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domingo, 2 de junio de 2024

Juana de Arco


Qué hizo Juana de Arco para cambiar el rumbo de la Guerra de los 100 años y la suerte de Francia
Decía que su misión era expulsar a los ingleses y propiciar la coronación de Carlos VII; fue herida varias veces en combates pero logró recuperarse
Juana, en realidad, no empuñaba una espada sino un estandarte
Para cuando llegó a su adolescencia, el futuro de Juana estaba decidido: su familia había elegido a un muchacho para que se casase con ella. Pero el matrimonio no era exactamente lo que esta joven de 17 años, devota pero rebelde, hija de una familia campesina de ingresos modestos, y habilidosa en el arte del hilado y la costura, tenía en mente.
Las voces divinas que venía escuchando desde los 13 años, dijo, le habían conferido una misión más importante: expulsar a los ingleses de Francia y propiciar la coronación del heredero legítimo al trono, Carlos VII.
Tal como lo había vaticinado, su profecía se cumplió punto por punto: tras presentarse ante el futuro rey con el pelo corto y vestida de hombre, y convencerlo de que la dejara ir a Orleans, la joven logró en mayo de 1429 y en cuestión de cuatro días, levantar el sitio a la ciudad asediada durante seis meses.
Juana siguió avanzando. Las victorias que obtuvo a continuación cambiaron el rumbo de la Guerra de los 100 años entre Francia e Inglaterra en favor de Francia, abrieron el camino para reunificar al país e hicieron posible la coronación del Carlos VII en Reims, un evento tanto político como religioso que asentó su poder como soberano de Francia.
Todos estos logros y victorias se sucedieron en cuestión de meses. Pero poco tiempo después, Juana la doncella, como se hacía llamar, fue capturada por los la facción francesa opuesta a Carlos VII, vendida a los ingleses, enjuiciada por la Iglesia, condenada por herejía, e incinerada en la hoguera.
Es una historia extraordinaria, breve y difícil de comprender. ¿Era Juana realmente una visionaria? ¿Estaba completamente loca? ¿Cómo pudo siendo mujer, casi una niña en realidad, sin conocimiento militar o político alguno, analfabeta y campesina, jugar un papel tan determinante en la historia de Francia?
Fuerza inspiradora
Desde un punto de vista meramente técnico, hay que tomar en cuenta que pasaron dos meses desde que Juana le comunicó su visión al delfín Carlos —el título nobiliario que se usaba en Francia para designar a los príncipes herederos al trono que fuesen hijos legítimos del monarca reinante— hasta que fue enviada a Orleans.
Juana fue herida varias veces, pero logró recuperarse.
“Durante el primer mes, teólogos la examinaron para tratar de decidir si sus afirmaciones de que era una enviada de Dios eran ciertas”, le explica a BBC Mundo Helen Castor, historiadora y autora de la elogiada biografía “Juana de Arco: una historia”.
También verificaron, según detallan documentos históricos, su condición de virgen. “Pero el segundo mes, mientras le preparaban su armadura, Juana recibió entrenamiento básico para aprender a montar un caballo de guerra y a portar armas en la batalla”, dice. “Aunque de hecho”, aclara, “nunca luchó. En vez de un hacha o una espada, ella cargaba un estandarte”
Sin embargo, lo que resultó clave para revertir la situación fue “la fe, el propósito y la profunda convicción de que si ella dirigía a las tropas contra los ingleses en Orleans, Dios estaría de su lado y ganarían la batalla”.
Para ese entonces, Francia estaba sumida en una sangrienta guerra civil de años entre los Armagnac y los Burguiñones (dos facciones de la familia real ), a la vez que enfrentada con Inglaterra, que tenía pretensiones al trono de Francia.
Hoy día pueden verse numerosas representaciones de Juana en toda Francia.
Dividida, empobrecida, habiendo perdido territorio y con un ejército inadecuado y desmoralizado, lo que Francia necesitaba realmente era un “milagro” para salir del estancamiento en el que se encontraba. Y eso fue, precisamente, lo que ofrecía la carismática y convencida joven de Domrémy.
“Juana fue pueblo por pueblo y reunió a pequeños grupos (de hombres) a quienes inspiró en momentos en que Francia era un desorden”, le dice a BBC Mundo Linda Seidel, profesora emérita del Departamento de Historia del Arte de la Universidad de Chicago, en Estados Unidos, y autora del ensayo “Changing images of Joan of Arc”.
“Ella tenía sentido común y la gente creía en ella, que insistía en lo que le habían dicho las voces que escuchaba. Brindó liderazgo moral (...) y a veces es esa persistencia e insistencia la que infunde en otros compromiso y coraje”, agrega.
“La ciudad de Orleans quería creerle, los hombres bajo su mando querían creerle. Juana convenció a suficientes personas y, quienes no estaban tan convencidos, pensaron simplemente que, en una situación como la que se encontraban, valía la pena probar”, dice por su parte Castor.
Juana resultó una líder excepcional, en un momento excepcional, que transformó a pura fuerza de convicción el entorno que la rodeaba.
Las voces
Juana aseguró desde un principio que sus acciones estaban dictadas por las voces de San Miguel, Santa Catalina y Santa Margarita. Hoy día, este detalle de la historia puede —y con razón— generar escepticismo.
La joven decía que escuchaba las voces de San Miguel, Santa Catalina y Santa Margarita desde los 13 años.
Diferentes autores han propuesto que Juana sufría de esquizofrenia, epilepsia o tuberculosis bovina.
Por una lado, apunta Castor, a más de 500 años de los hechos, es casi imposible determinar si padecía una de estas enfermedades, además de que los registros muestran que “era físicamente y psicológicamente fuerte, no parecía tener mala salud, ni haber sufrido ataques o momentos de confusión”.
Y, por otro, esta opción no resulta en su opinión relevante ya que, en esa época, no era raro que la gente tuviese visiones o recibiera mensajes de Dios. Seidel coincide: “Si bien era excepcional escuchar voces, era ciertamente una parte aceptada de la espiritualidad”.
“Hubo grandes líderes espirituales mujeres como Santa Teresa de Ávila en Italia, Santa Hildegarda de Bingen (en Alemania), y un número de místicas mujeres que escucharon voces que las llevaron a triunfar y a ganar la admiración (de la gente)”, añade. Lo interesante, señala la académica, es que uno de lo los Santos que inspira a Juana es Miguel, “un santo militar, que lidera al ejército hacia la victoria en el final de los tiempos”.
Según Castor, algo que hace diferente a las voces que escucha Juana, es que “ella dice que Dios quiere que sea ella misma la que luche. Normalmente, los visionarios traían mensajes de Dios para los reyes o políticos, pero eran estos últimos quienes tenían que implementar las órdenes”.
Es más, cuando Juana fue llevada a juicio por la Iglesia, el proceso se centró —además de en sus vestimentas de hombre—, en el origen de sus visiones. No se trataba de entender si Juana había o no escuchado voces, sino de dilucidar su procedencia: o eran del paraíso, o eran un mensaje del demonio, tal y como finalmente determinó la autoridad eclesiástica.
Calcinada en la hoguera
Respetada, creída y seguida por el rey y sus discípulos, la suerte de Juana dio un giro brusco poco tiempo después. En mayo de 1430 fue capturada por soldados franceses aliados a Inglaterra, vendida a los ingleses y condenada por herejía a la hoguera, en la que murió calcinada.
“Todo su cuerpo quedó hecho cenizas, no quedó nada”, explica Seidel. “Los ingleses querían que no quedase ninguna señal de ella, ninguna reliquia que pudiera ser rescatada y que pudiese inspirar un movimiento religioso en su nombre”.
Juana fue quemada en la hoguera el 30 de mayo de 1431
¿Intentó el rey Carlos VII interceder en su favor, salvar a la joven que tanto lo ayudó a acceder a la corona?
En absoluto. “El silencio fue su respuesta”, señala Castor. “Si tu crees que Dios está de tu lado, cada vez que algo te sale bien, eso es, claramente, porque Dios lo quiso así. Pero si algo sale mal, tienes que buscar otra explicación. Si eres Carlos VII y ella te llevó a tu coronación, es porque Dios quiere que seas rey, pero si él permite que capturen a Juana es porque Dios te sigue apoyando como rey, pero ya no quiere apoyar a Juana. Por eso la explicación radica en la propia Juana”, dice la autora.
Eso añade, fue exactamente lo que hizo Carlos: escribió una carta pública diciendo que Juana se había vuelto demasiado arrogante, orgullosa y había dejado de escuchar al rey, por eso había sido capturada y ya no contaba con el apoyo de Dios.
Heroína populista
Tuvo que pasar cerca de un cuarto de siglo para que la atención volviese a recaer en Juana y se reevaluara el juicio, se lo anulara y se la declarara inocente de la acusación de herejía. La moción no fue para reivindicar el nombre de la joven que tanto había dado por el país, sino para mejorar el récord del rey.
Finalmente, fue canonizada en 1920 en la basílica de San Pedro en Roma
25 años después de la muerte de la doncella, Francia había salido victoriosa, el reino estaba reunificado bajo Carlos VII, las cortes florecían, el arte y la poesía habían recuperado sus signos vitales.
“La única sombra en el récord del rey era esa niña que aparecía junto a él en la coronación, que aún era, de acuerdo al veredicto oficial de la iglesia de Francia, una hereje”, le dice a BBC Mundo Helen Castor. Esto fue lo que propició una nueva investigación que condujo a su absolución.
“La reexaminación no determinó que haya sido una santa, simplemente estableció que el juicio no se había hecho de forma correcta, que había estado políticamente motivado por los ingleses y que había llegado a una conclusión errónea: Juana no era hereje. Después de que se revirtió el veredicto, la idea de Carlos VII era pasar página y que todos se olvidaran de ella. Pero ese plan no le salió como esperaba”, dice Castor risueña acerca de la joven que fue finalmente beatificada en 1909, santificada en 1920, y que se convirtió en una de las heroínas más populares de la historia, y emblema de múltiples y variadas causas.
Para Seidel, la historia de Juana es una ligada al populismo. “Es difícil imaginar cómo esta pobre niña descalza y del campo pudo, vestida con una armadura, liderar al ejército francés, pero también vivimos en una era en la que somos conscientes del poder del populismo”, asegura Seidel. “Y si inspiras a la gente, puedes realmente hacerla trabajar en equipo y lograr cosas. Y ella parece haberlo logrado”.

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jueves, 15 de febrero de 2024

JUANA DE ARCO







Juana de Arco, como nunca: fea, corpulenta, víctima del maltrato de su padre y mujer de acción
"La Pasión de Juana de Arco" del director de cine danés Carl Theodor Dreyer
Cuando parecería que todo está dicho y hecho sobre Juana, la novela histórica de Katherine J. Chen da una sorprendente vuelta de tuerca al personaje y reescribe la historia de la heroína y santa francesa usan su propia experiencia de abusos
Jacinto Antón
Juana de Arco, la histórica heroína francesa abrasada por herejía en la hoguera en Ruan en 1431 (la quemaron tres veces, para que no quedara duda, ni restos que pudieran servir de recordatorio, en la segunda explotaron la caja craneal y la cavidad abdominal y algunos trozos salpicaron a los espectadores, según los testigos), ha tenido multitud de representaciones en el arte, la literatura, el teatro o el cine. Pensar en ella evoca, entre otras muchas imágenes, la de la resplandeciente, triunfal estatua ecuestre dorada de la plaza des Pyramids de París; el rostro ascético y atormentado de Renée Jeanne Falconetti en La pasión de Juana de Arco de Carl Theodor Dreyer (1928), el de Ingrid Bergman (por duplicado: en Joan of Arc, de Victor Fleming, de 1948, y Juana en la hoguera, de Rossellini, de 1954), el de Florence Delay (Procès de Jeanne d’Arc, de Robert Bresson, 1962), el de una jovencísima Jean Seberg (Santa Juana, de Otto Preminger, 1957) o los muy carnales rostro y cuerpo de Milla Jovovich en el filme de Luc Besson de 1999, donde la actriz mostraba lo sensual que puede ser vestir armadura.
Milla Jovovich en "Juana de Arco" (1999), de Luc Besson, o lo sensual que puede ser vestir una armadura

Sobre la pucelle, la doncella, de Orleans —que por cierto no era de allí ni de Arco (el apellido de su padre), sino de Domrémy, hoy Domrémy-la-pucelle, en Lorena— han escrito desde Shakespeare, que no la dejó muy bien en su Enrique VI, donde se la tacha de “ugly witch”, fea bruja, y “strumpet”, putita (lo que es lógico porque era la enemiga jurada de los ingleses y les fastidió un siglo de victorias en Francia) hasta Michel Tournier (Gilles y Juana, Alfaguara, 1989): “¿No veis la pureza que irradia su rostro?, existe inocencia en toda su carne, sí, una inocencia casi infantil, y una luz que no es de esta tierra”. Pasando por Schiller, Anatole France, Peguy, Bernard Shaw, Claudel, Bertolt Brecht, y Anouilh (L’alouette), sin olvidar la canción que le dedicó Leonard Cohen: “Now the flames they followed Joan of Arc as she came riding through the dark”.
Parecería que todo está dicho y hecho sobre Juana, pero llega ahora una novela histórica que da una sorprendente vuelta de tuerca al personaje. En Juana de Arco, de Katherine J. Chen (Destino, 2024, traducción del inglés de Montse Triviño), la protagonista es una joven muy masculina, corpulenta y fea (nada que ver con la chica guapa, inocente y soñadora de la polémica portada española del libro generada por IA, aunque a la autora le gusta). Es una virago de anchos hombros y poca higiene que se revela inesperadamente como una letal guerrera y cuya capacidad para la pelea y la resistencia —reveladas desde niña— proceden de haber soportado toda su vida las palizas de su padre. Sin visiones del arcángel Miguel ni de las santas Margarita de Antioquía y Catalina de Alejandría, muy terrestre, su fuerza no viene de Dios, ni de la santidad, sino de aguantar los abusos. Sus dones le han sido inculcados a golpes. Tampoco su motivación para marchar contra los ingleses es una de las clásicas de Juana (la religiosidad y el amor a Francia) sino simplemente el afán de vengar a su hermana violada y asesinada. Es una Juana, la de Chen, sin milagros ni esplendores, toda tesón y empoderamiento.
Katherine J. Chen, de 33 años, con su novela, en la Biblioteca Americana de París
La novelista señala la paradoja de que para crear su Juana de ficción, “un gran reto” (escribió tres borradores), ha tenido que ser realista con la Juana histórica. “Las visiones juegan un papel muy importante en la historia de Juana, pero en una novela es muy difícil incorporarlas. Al intentar escribir sobre ella me encontraba con el problema de que su mirada como personaje estaba por encima de mí, como gravitando. Es la mirada que ofrecen los retratos y películas. Y yo quería que ella nos mirara, a mí y al lector, en el mismo plano”. Además, “la historia de Juana se la han apropiado tantos, en Francia incluso la extrema derecha, que para hacerla mía debía buscar mi propio enfoque”. Considera que hay “una trampa habitual en la novela histórica que consiste en regurgitar la biografía de un personaje histórico, y no ha de hacerse así, hay que evitar caer en la piscina de los datos durante tu investigación, tratar de mantenerte a flote como un niño con manguitos. Hay que encontrar el tono adecuado, que no se pierda el hecho de que estás en la época medieval, pero con una perspectiva contemporánea, que pueda ser relevante hoy”.
Chen (Wayne, New Jersey, 33 años, graduada en Princeton) dice que ha querido leer entre líneas en la historia de Juana para encontrar la que le interesaba. “En los interrogatorios que llevan a su ejecución encuentro una Juana muy fuerte y dura, orgullosa ante el tribunal, que se niega a seguir el juego de sus acusadores. Una figura de una gran personalidad”. Recuerda que, como dijo su biógrafa Mary Gordon, “Juana de Arco es un mito como Robin Hood o el rey Arturo, pero a diferencia de estos ella está firmemente anclada en la historia, tenemos fechas de su nacimiento y muerte, y multitud de testimonios, hasta sus propias palabras”.
Jean Seberg como Juana de Arco, en la película de Otto Preminger
Ingrid Bergman en "Juana de Arco" (1948)
De “las dos imágenes icónicas de Juana, la mujer con armadura y la mujer puesta en la hoguera, celebro más la primera”, subraya. De hecho, en su novela, que recorre la vida de Juana desde niña, repasando todos los sucesos canónicos (el encuentro con la corte y el delfín en Chinon, la liberación de Orleans, la coronación de Carlos VII en Reims en 1429, el rosario de victorias y heridas seguido de las derrotas al dejarla caer el rey, y la captura por los borgoñeses en 1430 y su entrega a los ingleses) no aparece la escena de la ejecución. “Hay esa película tan famosa, la de Dreyer, con tanto sufrimiento, y recreándose cuando la queman; cuando la vi me hizo sentir incómoda. Dreyer incluso hizo sufrir a la propia actriz y hasta hubo, se cuenta, sangre real. Otros no han ido tan lejos, pero siempre he encontrado esa imagen de Juana entre las llamas como muy trágica. Juana tenía 19 años al morir. Yo pretendía captar otros aspectos de su vida. Ya tenemos muchos mártires femeninos en la historia, quería investigar por qué Juana pervive tanto en la memoria y los otros no. Y la respuesta no es cómo murió. Fue muy reticente a aceptar su castigo, no aceptaba morir, al revés de lo que hace todo buen mártir. Se rebelaba. Yo no quiero glorificar su pasión y muerte”. Así que el libro acaba cuando la llevan presa en una jaula a Ruan y ve por primera vez el mar. Mostrarla hermosa no me parecía realista”.
Al preguntarle por la decisión de hacer fea a Juana, Chen se remite a Bernard Shaw, que dijo que retratar a Juana hermosa convierte cualquier obra sobre ella en romance. “Dio en el clavo, y en realidad no hay ningún indicio de que Juana fuera atractiva. En algún lugar se señala que sus senos eran bellos, pero no su cara, nadie habla de su hermosura. Mostrarla hermosa no me parece realista”. En cuanto a hacerla grande y fuerte, “llevaba armadura, y las armaduras pesaban mucho, me es difícil imaginarme a Juana pequeña, hacía falta físico para montar un caballo de guerra armada, para manejar una lanza y una espada. Quizá me tome alguna libertad, pero así lo veo yo”. La Juana de la novela viste de hombre (una de las cosas por las que la condenaron fue por travestirse) y lleva el pelo rapado con el corte militar de la nobleza. Sorprende en la novela su capacidad para derrotar a caballeros profesionales, para sumergirse en el horror de la batalla o para lanzar 12 certeras flechas por minuto como los mejores arqueros.
¿Era una gran guerrera Juana como la muestra Chen?, ¿fue decisiva en la fase final de la Guerra de los Cien Años y la victoria final de Francia? Se ha sugerido que quizá fue utilizada sólo como símbolo y mantenida lejos de los combates, llevando el pendón en la mano. “Me remito a las transcripciones de su juicio. Hay testigos oculares que la describieron, y un capitán declaró que Juana era simple o ignorante en todo, menos en lo que tenía que ver con los asuntos de la guerra. Hizo apartarse a un caballero de su ejército del lugar donde previó que iba a caer un proyectil inglés. Sabía intuitivamente cómo funcionaba una batalla. Tenemos testimonios de que fue herida en combate, y de que —la vieron bañándose— tenía callos en las nalgas, de montar. Sin duda no era sólo una animadora espiritual. Era una mujer de acción”.
"Joan of Arc" (1882), óleo de Dante Gabriel Rossetti, un ejemplar de la colección de arte sacro del Museo Fitzwilliam de Cambridge
De la perspectiva feminista de su novela —una novela emocionante, a ratos extraordinariamente bella, con pasajes dignos de una miniatura medieval— dice que era inevitable ver a Juana como una mujer empoderada y que no le ha interesado sólo el elemento de feminismo en su historia sino también hacer hincapié en lo heroico, “mostrar cómo se construye un héroe humano, uno auténtico”. “Mi Juana”, recalca, “es una figura moldeada por fuerzas externas, una mujer de gran fortaleza que al final no tiene nada, ni armadura, ni espada, ni ejército, ni rey, pero sigue siendo fuerte”.
Poco sexo en la novela, ¿condicionada por la castidad y la virginidad de la Pucelle? “La virginidad era muy importante para la Juana histórica y lo es para la mía. Siempre está bien añadir sexo a la narrativa, pero yo no lo podía hacer. Y era parte del desafío escribir sobre un personaje femenino en el que no hay amor romántico. Ella ama a su hermana, a su tío, a su perro, y luego al pueblo francés. Pero la virginidad era muy importante históricamente, Juana estaba muy orgullosa de ella y se dejó explorar varias veces para probarla. Ese orgullo de su virginidad fue incluso una de las cosas que usaron contra ella en el proceso”.
"Las cosas buenas en la vida no te hacen más fuerte; las malas sí"
Sorprende la autora al explicar que hay algún elemento autobiográfico en su caracterización del personaje. “Crecí en un hogar con abuso y violencia. Mi padre no quemó a mi perro como hace el de Juana en la novela, pero asfixió hasta la muerte al mío. Me pregunto cómo superé eso. Puse mucho de mí en el personaje de Juana”. Que la motivación de su personaje sea haber sido abusada es duro. “Lo es, sí, hablo por mí, que he vivido abusos en casa como niña y adolescente. Eso me hizo como soy, y pesa. Pero por regla general, las cosas buenas en la vida no te hacen más fuerte; las malas sí. Quería mostrar eso en el libro”.
Autora de una novela anterior, Mary B., la historia jamás contada de Orgullo y prejuicio (Edhasa, 2019), un pastiche o spin-off de la obra de Jane Austen, Chen es muy fan de Hillary Mantel, la célebre autora de la serie de novelas históricas sobre Thomas Cromwell y que fue muy elogiosa con su Juana de Arco. Chen, que escribió el libro sin haber puesto los pies en Francia y mientras se trataba de un cáncer de tiroides, trabaja en su próxima novela, sobre la relación entre el rey Arturo y su medio hermana y maga Morgana. A la espera de esa nueva visita a la Edad Media, es difícil no rendirse ante la imagen de su ruda doncella de Orleans, esa Juana grande, práctica y eficiente, que cabalga feroz y mata como un hombre, pero observa con pena la muerte en los ojos de un enemigo vencido, y arranca tiras de su sagrado estandarte para vendar las heridas de sus soldados.

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