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viernes, 10 de junio de 2016

LA FRÍA REALIDAD DE LAS ESTADÍSTICAS.....RECORDAR QUE EL 1 ES UNA MUERTA


NiUnaMenos: 275 femicidios entre una marcha y otra
En un año, se mantuvo el índice de crímenes, que convocó a otra protesta
Junio 2015: en Córdoba, Maru Acosta (centro) pide justicia por el asesinato de su hermana Paola y el intento de asesinato de Martina, la hija de Paola.
Hace un año, la marcha que respondió a la consigna #NiUnaMenos marcó un hito: hizo visible la tragedia de miles de víctimas de la violencia sexista e incentivó un llamado a la conciencia de toda la sociedad para poner freno al drama de tantas mujeres que aún sufren este flagelo que las pone permanentemente en peligro sólo por su condición de género. La ONG La Casa del Encuentro, pionera con sus estadísticas, reveló que, entre el 1° de junio del año pasado y el 31 de mayo último hubo 275 femicidios: un promedio de tres mujeres asesinadas cada cuatro días.
La cifra de este recorte temporal marca un levísimo retroceso en el número de víctimas: en 2015, se produjeron 286 casos de violencia de género con desenlace mortal.
La marca de los últimos 12 meses se sitúa prácticamente en el mismo nivel que en 2014: entre el 1° de enero y el 31 de diciembre de ese año hubo 277 femicidios.
La fría estadística, que reduce a números tragedias reales con nombres y apellidos, revela que la mayoría de las víctimas tenían entre 19 y 50 años, y que en el 80% de los casos conocían a sus asesinos: esposos, parejas, novios, ex relaciones de todo tipo, padres y padrastros, vecinos e incluso hijos.
La estadística refleja, además, un drama al que el Estado aún no ha conseguido ponerle freno, incluso cuando en los últimos años se han dictado leyes específicas, como la tipificación del delito de femicidio, y se han creado dependencias oficiales para abordar la problemática, como el Consejo Nacional de las Mujeres, que encabeza Fabiana Túñez, una histórica militante en esta lucha que por estos días trabaja en la elaboración de un plan para prevenir, sancionar y erradicar la violencia machista. Pero, mientras tanto, las mujeres siguen siendo blanco de la locura.
Los especialistas en la materia sostienen que el acceso a la Justicia para las víctimas es uno de los eslabones débiles de la cadena de sucesos que pueden llevar los hostigamientos, las amenazas y la violencia física y psicológica contra las mujeres a un resultado de muerte. Entre esas fallas en la prevención señalan la desconexión entre los fueros civil y penal.
El Ministerio de Justicia y Derechos Humanos impulsa un modelo de atención integral para la violencia doméstica y sexual, con apoyo jurídico, terapéutico y social para las denunciantes desde el inicio de los procesos. Ese modelo se complementa con el armado de un equipo de jueces y fiscales con competencia penal y civil para casos de violencia de género, pensado, precisamente, para comenzar a cerrar aquella brecha.
También prevé la entrega de pulseras electrónicas de monitoreo y detección de proximidad para garantizar una alerta temprana en aquellos casos en los que existe una orden de restricción de acercamiento y el potencial agresor se adentra en el perímetro protegido.
La idea es que la carga de la alerta no recaiga exclusivamente en la víctima, obligada por las circunstancias, por ejemplo, a gritar para alertar a vecinos, hacer un llamado telefónico o pulsar un botón antipánico. Eso es lo que le pasa hoy, por ejemplo, a Adriana Toporovskaja, cuya historia dramática podremos ver al final. Desde que el 24 de marzo pasado su ex pareja comenzó a amenazarla y hostigarla -mostrándole carteles intimidatorios desde el colectivo que maneja o parándose enfrente de su local de Morón, a pesar de la restricción dictada- para hacerle sentir el terror de su presencia cercana, ella ya no sale a la calle sin su botón antipánico y un frasco de gas pimienta.

El análisis de las cifras
El 37% de los casos ocurrió en Buenos Aires; el distrito que concentra el 39% de la población del país fue escenario de 102 homicidios de mujeres. Sin embargo, el ranking de femicidios no es directamente proporcional a la cantidad de habitantes. Salta, donde viven 1,5 millones de personas, tuvo 21 femicidios, casi lo mismo que provincias que la duplican en población, como Santa Fe (23) y Córdoba (20), y cinco veces más que Tucumán, que sufrió cuatro casos con prácticamente la misma cantidad de habitantes. En la Capital, el último año, hubo 13 femicidios.
De las 275 víctimas entre el 1° de junio de 2015 y el 31 de mayo pasado, 216 (el 78,5%) conocían al homicida. Esposos, parejas y novios fueron los victimarios en 108 casos; los ex, en 54; padres y padrastros, en 13; vecinos o allegados, en 23; familiares, en 12; hijos, en 5, y proxenetas, en uno. En 59 casos no se verificó un vínculo aparente, según reza el informe.
La mayoría de las víctimas, 100, tenía entre 31 y 50 años; 95 mujeres de entre 19 y 30 años fueron asesinadas en el último año. Entre 13 y 18 años tenían 29 víctimas; 11, entre 2 y 12. Mataron a una niña de menos de 2 años y a 35 mujeres de entre 51 y 65 años. En cuanto a los femicidas, 167 están en el rango que va de los 19 a los 50 años.
En cuanto al lugar del hecho, 171 casos ocurrieron en la vivienda relacionada con la víctima, con el victimario o con ambos. Como ocurrió el 21 de agosto pasado en el country Martindale, de Pilar, donde el ejecutivo Fernando Farré mató de 70 cuchilladas a su mujer, Claudia Schaefer.
Murieron baleadas 66 mujeres; eso le pasó el 27 de abril pasado a Natalia Liva, a manos de su pareja, el policía Axel Riquelme, en La Matanza. Al igual que María Belén Morán, que el 29 de julio fue degollada por su ex pareja en Manzanares, murieron por la acción de un puñal 57 mujeres. Y fueron estranguladas 21, como Micaela Ortega, la chica de 12 años, en Bahía Blanca, el 23 de abril pasado.


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Fernanda Chacón cuenta su historia y expone sus miedos
Fernanda sosteniendo la imagen de su agresor, quien podría salir de la cárcel en pocos meses.
Fernanda Chacón tiene 40 años. Hace tres es víctima de violencia de género. "A Daniel Alberto Castro lo conocí en 2010. Era el hombre más bueno del planeta", comenta Fernanda Así empieza su historia con un hombre que hoy es su peor pesadilla.
Madre de tres niños y un adulto de 20 años, cuenta que los problemas empezaron cuando tuvieron a su única hija en común, una pequeña que nació en noviembre de 2011, por la cual -según dice- Daniel se sintió desplazado. "¿Te acordás cuando papá te hizo esto?", le pregunta la niña con la inocencia correspondiente a su corta edad, en referencia a los repetidos episodios de violencia de los que fue testigo. "El primer hecho se produjo en febrero de 2012, cuando por negarme a tener relaciones sexuales con él, le puso un cuchillo en el cuello a nuestra hija "
Compartilo
A los seis meses de haberse conocido, se fueron a vivir juntos y se casaron. Hasta ese momento, nada la hacía imaginar que el hombre que eligió sería capaz de levantarle la mano. "El primer hecho se produjo en febrero de 2012, cuando por negarme a tener relaciones sexuales con él, le puso un cuchillo en el cuello a nuestra hija". «Así como le di la vida, se la puedo quitar», fueron sus palabras. En ese instante, Fernanda tomó a sus cuatro hijos y se los llevó a la casa de una amiga. Pero luego de unos días volvió.
- ¿Por qué volviste?
- Porque me decía que se había equivocado, que iba a cambiar. El típico verso.
- ¿Pediste ayuda?
- No. Cuando me preguntaban decía que me había levantado dormida y me había golpeado con la pared, o que mi hija me había dado una patada mientras dormía. Era un calvario. Mis hijos gritaban por los pasillos y por el portero eléctrico pidiendo ayuda.
Los maltratos fueron empeorando a medida que pasaba el tiempo. Si bien ingresaba a sitios de Internet para investigar y se unía a grupos de violencia de género, nunca se animó a hacer la denuncia. Hasta que en mayo de 2013 dijo basta. El hecho que derivó en su primera denuncia fue un golpe que, como resultado, le dejó una costilla fisurada. La recibieron en la Oficina de Violencia Doméstica (OVD) y su cuerpo habló por ella. Las marcas físicas eran su evidencia y bastó con mostrarlas para que le tomaran el caso. A raíz de esta denuncia, se dispusieron medidas cautelares y exclusión del hogar, a pesar de que él ya se había ido motu proprio.
Fernanda tenía la esperanza de que el maltrato cesara. Pensó que nunca se atrevería a volver. Sin embargo, dos semanas después, llegó del colegio con sus hijos y, cuando abrió la puerta del departamento, allí estaba él.
Una vez más: discusiones, gritos, insultos. Llamó a la policía y finalmente, después de 40 minutos de espera, llegó y le notificó la causa en su contra y la prohibición de acercarse a la familia.
¿Cómo viviría tranquila sabiendo que ese hombre seguía en la calle y que en cualquier momento podría volver a hostigarla?
Durante 15 días no supo nada de él, hasta que un día apareció cuando abrió la puerta del ascensor y la noqueó con su hija en brazos. Los vecinos, alertados por la situación, salieron a socorrerla y él se escapó. Ese 13 de junio de 2013 hizo la segunda denuncia por desobediencia a las medidas judiciales en la Comisaría N° 29.
La pesadilla parecía no tener fin. La abogada del Centro Integral de la Mujer (CIM), que en ese momento la patrocinaba, se fue de vacaciones y no renovó las medidas cautelares. El abogado de Daniel se comunicó con ella y le dijo que si no volvía al departamento que compartían iba a tener problemas legales.
Bajo el mismo techo otra vez. El maltrato físico y psicológico era frecuente en el departamento que compartían con los cuatro hijos. Nada lo frenaba. Ni siquiera la presencia de la policía lo intimidaba. Días después, intentó pegarle delante de los efectivos y se lo llevaron detenido por desacato a la autoridad. Al día siguiente del hecho, como otras veces, salió en libertad.
El último encuentro cara a cara fue en febrero de 2014. Fernanda estaba con su hija menor en la esquina de su domicilio y le sacó a la pequeña de los brazos a la fuerza. Ante la desesperación, le pidió que la acompañe al supermercado y mientras ella entraba a "hacer las compras", él se quedó con la niña afuera. "Una vez adentro, activé el botón de pánico, que no sirve para nada. Hasta que establecés la comunicación y te preguntan qué está pasando puede suceder cualquier cosa", dice. Después de 20 minutos, llegó la policía y se lo llevaron detenido hasta el otro día por desobediencia a las medidas cautelares.
Entradas y salidas de la comisaría tuvo varias. Cuando le averiguaron los antecedentes, Fernanda se encontró con una sorpresa. Daniel había estado preso en el penal de Devoto por delitos como robos y encubrimientos antes de conocerlo.
La noticia que tanto anhelaba finalmente llegó el 30 de marzo de 2014. Daniel Alberto Castro quedó detenido automáticamente debido a que la jueza determinó el peligro de fuga por no tener un domicilio fijo y se le dictó la prisión preventiva en el penal de máxima seguridad de Ezeiza; luego de unos meses fue trasladado al de Devoto, donde hoy cumple la condena.
Aún estando preso, su ex pareja llamaba desde la cárcel para amenazarla.
Se le imputaron nueve delitos en contra de Fernanda, entre los que figuran amenazas coactivas, lesiones leves y desobediencias. "Nunca me presenté como querellante en la causa ya que la abogada que me patrocinaba en la Dirección de Orientación a la Víctima (DOVIC), dependiente de la Procuración General de la Nación, me dijo que la causa iba bien encaminada y que si me presentaba quizás se entorpecería y sería más largo el proceso. Luego de un tiempo, me enteré de que la abogada trabaja ad honorem en la Asociación para Familiares de Detenidos en Cárceles Federales (ACIFAD) orientando a los familiares de detenidos para que puedan recuperar su libertad".
Luego de dos años de investigación y declaración de testigos, la causa pasó a la próxima instancia: Tribunal Oral. "En marzo de este año me llamaron de la fiscalía para informarme que, al otro día, mi ex iba a firmar un juicio abreviado de cuatro años y seis meses como pena única y unificada. Él tenía tres años en suspenso por una causa anterior, que yo desconocía hasta ese momento, por lo que le dieron sólo un año y seis meses por todo lo que me hizo a mí". A Fernanda una incógnita no la deja en paz: ¿Por qué el victimario es el que recibe los beneficios y la víctima tiene que luchar contra la burocracia de los organismos de Justicia? "Después de ir por varios lados y golpear infinidad de puertas, me decían que no había nada que hacer para poder preservar nuestras vidas "
"Después de ir por varios lados y golpear infinidad de puertas, me decían que no había nada que hacer para poder preservar nuestras vidas. Finalmente, llegué a la Oficina de la Mujer de la Corte Suprema de Justicia, lugar que habitualmente no atiende al público y, por mi insistencia, decidieron escuchar mi caso. Evaluaron varias alternativas hasta que la única que creyeron conveniente fue empezar de cero. Hablaron con la directora de la Oficina de Violencia Doméstica (OVD) y ese mismo día, 10 de abril de 2015, hicieron un informe de alto riesgo debido a los antecedentes de esta persona", comenta Fernanda y bromea con que ya podría ser abogada con todo lo que tuvo que aprender estos años, a pesar de no tener un título universitario.
Sobre la base del informe, el Juzgado Civil dispuso medidas cautelares sin fecha de vencimiento a partir del momento de su excarcelación. Pero el problema es que estas medidas van a estar vigentes recién cuando él salga en libertad y no se tuvieron en cuenta las salidas transitorias, que pueden suceder en un plazo no mayor a tres meses.
La sentencia hoy está firme, pero aún así, Fernanda no duerme tranquila. Los procesos judiciales que está transitando parecen interminables: la quita de la Patria Potestad de la hija que tienen en común, una causa por amenazas desde la cárcel que recibió contra ella y su hija menor cuando su ex marido se enteró que debía pasarle el dinero de la cuota alimentaria y la apelación a la sentencia.
¿Quién les asegura que cuando salga no cumpla con las amenazas? ¿Por qué tienen que vivir con un miedo constante a ser perseguidas? Muchas preguntas y pocas respuestas. Así viven 4570 mujeres -según las cifras de casos denunciados, proporcionadas por la Oficina de Violencia Doméstica (OVD) de enero a mayo de este año- que luchan día a día contra la impunidad de hombres que alguna vez prometieron amarlas y cuidarlas de por vida.
S. CH.

miércoles, 8 de junio de 2016

EL PAPEL DEL ESTADO POR GERMAN GARAVANO


Pasó un año de la primera marcha de #NiUnaMenos y los datos siguen siendo preocupantes: en 2015 la ONG Casa del Encuentro registró 258 femicidios en la Argentina. Lo que se ha hecho para la protección de las mujeres dista de ser suficiente y el sistema es muy dispar en sus resultados.
La suerte de la víctima todavía muchas veces depende de la comisaría o fiscalía en la que hace la denuncia y de los mecanismos de protección con los que cuenta su jurisdicción. Que el Estado se haga cargo de la protección de una mujer en situación de violencia de género no es una cuestión menor. Se trata de una vida.



La violencia de género es un problema antiguo, pero su judicialización, al igual que la conciencia generalizada del deber del Estado con la protección de las mujeres, es relativamente nueva. El enfoque a generar también debe ser novedoso, para poder combatir este problema con una mirada amplia e integrada. Hay que recordar lo que hace tan particular a este tipo de violencia y pide un tratamiento especial: que las víctimas suelen conocer a sus agresores, algo que no ocurre con otros tipos de violencia. Y no sólo esto, sino que además muchas veces comparten casa o hijos con ellos. Más allá de la denuncia penal, las víctimas deben pasar por complejos procesos en la justicia civil y necesitan apoyo psicológico para poder cortar los lazos que las atan a sus agresores.
El Ministerio de Justicia y Derechos Humanos impulsa un modelo de atención integral (MAI) para la violencia doméstica y sexual. El objetivo es brindar atención integral desde el inicio de la denuncia y durante todo el proceso judicial a partir del apoyo jurídico, terapéutico y social, para proteger mejor a las víctimas mediante una actuación coordinada de los profesionales de distintas áreas, por primera vez en el país. El modelo incluye también un proyecto de ley procesal que funciona como guía para que las provincias la adapten a sus necesidades.


En este modelo se inserta el diseño de un equipo de jueces y fiscales con competencia penal y civil para casos de violencia de género. Se basa en el trabajo de operadores judiciales especializados en la problemática, un procedimiento especial y una unidad de tramitación común para casos de incumplimientos alimentarios.
La Subsecretaría de Acceso a la Justicia también está implementando el patrocinio jurídico gratuito en todo el territorio para mujeres víctimas de violencia de género. El objetivo es ofrecer a las víctimas asesoramiento legal de calidad. También se capacitará a los centros de acceso a la Justicia (CAJ) en las provincias para que puedan dar respuesta a consultas relativas a esta problemática.
Los llamados "botones antipánico" que están en uso en varias jurisdicciones han tenido en muchos casos respuestas satisfactorias, pero colocan el peso de la decisión de pulsar el botón sobre la víctima. 

Los dispositivos electrónicos duales de monitoreo y detección de proximidad de agresores apoyan el cumplimiento de las medidas cautelares, como las de no acercamiento, alertando directamente a las fuerzas de seguridad si el agresor se encuentra cerca y evitando la carga innecesaria sobre la víctima. Estas pulseras electrónicas se están incorporando este mes en las provincias de Buenos Aires y Córdoba, y esperamos poder llevar la herramienta a todo el país.
Gracias al valiosísimo trabajo realizado por la Casa del Encuentro, podemos contar con una estadística de femicidios. Pero una ONG no puede reemplazar al Estado en la responsabilidad de generar estadísticas confiables. Por esto, el Ministerio planifica la primera encuesta nacional de violencia de género para el año que viene. Adicionalmente, este año se llevará a cabo en todo el país el primer estudio de necesidades jurídicas insatisfechas, con preguntas específicas sobre problemas de acceso a la Justicia en casos de violencia.


En última instancia, necesitamos recordar que el problema es cultural. Una sociedad que mata a sus mujeres y niños es una sociedad que ha fallado. Debemos cambiar la mentalidad en el tratamiento de la violencia de género y necesitamos mostrar claramente que no la toleraremos. Nos tenemos que hacer cargo.
GERMAN GARAVANO
El autor es ministro de Justicia y Derechos Humanos

martes, 7 de junio de 2016

EDUCACIÓN Y CULTURA SOCIAL; DOS EJES PRINCIPALES


Que ni las marchas, ni los avances en legislación, ni el aumento del presupuesto estatal logren frenar la violencia de género es una señal de que el problema es cultural y de que la educación aún no recoge el guante de ese desafío

FERNANDA SANCHEZ

Podría, pero no. No voy a buscar, no voy a aprenderme ni el nombre ni el apellido de la nueva víctima. No voy a mirar si se llama Micaela o Ángeles o Melina o Candela. No voy a hacer eso que -contra mi voluntad- mi cerebro está haciendo ahora, y que es crear una lista. Porque ése es el verdadero comienzo del error: la lista. La serie. El resignado gesto del que se da por perdido consiste precisamente en contar cadáveres y armar complejas cadenas de nombres, de edades, de circunstancias. Todo para comprobar, sin espanto, lo democrático del crimen. Porque se mata a mujeres y chicas en Barrio Norte y en Villa Banana y en Bahía Blanca. Porque algunas víctimas tienen 60 años y son abuelas y otras tienen dos, y otras tienen 12 y se murieron sin haber dado un solo beso. "Que nuestras vidas no se acaben a los 12", decía, de hecho, uno de los carteles que se vieron en la última marcha, tras el asesinato de la última nena. Sí, ésa, la que se contactó por Facebook con quien supuestamente era una nena como ella y terminó siendo un ex presidiario en salida transitoria y ahorcándola con una remera. Y de nuevo el maldito cerebro contador, y detallista, sumando al rosario de sangre otro nombre, otra edad, otros detalles. Censando muertas. Sabiendo que habrá más.
Hace exactamente un año también lo sabíamos. Todos lo sabíamos. Pero el impulso, las ganas de salir a la calle a decir que en nuestros registros ya no cabía una muerta más fue más fuerte. Y allá fuimos (y allá iremos hoy otra vez) los miles, después del trabajo, con las mochilas del colegio a cuestas, con nuestras amigas, maridos, hijos. Yo fui con el mío, de once. Volvió impresionado. No sólo por la riada de gente en las calles sino por las fotos, los centenares de caras hechas carteles. Muertas, todas.




Aunque hubo una escena que devoró todas las demás. Era una mujer que avanzaba sola por la Avenida de Mayo y sostenía bien alto un portarretratos desde donde sonreía una nena idéntica a ella, sólo que a los 15 años. ¿Sabrá alguien alguna vez de eso? ¿Sabrán de los años en los que las mujeres vivimos en peligro? Corrección: ¿de esos años imprecisos, entre los once y los veintipico, en los que vivimos especialmente en peligro? Porque es entonces cuando esa presa que somos todas se vuelve más presa que nunca. Un tiempo que no es solamente como lo cuentan las publicidades de maquillaje y de tampones (llenos de fiestas, chicos y salidas), sino también de alerta. De camuflaje. De extrema atención.
-Que abran la gaseosa delante tuyo.
-No subas al ascensor con nadie.
-No subas al colectivo si está muy lleno.
-Si te siguen, metete en cualquier casa y pedí ayuda.
Todavía recuerdo las recomendaciones de mi mamá y (salvo la de la gaseosa) todas ellas me han sido muy útiles. Una vez, de hecho, me salvé metiéndome en una casa: alguien abrió la puerta y los dos tipos que me seguían en un auto salieron arando. Con el tiempo, aprendí a descifrar ciertos cambios en el entorno o en las conversaciones que podrían presagiar el peligro. Aprendí, como todas, a sospechar del mundo. Y hasta creo recordar aquella primera vez en la que (después de años) seguí caminado por la misma vereda aunque adelante hubiera un grupo de hombres charlando. Antes hubiera tenido sí o sí que cruzar la calle. Ahora no, y lo celebré. El peligro -la belleza o el tiempo, en realidad- había pasado. Ahora sí iba a poder caminar tranquila siempre. Ya era invisible.


Dejar de ser una "nena" como aquella con la que durante años se hipnotizó a la amable teleplatea ("¡Pero si es una nena!", decía el personaje de bigotes, ¡y vieran qué plato!) se parece demasiado a alcanzar el borde de la pileta cuando estás aprendiendo a nadar. Es saberse -o imaginarse- por fin a salvo de todo eso que acecha en la hondura y comenzar a flotar. Cuando una es chica pasa algo parecido: sobredosis de príncipes libro adentro, una legión de cazadores al paso puerta afuera. Y no es gracioso, no. Es más bien aterrador. Se trata, básicamente, de patalear (de correr, de gritar, de estirarse la pollera, de meterse en una casa) entre dos puntos seguros. Y no es justo, claro.



Hace un rato, de hecho, tras la tercera adolescente asesinada en horas, una amiga (madre de mellizas de dieciséis) se preguntaba cómo haría para criar a dos hijas sensibles, solidarias y conectadas con los demás cuando, al mismo tiempo, debía vivir precaviéndolas contra extraños y conocidos, taxistas, patovicas, porteros y todo lo que sigue. Al perfecto revés de las cosas, no cambiamos el entorno para que ellas puedan andar tranquilas; les pedimos a ellas que se alteren, que se cubran, que se escondan. Que sean otras, para estar (imaginamos) menos "expuestas".
Pero no hay tal cosa aquí. No hay exposición al riesgo porque tampoco hay ya lugar seguro. Antes, como a Caperucita, nos decían aquello de la calle, la siesta, los otros. Hoy ya sabemos que es a manos de conocidos (ex parejas en particular) que muere la mayoría de nosotras y que ni en la tranquilidad de su cuarto una chica va a estar realmente a salvo. La Web es la nueva Disneylandia para pedófilos y agresores sexuales.

¿Entonces? Si una marcha que movilizó a miles no basta, si una ley nacional y varias normativas no alcanzan, si ni siquiera un aumento en el presupuesto se traduce en menos muertes, ¿qué? ¿Qué podría comenzar a pasar ahora, cuando ya sabemos que no pasó nada? Tal vez -sólo tal vez- en esa misma pregunta esté encerrada parte de la respuesta. Porque si hasta ahora apostamos a lo grandioso, a la concentración de millones y la multiplicación de consignas, y ni aún así nos asesinan menos, tal vez haya que intentar por otro lado. Por lo pequeño, por ejemplo, que es donde suele jugarse la verdad de las cosas.
Por caso: ¿cuándo se implementará realmente la capacitación en equidad en los colegios, algo previsto por la ley? O yendo a lo más cercano, ¿cuándo se dejará de fogonear -desde tantos lados a la vez- la misma parafernalia azul y rosa? ¿Cuándo comenzamos el desmonte real del siniestro "campeones y princesas"? He sabido de maestras que se vuelven sordas cuando un nene de 9 años le pregunta a una compañerita "¿Y vos cuánto cobrás?", y también de otras docentes que autorizan a sus alumnitas a pegarles a los chicos que las toquen. ¿Eso es lo más parecido a la equidad que supimos conseguir? He visto a madres (en vísperas de un viaje) proponer en materia de acompañantes que "las nenas voten a las mamis y los nenes, a los papis", en una exhibición de sexismo que ni el diminutivo logró disimular.


Sé de madres que se han negado a comprarle una escobita a su hijo cuando se la pidió (¡a ver si todavía!), de nenas retadas por ser muy activas, de chicos y chicas a los que la semilla de la asimetría les llega antes que la ortodoncia. Y con ella la idea de la división, primero, y de la desigualdad, después. Mientras esto siga -como sigue- intacto y palpitante en el interior de cada escuela, de cada casa, de cada uno de todos nosotros, no habrá ley ni marcha ni discurso bienintencionado que sirva de mucho. Y, por eso mismo, no sólo ellas, sino todos vamos a seguir en peligro.

lunes, 6 de junio de 2016

EL INDEC DICE "NIUNAMENOS"

El INDEC también dice #NIUNAMENOS La violencia de género es un problema social que nos afecta a todos, sin distinguir edad, sector socioeconómico, etnia o religión. Su erradicación exige socavar los cimientos culturales que legitiman las desiguales relaciones de poder entre mujeres y varones. 

Desde el INDEC se ha puesto en marcha, en conjunto con el Consejo Nacional de las Mujeres, el Registro Único de Casos de Violencia contra la Mujer (RUCVM) que busca brindar indicadores en esta temática. Un equipo de trabajo se encuentra en proceso de recopilación de datos provenientes de distintos organismos públicos en los que se reciben denuncias o pedidos de asistencia por parte de las víctimas.
Asimismo, este Registro se enmarca en un proyecto global de transversalización de la perspectiva de género que involucra a todas las áreas productoras de estadística del Instituto y del Sistema Estadístico Nacional, con el fin de dar visibilidad social al fenómeno y abordarlo desde un enfoque preciso y amplio.
El objetivo principal es dimensionar la problemática y evidenciar los estereotipos de género instaurados en el imaginario social. De esta forma, el INDEC afirma su compromiso con la producción y difusión de estadísticas que contribuyan a la planificación de políticas públicas para la erradicación y prevención de la violencia contra las mujeres.