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viernes, 5 de junio de 2020

LUCIANO ROMÁN, OPINIÓN


El otro virus que asoma: el fanatismo

Luciano Román
"Los que dicen que la cuarentena es mala, que prueben con la muerte". Si lo hubiera dicho un comentarista, vaya y pase. Pero lo dijo uno de los máximos referentes del comité de expertos que asesoran al Gobierno en la estrategia contra la pandemia . Cuarentena o muerte. ¿No estaremos simplificando demasiado? El mensaje parece encerrar, además, una idea más peligrosa: no hay discusión posible; el que duda propone el terror; el que se pregunta por los "efectos secundarios" de un tratamiento tan doloroso como invasivo es un mercantilista al que no le importa la vida. ¿Esa es la didáctica que esperamos de los expertos?
Hace unos años un Gobierno cayó en el despropósito de mandar a los científicos a lavar los platos. ¿Hoy algunos científicos nos quieren mandar a callar la boca? Podríamos pensar, para nuestra propia tranquilidad, que solo fue una frase desafortunada, un penoso desliz que no representa más que un equívoco individual. Sin embargo, sería riesgoso desconocer que la pretensión del pensamiento hegemónico y la intolerancia frente a aquellos que plantean dudas, interrogantes y debates es algo que atraviesa la atmósfera de estos días. Muchos, inclusive, se declaran "militantes" de la cuarentena, como si se tratara de una ideología y no de una herramienta (peligrosa, por cierto) para intentar contener el avance de una pandemia. El virus del fanatismo asoma en medio de la incertidumbre .
La cuarentena ha sido, a la luz de los resultados parciales, un tratamiento eficaz, aunque también ha acentuado desigualdades, ha levantado muros y propiciado guetos, además de multiplicar la pobreza y recortar libertades. Ahora nos imponen una "ochentena" que, además, "va a durar lo que tenga que durar", tal como dijo el sábado a la noche el presidente Alberto Fernández . ¿Cuánto? ¿Seis meses? ¿Un año? Desconocer sus secuelas colaterales sería necio.
Pero aun cuando solo nos focalizáramos en sus efectos positivos, ¿alguien se define como militante de la quimioterapia? Y cuando un paciente que debe someterse a un tratamiento de ese tipo plantea sus dudas, sus interrogantes, aún sus temores, ¿qué clase de médico es el que le contesta 'si no te gusta, probá con la muerte'?" La comparación -si se quiere demasiado gruesa- podría ser objetada, porque la cuarentena, al fin y al cabo, no es un tratamiento absolutamente homologado y aplicado con protocolos uniformes, como es la quimioterapia. Los países han aplicado distintos modelos de cuarentena, han tenido en cuenta criterios diferentes, han sido más o menos flexibles. Y es demasiado pronto para "cantar victoria" y comparar resultados.
No es pronto, sin embargo, para estar seguros de que esas diferencias no obedecen a que unos defienden la vida y otros son partidarios de la muerte. Obedecen, en todo caso, a la falta de manuales y de certezas. Frente a eso, todos deberíamos ser más humildes y admitir las preguntas: ¿Hay un plan de salida responsable? ¿Se puede sostener el encierro colectivo sin decir hasta cuándo?
La ciencia es ensayo y error; es aprendizaje y experiencia. Muchos infectólogos y epidemiólogos han tenido la honestidad de admitir que, en el medio de esta pandemia, van tanteando y descubriendo sobre la marcha. ¿Cómo encuadra entonces el dogmatismo de "cuarentena o muerte"? Si el derecho a plantear dudas e interrogantes asiste siempre a una sociedad democrática, se hace mucho más obvio (e inclusive necesario) ante un enorme cúmulo de datos que se ignoran y otro cúmulo de contradicciones que muchas veces nos dejan perplejos. Ni hablar de los errores gubernamentales que echan leña al fuego de la confusión.
Plantear dudas o acatar y agradecer
Hace dos meses nos decían que el tapabocas era innecesario; ahora es imprescindible y obligatorio. En la ciudad de Buenos Aires se puede ir con los chicos los fines de semana a la plaza; en San Isidro o en La Plata, no. Podemos estar con decenas de desconocidos bajo el mismo techo del supermercado, pero no podemos ir solos al consultorio del psicoanalista, ni a visitar a un amigo, ni a la peluquería ni al estudio de un abogado o un contador, aunque en todos esos ámbitos podríamos mantener de sobra el distanciamiento social. Podemos salir a pasear un perro pero no a caminar solos. Se permite abrir las ferreterías pero no las librerías. Opera la Bolsa pero no los tribunales. ¿No podemos plantear dudas? ¿Solo nos cabe acatar y agradecer a un Estado que nos cuida?
Se ha dicho desde la cima del Gobierno, que " angustia debería provocar un Estado que nos abandone, no un Estado que se ocupa de todos ". ¿Nos van a decir también cuáles son las angustias permitidas? ¿Está mal que nos angustien el encierro, el temor a enfermarnos, la incertidumbre, el riesgo de quedarnos sin trabajo, la ansiedad de nuestros hijos, la lejanía de padres y abuelos? ¿O vamos a fabricar otra grieta, entre angustiados y agradecidos?
Atravesamos una circunstancia que transformará, probablemente, mucho de lo conocido. De ahora en más, la referencia ineludible en nuestras vidas será la pandemia. Las cosas nos habrán pasado antes o después del coronavirus ; antes, en el medio o después de la cuarentena. Es un virus que pone en riesgo nuestra salud y la de los otros, pero también nuestros empleos, nuestros equilibrios emocionales, nuestra relación con el Estado, hasta la noción de nuestra propia fragilidad. Reducir todo al dogma "cuarentena o muerte" parece un reduccionismo excesivo, más propio de un eslogan propagandístico que de un razonamiento científico; más propio de una mirada sesgada que de la perspectiva de un estadista.
Tenemos derecho a dudar cuando vemos que las cifras con las que el Presidente explica y fundamenta la cuarentena son cifras erradas . Por supuesto que la tarea humana siempre está asociada a un margen de error. Pero los errores tienen consecuencias. Cuando advertimos que el ministerio de Salud de la Nación (el mismo que dijo que el coronavirus no iba a llegar) tiene dificultades para medir los índices de mortalidad y confunde 100.000 con un millón, los ciudadanos tenemos derecho a dudar. ¿No se estará administrando la cuarentena con esas mismas desproporciones? "Es regla de tres simple.", dijo el Gobernador en la misma conferencia en la que fueron exhibidos aquellos datos groseramente erróneos. Nada parecería ser tan reglado ni tan simple.
Si la ciencia es ensayo y error, la intelectualidad es crítica y debate. Tal vez deberíamos preguntarnos, frente a una situación tan compleja y tan desafiante como la que atravesamos, dónde están los intelectuales. Por supuesto que hay grandes "solistas" que se expresan con potencia y reconfortante lucidez. Pero el debate y el pensamiento crítico hoy parecerían latir más en el periodismo independiente y de calidad que en el ámbito académico . ¿Dónde están las universidades? ¿Dónde las academias de ciencias? ¿Qué dicen las asociaciones de profesionales? Parecen, al menos, de capa caída, casi en retirada. Una parte de la intelectualidad desertó de su mandato ético con aquel coro sumiso en el que se convirtió Carta Abierta. Las universidades públicas ya se habían rendido al dogmatismo militante. Olvidaron aquello que decía Ortega: "La intelectualidad, por su propia esencia, no tolera ser puesta al servicio de nada. El intelectual no puede ser en ninguna acepción hombre de partido". Su única causa quizá deba ser la libertad. Después de Carta Abierta, ¿aparecerá Ciencia Abierta? Tenemos derecho a dudar cuando advertimos que algunos científicos parecen demasiado cómodos al abrigo de los despachos y los honores oficiales. La ciencia puede quedar manchada cuando pierde independencia y cae en alguna complacencia.
Ojalá se alcen muchas voces que reivindiquen el derecho a dudar y a debatir. La pandemia nos ha arrebatado, de un plumazo, cosas fundamentales. No entreguemos nuestro espíritu crítico. No aceptemos, con mansedumbre, las pretensiones de pensamiento hegemónico. ¿No hay otra alternativa que seguir con la cuarentena? La respuesta, desde luego, no la tenemos los periodistas. Pero jamás deberíamos admitir que encierren nuestro pensamiento, descalifiquen nuestras dudas y nos manden a callar.

sábado, 25 de abril de 2020

LUCIANO ROMÁN, ANALIZA


Coronavirus en la Argentina: los hijos de la pandemia

Luciano Román
¿Cómo marcará a nuestros hijos el encierro? ¿Qué huellas les dejará la pandemia? ¿Los convertirá en una generación postraumática? ¿Los sacará de la burbuja de comodidad y confort en la que viven muchos adolescentes de clase media? Hoy no sabemos nada; nos cuesta entender dónde estamos parados y el futuro, más que nunca, es un enorme signo de interrogación. Pero empiezan a aparecer las preguntas. Y quizá valga la pena ejercitar la imaginación para empezar a plantearnos, más allá de este presente oscuro, el rumbo que tendrán las cosas después del coronavirus .
La crisis representa un shock de fragilidad ; el descubrimiento de que el mundo y la vida misma pueden cambiar de un día para el otro. Es una sensación que nuestros hijos no conocían. Quizá lo más cercano a eso se haya vivido por última vez en 2001, con el desmoronamiento de las Torres Gemelas, y antes en la Segunda Guerra Mundial. Ahora hay una nueva generación que se descubre vulnerable, que un día se levanta y ve que el mundo ha cambiado, y que observa, además, que no hay lugar del planeta que quede a salvo. Será, seguramente, una generación con mayor conciencia global, que comprueba que entre Wuhan y la puerta de su casa hay una distancia muy corta.
Es probable que cuando todo esto pase, se imponga la pulsión de normalidad, esa instintiva y tenaz aspiración a que todo vuelva a ser como antes. Y quizá no esté mal, si es que eso no incluye la resistencia a aprender de nuestras propias experiencias. Cuesta creer, sin embargo, que una catástrofe semejante no deje marcas, no imponga el quiebre de muchas cosas, no acelere transformaciones y no deje enseñanzas. Los cambios, probablemente, no se van a producir de un día para el otro; en algunos casos llevarán años, pero habrá una generación (la que hoy tiene entre 11 y 19) que no volverá a ser igual.
Quizá valga la pena ejercitar la imaginación para empezar a plantearnos, más allá de este presente oscuro, el rumbo que tendrán las cosas después del coronavirus.
Entre tantas otras cosas, no sabemos cuánto dolor implicará la pandemia, cuáles serán las secuelas de la cuarentena, cuál la magnitud de sus efectos secundarios. No sabemos, en definitiva, cómo terminará todo y, en consecuencia, cuál será la profundidad de las marcas que nos va a dejar. Pero sabemos lo suficiente para intuir que nuestros hijos vivirán, por mucho tiempo, atravesados por una experiencia que jamás habíamos imaginado.
Si pensamos escenarios optimistas, es probable que el coronavirus estimule en las nuevas generaciones otra noción del altruismo; que los haga más solidarios, más cooperativos en el ámbito familiar y que profundice rasgos positivos que ya se observaban entre los jóvenes, como el compromiso con el medio ambiente. Es probable que haya más chicos que quieran ser científicos, epidemiólogos o voluntarios de la Cruz Roja. ¿Habrá menos abogados y más bioquímicos e infectólogos dentro de 15 años? Sería bueno que, después de la pandemia , en las escuelas se empiece a enseñar quiénes fueron Bernardo Houssay, Carlos Malbrán, Guillermo Rawson o César Milstein, entre tantos otros héroes de la ciencia y la medicina argentina que también merecen ser estudiados como próceres.
Algo es seguro: después del coronavirus, todos, pero especialmente los más jóvenes, estaremos más atravesados por lo digital; seremos individuos más virtuales. No sabemos qué pasará con aquellas actividades que implican, necesariamente, la presencia y el contacto físico. ¿Veremos una generación más sedentaria, menos dispuesta a "poner el cuerpo" y hasta fóbica a las multitudes? ¿Se encerrará aún más en la estrechez de su celular y pondrá al wifi al mismo nivel que el oxígeno?
Ahora hay una nueva generación que se descubre vulnerable, que un día se levanta y ve que el mundo ha cambiado, y que observa, además, que no hay lugar del planeta que quede a salvo
Los jóvenes, ¿pensarán en trabajos "antipandemia"? ¿Tendrán en cuenta a la hora de definir vocaciones y buscar oportunidades aquellas actividades que sean menos vulnerables a los estragos de un virus? ¿Le tendrán temor al cuentapropismo? ¿Buscarán empleos más seguros y acentuarán la aversión al riesgo? ¿Serán más previsores o vivirán más un eterno presente? ¿Serán más temerosos; más conscientes de la incertidumbre? ¿Desarrollarán fobias y miedos nuevos? ¿O serán más resilientes ante la adversidad?
Todavía suena a ciencia ficción, pero quizá después de la pandemia los hogares se conciban de otra manera. Quizá nuestros hijos imaginen casas aptas para cuarentenas, más pensadas como búnkeres que como casas-dormitorio. Hasta hace unos 50 años, las casas de la clase media urbana se usaban más: maestros, sastres, peluqueros, profesores de música y hasta los médicos iban "a domicilio". El esparcimiento pasaba más por los comedores y los livings de las casas. El afuera era mucho más limitado y ofrecía menos opciones. Es probable que, al menos en algunos rubros, se vuelva a eso, pero no físicamente sino a través de plataformas virtuales. La "telemedicina" será, probablemente, una de las transformaciones aceleradas por la pandemia. Quizá haya una suerte de abandono de la infraestructura de masas: menos shoppings (más e-commerce), menos estadios (más pantallas), menos edificios de oficinas (más teletrabajo) y menos centros de convenciones, discos y complejos de entretenimientos. ¿Habrá un repliegue hacia la vida familiar y los espacios íntimos? ¿Volverán los juegos de mesa, las cartas, los rompecabezas? ¿Se volverá a la cocina hogareña? ¿Los chicos serán más creativos frente al tiempo libre? ¿Viajarán menos o reinventarán el turismo? Y en todo caso, ¿será algo pasajero o duradero? Con la pandemia, ¿nacerá una generación más casera? Si así fuera, ¿será un retorno a las raíces y a lo esencial o implicará aislamiento y fractura? Solo tenemos preguntas.
En la Argentina, las encuestas generalmente apuntan a medir el humor social frente a la política y los gobiernos. No hay gimnasia para auscultar la psicología generacional. Por lo tanto, ni siquiera tenemos indicios (más allá de nuestras "islas familiares") sobre cómo están procesando la emergencia los más jóvenes. Pero está claro que, por primera vez, nuestros hijos conviven con el lenguaje bélico: "estamos en guerra contra un enemigo invisible", "aislamiento forzoso y obligatorio", "toque de queda en algunos pueblos", "ciberpatrullaje", "peste", "cuarentena"... Este nuevo diccionario marcará, indudablemente, el espíritu de las nuevas generaciones, aun cuando no tengamos todavía demasiada conciencia de ello ni sepamos, exactamente, de qué forma los va a afectar. No todo cambiará inmediatamente. Habrá cambios, inclusive, que nos costará identificar con la pandemia, pero que serán hijos tardíos de lo que estamos viviendo hoy.
Todavía suena a ciencia ficción, pero quizá después de la pandemia los hogares se conciban de otra manera.
Si miramos a los jóvenes de clase media acomodada, quizá sea una generación que deba atravesar por la experiencia del empobrecimiento súbito, a la que le toque ver que sus padres han perdido su empleo o su negocio o que, en el mejor de los casos, han perdido tranquilidad y bienestar. Quizá sea, también, una generación atravesada por una experiencia distinta con la muerte y también con la libertad. Quizá necesiten una mayor ayuda de nosotros para recuperar la confianza en el futuro y para construir nuevas certezas y esperanzas.
Las generaciones de posguerra han quedado marcadas por la experiencia del horror. En muchos aspectos salieron fortalecidas; en otros debieron enfrentar un arduo desafío para reencontrar el rumbo. Esta vez, como también ha ocurrido en otras encrucijadas de la historia, quizá las cosas no cambien demasiado. Quizá todos queramos, después de todo, olvidar y mirar para adelante. Para bien o para mal, quizá nos resistamos a que la pandemia nos cambie la vida. Será difícil, sin embargo, que salgamos iguales de un trauma semejante. Y será difícil que nuestros hijos no se conviertan, de una manera o de otra, en los hijos de la pandemia. Nuestro desafío será ayudarlos a que salgan más sensibles, más comprometidos, más solidarios. En medio de las tinieblas y la incertidumbre, nuestro desafío será, en definitiva, el de los padres de todos los tiempos: ayudar a que nuestros hijos sean mejores.

viernes, 17 de abril de 2020

LUCIANO ROMÁN, OPINIÓN,


Coronavirus: ¿Seremos los aplausos o el escrache?

Luciano Román
Los aplausos de las 21 expresan reconocimiento y gratitud; expresan madurez cívica y espíritu solidario. Están dirigidos -sobre todo- a médicos y enfermeros que se juegan la vida en la lucha contra la pandemia . Son aplausos que abrazan, dan aliento, estimulan. Los escraches a esos mismos profesionales (con cartas intimidatorias, anónimos en los ascensores y otras formas rastreras del escrache) expresan todo lo contrario: agresividad, discriminación, ignorancia. Son un ejercicio de la hostilidad, la cobardía y el egoísmo. Albergan, como si fuera poco, un absurdo contrasentido: agreden a aquel del que esperamos que nos salve y se juegue por nosotros.
No sabemos todavía cómo nos recordaremos a nosotros mismos frente a la pandemia del año 2020. Cuando nos miremos desde el futuro, ¿veremos a una sociedad que supo ser solidaria, razonable y digna frente a la arrasadora amenaza de un virus desconocido? ¿O veremos, en cambio, a una sociedad que, doblegada por el miedo, fue egoísta, intolerante y primitiva hasta el extremo de la crueldad y la sinrazón?
Seguramente, encontraremos ejemplos y actitudes que nutran una u otra de esas reacciones contrapuestas. Cualquier sociedad, en condiciones de relativa normalidad y mucho más en un contexto de dramática emergencia, contiene la miseria y el altruismo, la solidaridad y la mezquindad, la generosidad y el oportunismo. Hay hechos y actitudes que, sin embargo, marcan el tono general, el estándar y el clima de una época. ¿Seremos el país de los aplausos o el de los escraches? ¿Seremos la Argentina solidaria de los nietos y los voluntarios que asisten y cuidan a sus abuelos? ¿O seremos la del Estado ineficiente que los expone a la intemperie y el hacinamiento para cobrar la jubilación? ¿Seremos la Argentina que asume finalmente el cumplimiento de las reglas o seremos el país de la avivada que aumenta un 500 por ciento el alcohol en gel? ¿Seremos la Argentina del diálogo y la cooperación política que vimos en las primeras semanas o la de los "empresarios miserables" y los sospechosos "ejemplares" que acentuó después la grieta? ¿Seremos el Estado previsor o el que compra fideos y arroz con escandalosos sobreprecios? ¿Seremos los que tendemos una mano o los que estigmatizamos como "chetos" a quienes sufren varados, allá lejos? ¿Seremos los que ayudamos a nuestros vecinos o los que nos vamos alegremente a la costa? ¿Seremos los pueblos que cierran sus "fronteras" o los que dan abrigo y estrechan lazos de comunidad? Seremos, seguramente, todo eso. Pero ¿qué seremos más?
Cuando nos miremos desde el futuro, ¿veremos a una sociedad que supo ser solidaria, razonable y digna frente a la arrasadora amenaza de un virus desconocido? ¿O veremos, en cambio, a una sociedad que, doblegada por el miedo, fue egoísta, intolerante y primitiva hasta el extremo de la crueldad y la sinrazón?
No sabemos todavía cuáles son las actitudes que definirán nuestra reacción, como sociedad y como nación, ante este desafío sin precedentes. Pero estamos a tiempo de pensar en eso. Y de inclinar la balanza para el lado de la racionalidad y la responsabilidad, para el lado de la sensibilidad y del humanismo.
El miedo es, por supuesto, un sentimiento humano. Sus aristas y secuelas son siempre un tema complejo para la filosofía, para la ciencia, para la literatura, la psicología y la religión. Desde la modesta perspectiva periodística, solo podemos reflejar algunos interrogantes conocidos. ¿Qué hacemos con el miedo? ¿Dejamos que nos domine y nos conduzca a actitudes inconfesables? ¿O lo enfrentamos con las capacidades humanas de comprender, de tolerar, de razonar? Giacomo Leopardi, un poeta del romanticismo italiano, definió la cuestión en una línea memorable: "No temas ni a la prisión, ni a la pobreza, ni a la muerte. Teme al miedo". La historia de la humanidad está llena de miserias, atrocidades e indignidades engendradas por el miedo. Dominarlo, entonces, es el mayor imperativo ético frente a la angustiante situación que nos toca enfrentar.
Parte de nuestra responsabilidad ciudadana no sólo pasa por reconocer y valorar la tarea de médicos, enfermeros, farmacéuticos, técnicos y sanitaristas, sino también por cultivar y reforzar la confianza en ellos. Ver en cualquiera de esos servidores al portador de una amenaza es un acto de negligencia e ignorancia. Son profesionales que cumplen estrictos protocolos de higiene, seguridad y prevención. Conocen bien sus obligaciones y tienen plena conciencia de sus riesgos y sus responsabilidades. ¿Es razonable que los juzgue y los señale a la ligera cualquier consorcio vecinal cooptado por la psicosis? ¿El miedo puede justificar que alguien intente echarlos de sus casas con un anónimo en el ascensor?
Tan peligroso como el coronavirus es el riesgo de que la amenaza sanitaria desate otros virus para los cuales tampoco existe una vacuna. Debemos estar muy alertas, porque las pandemias, como las guerras, estimulan también los autoritarismos, la intolerancia, la discriminación, los egoísmos y la tentación fascista del escrache. Es fundamental que desde el poder se contribuya a marcar el tono de la reacción social, sin quitarnos -por supuesto- nuestra responsabilidad individual y colectiva. La solidaridad, la comprensión y la razonabilidad deben predicarse con el ejemplo. Por eso, han sido al menos desacertados algunos adjetivos, señalamientos y descalificaciones hechos desde la cima gubernamental. Por eso, nos estremece una afirmación infundada y antisemita lanzada, en tono ramplón, desde un espacio televisivo. La comprensión, la responsabilidad y la mesura son tan importantes como el respeto irrestricto a las medidas dispuestas y el cumplimiento de los recaudos preventivos.
La historia de la humanidad está llena de miserias, atrocidades e indignidades engendradas por el miedo. Dominarlo, entonces, es el mayor imperativo ético frente a la angustiante situación que nos toca enfrentar.
Enfrentamos un inédito desafío que, por supuesto, nos llena de temores, incertidumbre y desasosiego. Creíamos que los avances de la ciencia nos ponían a salvo de calamidades como las que sufrieron nuestros ancestros, pero nos encontramos más frágiles y vulnerables que nunca; encerrados en nuestras casas, sin poder trabajar, sin saber qué pasará mañana ni cómo seguirá la vida. En medio de semejante tempestad, tenemos una oportunidad: ser la mejor versión de nosotros mismos. Cada uno, desde el lugar que le toca, puede escribir la historia que vamos a leer en el futuro. De nosotros depende que nos podamos recordar, en medio de la emergencia, como una sociedad erguida, íntegra, sensata y solidaria; una sociedad que supo mantener la calma sin caer en la histeria del "sálvese quien pueda". De nosotros depende, en definitiva, que podamos sentirnos orgullosos o debamos avergonzarnos de haber sido como fuimos frente a la pandemia. Ojalá los aplausos de las 21 marquen el clima de esta época aciaga.

miércoles, 15 de abril de 2020

LUCIANO ROMÁN, SE EXPRESA


¿La pandemia nos hará mejores?

Luciano Román
No seremos los mismos después de la pandemia. Esta suposición se ha convertido en un lugar común. Pero ¿seremos mejores? ¿Saldremos fortalecidos para lidiar con la adversidad y la incertidumbre? Por supuesto, no tenemos todavía las respuestas. Quizá sea demasiado pronto, incluso, para formularnos las preguntas. En medio del río, solo se piensa en llegar a la orilla. Después veremos cómo sigue la vida. Sin embargo, debemos estar atentos a los riesgos y las oportunidades que ofrece semejante cataclismo.
Podremos convertirnos en una sociedad más resiliente, más consciente de su vulnerabilidad, de sus fortalezas y sus debilidades; más creativa y más flexible; incluso más austera y replegada sobre lo esencial. Podremos hacernos más solidarios y más sensibles ante el mundo que nos rodea, como han sido algunas sociedades de posguerra. Pero existe también el riesgo de convertirnos en una sociedad con miedo, más proclive al autoritarismo y al pensamiento único, más egoístas y aferrados al sálvese quien pueda y más entregados a un Estado vigilante que controle hasta nuestros movimientos cotidianos, califique (o descalifique) nuestros hábitos y costumbres y nos arrebate la privacidad. Conviene empezar a pensar estas alternativas, porque en alguna medida, una u otra cosa dependerá de las actitudes que tengamos hoy, en el medio del río, y de cómo hagamos, en definitiva, para llegar hasta la orilla.
Una sociedad con miedo puede convertirse en una sociedad que resigna libertad en aras de una supuesta seguridad; puede convertirse, también, en una sociedad que mira al otro con ojos de sospecha. Una sociedad con miedo puede reprimir sus energías creadoras, su rebeldía, su espíritu crítico, para refugiarse en la aspiración de una mera supervivencia. Y puede entregarse con mayor mansedumbre al control de un Estado omnipresente, a la actitud policíaca, y también a la tentación de liberar al enano fascista que quizá todos llevemos adentro. En estos días hemos visto que se convierte a un simple irresponsable en "el gran culpable" (o el "gran idiota") nacional, como ha ocurrido con el surfer de Ostende, o que, con simplismo y sinrazón, se descalifica por chetos a los que estaban en Manhattan o en la India cuando el mundo cambió de golpe. También hemos visto insultar desde algunos balcones a una madre que camina con su hijo por la calle, sin saber por qué lo hace ni averiguar los motivos. Nos gusta ser jueces y fiscales, y como está en juego la salud, creemos que hasta la crueldad se justifica para mandar a cualquiera al paredón. Desde el poder institucional (y también desde algunos medios) se han revoleado adjetivos con inquietante ligereza: idiotas, miserables, tontos, egoístas y hasta pelot? Que los hay, los hay; los hubo y los habrá siempre (en todos los niveles y estamentos). Señalarlos con dedo acusador desde la cima del poder puede ser, sin embargo, desproporcionado y peligroso. En algunos casos, también puede ser injusto. La absoluta restricción de nuestra libertad no es tolerada por todos de la misma manera, ni en las mismas condiciones psicológicas y materiales, ni con el mismo bagaje de experiencia ni con las mismas capacidades de comprensión y autocontrol.
En este contexto surgen otros interrogantes. ¿Es oportuno plantear una pelea pública y destemplada con la empresa más grande del país? ¿Es razonable torear a los empresarios, en lugar de comprenderlos y ayudarlos? ¿Es solidario calificar de chetos a los que están varados y sufren lejos de sus hogares? Entre los propios ciudadanos quizá deberíamos también formularnos preguntas: ¿es el momento de hacer sonar cacerolas de indignación e impaciencia?
Si estas actitudes llegaran a prevalecer ahora, mientras estamos en la mitad de un río amenazante y turbulento, no sería difícil imaginar que cuando lleguemos a la orilla, no seremos precisamente mejores. No será unos contra otros que saldremos mejor parados de un descalabro semejante.
Tenemos la oportunidad de ser más humildes, de admitir que se nos evaporan las certezas y las respuestas frente a un mundo que se asoma a una impensada y complejísima encrucijada. La pandemia puede, también, convertirnos en una sociedad más humana, más responsable y menos prepotente, más consciente de sus riesgos y de las consecuencias de sus actos.
También hemos visto, en el poder y en el llano, señales alentadoras. Ha habido gestos de cooperación entre el Gobierno y la oposición, tonos mesurados, trabajo previsor. Hay un conmovedor compromiso del personal sanitario, de los proveedores de servicios básicos y de las fuerzas de seguridad. Las escuelas se han animado a innovar sobre la marcha. Ha aflorado en barriadas urbanas un mayor espíritu de comunidad. Si estos fueran los rasgos sobresalientes, en la orilla nos espera algo mejor.
Lo importante es comprender que, en una medida o en otra, en una condición u otra, todos somos víctimas de una pandemia que ha desarticulado nuestro modo de vida. Por eso resultan chocantes la incomprensión y el atropello contra algunos sectores e individuos, aun contra aquellos que puedan equivocarse. La emergencia en la que estamos atrapados exige responsabilidad y sacrificio. También exige moderación y calma. Quizá debamos empezar por practicar, junto al distanciamiento social, el acercamiento solidario. Eso nos ayudará a comprender al otro, aun en sus limitaciones, su desasosiego y sus angustias.
¿Qué echará raíces más fuertes? ¿El miedo o la conciencia? Esa es, quizá, la cuestión fundamental. Si nos guiamos por la paranoia y la psicosis, saldremos más débiles. Estaremos más expuestos frente a otras epidemias, como las que provocan -por ejemplo- los virus de la intolerancia y el autoritarismo.
Tendremos que volver a empezar después de haber atravesado un territorio desconocido. Para muchos, implicará un desafío de reconstrucción, como después de un huracán o un tsunami. Para otros, el dolor y la desolación de la muerte cercana. Para todos, el duelo por la pérdida de un mundo conocido, de la vida tal como era. Ahora sabemos que somos más frágiles y vulnerables de lo que suponíamos. Desde ahí tenemos que volver a empezar. Y dependerá de nosotros, como individuos y como sociedad, qué hacemos con esto.
Aflorado en barriadas urbanas un mayor espíritu de comunidad. Si estos fueran los rasgos sobresalientes, en la orilla nos espera algo mejor.
Lo importante es comprender que, en una medida o en otra, en una condición u otra, todos somos víctimas de una pandemia que ha desarticulado nuestro modo de vida. Por eso resultan chocantes la incomprensión y el atropello contra algunos sectores e individuos, aun contra aquellos que puedan equivocarse. La emergencia en la que estamos atrapados exige responsabilidad y sacrificio. También exige moderación y calma. Quizá debamos empezar por practicar, junto al distanciamiento social, el acercamiento solidario. Eso nos ayudará a comprender al otro, aun en sus limitaciones, su desasosiego y sus angustias.
¿Qué echará raíces más fuertes? ¿El miedo o la conciencia? Esa es, quizá, la cuestión fundamental. Si nos guiamos por la paranoia y la psicosis, saldremos más débiles. Estaremos más expuestos frente a otras epidemias, como las que provocan -por ejemplo- los virus de la intolerancia y el autoritarismo.
Tendremos que volver a empezar después de haber atravesado un territorio desconocido. Para muchos, implicará un desafío de reconstrucción, como después de un huracán o un tsunami. Para otros, el dolor y la desolación de la muerte cercana. Para todos, el duelo por la pérdida de un mundo conocido, de la vida tal como era. Ahora sabemos que somos más frágiles y vulnerables de lo que suponíamos. Desde ahí tenemos que volver a empezar. Y dependerá de nosotros, como individuos y como sociedad, qué hacemos con esto.

viernes, 17 de enero de 2020

LUCIANO ROMÁN, OPINA,


Jóvenes que crecen sin líderes, otra secuela del fracaso argentino

Luciano Román
¿Quiénes son los líderes de las nuevas generaciones argentinas? ¿En quiénes confían? ¿Quiénes son sus modelos? ¿Quiénes los inspiran y les marcan el rumbo? Las respuestas quizá nos enfrenten a una de las secuelas más dolorosas de un país fracasado. Los jóvenes que hoy tienen entre 15 y 25 años no creen en casi nadie; solo en ellos mismos. Como toda generalización, es objetable. Pero hay algunos síntomas que no podemos ignorar: ninguna institución -ni la escuela, ni el gobierno, ni las iglesias, ni sus propias familias- inspira entre los jóvenes demasiada confianza.
Hubo una generación (la del 80) que creyó en sus ideas y en la construcción de una nación que la trascendiera. Hubo otra (la de nuestros abuelos inmigrantes) que confió en la Argentina como tierra de oportunidades. Después vino la generación que pudo soñar con el progreso a partir de lo que sus padres habían construido. Eran herederos de un destino forjado en la cultura del esfuerzo. Más tarde vino una generación (la de los que hoy tenemos poco más o poco menos de 50) que, después de la oscuridad de la dictadura, se aferró a la democracia. Todas -de alguna u otra manera- tenían confianza en el futuro. ¿En qué confían nuestros hijos? Quizá sea una generación que solo piensa en el presente, en el aquí y ahora. Quizá esa sea la consecuencia de una época que desalienta los proyectos a largo plazo y que no mira con optimismo el porvenir. Quizá sea el rasgo de una generación moldeada en la fugacidad de las redes sociales y la cultura digital, donde todo es efímero, vertiginoso y cambiante. Quizá sea el mecanismo defensivo de una generación que no sabe cuáles serán los trabajos del futuro ni qué quedará en pie después del vendaval de la globalización tecnológica.
Los adolescentes de hoy nacieron bajo el signo de la frustración argentina. Escuchan hablar desde que nacieron de un país acosado por los fracasos y las crisis permanentes. Han visto a sus padres sufrir por la pérdida de empleos, por la voracidad de la inflación, por los manotazos del Estado, por la inseguridad galopante, por el derrumbe de la educación pública. La mitad de los adolescentes de hoy está condicionada por la pobreza. La otra mitad convive con la incertidumbre, los temores y la inestabilidad. Les cuesta confiar en el futuro. Rechazan -con razón- la herencia recibida.
El fracaso de la Argentina tiene consecuencias aún más profundas: ha debilitado los liderazgos sociales; ha hundido a instituciones enteras bajo los escombros de la desconfianza. Los maestros fueron, para generaciones anteriores, una referencia inspiradora. Representaban un liderazgo ético, social, intelectual. Hoy representan otra cosa: un "colectivo" desmoralizado, enredado en una constante lucha sindical, pauperizado, agobiado por la burocratización de la enseñanza, desautorizado por los padres, desafiado por sus propios alumnos. Allí donde había un modelo, una referencia para los chicos y los jóvenes, hoy solo se ve una figura desdibujada, acosada por la crisis de una escuela descuidada y degradada hasta por sus propios actores.
La universidad también ha desertado de su rol de institución rectora, de referencia intelectual y humanística. Ya no politizada sino "partidizada", replegada hacia una suerte de pensamiento único y convertida en una estructura que administra "cajas", negocios y privilegios como si fuera una gigantesca red de "toma y daca", ya no inspira el respeto ni la confianza que le tenían generaciones anteriores. Su deterioro académico, la obsolescencia de sus contenidos curriculares y el atraso en el que ha quedado postergada frente a las transformaciones globales hacen que la universidad pública tampoco represente, para las nuevas generaciones, el pasaporte al progreso laboral y social que representó para sus padres y abuelos.
El fracaso argentino -sin embargo- se ha metido en todos lados: en las empresas, en los sindicatos, en las iglesias, en el deporte y en los ámbitos académicos, científicos y culturales. Por supuesto, también en la Justicia y en los partidos políticos. En todas esas estructuras ya es muy difícil encontrar grandes maestros, referentes inspiradores o líderes virtuosos, que no es lo mismo que "capos", jefes ni "dueños de la pelota". No es un fenómeno exclusivo de la Argentina, pero acá tiene, quizá, una mayor profundidad por los niveles que ha alcanzado el deterioro ético al compás de las debacles económicas.
Han casi desaparecido las "escuelas formadoras", si se quiere inorgánicas, que funcionaban en la política, en los talleres y laboratorios, en el Estado, en las redacciones, en los sindicatos o las cooperativas, en muchos clubes, sociedades de fomento y universidades populares. En todos esos ámbitos había maestros con mayúsculas, había mentores y padrinos que les daban la mano a los más jóvenes y los guiaban en el comienzo de sus carreras. Hoy puede haber -y de hecho hay- grandes talentos individuales. Pero son liderazgos más atomizados, incluso más dispersos. Ya no definen a las instituciones medulares del país, donde se ha perdido la noción de "escuela". Como consecuencia de una sociedad más fragmentada y desigual, el acceso a esos liderazgos -inclusive- se ha tornado un privilegio para algunos (los que pueden estudiar en escuelas o universidades de excelencia), pero no para todos, como ocurría en una Argentina más homogénea, estructurada sobre la base de un sistema de educación pública de altísima calidad.
La pérdida de liderazgos formadores no solo tiene que ver con las crisis económicas y de valores que han carcomido al país; también con las profundas transformaciones que ha impuesto la revolución tecnológica, con las nuevas dinámicas del mercado laboral y con reformas culturales que han puesto en tela de juicio roles y jerarquías en el complejo entramado social, con un sano cuestionamiento -inclusive- al verticalismo y a los excesos de paternalismo. En muchos ámbitos, además, se ha perdido o debilitado el sentido de pertenencia; algo que también atenta contra los liderazgos virtuosos y las "escuelas formadoras" en las que se apuntalaba a los jóvenes.
El gran capital de ese liderazgo formativo e inspirador era algo que se llama prestigio. Pero no eran solo prestigios individuales, aunque se nutría por supuesto de ellos, sino una suerte de "prestigio institucional". La docencia tenía prestigio; la política (aunque cueste creerlo) tuvo prestigio; el empresariado lo tuvo; el trabajo tenía prestigio. Había algo más: una alianza tácita entre los adultos, que naturalmente conducía a que esos liderazgos fueran reconocidos. Todo eso tejía una trama de confianzas sociales que hacía que, aun desde su rebeldía natural, los más jóvenes aceptaran y se enriquecieran con esos liderazgos que los ayudaban a forjar su futuro.
Los jóvenes ahora hablan de combatir las "sociedades adultocéntricas". Es una forma de decir: "déjennos a nosotros; nos arreglamos solos y haremos mejor las cosas". Tienen las redes sociales; tienen el argumento de una herencia de fracaso; tienen confianza en ellos mismos. Se han convertido en una generación "autoliderada", con banderas propias como la del ecologismo. ¿Tendremos que dejarlos solos y desearles suerte? ¿Eso no implicaría renunciar a nuestra responsabilidad generacional? ¿Qué valores debemos transmitirles? Quizá haga falta propiciar nuevos acuerdos y consensos entre adultos. Quizá deberíamos apostar, sin resignarnos, a recrear "liderazgos institucionales" que, a través de nuevos formatos y hasta con nuevos lenguajes, guíen e inspiren a los más jóvenes en un diálogo interactivo con ellos. Habrá que hacerlo, seguramente, sin paternalismo autoritario, pero también sin miedo a ejercer el liderazgo y la autoridad. Quizá debamos tomarlo como el gran desafío de nuestra generación.

Periodista y abogado

sábado, 25 de noviembre de 2017

EN "EL ESPACIO MENTE ABIERTA" LA UNIVERSIDAD Y LUCIANO ROMÁN


La universidad debe ser un puente hacia el futuro
LUCIANO ROMÁN


Los estudios superiores deben volver a ocupar el rol de vanguardia que fue motor de desarrollo para los ciudadanos y para el país
Las puertas de las universidades están llenas de jóvenes con miedo al futuro. Recibirse de médicos, de abogados, de psicólogos o de contadores ya no les asegura nada; ni siquiera les provee una perspectiva esperanzadora. Muchos títulos universitarios están más cerca de convertirse en un pasaporte a la frustración que en una plataforma de crecimiento y realización personal.
Ese título que hasta hace 30 años abría puertas y dibujaba un horizonte hoy se ha devaluado al extremo de generar angustia e incertidumbre en lugar de ilusiones y expectativas. Miles de jóvenes descubren, al recibirse, que el ejercicio de las profesiones liberales está cada vez más degradado. Tanto en la abogacía y en la medicina como en otras carreras tradicionales se asiste a una suerte de proletariado profesional que oscurece el presente y el futuro laboral de los egresados universitarios.
Las universidades, que antes eran el gran motor de la "movilidad social ascendente" y aseguraban a sus graduados una base sólida para el desarrollo profesional, hoy parecen -al menos en algunas áreas- expendedoras de pasajes hacia un futuro incierto. Entre ellas y la realidad se ha abierto una grieta de la que la propia universidad no se hace cargo.
Entre 2014 y 2015 (según datos oficiales procesados por LN Data), se inscribieron en las universidades públicas y privadas de todo el país 904.000 estudiantes. Más de 90.000 lo hicieron para estudiar abogacía; sólo 13.000, para ingeniería industrial. Más de 41.000 se anotaron en Psicología; sólo 2990, en Bioingeniería. En Medicina se inscribieron 33.267; en Ingeniería Agropecuaria, sólo 2565.
Estas cifras contrastan con las necesidades y las oportunidades de la Argentina. Somos el primer productor de alimentos por persona del mundo y el que tiene mayor número de empresas de biotecnología en América latina. Ocupamos el tercer lugar en el rankingglobal de cultivos genéticamente modificados y el primero en exportaciones de biodiésel. El país produce y exporta reactores nucleares. Y la industria argentina del software ha crecido hasta convertirse en una de las principales proveedoras a escala global. Pero ¿responden las universidades a las demandas y las oportunidades de estos núcleos de desarrollo?
Una respuesta está en los números: las empresas del sector tecnológico demandan unos 10.000 ingenieros cada año. Y entre las universidades públicas y las privadas suman, con suerte, 5000 egresados por año. Pero la otra respuesta está en los miles de abogados, de contadores, de arquitectos y de psicólogos que no encuentran oportunidades y que tironean por las migajas de mercados laborales cada vez más degradados.
El futuro hoy está en otro lado: en algunos nichos con alto potencial (como el de la industria tecnológica) y en empleos que todavía no conocemos porque ni siquiera han sido inventados. Pero las universidades siguen aferradas a esquemas y estructuras del siglo pasado. Varias de las nuevas casas de estudios -creadas entre 2003 y 2015 con propósitos discutibles- ni siquiera tienen oferta de ingenierías.
Hasta los años 70, el título de una carrera tradicional representaba una plataforma de superación y crecimiento. Ahora, montar un estudio de abogados, contadores o arquitectos es embarcarse en una aventura incierta y con pronóstico reservado. La carrera profesional en el sector público también se ha deteriorado en los últimos treinta años: la meritocracia casi ha desaparecido; se eliminaron los concursos y rigió, durante décadas, el código del "acomodo".
En este paisaje se ha extendido la pauperización profesional, que deriva en frustración y desviaciones. La economía informal, la "industria del juicio", la superpoblación de áreas del Estado, el debilitamiento del sistema de salud son apenas algunas de las patologías argentinas que tienen, directa o indirectamente, relación con este fenómeno.
Muchos profesionales "precarizados" se desesperan por un cargo en la administración pública para paliar sus necesidades. La angustia por la supervivencia les resta chances de afirmarse en la excelencia profesional, mientras en el Estado cumplen apenas un compromiso part time, sin estímulos ni expectativas. Se arma así un "combo" de frustración y mediocridad que alimenta el círculo vicioso. Las deformaciones éticas jamás están justificadas, pero muchas tienen que ver con este proceso de degradación: médicos que facturan en negro porque el sistema de obras sociales está colapsado; otros profesionales que caen en la misma inconducta porque la presión impositiva se devora los honorarios; abogados que "inventan" nichos de litigiosidad porque la "torta" ya no alcanza para todos...
Si antes el objetivo de un graduado universitario era crecer, a través de un esfuerzo que prometía buenos resultados, hoy la meta parecería ser otra: "salvarse". Inciden -seguramente- múltiples y complejos factores. Esta es una época de inestabilidades e incertidumbres en todos los ámbitos. Se han evaporado las certezas y las garantías que estructuraban los proyectos y expectativas de las generaciones anteriores. En el ámbito laboral y profesional ocurre algo que también atraviesa a las familias, a las instituciones y al propio entramado de vínculos sociales: todo parece volátil, provisorio, incierto. Es un tiempo en el que cuesta proyectar a largo plazo, en el que ya no existen "las cosas para toda la vida" (ni los trabajos, ni los matrimonios, ni los contratos sociales). Todo se transforma y "envejece" a mayor velocidad.
La de hoy es una generación más flexible, más dispuesta al cambio, quizá más creativa, menos dogmática y prejuiciosa. Es una generación que ha ganado libertades, pero ha perdido certezas. El reto es construir, para ellos, nuevas plataformas de formación y proyección laboral. Ya no alcanzan los títulos universitarios que les abrieron las puertas de su propio desarrollo a los padres y los abuelos de los jóvenes de hoy.
Por eso es fundamental que las universidades vuelvan a ocupar el rol de vanguardia que nunca deberían haber resignado. Es necesario que empiecen a hablar otro lenguaje, que generen nuevas alternativas, que promuevan y estimulen una mirada innovadora sobre la formación de grado. No se puede seguir con antiguos planes de estudios apenas maquillados ni conformarse con entregar títulos devaluados. La universidad debe hacerse cargo de la grieta que la separa de la realidad y asumir el liderazgo en la construcción de opciones que conjuguen con las demandas del futuro. Debe desarmar mitos, promover nuevas ideas y estimular enfoques creativos entre los jóvenes que ingresan a sus aulas. Y no se debe desentender del destino de sus egresados.
El desafío es captar estudiantes de ingeniería genética, de robótica industrial, de diseño de software o de animación digital. Hay que seducir a una generación que nació en la era tecnológica, pero que todavía cree que "lo más seguro" es un título de abogado, de médico o de contador. Hay que prepararse para lo que viene, que no está del todo claro pero que no tendrá mucho que ver con lo que conocemos hasta ahora. La universidad tiene un rol fundamental. Pero el puente entre el pasado y el futuro debemos construirlo entre todos, sin aferrarnos a viejas certezas que ya no conducen a ninguna parte. Tenemos que crear nuevas oportunidades, para que un título bajo el brazo vuelva a ser lo que supo ser: un motivo de orgullo y de esperanza.
Abogado, periodista. Director de la carrera de Periodismo de la Universidad Católica de La Plata