sábado, 1 de octubre de 2016

HISTORIAS DE NUESTRA PATRIA; EL OMBÚ


El ombú echó raíces en la poesía del Río de la Plata
Conocida como "bella sombra", la planta fue objeto del canto de los poetas
"Buenos Aires, patria hermosa / tiene la pampa grandiosa, / la pampa tiene el ombú". Luis L. Domínguez


La sensibilidad entusiasta de nuestro poeta considera al ombú sólo argentino. Para él, Buenos Aires era sinónimo de patria, como para muchos otros. Pero lo cierto es que el ombú extiende su asombrosa presencia de especie vegetal en toda la pampa rioplatense, más allá del anchuroso Plata. Si se me permite el disparate seudocientífico, es algo así como una hierba dinosaurio, que se ha conservado admirablemente viva a través de las eras geológicas. Nuestros guaraníes lo llamaban "umbú". En la expresiva poesía de su lengua, significa en una traducción libre "bella sombra". La ciencia botánica lo ha denominado planta dioica, de la familia de las fitoláceas, con raíces superficiales, con muy grueso tronco ensanchado, que alcanza de ocho a diez metros de altura y de copa muy ancha. Sus hojas son semipersistentes y alternas. Las flores se agrupan en largos racimos. Originario de América del Sur, carece de vasos leñosos propiamente dichos. El ombú, así como se ha perpetuado en la naturaleza, tiene una imagen más perdurable aun entre los poetas y los artistas.
En honor del ombú, no es posible olvidar a nuestro Guillermo Enrique Hudson, quien nos escribió en inglés el entrañable amor por su pampa natal, desde su incurable nostalgia londinense. Bajo la sombra protectora de uno de los veinticinco ombúes de su pago natal, sentado entre las fuertes raíces junto al anciano gaucho amigo, escuchó ávidamente los insólitos relatos de hechos reales transformados por la fantasía que fueron tradición en su tierra y que desde el nebuloso destierro voluntario formarían los magníficos cuentos de su obra: El ombú.
Rafael Obligado, en su inmortal leyenda de Santos Vega, hace que "aquel de la larga fama" muera cantando su amor a la sombra del ombú que protegía el rancho de su amada prenda.
En la otra orilla del ancho río, un poeta uruguayo del posmodernismo, sugestionado por la estampa del ombú, nos da la visión de sus versos. Así ve al ombú Fernán Silva Valdés; para él, el ombú tiene la magia de todas las vivencias del gaucho y considera que bajo su sombra se situaba "la mesa redonda de los payadores".Añade una metáfora acertada: "Padre de la poesía rioplatense / el redondel de tu sombra / fue la tabla redonda / de los payadores".
El ombú levanta también su imagen y tiende su amplia sombra sobre la inspiración de los dramaturgos.
Florencio Sánchez, uruguayo -pero también argentino-, el destacado autor que tipificó en pinceladas magistrales la vida y las costumbres de sus contemporáneos, erige al ombú como personaje simbólico de la que puede ser su obra maestra : La gringa.


El ombú concentra en sí los rasgos de los dos mundos en pugna: el del colono que llega desde allende los mares -en este caso, don Nicola- para trabajar y aprovechar la riqueza de la tierra generosa que le abrió los brazos, y el del criollo, el gaucho, que antepone a todo el aprecio por su libertad y, sabiéndose señor de su pampa, no se interesa por el provecho, tal como el ombú no brinda utilidad material a su alrededor -en este caso don Cantalicio- el amor de la hija del gringo y el hijo del gaucho.
También yo apoyo mi pie en una de sus salientes raíces, y acompañándome con la guitarra virtual de las palabras, intento cantar la modesta ofrenda de mi décima a nuestro ombú tradicional, que, como auténtico gaucho argentino, es amante de la libertad que Dios le otorgó al hacerlo Señor de la "Pampa grandiosa", se enfrenta con la nomenclatura binaria de la ciencia botánica y se ha negado siempre, hasta el día de hoy, a ser árbol.
Pinta al heráldico escudo/ de nuestra "Pampa grandiosa"/ ombú de la sombra hermosa / tu copa su verde nudo / te alzas noble, fiel y rudo / en raíces te derramas. / Cobijas a los que amas, / pájaros o payadores / y en un racimo de flores / cuelgas ternura en tus ramas.
G. M.

HISTORIAS DE NUESTRA PATRIA.....



Se llamaba Rosa Isidora González, era mendocina, tenía una hermana melliza y conoció a su futuro marido en Buenos Aires. Cuando tenía 28 años, contrajo matrimonio con Roque Sáenz Peña, quien era siete años mayor. La ceremonia se llevó a cabo el 4 de febrero de 1887 en la iglesia Nuestra Señora del Pilar, de la Recoleta.
Sáenz Peña asumió la presidencia el 12 de octubre de 1910. De la historia de Rosa González, la Primera Dama del Centenario, deseamos rescatar algunas curiosidades:
- Fue nuera de otra Primera Dama (Cipriana Lahitte de Sáenz Peña), ya que el padre de Roque, Luis Sánez Peña, había ejercido la Presidencia de la Nación entre 1892 y 1895.
- Fue suegra de un Premio Nobel. Su hija, Rosita, casó en 1910 con Carlos Saavedra Lamas (quien obtendría el galardón en 1936).
- Rosa González y Roque Sáenz Peña fueron los primeros y únicos en utilizar la Casa de Gobierno como residencia presidencial permanente. Allí brindaron magníficas fiestas y comidas cuyo esplendor ha sido registrado por las secciones de Sociedad, tanto de La Nación como de los demás periódicos de su tiempo. En la foto, vemos a doña Rosa en el jardín de invierno de la Casa Rosada. Antes de mudarse a la sede de Gobierno, la familia vivía en una confortable propiedad situada en Santa Fe y Coronel Díaz (Palermo).
- A pesar de las quejas de la custodia, la Primera Dama Rosa González tenía la extraña costumbre de rechazar los carruajes oficiales y viajar en tranvía.
- Enviudó durante la presidencia de su marido: Sáenz Peña murió el 9 de agosto de 1914.
- Años más tarde habitó uno de los 144 departamentos del Palacio de los Patos (Ugarteche y Cabello, en Palermo). Se le llamó así porque era el lugar adonde iban aquellos que habían perdido su fortuna y, por lo tanto, habían quedado “patos” (la forma de decir “secos, sin dinero”, en lunfardo). Este no fue su último domicilio.
- Rosa González murió en enero de 1948, en la avenida Santa Fe 1592 (apenas a una cuadra de distancia donde moriría Raúl Alfonsín). Para ese tiempo, al voto universal, secreto y obligatorio instaurado por su marido se le había incorporado el sufragio femenino.

OTRA DE LAS HISTORIAS DE NUESTRA BANDERA Y SU CREADOR


¿Qué escondió Belgrano en una iglesia?
Luego de la derrota en las pampas de Vilcapugio en octubre de 1813, Manuel Belgrano estableció su cuartel general en Macha, un pueblito perteneciente al departamento de Potosí en Bolivia. Se encuentra ubicado a unos once kilómetros en línea recta de Ayohuma, lugar donde luego se desarrolló la fatídica batalla para los patriotas en noviembre del mismo año.

En 1881, en un pequeño paraje llamado Titirí, a unos pocos kilómetros de Macha, el cura de la capilla limpiaba y ordenaba el lugar. Le llamó la atención un cuadro de Santa Teresa. Lo descolgó, desarmó el marco y descubrió que había dos banderas enrolladas en la madera. Al desenrollarlas, comprobó que estaban rotas, tenían rastros de pólvora y algunas manchas de sangre, además del lógico desgaste natural. Tenían una particularidad: una era celeste, blanca y celeste (ver foto), mientras que la otra era blanca, celeste y blanca.
El cura las enrolló nuevamente y volvió a colgar el retrato. Dos años después, fueron nuevamente halladas por su sucesor, el padre Primo Arrieta (posiblemente informado por el anterior cura), y las hizo trasladar a Sucre.
¿Cuál es el misterioso origen de estas banderas? No se sabe con certeza. Pero la mayoría de los especialistas opina que están relacionadas con el general Belgrano. Este grupo mayoritario de historiadores avala la teoría de que el comandante ordenó al coronel Cornelio Zelaya que escondiera las banderas del ejército patriota para que éstas no cayeran en manos de los enemigos. ¿Habrá sido después de la derrota de Vilcapugio o luego de ser vencidos en Ayohuma? En ambos casos, pasó por Macha.
La humilde capilla rural era dirigida por el cura Juan de Dios Aranívar. Se especula que el coronel Zelaya se presentó ante el párroco y le dejó a su cuidado las dos banderas para que las escondiera de los realistas. Algunos relatos sostienen que fue el propio Belgrano quien estuvo de paso por la capilla, ya que era amigo del sacerdote. Otra posible teoría es que el mismo párroco haya participado en la campaña, y ante la retirada patriota, escondió las banderas sin el conocimiento del general.
Algunos historiadores simplemente descartan la posibilidad de que éstas, sean las banderas que hayan pertenecido al ejercito del Norte o auxiliar del Alto Perú.
Una de las dos banderas fue devuelta por el gobierno boliviano en 1896 (la celeste-blanca-celeste), hoy se encuentra en el Museo Histórico Nacional de Buenos Aires. El ejemplar blanco-celeste-blanco continúa en el Museo Casa de la Libertad de Sucre.

EN EL SAAVEDRA; GUITARRAS


OBSERVACIÓN DE AVES EN EL SAAVEDRA


EN EL JOSÉ HERNANDEZ; MAÑANA


EN EL GARDEL....MÚSICA