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domingo, 27 de septiembre de 2020

HOLMES & HOUSE


Holmes & House
El paralelismo y el parecido de estos dos consagrados y extraordinarios personajes es tan evidente como interesante. Brillantes entre sus pares e incómodos para la mayoría de los mortales que los rodean, ambos están más allá del elogio común, que normalmente despreciarían. Hasta sus apellidos se parecen.


Estatua Sherlock Holmes, Edimburgo
Empecemos por ahí: puestos sobre el papel, los apellidos son parecidos. Pero vayamos más allá: “House” (casa) es sinónimo de “Home” (hogar), que es como el mismo Sherlock pronuncia su apellido; le agrega la “ese” final, pero no suele pronunciar la “ele”.
Este parecido no es casual: el creador de Dr. House, David Shore, tomó como modelo para su personaje, el doctor en medicina Gregory House (ícono de las series televisivas inteligentes del siglo XXI), al detective Sherlock Holmes, famosísimo y clásico personaje creado en el siglo XIX por sir Arthur Conan Doyle (que también era médico, vale recordar).
El nombre de pila de House, Gregory, también relaciona su origen con un personaje de las historias de Sherlock Holmes: se trata de Gregson, el inspector de Scotland Yard, catalogado por Holmes como “el mejor de un mal lote”, aunque alguna vez lo reconoció como “el más inteligente de los Scotland Yardianos”, elogio que viniendo de Holmes ya era mucho decir. Este personaje aparece en “Estudio en Escarlata” (la célebre novela de Arthur Conan Doyle en la que aparece Sherlock Holmes por primera vez) y más adelante en otras tres historias del gran detective.
Tanto Arthur Conan Doyle como David Shore se basaron en alguien conocido y concreto para crear su personaje. Doyle tomó como modelo al Dr. Joseph Bell, médico de la Royal Infirmary de Edimburgo, cuyo perfil y poder de deducción casi mágicos trasladó a su personaje. “Pensé en mi viejo profesor Joe Bell, en su rostro de águila, en su singular comportamiento, en su enigmático método para descubrir pormenores. Si era posible en la vida real, ¿por qué no podía yo hacerlo en la ficción?”, dice Arthur Conan Doyle. Y David Shore tomó como modelo a... Sherlock Holmes, y dotó al genial médico con las facultades inductivo-deductivas del genial resolvedor de misterios.
Sherlock Holmes tiene en John Watson a su confidente, a su amigo, a su ayudante. Greg House tiene una similar relación con James Wilson. Ambos amigos tienen las mismas iniciales y apellidos muy similares.
Sherlock Holmes se despeja y se relaja tocando el violín; el Dr. House lo hace tocando el piano. Holmes se concentra y piensa en soledad en el sillón de su salón en Baker Street fumando su pipa; House hace exactamente lo mismo, en soledad también y en el sillón de su oficina del hospital, con una pelotita de goma en su mano.
Ambos tienen sus adicciones, ocultas pero no tanto: Sherlock Holmes es aficionado a la cocaína, aunque en rigor de verdad no es un adicto; House sí es adicto al Vicodin, un opioide, en este caso por razones médicas: un dolor crónico en su pierna debido a un extraño infarto muscular antiguo.
Ambos tienen “problemas con la autoridad”; más bien continuas diferencias de opinión y de criterio con lo que podríamos llamar “la autoridad constituida”. Holmes subestima y en muchos casos hasta desprecia a los inspectores de policía que ocasionalmente coinciden con él en alguna investigación, aunque su problema es más con “la autoridad” como concepto que con quien la ejerce. “Sus facultades son superiores a sus oportunidades”, le dice Holmes al inspector Lestrade (el otro inspector por el que al menos siente alguna consideración); “–Eres un pedante, crees que siempre tienes razón” (le dice a House la dra. Cuddy, directora del hospital) “–No lo creo. Es solo que es difícil trabajar suponiendo lo contrario” (contesta House sepultando a su ocasional rival, a quien, sin embargo, aprecia).
Ambos son solitarios, “solteros” (House es divorciado) y viven solos. De alguna manera, mantienen su mundo racional y personal protegido de invasiones externas. Ambos tienen incapacidad manifiesta para relacionarse con las personas y no hacen absolutamente nada por modificar eso. Pueden ser cortantes y hasta ofensivos con sus ayudantes y nunca se disculpan por eso; hasta podría decirse que las personas en general les importan poco. “Para mí el cliente es una simple unidad, un factor del problema”, dice Holmes sin ningún prurito. “No te ignoro, solo te doy la importancia que mereces”, dice House en forma impiadosa. Lo único que les interesa es resolver el problema, el caso, el misterio; eso es lo que les genera entusiasmo, es el combustible de su vida cotidiana.

Una mezcla de ambos personajes.
Ambos son casi misóginos (al menos en su superficie, en lo que quieren mostrar a los demás). “Le aseguro que la mujer más encantadora que yo conocí fue ahorcada por haber envenenado a tres niños pequeños para cobrar el dinero del seguro”, “una de las especies más peligrosas del mundo es la mujer errante y sus amigos”, dice Holmes. “– ¿Qué ocurre ahora, Cuddy?” –le dice House, de espaldas a su jefa que acaba de entrar a su oficina–. “–¿Cómo sabías que era yo quien entraba?” “–Es que los gatos salvajes frustrados emiten unos aromas inconfundibles.” Hay que decir que en algún momento, avanzada la serie, House tendrá una relación amorosa con Cuddy (seguramente el autor creó esa relación al prolongarse las temporadas de la serie debido a su éxito comercial, pero es una deducción, nada más) que terminará... mal, como era de esperar.
Ambos son personajes de personalidad sarcástica y escéptica. House dice “no te preocupes por lo que la gente piense, no lo hacen muy a menudo”, mientras Holmes dice “es una suerte para esta comunidad que yo no sea un criminal”. Su perspectiva ante la vida es pesimista y cínica: House les dice a los pacientes, en más de un capítulo, “la vida es un asco y la suya es peor que otras... aunque hay vidas peores, lo que también es deprimente”; mientras Holmes, en muchas de sus historias, directamente y sin vueltas pronuncia su clásica frase: “la vida es vulgar”.
Ni Holmes ni House ven la religión con buenos ojos: Holmes sostiene que “el problema del mal me impide creer en Dios, o al menos en un Dios todopoderoso que se preocupa por nosotros”, mientras House le aclara a uno de sus médicos, en referencia a un paciente con delirio místico a quien el joven médico calificaba como “religioso”: “si te dice que habla con Dios es religioso, pero si te dice que es Dios quien le habla es un psicótico, así de simple”, o, como suele decir, “o bien Dios no existe o es jodidamente cruel.”
Ambos tienen una muletilla que significa prácticamente lo mismo: mientras Sherlock Holmes dice “nada resulta más engañoso que un hecho evidente”, Greg House no deja de decir a cada rato y a quien quiera escucharlo que “todos los pacientes mienten”, mostrando que la sospecha de todo y la desconfianza en lo obvio son primordiales en su manera de razonar. Refiriéndose a la manera en que enfocan su trabajo, por ejemplo, Holmes dice siempre “mi recompensa más elevada está en el trabajo mismo, en el placer de encontrar campo en el cual ejercitar mis especiales facultades”, mientras que House dice, en forma mucho más sucinta: “el trabajo está hecho”, o “resolví el caso”.
Ambos utilizan métodos no ortodoxos para resolver sus casos. Holmes vigila de incógnito a los sospechosos en los misterios que debe resolver, se disfraza, utiliza a Watson para obtener información, etc. House entra ilegalmente en las casas de sus pacientes (Holmes también lo hace) o envía a sus residentes a hacerlo, utiliza jugarretas peligrosas para descubrir mentiras y emplea prácticas no permitidas por las reglas del hospital; ambos hacen lo que sea para resolver el caso que tienen delante, se guían por su propio juicio acerca de lo correcto y lo incorrecto, desobedecen reglas y hasta leyes.
Ninguno de los dos es llamado a resolver casos simples o nimios. Holmes es convocado muchas veces por la mismísima policía para desentrañar misterios aparentemente inabarcables; a House solamente le llegan los pacientes a los que nadie ha logrado diagnosticar o tratar correctamente, y directamente se niega a atender en los consultorios externos, en los que se muestra por demás sarcástico y descortés ante los pacientes, buscando incluso que lo sancionen con tal de no atender esas cuestiones que él considera menores.
“Posee dos de las tres cualidades necesarias para el detective ideal. Tiene el poder de la observación y el de la deducción. Él sólo quiere saber”, dice Holmes en uno de sus relatos; en él, ese comentario es un raro elogio, y parece estar diciéndoselo a... House, que también tiene la tercera de las cualidades invocadas por Holmes: la capacidad de dejar fuera lo emocional en todo lo que se relacione con su trabajo. Estos dos extraordinarios personajes, genios de la observación y la deducción, invocan el paradigma de “la navaja de Ockham” (de hecho, uno de los capítulos de Dr. House lleva ese nombre) y abruman, sorprenden y generan rechazo por igual entre colaboradores y adversarios. Están lejos de estar en paz con la vida y saben que jamás lo estarán; su brillantez los hace arrogantes (“la arrogancia hay que ganársela” dice House, “es mejor que no deje el país, se siente solo sin mí, y provoca una agitación malsana entre las clases criminales”, dice Holmes) pero también atormentados.
Mientras Sherlock Holmes seguramente podría deducir la vida y las costumbres de Greg House analizando su bastón (como lo hace en “El mastín de los Baskerville”), House seguramente detectaría alguna asimetría en los hombros de Holmes debido a su afición al violín; luego House le comentaría a Holmes que “la humanidad está sobrevalorada” y éste le contestaría “me temo que es lo que está sobrevalorado es la vida”.
Y ambos brindarían con un buen whisky escocés.


M. A. H. 

sábado, 26 de septiembre de 2020

HISTORIAS DE MUERTE Y DE VIDA


Simon Wiesenthal, el más célebre 'cazador de nazis'
Austriaco de origen judío y superviviente del Holocausto, llevó ante la justicia a más de 1.100 criminales de guerra del nazismo refugiados en todo el mundo

El austriaco de origen judío Simon Wiesenthal, superviviente del Holocausto que dedicó toda su vida a buscar y facilitar la captura de numerosos criminales de guerra nazis, falleció un día como hoy del año 2005 en su casa de Viena a los 96 años. Bajo el lema "Justicia, no venganza", Wiesenthal consiguió llevar ante los tribunales a más de 1.100 criminales de la Alemania hitleriana refugiados en todo el mundo tras la Segunda Guerra Mundial.
Wiesenthal se retiró de la vida pública sos años antes de su muerte tras dar prácticamente por concluida su misión al considerar que, aunque quedaran criminales de guerra nazis con vida, éstos serían tan ancianos que difícilmente podrían ser llevados ante los tribunales. Con motivo de su retirada, afirmó ante la prensa que "a los asesinos de masas que he perseguido, los he encontrado y los he sobrevivido a todos".
Simon Wiesenthal nació el 31 de diciembre de 1908 en Buczacz, en la región de Galizia, que entonces pertenecía a la monarquía de los Habsburgo y que hoy forma parte de Ucrania. Concluidos sus estudios de arquitectura, se instaló en Praga en 1932 y ejerció como arquitecto hasta 1941 cuando, durante la ocupación alemana de Checoslovaquia, fue detenido. Logró sobrevivir a doce campos de concentración y exterminio hasta ser liberado por las tropas estadounidenses en Mauthausen (Austria) en 1945. En el momento de su liberación sólo pesaba 45 kilos y, según relató, rápidamente se dio cuenta de que "no hay libertad sin justicia", por lo que decidió dedicarse "unos pocos años" a hacer justicia, que se convirtieron en décadas.
Durante su permanencia en los campos de la muerte, Wiesenthal consiguió tomar nota de los nombres de cada uno de los criminales nazis que participaron en el genocidio y, una vez liberado, se dedicó exclusivamente a buscarlos y a ser la "conciencia del Holocausto", la voz de los seis millones de judíos que murieron en los campos de concentración y exterminio de la Alemania de Hitler, entre ellos 89 de sus familiares. Quería que se mantuviera viva la trágica experiencia vivida por los judíos como una lección para la Humanidad.
En 1947 fundó el Centro de Documentación Judío, embrión del Dokumentationszentrum de Viena que lleva hoy su nombre y que cuenta con delegaciones en varios países del mundo. El Centro fue cerrado en 1954 debido a los intereses creados durante la Guerra Fría que no eran muy favorables al esclarecimiento de todos los crímenes de la Segunda Guerra Mundial. Pero en 1954, Wiesenthal consiguió localizar en Buenos Aires al destacado criminal nazi Adolf Eichmann e informó de ello al Centro de Investigación del Holocausto Yad Vashem, en Israel, cuyas autoridades eran inicialmente muy escépticas al respecto, pero finalmente el prófugo fue capturado.
Eichmann, el hombre que planificó la deportación y muerte en masa de millones de judíos en Europa, fue detenido en 1960 en la capital argentina, trasladado clandestinamente a Israel y finalmente sentenciado a muerte en 1961 tras la celebración de un juicio trasmitido por televisión. Ese mismo año, Wiesenthal reabrió su Centro de Documentación con el apoyo de donaciones de todo el mundo. Uno de los casos descubiertos por Wiesenthal más conocidos junto al de Eichmann es el de Karl Silberbauer, que condujo a los campos de la muerte a la niña judía Ana Frank y que fue descubierto en 1963 cuando trabajaba como inspector de policía en Viena.
"Cuando se mire atrás en la Historia quiero que la gente sepa que los nazis no fueron capaces de matar a millones de personas y huir como si nada", dijo Wiesenthal en una ocasión.

jueves, 24 de septiembre de 2020

LA PÁGINA DE ARTURO PÉREZ-REVERTE


Sobre novelas, faros y barcos
ARTURO PÉREZ-REVERTE


No es fácil decir adiós a una novela cuando acabas de escribirla. El alivio de terminar un trabajo, ponerle punto final a una sucesión de problemas narrativos que has resuelto con más o menos eficacia, el consuelo de liquidar la dura y última etapa de relecturas y correcciones interminables –como dice mi amigo Juan Gómez-Jurado, las novelas no se terminan, sino que se abandonan–, se ven empañados por la sensación de desarraigo y orfandad, la incertidumbre de verse desterrado de un mundo que fue el tuyo durante meses, o años: un mundo no por imaginado menos real, donde un novelista vive sumergido durante una buena parte de su vida. Después de ese tiempo en el que cuanto lees, miras, haces, escribes, amas u odias está relacionado con la historia que narras, y te acuestas por la noche pensando en lo que vas a escribir por la mañana, y al despertar acudes al teclado con la certeza de que en las siguientes horas escribirás la mejor página de tu vida… Después de todo eso, como digo, cerrar esa etapa, sentir que tan agradable y mágica suspensión de la vida real en beneficio de la imaginada –o la combinación de ambas– queda atrás y ya no te pertenece, saber que la novela está cerrada y nada más podrás hacer por ella, que a partir de ahora ya no es tuya porque será reescrita y completada por quienes la lean, te deja desorientado, confuso. Te deja más vacío y más solo.
Hasta ayer mismo, veinticuatro horas antes de teclear estas líneas, viví diez meses concentrado en una historia que acabó teniendo 650 páginas. Cuando la empecé el 1 de noviembre del año pasado, creía que su escritura iba a llevarme un par de años; pero los meses de confinamiento y la suspensión de todos los viajes, o casi todos, cambiaron el calendario. La mayor parte de este tiempo, de ocho a doce horas diarias, lo he pasado escribiendo o leyendo libros relacionados con el asunto –cómo añoro el tiempo en que era lector inocente, o incluso novelista primerizo y hasta ingenuo–. Y así, lo que en otras circunstancias habría supuesto un par de años de trabajo ha ido mucho más deprisa. La novela está corregida, entregadas al editor las últimas pruebas y vista la portada. Quien quiera leerla, pronto la tendrá en sus manos. Estoy ahora, todavía, en esa zona gris, yerma, situada entre una novela acabada y otra que está por venir. Todavía no sé cuál será, aunque algo barrunto entre la media docena de posibles historias que a un novelista profesional lo acompañan como un enjambre de moscas zumbándole en torno a la cabeza. Sé que en pocos días estaré con ella, la que sea, entre otras cosas porque la necesito: no escribir una historia determinada, sino vivir dentro de una nueva historia. Dejar de ser un escritor huérfano de mundos. Asegurarme otra vez meses o años de lecturas, de escritura, de esa fascinante incertidumbre tan parecida a navegar, fijarte un rumbo y un punto de arribada, moverte a la antigua, sin instrumentos y por estima, enfrentado a toda clase de mares, vientos y calmas, y el día previsto o cualquier otro, a las tantas de la madrugada y con los prismáticos pegados a la cara, reconocer a lo lejos las ocultaciones y destellos del faro que al zarpar fijaste con un círculo de lápiz sobre la carta náutica. Y probarte a ti mismo, entonces, que lo has hecho bien y eres un buen marino.
Así estoy y así me siento ahora, estos días. He echado el hierro al fin a resguardo del viento, en fondo de arena, con cinco metros de sonda y treinta y cinco metros de cadena, y con el compás de puntas calculo, sobre otra carta náutica desplegada en la camareta, la nueva navegación y las singladuras necesarias para el próximo viaje. Cumplo sesenta y nueve años dentro de dos meses, y a esa edad lo de elegir nuevos rumbos no es un acto banal. Ignoras cuántos viajes te quedan por hacer, y por eso es tan importante elegir bien unos y descartar otros. Equivocarte es un lujo excesivo a estas alturas. Hay navegaciones que ya nunca harás, aunque soñaste con ellas, y eso entristece; pero también tienes la certeza de que, sea cual sea la próxima, la emprenderás con la lúcida entereza de quien sabe que tal vez no haya más –vivimos entre estachas de ballena, dice mi viejo amigo Manuel Coy, marino sin barco– y por eso debe ser disfrutado cada viento, cada marea, cada singladura feliz, cada amanecer rojizo y cada puesta de sol incierta y gris. Cada velero con el que te cruzas entre dos luces, de vuelta encontrada, y que saluda en la distancia con los tres destellos de una linterna solitaria. Y te preguntas cómo harán quienes no navegan, o quienes no escriben, o quienes no leen, para soportar sus propios finales de novela.