Un mensaje claro en horas oscuras
El presidente de la Sociedad Rural puso de manifiesto los errores de las políticas que condujeron a paralizar el crecimiento de la economía argentina
La claridad del discurso con el cual el presidente de la Sociedad Rural Argentina abrió la 134ª muestra anual de Palermo refleja el estado desgarrador en que el kirchnerismo ha colocado al país.
Su retorno al poder, hace dos años, a través de un testaferro presidencial, lo ha presentado en la peor expresión posible del movimiento fundado por Juan Perón. No solo ha sido ahora incapaz de enmendar los gravísimos errores cometidos en los dos períodos presidenciales de Cristina Kirchner, sino que los ha ahondado.
Ha sido un factor central de lo ocurrido la dispersión política y emocional de sus principales protagonistas. La vicepresidenta, bajo los efectos enceguecedores de la lucha por impedir que una Justicia independiente se pronuncie sobre las causas por corrupción que se le siguen. Y el Presidente, con una incapacidad orgánica para conducir los destinos del país, como lo puso en evidencia al comenzar el período de cuatro años y manifestar lo que ningún estadista en el mundo se hubiera atrevido a decir en su lugar: que no creía en los programas económicos. ¿En qué creía entonces?
Si Alberto Fernández quiso pasarse de listo con esa confesión, lo logró. Pero lo logró a expensas de un país al que ha dejado sin reservas para afrontar compromisos tan elementales y urgentes como el de comprar los insumos de procedencia extranjera sin los cuales se paralizan el campo, la industria y los servicios. Sin dignidad ni sentido de la soberanía nacional como para dejar a nuestros compatriotas del sur lejano expuestos a “delitos perpetrados bajo el pretexto de reivindicaciones de quienes se autodenominan pueblos originarios, siendo simplemente delincuentes comunes”, según la acertada calificación de Nicolás Pino, presidente de la SRA, en su discurso del sábado.
Podría seguirse indefinidamente con la enumeración de los yerros poco menos que catastróficos de un gobierno que incita tácitamente a la violencia contra los productores porque no venden lo que queda sin vender de su cosecha anterior. Demasiada ignorancia u olvido avieso de que lo hacen con el ritmo gradual acorde con sus necesidades y la lógica elemental de evitar que un año de esfuerzos e inversiones se evapore, en cuestión de horas, en pesos argentinos. La denuncia del Presidente contra esos productores se prolongaba el sábado, simultáneamente con el acto de la Rural en Palermo, a las puertas del Congreso. En ese momento voceaban las mismas absurdas protestas grupos piqueteros llevados y traídos por un alto funcionario del Ministerio de Desarrollo Social.
¿A qué siguen jugando con tanta irresponsabilidad los causantes de la situación en que ha caído la Argentina? Mientras en el propio seno del oficialismo se admite que la designación de Sergio Massa como ministro de Economía con amplísimos poderes equivale a haber utilizado la “bala de plata” que quedaba, ¿cómo debe interpretarse que el intendente de Pehuajó, funcionario políticamente apañado por la vicepresidenta, haya dicho que debería expropiarse la soja acopiada, no ya la tierra, dicho esto en tono pretendidamente indulgente? ¿Cómo puede ser intendente de un pago tan criollo quien ha dicho tamaña barbaridad?
El campo, por la voz del titular de la más antigua de sus instituciones, prescindió de otorgarle a Massa respaldos que hubieran sido inoportunos por el desconocimiento que perdura tanto sobre lo que se propone hacer como superministro como sobre el poder real del que dispondrá para realizar lo que en su momento anuncie. Pero como portavoz de toda institución debidamente arraigada en la Argentina, y con la esperanza indeclinable que corresponde a tal papel, Pino confió en que aquel sabrá arbitrar las medidas necesarias para sacarnos de la actual situación.
El país se halla peligrosamente afectado tanto por el vacío de poder que caracterizó a las últimas semanas como por la insensatez de las posiciones populistas radicalizadas que se agravaron incluso con las modestas enunciaciones moderadas de Silvina Batakis, la efímera ministra que merece alguna palabra compasiva por el destrato padecido.
Ante tanto desparpajo de los sectores oficialistas que aún pugnan, a pesar de las evidencias desastrosas de la gestión emprendida en diciembre de 2019, en imponer modelos que han llevado a la tiranía y la miseria, como el cubano y el venezolano, Pino opuso el ejemplo de los países exitosos. Países con democracia, respeto por las leyes, por la justicia y por la propiedad privada. Debió recordar a aquellos, además, que la afrenta de haber calificado a los productores de “especuladores” se desmorona por sí sola con el dato de que en el primer semestre la agroindustria liquidó divisas por 19.145 millones de dólares. Un récord.
Si aun así, y con los giros, además, que recibió del FMI, quedaron las arcas del Estado vacías en el grado alarmante que todos sabemos, no hay otra causa más del descomunal cuadro inflacionario que la dilapidación de recursos a la que Pino dedicó algunas líneas de su exposición. Se permitió, también, calificar de ilegales e inconstitucionales las retenciones que sufren los productos del campo. En lo últimos veinte años, el Estado percibió unos 130.000 millones de dólares por esa fuente discriminada en relación con otras actividad productivas. El común de esas actividades tributa el 42% de su rentabilidad, observó el orador; el campo, el 70%.
Tales ingresos se evaporaron en subsidios, planes de asistencia social sin contraprestación alguna de trabajos o estudios, compras sin licitación; engrosamiento del plantel de empleados públicos, sobre todo en provincias y municipios; empresas con déficits exorbitantes como Aerolíneas Argentinas; erogaciones por juicios perdidos ante tribunales internacionales, y demás. “La inflación –dijo Pino– no se baja con control de precios; se baja eliminando el mal gasto del Estado”.
Pino señaló que las regulaciones han hecho retroceder a algunos de nuestros principales rubros de exportación, como el caso de las carnes, y han paralizado su crecimiento. Producimos tanta soja como hace diez años y la misma cantidad de leche que hace un cuarto de siglo. Con tipos de cambio tan discriminatorios, que el campo percibe por sus ventas dólares de menos de 100 pesos, pero paga insumos que cuestan 300 pesos por dólar, ejemplificó el presidente de la Rural. Eso ha determinado que haya 227.000 productores agropecuarios registrados en el país, 70.000 menos de los que había en 2001.
Coincidimos con el mensaje de que el Gobierno que venga en 2023 traiga consigo un plan macroeconómico que asegure estabilidad y libertad como condición para eliminar las desigualdades. Entretanto, convengamos que el nuevo ministro de Economía ha abierto un compás de expectativa, no tanto porque se sepa lo que va a hacer, sino por lo que presumiblemente no debería hacer.
Se impone un grado de coherencia interna en el oficialismo y de comprensión de las verdaderas urgencias nacionales que aún no está a la vista. Alarma, en ese sentido, que el jefe de la Agencia Federal de Inteligencia (AFI), más dado a las declaraciones públicas que cualquier otro colega en su mismo puesto en el mundo, haya dicho, a propósito de los relevos ministeriales, que más importante que los hombres es la continuidad del proyecto del Frente de Todos.
Precisamente si la continuidad de ese proyecto se reafirmara sería imposible la recuperación del país a breve plazo y Sergio Massa no tendría un futuro político más promisorio que el de Martín Guzmán.
El país se halla peligrosamente afectado por la insensatez de las posiciones populistas
El campo percibe por sus ventas dólares de menos de 100 pesos, pero paga insumos que cuestan 300 pesos por dólar
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