

"Quien te quiere te hará llorar." La madre repetía la frase como quien se hace cargo de una verdad revelada. Se sentía sabia al decirla y justificada al actuarla. Se encargó de que la hija supiera, desde temprana edad, cuán enorme era el amor que sentía por ella. Hasta que un día la hija decidió que, frente a ciertos destinos familiares, la mejor defensa no es el ataque, sino la huida. Se hizo adicta a los viajes.
A veces pasa. Ordenás la biblioteca, se cae un libro, leés una dedicatoria, una fecha. Y el tiempo se vuelve menos lineal de lo habitual. La letra de Natalia, a quien conocí durante un verano de mochilas, hostalesy praias brasileñas, asomó desde las primeras páginas de un libro de John Berger. En aquel momento, Natalia leía Cada vez que decimos adiós. "Este hombre me salvó", me diría, con esa facilidad para la confesión que a veces dan los encuentros en el extranjero. Me habló de su madre, del tortuoso ejercicio de un afecto que la había vuelto una niña taciturna, desconfiada, con la piel prematuramente endurecida. Me reveló la llave del paraíso inestable que se había ido construyendo: conseguir trabajos más o menos precarios, más o menos temporales; ahorrar, viajar. Regresar fugazmente, volver a irse. Coquetear con la idea de volverse declaradamente nómade.

Iba sola. La admonición materna le había atravesado el corazón. No importaba cuánto se riera de aquellas palabras: se notaba que la herida era profunda, antigua, oscuramente tangible.
"Me salvó Berger. Me salvó la escuela. Me salvó una docente", insistía, al recordar la bruma inmóvil en que se había convertido su adolescencia. Me contó del día en que una profesora relató su experiencia en una escuela de un barrio difícil. "Nos dijo que, a poco de empezar a dar clases allí, un chico le arrojó un banco por la cabeza -me narraba, a su vez, Natalia-. Primero sintió susto y rabia; después, trató de pensar en lo que había ocurrido. Concluyó que ese pibe, en realidad, le estaba pidiendo auxilio. Intentaba desesperadamente llamar la atención." A su modo, Natalia tomó el ejemplo. No le tiró un banco a nadie, pero en una clase de Literatura escribió algo -no me quiso dar detalles- que hizo que la docente se acercara a ella. Solitaria hija de solitarios, el erizo empecinado que era Natalia había tendido un mínimo puente hacia alguien. Más que hablar, la profesora escuchó, miró, sonrió. Le sugirió lecturas. Le habló de algo llamado taller de escritura, le comentó que en la escuela se estaba abriendo uno, a contraturno. La invitó a participar.


Así fue. Una vez por semana, cuando la luz del sol empezaba a ralear, Natalia salía de su casa y reemprendía el camino a la escuela, en busca de los talleres que funcionaban por fuera del horario escolar, en la delicia del edificio semivacío, igual pero distinto del que habitaba cada mañana. Una vez por semana, entre libros, juegos textuales y palabra liberada, recibía la bocanada de oxígeno que le permitía seguir andando. Por entre la maraña de una tristeza que casi se le había vuelto modo de ser, alguien le había lanzado una discreta soga. Ella la tomó con el fervor de los sobrevivientes.Poco tiempo después -justo antes de largarse a viajar-, alguien le habló de Porca tierra y John Berger. "Fue enamoramiento a primera lectura -sonrió-. Empecé con ese libro y no paré más." Por aquello de la madre que "vierte sopa para nuestros días/vierte sueño para la noche/vierte años para mis hijos". Por la voz profundamente amorosa del autor británico, incluso en sus novelas y ensayos más atravesados por la furia o la denuncia.

"Cada vez que leo uno de sus libros siento que querer es posible", me decía la chica que alguna vez dejaría de viajar sola. Y me mostraba las frases que había subrayado en "Madre", uno de los textos de Cada vez que decimos adiós: "El amor, mi madre solía decir, es lo único que cuenta en este mundo. El amor verdadero, solía agregar, para evitar cualquier malentendido"
D. F. I.
Van por ahí, cantando su pregón pop, contagiando a la gente -a todos: a los hombres, a las mujeres, a los chicos, a los viejos, a los negros, a los blancos-, compartiendo su satisfacción por el baile. "Porque estoy feliz" ("Because I'm Happy"), se justificaba hace unos años Pharrell Williams, cuando viralizó su himno optimista, una llamada irrechazable a moverse. Y "No puedo parar" ("Can't stop the feeling"), agrega ahora, un par de años más tarde, Justin Timberlake, comiendo de la misma exitosa receta con efecto chicle: burbujeante y pegadiza. En este sentido (y podríamos discutir si en otros más también), los dos (el negro y el blanco) beben de la misma fuente de la sabiduría: Michael Jackson hizo primero eso de salir por la calle recogiendo a su paso, en cada estribillo, una estela de fieles sólo por el incontrolable afán de bailar. Éste es el tema.

"¿Es gente común?", me pregunta mi hija de 6 y si duda es sólo porque la camarera del bar, el repositor del supermercado, un desencajado oficinista de camisa verde o el niño que está a punto de darse un chapuzón aparecen "adentro" de la tablet. Pero desde esa tarde de verano que, como un resorte, saltó disparada de la butaca del cine para bailar debajo de la pantalla, en plena función de Trolls, ella (en nombre de la envidiable espontaneidad infantil) es para mí la mejor confirmación de que lo que nos pasa por efecto de la música no difiere en nada de lo de aquellos personajes del videoclip.
Con la misma fascinación maternal en la cara, días más tarde en esta cinéfila temporada, veo cómo levanta los brazos por encima de su metro veinte, con los ojos entrecerrados, y siente en el cuerpo el swing de la apertura de La La Land. La escena (cortazariana, aunque ella no sepa ni deba aún saberlo) es en una autopista: la fila de autos se extiende hasta perderse y la espera es persistente, cuando de a uno -conductores, acompañantes, otra vez: ¡todos!- van haciéndose eco de "Another day of sun", el tema que suena en la radio de uno de esos vehículos. Colectivamente, ellos componen la coreografía de un homenaje al musical (y el resto miramos sentados, pero moviendo los pies en los asientos, mientras recordamos por qué queremos tanto a Fred Astaire y Ginger Rogers).

Está científicamente comprobado: cuando la gente baila está feliz. No importa qué esté bailando. Ni si es un profesional o un pata dura. Todos -fisiológicamente hablando- liberan endorfinas y eso quiere decir que sienten placer. Entonces, ¿por qué no bailamos más? En la pugna de emociones, entra en juego, antes que ninguna otra, la vergüenza. "Porque no queremos que otros nos vean", sería la respuesta mayoritaria votada en una encuesta sobre el tema (que las hay), y luego desfilarán las excusas, la pereza, la falta de tiempo (que es real) y hasta un minoritario pero aceptable "porque no me gusta". Pero sépanlo, todos: igual estarán bailando. Según se investigó, el cerebro se comporta de la misma manera y genera las mismas reacciones mientras uno baila, que si tan solo se imagina haciéndolo. Entre tantos otros, en un experimento realizado por una universidad pública de Alicante se ratificó que "bailar o ver a otros bailar nos mantiene joven, activo, con vigor".
El impulso ancestral de la especie humana no está en duda: movemos el cuerpo al ritmo de la música incluso antes que hablar. Por más razones culturales, podríamos hacerlo en honor a Friedrich Nietzsche ("Yo solo creería en un Dios que supiera bailar") o al maestro Edgar Degas y sus magníficas señoritas en tutú. Sobran los ejemplos, de los más elevados a los más accesibles.

"Porque estoy feliz, no puedo dejar de bailar", llevaría escrito el globito : "(Because I'm) Happy, I cant stop the feeling". En representación de los animados Minions, la primera canción fue candidata a un Oscar en 2014, pero perdió contra el himno gélido de Frozen ("Let it go"). La segunda peleará por un premio hoy, cuando en la noche más importante de Hollywood, se mida, entre otras, con "City of Stars", tema principal (incluido en distintas versiones) en la banda de sonido original de la película más nominada de la historia junto con Titanic: la favorita, La La Land. Entonces podría ocurrir, además, que cuando en la transmisión suenen los primeros acordes del piano que aprendió a tocar Ryan Gosling, uno se deje ganar por el instinto y estire la mano para, en medio del living, cursar la casual invitación: ¿bailamos?
C. B.
Cuadriciclo motorizado
En el 1900 apareció el primer vehículo con motor que se vio en Montevideo. Fue importado de Europa y perteneció a los señores Labat y Moreau, dueños de una joyería situada en la avenida 18 de julio. Lo llamaban cuadriciclo a petróleo y se turnaban para manejarlo.
Los primeros exámenes de manejo
A partir del año 1906 se otorgaron registros para conducir en la ciudad de Buenos Aires. El primero lo obtuvo Dalmiro Varela Castex el 11 de abril. En la foto lo vemos posando para el carnet, con su gorra de conductor.
Los siguientes registros se otorgaron a: Francisco A. Cobos, José Rubí, Aurelio Valentini, Eduardo E. García, Manuel Miraz y Arístides P. Baudelá.
Las mujeres recién tuvieron la posibilidad de tramitarlos a partir de 1912. El Nro. 1 fue para Violeta Gath, mientras que el segundo correspondió a Ofelia Gath, ambas hijas del fundador de Gath & Chaves. Luegos las siguieron Teresa Farga, Elvira Jones, Raquel Aldao, Malena Madero de Tornquist, Susana Olivier de Panelo y Haydeé Campos Urquiza, hija de Luis María Campos y nieta de Justo José de Urquiza.

Examen de estacionamiento en el año 1927.

Un conductor rinde examen en 1927.
Malena Madero era cuñada del intendente Joaquín S. de Anchorena, quien no solo entregaba los registros, sino también tomaba los exámenes. De todas maneras, manejaba mejor que muchos hombres, por lo tanto no hubo favoritismo.
Como vemos, el propio intendente tomaba los exámenes de manejo. En el caso de Joaquín S. de Anchorena, es interesante destacar que ¡jamás aprendió a manejar!
D. B.


Si bien creemos que vemos con los ojos y escuchamos con los oídos, lo cierto es que la información proveniente de estos órganos no puede hacer demasiado sin la ayuda de nuestro cerebro. Lo que observamos y oímos no es la copia exacta del mundo externo sino la interpretación que hacemos de esa información sensorial en base a la información del contexto, nuestro estado de ánimo y nuestras experiencias previas. Esta “manera de ver y oír” el mundo exterior requiere del trabajo conjunto de distintas áreas cerebrales.
Como en otros campos, la alteración de este proceso nos ayuda a apreciar su complejidad. El reconocido neurólogo y escritor Oliver Sacks, valorado por difundir y humanizar el conocimiento sobre la neurología, reconoció que él mismo padecía de una extraña condición, aunque, probablemente, más frecuente de lo que se piensa. Sacks no podía identificar a las personas al observar sus caras. No solo lo contó en uno de sus fascinantes libros Los ojos de la mente, en el que a través de su autobiografía se suma a los relatos sobre otros pacientes, sino que también lo expuso en un programa de televisión en el que le presentaban fotos de famosos para probar si las podía reconocer.

Allí mostró las estrategias que ponía en juego para deducir quién era la persona fotografiada. En uno de sus errores confundió a la famosa presentadora de TV Oprah Winfrey con la primera dama de Estados Unidos Michelle Obama, pero logró leer la pomposidad del peinado de la reina de Inglaterra. Sacks tenía un tipo de agnosia visual llamada “prosopagnosia”.
Se denomina “agnosia-visual” al desorden neurológico producido por la falla en el reconocimiento o interpretación visual de la información sin que existan alteraciones en el procesamiento visual-perceptivo básico de características como la forma, el color y el tamaño. Esto quiere decir que las personas con agnosia visual no tienen dificultad en ver las formas, los colores o en determinar diferencias de tamaños entre los objetos que perciben, sino que no son capaces de darle significado a la información visual que obtienen.

Nuestros ojos reciben la información visual en forma de ondas electromagnéticas y se encargan de traducirla en impulsos nerviosos que son enviados al cerebro. Estas señales llegan a las áreas cerebrales visuales, que reciben la información de este tipo de modalidad sensorial y están compuestas por sub-regiones que se especializan en el procesamiento de cierto tipo de información: la percepción del movimiento, del color, de formas, de profundidades, entre otras. Una vez que la información visual es procesada, es transmitida a lo que se denominan “áreas de asociación”, en las que se otorga el significado o sentido a la información visual. En otras palabras, esta información se convierte en algo que podemos reconocer y darle una interpretación en base a nuestra experiencia previa. Las agnosias se producen cuando ocurren daños cerebrales en estas áreas de asociación.

Existen diferentes tipos de agnosias visuales, algunas en donde se afecta, como sufría Sacks, específicamente el reconocimiento de caras, otras involucran particularmente el reconocimiento de estímulos de manera simultánea (simultagnosia) o de escenas complejas y otras en las que se altera la capacidad de lectura (alexia) y frecuentemente, también de escritura. Casos como el del gran Oliver Sacks nos demuestran que todo lo que, a primera vista parece tan simple, requiere de un gran trabajo cerebral
F. M.
Cuál es el tesoro personal de Santiago Kovadloff
El objeto que mantenía el agua caliente para el té es también el resto de un naufragio, ahora convertido en reliquia venerada

Las voces se entrecruzan, se enciman, se persiguen, y juntas llenan el sobrio departamento de la calle Julián Álvarez en el que, cada domingo, los abuelos Ana y Cecilio reciben a sus siete hijos y sus familias. En medio de aquella algarabía salpicada de risas y palabras en ídish, un chico se detiene ante una pequeña mesa de madera oscura ubicada a la entrada del comedor. Allí, sobre un mantel blanco, se alza aquello que lo desvela. Sabe que ese samovar de níquel y cobre que él llama "casita de té" procede de Rusia, un sitio de resonancias exóticas aún impensable para su edad. Sus abuelos lo recibieron al casarse, poco antes de dejar su tierra, y lo trajeron entre su equipaje a la Argentina. "Era un objeto extraño que yo no veía en ninguna de las casas que frecuentaba. Cuando iba a lo de mis abuelos lo miraba fascinado -dice Santiago Kovadloff-. El samovar me hablaba, pero de cosas que sólo entendería mucho después."
Aquello ocurría a mediados del siglo pasado. En 2002, tras la muerte de Fany, la menor de las hermanas de su madre, Kovadloff heredó aquel samovar fabricado en 1898 que ahora resplandece en el comedor de su casa. Ya no tenía 9 años sino 59, pero aquel objeto que amaba todavía encerraba para él más misterios que certezas. Lo enfrentaba, como antes, al enigma del origen. Sus cuatro abuelos habían llegado a la Argentina en la primera década del siglo XX desde lo que luego sería Ucrania, huyendo de los pogroms zaristas. Los cuatro recalaron en Urdinarrain, Entre Ríos. Los paternos, nacidos en Odesa, pasaron mayores apremios que los maternos, que venían de Kiev con el samovar en la valija y abrieron un almacén de ramos generales. Los padres de Santiago crecieron en los campos que rodeaban al pueblo. Se habrán cruzado en alguna fiesta, pero -vueltas del destino- se conocerían después, de grandes, en Buenos Aires.

La rama materna era quizá menos culta, pero encarnaba la expresión de viejas tradiciones y vivencias populares judías. Por eso el samovar contiene, para Kovadloff, tanto la atmósfera animada de las reuniones familiares de la casa de Julián Álvarez como la lucha de un pueblo perseguido, condenado a la errancia. Ese objeto doméstico que mantenía el agua caliente para el té mediante el carbón que se colocaba en su base es también el resto de un naufragio, ahora convertido en reliquia venerada. "En él veo a los hombres y mujeres de Kiev y Odesa que de algún modo fui en quienes me precedieron y hoy me habitan como ceniza residual", dice el filósofo y poeta. La idea de sucesión, señala, hace del pasado algo vivo, proyectado además hacia el futuro. "Así como estamos prefigurados en nuestros mayores, también albergamos ya al que no somos todavía y a quienes serán después a través de nosotros."
En el lento goteo de las generaciones, Kovadloff sabe que algún día el samovar pasará a la casa de su hija Valeria, y después a las de sus nietos. Antes, el escritor, acaso mirándolo como lo hacía de chico, intentará sacarle otros secretos de los muchos que todavía guarda. Hasta ahora, las historias que reunió alrededor de este ícono familiar le han llegado por relato de parientes o por lo que le ha dejado saber su superficie. Sin embargo, sabe que dentro guarda voces olvidadas. Las escuchó cuando era niño.
¿Cuántas historias más podría contarle este samovar posiblemente fabricado en Tula, cuyo uso se extendió en Rusia durante la segunda mitad del siglo XIX, si él supiera frotarlo en el lugar indicado como una lámpara de Aladino? Liberaría relatos de pérdidas y encuentros, de sueños que han quedado en el camino y de otros realizados, pero sobre todo haría sonar de nuevo las piezas que su abuelo Cecilio tocaba en el violín. "Si yo pudiera encontrar el punto exacto -dice Santiago-, esas melodías volverían hasta mí."
H. M. G.
Una Porteña de cien años
El 30 de agosto de 1957, la legendaria locomotora La Porteña ingresó a la estación Once, llevando dos viejos coches con invitados. La ovación para recibirla se mezclaba con los acordes de la “Diana del Parque”, interpretada por los músicos del Regimiento Nº 1 de Infantería Motorizada Patricios. Era parte central del festejo por el centenario de la llegada del ferrocarril a la Argentina. Y no podía faltar la primera locomotora pasando por las vías de aquel pionero Ferrocarril del Oeste. Recordemos que en su viaje inaugural de 1857 partió de la estación cabecera ubicada donde hoy se encuentra el Teatro Colón.
Dante Arroyo, veterano de los maquinistas del por entonces Ferrocarril Sarmiento, condujo a la vieja vaporera que marchaba a unos 25 km/h de promedio. Había partido desde los talleres de Liniers. En Floresta (una de las estaciones centenarias) paró seis minutos; tres en Flores y tres en Caballito. De esta manera, cumplió con el deseo de aquellos vecinos de la Capital Federal que querían ver de cerca esa histórica silueta, negra y añosa.

Media hora antes del mediodía arribó a la estación cabecera donde se había erigido un palco para las autoridades en el andén 6. El maquinista, junto con el foguista Juan Ricci, ambos con 32 años en los trenes, llevaron un ramo de flores al Ministro de Transportes, contraalmirante Sadi E. Bonnet.
Siguieron los discursos de todo acto, la entrega de medallas a obreros y empleados de los ferrocarriles que cumplieron cuarenta años de servicio, pero lo más importante era ella: la pequeña locomotora de cuatro ruedas motrices embanderada de gala un siglo después de su primera corrida oficial.
Hoy la mítica locomotora recibe a los visitantes del Museo del Transporte, a metros de la Basílica de Luján.
D. B.

Se reeditará la literatura completa de la gran Carson McCullers
La persiguió el Ku Klux Klan por apoyar la causa de los negros contra el apartheid; mantuvo romances con escritoras, como la portentosa Katherine Ann Porter; la retrató Henri-Cartier Bresson y conversó largamente con el poeta W. H. Auden; escribió una obra maestra a los 23 años y se convirtió en una de las plumas ebrias más sofisticadas de la literatura estadounidense. Su obra completa es intensa como un rayo: El corazón es un cazador solitario (1940), Reflejos en un ojo dorado (1941), Frankie y la boda (1943), La balada del café triste (1943), Reloj sin manecillas (1961), cuentos, una autobiografía inacabada, poemas breves y una obra teatral.
Carson McCullers.
El escritor argentino Rodrigo Fresán escribió que toda la obra de Carson McCullers (1917-1967) versa sobre "el amor, como la más inexacta e implacable de las ciencias". Nació cien años atrás en Georgia y murió cincuenta años después en Nueva York. Este año se cumplen ambos aniversarios de la escritora que narró poética y políticamente escenas del sur profundo de Estados Unidos.

"Tal vez la prosa, la poesía de la niña prodigio que podía ejecutar con doce años la segunda rapsodia húngara de Liszt, no sea otra cosa que una gran partitura musical -aventura la escritora y traductora Vivian Lofiego-. Su madre quería que fuese música, pero Carson, sola en Nueva York con 18 años y habiendo extraviado el dinero para su estadía en una ciudad desconocida, decide que será escritora. Sella su pacto de autonomía cuando sale a trabajar y conoce a Reeves McCullers, joven soldado y aspirante a escritor. Se besan, se casan y, como en su segunda novela, seguirán para ella los interrogantes sobre el modo de acceder a la edad adulta sin perder la mirada inocente."

Los interrogantes planteados por su literatura sobre el misterio del amor, la vida, la tristeza y la aceptación de los otros (y de sí mismo como otro) reverberarán por siempre. Si se buscan, sus libros se encuentran. Para los lectores con paciencia, Seix Barral anunció que publicará en junio su obra completa, prologada por narradores en lengua española: Paulina Flores, Cristina Morales y Jesús Carrasco, Rodrigo Fresán, Elvira Lindo y Elena Poniatowska. Saldrá también un epílogo escrito por Tennessee Williams, uno de los grandes amigos sureños de Carson McCullers.
D. G.