viernes, 2 de julio de 2021

ARTE CONTEMPORÁNEO....LECTURAS


Arte contemporáneo: una polémica antigua que siempre vuelve
Dos escándalos recientes por acusaciones de plagio pusieron en primer plano temas que la crítica dio hace tiempo por clausurados; libros recientes de Bob Nickas y David Wojnarowicz ayudan a entender la raíz de esa discusión de larga data
F. G.


Dos escándalos menores trajeron recientemente a la discusión temas que parecían clausurados desde hace más o menos medio siglo cuando empezó a conformarse la idea de algo amorfo a lo que se llamó y se sigue llamando “arte contemporáneo”. Que no quiere decir exactamente el arte que se está haciendo ahora, aunque también, sino ese arte para “después del fin del arte” como intentó definir el filósofo Arthur Danto en su esencial libro llamado, claro, Después del fin del arte: El arte contemporáneo y el linde de la historia (1997).
Primero, en 2020, fue el premio otorgado en el Museo Franklin Rawson de San Juan a una pintura (Tiempos de confinamiento, covid-19) que reproducía la imagen de una fotografía de Nora Lezano, conocida por sus retratos a estrellas y grupos de rock. La denuncia contra la artista Mariana Esquivel por “infringir derechos de autor y propiedad intelectual” llevó a que esta renunciara finalmente al premio. Esta semana, en tanto, otra pintora llamada Fátima Pecci Carou fue denunciada por exhibir en el Museo Evita una obra que extrapolaba un personaje de animación japonesa manga en una pintura. Quien se adjudicaba la autoría era un artista de fan-art, una forma subalterna de la cultura visual que parte justamente de una forma preexistente (el equivalente al fanfiction de la literatura). Pecci Carou tuvo más suerte que la sanjuanina Esquivel: el tout del arte contemporáneo salió en su defensa al detectar que era, sobre todo, víctima de un ataque machista. La agenda de género es una preocupación central de la escena y la historiadora feminista Andrea Giunta (Contra el canon, 2020) se vio obligada a tener que explicar en su muro de Facebook el arte de Roy Lichtenstein (que sesenta años atrás reproducía imágenes del cómic en obras de arte pop) para sostener la estrategia de la artista (si su obra es más o menos interesante es otra discusión). La publicación casi simultánea de dos libros ayuda a entender la raíz por detrás de estos escándalos menores: El robo es visión, de Bob Nickas, y En la sombra del sueño americano, de David Wojnarowicz.
El título del volumen que reúne ensayos y entrevistas de Bob Nickas, un agitador de la escena neoyorquina también como curador, resulta muy adecuado en este contexto en que esa entelequia llamada “arte contemporáneo” se vuelve víctima (la fotografía que denuncia a la pintura) y victimario (la pintura que vampiriza al fan-art) de ideas centrales a su esencia, como la originalidad y la apropiación.
En la sombra del sueño americano, en tanto, reúne los diarios de David Wojnarowicz (un artista polifacético que tuvo un paso fugaz por Argentina en 1984) entre 1971 y 1991, un año antes de que la epidemia de HIV lo condenase a una muerte joven.
"Nadie pensó entonces que su trabajo fuera un plagio a los creativos que alguna vez convirtieron la leyenda del jockey Leguizamo en sinónimo de un licor recio"
El período es formativo para esta idea de “arte contemporáneo” que no ha encontrado una denominación superadora tras el lento fade out de las neovanguardias. Si bien los artículos de Nickas, alejados del academicismo pero no por eso superficiales o faltos de rigor, están fechados entre la segunda mitad de los años 80 y la primera década del siglo XXI, eligen –al igual que Wojnarowicz– 1971 como año cero. Es cuando tiene 14 años, asiste por primera vez a un concierto de Black Sabbath y define “todo lo que sé sobre arte lo aprendí de Andy Warhol y On Kawara”.
Las escaramuzas descriptas más arriba tienen que ver con que las ideas de estos dos artistas (On Kawara era un japonés que residió en Nueva York desde 1965) parecen fatalmente vigentes, puestas en práctica a veces como cliché y, aún así, no del todo asimiladas. Nickas hace una valoración indistinta de su experiencia en la escena punk y el arte de museos y galerías al punto que su libro está dedicado a Mark E. Smith, el iconoclasta líder del grupo inglés The Fall, muerto en 2020.
Wojnarowicz también fue atravesado por esa línea interdisciplinaria y su lugar en la escena neoexpresionista del Lower East Side (“bad painting”) se superpone con su participación en una banda postpunk llamada 3 Teens Kill 4. Su diario no incluye ninguna entrada dedicada al raro episodio argentino cuando, acompañando al pintor Luis Frangella (1944-1990), llegó a exponer en junio de 1984 en el CAyC (Centro de Arte y Comunicación) desde donde Jorge Glusberg buscó dar forma a la escena conceptual de Buenos Aires. Aquella muestra se llamó “Desde Nueva York: 37 pintores del East Village” y coincidió con el momento más creativo del underground porteño donde teatro, pintura, performance y rock formaban un todo que estuvo en la raíz de la versión local de la internacional contemporánea. La galería Cosmocosa reconstruyó ese paso en 2018 en una muestra donde se exhibía un catálogo del Whitney Museum que mostraba una obra de Wojnarowicz realizada sobre un aviso publicitario de caña Legui llamada Una pintura para reemplazar el monumento a los ingleses en Buenos Aires. Nadie pensó entonces que su trabajo fuera un plagio a los creativos que alguna vez convirtieron la leyenda del jockey Leguizamo en sinónimo de un licor recio.
El libro recopilatorio de Nickas y los diarios de Wojnarowicz muestran la trama íntima y pública de todo esto que se sigue discutiendo. La utilización de la bandera estadounidense que hace Cady Noland siguiendo a Jasper Johns es motivo de un ensayo de Nickas, “El robo es visión”, que resulta tan clarificador de todas estas cuestiones como volver a leer a César Aira en Sobre el arte contemporáneo (2013), otra reflexión indispensable de un escritor que es, sobre todo, un artista de nuestro tiempo.



El robo es visión

Por Bob Nickas

Ripio

Trad.: Lea Maríe Uría

297 páginas / $ 1050



En la sombra del sueño americano

Por David Wojnarowicz

Caja Negra

Trad.: J. P. Manzanares y C. De Nápoli

320 páginas / $ 1200

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B.A.....VIVAMOS CULTURA

 ENTRÁ RÁPIDO PORQUE SE MANTIENEN VARIOS DÍAS


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jueves, 1 de julio de 2021

MES DE JULIO..... CON EL GRAN PROFESOR MIGUEL WIÑAZKI


MÓDULO DE JULIO: ARGENTINOS ESENCIALES.
Sin ellos el país no hubiera existido. Son los fundadores. Los maestros. Los héroes, los genios que encendieron que el fuego que inventó la Patria. Mariano Moreno, Manuel Belgrano, San Martín y Sarmiento concibieron una nación sobre dos bases vitales y fundacionales: la libertad y la educación. Pusieron el cuerpo para diseñar sucesivamente un espacio de convivencia abierto y raigalmente honesto. Y es el espejo que nos devuelve lo mejor, el ejemplo y el camino.
Seminario vía Zoom todos los domingos de julio a las 19.30 hs.
Por consultas e inscripción escribir a filosofiawi@gmail.com

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CARAS, CARETAS, CARUCHAS Y ALGO DE MAQUILLAJE


Los tres Alberto: diálogo, enojo y ahora dispersión
Las etapas que fue atravesando el Presidente desde su asunción al poder desnudan involuciones alarmantes

Pablo Sirvén

El presidente Alberto Fernández
Fastidia escuchar de vuelta un chiste cuyo remate ya todos conocemos. Pero se padece todavía más si el que se repite es un chiste pésimo. Hay un escenario aún peor: que el chiste no sea chiste y que apenas sea un intento de ironizar sobre la hace rato desestimada denuncia judicial por “envenenamiento” que hiciera Elisa Carrió contra Alberto Fernández y las autoridades sanitarias cuando la vacuna Sputnik V todavía no había recibido el conforme de la comunidad científica internacional. De hecho, en Europa no se suministra y ni siquiera se permite el ingreso a ese continente de aquellos turistas que ya recibieron el antídoto ruso contra el Covid. Lo que no quita que en la Argentina se inocule esa vacuna en parte de la población y sean mínimas las anomalías reportadas por quienes ya recibimos al menos la primera dosis.



El sonsonete, repetido una y otra vez por el Presidente, y que volvió a sonar en la semana que pasó, intenta responsabilizar no solo a toda la oposición de la decisión personal de una sola dirigente política, sino también a millones de personas que no votaron por el oficialismo, a las que también se las suele acusar genéricamente de “antivacunas” pese a que cuando son convocadas se acercan a los centros vacunatorios con mayor entusiasmo que dosis disponibles, especialmente del tan escaso segundo componente del instituto Gamaleya, que esperemos que empiece en los próximos días a llegar desde Rusia en mayor cantidad y a producirse aquí en un número suficiente como para completar el esquema original que hablaba en un principio de 21 días entre la primera y la segunda aplicación. Ya hay seis millones de personas en condiciones de recibirla.



Sin embargo, en las últimas horas, altos funcionarios del Gobierno empezaron a abrir el paraguas con la hipótesis en estudio, también en otros países, de mezclar vacunas de distintas marcas. Al mismo tiempo comenzaron a enarbolar la teoría de que “la vacuna no vence”, versión que pone en duda un aviso oficial al repetir por un lado ese concepto y que “no tienen tiempo máximo” y acto seguido afirmar que “la segunda dosis prolonga la duración”. La pregunta crucial que surge es: ¿cómo prolongar la duración de algo que al mismo tiempo se asegura que no vence? El corto gubernamental implora “seamos claros”, paradójicamente. Y lo repite el jefe de Gabinete. “Para el 31 de diciembre –dijo Santiago Cafiero– me imagino una Argentina toda vacunada”. La vocación de este gobierno por las predicciones no se amilana ni siquiera con el récord de yerros acumulados en la materia.


Alberto Fernández Política


Alberto Fernández no para de hablar. Son una continuidad de eventos sin respiro ni días de descanso (ni para él ni para los demás). Hoy mismo al mediodía encabezará un acto en el CCK en homenaje a las 92.000 víctimas que hasta ahora se ha cobrado el virus en la Argentina, el puesto N° 11 en cantidad de fallecidos por Covid, a nivel mundial.

Es hora de catalogar las tres épocas bien diferenciadas que el jefe del Estado viene atravesando desde su llegada al poder:
#Presidente consensual (primera etapa): al principio repetía que venía a cerrar la grieta. 



Muchos le creyeron porque era el punto clave de la promesa preelectoral: “Volver mejores”, lo que facilitó la amalgama entre peronistas no kirchneristas, como buscaban aparentar el propio mandatario y Sergio Massa, y el extremo ultra-K, representado por Cristina y Máximo Kirchner. Fernández soñaba con respaldarse en una supuesta liga de gobernadores (que no llegó a entrar en acción nunca) y ser el ecuánime fiel de la balanza que equilibraría las cargas de la muy heterodoxa coalición que lo llevó a la Casa Rosada. Al anunciar las primeras cuarentenas junto a Axel Kicillof y a Horacio Rodríguez Larreta, procuraba representar la nueva era de diálogo y colaboración con administraciones de distinto signo. En las encuestas de opinión, su imagen favorable no parecía tener techo.

#Presidente cristinizado (segunda etapa): a partir de la fallida estatización de la cerealera Vicentin y de la liberación de presos con la excusa del Covid, la prosa amable y ecuménica presidencial se fue resintiendo, en coincidencia con un mayor protagonismo de la vicepresidenta y el avance de sus propias huestes hacia puestos claves del Gobierno. 



Fernández dejó de hacer equilibrio entre moderados y duros, y se fue mimetizando cada vez más con las posiciones de su mentora, haciendo suyos los enemigos de aquella (Macri, los medios, Larreta, el campo, la oposición, la Justicia, etc.).




#Presidente blooper (tercera y actual etapa): tras la radicalización de su discurso, desde hace un tiempo protagoniza un frenesí de declaraciones vacuas en las que abundan actos fallidos y lapsus, accidentes lingüísticos y semánticos que denotan a un mandatario más fatigado y desvaído. Acaso, desilusionado.


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HAY MUCHO ESCRITO EN PIEDRA EN EL MUNDO....APRENDER A VOTAR ES LO IMPORTANTE...NO SON DIOSES


Otro futuro es posible para la Argentina
Pesimista u optimista, la sociedad comparte en su mayoría una visión fatalista del porvenir, pero aunque el presente es angustiante, nada está escrito en piedra

Daniel Gustavo Montamat


El futuro de la Argentina...Alfredo Sábat

Aquí no hay grieta. Pesimista u optimista, la sociedad argentina comparte en su mayoría una visión fatalista del futuro. El futuro está dado, y, estemos “condenados al éxito” o resignados al fracaso, el determinismo hace irreversible lo que ya está escrito en piedra.
Varados en un presente angustiante, hay sobradas razones para el pesimismo. Aún en medio de la pandemia, con muchas familias de luto o pendientes de la recuperación de un ser querido, una gran parte de la sociedad argentina padece las consecuencias desoladoras de la degradación económica y social. O porque son parte de los nuevos pobres, en una economía estancada con ingreso per cápita declinante e inflación en alza, o porque con espanto se sienten arrastrados a la condición de excluidos en un país que pierde empleo privado y donde las prebendas del empleo público o el acceso a un plan de asistencia estatal empiezan a insinuarse como el destino alternativo de algunos escogidos. El oficialismo ha explicitado el norte del destino político que asume fijado para la Argentina: reforma constitucional, democracia plebiscitaria con orientación autocrática y un capitalismo con amigos digitado por el Estado (el “socialismo del siglo XXI” no cree en la propiedad colectiva, sino en la propiedad oligárquica). Los más consecuentes con esa agenda son los más consustanciados con el dogmatismo determinista. Para ellos, la Argentina no tiene opciones. O será populista (según la acepción institucional del concepto) o no será nada. Los alineamientos internacionales en política exterior, así como las políticas internas de mayor intervención y la reasignación forzada de derechos de propiedad como parte de las prebendas públicas, aunque resistidas por amplias franjas de la población, son políticas consecuentes con la visión fatalista del futuro que domina el núcleo duro del Frente de Todos.
Pero en la oposición también hay fatalismo. Se plantea el cambio y el futuro casi con resignación. Como si la experiencia frustrada del pasado cercenara las posibilidades de analizar y discutir los cambios necesarios y posibles del futuro. Se solapan los diagnósticos descriptivos de nuestra decadencia secular, pero hay escepticismo en la propuesta de las terapias que pueden transformar la realidad. ¿Es modificable el curso de esta realidad decadente para quienes defienden los valores de la república y promueven el desarrollo inclusivo con eje en la inversión privada y el valor agregado exportable? ¿Es posible ganar elecciones si uno reniega de propuestas demagógicas de corto plazo y abreva en planes fundados en consensos básicos de largo plazo? ¿Es posible lidiar con la trama de privilegios y “derechos adquiridos” en una sociedad nostálgica de su pasado de grandeza y adoctrinada en que “los otros” son culpables de sus males? La primera actitud para articular una oferta electoral alternativa y exitosa es convencerse y convencer a muchos argentinos decepcionados de que el futuro argentino no está dado, no está escrito en piedra. Se puede cambiar con lo que hagamos o dejemos de hacer en el presente. No somos autómatas manipulables en un engranaje colectivo con destino dado. Como protagonistas del porvenir que labramos, construimos el futuro a partir de lo que hacemos o dejamos de hacer en el presente.
Desde épocas remotas, el ser humano y las sociedades se inquietan y angustian frente a la incertidumbre que abre el futuro. El oráculo de Delfos era, sin lugar a dudas, el conducto divino más apreciado en la Grecia clásica para consultar el futuro con los dioses. Según el modo de pensar griego, beber de la fuente délfica del conocimiento del futuro se veía como beber el elixir confirmatorio del destino de un gran poder político y militar. Pero se consultaba a los oráculos (y, a menudo, se manipulaban sus mensajes de repuesta) con la convicción de que el destino era fatal. Ya en los tiempos de Roma, Cicerón hizo una crítica aguda sobre el valor práctico de la adivinación del futuro. Refutando argumentos de su propio hermano Quinto, en la segunda parte de De Divinatione, Cicerón comienza distinguiendo la adivinación del conocimiento obtenido a través de los sentidos (la observación metódica), y amplía este razonamiento al atacar el determinismo implícito en la adivinación. Supongamos que se pudiera intuir el futuro por medios extraordinarios. Esto solo sería posible, según Cicerón, si se hubiera escrito el guion de mañana. Si el destino estuviera sellado, entonces, conocerlo sería, en el mejor de los casos, redundante y, en el peor, nos haría del todo desdichados. Si el futuro está escrito en piedra, para qué conocerlo. Si nos es favorable, no se puede anticipar, y, si nos es adverso, no se puede cambiar. En el siglo XX, Bertrand de Jouvenel, refutando el fatalismo determinista sostuvo que el futuro estaba abierto a alternativas condicionadas de futuros posibles (“futuribles”). Las sociedades, advirtió el politólogo y economista francés, se resisten a que el porvenir sea absolutamente desconocido; más bien prefieren que sea preconocido. Crean instituciones, conceden poderes al Estado y planifican el futuro, para acotar la incertidumbre que domina un futuro que está abierto a distintas posibilidades. Para Jouvenel, todo poder es de alguna manera poder sobre el porvenir. Porque el poder es capacidad de acción que afecta al porvenir, y no solo al más inmediato presente. La previsibilidad institucional y el respeto a las reglas de juego políticas facilitan el tránsito desde el presente a la construcción de uno de los futuros posibles y deseables.
El futuro del mundo interdependiente y global, y el futuro de la Argentina no están predeterminados, ambos están abiertos a escenarios alternativos. Vamos forjando el futuro a partir del presente, y es fundamental tenerlo en cuenta, no solo para adecuar previsiones y acotar la incertidumbre que domina el porvenir, sino también para fijar las metas, los planes y agendas alternativos que nos permitan alcanzar un futuro posible y mejor para todos.
Cuando la Argentina en el siglo XIX devino una nación moderna, tuvo un proyecto de futuro. Cuando ese proyecto quedó trunco (la crisis institucional de 1930 marcó el punto de inflexión), el futuro cedió jurisdicción a reivindicaciones presentes, más consustanciadas con situaciones de injusticia pasada que con objetivos comunes de cara al mañana. El optimismo por un futuro de grandeza fue cediendo lugar al pesimismo nostálgico por un pasado perdido. Las elecciones de este año y las de 2023 ponen a prueba el fatalismo argentino. En Ensayo sobre la ceguera, José Saramago escribe: “Sin futuro el presente no sirve para nada, es como si no existiera”. Los desencantados con el rumbo y el determinismo del relato oficial tienen que recuperar la esperanza en otro futuro posible. Habrá necesidad de acuerdos básicos y habrá necesidad de reconstruir confianza y consensos. La república y el desarrollo inclusivo no están dados ni están asegurados, pero es uno de los “futuribles” hacia donde encauzar decisiones individuales y energías colectivas para poder alcanzarlos. Después de todo, fue el italiano Antonio Gramsci, tal vez el más controversial de los pensadores marxistas del siglo XX, quien, tomando distancia del determinismo axiomático del materialismo dialéctico, sostuvo que los esfuerzos colectivos para consolidar consensos y sumar energía social pueden cambiar el rumbo. No hay rumbo irreversible cuando el futuro no está escrito en piedra.


Doctor en Economia y en Derecho

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BARTOLOMÉ MITRE 4


Un periodista que puso la palabra al servicio del progreso y la libertad
Mitre acumuló una vasta experiencia en la prensa antes de fundar LA NACION, que renovó el periodismo con un formato profesional
Eduardo J. Míguez

Bartolomé Mitre en Mar del Plata.

“Odio a Rosas no solo porque ha sido el verdugo de los argentinos, sino porque a causa de él he tenido que vestir las armas, correr los campos, hacerme político y lanzarme a la carrera tempestuosa de las revoluciones sin poder seguir mi vocación literaria”, escribía Bartolomé Mitre en 1854, en la introducción a sus Rimas. La frase da una explicación de circunstancia a la polifacética actividad del autor, que seguramente no da cuenta cabal de su vocación. De hecho, la actividad “literaria” de Mitre, en el sentido actual del término, no sería la que más reconocimiento obtuviera en su legado. Es posible que ello se debiera a que, como advirtió Alberdi respecto de una obra juvenil de Mitre, la literatura pierde envergadura cuando se pone de manera muy clara al servicio de una causa. En verdad, cuando se mira aquel legado en su conjunto, lo que se percibe ante todo es una vocación que hoy llamaríamos docente, y que él seguramente denominaría moralizadora. La frase que mejor la resume es la que escogió para definir el propósito de su gran creación periodística: “LA NACION será una tribuna de doctrina”.
Si Mitre fue militar más bien por accidente, porque en ese entonces la guerra fue, más que nunca, una continuación de la política, su acción como político, como escritor, como historiador y periodista siempre tuvo por propósito transmitir su visión del mundo a la realidad con la que le tocaba interactuar. Operar a través de la palabra y la acción para crear la nación republicana y democrática con la que había soñado en su juventud, y más en general, promover las ideas de progreso y libertad.
"Nuevos avatares lo llevaron a Chile, y allí finalmente haría del periodismo su principal ocupación"
Su actividad en la prensa fue quizás el elemento más característico de esta tendencia, y se inició en su temprana juventud en Montevideo. Una polémica con Francisco Acuña de Figueroa, el gran poeta oriental, en la que defendía los valores literarios de la nueva generación, le dio su primera visibilidad en aquel medio. Más tarde colaboró con sus amigos Andrés Lamas, Miguel Cané (padre) y Alberdi en la publicación de El Iniciador, un semanario estandarte del romanticismo literario, luego devenido en diario con el nombre de La República, y con contenido más político. Posteriormente estuvo en la redacción de Nueva Era, instrumento de un sector del partido colorado montevideano. Cuando ese sector fue derrotado, buscó nuevos horizontes en Bolivia, contratado como artillero. Una vez allí, colaborando con su nuevo y duradero amigo Wenceslao Paunero, intervino en el diario que él dirigía, La Época, del que fue editor por un breve lapso.
Nuevos avatares lo llevaron a Chile, y allí finalmente haría del periodismo su principal ocupación. Fue editor del diario El Comercio, de Valparaíso, fundado por Alberdi, y más tarde pasó a El Progreso, de Santiago, creado por Sarmiento. El editorial con que inició su trabajo en este medio da cuenta de los principios de su labor periodística: “Un pueblo pobre no puede ser un pueblo libre; un pueblo sin instrucción no puede tener idea de sus derechos y deberes; un pueblo con malos códigos no puede tener buena constitución; un pueblo con un mal sistema de hacienda no puede tener un buen sistema político; un pueblo que no goza del bienestar en vano está que tenga escritas en papel las libertades...”. Más tarde, Mitre llegó a tener su propio diario gracias a la ayuda de su amigo Jorge Tezanos Pinto, y en ese momento cruzo por su mente la idea de traer su familia a Chile y establecerse definitivamente como periodista: el “odio a Rosas” y su identidad argentina lo llevarían a otros derroteros.
Así, cuando Mitre llegó como militar a Buenos Aires con el Ejército Grande de Urquiza en 1852, ya era un periodista consumado. Y se abría ante él la posibilidad de poner al servicio de sus ideales, en el lugar y el momento que a él más lo atraían, las habilidades que había ido recogiendo en su azarosa vida. No sorprende, entonces, que fundara un diario, Los Debates, que serviría para promover no solo sus objetivos políticos, sino también sus creencias. Como era frecuente en la época, ese medio tuvo una vida corta, hasta que dejó de aparecer definitivamente en 1857. Colaboró también en esos años en El Nacional, editado por Vélez Sarfield y más tarde por Sarmiento, un diario de mayor peso y larga vida. Hacia 1862, con Mitre a punto de asumir la presidencia, El Nacional fue tomando un sendero político distante del de Mitre, y eso dio lugar a la apertura de La Nación Argentina, dirigido por José María Gutiérrez y expresión orgánica del liberalismo nacionalista. Este diario lo acompañó en su presidencia, y desde allí ocasionalmente expresaba sus ideas.
"El periodismo era seguramente la forma de vida que más atraía a Don Bartolo, más que depender de un sueldo de militar o de político"
En 1870, ya fuera del Ejecutivo, con ayuda de amigos, incluyendo al propio Gutiérrez, compró ese diario, y desde unas habitaciones en el fondo de su casa comenzó con la publicación de LA NACION. Varios motivos hubo detrás de esa decisión. Uno elemental es que, al igual que en su etapa chilena, el periodismo era seguramente la forma de vida que más atraía a Don Bartolo, más que depender de un sueldo de militar o de político. Otro consistía en que, si bien el de Gutiérrez fue el diario del partido, no es evidente que Mitre siempre compartiera la línea editorial. En parte, y he aquí un tercer motivo, porque como era habitual en la prensa de la época, con frecuencia era un instrumento de lucha facciosa más que de discusión de ideas y doctrinas.
Sin embargo, pasarían años antes de que LA NACION mereciera la frase con la que alguna vez fue caracterizado, “la política vista desde arriba”. Más allá de que las notas y editoriales del propietario y editor del diario siempre apuntaran a elaborar ideas con mayor profundidad, el tono faccioso, propio de la prensa de época, seguiría presente en la práctica de sus colaboradores por largo tiempo. En otro plano, sin embargo, la transformación de LA NACION fue muy eficaz. El diario renovó el periodismo como una exitosa empresa comercial, en un formato profesional que explica su perdurabilidad. Dato curioso: un diario igualmente moderno y perdurable, creado un año antes, La Prensa, competiría con LA NACION como referencia periodística seria de la ciudad y fue fundado por los familiares de quien ocupara la vicepresidencia en su mandato, Marcos Paz.
Alguna vez Mitre se autodefinió como tipógrafo, oficio que practicó en su largo vínculo con los periódicos. Más allá de la ironía del momento, expresaba de alguna manera una parte central de su vida. La política le permitió intentar llevar a los hechos sus ideas, y la historia y el periodismo comunicarlas y difundirlas, en su visión del pasado y del presente. En el siglo XIX, el periodismo fue, al igual que la guerra, una extensión de la política; un diario era un arma. Mitre, en cambio, buscó dar un sentido constructivo a su actividad como periodista y editor. En la política, muchas veces se vio inevitablemente arrastrado a acciones que comprometían su afán principista. La prensa, en cambio, pudo ser quizá, junto con la historia, la expresión más acabada de su programa de acción social.


El autor es doctor en Historia; miembro de la Academia Nacional de la Historia

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