viernes, 29 de junio de 2018

AMIGOS DE LA UNIVERSIDAD DE TEL AVIV






AMIGOS DE LA UNIVERSIDAD DE TEL AVIV EN ARGENTINA

Y las dos Cámaras de la Industria Argentina del Software y Tecnología

ARGENCON y CESSI

Invitan a participar del

Desayuno Ejecutivo:

CIBERSEGURIDAD EN ISRAEL:

¿QUE PUEDE APRENDER ARGENTINA?

A cargo de uno de los principales expertos israelíes

Prof. ISAAC BEN ISRAEL

Presidente del Consejo Nacional de Investigación y Desarrollo de Israel
Fundador de la Oficina Nacional de Ciberseguridad de Israel
Presidente de la Agencia Espacial Israelí
Director del Centro de Ciencia, Tecnología y Ciberseguridad de la Universidad de Tel Aviv
CEO y Fundador de la empresa RAY TOP Technologies

Martes 3 de julio de 2018 - 9 a 11 hs.

Hotel Panamericano – Salón Patagonia 2° piso

Actividad arancelada
Todo lo recaudado será destinado a un fondo de becas

Inscripción en el siguiente link:
https://ciberseguridadenisrael.eventbrite.com.ar

CUPOS LIMITADOS

Informes: info@auta.org.ar / 4833-7090

BUENOS AIRES INFORMA

Una manera dinámica de informarse y relacionarse con las noticias de Buenos Aires

PENSAMIENTOS COMPLEJOS

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Todo el mundo se equivoca, ¿cierto? Así es, todos cometemos errores. Fantástico. Pero como ocurre con otras cosas importantes, no existe ninguna asignatura que nos enseñe a meter la pata.
No, un momento, tal vez me expresé mal. No hay forma de equivocarse bien. De cometer errores mejores. Y, por cierto, hay fallas fatales. Así que sería un poco contradictorio, si no acaso evolutivamente inconveniente, el tratar de hacer las cosas lo peor posible.
Me refiero, más bien, a una disciplina que nos entrene desde pequeños a aprovechar la riqueza que se esconde en los errores. Como mucho, nos enseñan, con resignación redundante, que nadie es perfecto. Vaya novedad. La cuestión es por qué no somos perfectos.
Bueno, por un lado, porque resultaríamos insufribles. Pero hay algo más. La evolución tiende a eliminar todo aquello que no cumple ninguna función, y el error no se ha transformado en un apéndice en vías de extinción. Por el contrario, forma parte de nuestra vida diaria.
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Los errores están siempre ahí. Algunos son menores. Otros, más serios. Algunos se basan en la ignorancia. Otros son fruto de la negligencia, la distracción o la impericia. Somos muy creativos al fallar, y muy fecundos. No es casual. Se trata de una de nuestras facultades mentales más avanzadas. Resulta un poco difícil imaginar que una bacteria se equivoque. Viceversa, uno puede ver perros y gatos cometer errores cada tanto. Pocos, es verdad, pero a medida que aumenta la complejidad de los organismos, las equivocaciones se hacen cada vez más presentes.
Sin embargo, desde niños nos adoctrinan para lidiar con este asunto de una forma emocional, casi siempre cargándonos de culpa. Es algo innecesario e inútil. A nadie le gusta equivocarse, y lo primero que sentimos al cometer un error es una gran frustración.
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Se trata de una de sus funciones básicas. Desarrolla nuestra tolerancia a la frustración. Es una destreza clave, porque si conseguimos sobreponernos y volvemos a intentarlo, el error producirá su segunda y más fructífera alquimia: nos motivará a hacerlo bien.
Desde luego, existen muchas otras formas de aprender, aparte del ensayo y error. Pero la práctica hace al maestro, y practicar es equivocarse de forma sistemática. Hasta rozar cada tanto la inasible perfección.
Hay errores que conducen a descubrimientos revolucionarios y otros que son burda y letal mala praxis. No hablo de estos, sino de la pequeña, cotidiana e inofensiva metida de pata que tanto nos amarga.
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Los periodistas somos estudiosos de las equivocaciones. La razón es simple: salen publicadas. No se imaginan cuánto duele ver una metida de pata histórica en letra de molde y saber que circulan cientos de miles de copias. Recuerdo mi primera errata épica. Muy suelto de cuerpo traduje mal Geneva y salió publicado que Génova tenía un nuevo y más potente acelerador de partículas. Cuando me recobré, y luego de varias docenas de cartas de lectores en las que me calificaban de un montón de cosas irreproducibles, tracé el camino de ese error. Me pregunté cómo se había originado. Es un proceso estándar en ciertas disciplinas, pero no es algo que nos enseñen en la escuela primaria. A la equivocación se la esconde o se la castiga, pero no se la interroga. Craso error.
Descubrí que buena parte de las fallas se siembran. Arrancan mucho antes de consumarse. Suelen resultar de una constelación de pequeños errores, y detonan solo si se combinan en ciertas condiciones y en un orden específico.
Nunca olvidé la lección de Ginebra, como la llamo: chequear siempre cada dato, aunque sea obvio, aunque haya una sola letra de diferencia. Aunque parezca por completo ocioso.
Esto ocurrió hace más de 30 años, y desde entonces concibo el error menos como una falla que como un maestro. Uno al que conviene escuchar con atención.

A. T.

FRIEDRICH NIETZSCHE

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Como cualquier migrañoso, Friedrich Nietzsche tenía sus propias supersticiones acerca de cómo escapar del dolor; ya no mitigarlo, sino directamente faltar a la cita con él. Cada uno sabrá qué cosa predispone al ataque.
En cuanto a Nietzsche, él siempre había dicho que la parte más importante de un filósofo era la nariz, y es justamente por ahí -aunque tal vez esto sea una presunción mía- por donde uno percibe el clima, aun antes de sentir una temperatura. La metáfora del "clima" es muy frecuente en los escritos de Nietzsche. En su diatriba El caso Wagner, por ejemplo, dice que la música wagneriana se llevaba su "buen clima". El mal clima era justamente aquello que le producía migrañas. Leipzig, Basilea, Turingia, lo enfermaban. En Turín, por el contrario, estaba como en casa, con la exacta humedad del aire: "Desde el centro de la ciudad puede uno divisar los Alpes cubiertos de nieve. ¡Las avenidas parecen correr rectas hacia ellos! El aire seco es sublimemente claro". Según nos cuenta Lesley Chamberlain en el libro Nietzsche en Turín. Una biografía íntima, le gustaban los cafés, los edificios del siglo XVIII, caminar a orillas del Po, a la derecha y a la izquierda del Ponte Vittorio Emanuele.
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Es notable que de ese ambiente de serenidad salieran sus escritos más beligerantes. Dinamita, en sus propias palabras. No solamente El caso Wagner, sino también Ecce homo. Hay todavía en la casa donde él vivió una placa que recuerda la escritura de esa especie de lunática autobiografía intelectual en la que no deja de preguntarse "¿Se me ha comprendido?". El derrumbe mental estaba a la vuelta de la esquina.
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El 3 de enero de 1889 -acaso un día antes, acaso un día después- Nietzsche, bañado en lágrimas, se abrazó al cuello de un caballo de tiro al que maltrataban a latigazos. Fue en algún lugar de la Via Po. Según Chamberlain, cayó también el filósofo y perdió momentáneamente el sentido. Poco tiempo después, quedaría recluido, perdido para el mundo. Los registros médicos de esa década que lo separaba de la muerte son desoladores.
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¿Por qué este episodio es más filosófico que biográfico? Ese impulso último, de extrema conmiseración de un solitario de toda soledad al que el mundo le daba la espalda, contradijo su repetido desdén por los débiles. Borges llegó a decir una vez que la de Nietzsche era una filosofía para matones.
Pero no por nada el propio Nietzsche dijo, precisamente en Ecce homo: "Una cosa soy yo, otra cosa son mis escritos".
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Es cierto que, incluso como crítica de la modernidad, su pensamiento asistemático resulta finalmente menos sostenible que el estilo en el que lo despliega. Y es cierto también que ese estilo, por lo general fragmentario, habilitó interpretaciones de todo tipo. Por mencionar dos casos: el Nietzsche de Martin Heidegger no es el Nietzsche de Gilles Deleuze, y los dos son al mismo tiempo Nietzsche.
Está siempre el filósofo de lo dionisíaco y el crítico furibundo de Sócrates. Pero él mismo tuvo que reconocer: "Estoy tan cerca de Sócrates que sostengo una lucha constante con él".
El episodio de Turín es crucial y para nada ajeno a esta relación volátil con Sócrates. Romano Guardini la descubrió en el excepcional La muerte de Sócrates. Allí indicaba que el dionisismo sustancial de Sócrates trazaba una línea de superioridad moral que iba en dirección inevitable hacia la "buena nueva" cristiana.
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Es muy probable que Nietzsche intuyera eso desde muy temprano, ya en sus tiempos de filólogo, y que, por eso mismo, librara una resistencia sin cuartel con esa constatación. Eso: hasta el caballo de Turín. No deja de ser fascinante que aquello a lo que el filósofo se rindió finalmente no quedara por escrito, sino como un fugaz gesto público. En ese abrazo, el filósofo había descubierto la piedad. No necesitó más.

P. G.