miércoles, 1 de noviembre de 2017

ECONOMÍA; LA METAS DE LA INFLACIÓN


“Nos está costando bajar de manera significativa la inflación núcleo”, podría haber sido la crítica de algún economista de la oposición, pero fue la frase que el Presidente del Banco Central pronunció el miércoles pasado, con motivo de la presentación del Informe de política monetaria.


Si bien la inflación del año en curso será casi la mitad que la del anterior, lo cierto es que la desaceleración fuerte de los precios se produjo entre julio y septiembre del 2016, pero desde entonces los aumentos corren con una inercia que no parece encontrar ninguna resistencia.
Hay varias explicaciones de por qué a la autoridad en la materia le está costando más de lo previsto. La primera de ellas es que la cantidad de medios de pago se expandió en los últimos doce meses al 30%, mientras que en igual período del año anterior lo había hecho solo en un 28%.
También es verdad que bajo un modelo de metas de inflación como el que gobierna la política del Banco Central, la cantidad de dinero depende de la demanda que hagan los agentes, puesto que Sturzenegger fija la tasa de interés y luego entrega todos los pesos que, a ese precio, le pide el mercado.
Evidentemente lo que está ocurriendo es que los principales actores de nuestra economía no creen las metas de inflación que comunica el Central, forman precios con aumentos más cercanos al 23%, que al 17 que postulaba esa institución. Encima el mecanismo monetario instaurado convalida esas magnitudes de subas, porque se emite todo el dinero necesario para hacer las transacciones de la economía con los precios que forman los agentes.


No es casualidad; si en su teléfono celular usted multiplica 1,051 que es el crecimiento de la economía, por 1,0236 que es el nivel de inflación con que probablemente termine el año, el resultado será 1,3 que es la tasa a la que se expande la cantidad de dinero. La cantidad de medios de pago crece al mismo ritmo que el nivel de las transacciones de la economía; monetarismo de manual.
LA ALTERNATIVA DE SACAR MAS DINERO DE LA ECONOMIA
Algunos analistas que observan la relación tan fuerte entre la cantidad de dinero y el nivel de precios, sugieren que el Central debería abandonar su programa de metas de inflación y directamente retirar más pesos del sistema, o por lo menos frenar la tasa de crecimiento de los medios de pago. Es evidente que escamoteando la nafta que se le echa, el fuego tiene menos combustible para seguir ardiendo, pero el problema con esta idea es que en la práctica no opera tan automáticamente.
Más bien lo que ocurre en ese contexto es que, si no cambian las expectativas sobre el crecimiento de los precios, los agentes seguirán remarcando y lo que pasará es que chocarán contra la realidad de que venderán cada vez menos, simplemente porque ya no hay tantos medios de pagos, como los necesarios para hacer todas las transacciones a esos precios tan altos.
La inflación bajará, pero con un frenazo de la actividad económica. El problema con este enfoque es que una cosa es aplicarlo para bajar una inflación del 6 al 2% y otra cosa es para bajarla del 23 al 2%. La magnitud de la recesión hace inviable su aplicación.
¿COMO HACEMOS PARA QUE FUNCIONEN LAS METAS?

Por eso el programa de metas es tan superior en este caso, porque el Banco Central va coordinando el proceso de desinflación y en la medida que es exitoso en convencer a los actores que forman los precios, logra bajar la inflación sin pagar el costo de una recesión.
Se queda corto, sin embargo, porque si bien fue muy exitoso en coordinar expectativas de gremios y empresarios en las paritarias, cláusula gatillo mediante, no tuvo en cambio la misma potencia para convencer a otros actores de peso, empezando por los consumidores y siguiendo por los propietarios de inmuebles en alquiler.
Por ejemplo, de acuerdo al último informe de expectativas de inflación que produce la Universidad Di Tella, a partir de una encuesta representativa de 1200 casos en todo el país, los consumidores esperan 25,1% de aumentos en los próximos doce meses; una cifra que está en el rango de expectativas del segundo semestre del 2015.
Por el lado de los alquileres, que constituyen uno de los contratos más importantes de la economía, la mayoría de las inmobiliarias de la Ciudad de Buenos Aires manejan cláusulas de ajuste semestrales del 12,5% (¡por los próximos dos años!).



Hay muchas hipótesis respecto de cuáles son los determinantes de la dificultad para quebrar las expectativas. Una es la falta de costumbre con el régimen de flotación cambiaria, que hace que con cada suba del dólar se esperen subas de precios. La prueba es la suba de los precios mayoristas de julio y agosto, que impacto en los minoristas de septiembre. Otra es el impacto de los tarifazos, que lejos de ser internalizados como el fin de una promoción, generan la ilusión cognitiva de una mayor inflación que la que realmente ocasionan, empujando por lo tanto no solo al índice de precios agregado, sino incluso al que solo refleja al núcleo de los que dependen de la oferta y la demanda.
La expectativa sobre alquileres puede corregirse incorporando una cláusula gatillo en los contratos de locación, mientras que el impacto de tarifas puede administrarse concentrando las subas en un solo momento del tiempo. El miedo a flotar es en cambio más difícil de resolver y seguirá impactando por años, hasta que nos acostumbremos a vivir en un país normal.
M. T.

HISTORIAS DE MUERTE


¿Qué buscaba Truman Capote cuando se acercó a Dick Hickock y Perry Smith para escribir A sangre fría? En todo caso, no salió indemne de la experiencia y no la repitió. Quien sí lo hizo -repetir la experiencia, una y otra vez- fue Rodolfo Palacios. Cronista policial, Palacios es un reincidente del infierno. Entrevistó a Arquímedes Puccio, Yiya de Murano y Rodolfo Barreda y los retrató con cruda sobriedad. Ahora, aupado por el nuevo film de Luis Ortega, se reedita su libro El ángel negro, de 2010, que narra la vida de Carlos Robledo Puch, capturado en 1972 y sentenciado a cadena perpetua por la muerte de once personas. La biografía se basa en las charlas que el periodista mantuvo con Robledo en ocho visitas al penal de Sierra Chica, además de los testimonios de parientes de las víctimas, vecinos de la familia, psiquiatras, y hasta del grupo de "amigos" al que Robledo Puch deseaba fervientemente pertenecer en su adolescencia y que lo humillaba con todo tipo de crueldades por su aspecto "afeminado", su ropa de marca, sus motos caras.


Robledo hizo con Palacios la excepción de recibirlo -odiaba a los periodistas, a los que consideraba responsables de los intentos de suicidio de su madre posteriores a su detención- porque pensó que esas entrevistas lo ayudarían a recuperar la libertad. Negaba su responsabilidad en los crímenes -aunque cuando lo detuvieron confesó su culpa- y creía que Palacios daría a conocer su verdad.
Cada pedido de excarcelación de Robledo Puch fue rechazado con el mismo argumento: sigue siendo una amenaza para la sociedad. Todos los que lo trataron le advirtieron a Palacios que era peligroso, que irradiaba el mal. Aun así, el periodista dice que nunca sintió miedo a solas con Robledo. Sabía que no tenía que hacerlo enojar, y esto implicaba no contradecirlo ni tomarse a broma lo que dijera, aunque sonara delirante.
Pero una vez sí tuvo temor. Estaban en la sala de entrevistas de la cárcel y, después de una larga mateada, no pudo evitar ir al baño. Lo inquietaba dejar solo a Robledo Puch del otro lado de la puerta, y para mantenerlo entretenido le mostró las fotos del libro sobre Perón que le había llevado de regalo (Robledo era un incondicional de Perón; también admiraba a Hitler y disfrutaba las canciones del Indio Solari). 

Comentaban el libro, hasta que se produjo un silencio. Y Palacios oyó pasos que se acercaban. Los nervios le jugaban una mala pasada y el periodista se demoraba más de lo normal. "¿Estás bien?", sintió a Robledo ya pegado a la puerta. Sí, todo estaba y terminó bien. El resquemor de Palacios era simbólico: la disposición del baño lo obligaba a darle la espalda a Robledo Puch, y los asesinatos por los que lo habían condenado fueron cometidos desde atrás o mientras las víctimas dormían. De hecho, antes de que lo negara todo, Robledo le habría pedido al juez: "Doctor, hágalo constar: siempre maté por la espalda".

En la historia que narra Palacios aparecen situaciones y personajes rocambolescos. El artista plástico Federico Klemm declaró por haber conocido a uno de los cómplices de Robledo; el director del Servicio Penitenciario Roberto Pettinato lo comparó con el Petiso Orejudo y el neurocirujano Raúl Matera propuso hacerle una lobotomía.
En el epílogo de la nueva edición, el autor cuenta que a Robledo no le gustó su libro. "Si algún día vuelvo a salir, lo primero que voy a hacer es meterle tres cuetazos en la nuca", habría dicho. Palacios no se toma la amenaza en serio. Tal vez haga bien. Tal vez no.
Hay una frase que ilumina su libro como un rayo. Se le atribuye al psiquiatra alemán Kurt Schneider, médico militar antinazi. Cuando le preguntaron qué es un psicópata respondió: "Son aquellos a quienes en épocas normales nosotros les hacemos peritajes psiquiátricos y en épocas anormales nos gobiernan".

UN CUENTO DE PABLO DE SANTIS


La marca del ganado escrito por el autor argentino Pablo De Santis.
El primer animal apareció en el campo de los Dosen y a nadie le hubiera llamado la atención de no haber estado tan cerca del camino y con la cabeza colgando.
Fue a fines del 82 o principios del 83, me acuerdo porque hacía pocos meses que había terminado la guerra y todos hablábamos del hijo de Vidal, el veterinario, que había desaparecido en el mar.
Para escapar del dolor, de esa ausencia tan absoluta que ni tumba había, Vidal se entregó al trabajo, y como no eran suficientes los animales enfermos para llenar sus horas, investigó cada una de las reses mutiladas que empezaron a aparecer desde entonces.
En realidad nunca supimos con certeza si el de los Dosen fue el primer caso, porque sólo desde entonces nos preocuparon las señales: aquí nunca llamó la atención una vaca muerta.
Al principio los Dosen le echaron la culpa al Loco Spica, un viejo inofensivo que andaba cazando nutrias y gritando goles por el campo, con una radio portátil que había dejado de funcionar hacía un cuarto de siglo.
A todos nos pareció una injusticia que los Dosen le echaran la culpa, porque el viejo podía matar algo para comer, pero nunca hubiera hecho algo así: la cabeza casi seccionada, tiras de cuero arrancadas en distintos puntos de una manera caótica y precisa a la vez, como si el animal se hubiera convertido en objeto de una investigación o de un ritual.
Y quedó claro que el Loco Spica no había tenido nada que ver, porque en marzo del 83, durante la inundación, apareció flotando en el río diez kilómetros al sur, y las mutilaciones –esa fue la palabra que usó Vidal, el veterinario, la primera vez y que todos nosotros usamos desde entonces– continuaron.
No me acuerdo si siguió después aquel novillo en el campo de la viuda Sabella o el ternero que apareció atado al molino derrumbado, con la cabeza de otro en lugar de la suya.
En cada caso nuestro comisario, Baus, fue a buscar al veterinario para que estudiara las marcas y tratara de encontrar alguna pista.
El comisario parecía desconcertado: nunca en su vida había investigado nada, ya que en el campo, a diferencia de la ciudad, las cosas son o bien demasiado evidentes o completamente invisibles, y tanto en un caso como en otro la investigación es inútil.
A partir de entonces, el bar que heredé de mi padre y que apenas me permite sobrevivir, se convirtió en una especie de foro sobre las mutilaciones.
A nadie le importaba una vaca de más o de menos, porque acá cuestan poco y nada, pero asustaba imaginar al culpable, solo, en la noche, derribando al animal con un golpe en la cabeza, inventando formas distintas para cortarlo, a veces vivo todavía (así lo aseguraba el veterinario).
Yañéz, el mecánico, decía que era una secta, y que sabía de casos parecidos en las afueras de Trenque Lauquen.
Soria, el jefe de estación, hablaba de ovnis, él siempre estaba viendo luces en el cielo, sacaba fotografías, paseaba solo por el campo en espera del encuentro.
Las mutilaciones eran para él experimentos; los extraterrestres analizaban las muestras de tejido. Como le dije que eso podría explicar los cortes pero no otras aberraciones (las cabezas trocadas, las langostas encerradas en las heridas, las flores emergiendo de las órbitas oscuras) Soria se defendía: era un experimento, sí, pero sobre nosotros: estudiaban nuestras reacciones ante lo malvado y lo desconocido.
Baus, el comisario, si tenía alguna teoría, la callaba. Investigó a los crotos que siempre andan por aquí y a fuerza de tantos interrogatorios terminó espantándolos, y hasta el día de hoy casi no ha vuelto a aparecer ninguno.
Una noche, cuando le pregunté si realmente creía que eran ellos, me respondió tranquilo: es uno de nosotros. ¿Pero quién? Porque aquellas mutilaciones no traían ningún beneficio ni seguían un plan reconocible.
Podían caer en el campo de cualquiera, y tampoco dentro de su locura seguían un sistema determinado. Vidal anotaba todo en una libreta de tapas azules, pero salvo cierta abundancia de marcas en la cabeza, no había otra constante.
Iba a todos lados con su libreta, y cuando a veces cenaba en mi establecimiento, siempre solo, leía en voz baja aquella lista monótona, como si se tratara de un rezo.
Los animales muertos le servían de excusa para estar siempre en movimiento, en busca de nuevos ejemplares, día y noche, para huir de su casa desierta y de los portarretratos con las fotos de su hijo.
A la tarde, frente a los vasos de ginebra o de fernet, todos hablaban con una autoridad infinita en la materia, mientras jugaban al dominó y esperaban con ansiedad que el próximo parroquiano irrumpiera con alguna nueva noticia.
Ya no veíamos los animales muertos como pertenecientes a uno u otro dueño, sino como reses marcadas a través de las mutilaciones para señalar su pertenencia a un mismo rebaño fantasmal, que no cesaba de crecer.
Hubo casos más espectaculares que otros, y de una ejecución más arriesgada, como el ternerito que apareció colgado en la finca de los Dorey, muy cerca de la casa.
Los Dorey no oyeron nada, los perros apenas ladraron y se callaron enseguida y el matrimonio siguió durmiendo, que los perros ladran por cualquier cosa.
A la mañana se encontraron con el ternero colgado, la rama casi quebrada por el peso; seguramente habían usado un coche o una camioneta para izarlo, pero las lluvias habían borrado las huellas. Vinieron algunos periodistas, de la capital incluso.
Estuvieron unos días en el hotel Lavardén, y se los veía a la hora de la siesta de aquí para allá, por las calles vacías, sin saber qué hacer, esperando la hora del regreso.
También vinieron policías enviados por la jefatura de la provincia, y el comisario se sintió un poco relegado. Interrogaron a todo el mundo, sacaron fotografías y recogieron muestras para el laboratorio, pero se fueron también al poco tiempo sin respuestas y sin demasiado interés por las respuestas que no habían encontrado.
Durante todo ese tiempo, aun mientras los otros policías invadían su lugar, el comisario siguió investigando. Nos interrogó a todos; ponía un viejo grabador encima de la mesa y nos hacía hablar, nos preguntaba por los vecinos, por las rarezas que podía tener alguno.
Hasta al cura interrogó, convencido de que el culpable había ido a confesarse y que el padre Germán lo protegía debido al secreto de confesión.
Las mutilaciones se convirtieron en una obsesión para él, fue su primera investigación y también la última.
A veces lo veía, por las noches, en la comisaría, bajo los tubos fluorescentes, los mapas del campo extendidos en la mesa, con los sitios donde habían aparecido los animales encerrados en círculos rojos.
Trataba de encontrar en esas marcas dispersas una figura, intentaba adivinar el próximo caso. Hasta las cuatro o las cinco de la mañana se quedaba ahí, oyendo las cintas que había grabado, las conversaciones triviales, todos los secretos del pueblo, y esas voces, que nada sabían de las mutilaciones, parecían cautivarlo.
Ahí empezó a tener problemas con su esposa, porque iba poco para su casa, y cuando no estaba en la comisaría atravesaba los campos en su camioneta, con un faro buscahuellas, como un alucinado, hasta que se quedaba dormido en algún camino o, si le quedaban fuerzas, volvía para escuchar las cintas con las voces de todos. Nuestras voces lo atraparon y lo enloquecieron.
Buscaba contradicciones y las encontraba una y otra vez, porque aquí nadie presta atención a nada y quien dice una cosa puede decir otra.
El comisario parecía creer que todos sabían lo que pasaba, y que él era el único al que esa verdad le estaba vedada.
Hasta tal punto llegó su desconfianza que cuando entraba en el bar todos callábamos y cambiábamos de tema, y pasábamos tímidamente al fútbol, a las inundaciones o a algún chisme local.
El comisario se acostumbró a esa bienvenida que se le brindaba, hecha de silencio incómodo y lugares comunes.
El comisario sufría y se alejaba de todo, y por eso yo tuve la tentación de entrar de noche en la comisaría para apartar los mapas y las grabaciones y decirle la verdad.
No hubiera servido de nada, porque él ya había hecho algo tan grande con aquellas vacas muertas, había construido con paciencia un misterio insondable que no encerraba sólo al culpable sino a todos, que nada lo hubiera dejado contento.
La verdad le hubiera parecido insuficiente; y si yo hubiera hablado, pero no hablé, lo habría considerado un engaño, algo destinado a hacerlo caer en una trampa, a relevarlo de su insomnio y su desconfianza para dejarle libre el terreno al mal.
De todos en el pueblo quizás yo era el único que no tenía pero ninguna teoría. Todas me parecían verosímiles, incluso la de los extraterrestres, y a la vez imposibles; si me hubieran hablado de una enfermedad inexplicable que golpeaba a las vacas con esos síntomas atroces lo hubiera creído también.
Me parecía que la explicación estaba más cerca de una fuerza ciega, impersonal, que de un culpable minucioso y obstinado.
Podían ser los hijos de Conde, que nacieron malvados; Greis, un cuidador de caballos que dormía abrazado a su escopeta; o la viuda de Sabella, o el veterinario Vidal o el mismo comisario.
Nunca hice ninguna conjetura firme, nunca investigué nada, y si llegué a la verdad y fui el primero, fue por casualidad. Volvía, un poco entonado, de la casa de unos primos, a cuarenta y cinco kilómetros del pueblo.
Se festejaba un cumpleaños y cuando se terminó la última botella me invitaron a dormir. No soporto camas ajenas y a pesar del sueño decidí volver.
La noche estaba clara y desde lejos la vieja Ford de Vidal, detenida a un costado del camino, con los faros apagados. Pensé que se le había quedado el motor: Vidal iba seguido a verlo al mecánico por una cosa o por otra.
Detuve el rastrojero y me bajé dispuesto a ayudarlo. Dije «Buenas noches, doctor», pero Vidal no me respondió. Cuando me acerqué, vi con claridad al veterinario que, inclinado sobre la res abatida, practicaba los cortes con pulso firme.
Yo estaba cansado y había tomado de más, pero al instante se me borraron las huellas del sueño y del alcohol.
Vidal sacó de su maletín un frasco de vidrio lleno de insectos muertos, muchas mariposas sobre todo, también escarabajos, que esperaban a ser sepultados en la herida.
Empuñaba con firmeza el viejo bisturí alemán con sus iniciales en el mango, sin preocuparse por el testigo que seguía el procedimiento.
Era tal su indiferencia que yo me sentí culpable por estar allí, por invadir la ceremonia privada que nunca llegaría a comprender.
Durante algunos segundos fui yo el culpable, y él un juez inalcanzable, tan remoto en su dignidad e investidura que ni siquiera llegaba a saber de la existencia del imputado.
No dormí esa noche, y abrí el bar más tarde de lo habitual, y cuando ya a las cuatro, cuando empezaban a llegar los muchachos, quise decirles la verdad, me di cuenta de que no había llegado el momento oportuno.
Esperé que hablaran, que expusieran sus teorías, sus ovnis, sus sospechas; cuando el último terminara de hablar, yo, callado hasta ese entonces, diría la verdad y ellos me oirían en silencio.
En un instante, en un nombre, entraba todo: después de esa revelación, nada, perdería el poder del secreto. Decidí dejarlo para el día siguiente. Pero entonces tampoco me pareció que era el momento oportuno.
Me gustaba escucharlos hablar, confrontar en silencio sus torpes deducciones con el secreto; y a causa de esa satisfacción, fui más amable que nunca, y serví medidas más generosas y la casa invitaba con cualquier excusa, con tal de que aquellas voces no callaran nunca.
Mi secreto no me distanció, al contrario, me sentí más cerca de ellos, ahora que los veía inocentes, ingenuos, moviéndose a ciegas en un mundo cuyos mecanismos ignoraban por completo.
Pasaron tres semanas desde la noche en que vi la Ford de Vidal junto al camino hasta la mañana en que el veterinario entró a mi establecimiento para pedir una grappa. Después de tomarla de un trago me preguntó por qué no había hablado.
Le dije que no era asunto de mi incumbencia y pareció aceptar mi respuesta como algo razonable; era evidente que él también pensaba que el asunto no era de la incumbencia de nadie más.
Me costaba hablar con él, me daba cierto pudor, como si fuéramos cómplices de alguna situación no solo espantosa, sino también ridícula, pero al fin pregunté por qué, dije sólo por qué, incapaz de terminar la pregunta.
No esperaba respuesta, porque me parecía que todo lo que se podía decir estaba escrito ahí, en el idioma hecho de reses muertas y combinaciones abominables. Pero el veterinario dejó dos monedas en la mesa y respondió.
Dijo que siempre había sido un buen veterinario, que había llegado a entender a los animales a través de señales invisibles para otros. Estudiaba el pelaje, pero también sus huellas, las marcas en el pasto, los árboles cercanos.
Sentía que con cada animal enfermaba un pedazo del mundo, y que a él le tocaba la tarea de restaurar la armonía. Así lo había hecho por años y por eso los ganaderos de la zona confiaban en él. Después las cosas cambiaron.
A su hijo le tocó primero la marina, luego una base naval en el sur, y finalmente la guerra. Él lo esperó sin optimismo y sin miedo hasta que una mañana un Falcon blanco de la marina con una banderita en la antena se detuvo frente a su casa.
Él lo vio llegar desde la ventana. Del auto bajó un joven oficial que caminó con lentitud hacia la puerta, como esperando que en el camino le ocurriera algún incidente que lo hiciera desistir de su misión.
Se notaba que nunca había hecho lo que ahora le tocaba hacer, y después de pronunciar un vago saludo le tendió con torpeza una carta con los colores patrios en una esquina, cruzados por una cinta negra.
La mano del joven oficial temblaba al sostener la carta donde decía que el hijo del doctor Vidal había sido tragado por el mar, por el mar que nunca antes había visto.
Entonces el doctor Vidal descubrió algo que hasta ese entonces se le había ocultado: el mundo era maligno, y no podía pasar este hecho por alto.
No podía seguir curando animales, ni creer que trabajaba para alguna armonía que los otros hombres eran incapaces de ver. No existía ninguna armonía ni ninguna verdadera curación posible. Sintió que la cura era una falta a la verdad.
Siguió sanando a los animales, porque era su trabajo y no sabía hacer otra cosa, pero decidió dejar en la noche y en los campos una marca, la señal que decía con claridad que él no había sido engañado, que a todos podían mentir, pero no a él, que sabía de qué se trataba la cosa.
Entonces se dedicó a curar pero también a matar y a mutilar, a dejar en la noche las letras sangrientas de su mensaje. No dijo destinado a quién o qué.
Yo lo había escuchado en silencio, sin interrumpirlo ni hacerle ninguna otra pregunta, y no lo saludé ni me saludó cuando se fue. No sé si la explicación tuvo algo que ver, pero a partir de allí hubo menos casos, uno cada tres semanas, no más.
Otras noticias nos distrajeron un poco y alargaron las partidas de dominó hasta que empezaba la noche. Beatriz, la esposa de Baus, el comisario, cansada de las ausencias, los ataques de ira y el misterio, lo dejó sin avisarle nada.
Hizo las valijas y desapareció, y cuando el comisario llegó casi al amanecer a su casa, después de una expedición nocturna, se encontró con una grabación, hecha en la misma grabadora del comisario, donde la mujer decía que no soportaba más, que las cosas no podían seguir así, etcétera.
La mujer había hecho una grabación porque decía que lo único que escuchaba su esposo eran aquellas cintas, y que si dejaba un papel escrito probablemente no le prestaría atención.
Diez días después, Baus miró por última vez los planos, las vacas de juguete en las que practicaba las incisiones, y salió para meterse en el terreno de Greis, aunque sabía que estaba loco, que dormía abrazado a la escopeta y disparaba a cualquier cosa que se moviera en la noche.
La muerte convirtió a Baus en un héroe para los muchachos del bar, que desde entonces contaron como hazañas algunos episodios menores de su actuación policial.
Del capítulo final echaban la culpa a la esposa, y comentaban sin énfasis que el primo de un amigo de un conocido la había visto en un bar de La Plata, que se había cambiado de nombre y se hacía pagar las copas.
De vez en cuando yo intentaba, desde la sombra, llevar el tema hacia los animales mutilados, pero no lograba interesarlos, y más de uno a esa altura me respondía: a quién le importa.
Nunca estuve tan cerca de decir la verdad, pero la había llevado tanto tiempo conmigo que ya no sabía cómo decirla.
Después vino la sequía, y la avioneta que cayó en el campo de los Ruiz y otras distracciones, y ya nadie volvió a hablar de las vacas muertas.
Vidal casi nunca venía al establecimiento, y no me animaba a ir a buscarlo para preguntarle por qué había terminado, si acaso creía que el mundo se había curado o que su mensaje había dejado de tener importancia.
Una noche, cerca de fin de año, 8 días después de que el nuevo comisario, un hombre joven, de apellido Lema, llegara al pueblo, Vidal se sentó junto a la ventana y se quedó ahí, mudo, con el vasito de grappa en la mano, hasta que no quedó nadie más.
Actué sin pensar, como si hubiera tomado la decisión mucho tiempo antes, en espera del momento oportuno. Cuando el veterinario se levantó para ir al baño abrí su maletín y saqué el bisturí alemán. Después seguí acomodando las sillas boca abajo sobre las mesas.
Esa misma noche caminé y caminé sin rumbo, armado con una llave inglesa, y el bisturí en el bolsillo izquierdo de mi camisa, el filo envuelto en papel dediario.
Cuando la vaca ya estaba caída y marcada, como una ofrenda a un dios malvado y hambriento, dejé caer el bisturí en la herida. Ese era mi mensaje para quien lo supiera entender.
El nuevo comisario, Lema, lo supo entender, y a los dos días se presentó en la casa del veterinario.
No fue necesario que preguntara nada, porque Vidal confesó todo, incluso la última mutilación, y se dejó arrastrar por salas de espera de juzgados y hospitales y calabozos de comisaría. No dio explicaciones ni mostró ninguna forma de arrepentimiento.
Cuando salió en libertad a las dos semanas, malvendió la casa y se asentó un poco más al sur, del otro lado del río, donde nadie lo conocía.
En el bar se volvió a hablar de las mutilaciones y cada uno barajaba los distintos motivos que podía haber tenido el veterinario.
Pero todos hablaban con una rara cautela, como si supieran que el misterio, antes tan ajeno, ahora formaba parte de algo que nos involucraba. Hablaban con frases sin terminar. Yo volví a mi silencio: había vuelto a tener mi secreto.
Nada supimos de Vidal durante cinco años hasta que llegó la noticia de su muerte en un accidente automovilístico. Fue en la ruta, una noche clara después de una tormenta.
El día anterior el viento había tirado el alambrado y quedó ganado suelto en el camino. Los animales se avistaban a lo lejos, pero el veterinario, en lugar de frenar la marcha, aceleró contra las formas lentas y oscuras que lo esperaban.
Acaso pensó que el mensaje, fuera cual fuera su destinatario, no había sido lo bastante claro, y que hacía falta un último sacrificio para hacerlo legible.

LECTURA RECOMENDADA


Pequeño fracaso, de Gary Shteyngart
Un soviético anclado en Nueva York



El tema primordial de la literatura de inmigrantes, descubre Gary Shteyngart al final de Pequeño fracaso, es paradójico: en el país de adopción, el escritor nunca resulta lo suficientemente vernáculo; en el lugar de procedencia se lo rechaza, en cambio, por falta de autenticidad. Anclado en Nueva York y aledaños, Shteyngart (Leningrado, 1972) llega a esa conclusión tras un breve encuentro con Chang-Rae Lee, el autor de En lengua materna. Si va a dedicarse a escribir no debe darle la espalda al hecho personalmente más crucial: ser nativo de la ex URSS, un país que se había desintegrado de manera "muy poco solemne".
Además del coreano Chang-Rae Lee, la literatura estadounidense tiene hoy muchos autores clave surgidos del cruce de culturas. Baste nombrar a Teju Cole (de origen nigeriano), Aleksandar Hemon (bosnio), Edwidge Danticat (haitiana) o Junot Díaz (dominicano). Entre tantos estilos, el de Shteyngart es el más humorístico y ácido, como lo prueba Absurdistán (2006), su sátira sobre una imaginaria república soviética de cartón.
Contra lo que podía esperarse, Pequeño fracasono es una novela, territorio preferido de Shteyngart, sino un libro de memorias. La autobiografía suena prematura, si se considera que su autor apenas media los cuarenta, pero existe una coartada para el apuro: más tiempo hubiera puesto a demasiada distancia los recuerdos más sensibles e irrecuperables. Los apartados decisivos del volumen son, justamente, los que rememoran los primeros años del futuro escritor, aquellos que pasó en su país natal, una entidad (la ex URSS) que, gracias al tono cómico con que es evocada, no sólo parece remota: también tiene algo de parque temático regido por una lógica insensata y peregrina.
Shteyngart hurga como un arqueólogo de sí mismo y, por propiedad transitiva, de la historia. Ahí está, figura tutelar todopoderosa, la estatua de Lenin frente al estrecho departamento en que vegeta la familia (la reencontrará hacia el final, cuando visite San Petersburgo, otrora Leningrado). O el adiestramiento gimnástico que no encaja con la naturaleza del pequeño Igor (el nombre original de Gary). En las historias de gansos volantes para escapar de la grisura cotidiana despunta ya una aptitud. El idioma ruso es una cantilena que aparece y reaparece en esa primera parte, y cumple una función cuasimusical, una banda sonora extrañada, como salida de Lost.
A los padres (Igor es hijo único) se los retrata con cariño y sin piedad. Son una caricatura hiperrealista de los bruscos cambios de humor eslavo, combinados con cierto estoicismo judío. ¿Cómo pudo esa pareja, sin mayor heroísmo que la supervivencia cotidiana, salir del laberinto opresivo y burocrático que era la URSS? La oportunidad fue el acuerdo de James Carter con Brezhnev, que facilitó, a fines de los años setenta, la emigración de muchos miembros de la comunidad judía.
Los Shteyngart no eligieron Israel, como casi todos, sino Nueva York, adonde se dirigieron tras una breve y desconcertante escala europea. Las tres cuartas partes restantes de Pequeño fracasonarran la dialéctica perpetua entre lo privado (la cultura rusa continúa omnipresente en casa de Gary, más allá del fervor reaganiano de los padres) y el mundo público, que incluye la educación sentimental en una escuela hebrea primero, un college pobre y prestigioso más tarde y una universidad perdida en el corazón de Ohio. Los pros y contras de esas aventuras dependen en gran medida del interés o la empatía que el lector (el destinatario primario es ostensiblemente estadounidense) pueda sentir por la capacidad adaptativa de un personaje, el propio narrador, que posa, a veces con gracia, otra no, como antihéroe permanente.
Pequeño fracaso alude a la expresión en ruso con que la madre, poco pedagógica, designaba a Gary en la infancia. Tal vez no sea casual que en el original inglés el título se valga de la palabra "failure" y no de "loser" ("perdedor"). La segunda no tiene vuelta atrás. Al escritor le viene mejor el fracaso porque -como sugiere sin decirlo Shteyngart, habitual firma de The New Yorker- siempre tiene un fondo picaresco, origen de toda narración.
PEQUEÑO FRACASO
Por Gary Shteyngart
Libros del Asteroide. Trad.: E. Jordá. 434 págs., $ 580


P. B. R. 





Skyvan, de Miriam Lewin
Tras los vuelos de la muerte


En los primeros años de la última dictadura, las costas bonaerenses y del Uruguay vieron aparecer cadáveres que debido a la hinchazón aparentaban rasgos orientales. Estaban desnudos, algunos atados y con claras señales de heridas.
Junto con el secuestro de bebes, los vuelos de la muerte fueron uno de los recursos más siniestros y cobardes de los militares argentinos. Al arrojar al mar los cuerpos de los secuestrados conscientes o adormecidos por el pentotal o el ketalar, consumaban la desaparición sin más testigos que los mismos verdugos. Pero el río y el mar se negaron a la complicidad y devolvieron uno de cada diez cuerpos arrojados desde los aviones del Ejército que partían de Campo de Mayo, y de la Marina y la Prefectura Naval que despegaban del Aeroparque y Ezeiza.
En una ardua y brillante investigación de años a la que sumó valiosos colaboradores, la periodista Miriam Lewin fue descubriendo dónde se encontraban los bimotores irlandeses Skyvan de la Prefectura y cuatrimotores Lockheed Electra de la Marina que habían arrojado al vacío a muchos de sus compañeros de cautiverio en la ESMA. Los miércoles era el día del "traslado" en ese campo de concentración. Los secuestrados que los veían partir intuían qué escondía la palabra, pero se aferraban a su literalidad.


La documentación de un Skyvan condujo a sus pilotos, pero como les ocurrió a ella y a Horacio Lutzky en la investigación del caso AMIA y el agente secreto de la Policía Federal infiltrado en entidades de la comunidad judía (Iosi. El espía arrepentido), aquí también Lewin tuvo que evaluar cuándo y cómo presentar los hallazgos en la televisión y en una justicia que con tanta docilidad se paraliza ante los crímenes del poder. Por eso, ella y su equipo primero recurrieron a Francia. Habían descubierto que el viejo Skyvan que décadas después se encontraba en el aeropuerto de Fort Lauderdale, Florida, había despegado del Aeroparque a las 21.30 del 14 de diciembre de 1977. En su fuselaje semejante a un ataúd llevaba a las monjas francesas Alice Domon y Léonie Duquet, a la fundadora de las Madres de Plaza de Mayo Azucena Villaflor y otras personas. Un grupo de tareas al mando de Alfredo Astiz las había secuestrado en la iglesia Santa Cruz. Seis cuerpos aparecieron en la playa de Santa Teresita a los pocos días.
Como en la historia del espía arrepentido, en Skyvan. Aviones, pilotos y archivos secretos, este relato casi novelado y recorrido por un suspenso creciente hay traidores, valientes y golpes de buena suerte como el hallazgo de la leyenda en la compuerta trasera del Skyvan de Domon y Duquet que involuntariamente sintetiza el horror de un drama que persiste: "No debe ser abierta durante el vuelo excepto bajo órdenes del capitán".
SKYVAN
Por Miriam Lewin
Sudamericana. 240 páginas. $ 329

ECONOMÍA; CARLOS VEGH


El Banco Mundial sobre Argentina: “No es preocupante que la deuda suba, la clave es que el déficit baje”





Carlos Vegh es el economista jefe del Banco Mundial para la región.
Este uruguayo, fanático de Peñarol, vive hace 35 años en Estados Unidos donde estudió (doctor en Economía por la Universidad de Chicago), dictó clases (UCLA y John Hopkins) y ahora se desempeña en la burocracia de Washington. Vegh llegó a Buenos Aires esta semana donde participó en las Jornadas Monetarias del Banco Central y el jueves disertará en una conferencia organizada por FIEL.
– Empecemos por el contexto internacional. En las jornadas del Banco Central se escucharon advertencias sobre las condiciones de liquidez y los peligros para países como Argentina cuando el crédito se cierra. ¿Coincide con esa visión?
Las economías de Sudamérica son exportadoras de commodities. Por lo tanto, la región estará determinada en gran medida por los ciclos de estos precios y de los flujos de capitales. Tendremos períodos de mucha entrada de dólares, con un resultante crecimiento del crédito y otras épocas de salida de capitales, un tipo de cambio que se depreciará y un crédito que disminuirá. Es parte del ciclo económico de la región y es inevitable.
“La política monetaria del Banco Central de Argentina me parece la correcta. La experiencia de la región enseña que no sirve estabilizar a medias tintas”.
– ¿Cómo se evitan los dolores de cabeza?
Uno aprende o trata de aprender diseñando nuevos instrumentos, por ejemplo, lo que los economistas llamamos ‘reglas macroprudenciales’. En las épocas buenas para la región, como 2003-2013, cuando se registraron precios altos en las materias primas, uno hubiera querido desacelerar el crecimiento del crédito doméstico para evitar que la economía se sobrecalentara y provocara excesos en los precios de los activos financieros que no son saludables para la situación macroeconómica. En el banco estudiamos el aumento de los encajes de liquidez en épocas que entran muchos capitales para enfriar la economía y bajarlos en épocas mala para estimularla.
– ¿Sirve acumular reservas? El Banco Central de Argentina se puso un objetivo: 15% del PBI
Hablando en general, uno aconsejaría a los países comprar reservas en tiempos de entrada de capitales. Muchos de ellos tendrían que intervenir para mantener el tipo de cambio y podrían subir los encajes para evitar que la economía se recalentara. Lo contrario sucede cuando hay salida de capitales. También hay casos donde un gobierno hereda una situación de reservas bajas, como fue aquí en Argentina. Entonces el Banco Central se ve obligado a aumentar el stocks de reservas internacionales.
– Argentina eligió financiar en el mercado la corrección de sus desequilibrios. Muchos aquí critican esa estrategia mientras el Gobierno sostiene que la suba de la deuda es transitoria, ¿usted qué opina?
El mercado dictará si los capitales entran o salen. Durante el último semestre del año pasado el ingreso neto de dólares a la región fue negativo y ahora, en estos últimos meses, positivo. Mi pronóstico es que para esta época de 2018 el grado de liquidez global será más bajo y hasta diría neutral por la suba de la tasa de interés en EE.UU.
-¿Pero entonces un país como Argentina no queda más expuesto?
Es inevitable, no se puede ir en contra de ello. Uno tiene que elegir si vive con el mercado o sin él. En economía no tenemos soluciones intermedias y hemos visto muchos ejemplos, como el de la propia Argentina, donde el modelo de cerrarse al mundo no funcionó. O sea hay que abrirse y aceptar estas situaciones. Es ser parte de una economía globalizada tanto a nivel financiero como comercial.
-¿Entonces no le preocupa el aumento de la deuda pública de Argentina?
El aumento de la deuda no me preocupa porque cuando se compara con el promedio de la región, aquí es bastante baja y se acumularon muchas reservas. La clave es continuar con la disminución gradual déficit primario que a su vez reduce la tasa de crecimiento de la deuda pública y ser muy firme con las metas de inflación como dijo el presidente del Banco Central, Federico Sturzenegger
“La economía argentina crecerá 2,8%-3% en 2018”
– ¿Cuál es el pronóstico de crecimiento para Argentina en 2018 del Banco Mundial?
La economía crecerá 2,8% este año y 2,8-3% en 2018. Será una de las economías con mejor desempeño en Sudamérica. La región crecerá 1,1% este año.
– ¿El crecimiento puede sostener su ritmo, o incluso aumentar, si al mismo tiempo baja el déficit y la inflación?
Sí, se hace en forma gradual. No bajar el déficit fiscal primario sería ponerle una fuerza negativa a la economía. Se hicieron estabilizaciones donde la inflación cayó en forma gradual acompañada por una baja del déficit fiscal. Se trata de una política razonable y de tener un ancla cambiaria fuerte, un elemento clave de cualquier plan de estabilización que eventualmente ha llevado a tasas de inflación de un dígito.
– ¿Hay riesgos de que el peso se aprecie?
Sí, aunque eso ocurre más bien en la fase inicial de un plan de estabilización. La situación puede estabilizarse tanto con oferta monetaria como se hizo acá, en Argentina, como también con el uso del tipo de cambio. Pero es inevitable que haya un poco de apreciación real de la moneda. Luego, a medida que la economía crece, la apreciación real desaparece.arg
“Se puede crecer bajando la inflación y el déficit fiscal al mismo tiempo. Hay que ir gradualmente”.
– ¿En cuanto tiempo puede Argentina llegar a un dígito de inflación?
Soy optimista porque la economía argentina está mucho menos indexada que la brasileña en los 80 o la uruguaya en los 90. Si uno puede eliminar completamente la indexación pasada y celebrar los contratos con la inflación futura, y si a eso uno combina una meta inflacionaria creíble y una baja del déficit fiscal primario, con esas tres condiciones, la inflación podría llegar a un dígito en menos de cinco años.
-El presidente del Banco Central, Federico Sturzenegger, dijo que no están dadas las condiciones para “un relajamiento de la política monetaria”, ¿está de acuerdo?
Me parece la política monetaria correcta. Si la experiencia de la región nos enseña algo en los últimos 50 años es que todos los que quisieron estabilizar ‘a medias tintas’ nunca estabilizaron. Las estabilizaciones exitosas han sido las que se han hecho en serio simplemente porque las expectativas juegan un rol importante.

UN HOGAR; LA CASA GARRAHAN

 Casa Garrahan: un rincón de historias de amor y lucha A dos décadas de su nacimiento, el hogar de la Fundación homónima cobijó a más de 20 mil pacientes de todo el país. Se realizó una recorrida por el lugar, se adentró en la vida que mantienen los huéspedes y recopiló historias de niños que junto a sus familias inspiran por su pelea diaria 

Las voces y risas de niños se escuchan de a ratos. En el lugar reina el silencio, la tranquilidad. La cordialidad caracteriza tanto a empleados como a visitantes que están de paso. Es como el hogar propio, donde cada uno se siente a gusto. La Casa Garrahan alberga, contiene, alimenta, atiende especialmente a cada uno de sus huéspedes, cada niño en tratamiento ambulatorio y a sus madres o acompañantes. Suple las necesidades sociales y emocionales de los pacientes y sus familias. 


El 25 de marzo de 1997, el complejo se inauguró con el fin de dar un hogar a los niños, junto a sus madres, que residen a más de 100 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires y se atienden en los hospitales Elizalde, Garrahan o Gutiérrez. Con el trabajo de un equipo de profesionales, asistentes y voluntarios, ya brindó alojamiento a más de 20 mil pequeños a lo largo de dos décadas. Este rincón de la ciudad cobijó mes a mes a decenas de mamás, papás, abuelos o familiares que acompañan a sus pequeños en los procesos de atención médica.
El proyecto cumplió dos décadas de existencia
"Esta casa surgió bajo la idea de que sea un hogar lejos de su hogar", recalca como el lema insignia Beatriz Resnik, coordinadora de relaciones institucionales de la Fundación Garrahan. Llena de colores, juegos y provista de grandes dosis de amor y contención, la casa tiene como objetivo simular el hogar propio de cada una de las madres y de los menores que viven transitoriamente en ella. Por eso, se les dan todas las comodidades y libertades posibles. Realizó una recorrida y recopiló algunos testimonios de casos inspiradores. Algunos están esperando terminar un tratamiento, otros aguardan un trasplante o diagnósticos de complejas enfermedades. Todos, son ejemplos de amor y lucha.
Patricia proviene de Santiago del Estero. Reside en el edificio desde el 4 de marzo junto a su hijo Luciano (9 años), diagnosticado con mielodisplasia, un conjunto de trastornos ocasionados por la interrupción en la producción de células sanguíneas. Necesitan un trasplante de médula. Y mientras cumple el tratamiento que requiere de una dieta estricta -solventada por el hogar- espera en la Casa. "Acá los chicos tienen la distracción que necesitan. Tienen tecnologías, arte, plástica, maestras domiciliarias para no perder el año", asegura.
Al igual que Patricia, Vera también llegó desde Santiago del Estero. Acompañó a su hijo Ángel (13 años), a quien operaron de fractura de cadera. "Se le han quebrado los fémur de los dos costados", contó. En su caso permaneció más tiempo del correspondiente porque no conseguía pasajes para retornar. Ello nunca fue un impedimento para continuar habitando el sitio. Dentro de dos meses deberán regresar para control y en otros 60 días posteriores también volverán para la segunda intervención quirúrgica, lo que ayudará al niño a volver a caminar. "No sé que hubiera pasado conmigo si no estuviera esto. Estaría en la calle. No conozco a nadie aquí", afirmó. 


El hogar cuenta con 43 habitaciones, con capacidad disponible para 86 personas. Cada una cuenta con baño privado para cada grupo familiar. En los tres pisos la estructura es del mismo modo: dos pasillos en los que se reparten los dormitorios y una amplia cocina, equipada con todos los elementos necesarios. Abajo, salas de estar, de juegos y de computación, biblioteca, lavadero y patios con juguetes (todas donaciones) para ser utilizadas con múltiples propósitos, como el dictado de talleres educativos o como espacio de formación de quienes asisten en esta modalidad.
El inmueble está ubicado en Pichincha al 1700, a media cuadra del Hospital homónimo. "Esto es un terreno que era del Gobierno de la Ciudad. Era un viejo mercado municipal que primero fue cedido por 20 años y después ya nos dieron la tenencia definitiva. Es propiedad de la Fundación", comentó Resnik.
Allí se crean fuertes lazos con las madres y con los niños, con esos niños que desde su tan corta edad saben qué es lo padecen, pero le dan pelea y se muestran dispuestos a subirse al ring de la vida para decirle a la enfermedad que están más que dispuestos a ganar cada round. Y también se vinculan con las otras madres que comparten la misma situación, llegan desde distintas partes del país y deben lidiar con la afección de cada hijo y el desarraigo de dejar la familia.
Timotea es abuela de Azul y habitaba el complejo junto también a su hija esperando la cirugía de su nieta, que tiene hidrocefalia (acumulación de líquido en las cavidades del cerebro). Llegaron a principios de junio desde Misiones: "Nosotros no tenemos ningún medio. Vinimos sin derivación y nos ofrecieron la Casa Garrahan. Acá nos ofrecen todas las comodidades hasta la dieta de la bebé porque hay nutricionista". Relata que les dan tareas -cada mamá se reparte los días para cocinar o lavar los platos, por ejemplo- y que "todavía no sabemos cuánto tiempo más vamos a estar acá porque ella tiene que sanar las escaras para después verla el neurocirujano". 


El modelo promueve a otras instituciones a crear sus propios proyectos y alienta el intercambio de experiencias. La Fundación se sostiene gracias al aporte solidario de colaboradores. Muchos de ellos son empresas que cooperan con dinero o especies. Y de padrinos que apoyan la causa para su funcionamiento. Personalidades como Abel Pintos, León Gieco y hasta Antonio Banderas acuden y efectúan eventos benéficos y tienen habitaciones con su nombre.
La Casa Garrahan está abierta a todo el mundo. El límite lo marca solo lo que da el servicio social de los tres hospitales. "Todo el que lo necesita, que es la gente que menos recursos tiene y menos posibilidad. Aquellos que no tienen obra social y tienen que estar en esta 'selva' que es Buenos Aires y se encuentran que deben quedarse para hacer un tratamiento para su hijo, aquí encuentran un equipo que lo más importante que brindan es escucha y calidez. Hay mucho amor acá". El amor de un casa, el amor de un verdadero hogar. 

W. V. D.

EL INDEC INFORMA


Comienza la Primera Prueba Piloto del Censo 2020
En Pilar, hasta el 12 de noviembre
El Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC) pondrá en marcha mañana el operativo de campode la Primera Prueba Piloto del Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas de la Ronda 2020 en el partido bonaerense de Pilar. El relevamiento, diseñado y planificado por la Dirección Nacional de Estadísticas Sociales y de Población, continuará en las localidades de San Javier, en Misiones, y de Junín de los Andes, en Neuquén, y abarcará un total estimado de 13.000 viviendas. 


Finalizó la etapa de capacitación destinada a los coordinadores provinciales, jefes de fracción y de radio y sus respectivos asistentes, censistas y censistas recuperadores que participarán en el operativo. Los talleres estuvieron a cargo de personal técnico del INDEC y se dictaron en la sede que la Universidad de Buenos Aires (UBA) tiene en Villa Rosa, Pilar.
La localidad de Pilar fue elegida por la heterogeneidad de su población y las características de su territorio donde se encuentran zonas urbanizadas, periurbanas y rurales. Allí, la prueba piloto se extenderá hasta el 12 de noviembre y se censarán 3.045 viviendas en los barrios de La Loma (Del Viso) y San Alejo, en un trabajo conjunto con personal de la Dirección Provincial de Estadística (DPE) de la Provincia de Buenos Aires. Después de esa fecha, se iniciará la tarea de los censistas recuperadores quienes durante una semana volverán a visitar las viviendas en las que, por distintas razones, el cuestionario no pudo ser respondido.
Mediante el uso de tabletas y cuestionarios en papel, los censistas –docentes, profesionales y estudiantes de nivel terciario y universitario– recolectarán información sobre el tipo y uso de la vivienda, la cantidad de hogares, los materiales predominantes de pisos, techos y paredes, las condiciones sanitarias, la cantidad de habitaciones y el equipamiento del hogar. También indagarán acerca de las variables de población como migración, pueblos indígenas y afrodescendientes, discapacidad, previsión social, educación, situación conyugal, características ocupacionales y fecundidad. 


El objetivo general de la Primera Prueba Piloto es evaluar la posibilidad de realizar un censo ‘de derecho’ en 2020 con el propósito de mejorar el grado de exactitud en el recuento de la población, hogares y viviendas. En los llamados censos de derecho –práctica extendida mundialmente– la población es entrevistada en su lugar de residencia habitual y su duración se extiende a varios días o semanas, como es el caso de esta prueba piloto que en las tres localidades se realizará durante 16 días corridos. En cambio, en un censo ‘de hecho’ –de uso habitual en la Argentina hasta 2010– se registra a las personas que pasaron la noche anterior en la vivienda y se lleva a cabo en una sola jornada. En San Javier (Misiones) y en Junín de los Andes (Neuquén), la prueba piloto comenzará en el mes de noviembre y se relevarán 4.368 y 5.544 viviendas, respectivamente.