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viernes, 30 de diciembre de 2016

LIBROS CON IMÁGENES....LECTURA RECOMENDADA


Dúos entre escritura y artes visuales
Una serie de proyectos editoriales recupera la convivencia de texto e imagen en objetos que admiten ser leídos y mirados por igual; de Alberti y Ferrari a los autores más jóvenes
Los libros ilustrados no siempre estuvieron dedicados exclusivamente a los niños, sobre todo porque la niñez, como un destinatario específico del mercado editorial, tiene aún pocos siglos de vida. Desde el antiguo Egipto hasta las experimentaciones gráficas de los surrealistas, pasando por los bestiarios medievales y los libros de viajeros del siglo XIX, la convivencia ente textos e imágenes era armónica. Pese a los frecuentes ataques iconoclastas que despojaban la imagen de valores cognitivos, la coexistencia entre ambos códigos -escribir, dibujar- perdura en el tiempo más allá del arte de tapa.
En la Argentina, la publicación de libros con autor de dos cabezas (un escritor y un artista o un escritor-artista, como, solo en la cima, Hugo Padeletti) tiene su tradición. El Martín Fierro quizá mantenga el récord: Carlos Alonso, Juan Carlos Castagnino, Adolfo Bellocq, Ricardo Carpani y hasta Roberto Fontanarrosa aportaron sus creaciones al poema nacional por antonomasia, escrito por José Hernández. Cuentos de Borges y de Cortázar fueron transpuestos a historietas por artistas destacados del género: José Muñoz, Alberto Breccia y Carlos Nine. Pocas semanas atrás, el lanzamiento de un nuevo sello, Leteo, sorprendió con un libro de cuentos de Pedro B. Rey acompañados por dibujos de Eduardo Stupía.
Muchos Libros Felices apuesta a la amistad.
¿Cómo se produce esa amalgama entre artes? La serie Muchos Libros Felices, que lleva adelante el diseñador Fabián Muggieri, brinda algunas pistas sobre esa alianza. En la primavera de 2016, ese proyecto editorial creado en 2013 editó tres pequeños libros, en los que se entrecruzan poemas, crónicas, canciones y narrativa con artes visuales. MDF había nacido en la Web en 2011 y aún conserva su espíritu, definido por los lazos de amistad y la apuesta a la creación. "No hay un cronograma editorial, sino la intención de editar en diversos formatos cuando las ganas de ver el material en la calle lo requieran", dice Muggieri. Aún sigue en pie el proyecto de editar el libro de aquellos días felices de la página web. "2017 quizá sea el año de la concreción", adelanta Muggieri. "Mientras tanto, por una cuestión de energía y costos, las ediciones son de pequeño formato." En 2014, el primer título de la editorial fue Morón, el cuarto libro del poeta Juan Fernando García, acompañado por fotos de Muggieri, y este año, la colección de tres títulos de la serie Qué Suerte que Viniste.


Lo pequeño no quita lo cortés. En los tres libros, el eje es el amor. En Zoológico. Poemas, dibujos, animales, García preparó una antología de poemas y la artista chilena Francisca Yáñez sumó un elenco de animales coloreados de manera lisérgica. Los poetas de ese volumen son figuras clave de la poesía contemporánea local: desde el gran Francisco Madariaga hasta Alicia Genovese. Oleaje reúne prosas poéticas inéditas de la poeta cordobesa-fueguina Niní Bernardello, con grabados que se superponen con los textos. Al estar impresos en el sistema Risograph, se logra un resultado similar a la serigrafía. El tercer libro, Viernes de chicas, concreta en libro otra forma del amor: los poemas de Andi Nachon están ilustrados por su hija.
De a dos
La Marca Editora lanzó una nueva colección, bautizada Dúo. Un Escritor & Un Artista, compuesta por ahora por dos libros binarios: textos de poetas o filósofos, como Rafael Alberti y Jean-Luc Nancy, y dibujos o reproducciones de obras de, respectivamente, León Ferrari y Antonio Seguí. Los libros están impresos de manera impecable con tapas de cartón y un papel de primera calidad. Sobre todo en el caso del tándem Alberti-Ferrari (que fueron amigos durante años), la coexistencia de imágenes, cartas, poemas y "dibujos alfabéticos" constituye una unidad. Alberti vivió exiliado en la Argentina durante más de veinte años. Con Ferrari, editaron en 1964 Escrito en el aire, que incluye poemas de Alberti y dibujos de Ferrari. La edición actual añade además las cartas de Alberti a su amigo argentino.

Rafael Alberti por León Ferrari, y viceversa
Otra editorial, con sede en La Plata, acaba de publicar No tenemos apuro, un conjunto de cuentos de Carolina Bruck con dibujos que se intercalan entre las historias, urbanas y alocadas, de la narradora platense. "La inclusión de las ilustraciones surgió como una idea de la autora -dice Francisco Magallanes, del sello Club Hem-. Propusimos a Gabriel Lamoretti, con quien habíamos trabajado en otras oportunidades y de quien conocemos muy bien su obra. Se le propuso que se hiciera su propia lectura de los cuentos y generara metarrelatos a partir de los relatos de Bruck." Para Magallanes, ése es el principal aporte de los artistas: proponer lecturas de los textos.
Maximiliano Masuelli y Ana Wandzik, editores del sello rosarino Iván Rosado, publicaron Nuestra difícil juventud, con poemas de Francisco Garamona y dibujos de Vicente Grondona. Ambos coinciden con sus colegas de Club Hem. "No pensamos mucho en el formato de libro ilustrado -dicen-. En las publicaciones que hacemos el dibujo no aparece como ilustración del texto, sino como otro elemento narrativo que puede intervenir con independencia, abriendo otros órdenes de lectura."

Laura Haimovichi tiene experiencia en trabajar con artistas. Con el rosarino Adolfo Nigro publicaron cuatro libros de poemas y grabados. Este año, Haimovichi hizo lo propio (escribir) en Laetitia, el libro en que comparte autoría con el pintor entrerriano Julio Lavallén. "Lo conocí a través de un amigo común que quiso reunirnos para que hiciéramos algo juntos -cuenta-. Surgió la idea de compartir una experiencia: Laetitia es el nombre de la modelo y su cuerpo sin ropa fue el disparador de una maratón plástica, textual, fílmica y fotográfica que cinco años después se convirtió en el libro homónimo."
En uno de los poemas de Un bosque oriental, el libro de Silvina Mercadal publicado por Alción, un verso parece aludir a la conjunción creativa: "Manjares duplicados". El libro de Mercadal incluye en su interior ilustraciones en tinta de Mauro Cesari. "Con Mauro un día comenzamos a desplegar los poemas con los grafismos, mientras buscábamos una estructura." Para la poeta cordobesa, lo enriquecedor del proceso fue que de momentos disociados se produjo en conjunto el corpus textual. "Escribí los poemas, Mauro ofreció mestizar palabra-grafía, un día hicimos el juego de composición", resume. De procesos creativos semejantes están hechas las búsquedas actuales más interesantes de escritores, artistas y editores.

jueves, 29 de diciembre de 2016

MI 1º VEZ COMO LECTOR


Era hora de dejar las historietas y empezar a leer libros. Así que, en el verano de 1968, depositaron en mis manos Tarzán de los monos. Juro que lo intenté. Pero, ¿qué podía tener de interesante, para un chico de 7 años de la ciudad de Buenos Aires, la historia del hijo de dos aristócratas británicos criado por una tribu de primates en el África? Nada. Peor aún, el volumen era grueso y pesado, y estaba impreso con tipografía diminuta. Seis meses después, volvieron a la carga, esta vez con Veinte mil leguas de viaje submarino. El argumento prometía, pero el francés, ¡ay!, no es fácil de traducir, y aquella versión era tan suave como un piedrazo. Tampoco pude con él.
Empezaba a asustarme. En casa los libros eran venerados, veía a mis padres leer durante horas e incluso teníamos un cuarto repleto de volúmenes al que llamábamos La Biblioteca. Era evidente, sin embargo, que yo no había nacido para las letras.
Mi curiosidad siempre fue un incordio. Mi etapa de los por qué había causado varias crisis familiares, lo mismo que mis insolentes averiguaciones sobre casi todo, desde la creación del mundo hasta la rara costumbre que tenían las mujeres de engordar justo antes de que llegaran las cigüeñas (cuya misión, claro, me inspiraba numerosas dudas).
Esa curiosidad me llevaba con frecuencia al desván, en el rellano de la escalera que iba a la terraza. Había allí tal variedad de objetos que, confiaba, nunca terminaría de explorarlo. Una tarde apareció, soterrada bajo cajas de azulejos franceses, utensilios en desuso y herramientas de jardín, una gran lata de como metro y medio de alto. Me costó abrirla, pero, cuando lo logré, el hallazgo fue decepcionante.

 Paquetes de cartas y de fotos, imprecisos compendios de billetes antiguos, de postales y de caracolas marinas, manuales insondables, una máquina para encorchar botellas, sombreros agobiados y almanaques vencidos. Estuve a punto de cerrarla y declararla territorio conquistado, pero, a último momento, vi algo en el fondo que llamó mi atención. Cavé y escarbé, como un arqueólogo de lo baladí, hasta que logré exhumar una colección de libritos pulp, ediciones bien rústicas de no más de 120 páginas, tipografía grande y tapas con naves espaciales, guerreros galácticos, pistolas de rayos, ondulantes princesas marcianas y monstruos extraterrestres. ¡Al fin! ¡Esos eran libros!
Con la convicción de que esa colección no había sido exiliada por error, tentado de husmear una obra que presumía prohibida, la dejé donde estaba e instalé mi espacio de lectura en la terraza. La táctica me permitía acceder a los libritos y leerlos sin que nadie se enterara.
Pura aventura y con una prosa despojada, tenían el formato perfecto para entrenar el cerebro infantil en esa endemoniada tarea de convertir hileras de dibujitos en imágenes, en escenas, en historias. Recuerdo como si fuera hoy cuando traspuse la página 100. Y cuando terminé mi primer libro. Estaba orgulloso y feliz. Pero, luego de muchos meses, ocurrió lo inevitable. La colección se terminó. Me sentía desolado, y esa desolación era lo mejor que podía estar pasándome. Ahora no estaba obligado a leer. Necesitaba leer.


Con alguna aprensión volví a La Biblioteca, pero esta vez busqué los lomos más coloridos. Allí habitaban Bradbury, Clarke, Asimov, Sturgeon, Van Vogt, Heinlein, Lem. Serían ellos los que, años más tarde, me conducirían a Cervantes, Flaubert, Cortázar, Dostoievski, Kafka. En ese momento, mientras acariciaba mi nuevo tesoro, se me ocurrió una idea. Fui hasta mi madre y le pregunté:
-Mamá, ¿cómo se escribe un libro? -Tras recuperarse de la conmoción, me explicó que simplemente te sentabas y lo escribías.
-Y ponen tu nombre en la tapa -razoné. Mi madre asintió, preocupada. Me quedé pensando un par de días y luego fui al bazar de mi abuelo y le pedí un cuaderno de 100 hojas con tapa dura y una birome azul de trazo grueso. Profético, don Manuel me dijo:
-Venga, llévate varias.

A. T. 

martes, 18 de octubre de 2016

LA HUMANA Y QUERIDA ESCRITURA......¿ESTARÁ MURIENDO?


A los que amamos la letra escrita, los textos de un calígrafo o los trazos del alfabeto chino pueden producirnos un deslumbramiento indescriptible.


Nos desesperan, en cambio, nuestros torpes garabatos tipo médico que receta de urgencia a las tres de la mañana (y los de nuestros descendientes en edad escolar, ni hablar).
Ocurre que la armoniosa escritura que no hace tanto era patrimonio casi de cualquiera que hubiera completado la escuela secundaria se va perdiendo a medida que avanza el uso de computadoras, tablets y teléfonos celulares, dispositivos que no exigen más destreza manual que la de hacer coincidir las yemas de nuestros dedos con las teclas, materiales o virtuales.
Es una pena, pero la escritura a mano, uno de los avances cardinales de la humanidad, está siendo relegada al pasado.

En The history and uncertain future of handwriting, (Bloomsbury, 2016), algo así como “La historia y el incierto futuro de la escritura a mano”, Anne Trubek recorre la aventura que se habría iniciado con las tablillas sumerias, hace alrededor de 5000 años.
La escritura cuneiforme, considerada el primer sistema que permitió registrar palabras y pensamientos, fue inventada en lo que es hoy el sur de Irak.
A lo largo de los siglos, los arqueólogos encontraron cientos de miles de tablillas de arcilla con los signos triangulares que las caracterizan.
Nos encantaría que aquellos antepasados remotos la hubieran imaginado para dejar pistas de su paso por la Tierra, pero al parecer tuvo fines más prosaicos.
Según afirma Georges Jean en La escritura, memoria de la humanidad (Ediciones B, 1998), las que se descubrieron en el templo sumerio de la ciudad de Uruk, en la ribera oriental del Éufrates, contenían largas listas en las que no se hace referencia a otra cosa que a sacos de cereales y cabezas de ganado.

También destaca, por ejemplo, que la comunidad religiosa del templo de Lagash contaba con 18 panaderos, 31 cerveceros, 7 esclavos, un herrero…
Y que los sumerios no sólo habían inventado el dinero, ¡sino también el préstamo con interés!
Como los sumerios, los egipcios usaban sus escuelas sólo para enseñar a escribir, pero únicamente a los varones de familias elegidas.
Los jeroglíficos (“probablemente el más difícil y elaborado sistema de escritura que se haya inventado”, dice Trubek) cautivan por su belleza y se usaron durante 3500 años.
Luego desaparecieron, pero los fenicios, y más tarde los griegos, que creían en la educación para todos, inventaron el alfabeto.
Sócrates creía que la escritura atrofiaría el pensamiento, pero aunque los griegos respetaban más el lenguaje hablado que la escritura, desarrollaron el primer análisis consciente de todos los componentes del lenguaje y el más eficiente para representar sonidos hablados.
Aristóteles, más moderno que Sócrates, decía que las letras habían sido creadas “para poder hablar incluso con los ausentes”.
Si los griegos nos legaron el alfabeto con vocales, los romanos nos dieron las letras y los libros.

Con una destreza que asombra, los copistas de Occidente, que antecedieron a la imprenta de letras móviles, pasaban sentados por lo menos seis horas diarias durante alrededor de tres meses para reproducir un único volumen y tenían prohibido usar velas para calentarse por miedo al fuego.
En Copistas y Filólogos (Gredos, 1986), Leighton Reynolds y Nigel Wilson explican que los escribas medievales no usaban espacios entre palabras, puntuación o párrafos, todos elementos que mejoran la experiencia de la lectura, pero no son necesarios en la oralidad, por lo que sólo se inventaron una vez que la gente se habituó a leer.
“La posición de Sócrates nos recuerda que con la escritura viene la pérdida. Perdemos el cuerpo. Perdemos los gestos. Perdemos también la capacidad de recordar. Y perdemos pequeñas frases injertadas en el lenguaje que nos individualizan”, reflexiona Trubek.

Y agrega que “la letra escrita tiene connotaciones que hacen que su desaparición nos llene de ansiedad. Tanta como la que deben haber sentido en el siglo XVI los monjes que denunciaban los «horrores» del libro impreso”.
Seguramente intentamos recuperar el aliento de esa escritura a mano, ligera y personal, que tan íntimamente nos expresa y que muy probablemente los todavía inimaginables avances digitales de las próximas décadas cubrirán con el piadoso polvo del olvido.