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miércoles, 25 de enero de 2017

CERRAR LAS BRECHAS DIGITALES


El desafío laboral de las máquinas inteligentes
La revolución digital está acelerando el cambio de perfil hacia los servicios; además, no habrá menos trabajo en el futuro, pero sí será distinto
Guillermo D'Andrea
Los robots salieron de las líneas de producción y ya se enseñan entre ellos.
Haga una prueba: busque un libro, revista o diario entre el público de un medio de transporte o una sala de espera, o una cámara de fotos en cualquier lugar turístico: verá mayoría de pantallas. El avance tecnológico es fascinante, pero como con el rostro de Medusa, corremos peligro de quedar petrificados de solo mirarlo asombrados.
La velocidad del progreso genera instrumentos cada vez más pequeños, potentes y amigables, y a la vez más accesibles económicamente, haciendo realidad fantasías de hace un par de décadas, que ya han ocurrido o son previsibles a corto plazo, desde autos sin chofer hasta ropa inteligente. Pero la fascinación del cambio en nuestra vida personal y laboral nos esconde el alcance de sus consecuencias sociales, demorando la reacción necesaria para absorberlas.
La economía colaborativa trae la uberización de sectores, como el traslado de personas o el alquiler de viviendas por pequeños plazos de Airbnb, que, más allá de los ajustes requeridos en más de una ciudad, revoluciona sectores completos, destapando y valorizando capacidades ociosas y cambiando nociones de propiedad: ¿hasta qué punto es necesario tener un auto que va a estar detenido la mayor parte del tiempo? Servicios como Yugo en Barcelona y otras ciudades europeas ofrecen motos estacionadas por la ciudad, que se pagan sólo por el rato de uso y luego se dejan para el siguiente asociado que la reserva y pone la sesión en marcha a través de su teléfono inteligente. Es la revolución de las redes digitales, que, cuanto más densas (gracias a los celulares inteligentes), más enriquecen servicios de trafico fluido como Waze. Combinando geolocalización, interconexión y robots, crean sistemas complejos que funcionan desde un teléfono, con un mapa interactivo y un robot que habla con naturalidad en el idioma elegido.


Así, casi sin darnos cuenta, dejamos de lado el videoclub, el centro musical, los discos y CD por la comodidad del streaming, el cine o la televisión, porque vemos películas y leemos el diario en pantallas o en el celular, que nos acompaña todo el día y nos asiste como reloj, calculadora, mapa y cámara de fotos, y nos entretiene, informa y mantiene en constante comunicación con amigos y trabajo a través de las redes digitales.
Los robots salieron de las líneas de producción y ya se enseñan entre ellos. Nos asisten en nuestros ejercicios y programas de salud, nos atienden cada vez mejor en la compra de entradas de cine u otros servicios, y nos anuncian autos sin conductor, robots periodistas, asistentes legales y médicos para diagnósticos y seguimiento. La producción cambia con impresoras que generan piezas, repuestos a domicilio, instrumentos musicales y hasta proyectan "imprimir" viviendas en tamaño real. Las casas apuntan a ser inteligentes y las fuentes renovables se basan en la interacción de robots con tecnologías, que van desde la jardinería, el transporte y la energía, hasta la agricultura o la medicina, reemplazando el trabajo personal con la asistencia de robots.
De este modo casi lúdico se instala el cambio digital entre nosotros de un modo cada vez más generalizado y a la vez sutil, y modifica el futuro del trabajo. Seremos más asistidos por medios digitales y el avance de robots en la manufactura restará demanda de mano de obra. Tendremos más tiempo y en este ocio forzado el trabajo humano se orientará hacia la economía de servicios o el manejo y la gestión de tecnologías, demandando capacidades distintas de las de la industrialización que estamos abandonando, como muy bien describen Erik Brynjolfsson y Andrew McAfee en La segunda era de las maquinas.


Cruzar esa brecha no será sencillo, especialmente en países con economías menos competitivas y dinámicas, que no podrán crear nuevos puestos de trabajo con la velocidad requerida para absorber los nuevos desempleados. Seguramente veremos nuevas manifestaciones de taxistas condenando a Uber y reviviendo a los luditas que en el siglo 18 rompían telares en rechazo a la incipiente industrialización que amenazaba a las tejedoras domésticas.
Más allá de la explicable frustración, es imperativo revisar las pautas de educación y capacitación para desempeñarse en el mundo digital que está a la puerta, y difícilmente este desafío pueda ser cubierto a tiempo sólo por la iniciativa pública. La educación generalizada del siglo de la ilustración preparó generaciones para desempeñarse en múltiples trabajos y especialidades, pero la revolución digital acelera el cambio de perfil hacia los servicios. No es que habrá menos trabajo, pero será distinto, con más énfasis en el servicio y la relación personal. Es imprescindible anticipar los cambios para ajustar la preparación de la fuerza laboral, como hizo Robert Reich en El trabajo de las naciones, ya que la velocidad digital deja poco margen para preparar a las nuevas generaciones y volver a entrenar a la actual, aunque, al mismo tiempo, provee de herramientas más efectivas para capacitar a distancia con efectividad.


Los planes de educación en países como Singapur o Estados Unidos buscan adecuar las nuevas generaciones a la realidad del siglo XXI, para lo cual incluyen líneas de trabajo en ciencia, tecnología, matemáticas, arte e ingeniería, que van desarrollándose a lo largo de toda la escuela primaria y secundaria. Pero en nuestro entorno, que arrastra brechas crecientes de educación tanto internas como respecto del exterior, el reemplazo de personas por tecnología deberá ir acompañado con planes en los cuales las empresas complementen el esfuerzo de la educación pública con prácticas de trabajo y programas internos de capacitación y reentrenamiento, de modo de cerrar la previsible brecha de desempleo, alimentada por la menor demanda de trabajo industrial y la oferta con deficiencias de capacitación.
La complementación de la educación formal con becas de primer trabajo y entrenamiento de capacidades en la tarea, no sólo aportarán un necesario enfoque de educación continua y práctica, sino que mejorarán la calidad de los trabajadores, harán más atractivo el trabajo por la perspectiva de mejora y disminuirán la rotación y el descontento laboral.



Si hay un aspecto en que la colaboración público-privada es imprescindible y urgente es este de cerrar la brecha digital en las generaciones actuales en actividad y en las futuras, ampliando la perspectiva de la empresa. La complejidad que está adquiriendo el contexto exige de las empresas un rol como actor social que va más allá del operador económico, con influencia decisiva en la formación de valor y su distribución en la sociedad. A la creación de empleo hay que agregarle la formación continua y sistemática de capacidades en los trabajadores. De otro modo seremos testigos del lado negativo de la tecnología: el malestar social producto del desempleo y falta de oportunidades para quienes no estén equipados para trabajar en el siglo XXI, y el retroceso de la competitividad del país en el contexto global.



Guillermo D'Andrea
El autor es profesor de Dirección de Empresas en el IAE

domingo, 25 de diciembre de 2016

EL RIESGO DE LOS ALICUÉNCANO


Nativos digitales que naufragan en el mar de la Web
El mero hecho de haber nacido rodeados de dispositivos y pantallas no implica conocer su uso adecuado
Pueblan desde hace siglos los bestiarios, esos catálogos de especies imposibles. Algunos de los más hermosos (la mantícora, el kraken, las lamias, el A Bao A Q) fueron recogidos por Borges en su Libro de los seres imaginarios.

 Sin embargo, ninguno de esos compendios registra al alicuéncano. Este es un bichito de lo más simpático, con grandes orejas peludas, cola espinada y trompa parecida a la de un oso hormiguero. Alguna vez, un profesor de escuela media les pidió a sus alumnos que investigaran sobre él. Días después, los chicos volvieron a clase cargados de datos: peso, forma, hábitats y hasta reproducciones de sus huellas. Cuál no sería la sorpresa de los chicos al enterarse de que todo había sido un simulacro creado por el profesor para hablar de lo verdaderamente importante: los peligros de confiar a ciegas en Internet.

Sin embargo, con la llegada hace dos décadas de las todavía llamadas "nuevas tecnologías" parecería haber brotado mágicamente una especie casi tan insólita como aquella, pero bastante menos cuestionada: el "nativo digital". Esto es, una criatura que por el solo hecho de haber nacido rodeada de dispositivos y pantallas, lo sabría todo y más sobre ellos. Pero como acaba de verificar un reciente estudio de la Fundación Microsoft sobre nuevas brechas digitales, las hipotéticas competencias de los no menos hipotéticos "nativos" dejarían bastante que desear. Así, se lee en el trabajo, "9 de cada 10 alumnos admiten que no investigan cada vez que tienen que hacer tarea con información de la Web y sólo 1 de cada 10 adolescentes es capaz de diferenciar anuncios de contenidos. El 50% considera que programar es conocer Word y Excel". Aunque tal vez lo más inquietante de todo sea que casi la mitad de los encuestados crea que todo lo que se publica en Internet es "verdadero". El alicuéncano, por caso.


Pero, ¿a qué el asombro? Hace ya años que los docentes vienen advirtiendo sobre la ficción en marcha. Que nadie nace "sabiendo" nada. Que la igualdad no se conecta, sino que -y en todo caso- se construye desde muchos otros espacios. Y que sus alumnos suelen darles a los dispositivos usos no sólo atravesados por las diferencias sociales, sino también bastante acotados. "La idea de que los niños, por el solo hecho de haber nacido rodeados de dispositivos digitales, poseen un dominio de ellos superior al de los adultos fue sumamente dañina en el campo de la educación", comenta al respecto Alejandro Tortolini, miembro de Educación Abierta y docente del proyecto Aulas Interactivas de la Universidad de San Andrés.
"Esa idea fue lanzada por Mark Prensky en Estados Unidos en 2003, y aquí se la difundió como una verdad absoluta desde el sitio educativo oficial Educ.ar. Pero en las aulas se verificaba que la realidad era muy distinta: los chicos sabían hacer muy bien cuatro o cinco cosas y desconocían absolutamente todo lo demás. Hoy, hasta el mismo Prensky reconoce que la relación de los niños con la tecnología no es como la describió en esos años."


Así lo confirma también el profesor de informática Enrique Quagliano, quien desde Santa Fe precisa que "los chicos necesitan aprender a pensar más que a usar un aparato. En mi provincia se da la paradoja de que nuestros chicos podrían cursar todo el secundario sin tocar jamás una computadora. No existe el espacio curricular Informática y sus contenidos pasaron a formar parte de uno de los ejes de un espacio nuevo con una carga horaria de dos horas en primer año y dos más en segundo. Y eso es todo. Los alumnos tranquilamente pueden pasar por las aulas sin usar siquiera una PC", alerta.
Por otro lado, y como sostiene la doctora en comunicación Roxana Cabello, coordinadora del Observatorio de Usos de Medios Interactivos de la Universidad Nacional de General San Martín, la supuesta homogeneidad que presupone hablar de "nativos digitales" se estrella contra la realidad de una nueva brecha tecnológica. Una que ya no tiene tanto que ver con el acceso a los dispositivos, sino más bien con el uso que se pueda hacer o no de ellos. Algo que, según Cabello, suele replicar las diferencias sociales. Así, dice, "hay adolescentes de sectores sociales más acomodados que desarrollan prácticas en las distintas capas de Internet (personalizan espacios en la nube, realizan actividades que involucran programaciones y desarrollan vidas en universos simulados, entre otras alternativas). Los adolescentes de sectores menos favorecidos, en cambio, aun en la Web no extienden demasiado las fronteras del mundo en el que se mueven en la vida real".


La brecha digital, hoy, parecería pues no ser tanto divisoria entre los que acceden a dispositivos y los que no, sino más bien entre distintos repertorios de posibilidades y pericias. Entre el "cortar y pegar" que, según el estudio antes citado, agota las opciones en algunos casos, y la posibilidad de buscar información, contrastarla y usarla creativamente para generar algo nuevo y original. De esa diferencia surge también una pregunta: ¿qué rol les cabe a los adultos en este estado de cosas? ¿Cómo fue que alguna vez dejamos que los chicos comenzaran a creer que "hacer la tarea" se redujera a abrir un buscador, cargar la pregunta y copiar la respuesta? ¿Hasta qué punto el mito aquel del "nativo digital" no nos empujó a dejar a los chicos demasiado a solas con las máquinas, como si creyéramos que por alguna forma de ósmosis podrían sin más "aprender"? ¿Sabemos acaso cuántas nuevas versiones del alicuéncano patrullan hoy la Red, anidando a la sombra de cada adulto ausente?
Justamente por eso, precisa la psiquiatra especializada en adolescentes Graciela Moreschi, "la educación debería consistir, hoy más que nunca, en enseñar a usar la tecnología y a tener pensamiento crítico. Pero la escuela está lejos de dar lo que realmente importa: capacidad de generar preguntas en lugar de buscar respuestas. Y mientras no se cambie la forma de enseñar y los contenidos de la educación, no habrá mejoras", dice.



A hacer un uso creativo de la tecnología no se aprende sin un otro allí; a razonar, todavía menos. Si hoy son cada vez más los adolescentes que creen en lo que dice Internet, eso habla de una sola cosa: de que nunca hubo nadie allí que los ayudara a cambiar de idea. Al respecto, el experto en culturas juveniles Sergio Balardini apunta que "hoy, para validar la información, es necesario enseñar a seleccionar, poner en contraste, debatir. Y la pregunta es quién enseña estas prácticas. Aquí tenemos un déficit que debe ser saldado. Porque ya no estamos en tiempos de escasez de fuentes, sino de sobreabundancia", advierte.
También en ese sentido, el experimento del alicuéncano fue revelador. Los alumnos recién notaron que la pata del animal dibujado no coincidía ni por asomo con la huella supuestamente "auténtica" cuando un interlocutor les preguntó al respecto. Un diálogo: así es como suele comenzar todo aprendizaje. Como se cierran todas las brechas. Como se termina, también, con todas las especies imaginarias.

F. S.