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jueves, 29 de diciembre de 2022

ALMUDENA GRANDES


La novela póstuma de Almudena Grandes, una distopía inesperada
La escritora española dejó como último libro una historia ligada a la pandemia
José María Brindisi
En palabras bien escuetas y coloquiales, podría decirse que una distopía es un futuro torcido, situado en las antípodas o que está –como mínimo– bien lejos de lo utópico. Por lo general, esos caminos de la literatura imaginan regímenes totalitarios o “sociedades de control”, en los que se recortan la mayoría de los derechos y libertades, también por lo general disfrazando esas operaciones desde perspectivas extrañadas o justificándolas como el precio a pagar para sostener un estilo de vida o, directamente, la vida misma; es decir, la supervivencia de esa sociedad. Entre los ejemplos de literatura distópica más célebres se hallan
Farenheit 451, de Ray Bradbury; 1984 de George Orwell; La naranja mecánica, de Anthony Burgess; Un mundo feliz, de Aldous Huxley; la novela de culto Nosotros, del soviético Yevgueni Zamiatin, o las más contemporáneas La carretera, de Cormac Mccarthy, y El cuento de la criada, de Margaret Atwood, libro este último de referencia absoluta para la autora que nos ocupa.
Difícilmente alguien se hubiese arriesgado a superponer una introducción como la precedente al nombre de Almudena Grandes (Madrid, 1960-2021), la gran escritora española fallecida hace poco más de un año, pero lo cierto es que su última novela, aparecida de manera póstuma y completada por su marido el poeta y catedrático Luis García Montero –su intervención se circunscribe, en rigor, al breve capítulo final–, circula plenamente por esos carriles, correlato íntimo y personal en el devenir de la autora de La novia de Frankenstein de los innumerables efectos que la transición pandémica de los últimos años ha provocado en cada uno de nosotros.
Suele decirse que la ciencia ficción elige tomar distancia para observar mejor el presente, y desde luego proyectarlo. En el caso de Almudena Grandes no hay duda de que la pesadilla que el Covid-19 desató a comienzos de 2020 había encendido no solo sus alarmas, sino también un nuevo sentido de responsabilidad a propósito de la incidencia de su pluma.
TUSQUETS
500 PÁG.
4800$
Durante la última década, Grandes, que saltó a la fama antes de los treinta años al ganar el premio de novela erótica La sonrisa vertical con Las edades de Lulú, se había concentrado en un proyecto ambicioso dedicado a la memoria, cuyo núcleo consistía en la revisión de los años de la Guerra Civil Española y sus resonancias. No llegaría a consumarlo del todo; el volumen que pretendía cerrar la sexalogía, Mariano en el
Bidasoa, se hallaba rigurosamente planificado, pero quedó sin escribir. El programa había sufrido años atrás una interrupción –Los besos en el pan, novela impulsada por la crisis económica de 2008–, y esta pretendía ser apenas otra, urgida por las consecuencias todavía calientes de la pandemia. Pero Todo va a mejorar terminó volviéndose su despedida.
El argumento de esta fantasía futurista es, en cierto sentido, una puesta en escena in extremis de algunos de los comportamientos visibles de los tiempos recientes, e incluso de la actualidad. Aunque se trata de una novela coral, el epicentro es un personaje siniestro al que ya todo el mundo conoce como el Gran Capitán: un empresario ambicioso y sumamente rico que, ante la oportunidad que la época siembra delante de sus narices, no tiene más remedio que hacer lo que el lugar común le endilga a los millonarios y poderosos; es decir, ir por todo. El Gran Capitán alumbra, de entre todas las lecciones que el coronavirus pareciera habernos regalado, aquella que le permite potenciar los sueños que incluso no se ha animado a soñar. “El coronavirus nos ha enseñado que es muy fácil confinar a la población de un país entero. Conseguir que sus ciudadanos renuncien voluntariamente a los derechos y las libertades que sus antepasados conquistaron con sangre en una lucha que duró siglos (…). Desarmarlos, neutralizarlos, inmovilizarlos sin que duden ni por un instante de que su sacrificio es imprescindible para conseguir un bien superior”.
El primer paso es entonces volver a la población absolutamente vulnerable, del modo en que la época lo propicia: desconectándola. Y el siguiente es imponerle una nueva realidad, en la que el país transmuta en una gran empresa y, como tal, posee sus reglas, sus obligaciones y cuantiosos beneficios: las libertades cercenadas se reemplazan por una ilimitada plataforma de consumo, una felicidad nueva que no precisa de mayores coartadas. Para llevar a cabo semejante entelequia, el Gran Capitán comprende, además, que no alcanza con asociarse al poder sino que necesita hacerse de él: funda entonces un partido político –el Movimiento Ciudadano ¡Soluciones Ya!– que, acorde a los tiempos, se cuelga la medalla de no poseer ideología alguna que lo contamine. El resultado lógico es que arrasa en las elecciones. Es el punto de partida, entonces, para un espejismo que resulta incómodo para el lector porque no parece estar desconectado del pasado inmediato –empezando, sin ir más lejos, por los días posteriores a la caída de las Torres Gemelas– ni alejarse demasiado de ciertos mecanismos del presente


Con todo, pese a la mirada lúcida de la autora respecto de las conductas humanas y al modo en que trastocamos o invertimos con facilidad nuestras convicciones, y al carácter coral que aporta interesantes matices en términos de la psicología de los personajes, Todo va a mejorar se desdibuja un poco por la docilidad con que se apropia de las fabulaciones y los discursos que han proliferado acerca de la pandemia, sus causas y sus ecos.
Es posible que esta novela del final no sea un verdadero canto del cisne, pero nos recuerda el carácter insoslayable de la obra de Almudena Grandes, que está entre las más agudas y bellas de la literatura en español de las últimas décadas.





http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA

viernes, 3 de noviembre de 2017

ALMUDENA GRANDES Y SU ÚLTIMO LIBRO


Almudena Grandes mira el nazismo entre historia y ficción
Clara Stauffer parece una mentira. Y no lo es. Con dinero, con energía, con contactos, con ideología, con dobleces (española y alemana; nazi y falangista; deportista competitiva y propagandista de la opresión de la Sección Femenina), dirigió desde su piso madrileño una red clandestina, que ayudó a 800 criminales de guerra a burlar la justicia internacional a partir de 1945. Un ardor justiciero, que fue aminorándose conforme se calentaba la Guerra Fría y se enfriaba la Segunda Guerra Mundial, y que llegó a salpicar a la propia Clara, a veces Clarita. Ella fue la única mujer que figuró en la Lista de los 104 reclamados en 1947 por el Consejo de Control Aliado al ministro de Asuntos Exteriores, Alberto Martín-Artajo. Ni uno solo, tampoco Clara, hija del director de la cervecera Mahou e íntima amiga y correligionaria de Pilar Primo de Rivera, fueron entregados por el régimen de Franco, que protegió a lo más granado de la industria del exterminio que desató el Tercer Reich, desde el croata Ante Pavelic al belga León Degrelle. Todos ellos desfilan por Los pacientes del doctor García (Tusquets), la nueva novela de Almudena Grandes (Madrid, 1960), que se publicó en septiembre y que constituye la cuarta entrega de los Episodios de una Guerra Interminable, la serie que arrancó en 2010 con una factura similar, con capítulos históricos intercalados entre los de ficción, con personajes y acontecimientos tan desconocidos como asombrosos. Sirva de ejemplo Johannes Bernhardt, el empresario que viaja hasta Bayreuth el 25 de julio de 1936 para entregar a Hitler la carta en la que Franco reclama músculo bélico. Al día siguiente, el Führer ordena que se envíen a España 20 Junkers, que transportarán 15.000 soldados de Marruecos a Sevilla. A Franco le cambia la vida, a Bernhardt también.
La novela es la cuarta entrega de Espisodios de una guerra interminable.
Franco fue generoso con los amigos de sus amigos. Al genocida Ante Pavelic, fundador del movimiento fascista ustacha y dictador títere del Tercer Reich en Croacia, le proporcionó un país donde vivir y morir sin ser molestado por fiscales agresivos (Pavelic está enterrado en el cementerio madrileño de San Isidro). A la actriz Maria Petacci, de nombre artístico Miriam di San Servolo, le facilitó una estancia en Madrid cuando las cosas se pusieron feas en Roma para todo lo que olía a Mussolini, que acabaría colgado boca abajo en una gasolinera de Milán junto a su amante Clara Petacci, hermana de la actriz.
A León Degrelle, fundador del movimiento fascista belga Rex y oficial de las SS, le dio tanta seguridad que a menudo ni se molestaba en camuflarse bajo la identidad facilitada por el franquismo para cubrirle ante las peticiones de extradición de Bélgica. Degrelle, condecorado por Hitler con cruces y palabras (le elogió como el hijo que le habría gustado tener), aterrizó en 1945 en el avión de Albert Speer, ministro y arquitecto del Tercer Reich. Se podría opinar que la novela es un ajuste de cuentas con la historiadora que no fue, pero Almudena Grandes voltea el argumento: "Esta serie me ha devuelto al proyecto de historiadora que fui. La que ha ajustado cuentas es la historia conmigo".
El fresco histórico arropa una trama de espionaje orquestada desde Inglaterra por el presidente Juan Negrín y el embajador Pablo Azcárate, que pretenden devolver por vía diplomática la democracia que se perdió por las armas. Desenmascarar la complicidad de la dictadura con prófugos del nazismo se convierte en su última esperanza para lograr un cambio político. Será la misión de dos espías de ficción, el médico Guillermo García Medina y el diplomático Manuel Arroyo Benítez. "Para escribir una novela así hay que llegar a un equilibrio perfecto entre la libertad creativa y la lealtad a la verdad histórica", reflexiona Grandes desde Rota (Cádiz), donde apura los últimos días de vacaciones antes de sumergirse en la promoción de una novela costosa: cuatro años necesitó para sacar adelante este proyecto.

Los pacientes de doctor García.

"En este momento me he convertido en una escritora antisistema. No lo parezco porque no llevo rastas pero en la medida en que mi relato no contribuye a afianzar la versión de la equidistancia, soy consciente de que mantengo una versión disidente en el contexto de la literatura contemporánea". En esa visión disidente se encuadra una activa defensa de los valores de la Segunda República y una reivindicación de aquellos secundarios de la historia que lucharon por ellos. El segundo homenaje de la escritora se dirige a los estudiantes que se movilizan en Madrid con más idealismo que eficacia para tratar de hundir al régimen al mismo tiempo que la ONU.
"Los tenía que meter en alguna novela", señala Grandes, que se conmovió con la lectura de El fin de la esperanza, testimonio publicado en 1949 en Les Temps Modernes, la revista de Sartre, con un seudónimo que ocultaba la identidad de Marcelo Saporta, uno de los jóvenes, que en enero de 1946 escribió en Madrid: "Un puñado continúa luchando. Caen todos los días. Daos prisa o llegareis demasiado tarde, cuando hayamos caído todos, uno después de otro, sin esperanza".