuvo que levantar las minas de los campos. Allí halló el casco de un inglés. Lo guardó durante 37 años como trofeo de guerra, hasta que supo que su dueño había muerto en la batalla de Monte Longdon. Este es el conmovedor encuentro con la hermana del caído

Por Gaby Cociffi
La sangre del soldado británico es una mancha oscura y perenne en el casco de guerra. Un nombre, en grandes letras de imprenta, está escrito con tinta azul en su interior. A.Shaw, dice. El coronel Diego Carlos Arreseigor lo tiene entre sus manos. Aunque lo intenta, no puede contener las lágrimas que invaden sus ojos.
Entonces levanta ese objeto de guerra como si fuese un frágil tesoro y se lo muestra a la mujer que frente a una computadora, del otro lado del océano en el Reino Unido, lo mira asombrada y comienza a llorar.
Ella es Susan Fleming, la hermana del ingeniero mecánico Alexander Shaw del Regimiento de Paracaidistas 3, muerto unas horas antes del fin de la guerra, el 13 de junio de 1982, en Monte Longdon. Su sangre es la que tiñe ese casco.
"Este es el casco de tu hermano, voy a viajar a Inglaterra para entregártelo. Siento un deber moral de devolverlo a tu familia. Y para mí será un honor", se emociona quien era un joven teniente de la Compañía 10 de Ingenieros frente a la hermana de su antiguo enemigo.
Es la primera vez que están frente a frente. Pero algo los une a pesar de la distancia y del idioma: ambos están sanando las heridas que les dejó la guerra.
"Recuperar ese casco significa mucho para mí. Yo tenía 15 años cuando Alex murió. Él era mi único hermano, mi querido hermano mayor. Ese casco es lo último que él usó antes de que lo mataran. Tenerlo conmigo me hará sentir que una parte de él regresó a casa", se conmueve la mujer desde su hogar en la ciudad de Corby, 116 kilómetros al norte de Londres.
El coronel y el casco de Alex Shaw (Santiago Saferstein)
Pero esta historia comenzó hace muchos años. Casi 37 años antes.
Al finalizar la guerra, el 14 de junio de 1982, los comandantes británicos hicieron una reunión con los oficiales ingenieros argentinos para pedir que entregaran los informes de los campos minados.
Diego Arreseigor, junto a otros 30 oficiales, quedó prisionero durante un mes en las islas. "Nos hicieron trabajar levantando las minas de los campos hasta que hubo tres accidentes: dos ingleses y un argentino perdieron las piernas. A partir de ahí nos dijeron de alambrar los sectores y marcar las zonas de peligro", explica el militar.
Malvinas 1982: Diego Carlos Arreseigor en su refugio en Monte Longdon
Recuerda con exactitud el día que encontró el casco. Una mañana, mientras recogía las minas en la Isla Soledad, encontró un puesto inglés de asistencia a los heridos donde había diferentes equipos diseminados. Allí, abandonado entre las rocas y la turba, halló el casco manchado de sangre.
"Con mis 23 años lo tomé y lo escondí en mi campera. Estaba tan flaco que nadie lo notó", rememora.
"Durante 37 años lo guardé como un botín de guerra. Cada tanto lo sacaba y lo mostraba, para que otros vean que dentro del dolor de la derrota no había sido tan fácil para los ingleses: 'Acá está la muestra, hicimos algo, nos derrotaron pero les costó'", dice el soldado que pasó el conflicto bélico en Monte Longdon y Wireless Ridge.
El joven teniente colocando minas en una de las playas de las islas
Pero un día Diego Arreseigor abrió ese cajón donde guardaba el casco, leyó como tantas veces el nombre del soldado inglés escrito en las correas interiores, y por primera vez en años sintió la necesidad de saber quién era Shaw.
Lo buscó en internet. La foto de un joven que sonreía apoyado en la baranda de un barco, el pelo revuelto por el viento, lo conmocionó. Esa sangre ahora tenía un rostro.
Al poco tiempo descubrió que Alexander Shaw había muerto el último día de la guerra, víctima de la artillería de mortero argentina. Encontró, además, el relato de un compañero de los PARA 3 que contaba cómo había sido su instante final. "También decía que Shaw tenía 25 años y un hijo que se llamaba Craig, de solo tres años cuando él cayó en la guerra", dice conmovido.
Alexander Shaw, era mecánico electricista de los PARA 3. Murió el 13 de junio de 1982, tenía 25 años y un hijo de 3 años llamado Craig
El casco, entonces, dejó de ser un trofeo de guerra. "Sentí que el destinatario era el hijo y empecé a buscarlo. Lo hice en forma particular, quería llegar persona a persona, pero no pude dar con la familia", recuerda.
Le pidió a varios amigos que viajaron a Londres que lo ayudaran. No tuvo suerte. Buscó a la familia en las guías telefónicas. El apellido Shaw era muy popular y no logró hallarla."No quiero morirme teniendo este casco", se dijo.
Una tarde, frente al coronel Jorge Zanela -jefe del departamento de Veteranos de Guerra del Ejército- contó la historia. "Gracias a su gestión pude encontrar a la hermana de Shaw e inmediatamente me puse en contacto con ella. Entonces lo decidí: voy a viajar a Inglaterra en los primeros días de abril para devolverle el casco de Alexander. También quiero visitar el cementerio donde descansan los restos del soldado inglés y dejar una flor en su tumba", cuenta con emoción.
La tumba de Alex Shaw en el cementerio de Corby
"Me conmovió mucho saber cómo había muerto Shaw, cuando faltaban solo unas horas para el cese el fuego, en el instante final de la guerra. Había ido a reparar un mortero y llegó al infierno de Longdon. Me conmovió también ver la emoción de Susan al enterarse de que existía una pertenencia de su hermano en la guerra… Sentí el deber moral, como militar y persona, de viajar para llevarle el casco", cuenta
"Es muy importante esto que hacés por mí", le dice Susan atravesando los 12.000 kilómetros de distancia en solo segundos desde esa imagen que arroja el Skype.
"También es importante para mí. Me sirve para cerrar una etapa muy dolorosa de mi vida", responde Diego.
El joven soldado inglés había escrito su nombre en el interior del casco
Y cuenta casi como en una confesión: "En estos últimos años me ha costado mucho dormir. Volver derrotado de una guerra es muy duro. Tuve que guardar todo ese sufrimiento en un cajón bajo muchos candados".
—¿Ya pudo abrir esos candados?,
—Estoy cerrando una herida grande, sanando esa tristeza de la derrota, borrando esos sentimientos de dolor que generan todas las cosas que vi en la guerra. Hoy ya no me hace mal hablar de lo que viví. Lo siento como un alivio, como una descarga. Puedo ver la guerra desde otro punto. El tiempo cura.
Pero revela que ese proceso no fue fácil, que le llevó muchos años superar ese sentimiento de derrota. "Ver el descrédito hacia todo lo que era Malvinas, ver que se aprovechaba de una causa nacional para meter ideologías y diferencias, era doloroso. Nos dividieron a los soldados de los militares. Y todos pasamos la misma guerra, nos tiraron las mismas bombas, sufrimos el mismo hambre y el mismo frío… Es una enorme ingratitud: el mayor porcentaje de muertos en Ejército es de oficiales".
Arreseigor (centro) junto a sus soldados: “Mi único consuelo es que volvieron todos los hombres de mi sección”, dice
Diego Arreseigor no solo tuvo que levantar minas cuando la guerra terminó. También le tocó recoger los cuerpos de algunos soldados argentinos diseminados en los campos de batalla. "Un día no nos tocó ir a desminar, y pedimos recoger a nuestros compañeros para enterrarlos. Nos llevaron en un helicóptero. Al final de ese día los enterramos en una misma fosa en Puerto Argentino. Solo uno de ellos estaba identificado. Fueron los primeros soldados argentinos solo conocidos por Dios", recuerda con dolor.
Sabe que las esquirlas de la guerra también lastimaron a su familia: "Para mis padres y mis tres hermanas que yo fuera al frente de batalla fue algo muy duro, difícil de aceptar".
El teniente Arreseigor dentro del gigantesco cráter formado por las bombas lanzadas por la aviación británica
Cuando el conflicto bélico había terminado, cuando las informaciones que llegaban al continente eran confusas, alguien se acercó a la casa de sus padres para decirle que Diego no aparecía, que seguro estaba muerto.
"Tengo muy presente a mi padre y pienso lo que debe haber sido para él pensar que yo estaba muerto… Y el tipo se calló, no le dijo nada a mi madre durante días, hasta que un compañero al que yo le había dado mi número de teléfono llegó a Buenos Aires y los llamó. 'Diego está bien, quedó prisionero de los ingleses para levantar las minas', les dijo. Y mi papá se sintió feliz: no era grave que tuviera que caminar por los campos minados, su hijo estaba vivo".
De regreso a casa: en el barco que los trajo hasta Madryn, el 15 de julio de 1982
—Si le digo Malvinas, ¿qué siente?
—Malvinas es lo más trascendente que me pasó en la vida como militar y persona. Es lo máximo que pude vivir. Pero volver derrotado fue muy duro.
—¿Cuántas veces Malvinas lo hizo llorar?
—El primer año sobre todo… Cuando se iban cumpliendo aniversarios de cada cosa vivida: acá nos ametrallaron, acá murió tal compañero, acá quedó otro herido, acá nos bombardearon…Vas reviviendo todo y es muy difícil. Después, lloré alguna vez más. Pero con el tiempo me endurecí. Y guardé todo bajo esos candados.
Sin embargo el coronel deja escapar ahora una lágrima. "Todo esto me sacude, reviso un montón de cosas que viví allá, que sufrí y te quedan adentro. El único consuelo que traje de Malvinas es que, a pesar de haber estado en la unidad que más bajas tuvo, de mi Sección volvieron todos: los 40 soldados y los 5 oficiales".
Susan Fleming (centro) en el homenaje que le hicieron a su hermano en la Lodge Park Academy, en la ciudad de Corby, donde estudió
Del otro lado de la pantalla, Susan saca un pequeño pañuelo blanco y seca sus lágrimas. De este lado, el coronel acaricia el casco que guardó durante más de tres décadas.
"Muchas gracias. Estoy muy emocionada. No puedo agradecerle a Diego lo suficiente por regresarme el casco de mi hermano. Será un tesoro para toda la vida para mí, para mis hijos y para mis nietos", se despide la hermana del caído inglés.
Diego Arreseigor deja una promesa: "Si Dios quiere voy a viajar muy pronto. Para mí es un honor poder llevarte las pertenencias de tu hermano".
“Para mí será un honor devolver el casco a la familia del soldado inglés”
Cuando la cámara se apaga, cuando ya Susan no puede escucharlo, con la voz quebrada dice: "No encontraba cómo desahogarme, cómo contar el sufrimiento de la guerra. Esto me sirve para sanar. Me vuelven recuerdos, momentos vividos, amigos que ya no están. Este gesto de entregarle el casco de su hermano quizás sea para todos la forma de cerrar un camino de dolor, una herida que hemos tenido abierta durante muchos años".