martes, 1 de junio de 2021

EL ECONOMISTA....NOTICIAS

 


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DON REMO VALENTI CREADOR DE LOS MEJORES QUESOS Y UNA FAMILIA QUE SIGUIÓ LA TRADICIÓN



Santiago Valenti: odiaba el roquefort pero construyó el paraíso de los quesos en Argentina
R. R. 

Santiago nació, literalmente, entre quesos y fiambres. Todavía no había cumplido los diez años de vida y ya jugaba a embolsar junto a su hermano grandes trozos de gruyere y parmesano, pasando los fines de semana en el local de la familia. Es que Santiago es nada menos que Santiago Valenti, nieto de aquel primer Valenti que en los años 50 abrió un puesto en el antiguo Mercado del Plata. Hoy, mantiene esa tradición encendida a través de Santicheese, para muchos el mejor lugar para comprar quesos en toda la Argentina.
“Todo esto lo arrancó mi abuelo. Su papá, es decir mi bisabuelo, era un sastre llegado de Italia que se había ganado dos veces la grande. Era un dandy y mi abuelo heredó algo de eso. Le encantaba comer y beber, hasta los 25 años no trabajó. Luego, con la llegada de los hijos, se dio cuenta de que debía hacer algo y un amigo le consiguió un puesto para vender quesos. Ahí, mi abuelo demostró ser un hábil comerciante, honesto y con mucho carisma. Y cuando se mudó al Mercado de Belgrano la marca explotó”, cuenta.
Apasionado por los quesos
Valenti, la marca de su abuelo


Santiago Valenti recuerda así la historia de Valenti, esa marca que a lo largo de los años se convertiría en una de las casas de delicatessen más prestigiosas del país. Una historia con altibajos y fuertes peleas entre hermanos, hasta que hace cincos años se vendió y perdió así su vínculo con la familia. “Mi papá y mi tío estuvieron 30 años como socios. Pero en un momento eso se rompió. Creo que tuvo que ver con nosotros, con la tercera generación. Yo soy el más grande, el primero que empezó a trabajar en la empresa familiar, y eso generó ruido interno. Mi viejo y mi tío no lo supieron manejar, son dos tanos calentones. Dividimos la empresa y al final terminamos vendiendo todo. Yo trabajé ahí más de 20 años, en los locales y en la planta, a cargo de los quesos, de las compras, del marketing. Como en toda empresa pequeña hacía un poco de todo”, cuenta.
Santiago Valenti, de chico odiaba el roquefort, hoy es su preferido, después del parmesano

Para Santiago, el queso es su vida. Todavía recuerda cuando era adolescente, que festejaba sus cumpleaños y sus amigos se iban a la cocina a charlar con el padre mientras él les cortaba quesos. “¡Me arruinaba las fiestas”, se ríe. Repitiendo el viejo lema de “en casa de herrero, cuchillo de palo”, en esos años a Santiago no le gustaba el queso. Comía solo parmesano y, con suerte, alguna mozzarella. “Recién después de los 20 años empecé a amigarme con el queso. Lo gracioso es que el queso que más me repugnaba era el azul. Incluso me daba alergia. Y hoy es mi estilo favorito. Bueno, después del parmesano, que me sigue perdiendo”.
El inicio de Santicheese
Ya lejos de la cadena que lleva su apellido, Santiago reeditó la historia familiar a través de Santicheese, el emprendimiento donde vende quesos curados y estacionados (lo que en la jerga quesera se llama “afinar”) por él mismo. Esto significa que guarda esos quesos en distintas cámaras refrigeradas, controlando la temperatura, la humedad y los tiempos, buscando que cada queso muestre su mejor expresión. “En Argentina se están volviendo a hacer buenos quesos, aunque todavía falta. Treinta años atrás había más variedad, pero por suerte están resurgiendo los pequeños productores apasionados, con ganas de hacer cosas nuevas y de calidad. Algo que es muy importante es la constancia. No me sirve un queso que un día esté diez puntos y en otra entrega esté cinco puntos. Prefiero uno siempre en un nivel de siete, porque ahí, con la guarda y el tiempo, puedo lograr un producto excelente. Si un queso es bueno, lo podés mejorar. En cambio, si es malo, no podés hacer nada”.
Las tablas de Santi Cheese y su variedad de más de 50 quesos

En una casa en Chacarita, con tan sólo un showroom (cerrado al público durante la pandemia) y apostando fuerte a la venta on line (que en pandemia creció a niveles exponenciales), Santicheese es uno de esos secretos que circulan con devoción. “Cuando me fui de Valenti tenía que demostrarme que podía hacer este negocio solo. Y lo único que tenía claro era no repetir los mismos errores de antes, perdiendo el control sobre lo que se exhibe. Por eso elegí este modelo sin local, donde manejo todo, yo y mi hermano Remo. Él se sumó el año pasado y es un aporte enorme a la marca”, dice. “Los clientes más jóvenes, de 25 a 45, compran por la página y entienden el concepto. Los más grandes quieren venir, quieren ver el queso y charlar un ratito. Estoy esperando que pase la pandemia para recibirlos nuevamente, extraño mucho ese contacto”.
El paraíso de los quesos
En las cámaras hay más de diez toneladas de queso esperando su punto de maduración, ese momento cuando un brie gana sabor y cremosidad o cuando un parmesano se desgrana en la boca. Cada mes despachan entre 1.500 a 2.000 kilos, en preciosas cajas de degustación o en pequeñas piezas envueltas de manera preciosa, como si fueran joyas. “Invierto toda la plata que entra en más queso. De pronto dejamos un queso fresco por varios meses en la cámara y conseguimos algo nuevo e increíble. Ahí lo llamo a Remo para que lo pruebe conmigo, disfruto mucho compartir esos momentos con él”.
De leche de vaca, búfala, oveja y cabra. De los más duros a los frescos. Con y sin hongos. Gouda, pecorino, reggianito, taluhet, cheddar, manchego, sbrinz, provoleta, feta, pepato, ahumado, azules, reblochon, chevrottin, raclette, morbier, fontina, danbo, cuartirolo, holanda, camembert, brie, crottin, straciatella, fior di late, mozzarella, caprinito con ceniza, mimolette, feta, tres leches. Tan sólo algunos de los más de 50 quesos de diversos productores que hay en Santicheese. “Lo que más vendemos es el parmesano de ocho meses y la burrata. En el primero, esos meses es lo que lo guardo yo, más allá de lo que lo haya madurado el propio productor. Y en la burrata es al revés, el valor agregado está en que sea lo más fresca posible”, cuenta. “No me interesa el queso commodity. El 95% de lo que vendo, o más, es nacional, en su mayoría de las cuencas lecheras, Santa Fe, Provincia de Buenos Aires y Córdoba. Tengo algunas hormas importadas, pero no pongo mi energía ahí”.
Santiago Valenti, su abuelo se hizo famoso por su firma Valenti

Algunos critican a Santiago por no exhibir el nombre del productor junto a los quesos. “En Argentina muchos compran por precio, especialmente en la compra on line. Si digo que mi cheddar es de La Suerte, entonces lo comparás con cualquiera que aparece en Mercado Libre. Pero yo a ese cheddar lo guardo en cámara por varios meses. Tengo merma y costo financiero. Pero logro darte un queso distinto y único, que no se compara a otros. Tengo una gran relación con mis proveedores, mi trabajo depende de ellos. Si ellos me cumplen, yo les cumplo”.
La historia, a veces, se repite. Hoy Benito, el hijo más chico de Santiago, solo come queso parmesano. “Santina es más abierta... te come un brie, un gouda. Y Khalil le entra a todo, a él le encanta. Mi mujer, Silvina, es sommelier. Se cuida pero le gusta mucho”. Una genealogía quesera y familiar que apuesta a seguir viva por muchas más generaciones.

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LA PÁGINA DEL DR. JUAN CARLOS DE PABLO



Hacemos cosas porque subestimamos los costos


Juan Carlos de Pablo

El Canal de Panamá, una obra que significó enormes desafíos

Las mujeres no tienen idea exacta de lo que significa ser madre, hasta que no tienen a su hijo en brazos; los autores no tienen idea exacta de lo que les costará terminar el libro cuando comienzan a redactarlo; ni los deportistas tienen idea exacta de los sacrificios que tendrán que hacer para intentar llegar a la cima. Por eso tenía razón Albert Otto Hirschman, cuando afirmaba que los seres humanos hacemos cosas porque subestimamos los costos. Como todo hecho, éste admite malas y buenas lecturas.

Al respecto consulté al estadounidense Howard Raiffa (1924-2016), quien estudió matemáticas en la Universidad de Michigan, donde Morris Albert Copeland, imitando a Robert Lee Moore, prohibía consultar la literatura existente. 




De manera que sus alumnos no estudiaban matemáticas, sino que las hacían. El fallecimiento de Abraham Wald, ocurrido en un accidente aéreo, le generó la oportunidad de enseñar en Columbia, donde, según sus propias declaraciones, algunos alumnos sabían más estadística que él. Luego se trasladó a Harvard. Es autor de once libros, entre los cuales se destaca Juegos y decisiones, escrito en colaboración con Robert Duncan Luce, publicado en 1957.

–En la evolución de su pensamiento usted habla de una suerte de conversión religiosa. ¿A qué se refiere?

–Mientras estudié estadística nadie mencionó a Thomas Bayes, la inferencia se analizaba según la perspectiva de Jerzy Splawa Neyman y Egon Sharpe Pearson, quienes crearon el esquema denominado error tipo I, error tipo II, al cual usted, De Pablo, es tan afecto. Comencé enseñando lo que había estudiado, pero me desilusioné. Pasar de Neyman y Pearson a Bayes fue una suerte de conversión religiosa, que no ocurrió de la noche a la mañana, pero como mis colegas se oponían de manera tan violenta al uso de probabilidades subjetivas, me transformé en un subjetivista que trabajaba dentro del armario. A comienzos de la década de 1960 comencé a pensar más como analista de las decisiones que como estadístico.

–¿Cuál es su enfoque preferido?


– Me veo a mi mismo como un analista de las decisiones, convencido de la utilidad de utilizar las probabilidades subjetivas. Me interesa analizar decisiones relacionadas con problemas económicos reales, no con creaciones artificiales donde se trata de aceptar la hipótesis nula, es decir, la que sugiere la desconexión entre las variables. Nobleza obliga: desconociendo la división filosófica entre objetividad y subjetividad y con poco conocimiento matemático, Robert Osher Schlaifer inventó, desde cero, la teoría de la decisión de raíz bayesiana.

–A propósito de las decisiones, le quiero consultar sobre la relevancia del “principio de la mano escondida” planteado por Hirschman.


–Emuló el “principio de la mano invisible” planteado por Adam Smith. Cuando el Banco Mundial llevaba un par de décadas financiando proyectos de inversión en algunos de sus países miembros, Hirschman eligió una docena de dichos proyectos, referidos a diferentes sectores y ubicados en distintos países, y leyó las consideraciones que tuvo el Banco para decidir financiarlo.

–¿Y qué hizo entonces?


–Visitó a cada uno de ellos, permaneciendo en cada lugar entre cuatro y seis semanas, recorriendo las instalaciones y hablando con los directivos. Publicó los hallazgos y las correspondientes conclusiones en un pequeño libro, titulado Revisión de la evaluación de proyectos, que publicó en 1967.

–¿Cuál fue el principal hallazgo?

–Que los proyectos de inversión que resultaron exitosos lo fueron por quien estuvo a cargo de cómo enfrentar los cientos de desafíos que aparecieron en la práctica y que no habían sido previstos. El principio de la mano escondida dice que si los evaluadores hubieran tenido presente cada uno de los desafíos que aparecieron de manera inesperada, el proyecto nunca se hubiera llevado a cabo. En otros términos, nos animamos a hacer cosas, porque subestimamos los costos. En la evolución exitosa de los proyectos de inversión, quien está a cargo recién conoce la energía que tiene cuando las circunstancias lo ponen a prueba.

–¿Podría ilustrar esto con algunos ejemplos?

–Se me ocurren un par que por su tamaño son muy conocidos. Me refiero a la apertura de los canales de Suez y Panamá. Seguramente que durante décadas, quizás siglos, se decía que había que abrirlos, para reducir de manera significativa los costos y los tiempos del transporte; pero recién se los pudo encarar cuando se contó con suficientes recursos. Lea los libros de historia y verá todos los desafíos que hubo que enfrentar para construirlos.

–Los funcionarios subestiman los costos, pero también pueden subestimar los beneficios.

–Efectivamente, porque como la imaginación es limitada, no pueden incorporar al análisis los nuevos usos de los productos que se van a fabricar, los nuevos mercados en los cuales se van a vender, etc. Quien en 2018 agrandó una fábrica de alcohol en gel, o de barbijos, no puede argumentar que lo hizo porque sabía que, como consecuencia del coronavirus, sus ventas iban a aumentar de manera significativa.

–El principio de la mano escondida admite malas y buenas lecturas.

–Comencemos por las primeras. Hirschman no pregona la apología de la ignorancia, es decir, no dice que hay que realizar inversiones sin el correspondiente análisis. Es cierto que toda inversión comienza por un acto de entusiasmo, pero tiene que ser complementado con el correspondiente análisis. Lo que dice el principio de la mano escondida es que, el mejor análisis imaginable de un proyecto de inversión, demanda la atención focalizada y permanente de quienes están a cargo.

–¿Alguna otra mala lectura?


–Pensar que no hay que preocuparse por cuán buena o mala o por cuán congruente o incongruente es una política económica, porque total la iniciativa privada es tan, pero tan grande, que es capaz de neutralizar los errores. En el extremo, una política económica equivocada puede generar suicidios, quiebras, etcétera. Sin ir al extremo, caída en el empleo, los salarios y los beneficios reales, etcétera.

–¿Cuál es la buena lectura?

–La que surge de la introspección y de las lecturas de la historia. Si el 20 de marzo de 2020 el presidente Alberto Ángel Fernández hubiera anunciado cuánto iba a durar la cuarentena, habríamos dicho que iba a ser “imposible de aguantar”. Además de lo cual, es notable la frecuencia con la cual en los medios de comunicación se afirma que “la gente no da más”, que “estamos viviendo al límite”, etcétera.

–Pero, cómo... ¿no es así?

–Los seres humanos somos diferentes, de manera que la respuesta no puede ser única. Pero es cierto que, cuando miramos para atrás, observamos todo lo que hicimos y, seguramente, no habíamos pensado que íbamos a ser capaces de hacerlo.

–Don Howard, muchas gracias.

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PLACERES


Salida francesa
De Azazel Jacobs en Amazon Prime Video Disponible


Luego de un largo recorrido por festivales internacionales –fue película de cierre en el Festival de Nueva York e integrante de la sección Special Titles en el Festival de Berlín–, llega a las plataformas de streaming Salida francesa, la película protagonizada por Michelle Pfeiffer y dirigida por Azazel Jacobs, hijo del legendario cineasta experimental Ken Jacobs. Se trata de una comedia oscura y ácida que acompaña el derrotero de una viuda aristocrática que, luego de quedarse sin dinero, debe dejar su mansión de Manhattan para irse a vivir con su hijo a un departamento prestado en el centro de París. Partiendo de esta sencilla premisa como disparador, la película se va enrareciendo por medio del carácter enigmático de su protagonista –excelente interpretación de Pfeiffer–, la relación simbiótica con su hijo y una serie de escenas y personajes que coquetean constantemente con el surrealismo. Estas licencias, sin embargo, armonizan a la perfección con una extraña búsqueda visual que recuerda a la estética de las películas de Wes Anderson. Su influencia resulta notoria no solo en la elegancia de la escenografías, la puesta en escena obsesiva y la musicalización jovial, sino también en cierta melancolía propia de los personajes del director de Los excéntricos Tenembaum. Una propuesta arriesgada que aunque puede resultar un poco lenta termina aportando una mirada fresca al panorama actual de la comedia norteamericana.

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El gran despertar

Julia Armfield



La selección de relatos que integran el primer libro de la escritora londinense Julia Armfield funciona como un muestrario de los tópicos clásicos del género fantástico y, particularmente, del terror. Hay zombies, dopplegängers, mujeres que se convierten en lobos, en momias o en Frankensteins despechadas. Sin embargo, el terror propiamente dicho –esa sensación que se encuentra a mitad de camino entre el miedo y el deseo por saber cómo termina una historia– resulta ajeno a los 9 relatos que componen El gran despertar. Un conjunto de historias protagonizadas por mujeres en procesos de metamorfosis que, pese a adquirir formas monstruosas, son aceptadas –tanto por ellas mismas como por su entorno– con la resignación de lo inevitable. Así, la ruptura de las lógicas del género convierte al terror en una especie de condimento metafórico que acompaña a las historias, mientras la autora se permite poner el foco en las dificultades de la adolescencia y de la feminidad en general. De allí surgen los mejores momentos de la literatura de Armfield: la inseguridad de esa niña que cambia literalmente de piel frente a sus amigos, la melancolía que inunda la vida de las grandes ciudades o la excitación que producen los grupos de música cuando sentimos que nos hablan directamente a nosotros. En esa mixtura entre realismo y literatura fantástica es donde Armfield se mueve con mayor soltura y logra hacer una aporte realmente novedoso.

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LA HISTORIA DE KEVIN DÍAZ.....AYUDEMOS...


Es wichi, recién se anima a hablar en castellano y necesita ayuda para irse a estudiar Letras a la ciudad
Es Wichi, vive en una casa de adobe y necesita ayuda para irse a estudiar a la ciudad
Kevin Díaz nació en la comunidad salteña de Puntana y lo que más quiere es salir para conocer a otras personas; este año termina la secundaria y su sueño es ir a la universidad

Micaela Urdinez

Llegar hasta la comunidad de Puntana no es fácil. Y para los que viven ahí, salir es casi imposible porque no existe el transporte público. La única manera es esperar a que alguno de los pocos que tienen auto o camioneta salgan y hacer dedo. Santa Victoria Este es el centro urbano más cercano y queda a 40 kilómetros: 20 son de tierra, que cuando llueve se convierten en un barro intransitable, y los otros 20 son de asfalto. Salta Capital queda a unos 500 kilómetros interminables.
Kevin Díaz nos recibe en su casa. Es wichi y nació en esta comunidad del Chaco Salteño, que queda al límite con Bolivia. No tienen señal de teléfono ni Wifi. Su vida es el monte, el río y los animales. Casi no conoce hombres blancos. Tiene 19 años y recién hace unos meses se animó a hablar en castellano porque le daba vergüenza equivocarse. Está en el último año de la secundaria y, a pesar de todo el miedo que le genera lo desconocido, su sueño es ir a la ciudad para estudiar Letras.
“Me apasiona leer y escribir. Me gustaría mucho un día poder salir de aquí, conocer a otras personas. Tengo esas ganas y estoy dispuesto a hacer el esfuerzo. Pero el problema es que mi familia no tiene los recursos porque somos nueve hermanos”, dice Kevin mientras sonríe ilusionado y muestra sus dientes bien blancos. Y agrega: “Lo primero que necesito es una beca y un medio de transporte. Sueño con estar en la ciudad, bien vestido y aprender cosas nuevas”.

La historia de Kevin

Kevin - su familia le dice “Kipsy” - está sentado en una silla de plástico en el patio de la casa de su madre. Tiene puesto un short deportivo, una remera gris estampada y unas zapatillas. A su lado la pava se calienta sobre el fuego para los mates que su abuela toma a la sombra y el humo se le mete en los ojos. Su casa está a unos metros y es de adobe, palos de madera y techo de chapa. Para ir al baño, se mete monte adentro.
“Nosotros somos muchos familiares en diferentes casas. Pero en realidad compartimos muchas cosas como la comida, las reuniones y entonces uno ve todo el tiempo a la familia”, explica Ervis Díaz, el hermano mayor de Kevin. Y agrega: “Si bien somos muy pobres yo apoyo y aplaudo a todos aquellos jóvenes que sueñan con querer salir de acá. La comunidad necesita profesionales que sean indígenas, sea de letras, médicos, abogados o maestros”.
Javier Saavedra es voluntario de los hermanos franciscanos y camina una por una las comunidades originarias de la zona creando espacios de contención para jóvenes y siendo un puente para que puedan alcanzar una educación superior. Gracias a este trabajo es que conoció a Kevin, un chico que para él tiene todas las potencias. “Pienso que él es el vocero de aquellos que tienen hambre de futuro, que quieren seguir y ver qué hay más allá de donde todos quedan porque no tienen las oportunidades. Y creo que eso es algo que nos propusimos también comenzar a mostrar, no sólo el dolor que se vive en torno a la necesidad en el territorio, sino toda la potencia y las ganas que hay en los jóvenes”, señala.
Kevin Díaz riega los zapallos y las tomates de la huerta familiar en su casa en La Puntana, en Santa Victoria Este, Salta

Kevin se levanta temprano para ir caminando a la escuela que queda a un kilómetro. Cuando vuelve al mediodía se pone a regar los zapallos y los tomates de la huerta familiar. Lo que sacan lo usan para el consumo personal y el resto lo venden. “Cuando puedo acompaño a mi madre a recolectar frutas silvestres y a meter a los chivos al corral”, cuenta.
El día a día es muy duro en Puntana, una comunidad de 5000 habitantes. Las familias sobreviven de la caza, la pesca, la recolección de frutos del monte y de la cría de animales como chanchos, cabritos, pollos y gallinas. Las personas que tienen DNI, cobran las pensiones que da el gobierno y las mujeres con hijos la AUH. “Obviamente hay un potencial tremendo acá, todos queremos laburar y hacer algo pero muchas veces las oportunidades no llegan”, se queja Ervis.
Escribir un libro
La familia de Kevin tiene luz con conexiones precarias y un acceso muy limitado al agua porque hay solo un pozo en toda la comunidad. Cada uno tiene que ir con sus baldes a llenarlos y algunos poseen tinacos (una especie de tanques) en donde la almacenan. No existe el gas y por eso después del almuerzo, Kevin agarra el hacha y se adentra en el monte para cortar leña. Termina con la remera empapada porque el calor agobiante se hace sentir en cada respiración.
Después de volver de la escuela, Kevin se adentra en el monte para cortar un poco de leña para poder cocinar
“La vida es re linda aquí. Se ve mucho la tranquilidad y lo que más me gusta es la gente de la comunidad que aún sigue con sus costumbres de compartir. Por eso me gustaría un día poder escribir mi propio libro sobre el relato de los ancestros que contaban mis abuelos, de lo que se vive acá cada día y de los problemas que se tienen”, cuenta Kevin, a la vez que confiesa que ya tiene algunas cosas escritas pero que prefiere no mostrarlas.
Kevin tiene varias pasiones. Una es la historia. Otra, la lectura. Pero solo puede leer los libros que encuentra en la biblioteca de la escuela que tienen que ver con temas agropecuarios. “Lo que más me interesa son los relatos, las historias de las civilizaciones, los poemas y los misterios”, dice. Su tercera pasión es ir al río a pescar. “Para mí ir al río es la cosa más linda. Voy con mis amigos, a la noche también, y sacamos bagres, surubíes y hay varios peces más”, agrega.
Más allá de las distracciones, a lo que Kevin le dedica más horas es a estar al día con la escuela. Durante la pandemia, se atrasó mucho porque al no tener conectividad solo se manejaban con fotocopias. “El profe venía y sacaba fotocopias que teníamos que pagar, cosa que hay veces no tengo plata y compartíamos las copias con los compañeros. Recién pude presentar los trabajos este año y todavía debo otros”, dice preocupado.
Y es que la brecha educativa se hace sentir profundamente en estas zonas postergadas. El piso con el que salen los jóvenes como Kevin de la secundaria, los deja sin herramientas ni contenidos frente a un estudio terciario o universitario que se les presenta como una grieta casi insalvable.
Kevin vive con sus papás, su abuela y sus nueve hermanos. Algunos ya formaron familia y tienen sus casas desparramadas en el mismo terreno. Comparten las comidas y las reuniones.

“Acá el chico sale de la secundaria, a veces, sin saber redactar un texto, sin saber interpretar ni leer. Tampoco podemos acceder a Internet para buscar información y muchos chicos nunca tuvieron la oportunidad de tocar una computadora”, cuenta Ervis, que vivió esta barrera en carne propia cuando se fue a estudiar Derecho a Santa Fe. “Yo terminé la escuela sin hablar el castellano. Tenía un par de tutores que me ayudaron y lo primero que me dijeron es que tenía que aprender el abecedario. Y tenía 19 años. Imaginate que es como si nunca hubiera ido al colegio, era algo muy vergonzoso pero tenía que aprender. El sueño para nosotros es hablar de corrido como el criollo”, dice con pesar.
Todos los caminos son de tierra y en la época de lluvia, quedan totalmente aislados. El hospital más cercano queda en Santa Victoria Este. Solo pueden llegar en moto, en bici o salvo que pase una camioneta y puedan hacer dedo. “Tenemos un puesto sanitario donde trabajan tres enfermeros auxiliares que son Wichí, y después están los agentes sanitarios que se encargan de recorrer las comunidades. No contamos con profesionales médicos ni con medicamentos”, agrega Ervis.
Kevin Díaz camina todos los días un kilómetro para llegar a la escuela en la comunidad Wichi de Puntana, en Salta

A la tarde Kevin vuelve a cargarse la mochila al hombro para ir a la escuela. A su vuelta, se dispone a hacer la tarea de algunas cosas que le quedaron pendientes. Como no tenía mesa para estudiar en su casa, desde la escuela le regalaron un banco. Lo saca al aire libre, lo pone en la sombra debajo del árbol y abre la carpeta. El perro se le apoya al lado para acompañarlo. “Si pudiera pedir tres deseos serían ayudar a mi familia, ir lejos y poder volver para transmitir lo que he aprendido y ayudar a otros jóvenes como yo”, dice.
Los desafíos que tiene que enfrentar Kevin para poder estudiar se multiplican: como no existe transporte público, se tendría que mudar a Tartagal o a alguna ciudad más grande como Salta pero su familia no cuenta con el dinero para pagarle un alquiler. Por otro lado está el idioma, que es la principal barrera. Su idioma materno es el Wichi y para poder entender y hablar el castellano, tiene que estar permanentemente traduciendo las palabras en su cerebro. Por último, está el choque cultural de pasar de las dinámicas y lógicas del monte a la locura de la ciudad.
“Mis papás me apoyan siempre. Voy a tener que adaptarme a cómo es vivir allá, cómo moverme y cómo expresarme. Quiero seguir aprendiendo a hablar el español y a poder expresarme bien”, cuenta Kevin.
Cuando vuelve de la escuela, Kevin saca el banco que la escuela le regaló porque no tenía un escritorio en su casa, para hacer la tarea
Adicciones y suicidio adolescente

Puntana está a 3 kilómetros de Bolivia. Se llega caminando. Solo hay que pasar por gendarmería, cruzar una barrera y hacer unas cuadras. La mayorías de las personas tienen familiares del otro lado y el límite es solo geográfico. Esta cercanía también trajo otras problemáticas vinculadas con el acceso irrestricto de determinados productos. “De ahí traen bebidas alcohólicas, coca y otras sustancias prohibidas como marihuana y los chicos empiezan a consumir. Es triste que pase esto”, se lamenta Ervis.
Saavedra agrega otro condimento a la fragilidad de la situación de los jóvenes en esta comunidad que es la deserción escolar, que luego desemboca en problemas de alcoholismo con alcohol etílico o nafta y aumento en los casos de suicidio. “La escuela es bilingüe pero no intercultural. No puede ser que los chicos que acceden al sistema educativo terminen desertando a los 12 años porque son contenidos incompatibles con su realidad. Dejan la escuela y también todo ese círculo de contención que se genera ey funciona como mecanismo de alerta temprana”, señala.
Ervis consiguió una beca de la Universidad Nacional del Litoral y es uno de los principales sostenes de Kevin en esta aventura que quiere emprender. Con sus experiencias y relatos, lo va acercando a la idea de lo que puede llegar a ser perderse en la ciudad y dejar atrás su tierra y su gente.
La casa de Kevin está hecha de adobe y techo de chapa. En su comunidad solo hay un solo pozo al que tienen que ir a buscar agua. Para ir al baño, van al monte.
“A mí lo que más me costó fue tener que estar todos los días encerrado en una casa. Acá nosotros vivimos bajo el árbol, esta es nuestra vida y somos felices. Y allá estaba en cuatro paredes encerrado. Y también tomar ese ritmo de exigencia de la universidad y de tener que trabajar al mismo tiempo para poder mantenerme. Acá si bien iba al colegio, no había mucha exigencia. Volvía a casa, tiraba mis libros ahí e iba a pescar, al monte o a hacer changas”, cuenta Ervis.
Los hermanos franciscanos también apoyan a Kevin con su sueño y son muy conscientes de que va a necesitar de un acompañamiento cuerpo a cuerpo, porque son muy pocos los chicos que pueden irse a otros lugares a estudiar. Y él puede convertirse en el ejemplo de que sí se puede. “Y la idea no es sólo que Kevin se vaya, sino que pueda volver con todos sus saberes, con toda su impronta, con toda su energía a tratar de transformar su comunidad, que es de donde él surgió”, señala Saavedra.
Este voluntario se fue al monte salteño a trabajar supuestamente durante tres meses y ya van más de tres años de estar fagocitado por esta realidad. “Hay personas de otros lados que me preguntan: “¿Cómo hacés para quedarte a vivir ahí que es re duro?”. Y yo les retruco que cómo puede hacer la gente, después de haber venido acá y conocer todo lo cálido de las comunidades, todo lo que hay para hacer y toda la potencia que existe, para volverse a sus lugares. Así que acá estamos y nos queda bastante tiempo para seguir conociendo personas como Kevin que tienen todas las ganas de seguir descubriendo mucho más de lo que la realidad les permite”, concluye.

Las personas que quieran ayudar a Kevin donándole libros y en su sueño de ir a la universidad pueden:
Donar en esta cuenta:

Empresa: ORDEN DE FRAILES M V SAN FRANC

CUIT: 30669128807

Banco: Santander

Cuenta: CC$ 154-009795/6

CBU: 0720154320000000979568

Alias: MISION.AGUARAY.TERE
Comunicarse con Javier Saavedra para saber más sobre Kevin y su realidad al +54-93875-777756.

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BENJAMIN Y ADORNO. LECTURAS MUY RECOMENDADAS


Benjamin y Adorno: un diálogo epistolar al borde del abismo
Durante la década de 1930, mientras Europa se encaminaba hacia la guerra, los dos filósofos alemanes intercambiaron cartas que contienen claves para comprender el siglo XX y una era tan incierta como la actual
P. G. 
Walter Benjamin, quizás el crítico más importante de su tiempo

Las cartas que se escribieron y mandaron Theodor W. Adorno y Walter Benjamin son un ejemplo mayor de la literatura epistolar de la primera mitad del siglo XX. Lo son no tanto por la intimidad de lo contado y confiado (la falta de dinero, las mudanzas, las familias: las cosas de siempre; y las excepcionales: el exilio). Lo son porque por boca de ellos hablan ellos mismos, claro, pero también hablan fuerzas que los sobrepasan y de las que ellos no son más que portavoces.
Hubo pocos corresponsales así en ese tiempo. Podría pensarse en Hugo von Hofmannsthal y en sus cartas a Richard Beer-Hofmann, a Richard Strauss, o en las otras, más numerosas (casi toda una vida) a Hermann Bahr. Pero en algunos aspectos la de Adorno y Benjamin evoca más bien la correspondencia, apenas anterior cronológicamente, que mantuvieron Hofmannsthal y Stefan George. Esa correspondencia tuvo su primera edición en octubre de 1938. En una de las primeras cartas, respuesta al envío de un poema, le dice George a Hofmannsthal: “Únicamente quien puede admirar estará en disposición de crear una obra admirable”. Se infiere de eso que la sumisión precede a la conquista. En julio del año siguiente, Adorno le avisa a Benjamin: “Leí con gran interés la correspondencia entre George y Hofmannsthal y pienso escribir una reseña bastante extensa”. En febrero de 1940, le manda el que resultó por fin un ensayo al que dedicó “un esfuerzo quizás del todo desproporcionado”. Benjamin acusa recibo casi tres meses después y, entre otras consideraciones, hace notar lo siguiente: “La lucha por una posición literaria frente al interlocutor era, a fin de cuentas, un motivo que subyace a esta correspondencia, y el provocador fue y sigue siendo George”. Al margen de que Benjamin había tratado a Hofmannsthal y estaba en deuda personal con él (un apoyo académico y, más lejanamente, el Libro de los amigos, sin el que acaso no habría planeado nunca su propio Passagen-Werk) y de que el ensayo de Adorno está veteado de ideas afines a las suyas (por citar una: “En cada instante, la cultura de George se obtiene a cambio de la barbarie”), la frase tiene un giro reflexivo. De eso hablan también Adorno y Benjamin. No hay que pasar por alto que ese ensayo salió finalmente en 1942, con la dedicatoria “En memoria de Walter Benjamin”.
George era el maestro, y Hofmannsthal, el discípulo predilecto incomodado por la predilección. ¿Había lo uno y lo otro en la relación entre Adorno y Benjamin? ¿Quién era quién? A Adorno no le disgustaba la condición cerrada del círculo de George porque encontraba en ella un símil de la posterior relación de Arnold Schönberg con su escuela. No podría decirse que, como en el caso de los poetas, la amistad entre los filósofos empezara a decaer antes de realizarse. Por lo menos, a diferencia de los otros y después de una visita de Adorno a París hacia mediados de 1936, llegaron a empezar a llamarse por el nombre de pila.

Retrato de una época





Discusiones teóricas sobre problemas filosóficos o artísticos y sobre el estado de la cultura se entretejen con vicisitudes personales en Correspondencia.1928-1940. Theodor W. Adorno y Walter Benjamin. Esta flamante edición de Eterna Cadencia cuenta con un epílogo de Beatriz Sarlo y una nueva traducción a cargo de Laura S. Carugati y Martina Fernández Polcuch.

En el epílogo a la nueva traducción del epistolario de Adorno y Benjamin (de Laura S. Carugati y Martina Fernández Polcuch; la anterior, con el sello Trotta, había salido en 1998) que publicó Eterna Cadencia, Beatriz Sarlo dice, con el salvoconducto de una interrogación: “¿Por qué leemos estas cartas que no nos fueron dirigidas? ¿Qué ofrecen de más o de menos, comparadas con otros documentos escritos para la difusión pública desde el primer trazo de la pluma? En algunos casos, la respuesta es sencilla. Algunas cartas valen como ensayos”. Son estas las cartas que nos importan, las que no le dan excusa al filisteo para que hunda el hocico. Añade Sarlo: “El espacio es lo que convierte a un texto en carta. El tiempo es lo que lo convierte en documento de la historia personal, literaria, política o filosófica”. Para nosotros, indiferentes al espacio (lo mismo da Berlín, París, Nueva York o Skovsbostrand), lo que queda es el documento de una fricción filosófica.

Dialéctica epistolar
Adorno (que firmaba todavía con el apellido Wiesengrund) había conocido a Benjamin por intermedio del amigo común Siegfried Kracauer, hacia 1923, en Frankfurt. Escribió mucho después: “Veía a Benjamin frecuentemente; diría que por lo menos una vez por semana”. La primera carta (o la primera conservada) es del 2 de julio de 1928, y la última de Benjamin, con el anuncio del suicidio en Portbou, está fechada el 25 de septiembre de 1940. La lectura del epistolario despliega la asimetría entre la seguridad y la incertidumbre. Adorno escribe incansablemente y concluye aquello que escribe; Benjamin escribe y le cuesta terminar lo que escribe, entre otras porque Adorno le pone objeciones. Las objeciones no son recíprocas; para empezar, y para mayor penuria de Benjamin, varios de los ensayos remitidos por Adorno (su escrito sobre Franz Schubert, una primera tentativa del trabajo más extenso acerca de Richard Wagner) estaban casi completamente fuera de su alcance (cierto que, en 1925, asistieron juntos en Berlín a la segunda función de Wozzeck, de Alban Berg, y que Adorno elogia la comprensión cabal que Benjamin tuvo de la ópera, pero era una comprensión muy ajena a la intimidad del lenguaje musical que exigen los ensayos adornianos).
Adorno, de la Escuela de Frankfurt
Adorno, en cambio, es la autoridad ante la que debe comparecer Benjamin. Acerca de “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica”, Adorno reclama lo mismo que venía y seguirá reclamando: un incremento de dialéctica: “Usted subestima el carácter técnico del arte autónomo y sobrestima el del arte dependiente; esta sería, redondeando, mi objeción principal. Pero solo podría concretarse como una dialéctica entre extremos, que usted separa con violencia uno de otro”. Despunta la reserva de Adorno hacia el optimismo benjaminiano por la posibilidad de un arte de vanguardia que lo fuera también de masas, optimismo cuyo error se ocupó de sancionar la mera realidad. Benjamin agacha la cabeza.
Estos problemas habían aparecido ya en la discusión sobre el famoso exposé de 1935 del Libro de los pasajes. Todo lo que escribió Benjamin antes del Libro de los pasajes fue una preparación para ese libro inconcluso, y tal vez, por su amplia ambición, imposible de concluir. Eso explica el cambio que notó Adorno: el carácter esotérico de sus primeros trabajos, y el fragmentario de los últimos. Allí, en los techados pasajes parisinos, se encontraban el gusto surrealista por los objetos obsoletos y la alegoría, el materialismo y la teología. Del mismo modo en que había sido antes romántica, la filosofía debía volverse ahora surrealista, aunque esta pretensión nos resulte ahora tan ridícula como, entre líneas, le resultaba ya entonces a Adorno. Claro que más lesivo del pensamiento de Benjamin que el surrealismo juzgaba el influjo malsano del grosero marxismo del propagandista Brecht. Adorno trata a toda costa de inclinar para su lado el Libro de los pasajes, del que afirma ya en la carta sobre el exposé: “Considero la obra de los Pasajes no solo el centro de su filosofía, sino también la palabra decisiva que hoy puede ser pronunciada filosóficamente; la considero una chef d’œvre sin par…”
También podría decirse que ese libro, el de los pasajes, debía contener su filosofía y que esta, por eso mismo, quedó tan inacabada como el libro. Se lo dice Benjamin a Adorno y su mujer Gretel, excusándose una vez más: “Si Wiesengrund tiene reparos frente a la división en capítulos, ha dado en el blanco. A esta organización le falta el factor constructivo. Me abstengo de pronunciarme acerca de si ha de buscarse en la dirección que indican ustedes. Lo que es seguro es el que el factor constructivo significa para este libro lo que para la alquimia la piedra filosofal”.
Al amparo de esa filosofía surrealista, el Libro de los pasajes, obra maestra del montaje, usa la figura de la alegoría, emblema de la ruina en su temprano El origen del drama barroco alemán, para examinar el siglo XIX y entender el XX: la alegoría une la ruina barroca con los objetos obsoletos y deslucidos que se ofrecen en las vidrieras de los pasajes. Su último libro realizaba las ideas de uno de los primeros, del mismo modo que la prehistoria de la modernidad podía explicar su presente.
“A usted le gusta estar en los lugares que le producen vértigo y ama orgulloso el abismo que pocos pueden ver. Yo también puedo amar aquello que me asusta”, le escribió Hofmannsthal a George. La frase está coronada, renglón seguido, por un signo de interrogación.
Tal vez la esperanza de Benjamin en las promesas contenidas en los libros infantiles le impidiera también el miedo. El propio Adorno lo explicó con un recuerdo de primera mano: “Quien hablaba con Benjamin se sentía como un niño que percibe la luz del árbol de Navidad a través de las rendijas de la puerta cerrada. Pero la luz prometía al mismo tiempo, como la luz de la razón, la verdad misma, no su reflejo impotente

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