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jueves, 11 de enero de 2018

UN CUENTO ESCALOFRIANTE


El cuento La marca del ganado escrito por el autor argentino Pablo De Santis.
El primer animal apareció en el campo de los Dosen y a nadie le hubiera llamado la atención de no haber estado tan cerca del camino y con la cabeza colgando.
Fue a fines del 82 o principios del 83, me acuerdo porque hacía pocos meses que había terminado la guerra y todos hablábamos del hijo de Vidal, el veterinario, que había desaparecido en el mar.
Para escapar del dolor, de esa ausencia tan absoluta que ni tumba había, Vidal se entregó al trabajo, y como no eran suficientes los animales enfermos para llenar sus horas, investigó cada una de las reses mutiladas que empezaron a aparecer desde entonces.
En realidad nunca supimos con certeza si el de los Dosen fue el primer caso, porque sólo desde entonces nos preocuparon las señales: aquí nunca llamó la atención una vaca muerta.
Al principio los Dosen le echaron la culpa al Loco Spica, un viejo inofensivo que andaba cazando nutrias y gritando goles por el campo, con una radio portátil que había dejado de funcionar hacía un cuarto de siglo.
A todos nos pareció una injusticia que los Dosen le echaran la culpa, porque el viejo podía matar algo para comer, pero nunca hubiera hecho algo así: la cabeza casi seccionada, tiras de cuero arrancadas en distintos puntos de una manera caótica y precisa a la vez, como si el animal se hubiera convertido en objeto de una investigación o de un ritual.
Y quedó claro que el Loco Spica no había tenido nada que ver, porque en marzo del 83, durante la inundación, apareció flotando en el río diez kilómetros al sur, y las mutilaciones –esa fue la palabra que usó Vidal, el veterinario, la primera vez y que todos nosotros usamos desde entonces– continuaron.
No me acuerdo si siguió después aquel novillo en el campo de la viuda Sabella o el ternero que apareció atado al molino derrumbado, con la cabeza de otro en lugar de la suya.
En cada caso nuestro comisario, Baus, fue a buscar al veterinario para que estudiara las marcas y tratara de encontrar alguna pista.
El comisario parecía desconcertado: nunca en su vida había investigado nada, ya que en el campo, a diferencia de la ciudad, las cosas son o bien demasiado evidentes o completamente invisibles, y tanto en un caso como en otro la investigación es inútil.
A partir de entonces, el bar que heredé de mi padre y que apenas me permite sobrevivir, se convirtió en una especie de foro sobre las mutilaciones.
A nadie le importaba una vaca de más o de menos, porque acá cuestan poco y nada, pero asustaba imaginar al culpable, solo, en la noche, derribando al animal con un golpe en la cabeza, inventando formas distintas para cortarlo, a veces vivo todavía (así lo aseguraba el veterinario).
Yañéz, el mecánico, decía que era una secta, y que sabía de casos parecidos en las afueras de Trenque Lauquen.
Soria, el jefe de estación, hablaba de ovnis, él siempre estaba viendo luces en el cielo, sacaba fotografías, paseaba solo por el campo en espera del encuentro.
Las mutilaciones eran para él experimentos; los extraterrestres analizaban las muestras de tejido. Como le dije que eso podría explicar los cortes pero no otras aberraciones (las cabezas trocadas, las langostas encerradas en las heridas, las flores emergiendo de las órbitas oscuras) Soria se defendía: era un experimento, sí, pero sobre nosotros: estudiaban nuestras reacciones ante lo malvado y lo desconocido.
Baus, el comisario, si tenía alguna teoría, la callaba. Investigó a los crotos que siempre andan por aquí y a fuerza de tantos interrogatorios terminó espantándolos, y hasta el día de hoy casi no ha vuelto a aparecer ninguno.
Una noche, cuando le pregunté si realmente creía que eran ellos, me respondió tranquilo: es uno de nosotros. ¿Pero quién? Porque aquellas mutilaciones no traían ningún beneficio ni seguían un plan reconocible.
Podían caer en el campo de cualquiera, y tampoco dentro de su locura seguían un sistema determinado. Vidal anotaba todo en una libreta de tapas azules, pero salvo cierta abundancia de marcas en la cabeza, no había otra constante.
Iba a todos lados con su libreta, y cuando a veces cenaba en mi establecimiento, siempre solo, leía en voz baja aquella lista monótona, como si se tratara de un rezo.
Los animales muertos le servían de excusa para estar siempre en movimiento, en busca de nuevos ejemplares, día y noche, para huir de su casa desierta y de los portarretratos con las fotos de su hijo.
A la tarde, frente a los vasos de ginebra o de fernet, todos hablaban con una autoridad infinita en la materia, mientras jugaban al dominó y esperaban con ansiedad que el próximo parroquiano irrumpiera con alguna nueva noticia.
Ya no veíamos los animales muertos como pertenecientes a uno u otro dueño, sino como reses marcadas a través de las mutilaciones para señalar su pertenencia a un mismo rebaño fantasmal, que no cesaba de crecer.
Hubo casos más espectaculares que otros, y de una ejecución más arriesgada, como el ternerito que apareció colgado en la finca de los Dorey, muy cerca de la casa.
Los Dorey no oyeron nada, los perros apenas ladraron y se callaron enseguida y el matrimonio siguió durmiendo, que los perros ladran por cualquier cosa.
A la mañana se encontraron con el ternero colgado, la rama casi quebrada por el peso; seguramente habían usado un coche o una camioneta para izarlo, pero las lluvias habían borrado las huellas. Vinieron algunos periodistas, de la capital incluso.
Estuvieron unos días en el hotel Lavardén, y se los veía a la hora de la siesta de aquí para allá, por las calles vacías, sin saber qué hacer, esperando la hora del regreso.
También vinieron policías enviados por la jefatura de la provincia, y el comisario se sintió un poco relegado. Interrogaron a todo el mundo, sacaron fotografías y recogieron muestras para el laboratorio, pero se fueron también al poco tiempo sin respuestas y sin demasiado interés por las respuestas que no habían encontrado.
Durante todo ese tiempo, aun mientras los otros policías invadían su lugar, el comisario siguió investigando. Nos interrogó a todos; ponía un viejo grabador encima de la mesa y nos hacía hablar, nos preguntaba por los vecinos, por las rarezas que podía tener alguno.
Hasta al cura interrogó, convencido de que el culpable había ido a confesarse y que el padre Germán lo protegía debido al secreto de confesión.
Las mutilaciones se convirtieron en una obsesión para él, fue su primera investigación y también la última.
A veces lo veía, por las noches, en la comisaría, bajo los tubos fluorescentes, los mapas del campo extendidos en la mesa, con los sitios donde habían aparecido los animales encerrados en círculos rojos.
Trataba de encontrar en esas marcas dispersas una figura, intentaba adivinar el próximo caso. Hasta las cuatro o las cinco de la mañana se quedaba ahí, oyendo las cintas que había grabado, las conversaciones triviales, todos los secretos del pueblo, y esas voces, que nada sabían de las mutilaciones, parecían cautivarlo.
Ahí empezó a tener problemas con su esposa, porque iba poco para su casa, y cuando no estaba en la comisaría atravesaba los campos en su camioneta, con un faro buscahuellas, como un alucinado, hasta que se quedaba dormido en algún camino o, si le quedaban fuerzas, volvía para escuchar las cintas con las voces de todos. Nuestras voces lo atraparon y lo enloquecieron.
Buscaba contradicciones y las encontraba una y otra vez, porque aquí nadie presta atención a nada y quien dice una cosa puede decir otra.
El comisario parecía creer que todos sabían lo que pasaba, y que él era el único al que esa verdad le estaba vedada.
Hasta tal punto llegó su desconfianza que cuando entraba en el bar todos callábamos y cambiábamos de tema, y pasábamos tímidamente al fútbol, a las inundaciones o a algún chisme local.
El comisario se acostumbró a esa bienvenida que se le brindaba, hecha de silencio incómodo y lugares comunes.
El comisario sufría y se alejaba de todo, y por eso yo tuve la tentación de entrar de noche en la comisaría para apartar los mapas y las grabaciones y decirle la verdad.
No hubiera servido de nada, porque él ya había hecho algo tan grande con aquellas vacas muertas, había construido con paciencia un misterio insondable que no encerraba sólo al culpable sino a todos, que nada lo hubiera dejado contento.
La verdad le hubiera parecido insuficiente; y si yo hubiera hablado, pero no hablé, lo habría considerado un engaño, algo destinado a hacerlo caer en una trampa, a relevarlo de su insomnio y su desconfianza para dejarle libre el terreno al mal.
De todos en el pueblo quizás yo era el único que no tenía pero ninguna teoría. Todas me parecían verosímiles, incluso la de los extraterrestres, y a la vez imposibles; si me hubieran hablado de una enfermedad inexplicable que golpeaba a las vacas con esos síntomas atroces lo hubiera creído también.
Me parecía que la explicación estaba más cerca de una fuerza ciega, impersonal, que de un culpable minucioso y obstinado.
Podían ser los hijos de Conde, que nacieron malvados; Greis, un cuidador de caballos que dormía abrazado a su escopeta; o la viuda de Sabella, o el veterinario Vidal o el mismo comisario.
Nunca hice ninguna conjetura firme, nunca investigué nada, y si llegué a la verdad y fui el primero, fue por casualidad. Volvía, un poco entonado, de la casa de unos primos, a cuarenta y cinco kilómetros del pueblo.
Se festejaba un cumpleaños y cuando se terminó la última botella me invitaron a dormir. No soporto camas ajenas y a pesar del sueño decidí volver.
La noche estaba clara y desde lejos la vieja Ford de Vidal, detenida a un costado del camino, con los faros apagados. Pensé que se le había quedado el motor: Vidal iba seguido a verlo al mecánico por una cosa o por otra.
Detuve el rastrojero y me bajé dispuesto a ayudarlo. Dije «Buenas noches, doctor», pero Vidal no me respondió. Cuando me acerqué, vi con claridad al veterinario que, inclinado sobre la res abatida, practicaba los cortes con pulso firme.
Yo estaba cansado y había tomado de más, pero al instante se me borraron las huellas del sueño y del alcohol.
Vidal sacó de su maletín un frasco de vidrio lleno de insectos muertos, muchas mariposas sobre todo, también escarabajos, que esperaban a ser sepultados en la herida.
Empuñaba con firmeza el viejo bisturí alemán con sus iniciales en el mango, sin preocuparse por el testigo que seguía el procedimiento.
Era tal su indiferencia que yo me sentí culpable por estar allí, por invadir la ceremonia privada que nunca llegaría a comprender.
Durante algunos segundos fui yo el culpable, y él un juez inalcanzable, tan remoto en su dignidad e investidura que ni siquiera llegaba a saber de la existencia del imputado.
No dormí esa noche, y abrí el bar más tarde de lo habitual, y cuando ya a las cuatro, cuando empezaban a llegar los muchachos, quise decirles la verdad, me di cuenta de que no había llegado el momento oportuno.
Esperé que hablaran, que expusieran sus teorías, sus ovnis, sus sospechas; cuando el último terminara de hablar, yo, callado hasta ese entonces, diría la verdad y ellos me oirían en silencio.
En un instante, en un nombre, entraba todo: después de esa revelación, nada, perdería el poder del secreto. Decidí dejarlo para el día siguiente. Pero entonces tampoco me pareció que era el momento oportuno.
Me gustaba escucharlos hablar, confrontar en silencio sus torpes deducciones con el secreto; y a causa de esa satisfacción, fui más amable que nunca, y serví medidas más generosas y la casa invitaba con cualquier excusa, con tal de que aquellas voces no callaran nunca.
Mi secreto no me distanció, al contrario, me sentí más cerca de ellos, ahora que los veía inocentes, ingenuos, moviéndose a ciegas en un mundo cuyos mecanismos ignoraban por completo.
Pasaron tres semanas desde la noche en que vi la Ford de Vidal junto al camino hasta la mañana en que el veterinario entró a mi establecimiento para pedir una grappa. Después de tomarla de un trago me preguntó por qué no había hablado.
Le dije que no era asunto de mi incumbencia y pareció aceptar mi respuesta como algo razonable; era evidente que él también pensaba que el asunto no era de la incumbencia de nadie más.
Me costaba hablar con él, me daba cierto pudor, como si fuéramos cómplices de alguna situación no solo espantosa, sino también ridícula, pero al fin pregunté por qué, dije sólo por qué, incapaz de terminar la pregunta.
No esperaba respuesta, porque me parecía que todo lo que se podía decir estaba escrito ahí, en el idioma hecho de reses muertas y combinaciones abominables. Pero el veterinario dejó dos monedas en la mesa y respondió.
Dijo que siempre había sido un buen veterinario, que había llegado a entender a los animales a través de señales invisibles para otros. Estudiaba el pelaje, pero también sus huellas, las marcas en el pasto, los árboles cercanos.
Sentía que con cada animal enfermaba un pedazo del mundo, y que a él le tocaba la tarea de restaurar la armonía. Así lo había hecho por años y por eso los ganaderos de la zona confiaban en él. Después las cosas cambiaron.
A su hijo le tocó primero la marina, luego una base naval en el sur, y finalmente la guerra. Él lo esperó sin optimismo y sin miedo hasta que una mañana un Falcon blanco de la marina con una banderita en la antena se detuvo frente a su casa.
Él lo vio llegar desde la ventana. Del auto bajó un joven oficial que caminó con lentitud hacia la puerta, como esperando que en el camino le ocurriera algún incidente que lo hiciera desistir de su misión.
Se notaba que nunca había hecho lo que ahora le tocaba hacer, y después de pronunciar un vago saludo le tendió con torpeza una carta con los colores patrios en una esquina, cruzados por una cinta negra.
La mano del joven oficial temblaba al sostener la carta donde decía que el hijo del doctor Vidal había sido tragado por el mar, por el mar que nunca antes había visto.
Entonces el doctor Vidal descubrió algo que hasta ese entonces se le había ocultado: el mundo era maligno, y no podía pasar este hecho por alto.
No podía seguir curando animales, ni creer que trabajaba para alguna armonía que los otros hombres eran incapaces de ver. No existía ninguna armonía ni ninguna verdadera curación posible. Sintió que la cura era una falta a la verdad.
Siguió sanando a los animales, porque era su trabajo y no sabía hacer otra cosa, pero decidió dejar en la noche y en los campos una marca, la señal que decía con claridad que él no había sido engañado, que a todos podían mentir, pero no a él, que sabía de qué se trataba la cosa.
Entonces se dedicó a curar pero también a matar y a mutilar, a dejar en la noche las letras sangrientas de su mensaje. No dijo destinado a quién o qué.
Yo lo había escuchado en silencio, sin interrumpirlo ni hacerle ninguna otra pregunta, y no lo saludé ni me saludó cuando se fue. No sé si la explicación tuvo algo que ver, pero a partir de allí hubo menos casos, uno cada tres semanas, no más.
Otras noticias nos distrajeron un poco y alargaron las partidas de dominó hasta que empezaba la noche. Beatriz, la esposa de Baus, el comisario, cansada de las ausencias, los ataques de ira y el misterio, lo dejó sin avisarle nada.
Hizo las valijas y desapareció, y cuando el comisario llegó casi al amanecer a su casa, después de una expedición nocturna, se encontró con una grabación, hecha en la misma grabadora del comisario, donde la mujer decía que no soportaba más, que las cosas no podían seguir así, etcétera.
La mujer había hecho una grabación porque decía que lo único que escuchaba su esposo eran aquellas cintas, y que si dejaba un papel escrito probablemente no le prestaría atención.
Diez días después, Baus miró por última vez los planos, las vacas de juguete en las que practicaba las incisiones, y salió para meterse en el terreno de Greis, aunque sabía que estaba loco, que dormía abrazado a la escopeta y disparaba a cualquier cosa que se moviera en la noche.
La muerte convirtió a Baus en un héroe para los muchachos del bar, que desde entonces contaron como hazañas algunos episodios menores de su actuación policial.
Del capítulo final echaban la culpa a la esposa, y comentaban sin énfasis que el primo de un amigo de un conocido la había visto en un bar de La Plata, que se había cambiado de nombre y se hacía pagar las copas.
De vez en cuando yo intentaba, desde la sombra, llevar el tema hacia los animales mutilados, pero no lograba interesarlos, y más de uno a esa altura me respondía: a quién le importa.
Nunca estuve tan cerca de decir la verdad, pero la había llevado tanto tiempo conmigo que ya no sabía cómo decirla.
Después vino la sequía, y la avioneta que cayó en el campo de los Ruiz y otras distracciones, y ya nadie volvió a hablar de las vacas muertas.
Vidal casi nunca venía al establecimiento, y no me animaba a ir a buscarlo para preguntarle por qué había terminado, si acaso creía que el mundo se había curado o que su mensaje había dejado de tener importancia.
Una noche, cerca de fin de año, 8 días después de que el nuevo comisario, un hombre joven, de apellido Lema, llegara al pueblo, Vidal se sentó junto a la ventana y se quedó ahí, mudo, con el vasito de grappa en la mano, hasta que no quedó nadie más.
Actué sin pensar, como si hubiera tomado la decisión mucho tiempo antes, en espera del momento oportuno. Cuando el veterinario se levantó para ir al baño abrí su maletín y saqué el bisturí alemán. Después seguí acomodando las sillas boca abajo sobre las mesas.
Esa misma noche caminé y caminé sin rumbo, armado con una llave inglesa, y el bisturí en el bolsillo izquierdo de mi camisa, el filo envuelto en papel dediario.
Cuando la vaca ya estaba caída y marcada, como una ofrenda a un dios malvado y hambriento, dejé caer el bisturí en la herida. Ese era mi mensaje para quien lo supiera entender.
El nuevo comisario, Lema, lo supo entender, y a los dos días se presentó en la casa del veterinario.
No fue necesario que preguntara nada, porque Vidal confesó todo, incluso la última mutilación, y se dejó arrastrar por salas de espera de juzgados y hospitales y calabozos de comisaría. No dio explicaciones ni mostró ninguna forma de arrepentimiento.
Cuando salió en libertad a las dos semanas, malvendió la casa y se asentó un poco más al sur, del otro lado del río, donde nadie lo conocía.
En el bar se volvió a hablar de las mutilaciones y cada uno barajaba los distintos motivos que podía haber tenido el veterinario.
Pero todos hablaban con una rara cautela, como si supieran que el misterio, antes tan ajeno, ahora formaba parte de algo que nos involucraba. Hablaban con frases sin terminar. Yo volví a mi silencio: había vuelto a tener mi secreto.
Nada supimos de Vidal durante cinco años hasta que llegó la noticia de su muerte en un accidente automovilístico. Fue en la ruta, una noche clara después de una tormenta.
El día anterior el viento había tirado el alambrado y quedó ganado suelto en el camino. Los animales se avistaban a lo lejos, pero el veterinario, en lugar de frenar la marcha, aceleró contra las formas lentas y oscuras que lo esperaban.
Acaso pensó que el mensaje, fuera cual fuera su destinatario, no había sido lo bastante claro, y que hacía falta un último sacrificio para hacerlo legible.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

UN CUENTO DE PABLO DE SANTIS


La marca del ganado escrito por el autor argentino Pablo De Santis.
El primer animal apareció en el campo de los Dosen y a nadie le hubiera llamado la atención de no haber estado tan cerca del camino y con la cabeza colgando.
Fue a fines del 82 o principios del 83, me acuerdo porque hacía pocos meses que había terminado la guerra y todos hablábamos del hijo de Vidal, el veterinario, que había desaparecido en el mar.
Para escapar del dolor, de esa ausencia tan absoluta que ni tumba había, Vidal se entregó al trabajo, y como no eran suficientes los animales enfermos para llenar sus horas, investigó cada una de las reses mutiladas que empezaron a aparecer desde entonces.
En realidad nunca supimos con certeza si el de los Dosen fue el primer caso, porque sólo desde entonces nos preocuparon las señales: aquí nunca llamó la atención una vaca muerta.
Al principio los Dosen le echaron la culpa al Loco Spica, un viejo inofensivo que andaba cazando nutrias y gritando goles por el campo, con una radio portátil que había dejado de funcionar hacía un cuarto de siglo.
A todos nos pareció una injusticia que los Dosen le echaran la culpa, porque el viejo podía matar algo para comer, pero nunca hubiera hecho algo así: la cabeza casi seccionada, tiras de cuero arrancadas en distintos puntos de una manera caótica y precisa a la vez, como si el animal se hubiera convertido en objeto de una investigación o de un ritual.
Y quedó claro que el Loco Spica no había tenido nada que ver, porque en marzo del 83, durante la inundación, apareció flotando en el río diez kilómetros al sur, y las mutilaciones –esa fue la palabra que usó Vidal, el veterinario, la primera vez y que todos nosotros usamos desde entonces– continuaron.
No me acuerdo si siguió después aquel novillo en el campo de la viuda Sabella o el ternero que apareció atado al molino derrumbado, con la cabeza de otro en lugar de la suya.
En cada caso nuestro comisario, Baus, fue a buscar al veterinario para que estudiara las marcas y tratara de encontrar alguna pista.
El comisario parecía desconcertado: nunca en su vida había investigado nada, ya que en el campo, a diferencia de la ciudad, las cosas son o bien demasiado evidentes o completamente invisibles, y tanto en un caso como en otro la investigación es inútil.
A partir de entonces, el bar que heredé de mi padre y que apenas me permite sobrevivir, se convirtió en una especie de foro sobre las mutilaciones.
A nadie le importaba una vaca de más o de menos, porque acá cuestan poco y nada, pero asustaba imaginar al culpable, solo, en la noche, derribando al animal con un golpe en la cabeza, inventando formas distintas para cortarlo, a veces vivo todavía (así lo aseguraba el veterinario).
Yañéz, el mecánico, decía que era una secta, y que sabía de casos parecidos en las afueras de Trenque Lauquen.
Soria, el jefe de estación, hablaba de ovnis, él siempre estaba viendo luces en el cielo, sacaba fotografías, paseaba solo por el campo en espera del encuentro.
Las mutilaciones eran para él experimentos; los extraterrestres analizaban las muestras de tejido. Como le dije que eso podría explicar los cortes pero no otras aberraciones (las cabezas trocadas, las langostas encerradas en las heridas, las flores emergiendo de las órbitas oscuras) Soria se defendía: era un experimento, sí, pero sobre nosotros: estudiaban nuestras reacciones ante lo malvado y lo desconocido.
Baus, el comisario, si tenía alguna teoría, la callaba. Investigó a los crotos que siempre andan por aquí y a fuerza de tantos interrogatorios terminó espantándolos, y hasta el día de hoy casi no ha vuelto a aparecer ninguno.
Una noche, cuando le pregunté si realmente creía que eran ellos, me respondió tranquilo: es uno de nosotros. ¿Pero quién? Porque aquellas mutilaciones no traían ningún beneficio ni seguían un plan reconocible.
Podían caer en el campo de cualquiera, y tampoco dentro de su locura seguían un sistema determinado. Vidal anotaba todo en una libreta de tapas azules, pero salvo cierta abundancia de marcas en la cabeza, no había otra constante.
Iba a todos lados con su libreta, y cuando a veces cenaba en mi establecimiento, siempre solo, leía en voz baja aquella lista monótona, como si se tratara de un rezo.
Los animales muertos le servían de excusa para estar siempre en movimiento, en busca de nuevos ejemplares, día y noche, para huir de su casa desierta y de los portarretratos con las fotos de su hijo.
A la tarde, frente a los vasos de ginebra o de fernet, todos hablaban con una autoridad infinita en la materia, mientras jugaban al dominó y esperaban con ansiedad que el próximo parroquiano irrumpiera con alguna nueva noticia.
Ya no veíamos los animales muertos como pertenecientes a uno u otro dueño, sino como reses marcadas a través de las mutilaciones para señalar su pertenencia a un mismo rebaño fantasmal, que no cesaba de crecer.
Hubo casos más espectaculares que otros, y de una ejecución más arriesgada, como el ternerito que apareció colgado en la finca de los Dorey, muy cerca de la casa.
Los Dorey no oyeron nada, los perros apenas ladraron y se callaron enseguida y el matrimonio siguió durmiendo, que los perros ladran por cualquier cosa.
A la mañana se encontraron con el ternero colgado, la rama casi quebrada por el peso; seguramente habían usado un coche o una camioneta para izarlo, pero las lluvias habían borrado las huellas. Vinieron algunos periodistas, de la capital incluso.
Estuvieron unos días en el hotel Lavardén, y se los veía a la hora de la siesta de aquí para allá, por las calles vacías, sin saber qué hacer, esperando la hora del regreso.
También vinieron policías enviados por la jefatura de la provincia, y el comisario se sintió un poco relegado. Interrogaron a todo el mundo, sacaron fotografías y recogieron muestras para el laboratorio, pero se fueron también al poco tiempo sin respuestas y sin demasiado interés por las respuestas que no habían encontrado.
Durante todo ese tiempo, aun mientras los otros policías invadían su lugar, el comisario siguió investigando. Nos interrogó a todos; ponía un viejo grabador encima de la mesa y nos hacía hablar, nos preguntaba por los vecinos, por las rarezas que podía tener alguno.
Hasta al cura interrogó, convencido de que el culpable había ido a confesarse y que el padre Germán lo protegía debido al secreto de confesión.
Las mutilaciones se convirtieron en una obsesión para él, fue su primera investigación y también la última.
A veces lo veía, por las noches, en la comisaría, bajo los tubos fluorescentes, los mapas del campo extendidos en la mesa, con los sitios donde habían aparecido los animales encerrados en círculos rojos.
Trataba de encontrar en esas marcas dispersas una figura, intentaba adivinar el próximo caso. Hasta las cuatro o las cinco de la mañana se quedaba ahí, oyendo las cintas que había grabado, las conversaciones triviales, todos los secretos del pueblo, y esas voces, que nada sabían de las mutilaciones, parecían cautivarlo.
Ahí empezó a tener problemas con su esposa, porque iba poco para su casa, y cuando no estaba en la comisaría atravesaba los campos en su camioneta, con un faro buscahuellas, como un alucinado, hasta que se quedaba dormido en algún camino o, si le quedaban fuerzas, volvía para escuchar las cintas con las voces de todos. Nuestras voces lo atraparon y lo enloquecieron.
Buscaba contradicciones y las encontraba una y otra vez, porque aquí nadie presta atención a nada y quien dice una cosa puede decir otra.
El comisario parecía creer que todos sabían lo que pasaba, y que él era el único al que esa verdad le estaba vedada.
Hasta tal punto llegó su desconfianza que cuando entraba en el bar todos callábamos y cambiábamos de tema, y pasábamos tímidamente al fútbol, a las inundaciones o a algún chisme local.
El comisario se acostumbró a esa bienvenida que se le brindaba, hecha de silencio incómodo y lugares comunes.
El comisario sufría y se alejaba de todo, y por eso yo tuve la tentación de entrar de noche en la comisaría para apartar los mapas y las grabaciones y decirle la verdad.
No hubiera servido de nada, porque él ya había hecho algo tan grande con aquellas vacas muertas, había construido con paciencia un misterio insondable que no encerraba sólo al culpable sino a todos, que nada lo hubiera dejado contento.
La verdad le hubiera parecido insuficiente; y si yo hubiera hablado, pero no hablé, lo habría considerado un engaño, algo destinado a hacerlo caer en una trampa, a relevarlo de su insomnio y su desconfianza para dejarle libre el terreno al mal.
De todos en el pueblo quizás yo era el único que no tenía pero ninguna teoría. Todas me parecían verosímiles, incluso la de los extraterrestres, y a la vez imposibles; si me hubieran hablado de una enfermedad inexplicable que golpeaba a las vacas con esos síntomas atroces lo hubiera creído también.
Me parecía que la explicación estaba más cerca de una fuerza ciega, impersonal, que de un culpable minucioso y obstinado.
Podían ser los hijos de Conde, que nacieron malvados; Greis, un cuidador de caballos que dormía abrazado a su escopeta; o la viuda de Sabella, o el veterinario Vidal o el mismo comisario.
Nunca hice ninguna conjetura firme, nunca investigué nada, y si llegué a la verdad y fui el primero, fue por casualidad. Volvía, un poco entonado, de la casa de unos primos, a cuarenta y cinco kilómetros del pueblo.
Se festejaba un cumpleaños y cuando se terminó la última botella me invitaron a dormir. No soporto camas ajenas y a pesar del sueño decidí volver.
La noche estaba clara y desde lejos la vieja Ford de Vidal, detenida a un costado del camino, con los faros apagados. Pensé que se le había quedado el motor: Vidal iba seguido a verlo al mecánico por una cosa o por otra.
Detuve el rastrojero y me bajé dispuesto a ayudarlo. Dije «Buenas noches, doctor», pero Vidal no me respondió. Cuando me acerqué, vi con claridad al veterinario que, inclinado sobre la res abatida, practicaba los cortes con pulso firme.
Yo estaba cansado y había tomado de más, pero al instante se me borraron las huellas del sueño y del alcohol.
Vidal sacó de su maletín un frasco de vidrio lleno de insectos muertos, muchas mariposas sobre todo, también escarabajos, que esperaban a ser sepultados en la herida.
Empuñaba con firmeza el viejo bisturí alemán con sus iniciales en el mango, sin preocuparse por el testigo que seguía el procedimiento.
Era tal su indiferencia que yo me sentí culpable por estar allí, por invadir la ceremonia privada que nunca llegaría a comprender.
Durante algunos segundos fui yo el culpable, y él un juez inalcanzable, tan remoto en su dignidad e investidura que ni siquiera llegaba a saber de la existencia del imputado.
No dormí esa noche, y abrí el bar más tarde de lo habitual, y cuando ya a las cuatro, cuando empezaban a llegar los muchachos, quise decirles la verdad, me di cuenta de que no había llegado el momento oportuno.
Esperé que hablaran, que expusieran sus teorías, sus ovnis, sus sospechas; cuando el último terminara de hablar, yo, callado hasta ese entonces, diría la verdad y ellos me oirían en silencio.
En un instante, en un nombre, entraba todo: después de esa revelación, nada, perdería el poder del secreto. Decidí dejarlo para el día siguiente. Pero entonces tampoco me pareció que era el momento oportuno.
Me gustaba escucharlos hablar, confrontar en silencio sus torpes deducciones con el secreto; y a causa de esa satisfacción, fui más amable que nunca, y serví medidas más generosas y la casa invitaba con cualquier excusa, con tal de que aquellas voces no callaran nunca.
Mi secreto no me distanció, al contrario, me sentí más cerca de ellos, ahora que los veía inocentes, ingenuos, moviéndose a ciegas en un mundo cuyos mecanismos ignoraban por completo.
Pasaron tres semanas desde la noche en que vi la Ford de Vidal junto al camino hasta la mañana en que el veterinario entró a mi establecimiento para pedir una grappa. Después de tomarla de un trago me preguntó por qué no había hablado.
Le dije que no era asunto de mi incumbencia y pareció aceptar mi respuesta como algo razonable; era evidente que él también pensaba que el asunto no era de la incumbencia de nadie más.
Me costaba hablar con él, me daba cierto pudor, como si fuéramos cómplices de alguna situación no solo espantosa, sino también ridícula, pero al fin pregunté por qué, dije sólo por qué, incapaz de terminar la pregunta.
No esperaba respuesta, porque me parecía que todo lo que se podía decir estaba escrito ahí, en el idioma hecho de reses muertas y combinaciones abominables. Pero el veterinario dejó dos monedas en la mesa y respondió.
Dijo que siempre había sido un buen veterinario, que había llegado a entender a los animales a través de señales invisibles para otros. Estudiaba el pelaje, pero también sus huellas, las marcas en el pasto, los árboles cercanos.
Sentía que con cada animal enfermaba un pedazo del mundo, y que a él le tocaba la tarea de restaurar la armonía. Así lo había hecho por años y por eso los ganaderos de la zona confiaban en él. Después las cosas cambiaron.
A su hijo le tocó primero la marina, luego una base naval en el sur, y finalmente la guerra. Él lo esperó sin optimismo y sin miedo hasta que una mañana un Falcon blanco de la marina con una banderita en la antena se detuvo frente a su casa.
Él lo vio llegar desde la ventana. Del auto bajó un joven oficial que caminó con lentitud hacia la puerta, como esperando que en el camino le ocurriera algún incidente que lo hiciera desistir de su misión.
Se notaba que nunca había hecho lo que ahora le tocaba hacer, y después de pronunciar un vago saludo le tendió con torpeza una carta con los colores patrios en una esquina, cruzados por una cinta negra.
La mano del joven oficial temblaba al sostener la carta donde decía que el hijo del doctor Vidal había sido tragado por el mar, por el mar que nunca antes había visto.
Entonces el doctor Vidal descubrió algo que hasta ese entonces se le había ocultado: el mundo era maligno, y no podía pasar este hecho por alto.
No podía seguir curando animales, ni creer que trabajaba para alguna armonía que los otros hombres eran incapaces de ver. No existía ninguna armonía ni ninguna verdadera curación posible. Sintió que la cura era una falta a la verdad.
Siguió sanando a los animales, porque era su trabajo y no sabía hacer otra cosa, pero decidió dejar en la noche y en los campos una marca, la señal que decía con claridad que él no había sido engañado, que a todos podían mentir, pero no a él, que sabía de qué se trataba la cosa.
Entonces se dedicó a curar pero también a matar y a mutilar, a dejar en la noche las letras sangrientas de su mensaje. No dijo destinado a quién o qué.
Yo lo había escuchado en silencio, sin interrumpirlo ni hacerle ninguna otra pregunta, y no lo saludé ni me saludó cuando se fue. No sé si la explicación tuvo algo que ver, pero a partir de allí hubo menos casos, uno cada tres semanas, no más.
Otras noticias nos distrajeron un poco y alargaron las partidas de dominó hasta que empezaba la noche. Beatriz, la esposa de Baus, el comisario, cansada de las ausencias, los ataques de ira y el misterio, lo dejó sin avisarle nada.
Hizo las valijas y desapareció, y cuando el comisario llegó casi al amanecer a su casa, después de una expedición nocturna, se encontró con una grabación, hecha en la misma grabadora del comisario, donde la mujer decía que no soportaba más, que las cosas no podían seguir así, etcétera.
La mujer había hecho una grabación porque decía que lo único que escuchaba su esposo eran aquellas cintas, y que si dejaba un papel escrito probablemente no le prestaría atención.
Diez días después, Baus miró por última vez los planos, las vacas de juguete en las que practicaba las incisiones, y salió para meterse en el terreno de Greis, aunque sabía que estaba loco, que dormía abrazado a la escopeta y disparaba a cualquier cosa que se moviera en la noche.
La muerte convirtió a Baus en un héroe para los muchachos del bar, que desde entonces contaron como hazañas algunos episodios menores de su actuación policial.
Del capítulo final echaban la culpa a la esposa, y comentaban sin énfasis que el primo de un amigo de un conocido la había visto en un bar de La Plata, que se había cambiado de nombre y se hacía pagar las copas.
De vez en cuando yo intentaba, desde la sombra, llevar el tema hacia los animales mutilados, pero no lograba interesarlos, y más de uno a esa altura me respondía: a quién le importa.
Nunca estuve tan cerca de decir la verdad, pero la había llevado tanto tiempo conmigo que ya no sabía cómo decirla.
Después vino la sequía, y la avioneta que cayó en el campo de los Ruiz y otras distracciones, y ya nadie volvió a hablar de las vacas muertas.
Vidal casi nunca venía al establecimiento, y no me animaba a ir a buscarlo para preguntarle por qué había terminado, si acaso creía que el mundo se había curado o que su mensaje había dejado de tener importancia.
Una noche, cerca de fin de año, 8 días después de que el nuevo comisario, un hombre joven, de apellido Lema, llegara al pueblo, Vidal se sentó junto a la ventana y se quedó ahí, mudo, con el vasito de grappa en la mano, hasta que no quedó nadie más.
Actué sin pensar, como si hubiera tomado la decisión mucho tiempo antes, en espera del momento oportuno. Cuando el veterinario se levantó para ir al baño abrí su maletín y saqué el bisturí alemán. Después seguí acomodando las sillas boca abajo sobre las mesas.
Esa misma noche caminé y caminé sin rumbo, armado con una llave inglesa, y el bisturí en el bolsillo izquierdo de mi camisa, el filo envuelto en papel dediario.
Cuando la vaca ya estaba caída y marcada, como una ofrenda a un dios malvado y hambriento, dejé caer el bisturí en la herida. Ese era mi mensaje para quien lo supiera entender.
El nuevo comisario, Lema, lo supo entender, y a los dos días se presentó en la casa del veterinario.
No fue necesario que preguntara nada, porque Vidal confesó todo, incluso la última mutilación, y se dejó arrastrar por salas de espera de juzgados y hospitales y calabozos de comisaría. No dio explicaciones ni mostró ninguna forma de arrepentimiento.
Cuando salió en libertad a las dos semanas, malvendió la casa y se asentó un poco más al sur, del otro lado del río, donde nadie lo conocía.
En el bar se volvió a hablar de las mutilaciones y cada uno barajaba los distintos motivos que podía haber tenido el veterinario.
Pero todos hablaban con una rara cautela, como si supieran que el misterio, antes tan ajeno, ahora formaba parte de algo que nos involucraba. Hablaban con frases sin terminar. Yo volví a mi silencio: había vuelto a tener mi secreto.
Nada supimos de Vidal durante cinco años hasta que llegó la noticia de su muerte en un accidente automovilístico. Fue en la ruta, una noche clara después de una tormenta.
El día anterior el viento había tirado el alambrado y quedó ganado suelto en el camino. Los animales se avistaban a lo lejos, pero el veterinario, en lugar de frenar la marcha, aceleró contra las formas lentas y oscuras que lo esperaban.
Acaso pensó que el mensaje, fuera cual fuera su destinatario, no había sido lo bastante claro, y que hacía falta un último sacrificio para hacerlo legible.

martes, 22 de noviembre de 2016

HABÍA UNA VEZ DE PABLO DE SANTIS


Cuando mi padre murió, yo hacía cinco años que no lo veía. Se había ido en barco, y durante los meses que siguieron a su partida escribió unas cartas que luego se convirtieron en postales y al fin en vagos telegramas, hasta que el correo cesó por completo. Con otra persona se hubiera pensado: “Algo malo debe haberle ocurrido”. Con él no. La ausencia era un rasgo de su carácter. Cumplí 18 años un jueves de diciembre de 1980: el lunes siguiente llegó una carta escrita por el capitán de un barco de la marina mercante: mi padre había muerto en un hotel de Génova.



Ese mes mi madre se fue a vivir a Mar del Plata, a la casa de su hermana, y yo me quedé solo en el enorme caserón del barrio de Boedo. Me preparé todo el verano para dar el examen de ingreso en la Facultad de Medicina, que al fin rendí, agotado por las noches en vela y las anfetaminas. A comienzos de marzo fui a buscar las notas. Una multitud llenaba el hall: algunos saltaban y daban gritos de alegría y otros, la mayoría, se sentaban abatidos en las escaleras o deambulaban por los pasillos como sonámbulos. Era difícil distinguir a los más exaltados de los más tristes, porque el llanto era el mismo. En unas infinitas planillas, pegadas con cinta scotch en las paredes, encontré mi nombre y el puntaje: 170 sobre 200. Un promedio alto, que me aseguraba el ingreso. Yo no salté ni abracé a nadie.
Apenas llegué a casa me puse a pensar en las dificultades que me esperaban: cómo haría para estudiar y trabajar a la vez. Tenía que mantener la casa, pródiga en caños agujereados, cables viejos y goteras tan entusiastas que hasta prescindían de la lluvia. Debía además comprar muchos libros: los más caros eran los de anatomía. Pasaba las noches preguntándome hasta cuándo podría seguir con la carrera. Fue entonces cuando llegó la valija.
La trajo a mi casa el capitán Rand, el mismo que había enviado la carta con la noticia de la muerte de mi padre. Rand era todo lo que uno espera de un capitán de barco: tenía la barba cana, fumaba en pipa y tomó media botella de whisky sin parpadear. Dijo que había sido su amigo; lo dijo con vacilación, como si mencionar a mi padre y a la amistad en una misma frase fuera incurrir en un extravío o una paradoja. Mi padre, me contó, había sufrido un ataque cardíaco, pero no había muerto de inmediato, había llegado a recuperar la lucidez durante algunas horas.
-Entonces me dijo que regalara toda su ropa a los pobres de una iglesia católica, y que te trajera esa valija tal como estaba. Doy por cumplidas las dos cosas.
El capitán Rand dio unos pasos tambaleantes por la sala y puso en mi mano una llave diminuta.
Era una valija de cuero negro de las viejas; en una etiqueta estaba el nombre de mi padre. Yo me quedé un rato quieto sin animarme a abrirla. Por mucho que nos impongamos el escepticismo, la esperanza se abre paso, tenaz, por donde puede. Cómo no desear que adentro hubiera algo que me salvara: un puñado de billetes, un reloj de oro, cualquier cosa que pudiera vender, o quizás -pero esto era pedir demasiado- una carta donde mi padre explicara su larga huida por el mundo, que la muerte había perfeccionado. Recordé un refrán que decía mi tío Franco: “La vida siempre tiene la última palabra”, y le dejé a la valija la palabra final. Puse la llave y la abrí.
En el desorden provocado por las largas peripecias y los bamboleos del barco, había una serie de objetos sin sentido ni valor: un libro escrito en francés, un pequeño frasco de tinta verde, unas viejas cartas con sus sobres, atadas con una cinta amarilla; una mano con articulaciones, como las que usan de modelo los pintores; algunas monedas de distintas épocas y países, envueltas en un paño negro; una muñeca japonesa de madera. Las cartas estaban escritas en alemán y eran de una mujer desconocida; nunca supe qué decían.
Lo más extraño de todo era un caballo de ajedrez de porcelana blanca. A un lado de la cabeza tenía pintado un único ojo azul.
Mis esperanzas de obtener un peso de aquellas baratijas eran mínimas; pero necesitaba sacar la valija de mi vista. No me molestaban los objetos incongruentes, sino la ausencia de una carta o una sola línea dedicada a mí. No tardé ni un día en llevarle la valija a Franco, el hermano mayor de mi padre. Mi tío Franco tenía un negocio de antigüedades en la calle Medrano, cerca de Corrientes. Al revés de mi padre, Franco se ocupaba con devoción de su familia (su mujer, su única hija) y siempre me había tratado con una mezcla de afecto y distancia. Era un hombre alto, de ojos claros, que parecía estar siempre ligeramente ausente, como si de tanto estar entre muebles y cosas viejas un pedazo de él fuera incesantemente arrebatado por el pasado. Apenas me vio con la valija, me preguntó:
-¿Te vas de viaje?
Pero yo murmuré el nombre de su dueño, y le tendí la llave dorada. Antes, solo, yo la había abierto con lentitud (así es como se frotan las lámparas mágicas y se abren los cofres en los cuentos), pero él lo hizo con desinterés y brusquedad. Miró los objetos y sólo dijo:
-Tu padre, tu padre…
El predicado de la frase fue un largo silencio.
-¿Hay algo de valor? -pregunté.
Suspiró.
-Tal vez se pueda vender la muñeca. Hay coleccionistas que pagan bien. Pero depende de que pertenezca a una colección, de que no haya sido restaurada…
Conversamos de mis primeras clases en la facultad, de mis trabajos ocasionales (la desgrabación de algunas materias de la facultad, una suplencia en Botánica en un colegio secundario) y abandoné la valija con el alivio con que se despachan los equipajes en los aeropuertos.
Tres meses después ya estaba a punto de abandonar la facultad. El padre de un amigo me había ofrecido un trabajo de ocho horas en una aseguradora. Podría ganar lo suficiente para mantener la casa. Más adelante retomaría la carrera. Esta mentira me la decía en voz alta, para resultar más creíble. En esas deliberaciones estaba cuando mi tío me llamó. Caminé hasta el negocio. La valija ya no estaba a la vista. El caos de muebles, jarrones y cristalería se la había tragado. Franco sonreía.
-Aunque no lo puedas creer, vendí el libro.


Me tendió unos billetes. Alcanzaría para salir del apuro en que estaba metido.
-¿Tanto?
-El libro recopilaba unas cartas de un tal Argenson, un amigo de Voltaire. Pero no era valioso por eso, sino por no sé qué detalle de la encuadernación y porque estaba impreso en caracteres elzevirianos. A los bibliófilos les gustan esas cosas raras que uno ni nota. El librero buscó en unos catálogos, estudió el lomo con una lupa y pronunció una cifra que me sorprendió. Tengo años de práctica en poner cara de póquer, así que dije que lo pensaría. Pasé el resto del día visitando a todos los libreros anticuarios de la ciudad. Se lo vendí al que me ofreció más.
Miré los billetes.
-Es el primer regalo que mi padre me hace en años -le dije.
-Ya era hora.
Empecé a noviar con una estudiante y luego con otra, y no hay nada como el romance para que nos distraigamos de todo. Dejé que pasaran los meses sin una sola visita a mi tío. Cuando me aparecí en su negocio, yo andaba al borde de la ruina. Mi tío estaba de mal humor -una señora que acababa de enviudar quería venderle una lámpara y le pedía una fortuna- pero me dijo que se ocuparía del asunto en cuanto tuviera un minuto libre. Me pareció que le causaba un poco de fastidio el recuerdo de la valija.
Una semana después me llamó por teléfono.
-Decidí probar suerte con las monedas. Había una que parecía muy antigua; la fecha estaba borrosa, y le tenía algo de confianza. Pero parece que su valor era nada. En cambio, las dos monedas polacas, grandes y plateadas, las acuñaron justo antes de la invasión alemana y por eso son una rareza. Me ofrecieron 700 dólares. Las vendí sin consultarte.
Fui corriendo al negocio. Llegué sin aire: me esperaba mi tío en la puerta, sentado en una mecedora Thonet, con un sobre en la mano. Insistí en vano en dejarle una parte de comisión.
-No puede ser casualidad -dije después-. ¿Y si mi padre decidió entregarme algo valioso pero que estuviera escondido, a salvo de las miradas? Tal vez desconfiaba del capitán Rand.
-Puede ser -dijo mi tío, no muy convencido-. Pero no esperes que todo tenga valor. Aunque tu padre haya reunido estos objetos a propósito, puede haberse equivocado: no era ningún experto en antigüedades.
Los primeros años de la facultad habían estado marcados por la zozobra y los aplazos; los cambié por la convicción y los siete cincuenta. Las sucesivas novias ocasionales derivaron en una novia única, bonita y persistente; mis empleos transitorios, en un puesto en un laboratorio. Me pareció que vivir era como leer novelas policiales: uno iba pasando de las múltiples pistas al indicio verdadero, de los abundantes sospechosos al asesino final. Se aprendía a resumir, a subrayar lo importante. La valija colaboró con esa serie inevitable de progresos y abdicaciones que nos traen los años. Cuando enfermó mi madre, las estampillas de las cartas resultaron ser un tesoro; cuando apareció una vieja deuda inmobiliaria, la tinta verde fue vendida al Museo de Plumas de Sintra, en Portugal. La mano la compró una Academia de Bellas Artes: y así me enteré de que era un modelo fabricado en un taller de carpintería de Cartagena de Indias. La valija estaba casi vacía, pero yo ya estaba a punto de obtener mi título.
-Sólo queda el caballo de ajedrez -dijo mi tío-. Pero ahí no tengo ninguna confianza. Las otras cosas estaban completas; el caballo, en cambio, es la parte de un todo que no sabemos dónde está.
El caballo no me preocupaba. No tenía el mismo apremio que antes por el dinero. A lo que no me resignaba era a que la valija estuviera vacía del todo. Era como si todavía esperase de mi padre un último objeto, un mensaje final. Una tarde mi tío pasó a verme y nos sentamos en un bar de la avenida Boedo. Yo pedí un café, él un vaso de vino tinto y soda.
-Estuve investigando la pieza- dijo con tono misterioso.
-¿Y?
-Fui a curiosear a la biblioteca del club Torre Negra, ¿lo conocés? -Negué con la cabeza. -Parece que en la ciudad de Darmstadt, en Alemania, cerca de Fráncfort, hay un Museo de la Porcelana. Y ahí tienen un juego de ajedrez al que le falta una pieza. En los años 30 robaron uno de los caballos blancos. Como el museo viene ofreciendo, a modo de curiosidad, más que de esperanza, una recompensa por la pieza, ya varias veces les enviaron falsificaciones. Voy a escribirles, quién sabe, mirá si ésta es la verdadera.
Pero a los dos meses mi tío, en el mismo bar, me contempló con tristeza:
-Les envié el caballo, como te había contado. Y me acusaron de querer estafarlos, malditos alemanes. Parece que nuestro caballo era mucho más blanco, mientras que las piezas de ellos tenían un matiz amarillento. La superficie del nuestro era tersa; las otras piezas mostraban pequeñas, imperceptibles estrías. Ya está, se acabó, no hay nada más en la valija.
Di mi última materia sin decirle a nadie que terminaba: esos festejos con harina, témpera de colores y huevos siempre me parecieron deprimentes. Pero alguien tenía que enterarse, así que llamé a mi madre a Mar del Plata y la oí balbucear en medio del llanto, y luego pasé por el negocio para contarle a mi tío. Me dio un abrazo, algo insólito en él. Fue a la cocina y volvió con una botella.
-Tendríamos que brindar con champán francés, pero sólo tengo una sidra, que quedó de Año Nuevo. Igual sirve.
Brindamos en copas de cristal de Bohemia.
-Yo también tengo buenas noticias -dijo después de terminar la copa-. Me escribieron una carta del Museo de la Porcelana de Darmstadt. Parece que el mes pasado expusieron en una vitrina las falsificaciones de la pieza, entre ellas la nuestra. El público se entretenía mirando las diferencias entre las copias y el caballo blanco original. Pero una tarde aparece por el museo un viejo profesor de Física y pide hablar con el director. Éste lo recibe en su despacho. “En mi juventud yo jugué una partida con ese tablero, cuando estaba completo, y recuerdo perfectamente que la pieza que luego fue robada tenía pintado un solo ojo. Y uno de los caballos expuestos es así. Ahora bien: este detalle no lo sabe casi nadie. ¿Cómo lo supo el falsificador?”. Gracias a las palabras del profesor, el director del museo decidió darle una nueva oportunidad a la pieza. Así se dio cuenta de que nuestro caballo, lejos de ser falso, era el único que conservaba intacto el color original.
-¿Y por qué era distinto?
-Durante los bombardeos de 1944 el techo del museo se desplomó. Las otras piezas del juego se estropearon debido al polvo, a la exposición al sol, a la larga permanencia en el sótano inundado. La pieza era tan verdadera, tan semejante al juego en el momento mismo de su creación que, por contraste con el resto, parecía falsa.
Volvimos a brindar y terminamos la sidra.
-La semana que viene llegará el dinero -anunció mi tío.
Tenía que contarle algo a mi tío, así que aproveché un sábado a la mañana para acercarme al local. Me sorprendió ver a mi prima Esther.
-Papá está enfermo. Son los pulmones. El médico le ordenó que descansara al menos un mes. No quiere que esté en contacto con el polvo.
Yo iba a contarle a Franco que me habían otorgado una beca para una universidad del Canadá, pero me pareció que hablarle de viajes a mi prima, que sufría por estar condenada al negocio familiar, era una afrenta. Todos sus comentarios eran declaraciones de melancolía:
-Estoy tan cansada de las cosas viejas que me gustaría vivir en una casa en la que todo fuera limpio, nuevo y blanco.
Así como hay gente con la que entablamos conversación con facilidad, hay otros a quienes nunca sabemos qué decir. En esa mutua extrañeza coincidíamos con Esther. Ella me convidó un vaso de Coca-Cola y los dos nos quedamos en silencio, incómodos. Cuando entró un cliente, casi lo abrazamos. Aproveché la interrupción para decirle que me iba, que no quería molestarla, saludos a la familia. Ella me detuvo.
-En el depósito hay una valija con el nombre de tu padre. ¿Por qué no te la llevás?
Tenía curiosidad por revisarla a fondo, pero a la vez me desanimaba volver a mi casa con la valija. Fuera cual fuera su secreto, era mejor no verla más.
-Quedatela o vendela. Está vacía.
-¿A quién le voy a vender una valija vieja? Las nuevas, made in China y con rueditas, no cuestan nada. Además, me parece que vacía del todo no está.
¿Habría quedado un último objeto en un bolsillo o en un compartimento secreto? Era fácil imaginar a mi padre con una valija con doble fondo, atravesando fronteras nocturnas con cosas de contrabando.


Detrás de una puerta estaba el depósito. Ahí mi tío se dedicaba a encolar las patas de las sillas, a limpiar los bronces, a poner espejos nuevos en marcos antiguos. La valija estaba sobre una mesa. La llave dorada esperaba en la cerradura. Que haya una carta, deseé con todas mis fuerzas. Que la valija no esté vacía del todo. La abrí. Todas las cosas estaban en su lugar: el libro, las cartas atadas con cinta amarilla, las monedas, el frasco de tinta, la mano articulada, la muñeca japonesa, y abajo de todo, como escondido, el caballo de porcelana con su único ojo azul.
 Por Pablo de Santis

lunes, 10 de octubre de 2016

PABLO DE SANTIS; UN GRAN ESCRITOR


Hay juguetes antiguos y soldaditos de plomo, bibliotecas casi hasta el cielorraso cubriendo las paredes. Entra la luz, por un lado, desde el patio. Por el otro, desde una vereda silenciosa de Caballito.

La casa de Pablo De Santis está en una de esas cortaditas sigilosas que Buenos Aires esconde tan bien que resultan inverosímiles, por las que todavía pasan los afiladores.
El escritor vive ahí, con su mujer y sus hijos, desde hace más de diecisiete años. También ahí es donde arma sus novelas, cuentos, ensayos y guiones, frente a un escritorio rodeado por tomos de literatura fantástica.
Acaba de ser elegido por unanimidad como miembro de número de la Academia Argentina de Letras, que lo había premiado en 2007 por su novela El enigma de París.

Por estos días, además, fue seleccionado por la Asociación de Literatura Infantil y Juvenil como candidato al Premio Hans Christian Andersen -considerado por muchos el “Pequeño Premio Nobel”.
Son varios sus libros para público adolescente, tantos y tan buenos que lo volvieron merecedor de un Kónex de platino. Entre ellos El buscador de finales y El inventor de juegos, que fue llevado al cine.
Sus primeros relatos infantiles estaban destinados, según cuenta, a una de sus hermanas, diez años menor. La posibilidad de ser leído por los más jóvenes reapareció más adelante en su vida, como efecto natural de la adaptación a novela de los guiones que escribía para historietas.
“Nunca aprendí una técnica. Empecé a escribirlos imaginando lo que sería un guión de historietas, y seguí así hasta ahora”, dice.

Tenía veinte cuando ganó el concurso de la Revista Fierro junto al ilustrador Max Cachimba, quien por entonces todavía iba a la escuela y es aún uno de sus aliados gráficos, igual que Juan Sáenz Valiente, con quien acaba de publicar Cobalto.
Aquella victoria inesperada le permitió seguir escribiendo en el sentido más concreto del término: “Mi hijo mayor, que por entonces era un bebé, me había tirado la máquina al suelo y yo no tenía plata para comprar otra, no se podía arreglar. Justo gané eso, y el premio era una Remington portátil”.
Precoz para imaginar tramas, empezó a escribirlas a los doce y a escondidas. “Escribir en mi caso fue un poco la continuación de los juegos, donde siempre hay que armar una historia.
Empecé sin darme cuenta”. Sus padres, médicos, se enteraron de que tenían un hijo escritor recién cuando pasó una carta por debajo de la puerta que lo anunciaba ganador de un concurso de relatos: “Siempre me pareció que era una cosa un poco secreta”, parece excusarse.
Sin embargo, no ignoraban que tenían un hijo lector, cuyos primeros paseos solitarios tuvieron por destino las librerías de viejo de calle Corrientes.
De hecho, fue su mamá quien le regaló los tomos de Ray Bradbury, a quien intentaría imitar en sus primeras composiciones. Fue también ella la que lo introdujo a Borges, recortando los poemas del autor de El Aleph que salían en el diario y atesorándolos bajo el vidrio de su mesa de luz.

En la casa familiar había abundantes bibliotecas, cargadas entre otras cosas con los policiales de Agatha Christie y George Simenon o las aventuras de Julio Verne.
Desde entonces, los géneros fascinarían al autor de La traducción: “Nos vinculan con lo más puro que hay en la literatura, con lo extraordinario, y subrayan lo que tiene de juego, con sus pequeñas reglas. Los géneros son modos de organización de los relatos, y también de las expectativas que alguien tiene frente a una historia”, explica.
De Santis ha sido traducido a más de veinte idiomas ya, pero fueron muchas las novelas que escribió antes de decidirse a acercar una a las editoriales.
Eligió, de una parva de pilas mecanografiadas, la que se titulaba El palacio de la noche. La metió en un sobre, la dejó en una oficina, se olvidó.
Pasó el tiempo. Un buen día sonó el teléfono: era de Ediciones de la Flor. “Vendió muy pocos ejemplares, pero para mí fue una enormidad, una cosa impresionante”.
Tenía 24 años. Hacía cinco que trabajaba como periodista. Su primer empleo fue en una revista donde cubría varias secciones a la vez. Completaba un sueldo redactando avisos publicitarios y haciendo desgrabaciones.

De ahí pasó a Radiolandia. Siempre escribiendo. Siempre escribiendo. Siempre escribiendo. “Yo no estudié periodismo, pero tenía que salir a trabajar.
Las redacciones eran lugares de paso incesante; entraba y salía gente todo el tiempo, porque no había mail, nada”, recuerda de esos años, que también fueron una escuela.
“El periodismo, de alguna manera, nos entrena. Por un lado, te da la velocidad. Contra la neurosis del escritor, uno se pone y tiene que escribir. También te da la conciencia de que alguien lo va a leer, de cierta responsabilidad con el lector. Eso hace que uno elija las palabras de otra manera”.