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jueves, 14 de septiembre de 2017
ECONOMÍA; BAJAR LA INFLACIÓN
En el segundo semestre del año pasado, según el IPC de la Ciudad de Buenos Aires, los precios, que habían volado en los seis meses anteriores, empezaron a desacelerarse de manera dramática; de una inflación del 29,2% entre diciembre del 2015 y junio del 2016, se redujo a solo 9,1 en el resto del 2016.
Envalentonado con este resultado, el Banco Central empezó a bajar las tasas de interés y comprometió una meta de inflación del 17% para este año. Así, las LEBACS que pagaban 31,5% para fines de junio, bajaron a 22,75% para febrero del 2017.
En los tres meses siguientes los precios se aceleraron y el propio presidente de la entidad monetaria se hizo responsable de esa suba diciendo que tal vez se había apurado a bajar las tasas.
NO TODO AUMENTO ES INFLACIÓN
Puede que para el bolsillo de los consumidores esta afirmación no tenga mucho sentido, pero los economistas distinguimos entre la inflación núcleo, el aumento de los precios regulados y la suba de los precios estacionales, porque se trata de tres fenómenos que, aunque erosionan la capacidad adquisitiva del dinero en forma parecida, son causados por tres razones diferentes.
Los precios estacionales suben, como su nombre lo indica, de acuerdo a la temporada y luego, pasado el ciclo ascendente, vuelven a bajar; por ejemplo, los alquileres en Mar del Plata son más caros en enero que en mayo, pero a nadie se le ocurriría decir que en la Feliz baja la inflación en el invierno.
Con los precios regulados opera también una lógica particular, porque dependen de la voluntad de las autoridades de turno o de cronogramas de actualización establecidos de manera discrecional. En el primer semestre del año pasado estos precios, que básicamente corresponden a tarifas de servicios públicos, subieron 83% en CABA, mientras que en la segunda mitad del 2016 solo se movieron 2%. Mirar los regulados nos llevaría a concluir que prácticamente hubo una hiper inflación en la primera mitad del año y que en el segundo semestre fuimos Australia.
OFERTA Y DEMANDA
Técnicamente cuando en Economía se habla de inflación, se refiere al aumento generalizado y sostenido de los precios, que tiene que ver con el funcionamiento de la oferta y la demanda. Por esta razón nos concentramos en ver lo que ocurre con la inflación núcleo, porque ella refleja el proceso de formación de precios que no es estacional y que no depende del capricho de la autoridad que regula la energía y el transporte.
La inflación núcleo había sido 22% entre la asunción de las nuevas autoridades y el momento en que promediaba su primer año de gestión, reduciéndose al 10,7% en la segunda parte del 2016. Sin embargo, en el primer semestre del corriente se aceleró al 12%.
LOS PROBLEMAS DE IDENTIFICACIÓN
No es fácil determinar que parte de la complicación en la inflación núcleo que observamos en los primeros tres meses del año obedece a haber relajado demasiado temprano la política monetaria y que cuota de responsabilidad le toca a la onda expansiva del ajuste de tarifas, porque es evidente que aunque la suba de precios regulados depende de una decisión arbitraria de los funcionarios, su efecto repercute en los costos de producción y, dependiendo de la mayor o menor facilidad de los consumidores para esquivar los aumentos huyendo a bienes sustitutos (léase apertura comercial), se trasladará a los precios del núcleo de la economía. Luego si hay dinero para convalidarlo esas subas se cristalizarán y en caso contrario frenarán a la economía hasta que el proceso de reajuste de precios acabe.
LA GRAN APUESTA
Como quiera que sea, es innegable el efecto de la política monetaria y allí reside la gran apuesta del banco central.
Con la inflación de agosto entre 1,4% y 1,6%, el mantenimiento de las altas tasas de interés por parte del BCRA opera más fuertemente contribuyendo a frenar los precios. La cantidad de dinero de la economía también desacelera su expansión y el contexto de demanda creciente por moneda local refuerza la fortaleza del peso, ayudando a bajar la inflación.
Es importante entender que la mayor cantidad de billetes producto de la emisión, puede no trasladarse a los precios cuando tiene como contrapartida una mayor demanda; ya sea por motivos transaccionales vinculados a una actividad económica más robusta, como por razones especulativas asociadas a que la alternativa de mantener los ahorros en dólares luce menos atractiva cuando el precio de la divisa se pincha, como ocurrió luego de que el resultado de las PASO convenciera al mercado, que las posibilidades de que se reviertan las actuales políticas económicas eran más reducidas de lo que se pensaba, cuando las principales encuestadoras le asignaban a Cristina una amplia diferencia, que a la postre no se materializó.
Entonces, como la mayor demanda de dinero por parte del público refuerza el carácter contractivo de la política monetaria y como Sturzenegger se curó en vida a fines del año pasado con su propio error, es probable que esta vez insista en su política de altas tasas en busca de que la inflación sea menor al 1% mensual en diciembre y enero.
Si lo logra, el Gobierno promoverá paritarias del 12% para 2018, con la garantía de una cláusula gatillo que resguarde a los trabajadores si la ambiciosa meta que tiene como tope justamente ese 12%, no llegara a cumplirse en la realidad.
martes, 8 de agosto de 2017
ECONOMÍA; FLEXISEGURITY
Flexisecurity para crear trabajo y proteger
Un hermoso lago más limpio que los de Palermo, aunque casi con los mismos patos, me alfombra el camino al fantástico Tivoli, donde los cuentos son posibilidad y el orden metáfora. Es julio del 2000 y en los aeropuertos de Europa se mezclan los millones que peregrinan al Jubileo, con los miles que vamos al congreso de la Internacional Socialista en Malmö, Suecia. Todavía me faltan algunas materias para terminar mi licenciatura, pero la Convertibilidad no me gusta y llego con la expectativa de que los países nórdicos me enseñen un camino mejor.
Lo primero que me impresiona son las reglas, que por estas latitudes se cumplen. Lo segundo es que el estado tiene una presencia notable. Y funciona. El taxista que me niega un lugar para comprar alcohol después de las cinco de la tarde, también me cuenta que sus hijos van a una escuela pública excelente y que, como todo ciudadano, paga impuestos a las ganancias.
Puede parecer curioso, pero, aunque tanto en Dinamarca como en Suecia hay un Estado presente, la actividad privada florece por todos lados. La gente paga impuestos altos, pero recibe servicios públicos de calidad a cambio. La otra diferencia es que existe una red de contención social mixta diseñada para proteger a los trabajadores cuando el normal desenvolvimiento de la economía destruye empleos en un sector particular, o cuando una crisis sistémica genera una caída en toda la economía.
El vocablo de moda en el norte de Europa es “Flexicurity”; un juego de palabras que combina el concepto de flexibilidad para que las empresas puedan contratar y despedir trabajadores prácticamente sin costo, con el de seguridad de que los trabajadores cuentan con un buen seguro de desempleo que hace que, desde el punto de vista de los ingresos, los trabajadores se garanticen un 90% del salario mínimo cuando la relación laboral finaliza. Los daneses comenzaron a implementar esta estrategia a principios de siglo y luego se sumaron el resto de los nórdicos, e incluso la Unión Europea empieza a discutir este paradigma.
El caso PepsiCo; la confirmación de que así no va más.
Cualquier persona que haya intentado circular por el centro de Buenos Aires comprobó en la práctica la impenetrabilidad de la materia. El transito fue un caos en la zona del obelisco y el bajo, entre otras cosas a raíz de las manifestaciones gremiales y políticas en protesta por el cierre de la planta de la multinacional de los snacks en la zona norte del gran Buenos Aires. En la semana entrevistamos por a Silvina Pérez, una de las trabajadoras despedidas, que reclamaba la reapertura de la fábrica y su inmediata reincorporación. Los Economistas estamos acostumbrados a trabajar con variables que tienen sentido a nivel del sistema económico pero que son impotentes para conceptualizar la realidad de cada individuo. Incluso en los casos en que el desempleo es bajo y la actividad pujante, los números de la macro no le sirven de nada a la persona que acaba de perder su empleo y que teme por la incertidumbre de no poder alimentar a sus hijos, si es que una nueva oportunidad no aparece pronto. Silvina se quebró al aire por su difícil situación. Las palabras, a partir de ahí, sobraron.

Lo que esas dos situaciones demuestran es que en la realidad el régimen laboral, así como está, no le sirve a nadie. Más aún; como quedó evidenciado con la reacción en las redes sociales esta semana, a muchas personas les parece que las empresas no deberían tener libertad de contratar y despedir cada vez que su ecuación de costo- beneficio lo recomiende, incluso cuando cumplan con todos los requisitos legales en materia de indemnizaciones.
Por supuesto, esa animadversión no tiene sentido. Ninguna empresa contrataría personal si supiera que no puede terminar la relación laboral el día que deje de resultarle conveniente, por la misma razón que nadie entraría a un cine si le informaran que no podrá retirarse cuando se termina la película.
Pero incluso si se tratara de una economía de planificación donde todas las empresas fueran públicas, tampoco tendría sentido retener a los trabajadores de una fábrica que no resulta productiva o que produce algo que esa sociedad ya no necesita.
Cualquiera que sea el sistema económico, debe facilitar la reasignación tanto de los trabajadores como del capital para asegurarse que en cada momento del tiempo los recursos escasos están siendo empleados del modo más eficiente posible.

También es cierto que una cosa es el pizarrón de la facultad, donde los factores de producción pasan de la planta A a la B, con la velocidad de la tiza y otra cosa es la realidad de un mercado de trabajo en el que tal reasignación puede demorar un tiempo y donde además puede haber fenómenos de desempleo estructural que directamente hagan imposible la relocalización de los trabajadores en el corto plazo.
Lógicamente no tiene sentido imponerle a una empresa que trabaje un proceso a pérdida, porque habrá cada vez menos inversiones y menos creación de nuevos empleos por parte de otras empresas que empiecen a meter en sus funciones de costos esos gastos adicionales, pero tampoco se puede permitir que un trabajador que tiene la mala suerte de estar en un sector que se contrae, sufra personalmente y sobre todo en la piel de su familia, las consecuencias de los cambios.

Los daneses crearon un sistema mixto donde el Estado asegura un piso de cobertura por desempleo y los sindicatos ofrecen planes de seguros de despido para que los trabajadores puedan ir comprando su derecho a mantener un ingreso estable, en el caso de ser cesanteados sin causa.
Esta semana propuse un sistema parecido y estallo la polémica por las redes sociales. Algunos entendieron que la iniciativa buscaba eliminar las indemnizaciones, cuando lo que se había planteado era cambiarlas por un seguro que se activara ante la eventualidad del fin de la relación laboral, justamente para que Silvina y tantos otros en su situación no sufran la angustia de no saber lo que ocurrirá con sus ingresos.
La otra controversia surgió porque ante la consulta de alguien que preguntó cómo haría el Estado para financiar esos seguros, expliqué que el fondeo provenía de los salarios. Mucha gente piensa que, si el costo se le impone al empleador, los trabajadores saldrían ganando, pero en la realidad el empresario mete en la misma bolsa todos los costos laborales y los contrasta con lo que le aporta cada nuevo trabajador, para decidir si lo contrata o no. De hecho, cuando una pyme toma a una persona, le ofrece un salario de, digamos 20.000 pesos, pero sabe que le costará mucho más, porque tendrá que pagarle los aportes a la seguridad social, las vacaciones, el aguinaldo, el seguro de riesgos de trabajo, y también una eventual indemnización. Si la empresa se exime de tener que pagar en caso de despidos, pues estará dispuesta a contratar más personal y subirán los salarios, de suerte tal que podrá ofrecerle al trabajador un paquete que contemple el mismo salario que antes más un seguro por si queda desempleado. Si presentado de ese modo resulta más atractivo, bienvenido sea.
Las pymes, que crean el 70% del trabajo necesitan incentivos para contratar y despedir sin costos. Las familias de los trabajadores necesitan una red de contención social que los proteja cuando esas empresas cambian de planes. El sistema actual no genera empleo y no protege al trabajador. Propongo entonces reemplazarlo por un sistema como el que funciona en los países socialdemócratas más desarrollados y equitativos del mundo. Si alguien tiene otra propuesta distinta, de un régimen laboral mejor, que funcione bien en alguna otra parte del mundo, discutámoslo.
lunes, 29 de mayo de 2017
ANÁLISIS ECONÓMICO
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| MARTÍN TETAZ |
Consumo, luego existo
No siempre ganar más o gastar más implica más felicidad.
Todavía recuerdo el shock de adrenalina, la cara contra el viento, en caída libre. Treinta segundos después, el contraste de la paz absoluta y cinco minutos flotando en el aire como una pluma, a la que poco a poco va venciendo la gravedad, hasta que gentilmente encuentra el suelo.
Hasta ahora, ese fue el mejor regalo de cumpleaños de mi vida. Como toda experiencia, el salto en paracaídas genera tres consumos en uno; el placer de la anticipación, el cóctel de emociones de la propia vivencia y el sabor del recuerdo. La sorpresa me privó del primero, pero potenció el segundo.
En la memoria de las experiencias reside el secreto de su enorme ventaja sobre las cosas materiales, para mover la aguja de la satisfacción de largo plazo, esa que relevan las encuestas de Gallup y que muestra que nuestro país ocupa el puesto número 22 en el ranking mundial de felicidad.
A diferencia de lo que sucede con los bienes de consumo durables, como un plasma o un celular, las experiencias que no resultan tan satisfactorias como se había conjeturado, pueden ser editadas en la memoria. Y las investigaciones de psicólogos cognitivos como Daniel Shacter o Elizabeth Loftus demuestran que eso es efectivamente lo que ocurre: que no almacenamos los recuerdos como si nuestro cerebro fuera el disco rígido de la PC, sino que más bien construimos nuestras memorias.
Más aún, el padre de la Economía del Comportamiento, Daniel Kahneman, ha descubierto que en vez de guardar el recuerdo de todo lo que ocurrió, promediando algebraicamente el “minuto a minuto” de nuestras vivencias, lo que hacemos es ponderar los picos de intensidad de las ocurrencias, dándole incluso un mayor peso a lo que sucede al final de un evento.
Por esta razón no hay dinero mejor gastado que el que se destina a cumplir el sueño de conocer un lugar deseado, experimentar el vértigo de un vuelo en parapente o acompañar a un piloto de automovilismo en un coche de carreras. Y dentro de esas experiencias también existe una lógica para la planificación del acto, una suerte de arquitectura de las vacaciones y las sorpresas.
En particular, los viajes al exterior gozan además de la enorme ventaja del dólar barato. Pensemos que hasta fines del 2015 cualquier turista que viajaba afuera conseguía dólares de $13, puesto que sus compras con tarjeta se cotizaban al tipo de cambio de $9,60 más el 35% de anticipo de ganancias. Ni hablar del cash. Es verdad que existía la posibilidad del dólar ahorro que se podía comprar a $9,60 más el 20%, pero lo concreto es que una vez que alguien se hacía del billete físico, podía venderlo a $15 en el paralelo, de modo que ese era el real costo de oportunidad de gastar divisas. Diecisiete meses después, el costo de la moneda estadounidense apenas aumentó a $15,70, pero hubo prácticamente 50% de inflación acumulada y cuando haya concluido la ronda de paritarias de este año, el aumento de salarios acumulados será incluso mayor que eso.
Esto quiere decir que el salario puede comprar hoy muchos más días de vacaciones que hace dos años. Aunque la diferencia no es tan grande, el dólar también está barato para comprar autos, televisores y celulares inteligentes, dado que todos esos productos son o bien importados o bien ensamblados en nuestro país con un altísimo porcentaje de partes traídas del exterior. Por esta razón, a pesar de que la economía muestra una recuperación más bien tímida, estos bienes de consumo durables baten récords de ventas. Es cierto que en buena medida la bonanza del mercado automotor se explica por el éxito del blanqueo, pero una parte del crecimiento del 42,5% registrado en el primer trimestre obedece a los precios relativos más favorables.
Estos bienes de consumo durables revisten, además, el carácter de “aspiracionales” porque sirven para señalizar la posición socioeconómica de quienes los demandan.
De hecho, uno de los resultados más notables de la Economía de la Felicidad es que más que el ingreso absoluto, lo que mueve las agujas de la satisfacción personal es la percepción de ingreso relativo. Uno de los resultados más notables de esta disciplina es que no es cierto que las personas de más altos ingresos reporten mayores niveles de satisfacción de manera sistemática. Sin embargo, el economista argentino Ricardo Perez Truglia descubrió que en Noruega, cuando se hacen públicas las declaraciones de impuestos a las ganancias, de repente las diferencias económicas empiezan a importar. De algún modo la hipótesis es que solo cuando los ingresos son visibles ejercen un efecto en la felicidad de sus poseedores, porque operan como estructuradores de la jerarquía social.
En ausencia de semejante transparencia nórdica, emerge la demanda de bienes durables como un modo de consumo presuntuoso, que se hace más para ostentar que por el placer intrínseco que reporta el bien en cuestión. Esto es más patente cuanto más visible resulta el bien y tiende a desaparecer cuando se trata de artículos que solo se disfrutan puertas adentro.
¿Y las propiedades?
El otro sector que registra mucha actividad es el inmobiliario. En la Ciudad de Buenos Aires durante los tres primeros meses del año las escrituras volaron un 57,4%, en comparación con similar período del año pasado. Aquí la combinación de la salida del cepo y la liquidez proveniente del sinceramiento fiscal están empujando la demanda, al tiempo que el crecimiento de los créditos hipotecarios es el responsable de que una de cada cinco operaciones se haga con plata prestada por un banco, algo que no sucedió en los últimos nueve años.
El real estate se puede comprar casi como un bien de consumo durable, para resolver un problema habitacional pero también como inversión. Y aquí la pregunta clave es si las propiedades están baratas o, en otros términos, si tienen chances de subir en los próximos años.
Es cierto que en la cultura latina se le asigna además a la vivienda un contenido aspiracional. En Alemania o en Suiza, por poner dos ejemplos de países desarrollados, la tradición es el alquiler y menos de la mitad de la población es propietaria. En nuestro país, incluso a pesar del déficit habitacional y de las dificultades económicas, dos terceras partes de las familias viven en tierra propia.
El destino del ladrillo como inversión tiene dos causas explicativas. La primera es la ausencia de refugios de valor en un país que tiene alta inflación hace más de 70 años y la segunda está asociada a su ventaja cognitiva respecto del mercado financiero tradicional, en cuanto a su menor percepción de riesgo.
La verdad es que el precio de las propiedades también baja como lo hacen las acciones o los bonos, pero como no se publica todos los días en una pizarra, el dueño conserva la ilusión de que mientras no venda su propiedad por menos de lo que pagó para adquirirla, no ha sacrificado nada. Con las acciones, en cambio, la sensación es que se pierde dinero desde el mismo momento en que se conoce la noticia de que el mercado ha bajado. De algún modo existe una discriminación cognitiva entre los mercados de capitales y los de propiedades, que son pensados de manera diferente.
En la microeconomía que enseñamos en la facultad, la gente consume las cosas que le reportan mayor utilidad, mientras que a la hora de elegir inversiones lo hacen buscando la mejor combinación posible de rentabilidad y riesgo. En la realidad, la arquitectura del consumo es la clave de la satisfacción y el destino de nuestros ahorros está fuertemente influido por las limitaciones de nuestros sesgos cognitivos.
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