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sábado, 14 de octubre de 2023

PATRIMONIO, LABERINTOS SUBTERRÁNEOS DEBAJO DEL BELLAS ARTES


Los laberintos subterráneos del Bellas Artes, una antigua herencia que sorprende
En la sede del museo nacional más importante funcionó entre 1874 y 1928 el edificio de aguas sanitarias de Buenos Aires
Luisa EstradaOperarios en la Casa de Bombas de Recoleta
En 2022, Daniel Schávelzon y un grupo de arqueólogos descendieron al subsuelo del Museo Nacional de Bellas Artes en busca de las huellas de lo que había sido la Casa de Bombas. Suponían que iban a encontrar restos menores del primer sistema de filtración de agua de la ciudad, pero dieron con un verdadero hallazgo: túneles, escaleras, galerías abovedadas, cisternas: un laberinto subterráneo. Ante esta “herencia antigua y significativa”, Schávelzon llama a recuperar el espacio; el director Andrés Duprat se propone hacer un museo de sitio y, sobre la base de una investigación, ofrecer recorridos para dar a conocer la vida anterior del edificio.
No es exagerado afirmar que en Buenos Aires la realización de obras públicas para la provisión de agua potable fue una cuestión de vida o muerte. En 1867, la epidemia de cólera arrasaba con miles de personas, incluido el vicepresidente Marcos Paz. La crisis provocó una inversión fuerte y rápida para mejorar las condiciones higiénicas.
Los trabajos se iniciaron bajo la dirección de John Coghlan, un ingero niero irlandés que vivió treinta años en la Argentina. En ese entonces, Recoleta era un suburbio poco poblado, formado por terrenos bajos que siglos antes se inundaban por las crecidas del Río de la Plata. Entonces, frente al predio que ocupa el actual Museo de Bellas Artes se colocaron dos caños que se adentraban 600 metros en el agua para llevarla hasta tres depósitos de decantación. Allí la dejaban durante sesenta horas atravesando tres filtros de arena. Había dos bombas de vapor para mover el líquido. Una, del río a los depósitos de asiento y la otra, desde el pozo de agua filtrada hasta la red de distribución domiciliaria.
Pero el sistema pronto colapsó. En 1869, la ciudad contaba con una población de 180.000 habitantes. Frente a la reaparición del cólera y la fiebre amarilla, en 1872 el gobierno aceptó el proyecto del ingenieinglés John Frederick La Trobe Bateman, que había hecho instalaciones de gran envergadura en su país. “Fue una obra fantástica la que hicieron los ingenieros ingleses”, dice Schávelzon. Las obras a cargo de Bateman se inauguraron en 1874 y fueron incorporando otros terrenos lindantes a la primera Casa de Bombas de Recoleta para ubicar nuevos filtros y depósitos. En el inicio del sistema de provisión se encontraba en una torre de toma construida dentro del Río de la Plata adonde entraba el agua para ser conducida por un conducto subterráneo hasta Recoleta. Fue la cañería de mayor longitud construida en el país en su tiempo y llegaba a Recoleta tras recorrer 5700 metros.
En la Casa de Bombas se levantaba el agua hasta los depósitos de decantación. Luego el líquido pasaba a cuatro filtros y se almacenaba en tres cámaras ubicadas debajo de aquéllos hechas con bóvedas de ladrillo. Desde esas cámaras el agua pasaba por un túnel desde donde se enviaba el agua a las cañerías de distribución y salía hacia la red domiciliaria.
“Todavía hay agua en los piletones”, revela Duprat, que bajó a los subsuelos el año pasado en aquella expedición junto con Schávelzon. “Es bastante inaccesible. Hay que pasar por laberintos, entrar por las reservas del museo. Ahora estamos por empezar una obra de ampliación y nuestra idea es facilitar el acceso público a la historia”.
En 1880 Buenos Aires fue declarada capital de la república. Si bien el índice de mortalidad general había disminuido en la última década, los decesos por tifoidea seguían en aumento. La ecuación era sencilla: abundancia de agua corriente y escasez de desagües cloacales. Además, la población seguía en ascenso. El proyecto Bateman preveía la provisión de agua para 400.000 habitantes. Se estimaba que en veinte años Buenos Aires duplicaría la población. Estos números fueron superados enseguida: en el inicio del siglo XX, la ciudad contaba con un radio servido por agua para dos tercios de su población. Se habían concretado los servicios para 700.000 pobladores, mientras que la ciudad llegaba a su primer millón de habitantes.
Mientras tanto, la planta de Recoleta trataba sin éxito de adaptarse a los avances tecnológicos. “Era tecnología vieja”, dice Schávelzon. “Se había pensado para utilizar carbón, y no se podía adaptar a la electricidad. Por eso se lo pasaron a la municipalidad, que lo transformó en parques y construyeron un nuevo lugar”. En 1928 se inauguró el establecimiento San Martín en Palermo, dejando el de Recoleta vacío. Esto trajo otro problema: mantener un complejo de esa envergadura en un área tan importante, que por ser una zona baja e inundable se había transformado en parques, era absurdo y oneroso.
En 1930, el presidente Uriburu nombró al arquitecto Alejandro Bustillo responsable del reciclaje del edificio de Obras Sanitarias para adaptarlo a museo. Bustillo, artífice de edificios como el Hotel Provincial de Mar del Plata y el Hotel Llao Llao de Bariloche, terminó las obras rápidamente, lo que le permitió al museo inaugurar su nueva sede en mayo de 1933. Desde entonces millones de personas disfrutaron de las exposiciones desconociendo el sofisticado sistema subterráneo de circulación de agua bajo sus pies.
“Mi propuesta –cuenta Schávelzon– es hacer visitables estas galerías como parte de la ciudad. Tiene gran valor histórico y patrimonial. Hay medio siglo de historia ahí”.

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