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jueves, 17 de marzo de 2022

LA CRISIS DE LA DEUDA


Un gobierno nuevo, en angustiante soledad
Fernández logró un triunfo pírrico en el Congreso; la coalición peronista está herida de muerte y ahora viene el ajuste; presión por un cambio de Gabinete

Martín Rodríguez Yebra
Alberto Fernández, en José C. Paz, después de sugerir que irá por la reelección en 2023
Es un divorcio sin gritos, como si el desgaste fuera ya tan grande que apenas quedara resolver el reparto de bienes. Alberto Fernández se queda con la ley del FMI; Cristina Kirchner retiene para ella y su entorno la bandera de la rebeldía. Los dos salen del trauma más solos, más débiles y metidos en una nube densa que les impide ver el futuro con claridad.
Sobre Fernández pesa ahora la presión de relanzar un gobierno averiado que debe ejecutar un plan económico impopular sin el respaldo de la facción que lo aupó al poder. El voto negativo de Máximo Kirchner y La Cámpora, sumado a la explícita oposición de la vicepresidenta –que votó por Twitter–, alimenta el clamor de quienes le piden de una vez por todas asumir sin miedo el liderazgo que demanda su cargo.

Hace tiempo está instalada la convicción de que una vez aprobado el nuevo préstamo del FMI Fernández dispondrá cambios en el gabinete. El estrés al que lo sometió el kirchnerismo en las últimas semanas complicó todo el proceso. La costumbre de negociar sobre una cuerda floja obligó a Fernández a rogar un salvataje a Juntos por el Cambio y tuvo que desautorizar de manera inclemente a Martín Guzmán, que soñaba con revestir de unanimidad el programa que pactó con la burocracia del Fondo.
El resultado del viernes a la madrugada proyecta hacia adelante un bloqueo autoinflingido en el oficialismo. Máximo y Cristina perdieron, pero exhiben 28 votos negativos y 13 abstenciones (un tercio de la bancada en Diputados). Sin necesidad de romper formalmente aún, el kirchnerismo se reinventa como un grupo autónomo que no se propone conducir sino vetar cuando lo juzgue conveniente. La advertencia a Fernández es clara: negocia con ellos o se echa a los brazos de la oposición.

Máximo Kirchner y Sergio Palazzo, minutos antes de la votación de la ley que autoriza el nuevo préstamo del FMI
Sergio Massa se convirtió en el sustento principal de Fernández en la semana en que su gobierno se balanceó ante un abismo. El tigrense ocupó las funciones que, por especulación o falta de confianza, no ejercen los que tienen el puesto. Fue un poco ministro del Interior, un poco jefe de Gabinete. Discutió con la oposición los términos del proyecto de manera que pudieran aprobarlo con el menor costo posible. Y convenció al Presidente de que debía ceder en todo. Que Guzmán y los Kirchner lo llevaban a una encerrona.
El ministro se devaluó como un rublo en los días en que debía brillar. Le cambiaron hasta la última coma a su proyecto de ley. Resultó inexplicable su viaje a Houston en plena discusión del proyecto que dio razón de ser a su vida de funcionario. En su teléfono sonó en serio el chiste repetitivo que le hacían con la famosa frase de Apollo 13. De verdad tiene un problema.
Los rumores de salida sacudieron al peronismo. “Tiene el apoyo total del Presidente”, insisten en la primera línea gubernamental. En otros despachos oficialistas matizaban. “Hasta que el directorio del FMI apruebe el acuerdo y lleguen los dólares no se mueve nada. Después se verá”, dice un gobernador de los que operó para sumar votos en el Congreso.
El Frente de Todos es la caricatura de una coalición. Lo que hicieron los diputados que lidera Máximo y el video que publicó Cristina horas después de la votación marcarían en cualquier democracia del mundo el quiebre definitivo del bloque gubernamental.
Pero el Presidente tratará de postergar en el tiempo la farsa del peronismo unido. Al menos hasta la próxima campaña electoral. ¿Entonces dejará en manos de los conjurados de La Cámpora las cajas de la Anses, Aerolíneas y el PAMI?, se preguntan dirigentes que lo quisieran ver triunfar. Fernández ha confesado infinidad de veces que ante dilemas complejos se pregunta qué haría Néstor en su lugar. Traducido a este caso: ¿qué hacer cuando la vicepresidenta arma la resistencia al proyecto medular del Gobierno?
A Julio Cobos se lo condenó al ostracismo como a un traidor en 2008 por el voto “no positivo” contra una suba de impuestos que el kirchnerismo había transformado en una guerra a todo o nada. A Daniel Scioli por sugerir ante los medios que había que aumentar tarifas, en 2003, lo congelaron durante dos años hasta que le devolvieron el saludo gracias a sus buenos números en las encuestas.
Vidrios rotos
La jugada que orquestaron entre Massa y Fernández para sacar la ley del FMI con apoyo opositor dejó en offside a Cristina. Manchó el mito de su omnipotencia. Ella rompió semanas de silencio con un video en el que se presenta como víctima para enmascarar la inocultable traición política al gobierno que ella dio a luz.
Recurrió a su tradición adverbial para construir una hipótesis conspirativa. La autora de Sinceramente denunció el ataque con piedras que destrozó los vidrios de su despacho en el Senado y dijo que “paradójicamente” la apuntaban a ella, que siempre se enfrentó al FMI. “Paradójicamente o intencionalmente”, resaltó. No parecía aludir a los militantes de la extrema izquierda que asaltaron el Congreso. ¿Sospecha entonces del Gobierno, a pesar del mensaje de solidaridad que el Presidente le envió por Telegram al enterarse de la agresión?
El camporista y ministro bonaerense Andrés Larroque sumó condimento cuando ayer denunció: “Aturde el silencio y la parsimonia del gobierno frente al ataque al despacho de la Vicepresidenta”. Aníbal Fernández salió a cruzarlo en su nuevo rol de escudo mediático del Presidente ante el fuego amigo.
Cristina no condenó la violencia, salvo la que le causó daños a ella. Larroque tampoco aludió a todos los demás destrozos en la zona del Congreso ni a las heridas que sufrieron los policías a los que les arrojaron bombas incendiarias. Previsiblemente, podría añadirse.
El relato de Cristina parecía el guion de una película de guerra (las imágenes también tienen algo de montaje hollywoodense). Contó que con ella estaban Máximo, Anabel Fernández Sagasti y Oscar Parrilli, un fervoroso antiimperialista que en otra vida fue el miembro informante de la privatización de YPF y la creación de las AFJP. Es el general asediado en su búnker, rodeado de sus fieles. Pergeñando, en este caso, una ofensiva inútil: el pacto con Juntos por el Cambio garantizó que el proyecto del FMI tuviera votos suficientes en las dos cámaras pese a las disidencias oficialistas.
Cristina Kirchner mostró cómo quedó su despacho; usuarios de redes sociales marcaron la curiosidad de que una piedra que entró desde la calle quedara posada justo encima de un libro de Eva Perón
De algún modo fue un alivio. Nadie podrá acusarlos de un estallido ni endilgarles un doblez ideológico. Máximo le había anticipado a Massa el voto negativo. Hizo una concesión que dice mucho de la madurez de su liderazgo: ofreció su ausencia en el recinto y la boca cerrada de los camporistas para “no pudrir” la sesión. Está fresco recuerdo del fiasco del presupuesto 2022, que fue rechazado después de los ataques verbales del hijo de Cristina al macrismo.
Esa deserción ayudó a Massa y a los dialoguistas de la oposición a proyectar un debate pacífico. Fue un banquete de sapos, en medio de una oda coral a la resignación. El miedo a que una palabra fuera la chispa de otro incendio propició pactos extravagantes: el lunes en la reunión de Comisión a la que asistió Guzmán no se pronunció ni una vez en nueve horas la palabra “Macri”. Lo habían acordado el diputado Cristian Ritondo y Massa para no sumar obstáculos a la negociación. Hubo cumplimiento perfecto. Se usaron todos los sinónimos posibles para aludir al pasado sin mencionar al expresidente.

Cristian Ritondo y Sergio Massa: dos negociadores clave para alcanzar el acuerdo que propició la aprobación de la ley del FMI
En paralelo, el Gobierno buscó recubrirse del apoyo de los gobernadores peronistas. Fernández los juntó a todos en la Casa Rosada salvo a Alicia Kirchner, Axel Kicillof (ante la duda opta por “la jefa”) y Jorge Capitanich, de oportuno viaje para mantener un pie en cada barrio y seguir soñando con una candidatura nacional en 2023.
El presidente Alberto Fernández recibió a los gobernadores y los hizo posar en una señal para la interna; faltaron Kicillof, Capitanich y Alicia Kirchner
Fernández coquetea también con los barones del conurbano. En el kirchnerismo –que considera ese territorio como el patio de su casa- encendió alarmas el provocador mensaje reeleccionista del Presidente en José C. Paz, que siguió a una arenga brutal de Mario Ishii. “No traicionen al pueblo y voten a favor”, dijo el caciquejo peronista. Solo le faltó nombrar a Máximo.
Inflación y guerra interna
La incógnita central en la coalición peronista es hasta qué punto escalará la batalla cuando el acuerdo con el FMI se haga realidad y empiece la rutina de las revisiones, con el consecuente peligro de default. El rumbo de divergencia es inamovible. Fernández queda forzado a construir autonomía de cara a una candidatura en 2023; el kirchnerismo se encamina a profundizar sus diferencias, con la identidad como bien supremo, por encima incluso de la gobernabilidad.
Esos escarceos electoralistas se celebran en medio de un presente de privaciones y con una guerra en Europa. El gran drama es el carácter inflacionario y recesivo de las medidas que tendrá que aplicar Guzmán o quien lo suceda para cumplir con las metas y superar las revisiones trimestrales que destraban las cuotas del nuevo préstamo.

Martín Guzmán, en su presentación en la Cámara de Diputados
Nadie intentó demostrar en el debate parlamentario que se podrá mantener un ritmo de crecimiento sólido en los próximos dos años, como sostiene Guzmán. Es natural: el plan contempla suba de tasas, baja del déficit, freno a la emisión, mayor ritmo de devaluación, aumento de tarifas energéticas, más impuestos y ninguna reforma de calado que aborde los desequilibrios escandalosos que arrastra la economía argentina.
“Es un contexto incendiario para plantearse una batalla de poder”, admite un dirigente peronista que aconseja al Presidente.
Wado de Pedro, el camporista que conduce el Ministerio del Interior, profundizó su papel de bisagra. Su apoyo público al acuerdo con el FMI puede verse como una señal de que no existe ánimo de ruptura total. Hay que recordar que fue él quien encabezó la rebelión de las renuncias después de las PASO de septiembre. Hoy actúa con la delicadeza de un embajador. Fue todo un retrato de la anomalía argentina que el Presidente se sintiera motivado a difundir un comunicado oficial con la única noticia de que se había reunido con De Pedro.

El Gobierno difundió en la semana un comunicado y esta foto de Alberto Fernández y Wado de Pedro, como si fuera algo más que una reunión rutinaria entre el Presidente y un subordinado
“Wado actúa como garante de nuestra continuidad”, explica una fuente del Instituto Patria, que niega un distanciamiento entre el ministro y los Kirchner.
De Pedro fue uno de los primeros dirigentes en solidarizarse en Twitter con Cristina el mismo jueves por el ataque a su despacho. Es sintomático que Larroque cuando denunció el “silencio que aturde” no haya registrado el mensaje del ministro del Interior. Para La Cámpora, él no es “el Gobierno”.
Juntos esta vez
La dinámica económica que viene interpela también a la oposición. Juntos por el Cambio celebró la señal de unidad en la sesión parlamentaria, después de un principio de semana que amenazaba con una fractura. La debilidad del Gobierno les permitió imponer una nueva redacción que aprueba solamente la autorización a tomar el préstamo de 45.000 millones de dólares y deja en manos del Poder Ejecutivo el diseño del plan. Los economistas de Pro habían tocado a sus contactos en el FMI y advirtieron que no había ninguna exigencia de que el programa económico fuera votado por el Congreso.“Era Guzmán, en busca de protección legal ante eventuales juicios como el que nos metieron a nosotros por el préstamo de 2018″, aclara uno de los jefes opositores en Diputados.

Gerardo Morales dio su apoyo al acuerdo con el FMI antes de que Juntos por el Cambio hubiera fijado una posición común
¿Alcanzará para no sufrir costos con su electorado? Los referentes principales asumen que no. “Cuando lleguen las facturas de gas con un aumento sideral o empiecen a subir impuestos, nos van a llover puteadas de los nuestros”, se resigna una fuente que integra el lote de presidenciables del Pro. La responsabilidad institucional de evitar el default al que conducía la rebelión kirchnerista paga poco en la timba electoral.
El énfasis en aclarar en cada discurso legislativo que no estaban votando las medidas del programa es un ejercicio retórico de difícil decodificación para el ciudadano de a pie. El propio Ricardo López Murphy puso en contradicción esa idea en el mensaje con el que justificó su voto negativo: sus “convicciones” le impedían votar en contra de la promesa electoral de no subir impuestos, dijo, entre otros argumentos.
Una preocupación extendida entre los opositores se centra en la desilusión social en el tiempo que viene. Se enfrentan a una pregunta incómoda que el Gobierno desistió de hacerse: ¿hasta cuándo puede subsistir una clase política que desde hace años solo pide sacrificios inútiles?

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martes, 8 de marzo de 2022

LA CRISIS DE LA DEUDA


El menú envenenado que Cristina y Máximo Kirchner se resisten a probar
Alberto Fernández apela a una épica de la resignación para defender el acuerdo con el FMI; los mensajes cifrados de La Cámpora y la revuelta en la oposición
Martín Rodríguez Yebra
Alberto Fernández y Cristina Kirchner, en la Asamblea Legislativa
Martín Guzmán obró un milagro con el pacto que firmó con el Fondo Monetario Internacional (FMI) después de dos años de negociaciones extenuantes: puso de acuerdo a Cristina Kirchner y Mauricio Macri. Los dos piensan que la Argentina se ata a un programa económico desastroso para su futuro.

Ese consenso impensable se extiende a Javier Milei y Horacio Rodríguez Larreta; a La Cámpora y Elisa Carrió; al trotskismo y las diversas familias radicales. Es una forma retorcida de cumplir aquello que prometía Alberto Fernández en su primavera presidencial, cuando decía que venía a cerrar la grieta política.
El Presidente le ofrece a propios y extraños un menú envenenado: es esto o el default. Lo malo o lo peor. Es lógico que se enfrente a una feroz resistencia para superar el test del Congreso.
Para convencerlos de que muerdan el fruto amargo, Fernández se abraza a una llamativa épica de la resignación. En su boca, las virtudes de la hoja de ruta que propone seguir hasta el final del mandato consisten en que el FMI le permite seguir más o menos como hasta ahora. Sin reformas estructurales, con el ajuste gradualista del déficit que Guzmán empezó tiempo atrás, con lluvia de deuda indexada en pesos, con múltiples cepos y controles. El discurso oficial de defensa del acuerdo copia al de un enfermo que festeja quedarse en terapia intensiva.
Máximo Kirchner no cede. Sigue firme en la pataleta de rechazo que plasmó hace un mes en un comunicado. Supervisa en persona los tuits anti-FMI que La Cámpora envía a diario como misiles teledirigidos a la Casa Rosada. Y se tomó el trabajo de instalar una excusa adrede inverosímil (el inicio de clases de su hijo) para resaltar aún más su ausencia en la Asamblea Legislativa donde Fernández pidió apoyo al acuerdo.
“Es estratégico –dice un dirigente de La Cámpora que ha mantenido reuniones con empresarios y diplomáticos para explicar la postura de su jefe-. Máximo ve que con el acuerdo el sistema político se mueve hacia el centro. Nosotros ahí adentro nos diluimos en la intrascendencia, y la rebeldía queda para los extremos. No podemos rifar la identidad. El Fondo es ‘el’ enemigo”.
El razonamiento asume la idea de que con un programa de ajuste del gasto, tarifas descongeladas y alta inflación como el que se propone resulta casi imposible para el Frente de Todos ganar las elecciones presidenciales del año que viene. Si, como han dicho Cristina y Máximo, la austeridad que le atribuyen a Guzmán los hizo perder en el 21, ¿cómo podría revertirse el deterioro del salario real y el pesimismo social al cabo de dos años más en ese rumbo?
Los Kirchner no ofrecen una alternativa. Pero no quieren mancharse las manos con un plan que, a su juicio, se negoció sin picardía. El futuro consiste en hallar una vía de supervivencia política (aunque solo sea en un bastión, Buenos Aires).
Cristina Kirchner tiene la llave de la discusión en el Senado, el terreno más hostil para el acuerdo con el FMI
A Guzmán no le reprochan los números finos. Ni siquiera que haya transigido en los aumentos de tarifas energéticas, que según los funcionarios cristinistas no iban a superar el 20% este año y finalmente superarán de largo el 80% en promedio. Con afectación incluso para quienes pagan la tarifa social. Lo imperdonable, según los accionistas mayoritarios del Frente de Todos, fue haberse atado “la soga al cuello” de las revisiones periódicas de los enviados de Washington.
Máximo y Cristina reclamaban firmar una reprogramación de los vencimientos de la deuda de 45.000 millones de dólares que tomó el gobierno de Macri. Patear todo para adelante. Guzmán, en cambio, consiguió una refinanciación. El FMI girará el dinero ante cada cuota que se debe saldar del préstamo anterior. Podrá negarse si se incumplen las metas.
“El FMI tiene el dedo en el gatillo. En 2018 para que gane Macri y no volvamos nosotros pusieron 45.000 palos verdes. Ahora es más fácil. El año que viene nos bochan una revisión y chau, nos mandan al default”, dice un camporista que repite conceptos del hijo de la vicepresidenta.
La frase aloja un concepto central: los Kirchner tienen plena conciencia del caos económico que significaría una cesación de pagos con el FMI. Funcionarios que defienden la negociación de Guzmán los acusan de hipócritas. “No quieren una crisis que los lleve puestos, pero esperan que seamos otros los que nos embarremos”, critica un diputado que trabaja para que el proyecto pase este viernes la aprobación de la Cámara. El Senado es terreno aún más hostil.
En la línea de convencer a Máximo operan dirigentes de distinto origen. El sanjuanino José Luis Gioja, un peronista viejo que los Kirchner respetan, ofreció un eslogan para apoyar el acuerdo sin entregar las banderas: “Voy a votar a favor con la nariz tapada”. Carlos Heller, interlocutor habitual del jefe de La Cámpora, le copió ayer las palabras. ¿Podrán convencerlo de que no rompa la disciplina del bloque que decidió no presidir más?
Hasta ahora la expectativa optimista es que se abstenga. “No le va a regalar a la oposición el show de un discurso contra Alberto ni un voto negativo”, teoriza un peronista que lo conoce bien.
El gesto de Wado
En la Casa Rosada sugieren mirar los movimientos del ministro del Interior, Wado de Pedro, lugarteniente de Máximo y embajador de Cristina ante el Gobierno. Estuvo toda la semana en España, donde desplegó una agenda de contactos con funcionarios del gobierno socialista de Pedro Sánchez y empresarios. Desde allí, se encargó de distribuir una imagen viendo en un iPad la Asamblea Legislativa, sentado en un stand de Meta (ex Facebook) en el Congreso Mundial de Móviles de Barcelona. Después difundió declaraciones elogiosas a Fernández: “El Presidente marcó claramente los desafíos y el rumbo que tenemos por delante”.
Wado de Pedro mira el mensaje de Alberto Fernández en la Asamblea Legislativa; estaba en Barcelona en un congreso de telecomunicaciones
Fuentes españolas retrataron que en sus reuniones oficiales y reservadas se presentó siempre como un enviado de Alberto y que describió el acuerdo con el FMI como solución obligada ante la deuda heredada. El sábado lo expresó a cara descubierta en una entrevista con El País, en el que dijo que el entendimiento “evita la catástrofe económica argentina”.
Fernández sumará a De Pedro a la comitiva que este mes viajará a Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos, que coincidirá con el momento álgido del tratamiento del programa económico en el Congreso. ¿Será un juego de policía bueno/policía malo pactado con Máximo?
El dilema culposo de la oposición
Waldo Wolff y Fernando Iglesias le gritan al Presidente durante la sesión de la Asamblea Legislativa, mientras se retiran del recinto junto a todos los legisladores del Pro
Los opositores intentan descifrar los movimientos contradictorios de la coalición peronista. A medida que se acerca el debate aumenta entre ellos la convicción de que los Kirchner quieren tenderles una trampa. Algunos incluso incluyen a Fernández como cómplice del complot. “Nos tiran un programa horrible bajo amenaza de default. Pero ellos se quedan en la vereda de enfrente criticando. Cristina calla y va construyendo el caso, como diría un abogado. Cuando todo salga mal, porque va a salir mal, dirán que la culpa es de Alberto y de nosotros”, dice uno de los referentes centrales del Pro.
Juntos por el Cambio es un hervidero. La carencia de un liderazgo claro nunca fue tan evidente como ante este debate incómodo, en el que se les cruza una sensación de culpa por tratarse de la deuda que tomó el gobierno macrista.
Fernández, incapaz de despertar fervor con su proyecto, atiza esa interna para insuflar ánimo en la tropa propia. Lo hizo con su discurso ante la Asamblea, cargado de dardos a Macri. Celebró como un chico que los diputados del Pro se hubieran retirado del recinto, mientras los radicales y los de la Coalición Cívica se quedaban.
Ese episodio reveló la alarmante falta de coordinación en el principal frente opositor. A Larreta la movida lo sorprendió en el palco de autoridades. Se retiró sin que las cámaras lo percibieran. No tenía opción, pero fue crítico en la intimidad de la forma en que se resolvió y los efectos que tuvo. Esa misma noche, en la cumbre del Pro que se celebró en la casa donde vive Macri en Acassuso se debatió cómo pararse ante el acuerdo.
Larreta hizo énfasis en evitar a toda costa una situación de default, que tendría derivaciones inimaginables. “No hay ganadores posibles”, dijo. Patricia Bullrich matizó que Juntos por el Cambio no puede hacerse cargo de esa situación. “Si hay default tenemos que dejar claro que es por culpa de Máximo, Cristina y compañía; no de nosotros”.
El jefe de gobierno Horacio Rodríguez Larreta se reunió con integrantes de la comunidad ucraniana y el encargado de Negocios de la embajada de Ucrania, Sergiy Nebrat Pro
La coincidencia sin matices es que el acuerdo da vía libre a construir una bomba de relojería para el próximo gobierno, sin solucionar siquiera los problemas de corto plazo. La mayor preocupación tiene que ver con la bola de nieve de la deuda en pesos, cuyo aumento parece inevitable al analizar la lógica del programa. El FMI pactó unas metas de déficit no muy estrictas en 2022 y 2023, acompañadas por un límite a la emisión monetaria. Endeudarse en el mercado local con instrumentos de corto plazo e indexados a tasas altas es la herramienta que Guzmán y el Banco Central tienen a mano para financiar el rojo fiscal.
Bajar la inflación y desmontar los cepos parece ciencia ficción en ese esquema. El ritmo del ajuste se acelera en los años posteriores al fin del mandato de Fernández, al tiempo que se elimina en 2024 la emisión como instrumento para cubrir el déficit.
Si -como celebra el Presidente- no se encara ninguna reforma estructural que corrija los desequilibrios crónicos de la economía argentina, solo queda apostar por un milagro. “Es un puente para llegar al 23. Pero para llegar peor”, sintetiza un economista opositor.
La discusión es política, no técnica, con la mira puesta en las elecciones. Los “halcones” del Pro reclamaban votar en contra; otros creen que se puede facilitar la aprobación en general con una abstención y rechazar después el artículo que incluye el programa económico. Los radicales también están divididos. Gerardo Morales promueve facilitar la aprobación, mientras que en Evolución -Martín Lousteau, Rodrigo de Loredo- insisten en que el proyecto tal como está “es invotable”. Carrió pugna por encontrar una forma de “salva a Fernández del golpe que le prepara Cristina”.
La hostilidad del Gobierno lleva la discusión a una dinámica imprevisible. “Quizás arreglamos una postura, pero se va todo el diablo en la sesión cuando empiecen a repartir culpas y a insultarnos. No hay que descartar que votemos todos divididos”, se resigna un diputado de la cúpula del Pro. Hay que prestar atención al juego de un Macri reempoderado: sus seguidores sienten la presión por defender el plan de 2018 que llevó a su administración a pedir asistencia al FMI.
Estados Unidos y la guerra
Fernández no afloja la presión. Puso en el mensaje del proyecto una evaluación lapidaria sobre la gestión de Macri y alienta a que el discurso de defensa del acuerdo que tanto sufrimiento le costó sea un juicio a su antecesor.
Mauricio Macri recibió en su casa al embajador de Estados Unidos en la Argentina, Marc R. Stanley; el gesto fastidió al Gobierno..Twitter/@mauricio
La obsesión por rivalizar con Macri hizo que bramara de furia con la visita que le hizo al expresidente el nuevo embajador de Estados Unidos, Marc Stanley. En el Gobierno lo toman como una represalia por el imprudente viaje de Fernández a la Rusia de Putin, que incluyó una oda antiamericana en los salones del Kremlin donde ya se proyectaba la inhumana invasión a Ucrania.
Hasta en el kirchnerismo duro evalúan como un “dramático error de cálculo” aquella jugada de Fernández. La guerra que no esperaba lo obligó a girar y alinearse, en cuotas, con las condenas occidentales a Moscú. Era condición sine qua non para que el directorio del FMI aceptara tratar el caso argentino.
El drama bélico forzó cambios de última hora en el acuerdo, ante la disrupción económica mundial. En el Gobierno hay alarma por la suba de los combustibles, que solo en parte será compensada por los mayores ingresos por la venta de alimentos. Las fantasías de subir retenciones vuelven a la vida, aunque el ministro de Agricultura, Julián Domínguez, se encargó de anunciar que “el Presidente no tiene previsto” hacerlo. ¿Piensa lo mismo el secretario de Comercio Interior, Roberto Feletti, que responde solo a Cristina?
El ministro Martín Guzmán y el secretario Roberto Feletti, obligados a una convivencia complicada
La inflación prevista en el acuerdo está entre el 32% y el 48% para este año. Un mínimo desliz y ya empatará o superará al 50,9% de 2021. El tipo de cambio debiera subir a ese ritmo o más. La prioridad del FMI es que la Argentina refuerce sus reservas. Lógico: el acreedor quiere cobrar. Fernández y Guzmán no convencen ni a los propios de que podrán mantener el crecimiento y alentar la inversión.
La urgencia pasa por evitar el “daño inconmensurable” que significaría incurrir en atrasos con el Fondo, como dicen los fundamentos del proyecto de ley. El presente apremia como para imaginar el futuro. Mucho menos para preocuparse por la herencia, como hacen los opositores que imaginan sucederlo. Unos construyen la “bomba de tiempo”, otros piensan cómo desactivarla.
Es el ciclo interminable de la política argentina, en un vértigo permanente que impide pararse a pensar si no será que la bomba ya explotó hace rato y lo que sufrimos son los efectos de una persistente onda expansiva.

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lunes, 7 de marzo de 2022

LA CRISIS DE LA DEUDA


Acuerdo con el FMI: un entendimiento donde cada parte desconfía de las otras
La peculiaridad es que ni el propio gobierno del Frente de Todos logró unificar su apoyo político al convenio, lo cual origina una cadena de desconfianza dentro y fuera del país; nadie cree de antemano que vaya a mantenerse en el tiempo tal como fue anunciado

Néstor O. Scibona


Más allá de que falta la aprobación del Congreso (que no es una mera formalidad) y la del directorio del Fondo Monetario Internacional (que tal vez lo sea si la primera ocurre antes del 31 de este mes), el acuerdo alcanzado entre el gobierno argentino y el staff del organismo marca una diferencia respecto de los 21 firmados a lo largo de los últimos 64 años – uno cada 3,2 años promedio– y en todos los casos fueron incumplidos o renegociados.

La peculiaridad es que ni el propio gobierno del Frente de Todos logró unificar su apoyo político al entendimiento, lo cual origina una cadena de desconfianza dentro y fuera del país donde nadie cree de antemano que vaya a mantenerse en el tiempo tal como fue anunciado. No solo durante su período total de 12 años, sino al cabo de los próximos 21 meses, cuando concluye el mandato de Alberto Fernández.
El único hecho positivo es que la Casa Rosada decidió evitar la cesación de pagos para no quedar sin acceso al crédito de los organismos internacionales y de los países del Club de París; y que el FMI no quiere empujar a la Argentina a ese abismo, que desembocaría a corto plazo en otra inevitable crisis económica. Una suerte de resignación mutua de ambas partes, expresada en que el acuerdo es el “mejor posible” y resulta “realista y pragmático”, respectivamente.
De ahí en más, la confianza brilla por su ausencia. En el plano interno Fernández desconfía del kirchnerismo, por más que le haya dedicado buena parte de su mensaje del martes pasado –tan triunfalista como voluntarista–, ante la Asamblea Legislativa. Alrededor de Cristina Kirchner sigue latente la posibilidad de un rechazo –implícito o explícito– al acuerdo, para no asumir sus costos políticos o electorales. Una prueba es que Axel Kicillof reclamó públicamente que la provincia de Buenos Aires debe quedar afuera de cualquier ajuste fiscal. Recíprocamente, la desconfianza K con el ministro de Economía se acentuó tras la modificación del esquema de módicos ajustes tarifarios fijado por el Instituto Patria. Esto explica por qué Martín Guzmán afirmó ayer por radio que el FMI “es contrario a los valores que pregona” el FDT.
Estas discrepancias entre los socios mayoritarios de la coalición oficialista agregan más desconfianza a la oposición de Juntos por el Cambio que, si bien prevé dar quorum en el Congreso, exige que el acuerdo sea votado primero por el kirchnerismo. A tal punto que el Presidente aceptó a último momento desdoblar el proyecto de ley enviado ayer para captar el voto de la Coalición Cívica y parte del radicalismo. Esta propuesta de Elisa Carrió había sido desestimada hace una semana por la Casa Rosada. Ahora quedó con un primer artículo que incluye sólo la refinanciación de la deuda con el Fondo y separa en el segundo los anexos del programa económico y el memorándum técnico.
Aun así, el mensaje repite las duras críticas al endeudamiento contraído por Mauricio Macri e insiste en judicializar esa decisión política, en la misma línea del discurso presidencial del martes, como si el Gobierno se hubiera enterado de esa herencia después de imponerse en las elecciones de 2019. Sólo deja de lado esta vez que el acuerdo anterior no haya sido tratado por el Congreso, como afirmó Fernández erróneamente, ya que implicaría la aplicación retroactiva de la ley de 2020 que la semana próxima hará su debut. La realidad, en cambio, muestra dos culpas concurrentes y convergentes. Macri no blanqueó inicialmente la herencia recibida de CFK ni –con minorías legislativas–, atacó el déficit fiscal, al recurrir al gradualismo financiado con abundante crédito externo hasta que se le cortó en 2018 y debió recurrir al Fondo. Fernández, a su vez, usó la herencia de MM como principal bandera política; pero, aunque los vencimientos de 2022 y 2023 eran y son impagables, tardó más de dos años en cerrar el acuerdo con el organismo, cuando en 2020 (en plena pandemia) podría haberlo hecho coincidir con la reestructuración de la deuda con los bonistas privados, bajar el riesgo país y evitar el constante drenaje de reservas del Banco Central. Luego, con la cuarentena y la campaña electoral, catapultó el déficit, la emisión monetaria y la deuda en pesos para impulsar el rebote económico de 2021 que no es sostenible.
Si hubiera que atenerse a las declaraciones oficiales formuladas por Guzmán y Kristalina Georgieva, durante ese lapso siempre hubo negociaciones “constructivas” y destinadas a aportarle sustentabilidad a la economía argentina. Pero, a juzgar por los resultados, con el nuevo acuerdo el FMI le otorga al Gobierno un tratamiento de excepción como el recibido por el de Macri, aunque bajo otro formato de gradualismo.
La vigencia del crédito stand by se extiende hasta mediados de 2024 y los vencimientos se pagarán con sucesivos desembolsos del Fondo, parte de los cuales se destinarán a recomponer las reservas brutas, a cambio de un programa con metas decrecientes de déficit fiscal y emisión monetaria a menor ritmo que el exigido en 2018. En cambio, no incluye reformas estructurales (laboral, previsional), como un “permitido” que el Gobierno celebró con bombos y platillos. En todo caso, las deja libradas a un próximo gobierno que renegocie el acuerdo para empalmarlo con el programa de facilidades extendidas (pagos de capital hasta 2034, con cuatro años de gracia) que estatutariamente requiere reformas.
Con este esquema, el organismo realizará 10 auditorías de metas trimestrales, la mitad de las cuales corresponderá al actual gobierno y de cuyo cumplimiento dependerá cada uno de los futuros desembolsos. O sea, no habrá cheques en blanco por anticipado, aunque se prevé una “recalibración” de proyecciones debido al efecto Putin en los mercados de commodities energéticos y agrícolas.
El programa es netamente coyuntural: apunta a recomponer reservas, mantener el tipo de cambio real en 2022 y evitar un desborde cambiario e inflacionario. Tampoco genera confianza. Al no prever reformas, tampoco resuelve los problemas de fondo de la economía, no fomenta una mayor competitividad, ni impulsa la inversión privada como eje del crecimiento a mediano y largo plazo. De ahí que el anuncio oficial acaba de contribuir a la baja de los dólares libres, pero no del riesgo país.
Revisiones
Entre los analistas locales y externos hay consenso de que se trata de un acuerdo para salir del paso y evitar males mayores. El economista Miguel Ángel Broda lo califica como “acuerdito light”, aunque advierte que poner un poco de orden en las cuentas públicas no será sencillo para la heterogénea coalición gobernante.
Su colega Enrique Szewach afirma que no conduce a un desastre ni a una salvación y cuestiona que el Gobierno celebre la ausencia de reformas como si la Argentina no las necesitara, tanto en el campo laboral, donde la creación neta de empleo formal privado está estancada hace 10 años, ni en el previsional, con el sistema en quiebra. En cuanto a la postura de la oposición, sostiene que debería autorizar el financiamiento y reclamar que el Gobierno presente un nuevo presupuesto para 2022, asumiendo que el anterior ya fue rechazado de hecho por el FMI.
Broda cree además que el Gobierno podrá cumplir las primeras dos revisiones trimestrales del acuerdo, ya que el BCRA aumentó el ritmo de devaluación del peso y la tasa de interés real, pero cree que luego tenderá a aumentar la incertidumbre sobre las posteriores. Especialmente en materia de subsidios/tarifas (con aumentos de hasta 217% para los usuarios que dejen de recibirlos); acumulación de reservas con menor superávit comercial (y déficit energético de US$5000 millones) y porque la reducción de la emisión del BCRA al Tesoro de 3,8 a 1% del PBI, implicará colocar deuda neta por 2 billones de pesos, a razón de 177.000 millones promedio mensual que implicará una bola de nieve de vencimientos.


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