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domingo, 17 de noviembre de 2024

NUESTRA HISTORIA


Sangre entre hermanos: a 150 años de la batalla de “La Verde”
FACUNDO GÓMEZ ROMEROBatalla de La Verde, cuadro de Augusto Gómez Romero
En el contexto de la denominada “Revolución mitrista”, el 26 de noviembre de 1874 se produjo una batalla en las inmediaciones de la estancia “La Verde” (actual partido de 25 de Mayo, provincia de Buenos Aires), episodio que enfrentó la vanguardia de las fuerzas gubernamentales al mando del teniente coronel José Inocencio Arias, con las fuerzas revolucionarias “Constitucionalistas” al mando del general Bartolomé Mitre.
Esta revolución se originó a raíz del resultado de la elección presidencial del 12 de abril de 1874, en la que Nicolás Avellaneda se impuso como sucesor de Domingo Faustino Sarmiento. El escrutinio no fue aceptado por Mitre y sus lugartenientes, quienes se levantaron en armas contra el gobierno de Sarmiento.
Las operaciones militares en la provincia de Buenos Aires se iniciaron con el desembarco de Mitre en la zona del Tuyú, de allí partió hacia el Sur- Oeste desde donde fue recorriendo la línea de fortines comandados por militares adeptos a su causa (entre ellos, Ignacio Rivas, Francisco Borges y Benito Machado). A lo largo del periplo, fue sumando tropa: partidarios de su causa, vecinos entusiastas y soldados que se encontraban apostados en los fuertes y fortines que defendían las poblaciones criollas contra los ataques indígenas (los clásicos “Martín Fierro”). Así, Mitre logró conformar un ejército de cinco mil hombres que se enfrentaron a los 800 del tenientecoronel José Inocencio Arias en la batalla del 26 de noviembre de 1874.
El combate fue encarnizado, la infantería de Arias, atrincherada entre los árboles y parapetada en el foso defensivo del potrero, realizó fuego continuo en varias hileras (de pie y rodillas), desplazándose hacia los puntos en donde se concentraba el ataque, llegando a detener las cargas de caballería a pie de trinchera. Tras tres horas de lucha, Mitre se retiró. Desperdigados por el llano quedaron más de 300 hombres, entre muertos y heridos, entre ellos el coronel Francisco Borges (abuelo del afamado escritor Jorge Luis Borges
Borges, en diversas entrevistas hace referencia a esta batalla, además de escribir al menos tres poemas acerca de la muerte de su abuelo en La Verde, el más conocido se titula: Alusión a la muerte del coronel Francisco Borges (1833- 1874) y fue publicado en su libro El Hacedor del año 1960.
En aquel conflicto armado entre hermanos se enfrentaron batallones y contingentes de soldados, gauchos y vecinos de muchos partidos de la provincia de Buenos Aires, entre otros: Lobos, 9 de Julio, 25 de Mayo, Navarro ySaladillo del Norte y Oeste de la provincia; Azul, Ayacucho, Bahía Blanca, Las Flores, Lobería, Pila, Ranchos, Rauch, Tandil y Tapalqué del Este y centro- Sur de la misma. El monolito conmemorativo de la batalla erigido en el mismo lugar en donde se desarrolló, fue declarado Monumento Histórico Nacional.
Un equipo de arqueólogos del Grupo de Estudios de Arqueología Histórica de Fronteras (Geahf) que nuclea especialistas de diversas universidades nacionales y centros de investigación, dirigidos por Carlos Landa, Facundo Gómez Romero y Emanuel Montanari, vienen desarrollando desde 2008 tareas de investigación en los campos en donde se sucedió la batalla. En el aniversario de estos 150 años, con el apoyo del municipio de 25 de Mayo, publicaron un libro titulado: “Yuyo verde y roja sangre, Mitre y Borges en las trincheras:
Arqueología histórica en el campo de batalla de La Verde (1874)”. El volumen reseña todos los resultados de las investigaciones efectuadas en más de 15 años de trabajo arqueológico. Además, la serie de Canal Encuentro “Memorias del Frente” de Alejandro Ravazzola, le dedicó un capítulo a La Verde y al trabajo arqueológico allí desarrollado.
Las tareas arqueológicas pudieron recuperar balas de Remington y sus casquillos, restos de bayonetas y de correajes, balas esféricas de los viejos fusiles de avancarga y botones de chaquetas militares con el escudo nacional. Y, más importante aún, la ubicación de estos objetos en el terreno permitió posicionar a los antiguos regimientos y sus desplazamientos durante el proceso del combate.
El parte de aquella batalla, de tan sólo tres horas, un breve arañazo en la inmensidad de la historia, menciona un terreno medanoso, de suaves pendientes tapizadas de matorrales de pasto puna y un potrero zanjeado con doble hilera de árboles, y en uno de sus frentes, de cara a la desmesura del llano, un par de casas de ladrillo. Nada más. Ese y no otro fue el escenario de la batalla. Pero, el paisaje, en los 150 años transcurridos desde el episodio bélico es otro. Décadas y décadas de laboreo del campo con arados, tractores, cosechadoras, sembradoras, más la construcción de canales artificiales para extraer el agua de los campos y cercas de alambrados, han modificado irremediablemente el terreno. El parte habla de trincheras y ninguna pudo detectarse durante las numerosas búsquedas arqueológicas en las que la exploración con detectores de metales se hicieron sobre rastrojos de soja, de girasol o de maíz. En un terreno aplanado por años y años de arado, es decir, un espacio muy diferente a esos declives de los médanos dorados por los pastizales de pasto puna.
Tampoco sabemos cuál fue la percepción espacio-tiempo de esas tres horas de enfrentamiento para los combatientes. Los atacantes, sumergidos en el flujo líquido del movimiento constante de las cargas y aguantando el chaparrón incesante de las balas; y los defensores, aherrojados en su posición fija, inmersos en el continuo disparo de sus armas de fuego, advirtiendo con aprensión y terror los progresos de los regimientos que se les venían encima, y observando con alivio refrescante las oleadas de aquellos que retrocedían. Curtidos y sufridos hermanos de armas (muchos habían sido compañeros en la Guerra del Paraguay o en los fortines de frontera) más tropas irregulares, gauchos y vecinos de la campaña bonaerense, matándose unos a otros por pasiones políticas para muchos de ellos incomprensibles e irrelevantes.
Párrafo aparte lo merecen los otros grandes combatientes de esta y de tantas otras batallas de la historia de la humanidad: los caballos. En este caso, la peor parte la llevaron los de los atacantes, que cayeron en masa ante la granizada de plomo de los defensores. Los otros, la caballada de Arias, estaban a resguardo, echados y maneados en el centro del potrero defensivo, por detrás de las líneas de los que tiraban desde las trincheras. Desgraciadamente, nada sabemos del número de bajas equinas, estas, como siempre, fueron soslayadas. Cayeron en ese espacio -la llanuraque albergó su vida, lo que sí es seguro es que el tiempo de su agonía habrá sido eterno para ellos, y para sus jinetes, porque nada más lastimero y triste que el relincho entrecortado de un caballo moribundo. En definitiva, los únicos individuos inocentes de este drama histórico.
Con posterioridad al hecho, florecieron algunas migajas literarias que lo reseñaron: el parte de Arias, escueto y castrense, las detalladas crónicas de Florencio del Mármol y los relatos, a salto de mata, de Teófilo Gomila. No hubo más testimonios conocidos. En las rocosas fragosidades de las memorias de los combatientes de La Verde, tan sólo anidó el silencio, el silencio y el posterior olvido.
Desperdigados por el llano quedaron más de 300 hombres, entre muertos y heridos; entre ellos, el coronel Francisco Borges, abuelo del escritor


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lunes, 26 de junio de 2023

NUESTRA HISTORIA


“Estar en Pampa y la vía”. La frase que habla de un lugar que ya no existe
Se trata de un refrán popular que acuñaron los amantes del turf, apostadores sin suerte, a principios del siglo XX
Daniel BalmacedaTras la construcción del viaducto Mitre, ya no existe “Pampa y la vía”
Luego de que Juan Manuel de Rosas fuera vencido por Justo José de Urquiza en la batalla de Caseros, el 3 de febrero de 1852, los terrenos de Buenos Aires que le habían pertenecido pasaron a manos del Estado. La mayor superficie, en Palermo y Belgrano, se convirtió en Parque 3 de Febrero, que en su nombre recuerda la fecha de aquella batalla.
El inmenso pulmón de la ciudad se inauguró en 1875. Al año siguiente comenzó a funcionar el Hipódromo Argentino –también llamado Hipódromo de Palermo– en las avenidas Vértiz (hoy Libertador) y Dorrego. En 1877, en el rincón más alejado de aquellas tierras confiscadas se alzó uno nuevo: el Hipódromo Nacional o Hipódromo de Belgrano. Estaba ubicado en el sitio donde hoy se emplaza el espacio conocido como Barrio River. De hecho, el trazado curvo de la calle Victorino de la Plaza permite establecer cuál era uno de los codos de la pista. El restante se ubicaba donde hoy se encuentra el estadio Monumental de River Plate.
El Hipódromo de Belgrano fue centro de reunión social y deportiva durante años, por más que estaba alejado del centro. Para llegar hasta el mencionado circo de carreras, las posibilidades eran viajar en tren del Ferrocarril Central Argentino (que al nacionalizarse se convirtió en el Mitre) hasta las Barrancas de Belgrano. Desde allí, caminar o tomar el tranvía a caballo en Pampa y Montañeses, junto a las vías de ferrocarril.
La alternativa era el tranvía de la compañía The Buenos Aires and Belgrano Tramways que salía de la Plaza de Mayo y terminaba su recorrido en las actuales Libertador y Monroe, a escasa distancia del hipódromo. Esta variante era aprovechada por aquellos que no estaban cerca de las estaciones del ferrocarril. Por ejemplo, les convenía a los que se encontraban en las cercanías de las avenidas Santa Fe y Pueyrredón (se llamaba Centro América).
La decisión de la familia Billinghurst y los tranvías eléctricos
A fines del siglo XIX, la mencionada compañía de tranvías, perteneciente a la familia Billinghurst, resolvió dar de baja y no renovar su concesión en el tramo que unía Barrancas de Belgrano con el hipódromo. El motivo fue que los apostadores preferían bajarse en las barrancas y caminar las doce o quince cuadras hasta el circo de carreras, con tal de no pagar una tarifa más alta para acceder a ese tramo final.
En 1897 se iniciaron los ensayos de tranvías eléctricos. La red comenzó a extenderse y en 1903 se inauguró un trayecto del eléctrico a Belgrano, más precisamente a Pampa y Vértiz. El negocio había remontado y la Compañía de Tranvías Angloargentina (que absorbió a The Buenos Aires and Belgrano Tramways) volvió a tomar la concesión hasta el hipódromo. Pero como una línea autónoma que se tomaba en Pampa y Montañeses y lucía un cartel en su frente que indicaba el destino: Hipódromo Nacional.
Perderlo todo, menos el boleto
Los usuarios compraban el único boleto posible, de ida y vuelta, que costaba diez centavos.
Al finalizar la jornada hípica, eran varios los desafortunados que habían perdido todo el dinero que habían llevado y ni siquiera contaban con una suma para volver a sus hogares. Lo único que tenían era el boleto de regreso a Pampa y la vía, donde quedaban varados. Allí solían vender alguna pertenencia para recaudar el dinero que necesitaban para continuar su camino. Ese es el motivo por el cual la frase “estar en Pampa y la vía” describe la situación del que se ha quedado sin dinero.
En 1926 cerró sus puertas el Hipódromo Nacional y se perdió un ingrediente fundamental que permitió gestar la popular frase. El 3 de noviembre de 1935, a las ocho de la noche, aquel tranvía de la Anglo que depositaba a los burreros en Pampa y la vía realizó por última vez el recorrido. De esa manera, desapareció otro de los componentes esenciales de la frase. Ahora, en 2019, las vías del tren del Ferrocarril Mitre han sido elevadas para eliminar barreras y mejorar la circulación. El viaducto Mitre pasa por las alturas. Por lo tanto, ya ni siquiera nos queda el cruce de Pampa y la vía.

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lunes, 29 de mayo de 2023

NUESTRA HISTORIA


Promesa divina. Una iglesia monumental en medio de la nada
Nuestra Señora del Carmen fue construida sobre una vizcachera, en un paraje desierto, hace 110 años
Matías AvramowNuestra Señora del Carmen, en la inmensidad del campo argentino
En el corazón de la provincia de Buenos Aires, en un páramo tapizado de pasturas, se erige una iglesia de 22 metros de altura y diseño alemán, con vitrales traídos de Italia, bancos de roble esloveno y mármol de Carrara. Es una verdadera joya arquitectónica que causa impacto por su majestuosidad y porque está sola en medio de tanta tierra fértil, donde ni siquiera llega el asfalto.
Es demasiado grande para ser “la iglesia del pueblo”. López Lecube apenas tiene siete casas ocupadas, más otras tantas deshabitadas, sobre un breve trazado de calles de tierra, junto a un colegio y una salita de primeros auxilios. Todos sus habitantes (22 “lopezlecubenses”) reunidos en misa, apenas llenarían los primeros cuatro bancos de Nuestra Señora del Carmen. Entonces, ¿cómo se explica semejante obra?
El malón y una vizcachera
En 1880, tras haber participado en la primera etapa de la Conquista del Desierto, Ramón López Lecube, de entonces 28 años, fue recompensado por el gobierno de Julio Argentino Roca con una enorme extensión de tierra en la “frontera sur” de la provincia de Buenos Aires. Le dieron 50.000 hectáreas de pradera virgen a 100 kilómetros de Bahía Blanca.
Allí construyó la primera estancia de la zona: San Rafael. En poco tiempo, con la ayuda de su mayordomo, Eduardo Graham, se convirtió en uno de los más grandes productores de ganado del país. Fue uno de los más antiguos miembros de la Sociedad Rural y pionero en la crianza de caballos Cuarto de Milla
En 1887, en una tarde oscura, el estanciero y su fiel mayordomo recorrían la estancia cuando descubrieron, a lo lejos, una nube de tierra que se acercaba hacia ellos a una velocidad inusual. “Segundos más tarde, cuando la nube estaba cerca, se dieron cuenta de que era un malón que iba a atacar San Rafael”, repasa Andrea Ferreya que, además de ser la enfermera del pueblo, es una de las restauradoras de la iglesia.
En la llanura pampeana no hay dónde refugiarse. Graham descubrió un hoyo en la tierra, una vizcachera, y el único escondite posible. Pero había lugar para uno solo... Y lo ofreció a López Lecube, que se metió en el agujero sin dudarlo.
El estanciero se encomendó a la Virgen del Carmen, de la que era devoto. Y le prometió que si salía vivo de la vizcachera le construiría una iglesia monumental. Nadie sabe con precisión qué pasó en aquel momento, pero Andrea imagina a López Lecube aterrado. “Habrá cerrado los ojos por horas. Yo pienso que se quedó toda la noche en la vizcachera, y cuando salió del agujero, se encontró solo. No había rastros del mayordomo ni de sus caballos”, describe. El malón arrasó con todo.
Una construcción de estilo europeo
Desde Bahía Blanca, López Lecube reconstruyó su estancia y comenzó a trabajar para cumplir con su promesa. Contactó a Peter Jürgensen, célebre arquitecto de iglesias alemán, y le encargó un diseño digno de la Virgen del Carmen, su salvadora. Tendría cinco altares de mármol de Carrara tallados, 24 bancos y dos confesionarios de roble. En los vitraux, entre santos, quedarían representada su familia y el heroico mayordomo que sacrificó su vida por él.
Mandó traer gran parte de los materiales desde Europa: mármol, vidrio, losa, hierro... y también las campanas. En una de ellas, hizo grabar un mensaje personal: “Confortado en la fe cristiana, llegué a estos campos el 8 de noviembre de 1880, en los que labré mi felicidad”.
La construcción, de alta complejidad, se extendió por más de una década. En un principio, los materiales eran transportados en carreta desde el Puerto de Ingeniero White, en Bahía Blanca. Eran 100 kilómetros hasta la vizcachera, en una época sin caminos trazados y con asedio constante de los indios. Pero en 1905 llegó el tren a la región y se aceleró el ritmo de la obra. Ramón López Lecube donó las tierras para el tendido de las vías y la construcción de algunas estaciones y, como agradecimiento, bautizaron con su apellido la estación más cercana a la vizcachera. En los años siguientes, a su alrededor, crecería el pueblo López Lecube.
El 31 de agosto de 1913, hace casi 110 años, frente a 300 invitados de la alta sociedad de Bahía Blanca, don Ramón López Lecube inauguró su majestuosa obra. Y cumplió su promesa divina.
Los ferrocarrileros ya habían construido algunas casas al lado de la vía. Junto a la estación, recién comenzaba a nacer el pueblo López Lecube, que, curiosamente, antes de tener su primera casa, su primer habitante, ya tenía una iglesia monumental.

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lunes, 24 de octubre de 2022

NUESTRA HISTORIA


Las ideas liberales, base filosófica del Juicio a las Juntas

El principio político que hizo posible en la Argentina la vigencia de los derechos humanos y el castigo legal a quienes los habían violado pasó inadvertido y hasta tendría aquí cierta mala reputación: el liberalismo
Gustavo Noriega

El éxito de Argentina 1985 vino acompañado de un debate acerca de los verdaderos protagonistas del juicio a las juntas militares, en la película centrado en la figura del fiscal Strassera. Que si faltaba la presencia de Alfonsín, que los jueces, que quienes habían tenido la idea original, que el rol del peronismo, las movilizaciones populares, los organismos de derechos humanos, etc. Como pocas veces, fueron emergiendo en algunas notas y entrevistas los nombres de un conjunto de personas con aspecto muy poco heroico: serios, formales, académicos, inteligentes y moderados. Los filósofos Carlos Nino, Jaime Malamud Goti y Martín Farrell aparecieron en los relatos como los primeros que en esa época pensaron que la Argentina tenía que reconstruirse institucionalmente luego del período militar y que un paso importante en ese sentido sería que las juntas militares fueran juzgadas. No de cualquier forma, no de manera que se interpretara como una venganza, tratando de que en la medida de lo posible todo fuera en el marco de la ley imperante y bajo la acción del mismo Poder Judicial que venía funcionando en la dictadura.
En el origen están los encuentros entre Nino y Malamud Goti en Alemania, en 1982, cuando la dictadura estaba por entrar en su fase final. Nino, quien luego sería el asesor más importante de Alfonsín para la cuestión militar y la política de derechos humanos, fue quien arrancó con la idea. La discutieron con Malamud Goti y cuando volvieron al país comenzaron a hablar con los políticos de la época, radicales y peronistas. En ese momento se les unió Martín Farrell. El más interesado fue Raúl Alfonsín, quien tomó el compromiso de juzgar a las Juntas, delimitando previamente tres niveles de responsabilidad. La forma de la transición y lo que se iba a hacer con el pasado inmediato fue uno de los temas de campaña que dividieron fuertemente al candidato radical del peronista, Ítalo Luder, mucho más proclive al olvido y al borrón y cuenta nueva.
Robert Cox y Patricia Derian fueron fieles al ideario liberal
La evaluación del experimento político del juicio realizado en 1985 ha variado con el tiempo. Hoy, varios años después, el consenso es que se trata de un momento virtuoso de la política argentina, quizás uno de los pocos. La misma existencia de la película, la idea de que podría ser una historia épica para contar y, desde luego, su éxito de público y repercusión, confirman esa sensación de logro. La transición argentina a la democracia, castigando los crímenes de la dictadura en el marco de la ley, pasó a ser un modelo estudiado por el resto del mundo e inspiración de algunos procesos similares.
Derechos inalienables
Así como los ideólogos iniciales de ese notable proceso histórico pasaron desapercibidos en el imaginario social de la Argentina, la idea política que hizo posible la vigencia de los derechos humanos y el castigo legal de quienes los habían violado pasó también inadvertida y hasta su nombre tendría cierta mala reputación: el liberalismo.
Juicio a las Juntas, en abril de 1985
La idea de que las personas tuvieran derechos inalienables, que cada individuo era un fin y no un medio y que su dignidad era inviolable no provenía del peronismo, por cierto, y mucho menos de la izquierda. Se trataba de un credo esencialmente anglosajón proveniente de varios siglos atrás, con ambiciones más modestas en apariencia, pero que cambió las relaciones entre el individuo y el Estado de una vez y para siempre. Los responsables de pensar el juicio no se referenciaban en Marx o Perón sino que discutían si apoyarse en el utilitarismo de Bentham o en la ética de los principios de Kant, ambos filósofos liberales.
"Alfonsín llevó a juicio a las Juntas y a las cúpulas guerrilleras"
Como decía el general Perón del peronismo, liberales somos todos; por lo menos, todos aquellos que pretendemos vivir en un sistema en el cual se considere a todos los individuos por igual, independientemente de que formemos parte de algún colectivo. El liberalismo como idea traza una línea entre el poder y el individuo, entre lo público y lo privado: esa línea es –o debería ser– una barrera infranqueable. Resultado de un proceso de desacralización con el cual la humanidad fue forjando la civilización y en el cual puso a todas las personas en un ideal estado de igualdad, terminó convirtiendo al individuo como el último lugar sagrado. Sus fundamentos no están escritos en el cielo ni los transmitió un Dios: se postuló que los hombres nacen todos iguales y dotados de una serie de derechos inviolables. Postulado: principio que se admite como cierto sin necesidad de ser demostrado. Es una invención que convirtió al mundo en un lugar mucho mejor para la enorme mayoría de la población, hasta ese momento sujeta a las arbitrariedades de los poderosos –príncipes, reyes, señores feudales, amos–, contra los cuales no tenía defensa legal ni filosófica. Es una invención tan perfecta que hasta quienes no creen en ella y la desprecian recurren a sus principios cuando se sienten en peligro.
Así fue el cambio de discurso de la izquierda revolucionaria, que pasó a fines de los 70 de considerar a los derechos humanos un ardid de la burguesía a la bandera a la cual aferrarse con la que no solo podían preservar sus vidas y su integridad sino también encontrar la forma de castigar a quienes –en su propia concepción militarista– los habían derrotado. En muchos casos esa conversión fue honesta y la idea de revolución fue reemplazada con sinceridad en las convicciones de viejos combatientes por las ideas de libertad, democracia y derechos. En otros, se trató simplemente de una conveniencia momentánea y una utilización astuta de principios en los que no se creía.
Que los revolucionarios no creían en los principios liberales y los derechos humanos no es muy difícil de demostrar: sus modelos eran la Cuba de Fidel Castro y el Che Guevara, y la relación con regímenes fuertemente represivos como el soviético podría ser más o menos desconfiada pero indudablemente amistosa. Muchas de las organizaciones conocidas como de “derechos humanos” mostraron que su relación con ese concepto era puramente instrumental y con el correr del tiempo no dudaron en establecer lazos cordiales con dictaduras como la de Chavez y Maduro en Venezuela.
El periodista Ceferino Reato, en su libro sobre la bomba puesta en el comedor de la Policía Federal (Masacre en el comedor, Sudamericana, 2022), advierte con perspicacia que quien señala ese cambio de estrategia retórica de la izquierda revolucionaria es el propio Rodolfo Walsh (organizador de aquel atentado) quien en sus escritos dirigidos a la cúpula montonera de los últimos meses plantea con toda claridad que la batalla militar está perdida, que es hora de un repliegue y ofrecer un cese del fuego “con el reconocimiento de ambas partes de la Declaración Universal de los Derechos del Humanos y la vigencia de sus principios bajo control internacional”. Desde ya que Walsh, admirador de la revolución cubana, defensor de la represión a los intelectuales en la isla, participante de atentados terroristas, no tenía ninguna convicción profunda por los derechos humanos sino más bien lo contrario. Lo cierto es que con su inteligencia, muy superior a la de sus camaradas de armas, entendía que no quedaba otra salida que aferrarse a esa consigna liberal que, por otra parte, por su propia esencia, tenía la ventaja de que no distinguía entre víctimas y victimarios, entre terroristas y militantes: los derechos eran para todos por igual.
Quienes en la Argentina más consecuentes fueron durante los años de plomo con los principios liberales fueron, no curiosamente, dos extranjeros: Robert Cox, director del Buenos Aires Herald y Patrice Derian, secretaria de Derechos Humanos del gobierno de Jimmy Carter. Cox, en un primer momento convencido de que la dictadura nacida en 1976 era otro gobierno militar más y que Videla era una persona honorable, supo cambiar su punto de vista al calor de la información que le llegaba. Se acercó a esas madres que giraban en torno a la Plaza de Mayo pidiendo por sus hijos desaparecidos y les dio un espacio en el Herald. Nunca idealizó a las víctimas, como razonablemente lo hacían sus madres, y siguió usando el término “terroristas” para las organizaciones guerrilleras. Estuvo detenido de manera clandestina y finalmente, cuando su hijo fue amenazado, dejó el país con su familia. Patrice Derian, por su parte, vino en dos ocasiones como enviada de su gobierno, se entrevistó con los dictadores y logró que se permitiera la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos a realizar inspecciones. Cuando le preguntaron por qué habían permitido esa inspección que fue tan letal para la reputación del régimen, el general Videla contestó: “Por la presión de gente como Derian, que jorobaba tanto”. Luego, la secretaria de DDHH norteamericana hizo conocer ante los representantes de su país, que deseaban establecer contactos comerciales con Argentina, la realidad de nuestro país y su régimen.
Juicios amplios
Es interesante recordar que Alfonsín, al mismo tiempo que ordenó juzgar a las juntas militares, hizo lo mismo con la cúpula de la organización Montoneros y con Enrique Gorriarán Merlo, único miembro sobreviviente de la conducción del Ejército Revolucionario del Pueblo. En su momento, la sociedad, harta del clima de violencia de los 70, no puso ningún tipo de objeción a que los juzgados fueran tanto los militares como los guerrilleros.
Con el tiempo, especialmente desde el apogeo del kirchnerismo, se empezó a criticar una supuesta “teoría de los dos demonios” que justificaba la violencia militar como respuesta a la provocada por las organizaciones revolucionarias. Se acusó de tener esa posición nada menos que a los responsables de la investigación que terminó en el Nunca Más, una recopilación de testimonios sobre el terrorismo de Estado que sirvió de base a las acusaciones del juicio. Durante la gestión kirchnerista incluso se agregó un nuevo prólogo al Nunca Más. Más allá de la deshonestidad –y falta de respeto– con que se trató a ese extraordinario documento y a la Conadep, integrada por civiles con valores liberales, es muy llamativa la línea argumental llevada adelante por los grupos de izquierda y el kirchnerismo para desacreditar a la teoría de los dos demonios. El argumento central era que la violencia ejercida por el Estado necesariamente era mucho peor que la que podían llevar adelante particulares. Esa es, en síntesis, la idea liberal.
Lo que se estaba diciendo allí era que había que trazar una línea que defienda al individuo de los poderes del Estado y que esa línea tenía que ser más gruesa, más fuerte, más poderosa que la que separa a los individuos entre sí. Difícil encontrar una formulación del liberalismo más precisa que lo que los grupos izquierdistas formularon inconscientemente al criticar la famosa teoría de los dos demonios.
En definitiva, liberales somos todos. Lo son algunos esporádicamente, por conveniencia, cuando sienten que el poder del Estado apunta en su dirección y ya no les resulta tan seductor. Lo somos quienes lo reivindicamos en cualquier momento y lugar, aplicado a las dictaduras latinoamericanas de derecha o de izquierda, a regímenes teocráticos o democracias de todo tipo. El juicio a las cúpulas militares de 1985 puede ser reivindicado como propio por quienes se consideran liberales. Los beneficios de la idea liberal, en cambio, por su propia esencia, son universales, sin distingos de raza, elección sexual, país, clase social, casta o cualquier pertenencia que uno quiera imaginar

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