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jueves, 9 de septiembre de 2021

LA PÁGINA DE JOAQUÍN MORALES SOLÁ


Gane o pierda, Cristina se radicalizará
La vicepresidenta está convencida de que las cosas están mal porque Alberto Fernández aplicó política tibias, sobre todo en la economía

Joaquín Morales Solá


El mensaje de Cristina Kirchner para Alberto Fernández

Al final, la Argentina se parece a Suiza. O, para expresarlo con más exactitud, la campaña electoral argentina se parece a una de Suiza. ¿No son, acaso, temas de sociedades satisfechas los debates sobre la frecuencia del sexo o el consumo de marihuana? ¿Tan poco pasa en la Argentina para que sus principales candidatos (candidatas, en este caso) pierdan el tiempo en esas naderías? Pasan cosas mucho más serias. Se trata más de disparates de la política que de otra cosa, porque la Argentina no es Suiza. Una semana antes de cruciales elecciones legislativas, la inmensa mayoría de los argentinos ni siquiera acepta responder las encuestas. En las mediciones telefónicas, solo un 4 o un 5 por ciento de los consultados acepta responder. Bajó el agua de la pandemia y apareció el país real: con su economía destruida, con una sociedad fatigada por tantas limitaciones, temerosa de perder el trabajo, cansada de que los ingresos no lleguen a fin de mes. 
El Gobierno creía que la gente lo aplaudiría cuando mermara el riesgo de la enfermedad. Pero se encontró, en cambio, con una sociedad mucho más enojada que agradecida. El masivo cierre definitivo de comercios y empresas, y la fuga del país de importantes empresas extranjeras son espectros de un país que no se veía cuando estaban todos encerrados. Ahora se ven y se sufren.
En cualquier encuesta, los primeros tres temas de preocupación social son económicos. La inflación, el primero de ellos. El consumo bajó un 20 por ciento en los últimos dos años. Es muchísimo. El riesgo de enfermarse de coronavirus aparece en el quinto lugar, después de la economía y la inseguridad. Una sociedad irritada y retraída puede saltar hacia cualquier lugar o hacia ninguna parte en un domingo de elecciones. ¿Mayor abstención? Puede ser. ¿Un crecimiento del voto en blanco? Es probable. ¿Una buena elección de los candidatos marginales? Es posible. El Gobierno recibió encuestas que lo preocuparon severamente. El 80 por ciento de la sociedad (clase media, clase media baja, la clase social baja y los pobres) está en esa condición de hartazgo y desinterés. No sucedió un estallido como el de 2001, pero nadie sabe cómo se expresará ese fastidio. Las encuestas desaniman al Gobierno, pero ¿impulsarán cambios en la dirección de la sensatez y el pragmatismo? Nadie anticipa nada, porque nadie sabe nada. “La jefa está callada”, dice un albertista. La jefa es Cristina.
Nadie le discutiría a Cristina la propiedad de una eventual victoria, pero ella podrá enrostrarle al Presidente si fuera una derrota
La economía y la pandemia fueron gobernadas más por la ideología que por el sentido común. La consecuencia es una economía en crisis y una vacunación que se está concretando tarde y mal. Ninguna fuente oficial explicó hasta ahora por qué hay tantos problemas con la vacuna rusa Sputnik y con el abastecimiento de la anglo-sueca AstraZeneca, las dos mayores apuestas de la administración de Alberto Fernández. La ideología y los amigos. Los países que prescindieron de esas vacunas ya tienen al 60 o al 70 por ciento de sus sociedades vacunadas con las dos dosis. Aquí ese porcentaje llega apenas al 35.
Si se mira con objetividad la historia, debe concluirse que al país lo espera una radicalización después de las elecciones generales de noviembre. Sea cual fuere el resultado. Cristina Kirchner se radicalizó luego de perder las elecciones de 2009, y se radicalizó también después del arrollador triunfo en las presidenciales de 2011. En rigor, ella está convencida de que las cosas están mal (eso lo sabe) porque Alberto Fernández aplicó política tibias, sobre todo en la economía. Una derrota o un empate le confirmará que políticas más heterodoxas aun serán una solución. El Presidente no estará en condiciones, en tal caso, de resistir el asedio de su incómoda socia.
Por primera vez en mucho tiempo, el peronismo enfrenta elecciones sin un liderazgo claro. Algo parecido sucedió en 2003, hace casi 20 años, cuando el partido de Perón se presentó a elecciones presidenciales con tres candidatos. El vacío político duró poco. Néstor y Cristina Kirchner impusieron luego un férreo control del justicialismo. 
Ahora, Alberto Fernández no reclamó el liderazgo que le corresponde a un presidente peronista, y Cristina Kirchner prefirió estar en un plano furtivo la mayor parte de la campaña electoral. La oposición no está mejor. A Mauricio Macri lo llamaron de nuevo, luego de que muchos de sus dirigentes le ofrecieran la jubilación anticipada. Ernesto Sanz está en Mendoza y solo participa esporádicamente.
Elisa Carrió acaba de adelantarse a una denuncia judicial contra ella (una operación “político-judicial” la llama). Hizo una grave denuncia penal por la persecución personal que sufre, aseguró, desde hace 25 años. Culpa a un peronista con un importante cargo parlamentario de la autoría intelectual y a los amigos que él tiene en las dos principales fuerzas políticas. La causa está bajo secreto del sumario. Carrió estuvo el miércoles pasado en Comodoro Py, sede de los tribunales federales penales. Macri, Carrió y Sanz fueron los líderes que guiaron al viejo Cambiemos en las elecciones de 2015. Las elecciones del próximo domingo confirmarán –o no– si Horacio Rodríguez Larreta es el nuevo líder de la coalición opositora. Dependerá de lo que suceda con María Eugenia Vidal en la Capital y con Diego Santilli en la provincia de Buenos Aires, ambos ahijados políticos del alcalde capitalino. Por ahora, las palomas se transformaron en halcones. Los que propiciaban la negociación y los acuerdos se lanzaron a una guerra que no saben hacer. Las encuestas son a veces fotografías, no películas. Una cosa es la sociedad opinando sobre la necesidad de la paz y el diálogo en tiempos no electorales; otra cosa es cuando la gente común ve la oportunidad cierta de cambiar un rumbo que no le gusta.
Una pregunta sin respuesta es por qué no participan de estas elecciones dos figuras con más popularidad que los candidatos impuestos. Uno es Fernán Quirós, que cuenta con más simpatía social que Rodríguez Larreta (y con menos imagen negativa). Cerca de Quirós explican que él es ministro de Salud y que sería una pésima decisión abandonar ese crucial cargo cuando aún la pandemia es un riesgo potencial. Otros señalan que Quirós no decidió todavía si su futuro estará en la política o en la medicina y el sanitarismo. La segunda figura política que no participa es Sergio Berni, mucho más conocido y popular que la primera candidata por el oficialismo en la provincia de Buenos Aires, Victoria Tolosa Paz. Fuentes del kirchnerismo señalan que Cristina Kirchner, amiga de Berni, dejó que Alberto Fernández pusiera la primera candidata. Nadie le discutirá a ella la propiedad de la victoria, si sucediera la victoria, pero ella podrá enrostrarle al Presidente la derrota si ocurriera la derrota. Además, Cristina se asegura siempre el control del futuro. Una victoria de Berni en la monumental Buenos Aires podría llevarlo a este a la convicción de que su destino es presidencial. Eso no está en los planes, por ahora al menos, de la vicepresidenta.
Las encuestas señalan un crecimiento del voto antisistema o antipolítica. Figuran en ese voto de protesta la derecha de Javier Milei y de José Luís Espert y los partidos de la izquierda, mayoritariamente trotskista. Milei se convirtió en la Capital en una especie de moda de los jóvenes. Su fuerte electoral está en los varones de menos de 30 años, según los relativos resultados de las encuestas. Ya ocurrió algo parecido con Pino Solanas en 2009. Fue la moda de los jóvenes y logró, como candidato a diputado nacional, casi el 25 por ciento de los votos porteños. Nunca más repitió solo una elección ni siquiera parecida. Milei y Espert le sacan mayormente votos a la oposición de Juntos por el Cambio. La izquierda poda la fronda electoral del kirchnerismo.
¿Será así? ¿O la abstención y el voto en blanco serán los fenómenos más importantes del próximo domingo? Solo hay una certeza: no se pueden (ni se deben) analizar con parámetros normales los tiempos anormales.

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miércoles, 18 de noviembre de 2020

LA PÁGINA DE JOAQUÍN MORALES SOLÁ


Ahora, Cristina tiene más poder

Joaquín Morales Solá

Dijo que después de la carta estaba dispuesto a soltar amarras con ella. El Presidente ya no la necesitaba. Cristina Kirchner se había ido sin que nadie la echara. Fueron pocos los que conocían esa decisión presidencial, pero el entusiasmo fue grande. Duró poco. En los últimos días, Alberto Fernández volvió a elegir la reconciliación con ella. Reconciliación necesaria porque Cristina congeló la relación entre ellos desde mucho antes de escribir aquella carta de lejanía y otredad. Alberto entregó la cabeza de María Eugenia Bielsa ; hizo trascender que podría aceptar una mayoría menos estricta para el acuerdo en el Senado del jefe de los fiscales (que es lo que Cristina quiere), y calló ante una mayor carga impositiva (instalada en el presupuesto por la expresidenta y Sergio Massa ) que beneficia y perjudica a amigos y enemigos. La condición de persona imprevisible y audaz, dispuesta a ir hasta más allá del peligro, provoca temor en los políticos clásicos. Alberto Fernández es un político clásico. Con eso le basta a Cristina. Con la amenaza le sobra.
Ni Martín Guzmán ni el Presidente enviaron al Congreso un presupuesto con tanta carga impositiva nueva. El ajuste que ellos sí decidieron aplicarle a la economía pasa, como de costumbre, por dos ejes fundamentales: la licuación de las jubilaciones mediante pobres aumentos semestrales e incrementos considerables en el precio de las tarifas de los servicios públicos, que vienen congeladas desde hace más de un año. Es el ajuste tradicional, mejor o peor hecho, que imponen todos los gobiernos cuando les cae la noche. Son las partidas, además, que realmente importan y comprometen el presupuesto. Es cierto que tanto Alberto como Guzmán están ahora de acuerdo en acompañar el impuesto a la riqueza, una creación de Máximo Kirchner y Carlos Heller , que es otro mensaje contradictorio a los inversores. ¿Para qué invertir en un país que no solo tiene una enorme carga impositiva, sino que además inventa nuevos gravámenes solo porque se quedó sin plata? La Argentina no es un país con malas reglas del juego. Es peor: no tiene reglas.
Los nuevos impuestos benefician a sectores del gobierno que controla Massa, como AySA y Transporte, y a los dueños del juego nacional y popular ( Cristóbal López , obviamente). Los dueños nacionales del juego tendrán una carga impositiva un 50 por ciento menor que los extranjeros. Y tendrán otro 50 por ciento de rebaja para los que hagan "inversiones genuinas", aun en las apuestas online, que crean pocos puestos de trabajo. ¿Quién definirá que las inversiones serán "genuinas"? El Gobierno, por supuesto. Una alianza imprevista se produjo entre Cristina y Massa para que todo eso pudiera suceder. "La relación de Sergio con Máximo fue clave", asegura un diputado kirchnerista que conoce esa negociación. Los diputados de la oposición negociaron las modificaciones (o recibieron la propuesta de hacerlas) de parte de Heller, presidente de la Comisión de Presupuesto y disciplinado militante del más puro cristinismo, y de Fernanda Vallejos , una conocida economista y diputada de La Cámpora. Cristina estaba de hecho en condiciones de frenar la ambición de Massa en Diputados. La oposición se abstuvo y parte de la Coalición Cívica votó en contra del presupuesto. Paula Oliveto, diputada del partido de Elisa Carrió , que participó de las negociaciones con el oficialismo, votó en contra. Conocía demasiado las zonas oscuras del nuevo presupuesto como para limitar su queja a una abstención. A Cristina le hubiese sido suficiente poner a los suyos en contra de los agregados de Massa, Heller y Vallejos para frenar los cambios. No lo hizo. Heller y Vallejos son ella o su hijo (o ella y su hijo).
El kirchnerismo le cerró los ojos al progreso tecnológico de las comunicaciones, el más rápido y deslumbrante que haya conocido la humanidad
El presupuesto incorporó también una desmesurada sobreprotección a los productos tecnológicos que se producen en Tierra del Fuego. Los productos importados deberán pagar en impuestos 11 puntos porcentuales más que los nacionales. La importación en la Argentina ya tiene dos aranceles naturales: el pago del flete para trasladar los productos hacia un lugar muy distante y el precio del dólar, solo comparable ahora con los valores de cuando sucedieron la salida de la convertibilidad y la hiperinflación de fines de los años 80. La virtual prohibición de las importaciones tecnológicas incluye a la telefonía y la computación. El kirchnerismo le cerró los ojos al progreso tecnológico de las comunicaciones, el más rápido y deslumbrante que haya conocido la historia de la humanidad. El gobierno de Macri había comenzado un proceso para sacarles la excesiva protección a los empresarios de Tierra del Fuego. Regresaron al pasado. Todo volverá a ser como era.
Todo cambia, también. Versiones periodísticas señalaron que Alberto Fernández aseguró que apoya al juez Daniel Rafecas como jefe de los fiscales, pero que también está de acuerdo con bajar el número de la mayoría necesaria para el acuerdo en el Senado. Bajarla de los dos tercios actuales a mayoría absoluta. Ninguna fuente oficial confirmó esa versión, pero algunos funcionarios señalaron que podría tratarse de una típica compensación albertista. Rafecas ya anticipó que no aceptará el cargo si se modifican las mayorías. Se explica: si cambiara la mayoría para nombrarlo, también cambiará la mayoría para destituirlo. Los dos tercios se necesitan ahora para ambos casos. El jefe de los fiscales quedaría, así, a merced de simples mayorías parlamentarias. Su independencia resultaría irremediablemente herida. Rafecas está cuidando también su eventual y futura estabilidad en el cargo. ¿Es Alberto el que dijo que declinaría otra vez ante Cristina? Silencio. Alguien tiró una piedra y escondió la mano.
María Eugenia Bielsa tiene el "gen Bielsa"; esto es, se reserva un margen de libertad intelectual por encima de sus adscripciones partidarias. Ese gen existe en todos los hermanos Bielsa. Alberto Fernández la nombró en el Ministerio de Vivienda justo antes de que la pandemia frenara en seco la construcción. Está frenada aún ahora. Bielsa se acaba de ir porque no construyó viviendas durante la pandemia. Se fue, en fin, porque no hizo un milagro. Antes de su actual oficio de escribidora, a Cristina Kirchner no le gustaba esa mujer que hace dos años se sinceró ante un grupo de peronistas santafesinos: "Muchachos, robamos, y eso no se hace", dijo Bielsa aludiendo al gobierno que terminó en 2015. Después de la carta de Cristina, Alberto concluyó que Bielsa era la única "funcionaria que no funciona". Una injusticia. La cabeza de la exvicegobernadora de Santa Fe le fue ofrendada a Cristina.
Ninguna duda sobre esa oferta sobrevivió cuando se conoció al peronista que reemplazó a Bielsa: Jorge Ferraresi, intendente de Avellaneda, que pasó de formar parte del séquito de Duhalde en el conurbano bonaerense a militar en el cristinismo con fanatismo ciego. No es el único. Muchos viejos duhaldistas fueron alumbrados por la misma conversión. Ferraresi es tan cercano a Cristina que algunos políticos se sorprendieron cuando fueron convocados por la expresidenta a su casa particular (muy raras veces, es cierto) y se encontraron con ella acompañada por Ferraresi. Cristina no hace de su casa una unidad básica. Solo entran a ella las personas de su máxima confianza. La designación de Ferraresi fue otra ofrenda de Alberto Fernández a Cristina.
Bajar de Bielsa a Ferraresi es un descenso demasiado profundo. Cuando discurseaba en Puerto Madero, Alberto Fernández solía decir que un presidente elige primero como ministros a los que cree los mejores, luego sigue con los amigos y termina con los que quedan. Nadie explicó por qué decidió ahora empezar por el final.

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