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domingo, 8 de octubre de 2023

TURISMO DIFERENTE




“Vivimos en el paraíso”: el inhóspito cabo de ocho habitantes que mira al Titanic del fin del mundo
Manuel Fernández Arroyo. - Fundación por el Mar
En la costa norte de Tierra del Fuego, se asienta Cabo San Pablo, donde naufragó el buque Desdémona
Leandro Vesco

CABO SAN PABLO, Tierra del Fuego.– “Estamos frente al Titanic de Tierra del Fuego”, dice Silvia Sosa frente al naufragio del Desdémona, que se produjo en 1985, el icónico barco encallado en la caleta de este inhóspito cabo en la costa norte, solitaria y salvaje de Tierra del Fuego. Sólo ocho personas viven frente al mar del fin del mundo, desde hace siglos los marinos más intrépidos han hallado su final en estas heladas aguas. Un faro inclinado por un terremoto ya no señala la costa. “La gente cree que hay fantasmas en el barco y vienen a verlo”, indica Sosa. El oxidado naufragio queda al descubierto cuando baja la marea. “A veces le hablo”, agrega.
“Es mágico”, confiesa Silvia. Cuando conoció por primera vez este páramo, se sentó frente al Desdémona y le dijo que quería vivir aquí. Pocos años después, ese sueño se hizo realidad. Junto a su marido, Miguel Capdet, vive incomunicada con el mundo, pero conectada con el mar. Tiene un pequeño restaurante de tres mesas y un camping sencillo, un refugio de humanidad alrededor de la más completa soledad. Vive sin teléfono ni internet, unos paneles solares producen electricidad, pero, en los largos meses invernales, un generador tose algunas revoluciones y enciende luces y la heladera. Tiene una red en la popa del barco, cuando baja la marea salmones salvajes y róbalos quedan atrapados. “No necesitamos más, el mar nos da todo, aunque a veces te da miedo”, reconoce Capdet, que es marinero y hombre de mar.
¿Por qué un barco encallado llama tanto la atención? “Es difícil hallar uno que esté en una caleta tan desolada y de ese porte y con su inclinación”, reconoce Capdet. Inseparable de la costa, desde lo alto del cabo, en las ruinas del viejo faro, cuando baja el sol el óxido recibe la luz dorada y provoca en su casco un brillo irreal. “Lo primero que hago cuando me despierto es salir y verlo”, dice Sosa.
“No es fácil vivir acá, el fin del mundo nos aceptó”, cuenta Capdet. Junto a Sosa, conoció el cabo en 1988. Él viene de La Pampa; Silvia, de Córdoba. Ese año pasaron una navidad con un matrimonio amigo. Ella fue la que sintió el toque del barco, un llamado. Vivían en Ushuaia. Sosa había llegado a la ciudad más austral del mundo en 1983. “Mi mamá me había dicho que si me quería volver fuera a la estación de tren y me tomara uno de regreso”, recuerda. La nieve la ahogó con su horizonte silencioso. Fue hasta la Base Naval de Ushuaia y le preguntó al guardia si había un tren que la llevara a Córdoba. Sólo obtuvo risas como respuesta. Cayó en la cuenta que la isla no deja salir con facilidad a quienes la habitan.
Silvia Sosa vive en Cabo San Pablo desde 2014
 Fundación por el Mar
Trabajó en fábricas de electrodomésticos. Por entonces, un camión se paseaba por las calles embarradas de Ushuaia llamando a los vecinos. “Te daban trabajo en la calle”, recuerda Sosa. Luego, ingresó al hospital y en 2012 se jubiló. El Desdémona la llamaba. En ese momento, Miguel navegaba por el Canal Beagle. “Yo sentía que mi vida estaba allá, frente al barco”, relata Sosa. Tuvieron dos hijos. Iban todos los fines de semana a al cabo y construyeron un pequeño rancho. En 2014 hubo un intento de usurpación y Silvia tomó una determinación. Nadie iba a quitarle el sueño. “Me vine a vivir sola”, indica. Miguel le trajo víveres para algunos meses, pero esos meses se convirtieron en años. Él se quedó con los hijos y al frente de una lancha turística, y ella, en la soledad, frente al naufragio del Desdémona.
Lugar en el mundo
La vida en soledad no le pesó. Si hoy viven ocho personas, todas pescadores, en 2014 eran menos, una pareja le enseñó los artes de pesca. En la popa del Desdémona instaló una red que trabaja en la zona intermareal. Sumergida en marea alta, cuando baja sólo tiene que recoger los pescados que quedan atrapados. Se mantuvo con esto y buscando pulpos debajo de las rocas. No tenía pantallas solares. De noche, se iluminaba con velas. “Pero, a veces, no era necesario encenderlas, porque las estrellas hacían que la noche fuera un día”, cuenta. En verano, a las tres de la madrugada ya amanece y durante todo el día veía la misma secuencia: los visitantes que entraban a la costa para ver el barco. “Se me ocurrió hacer pan casero”, señala Sosa. Bajaba y se los ofrecía.
Miguel Capdet, otro de los habitantes del cabo

 Fundación por el Mar
“Gracias por el gesto, no lo olvidaremos”, le dijo un cliente que le pidió una comida. Ella estaba haciendo sopa de pescado y le ofreció un plato. La esposa del hombre le preguntó por qué no hacía comida para vender y la idea le pareció buena. Con la pesca del día tuvo resuelto el menú, luego continuó con el pan casero. Así estuvo todo un año. Miguel la visitaba el sábado a la noche y volvía el domingo a Ushuaia. Desconocía que ella estaba trabajando en Cabo San Pablo. “Un día me animé y le dije”, recuerda. Pero aún más, había ahorrado para comprar un zepelín e instalar el gas. “Junté $50.000″, se enorgullece. Corría 2016. Sólo faltaba conseguir agua. “Estaba segura de que cerca de la casa había”, dice Sosa. Una mañana la visitó su hijo y comenzaron a cavar, a la cuarta palada, el agua brotó. “Fue como encontrar oro”, agrega. La historia se puso mejor.
“Acá la vida es más sencilla, sos dueño de tu destino”, afirma Capdet. En 2018 dejó Ushuaia y acompañó a Silvia y le dio forma al proyecto de vida. Desde entonces viven frente a la costa. Levantó el restaurante y la vivienda, con ventanales que muestran al protagonista de sus vidas: el Desdémona. Hizo una bajada más directa hacia la costa e instaló panales solares. “Hay personas que están toda la vida buscando su lugar en el mundo, acá encontramos el nuestro”, confirma. Para completar, hicieron un camping.
El Desdémona...Gentileza: Manuel Fernández Arroyo. - Fundación por el Mar

Cosas de mar

¿Cómo es la vida en la soledad absoluta? “Estamos incomunicados, no hay médicos, pero vivimos en el paraíso, nos arreglamos. Acá sos feliz con poco”, dice Capdet. Se dividen las tareas, cuando baja la marea salen a buscar pescados, cortar leña, mantener las plantas y la casa. El mar obliga a un mantenimiento constante. “Acá te olvidás del mundo y cuando te enterás de alguna noticia, ya pasó una semana, nos hace bien estar alejados del mundo de los noticieros”, agrega. Le dan de comer a Rulo, una oveja que iba a ser una cena navideña, pero terminó como animal de compañía del matrimonio. “Protegemos todo lo que podemos, les dejamos comida a los pájaros”, dice Capdet.
Tiene un esparcimiento. Con una radio VHF marina se comunica con los barcos que pasan por la costa. “Hablamos de cosas de mar”, dice.
El cabo San Pablo está a 200 kilómetros de Ushuaia

Gentileza: Manuel Fernández Arroyo. - Fundación por el Mar

Merodeando alrededor de la casa se ven zorros, guanacos y caballos que bajan a beber agua del río San Pablo. Dos peligros acechan: los perros cimarrones, que no distinguen presas, y los visones, que persiguen un tesoro, los pescados que quedan atrapados en la red. Sobre el cabo, suelen sobrevolar los cóndores las casas.
“Valorás lo sencillo, la salida de la luna sobre el mar”, describe Sosa. En días de plenilunio, la luna emerge del mar del doble de su tamaño de un color anaranjado, a un costado del Desdémona. “Es como si fuera una naranja”, se emociona Sosa. Silvia cocina, mientras escucha música de Radio Nacional Río Grande, la única que llega. “Todo esto está inexplorado”, dice Capdet, mientras mira al este, donde se presagia la oscura e incógnita Península Mitre.
En la cima del Cabo San Pablo se halla un faro inclinado de 1945. A punto de caerse, es un mudo testigo de un fuerte terremoto que sacudió la isla en 1949. En 1966 se construyó el actual, sin tripulantes, una torre troncopiramidal de seis metros de altura, que se activa en forma automática con energía fotovoltaica, la señal luminosa tiene un alcance óptico de 12,5 millas náuticas (unos 23 kilómetros). Sin embargo, la costa es un cementerio de barcos. El Desdémona y su lenta agonía en la caleta son una muestra del peligro de navegar por estas irredentas aguas.
Cabo San Pablo, un lugar apartado en la costa norte de Tierra del FuegoGentileza: Manuel Fernández Arroyo. - Fundación por el Mar
Naufragio

¿Cómo fue el naufragio del buque? Fue construido en los astilleros H. C. Stulken and Sohn, en Hamburgo, Alemania. Tenía dos gemelos, el Ofelia, hundido frente a la costa de Venezuela y el Cleopatra, desguazado en el puerto de Buenos Aires. Como todos los buques alemanes construidos en la posguerra, no debían tener mucha potencia. Se lo equipó con un motor diésel Krupp de 8 cilindros de 1470 HP con una sola hélice, originalmente diseñado para submarinos. Podía desarrollar apenas 10 nudos (poco más de 18 kilómetros por hora).
La nave entró a navegar en aguas argentinas en la década del 60 en la compañía Líneas Marítimas Cormorán. Los marinos afirman que algunos barcos nacen con mala suerte, como el Desdémona. En julio de 1983 cuando navegaba cerca de Mar del Plata, recibió el impacto de un rayo que averió su sistema de comunicaciones y su radar. Un denso banco de niebla lo abrazó y quedó varado. Tuvo otra varadura en Río Grande y, finalmente, su último viaje lo hizo con una carga de 20.000 bolsas de cemento, desde el puerto de Comodoro Rivadavia hasta Ushuaia. Según relata su capitán Germán Prillwitz, en el libro Naufragios de Carlos Vairo, la nave sufrió un sabotaje y perdió su potencia.
"Acá se vive más sencillo", dicen los pobladoresGentileza: Manuel Fernández Arroyo. - Fundación por el Mar
Un temporal lo encerró a la altura del cabo San Pablo el 9 de septiembre de 1985 a la una de la madrugada y ante la inminencia de perder el gobierno de la nave, el capitán decido acercarse a la costa, e impactó en popa con una restinga que no figuraba en las cartas náuticas. El choque perforó el barco e inundó la bodega. Algunos dicen que la maniobra estaba preparada para cobrar el seguro. Luego de un tiempo, el buque se incendió incidentalmente. Después de esto, nacieron el misterio y la leyenda.
“Este mar no está contaminado, la costa es mística”, describe Miguel. Además de los peces se ven algas en la orilla. Cachiyuyos, principalmente, que los usan para sus estofados. Debajo del agua, hay bosques de estas macroalgas. “Son los ecosistemas menos perturbados de la Tierra”, dice la bióloga marina Carolina Pantano, que trabaja en el territorio en su protección para la Fundación Por el Mar. Más de 60 especies de invertebrados los usan como refugio para desovar, como la codiciada centolla. Proveen alimento, medicina, protección costera y mitigan el cambio climático.
“Salgo muy poco. Todo lo que quiero lo tengo acá”, se confiesa Sosa. Río Grande está a 120 kilómetros y Ushuaia, a 200. Le gusta cocinar, lo hace bien, su menú es costero: róbalo a la pizza, salmón grillado, pizza de mariscos, empanadas de pescado, pero también amasa el pan y las facturas para el desayuno. “Todo lo hago a mano, soy feliz en la soledad”, agrega, mientras mira por la ventana al Desdémona, confidente y misterioso.

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martes, 12 de abril de 2022

TURISMO DIFERENTE


Moconá vs. Iguazú. Cómo son “las otras cataratas” que cada vez reciben más visitantes
Los dos parques con los saltos de agua más importantes del país están en la selva misionera, separados por 280 kilómetros; naturaleza y aventura frente a exuberancia e imponencia
Guido Piotrkowski
La selva misionera, que es parte de la selva paranaense, la jungla subtropical que comienza en Río de Janeiro y llega hasta nuestra provincia mesopotámica, oculta tesoros menos explorados.
En los últimos años, un nuevo vergel viene asomando al turismo en medio de la jungla: El Soberbio. Es un reservorio de selva virgen donde sorprenden los Saltos del Moconá –el que todo lo traga en idioma guaraní–. Se trata de una serie de saltos que corren longitudinales al río a lo largo de dos kilómetros. A simple vista resultan menos espectaculares que la Garganta del Diablo, el salto estrella del Parque Nacional Iguazú, pero no por eso menos interesantes, sobre todo para los amantes de la naturaleza y el turismo aventura.
Llegar hasta acá es ya de por sí parte de la aventura. A 280 kilómetros de Puerto Iguazú, y 330 de Posadas, esta localidad está en la mitad de la provincia, a la vera del río Uruguay, que apenas lo separa de Brasil. Y resulta mucho más difícil de acceder que a Iguazú. Es por eso, quizás, que permaneció tanto tiempo ajeno al turismo de masas.
Mientras que para visitar Cataratas basta con tomarse un avión directo a Iguazú, para llegar a Moconá habrá que volar hasta Puerto Iguazú o hasta Posadas y luego recorrer trescientos kilómetros por ruta. Si bien la carretera principal que lleva hasta la entrada del parque provincial por la ruta 2 está asfaltada, los caminos de El Soberbio suelen anegarse cuando llueve mucho.
Hay, además, una ruta alternativa que no está asfaltada que pasa por la localidad de San Pedro y que se recomienda hacer en 4x4, sobre todo si estuvo lloviendo los días previos.
De la opulencia a lo modesto
El Parque Nacional Iguazú, patrimonio de la Unesco y una de las Siete Maravillas naturales del mundo, es un gigante de 67 mil hectáreas, que atesora 275 saltos de agua, y varios senderos para recorrer a pie. Tiene un gran Centro de Visitantes, un trencito que lleva a los turistas de un punto a otro, restaurantes, y varias opciones para recorrerlo que pueden llevar de uno a tres días. Es una maquinaria aceitada que recibe hasta seis mil visitantes por jornada.
Esta zona es uno de los pocos sitios del país donde aún deambula el yaguareté, especie en alto peligro de extinción de las que se estima solo quedan unos 250 ejemplares. Pero también alberga unas ochenta especies de mamíferos, entre ellos algunos que se pueden avistar fácilmente dentro del parque, como los coatíes. Adentro del parque, mientras se camina por las pasarelas, atentos y con un poco de suerte se pueden llegar a ver tortugas y yacarés.
Lo de Moconá es más modesto, aunque no menos interesante. Ubicado dentro de los límites de la Reserva Provincial Yabotí, que significa tortuga en guaraní y con doscientas cincuenta mil hectáreas, el Parque Provincial Moconá es un pequeño vergel que ocupa mil hectáreas dentro de la reserva. Tiene tres senderos, un centro de interpretación, un restaurante donde sirven platos típicos y, por supuesto, los renombrados Saltos del Moconá.
Además, atesora una preciosa diversidad de flora, entre las que se destaca las orquídeas, que encuentran acá la mayor diversidad del país y especies arbóreas como la guayubira, el chachí y la jabuticaba; la grapia, el cedro y la yacaratiá, la famosa madera comestible; hasta la ultrarresistente liana cipó, entre un sinfín de especies arbóreas nativas que habitan esta selva fantástica.
El mayor atractivo de este pequeño gran parque es navegar en lancha por el río Uruguay, y así poder apreciar los saltos. Un conjunto de saltos que a diferencia de la mayoría de los que se ven, corren paralelos al curso del río, a lo largo de unos 1900 metros. En un buen día, pueden llegar a tener diez metros de alto, siempre y cuando el caudal del río esté bajo. Cuanto más agua tiene el río, más bajos serán los saltos, y viceversa. El caudal depende tanto de las lluvias como de la generación de energía de la represa que hay del lado brasileño. Más allá de las vicisitudes climáticas, los fines de semana y los lunes son los mejores días para verlos, ya que las represas vecinas, luego de un acuerdo con las autoridades brasileñas, no generan energía. Entonces, el río tiende a bajar. Y esta es, quizás, una de las dicotomías que se le presentan al viajero a la hora de venir hasta acá. Si bien se puede ir mirando el clima en los días previos, cuando se trata de preparar un viaje y sacar pasajes con antelación, se hace difícil calcular estas cuestiones.
En Iguazú también se puede navegar a la vera de los saltos. El paseo se llama La Gran Aventura, y es un viaje en lancha hasta el pie de las cascadas. La diversión está en llegar bien cerca y empaparse de las aguas del Iguazú. Por eso es recomendable llevar una muda de ropa para quienes lo hagan.
Más allá de la Garganta del Diablo, hay dos circuitos diferenciados para hacer a pie: el inferior y superior. Desde el inferior se llega a la base de los saltos, donde la potencia del agua también llega a rociar a los visitantes. El circuito superior ofrenda espectaculares vistas panorámicas desde las pasarelas y los miradores.
La maquinaria turística está muy aceitada en Puerto Iguazú, mientras que en Moconá todo es más rústico e incipiente. Pero si uno es adepto a la aventura y detractor de las multitudes, la experiencia Moconá es la alternativa.


Datos Útiles

• El Parque Nacional Iguazú abre a las 9 de la mañana y cierra alas 5 de la tarde.

• La entrada incluye el acceso a Sendero Verde, Tren ecológico, Circuito Superior, Circuito Inferior, Circuito Garganta del Diablo, Sendero Macuco, Centro de Visitantes, Viejo Hotel. La tarifa para residentes nacionales es de $610. Para los menores de 6 a 16 años cuesta $ 350

• El Parque Provincial Moconá está abierto todos los días de 9.30 a 17.30. La entrada cuesta $300 para residentes argentinos, $120 para misioneros y jubilados nacionales, y $80 para menores 6 a 12 años y personas con discapacidad.

• Los paseos náuticos cuestan $1900 para residentes nacionales.

• https://mocona.misiones.tur. ar/informacion/; @Parquesaltosdelmocona en IG.

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lunes, 28 de marzo de 2022

TURISMO DIFERENTE


Joya oculta. La Niña, un pueblo rural perdido en el tiempo
A tres horas de la Capital y cerca de la ciudad de 9 de Julio, se llega por un camino fantasma; sobrevivió a inundaciones y desdichas varias y visitarlo es como retroceder cien años
José Totah
Quien espere el típico pueblito for export, con gauchos vestidos para la ocasión y mates decorados a precio dólar para turistas incautos, no tiene nada que hacer en La Niña
. Aquí no hay nada impostado y nadie quiere reflotar ningún antiguo sueño agroexportador. Caminar por estas calles de arena, a poco más de tres horas del cemento porteño –a 37 kilómetros de la ciudad bonaerense de 9 de Julio–, es un auténtico viaje en el tiempo. Un camino fantasma lleva a este apacible paraje rural, en donde la gente abre las puertas de sus casas para recibir visitantes (y prepararles la mejor comida casera de sus vidas). A la oferta se suman visitas a tambos, cabalgatas, avistaje de aves y una laguna para realizar tratamientos de hidroterapia.
Aquellos que recorran La Niña se sentirán en el far west. Solo falta que aparezcan Clint Eastwood y el bandido de turno para hacer un duelo en la calle polvorienta que atraviesa el pueblo. Un puñado de casas, la vieja despensa, la panadería, el club social y los tilos en la plaza parecen suspendidos en un tiempo impreciso, que no es el que habitamos. A la tardecita, algunos vecinos matean en la vereda, riegan para asentar la arenilla o hacen los últimos mandados del día. Un silencio profundo, pacificador, gobierna el pueblo y los campos que lo rodean.
Solo revisando los libros de historia se sabrá que este lugar fue alguna vez la segunda localidad más importante del partido de 9 de Julio, con casi 2000 habitantes: aquí llegaba el ferrocarril y la derruida estación es testimonio de ello. “Mi abuelo salía en el tren de las 7 y en unas horas estaba en Buenos Aires negociando el precio de la cosecha”, cuenta Marilda Fumagalli, una estudiosa de la historia de 9 de Julio y los pueblos aledaños. Su abuelo, Nazareno Paoltroni, llegó de Italia a principios del siglo XX y fue uno de los primeros pobladores estables de La Niña; allí se dedicó a criar chanchos y compró campos en la zona.
Entre 1959 y 1962, el llamado Plan Larkin recomendó la clausura de 15.000 ramales ferroviarios considerados “marginales o improductivos”. En esa volteada cayó el tren que llegaba a La Niña (la última formación arribó en 1961). Fue la primera gran estocada al pueblo. Pero vendrían más penurias, de la mano de la naturaleza, con las gravísimas inundaciones de 1973, 1986-87, 2001 y 2005.
Por si fuera poco, en 1987 cerró la fábrica que daba trabajo al pueblo, una antigua planta de la empresa Mendizábal, que producía el primer queso crema argentino (el Mendicrim). La firma había sido comprada por Nestlé, que vació las instalaciones y despidió a más de 100 personas. De los 105 tambos distribuidos en la zona, apenas quedaron cinco. Con el correr de los años, solo permanecieron viviendo 470 personas en La Niña.
Si algo caracterizó a La Niña fue su capacidad de reaccionar a los golpes con creatividad. “En 2001 empezamos con el turismo comunitario: le pedimos a la gente que se animara a abrir las puertas de sus casas y llegamos a tener 10 hospedajes”, cuenta Ricardo Gallo Llorente, impulsor de la iniciativa en ese entonces y dueño de La Catita, un antiguo casco de estancia que aloja familias y contingentes, cuyo origen se remonta a fines del siglo XIX. Desde allí se pueden gestionar cabalgatas, visitas a tambos, pesca en las lagunas, tours astronómicos, apicultura, etc. “El fuerte de La Niña es que ofrece la inmersión en un medio rural, en un pueblo congelado en el tiempo, con sus personajes, actividades y paisajes típicos”, explica Gallo Llorente.
Bety, la pionera
La primera mujer del pueblo que abrió su casa a los turistas se llama Bety Pereyra. “Me llegaban contingentes de 10 alemanes y les daba de comer a todos”, cuenta, orgullosa. Bety vive con su hija arquitecta y, si le da el tiempo y las ganas, cocina cuando alguien le pide (entrega la fuente y hay que regresarla al día siguiente). Otras propietarias ilustres que alojan turistas son Marisa Chela, Natalia Meyer y Noemí De Petri.
Una visita al pueblo debe incluir un tour por las despensas (El Viejo Almacén, San Honorato, el almacén de Karina Terrile), por la sede social del Club Atlético La Niña, la peña El Resorte y la panadería Dulce Amor, en donde las tortas negras son un emblema. En el recorrido no debe faltar el Hotel España, el primer salón que tuvo cine y todavía exhibe su cabina de proyección colgada del techo.
Natalia Meyer es maestra rural, pero además tiene un alojamiento para turistas (La Molienda). Entre los atractivos del lugar, rescata la belleza de lo simple: “Caminar por el pueblo, que te saluden, las flores, los tilos en la plaza, las calles de arena, la gente en la calle, el cielo minado de estrellas, las chimeneas en invierno…”. Una curiosidad es que los alumnos de la escuela de Natalia, en conjunto con Roberto Castro, director del Museo y Archivo Histórico Julio de Vedia de 9 de Julio, hicieron el hallazgo de varios sitios arqueológicos en la zona.
La inmersión en el medio rural regala varios programas al aire libre. Uno de ellos es el avistaje de aves, ya que en la zona se congregan más de 100 especies distintas, desde flamencos y garzas hasta gallaretas, cisnes de cuello negro, chimangos y gansos salvajes. Otra opción es acercarse a la Laguna La Yesca, cuyas aguas con alta mineralización permiten hacer tratamientos de hidroterapia y fango terapia.
Uno de los misterios de La Niña es el famoso camino fantasma, el trecho de ripio que lleva al pueblo (desde la RN 5). Durante años, ese tramo figuró en los mapas, pero lo cierto es que el camino no estaba terminado. Quizás ese carácter misterioso también aplique a La Niña, el pueblo en donde el tiempo parece haberse detenido para siempre.
DATOS ÚTILES
Cómo llegar
• la Niña está a 302 kilómetros de CABA por la RN5, a 37 kilómetros de la localidad bonaerense de 9 de Julio.
DÓNDE Dormir
• estancia la Catita. El día de alojamiento con pensión completa, $4000. Fb: Estancia La Catita
•lamolienda(casadecampo) 7500 pesos la noche en una casa entera para seis personas. Contacto: Natalia Meyer (+0 2317 47-4127). Fb: Agroturismo Gaia Niña
• Hospedaje Noemí (Casa de familia); 800 pesos la noche. Contacto: Noemí Aráoz (+54 9 2317 50-1718)
DÓNDE Comer
• La Casona
• Club Atlético La Niña

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domingo, 11 de marzo de 2018

TURISMO MENOS PENSADO....LOS UROS DEL LAGO TITICACA


Animate amigo, te lo dejo más barato que al resto, vamos", me dice César. Él es uno de los seis empleados de agencias de turismo -los conté- que me interceptaron desde que bajé del micro, hace diez minutos. Son las seis y cuarto de la mañana y a mi alrededor escucho los gritos de "Arequipa, Arequipa, Arequipa" y "Copacabana a La Paz", que se repiten en loop y forman la banda sonora de la terminal terrestre de la ciudad de Puno, en el sudeste de Perú. Si en la Argentina uno se queja de la falta de atención de los vendedores, acá ocurre lo contrario. Te persiguen. Las ofertas llegan solas, las quieras o no.
César me ofrece ir a las islas de los uros por cuarenta soles, unos doscientos cuarenta pesos nuestros, "y con almuerzo incluido", agrega. Nada mal. Acepto. Dejo mi mochila en su oficina en la terminal y salgo a la calle a esperar una combi que me va a llevar al puerto junto con otros seis pasajeros. Afuera lo único que veo son casas y edificios -de ladrillos gastados- a medio hacer. En el viaje compruebo que ese es el paisaje que se extiende kilómetros y kilómetros a lo largo de la ciudad, una gran favela andina.
La combi se detiene en el puerto. Ahí nos espera Hernán, nuestro guía. Hace frío, unos doce grados. Me pongo mi bufanda y mi gorro coya de lana y sigo al resto de los pasajeros hacia la lancha que nos asignaron. Desde su interior, el lago Titicaca parece un espejo que refleja el cielo y las montañas.
"¿Where are you from? ¿De dónde son?", dice Hernán primero en inglés y después en castellano mientras el capitán enciende el motor de la lancha. "London", grita una pareja de jóvenes ingleses; "Costa Rica", agregan dos señoras de cincuenta y dos amigos de veintipico. Mientras recorremos los seis kilómetros que nos separan de las islas, unos veinticinco minutos de viaje, Hernán explica que estamos en el Titicaca, el lago navegable más alto del mundo -tres mil ochocientos doce metros sobre el nivel del mar- ubicado entre Bolivia y Perú, el hogar de los uros.
La historia de esta comunidad se remonta a la época preincaica, entre los años 900 y 1200. Estuvieron entre los primeros habitantes del Altiplano. Según la leyenda que ellos mismos cuentan, habitaban tierra firme, pero escaparon al lago y construyeron las islas flotantes para evitar ser conquistados por los españoles que los llevaban a trabajar como esclavos a las minas de Potosí en Bolivia.
La lancha frena al lado de una pequeña isla donde nos recibe una mujer llamada Olga. Lleva puesto un sombrero de mimbre, un suéter de hilo blanco, un chaleco rojo bordado con dos flores azules y rosas, y una pollera de tela verde marino. Olga tiene cincuenta años, la tez oscura y rasgos atávicos que la conectan con sus antepasados. "Estamos muy contentos con su visita, felices de recibirlos, hermanos y hermanas", dice Olga en aimara, su lengua nativa, y Hernán se encarga de traducirla. Miro a mi alrededor. Todo -el suelo de la isla, las casas, las sombrillas y hasta el banco en donde estoy sentado- está hecho del mismo material. Olga me explica que se trata de totora, un junco acuático -con un tallo que llega a los tres metros de largo- que crece en la superficie del lago. Además de ser útil como material de construcción, la base blanca de su tallo es comestible.
Sin pensarlo, agarro un tallo de totora del suelo, lo pelo y lo muerdo. Sabe a maíz, pero más amargo.
"Gracias a esa planta es que las islas flotan", dice Olga, y me muestra varios bloques marrones de raíces de totora. La isla flotante en la que estamos -Santamaría-, al igual que las otras noventa y nueve que forman la comunidad de los uros, fue construida con esos bloques, que al descomponerse producen gases que les permiten la flotación.
Los uros juntan varias raíces de totora, las atan y colocan encima una capa de dos metros de totora seca. Una isla tarda entre uno y dos años en formarse y puede durar hasta cincuenta, dependiendo del mantenimiento de sus habitantes, trescientas veintidós familias, mil doscientas personas. Olga es la presidenta de Santa María, en donde vive junto con su esposo, Francisco -su secretario-; sus tres hijos, Sonia (11), Dora (12) y Cristian (20), y otras dos familias. Cada tres meses la isla cambia de presidenta, que tiene el rol de coordinar el trabajo en la isla. Además, hay un presidente general para todas las islas, que se elige democráticamente a través del voto.
Olga me invita a conocer su casa, una especie de choza hecha de totora que tiene el tamaño de una habitación. Adentro solo hay un colchón armado con tallos de totora y cubierto con sábanas hechas con ropa vieja cocida. La cocina está afuera y funciona a leña sobre una base de piedra, para que no haya peligro de incendio. "Estamos acostumbrados a vivir así, igual ahora nos modernizamos y tenemos televisión", dice Olga. En la entrada de la choza de al lado hay un panel solar instalado que les permite el acceso a la energía eléctrica. "Me encanta ver o escuchar los partidos", agrega Cristian, el hijo de Olga, quien asegura ser fan de Messi cuando le digo que soy argentino.
Los uros tienen jardín de infantes, escuela primaria y secundaria, comercios, un centro de salud y hasta una cancha de fútbol en donde juegan todos los domingos. Todo está hecho sobre bloques de raíces de totora. Cuando terminan sus estudios primarios, el diez por ciento de la población viaja a la ciudad a estudiar una carrera universitaria. "Es muy caro para nosotros viajar a Puno y comprar los materiales de estudio", dice Cristian.
El resto, como él, se queda ayudando a su familia. Todos los días Cristian se despierta a las cinco de la mañana junto con sus padres y sus hermanas para preparase para recibir a los turistas, una de sus principales fuentes de ingreso. Después, va a pescar con su padre. Por cada kilo de pejerrey que juntan en la ciudad les dan doce soles, cuarenta y ocho pesos. En una buena pesca juntan entre siete y diez kilos. "Es una vida difícil", dice. Los uros dividen sus tareas por género. Los hombres se encargan de la pesca y la caza y las mujeres, de la cocina y de las artesanías.
Subo a una de las balsas flotantes junto a la pareja de ingleses, los costarricenses, Cristian, sus hermanas y su padre. Me invitan a remar. Después de unos minutos estoy cansado. El remo de madera pesa unos tres kilos. Vamos en dirección a la isla capital, un lugar creado para que los visitantes puedan comprar artesanías y se lleven de recuerdo el sello del lago Titicaca en su pasaporte.
Sonia y Dora comienzan a cantar, primero en aimara, después en francés y en español. "Les decimos adiós con el corazón", dice la letra de la canción. Todo está preparado para los turistas, para entretenerlos. Aunque algunas islas no los aceptan, piensan que es vender sus tradiciones. "Tenemos que subsistir", se justifica Cristian. Minutos después, en la orilla de la isla capital agrega: "Son diez soles por el paseo en la balsa". "Pero nadie nos avisó que teníamos que pagar más", dice una de las costarricenses. "Les tendrían que haber dicho", contesta, lacónico, Cristian. La charla no sigue. Todos pagan. Yo también. Bajamos y nos perdemos entre los turistas que regatean los precios de las artesanías que venden los uros.
Más info sobre las islas flotantes
Se encuentran en el oeste del lago Titicaca y al noreste de Puno. Son un conjunto de superficies artificiales habitables construidas de totora, una planta que crece en la superficie del lago


M. B.

lunes, 19 de febrero de 2018

UN DESTINO SORPRENDENTE; SAN LUIS


Verano en las sierras: Merlo en plan familiar








El destino estrella de San Luis, que sigue creciendo sin pausa, recibe con propuestas de aventura para todas las edades, parques temáticos, sierras y un microclima energizante Crédito: Secretaria de turismo de Merlo
Será la composición rocosa de las sierras que emite iones negativos que energizan, la abundancia de ozono y el clima seco y soleado. También una ciudad que no para de crecer con múltiples alternativas y un paisaje impactante.
Lo cierto es que Villa de Merlo, el ascendente destino de San Luis, es un buen sitio para un viaje familiar, con muchas propuestas para que los chicos se diviertan, conozcan las sierras y hasta la historia de la zona.
Está claro que no hay playa para que el balde y la palita entretengan a los niños durante horas, como en las clásicas vacaciones de la costa atlántica. Así que se requiere un poco de planificación de los padres para hacer programas que dejen contentos a todos los integrantes de la familia y que hagan olvidar el largo viaje desde Buenos Aires.
Si se llega en auto, hay que recorrer casi 800 kilómetros y enfrentarse a más de 12 horas de ruta (con varias paradas incluidas), que se superan rápidamente cuando se empieza a ver el perfil imponente de las Sierras de los Comechingones, que custodian la Villa de Merlo, y se respira el aire puro de esta ciudad, considerado el tercer microclima del mundo, por eso de que el aire contiene una ionización negativa mayor a lo normal.

La ciudad quintuplicó su población en los últimos 20 años. Por ahora no tiene aeropuerto comercial, pero lo están remodelando para futuros vuelos que esperan recibir con las nuevas aerolíneas que ingresan en el mercado de cabotaje.
Arroyos, sierras y tranquilidad, las cartas ganadoras de Merlo. Crédito: Secretaria de turismo de Merlo
Además de caminar por la Avenida del Sol, la principal, con entretenimientos, comercio y gastronomía, saltar piedras en los arroyos y disfrutar del entorno, hay buenas propuestas a la medida de los chicos.
Merlo es un destino ideal para caminar, para internarse en bosques, cruzar arroyos y ascender sierras. Una de las caminatas famosas es hacia el Salto del Tabaquillo que, desde la Reserva Florofaunística El Rincón, lleva hacia una cascada con una gran olla y que demanda cinco horas de marcha entre ida y vuelta, de exigencia media y con la sugerencia de ir con guía.
Pero con los chicos hay un buen plan B para caminar por la montaña sin tanto esfuerzo ni riesgos. En nuestro caso, viajamos con Facundo y Malena, más acostumbrados a transitar por el asfalto y esperar el colectivo que a largas exploraciones por un bosque.
La Reserva Provincial Mogote Bayo, en la zona de Rincón del Este, es ideal para que los chicos de la ciudad descubran el placer del trekking. El circuito se puede hacer de manera individual, muy bien señalizado, aunque también desde la Secretaría de Turismo ofrecen visitas guiadas gratuitas, con el plus de un guía que aporta datos sobre la flora y la fauna de la zona.
Así, a la mañana temprano, para que no nos agarre el sol del mediodía, comenzamos el suave ascenso dentro de la reserva por el circuito más sencillo, que demanda casi dos horas de plácida caminata, con varias paradas en miradores con vistas panorámicas del valle y la ciudad, en un recorrido que no supera los 1200 metros (en subida y con descansos).

Erica Troncoso, la guía, se lleva a los chicos adelante, que siempre van más rápido, y les resume las recomendaciones: "No salir del camino porque puede haber serpientes (a no asustarse, ellas nos tienen más miedo a nosotros) y no arrancar plantas, ni levantar piedras, porque a la reserva la cuidamos entre todos".
Entre plantas aromáticas por la Reserva Mogote Bayo Crédito: Andrea Ventura
Mogote Bayo es un área protegida de 300 hectáreas que preserva el 70% del agua que luego se potabilizará para el consumo de Merlo. En San Luis hay pocos ríos y arroyos y el agua es un recurso que se cuida con recelo.
La reserva es una especie de esponja que acumula agua durante el verano, el período de lluvias, y que se obtiene por las vertientes que se forman. En la zona había un histórico Via Crucis y aunque ya no quedan símbolos religiosos más allá de una cruz en lo alto, las antiguas estaciones sirven como guías. En el tramo sencillo se llega hasta la vieja estación 7 (el recorrido es apto para todo público) y en el largo se sigue subiendo hasta la 14.
Durante el recorrido se pueden ver, tocar y oler las típicas plantas y arbustos aromáticos de la región. Con solo pasar las dedos y apretar ligeramente, sin arrancar, la piel queda impregnada de peperina, verbena, marcela, poleo, usía, entre muchas otras, que suelen usarse en infusiones.
Al final del recorrido se visita a un pequeño grupo de llamas y guanacos, que se crían en la reserva y que se ven desde muy cerquita.
Toboganes y chapuzones
Hace apenas unas semanas se inauguró un nuevo parque acuático en Merlo. Se llama Palo Alto, está sobre la ruta 5, camino a Santa Rosa de Conlara y es del mismo dueño del parque de juegos en altura que está en Rincón del Este.
En esta primera etapa habilitaron dos grandes piletas. Una con diversos toboganes pequeños para los más chicos, baldes de agua que caen y juegos con chorros de agua. Y la otra pileta, a la que se animan los chicos a partir de los 8 o 9 años (según el nivel de audacia), tiene cinco grandes toboganes, uno de ellos en espiral, otro con una inclinación que hace salir volando y tres superrápidos. Estos grandes toboganes están permitidos para los adultos, que no se pierden la oportunidad de esa caída vertiginosa al agua.
El parque tiene sombrillas de paja para cubrirse del intenso sol, reposeras, vestuarios y buffet, todo impecable, reluciente. También están terminado un pequeño circuito de saltos y puentes, pero de baja altura.En etapas futuras tienen programado sumar dos toboganes aún más altos y una tirolesa que atraviese las piletas. El único problema del parque es que no dan ninguna indicación de cómo sacar a los chicos de la pileta. Ninguno sale del agua, no hay manera, aunque se hayan tirado 150 veces
Visita a los comechingones
"Bienvenidos a viajar al 1500", nos dice Alberto Segade, dueño del parque Yucat, tierra de comechingones. El parque temático a apenas cinco minutos del centro de Merlo, recrea la vida de los aborígenes que habitaron la zona antes de la llegada de los españoles.
En la aldea todo se ve como entonces, incluso con los mismos materiales. "Para armar el parque nos basamos en los trabajos del arqueólogo Antonio Serrano y en crónicas de españoles de la época que nos ayudaron a contar cómo vivían y trabajaban. Queremos que por medio del juego y la experiencia los chicos conozcan la historia", explica Segade.

El parque está formado por 19 escenografías y esculturas en tamaño real, con distintas situaciones de la vida de los comechingones.
A los chicos les pintan la cara de negro y colorado, como hacían los guerreros, y hasta pueden probar puntería con un arco y flecha. Se aprende que con los tendones de los ñandúes hacían los arcos, las agujas para coser se hacían con huesos y la molienda del maíz en un mortero de piedra. Tejer un poncho les demandaba más de un año, en un telar de cintura. Hacían chicha con algarrobo y pintaban las cavernas y zonas rocosas.
Además de las esculturas de los comechingones, en una de las estaciones se puede acceder a una de las casas-pozo donde vivían, en tamaño real.
Noche bajo las estrellas
El cielo limpio de Merlo es ideal para ver y saber un poco más de las estrellas. El astrónomo Conrado Kurtz, de manera independiente, organiza encuentros para ver la luna y las principales constelaciones con un telescopio refractario.
El encuentro es de noche, por supuesto, en una zona alejada de las luces del centro y de manera muy sencilla.
Tres o cuatro familias nos reunimos alrededor del telescopio, casi como si fuera un fogón, para escuchar el relato de Conrado y mirar por el gran aparato a muchas de las 6000 estrellas que se aprecian a simple vista.
El relato es de lo más agradable y didáctico para los chicos, que preguntan de todo de ese mundo tan lejano e inalcanzable. Nos ayuda a ver constelaciones clásicas, como la de Orión y otras míticas y regionales, como la supuesta constelación del Mate, con bombilla y todo.
Así descubrimos a Sirio, la estrella que se ve más brillante en el cielo, equivalente a 25 soles y que marcaba en el Antiguo Egipto el inicio de las inundaciones del Nilo.
También vemos la nebulosa de Orión y a las Tres Marías u otras tantas, como Betelgeuse, de color naranja que está a punto de morir... dentro de unos 100.000 años. Y también escuchamos los relatos sobre los dioses del Olimpo, que se adueñaron de la Vía Láctea.
Hasta que de pronto una enorme luna llena se asoma por detrás del perfil de las sierras y captura la atención de todos. Hacia ella se enfoca el telescopio, que deja ver su superficie, aunque Conrado asegura que el mejor momento para verla es en cuarto creciente, cuando no encandila con tanta luminosidad.
Así redonda, grande, dan ganas de comérsela como a un queso. La función termina, es hora de cenar.
Camino a las nubes en lo más alto de las sierras
Sin importar la edad, el paseo clásico e imperdible en Merlo es subir al filo, en lo alto en las Sierra de los Comechingones. Un ascenso para conductores avezados que se animan a transitar un camino de curvas cerradas y con el precipicio a pocos metros.
Primero se llega al Mirador del Sol, a casi 1500 metros, con una vista panorámica del valle. Y luego se sigue subiendo hasta el filo de la sierra, a más de 2000 metros. Como está en el límite con Córdoba, la vista es hacia las dos provincias.
Continuando unos pocos kilómetros más por el ripio se puede tomar algo en la confitería Mirador de los Cóndores y los que se animan probar los deportes de aventura que se ofrecen, como parapente, tirolesa y puente colgante para los chicos.
Datos útiles
Dónde dormir
A la variada oferta de hoteles y cabañas para todos los presupuestos, desde hace menos de un año se sumó el Epic hotel, el primer cinco estrellas de la provincia de San Luis y nuevo referente en el centro de Merlo. Está al lado del casino y a metros de la convocante Avenida del Sol. La habitación en plan familiar para dos adultos y dos menores compartiendo dos camas Queen, cuesta $3021 por noche, con desayuno y estacionamiento incluido, acceso al kids club y piscina cubierta/descubierta. www.epichotelmerlo.com
Qué hacer
Reserva Mogote Bayo. Entrada bono contribución de $100, los mayores; menores gratis. Abre a las 9. Avenida de los Césares, Rincón del Este.
Parque acuático Palo Alto, en ruta 5, kilómetro 5. Entrada: $360, en efectivo. Todos los días hasta Pascuas, de 11 a 19.
Yucat, parque temático. Los Aborígenes 550, (a 500 metros de la ruta 1). Horario de verano, de 10 a 13 y de 17 a 21. Durante el año, de 10 a 18. Entrada: adultos $200 y menores, $150. www.yucatparquetematico.com.ar
Observación de estrellas. Conrado Kurtz, (0266-451262) realiza encuentros de observación con telescopio. Todas las noches a las 21 y a las 22.30. Mayores, $120; menores, gratis.

Mirador de los Cóndores. El circuito aventura incluye tirolesa, puentes colgantes y paredes de escalada. Está a metros de la confitería, en el filo de las sierras. Tarifa 600 pesos por persona. Informes, 0266 15 4 883207.
Casa del Poeta Antonio Esteban Agüero. (Poeta Agüero 380). Es la antigua casa que habitó el más reconocido poeta puntano durante su infancia. Se accede a fragmentos de su obra muy relacionada con su entorno natural con elementos naturales e interactivos. Se visita de martes a domingo de 9 a 13 y de 16 a 21. http://casadelpoeta.sanluis.gov.ar
Gastronomía
La Avenida del Sol y los alrededores de la plaza Sobremonte, en el centro histórico, concentran la oferta gastronómica, pero hay otras opciones que merecen alejarse un poco.
Cabeza del Indio. En Pasos Malos, está en el medio de las sierras y es desde hace 25 años, seguramente uno de los mejores lugares para probar el tradicional chivito, que hacen en el disco de arado, un manjar. Este verano inauguraron al lado del restaurante un pequeño circuito que lleva a una plácida caminata por un sendero en un bosque con molles de 400 años de vida y vegetación autóctona, donde se ven tallas de animales autóctonos y hasta una cueva de los comechingones reconstruida. También se puede bajar al arroyo. Un buen plan para bajar la comida. El chivito al disco para 2 (comen también dos chicos) cuesta $650. Provoleta de queso de cabra $160. Asado al horno de barro con papas, $350.
Merlín. Está en la zona de Piedra Blanca arriba, alejado de todo y escondido en un bosque. Es una pequeña cabaña de madera con pocas mesas, donde cocina el dueño, Mario Scardapane, que hace 30 años descubrió la zona. Platos entre $150 y 280 pesos. www.merlinmerlo.com.ar
Mirando Lejos (Av. Libertador s/n Barranca Colorada). Un restaurante de ambiente relajado alejado del ruido de la Avenida del Sol. Platos de autor que rondan entre 250 y 330 pesos, como entraña con salsa de mostaza, ravioles verdes de salmón y risotto de carne. http://mirandolejosmerlo.blogspot.com.ar/
Más información
Secretaría de Turismo, Coronel Mercau 605, frente a la plaza Sobremonte.
www.facebook.com/TurismoVilladeMerlo/
A. V.

martes, 13 de febrero de 2018

TURISMO DIFERENTE....HAY QUE PROBAR


Remo o monopatín: las nuevas formas de hacer turismo en la ciudad
Ambas opciones, en Puerto Madero y en la Costanera Norte, son elegidas por extranjeros y porteños que quieren ver Buenos Aires desde una perspectiva distinta

Las grúas amarillas y rojas, los viejos almacenes de ladrillo a la vista, los rascacielos de vidrios espejados, el Puente de la Mujer... todos los elementos tradicionales de Puerto Madero, pero desde una perspectiva muy diferente: remando entre medio de los diques. BA Remo es una de las visitas preferidas por los vecinos; tanto que hay que anotarse con varios días de anticipación para conseguir cupo.

"Yo también estoy sorprendido -dice Julián , el instructor que sale de paseo en los botes-. Vienen algunos extranjeros, pero el 70% son de acá". Al mediodía de un domingo sin nubes, espera que se complete el grupo de pasajeros en un muelle flotante del dique 4. A su lado hay una embarcación de unos siete metros de largo con ocho remos perfectamente alineados.
El Ente de Turismo porteño ofrece más de 50 itinerarios diferentes -entre gratuitos y arancelados- para conocer a fondo la ciudad. Según datos oficiales, la demanda está en aumento: en 2017 hubo un total de 3543 visitas (122 por ciento más que en 2016) y 40.611 pasajeros (40 por ciento más que en 2016).

En los tours por barrios tradicionales como San Telmo o La Boca abundan los turistas extranjeros, pero las opciones más originales son elegidas por los propios porteños, que buscan redescubrir el lugar donde viven. A esta categoría pertenecen BA Remo y el Surf Urbano.
"Esta es otra forma de conocer un lugar por el que paso todos los días. Es distinto de subirte un micro para que te cuenten por auriculares de qué se trata la ciudad", dice Gabriela Vessi, farmacéutica de Caballito. Vino a Puerto Madero junto a su hija y ambas ya tienen puesto un chaleco salvavidas rojo. Cuando llegan los rezagados, hay una pequeña charla de seguridad; luego Marcigliano se acomoda en la popa, da las últimas instrucciones y el bote comienza a desplazarse con lentitud. El instructor marca el ritmo para que el movimiento sea parejo y corrige los errores.
El esfuerzo de los flamantes remeros vale la pena. La embarcación sale del Yacht Club entre veleros de lujo y pasa a metros del buque museo Corbeta Uruguay. El itinerario continuará por el dique 4 y luego por el 3, hasta llegar al Puente de la Mujer, donde será momento de sacar fotos.
Al finalizar el paseo, Jésica Sandoval, que vino con dos amigos desde Pilar, comparte sus impresiones. "Fue nuestra primera vez y nos pareció excelente; lo más complicado fue la coordinación -reconoce Sandoval-. Pero los tres nos quedamos con ganas de seguir remando".
Marcigliano cuenta que participa gente de todas las edades (a partir de los 16) y explica por qué la actividad tiene tanta demanda: "Es un deporte muy completo que nunca aburre. El remo turístico es una experiencia única: hay pocas ciudades latinoamericanas con diques que permitan practicarlo". BA Remo se hace todos los miércoles y domingos del año, a las 10.45 y a las 12.15. Tiene un costo de $150 por persona y hay que inscribirse previamente en www.ba.tours. En verano se recomienda llevar gorro y protector solar. Se suspende por lluvia o fuertes vientos.


Surf Urbano
"Cuando te ven pasar, todos se quedan mirando y preguntan: '¿Qué es eso? ¿Una bici sin pedales?'", cuenta Natalia Insecchi, e imita la caras de asombro ajenas. Natalia acaba de completar junto a una amiga el Surf Urbano, un recorrido guiado a bordo de monopatines eléctricos que arranca frente al sector de arribos internacionales del Aeroparque Jorge Newbery y llega hasta el Parque de la Memoria. Entre la ida, la vuelta y las paradas intermedias, son más de cinco kilómetros.
Los fines de semana, la Costanera Norte rebasa de pescadores, paseantes que se acercan a disfrutar de una jornada junto al río o familias que acomodan sus reposeras junto a la reja del aeroparque para mirar cómo despegan y aterrizan los aviones. El ambiente está lleno de vida y de los seductores aromas que brotan de los carritos que venden choripanes y churrasquitos.
Recorrido guiado entre el Aeroparque y el Parque de la Memoria 
"Es verdaderamente un surf -confiesa divertida Daiana Gómez, guía de la actividad-: tenés que ir esquivando a la nena, la señora, el perro, el carrito. La adrenalina está en el aspecto geográfico más que en el monopatín".

El itinerario incluye cinco paradas: la primera en la pista de aterrizaje, donde se explica la vida del pionero de la aviación argentina, Jorge Newbery; la segunda, en el Skate Park, una pequeña travesía de lomadas y curvas; la tercera, frente a Tierra Santa, y las dos últimas, ya en el Parque de la Memoria, donde Daiana cuenta sobre las víctimas de la dictadura militar y hay una vista privilegiada del Río de la Plata.
Los monopatines son parecidos a las bicicletas plegables que abundan hoy en las calles porteñas; en el lugar del asiento tienen una plataforma donde pararse. No son difíciles de usar, pero se da una explicación técnica antes de comenzar la actividad y, por seguridad, se usa en todo momento casco.
"Lo que más les gusta a los jóvenes es el Skate Park. Los más grandes se emocionan mucho en el Parque de la Memoria", cuenta Gómez, y explica que los cuatro lugares disponibles siempre se llenan. Y agrega: "Después de hacerlo la gente se siente realizada, porque sabe que aprendió a hacer algo más".
El Surf Urbano de Costanera Norte se hace los sábados, domingos y feriados, a las 15. Hay otro circuito en el Parque Centenario que se puede realizar los lunes, miércoles y viernes, a las 10. La inscripción es vía www.ba.tours y cuesta $150 por persona. Se suspende en caso de lluvia.

F. A R.