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viernes, 29 de noviembre de 2019

AVENTURAS TECNOLÓGICAS,


En la era del conocimiento, cerraron el cofre y se olvidaron la llave adentro

Me encanta. Pregúntenle a cualquier gurú moderno y les dirá que estamos en la Era del Conocimiento. Incluso se habla de la Industria del Conocimiento. Y sin embargo, en mi experiencia, tenemos de todo menos conocimiento. Una vez más estamos confundiendo conceptos. No se asusten. Ocurre todo el tiempo.
No me voy a poner epistemológico (disciplina fascinante, si las hay), porque la situación es tan grave que no estamos para darnos tales lujos. Dicho de otro modo, gran parte de este análisis va a basarse en conceptos dibujados a grandes rasgos, sin demasiado detalle fino. Como se dice, el conocimiento es definir el tomate como una fruta; el saber es el que nos dice de antemano que el tomate no debe incluirse en una ensalada de frutas.
Lamentablemente, y me imagino que por una compleja y antigua constelación de razones, estamos ante una situación de desconocimiento preocupante. No es un fenómeno local. La que sigue es una breve lista de preguntas que he lanzado en aulas y conferencias a jóvenes de diversos países y ámbitos.

-¿Qué es un tomate?
-¿Qué es el Sol?
-¿Qué es la fotosíntesis?
-¿Qué es la electricidad?
-¿Qué es la inercia?
-¿Qué son las mitocondrias?
-¿Las microondas?
-¿A qué distancia está la Luna?
-¿Cuántos habitantes hay en nuestro planeta?
-¿Quién fue Magallanes?

Estos interrogantes son solo un ejemplo. Podría seguir durante horas con asuntos elementales que conciernen a la historia de la civilización, la matemática, la filosofía o la música. Como fuere, en los ejemplos de arriba, salvo honrosas y escasas excepciones, la respuesta fue siempre que ignoraban la respuesta. Eso no parece muy propio de la era del conocimiento.
Unos pocos, si tienen a mano un dispositivo conectado a la Red (y en general lo tienen), buscaron, ad hoc, la respuesta. Parece lógico. Es el futuro. Eso es, precisamente, la era del conocimiento, ¿cierto? A mi juicio, no. Esa es una conclusión enteramente falsa, resultado de un sofisma grotesco. Porque esas personas buscaron las respuestas en sus celulares debido a que alguien les formuló las preguntas. De otro modo no se habrían tomado el trabajo. O, lo que es más perturbador, ni siquiera se habrían preguntado qué es exactamente ese disco brillante que surca el cielo durante el día.

Es el corazón de todo este planteo. Si de verdad estamos en la era del conocimiento, entonces lo más importante son las preguntas, no cuán rápido encontrás quién fue Magallanes. Volveré sobre esto al final de la columna.
De la palanca al código
Además, creo que, como la industria informática no se basa en el músculo sino en el cerebro, entonces concluimos que cerebro y conocimiento son lo mismo. No, y de una manera parecida a que estómago y nutrición no son lo mismo.
Así que mi mejor consejo es que vuelvan al brainstorming y busquen algún slogan mejor (la Era del Código no suena mal, aunque, claro, no es tan marketinera). La confusión no es solo una cuestión menor, de etiquetas. Como cerebro y conocimiento son cosas diferentes, este batiburrillo puede volverse peligroso.

¿Tanto? Sí, porque las máquinas son programadas por personas (o por máquinas que a su vez fueron programadas por personas). Esta actividad, la de programar, lo sé por experiencia, es de una intensidad intelectual extrema. Es asimismo algo adictivo. Algunos amigos programadores aseguran que su trabajo es una forma de arte. He sostenido con ellos noches enteras de debates acerca de si el código es arte o no. Da para otro texto; quizás algún día plantee el asunto.
En todo caso, en algo les doy la derecha a los desarrolladores: escribir código te quema la cabeza y no podés parar. Tal vez, gracias a este rasgo, la especie humana ha llegado tan lejos. Simplemente, no podés irte a dormir si al depurar el programa vuelven a saltar errores o de nuevo no hace lo que se suponía. Y cuando clarea y los pájaros empiezan a cantar, te das cuenta de que ya van 14 o 15 horas que estás trabajando en esa pieza intelectual; y que podrías seguir. Desde ese punto de vista, el programador no se diferencia en nada del artista, que se saltará comidas y noches de sueño para seguir puliendo su obra. Si no hay obsesión, no hay arte. No lo digo yo, lo sostenía Sábato.

Ahora, el problema (conflicto, aprieto, brete) es que se puede escribir código sin tener la respuesta para las preguntas que planteé más arriba, y para otras 200.000 que quedan en el tintero. Así que es posible que sea la era del código, de la mente, de la matemática, pero no es la era del conocimiento. Con una vuelta de tuerca, que es la que vuelve la situación potencialmente peligrosa.
Prejuicios del software
El conocimiento (o su ausencia) modifica la forma en que percibimos, entendemos y juzgamos el mundo. Daré un ejemplo trivial, pero bastante claro.

Alguien sale a pasear por el campo. Digamos que está de visita en una estancia turística. ¿Qué ve? Pasto y árboles. Nada más. Su visión es mucho más plana, y por lo tanto más propensa al error, que la del que puede señalar fresnos, álamos, cipreses, braquiquitos, robles y eucaliptos. Ah, ¿eso no es un pino? No, es una casuarina, un árbol de Australia, el sudeste asiático e India. Correcto, su nombre deriva de la similaridad entre sus hojas y el plumaje del casuario, un ave de Australia y Nueva Guinea.
Uno no puede saberlo todo, claro, pero hay algo de cierto en aquella frase que sostiene que el que no sabe es como el que no ve. Cuando se trata de ver pasto y árboles versus reconocer todo un cosmos de seres vivos, no parece haber grandes riesgos (hasta que plantás un álamo o un paraíso muy cerca de tu casa). ¿Pero cuántos prejuicios originados en la ignorancia se filtran subrepticiamente en el software?

Es más: ¿existe acaso alguna diferencia sustancial entre el prejuicio y la ignorancia?
Le pasó a Amazon, nada menos. Crearon un software para contratar personal. Pero luego descubrieron que el algoritmo era desfavorable para las mujeres. ¿Por qué? Porque su inteligencia artificial había sido alimentada sobre todo con curricula de hombres. Abandonaron el proyecto, aseguran, en 2017.
Alguien me sugirió hace poco que en las carreras relacionadas con la ingeniería habría que enseñar algo de filosofía, sociología, lingüística, historia de la civilización y antropología. Artes, también. Le dije que estaba de acuerdo, siempre y cuando lo opuesto fuera también cierto. Es decir, que los filósofos, sociólogos, lingüistas e historiadores aprendan algo de física, química y matemática. Lo sé, es demasiado ambicioso.

Pero resulta que ahí es donde el latiguillo de la era del conocimiento cobra sentido.
Iluminación
Cobra sentido porque resulta que es de verdad prodigiosa la cantidad de conocimiento (incluso de saber) que hay en la Red, accesible mediante dispositivos de bolsillo con sensores que permiten apuntar a algo (una planta, una estrella) y averiguar qué es. Claro que, para hacer eso, primero tenés que sentir curiosidad. Sentir ese hambre única que, tal vez por la constante alimentación mental con comida chatarra, se está perdiendo. Hay una sensación de saciedad, pero estamos lejos de estar bien nutridos.

No se trata, además, de herramientas exclusivas para las ciencias (a mi juicio, mal llamadas) duras. Los filólogos y doctores en lenguas clásicas no me dejarán mentir; hace 30 años habríamos dado un brazo y una pierna por un sitio como el Proyecto Perseo, de la Universidad de Tufts. Nada más el Diccionario de la Real Academia en línea es una ayuda monumental (acaban de mejorarlo, dicho sea de paso). Se puede ver la Biblia en 42 líneas de Gutenberg en alta resolución en la web. La NASA está subiendo constantemente el material en crudo de sus sondas robot en Marte. El proyecto de museos de Google es notable, no menos que Books. Wikipedia, por supuesto, es un ícono de esto, pero no es la única. Abundan las wikis que cubren desde mariposas hasta series de ciencia ficción. Existen ahí en la Red millones de fichas sobre plantas, toxinas o descriptores aromáticos. Hasta la mismísima Encyclopédie del Siglo de las Luces francés se encuentra online.

Todo eso, y muchísimo más (como el notable sitio WolframAlpha), disponible de una forma que, para uno, que debía ir a una biblioteca pública para acceder a algo semejante, le suena a magia. Más todavía. Aprendí inglés mayormente leyendo literatura. Cada palabra nueva significaba abrir el pesado Webster, buscarla, tomar nota (para intentar fijar el dato), y seguir adelante. Se hacía un poquito cuesta arriba. Hoy, con el teléfono, basta presionar sobre un término que no conozco para que se abra una pequeña ventana que me lo traduce. Solo con YouTube he aprendido mejor a cultivar ciertas plantas difíciles o a amasar pan que con todos los libros de consulta que contiene mi biblioteca al respecto, y no son pocos.

De modo que sí, el conocimiento e incluso el saber están online. En ese sentido, es la era del conocimiento. Pero aquí nos damos un porrazo contra una paradoja vigorosa. El cofre repleto de tesoros está cerrado con llave. La llave, a su vez, se encuentra dentro del cofre. Hay, no obstante, una técnica para hacer un duplicado de esa llave: inspirar la curiosidad. La llave es la curiosidad.
Eso es, en mi opinión, lo que significa enseñar en este siglo que está dejando atrás a velocidad warp las ideas e ideologías de los tiempos previos al chip. Inspirar, encender, despertar la más portentosa (y la más temida) de las capacidades del intelecto: hacerse preguntas.

A. T.

sábado, 23 de febrero de 2019

AVENTURAS TECNOLÓGICAS,


Probamos la nueva generación de Philips Hue, las lámparas que se controlan con el celu
Basadas en tecnología LED, pueden cambiar de color y programarse para que funcionen en nuestra ausencia. En la foto, el kit básico
Aunque se habla mucho del hogar inteligente, aún falta un largo camino por recorrer para que unestras casas sean realmente smart. Sin embargo, algunos dispositivos ya disponibles en los comercios locales nos ofrecen una clara idea de cómo serán esos hogares en un futuro no muy lejano. Entre ellos está el sistema de luces inteligentes Philips HUE de Signify. Signify es la compañía que adquirió la división de iluminación de Philips, y decidió conservar esta marca.
Sin cables, con colores
Probamos el kit básico, que incluye tres lámparas, un puente (más sobre esto enseguida) y los cables de red y de alimentación. En cuando iniciamos la prueba, una buena noticia: se pueden reemplazar sin inconvenientes por las lámparas que existen hoy en el hogar, sin necesidad de cambiar nada en la instalación. El puente es una especie de hub que se conecta fácilmente al router de la red de wifi de la casa.
¿Cómo se utiliza? Este es uno de los principales puntos destacables del sistema HUE. El usuario debe instalar la aplicación Philips HUE a su dispositivo móvil (Android o iOS) y conectar el puente a la corriente eléctrica. Luego, el puente se debe conectar al router wifi, y eso es todo.
El dispositivo se vincula, inalámbricamente -por medio de wifi-, con el celular, con la tablet o la computadora. Para poder visualizarlo o emparejarlo es necesario tocar el botón central del hub y una luz comenzará a parpadear de manera muy similar a lo que ocurre cuando conectamos los dispositivos móviles con parlantes portátiles.
Este puente cumple la función de distribuir nuestras órdenes hasta un máximo de 50 accesorios de la compañía. Permite además contar con todas las funciones del HomeKit, como la creación de escenas y el control remoto, incluso hablándole a Siri o a Google Assistant.
Cuando se abre la aplicación, un menú permite visualizar cada lamparita y regular la intensidad de la luz, controlar el encendido y apagado de manera remota y jugar con los más de 16 millones de colores, que se pueden ir adaptando según la ocasión, el espacio o, incluso, un cierto momento musical.
¿Qué podemos hacer con HUE Philips? Entre otras funciones permite, por ejemplo, programar horarios de encendido automático para tener una rutina diaria, sin necesidad que día a día nos acordemos de encender o apagar las luces. Además, pueden manipularse remotamente las luces del hogar o la oficina y crear y guardar escenas favoritas para cada habitación o para cada momento.
Resultado de imagen para Philips Hue,
Otra función interesante es la de geolocalización, que hace posible detectar la posición del usuario, apagando las luces cuando el dueño de casa se va o volviéndolas a encender cuando el programa detecta que está llegando a su hogar.
A través de la función Ifttt (If This Then That, una conocida y popular app móvil) se pueden automatizar procesos, como modificar la luz en determinadas situaciones relacionadas con el clima, con el correo electrónico y las redes sociales del usuario, provocando que las luces, por ejemplo, parpadeen o cambien de color cuando llega un mensaje importante o una notificación de Instagram, o que se vuelvan más brillantes cuando llueve.
Las luces que bailan
Y más futurista aún es ver las luces bailando al ritmo de la música; creando un clima de tensión mientras se ve una película de terror, o de aventura mientras se juega a Fortnite, por citar algunas.
Estas lámparas pueden sincronizarse con otros equipos creando una experiencia inmersiva. Para manejar el sistema a través de una computadora es necesario bajarse la aplicación Hue Sync, que tiene versiones para MacOS y Windows.
Al utilizarlo, el usuario tiene que seleccionar el modo de video, audio o juegos, desde el panel de control de la aplicación. Desde allí podrá ajustar el nivel de brillo y la velocidad de las luces. De esta manera, cuando se escucha música se podrán elegir, por ejemplo, colores más brillantes para la música disco y más suaves para las canciones lentas o románticas.
Resultado de imagen para Philips Hue,
También puede cubrirse el living de color azul si se ve una película en la que el mar es el protagonista.
Por otro lado, este kit es compatible con Amazon Echo, Google Home, Apple HomeKit, y los asistentes virtuales más populares.
Así es, pues, el kit básico. En el exterior, Signify comercializa otros productos dentro del abanico de la familia Philips HUE, como luces inalámbricas portátiles, faroles para exterior, tiras de luces LED, veladores, interruptores inteligentes y sensores. Aunque no hay fecha exacta sobre el desembarco de esos productos a nivel local, en Signify adelantaron que este año van a traer alguno de ellos.
¿Cuánto cuesta? El precio del kit inicial -que incluye tres lámparas HUE White Generación 5, un puente, el cable de red y el cable de alimentación- es de $8479, en la tienda oficial de Signify en Mercado Libre.

C. P.

viernes, 22 de febrero de 2019

AVENTURAS TECNOLÓGICAS,


El byte se corta por lo más delgado, Parte V
Me ocurre a menudo. Alguien me dice que tiene una computadora algo viejita o que no anda muy bien, que si la puedo ver, que cualquier cosa me la quede, que ya tiene otra mejor, cosas de ese tipo. Estoy a medio camino entre ese amigo que sabe, un reciclador de desechos electrónicos y el afortunado receptor involuntario de máquinas que parece que no andan y que al final hago andar. Porque, ya me conocen, no me traigan un problema porque no puedo parar hasta que lo resuelvo.
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La escena se repitió estos días. Una hermosa notebook con una pantalla así de grande (aunque no es táctil ni tiene una definición superlativa) y un terabyte de disco en un equipo notablemente liviano. De buena marca, añadiré. Pero, a todas luces, no se llevaba bien con Windows. Suficiente RAM (8 GB), un procesador aceptable (Core i7), y un rendimiento horrible. Pero horrible de verdad.
No tenía sentido. Así que saqué el pendrive mágico y en algo más de media hora le instalé un Ubuntu 18.04 (la última versión con soporte a largo plazo, que en general prefiero para esta clase de salvajates). Cosa nada sorprendente, la computadora ahora volaba. Como pueden imaginarse, porque de otro modo no le habría dedicado estas líneas, apareció un problemita. Chiquito. Insignificante, digamos. No veía el Wi-Fi.
Habrán percibido la ironía del párrafo anterior. Porque, sin Wi-Fi, cualquier dispositivo de cómputo se convierte en un pisapapeles de los caros.
Está todo bien mal
Sí, antes de que lo pregunten, estaban instalados los controladores para redes inalámbricas para Linux. Es decir, la máquina debería estar viendo el router. Pero no.
Me rompí la cabeza un buen rato y, como era tarde y es bastante común que mi cabeza resuelva estos problemas mientras duermo, me fui a la cama. Al día siguiente no tenía ni media idea y, de paso, se presentaron un número de inconvenientes personales (nada grave), que es lo último que querés cuando necesitás concentrarte en un problema.
Resultado de imagen para ubuntu 18.04
Así que después de observar los parámetros del BIOS, donde no había nada que pudiera estar interfiriendo con la red inalámbrica, decidí reinstalar. Di por sentado que la noche anterior había hecho algo mal. Muy raro, porque instalar un Linux hoy es más fácil que abrir la puerta de la heladera. Pero volví a poner ese Ubuntu en la máquina. De cero. Por si acaso.
No dio resultado. Seguía sin ver el router Wi-Fi. Intenté conectarme como si fuera una red oculta. Nada. Probé el nombre de la red en minúsculas. Cero. Lo probé exactamente como está escrito. Tampoco.
OK, una actualización completa del 18.04 (han casi 10 meses desde su lanzamiento) casi seguramente corregiría el inconveniente. Subí a mi estudio, desconecté el cable de red de mi computadora principal, lo enchufé a la notebook y la puse a actualizar. Más de 500 megabytes de upgrades. Si con eso no resolvía la falla de Wi-Fi, tendría que apelar a cirugía mayor. Actualizar el BIOS.
Windows only
Por supuesto, no funcionó. Bajé al comedor, donde estaba más cómodo, y miré la lista de redes Wi-Fi disponibles. Ninguna. Ni siquiera las de un par de vecinos, que normalmente aparecen. Débiles, pero aparecen.
Estaba empezando a entrar en el Modo En Cualquier Momento Rompo Todo. Pero antes de echar mano de medidas tan extremas, que, por otro lado, no habría resuelto el problema del Wi-Fi, fui al sitio del fabricante a buscar actualizaciones para el BIOS. El BIOS es y hace muchas cosas fundamentales para que una computadora funcione bien, y sin él la máquina ni siquiera arranca. Sin embargo, hace mucho que ya no se ocupa de la abstracción del hardware; eso es algo de la época del DOS. Se me estaban terminando las cartas, esa es la verdad.
En el sitio del fabricante encontré un upgrade, pero sólo para Windows. #facepalm
Resultado de imagen para Windows. #facepalm
Desde luego, hay formas de rodear este obstáculo, pero el procedimiento llevaría un buen rato y me tenía que ir al diario. No me gustaba la idea, pero al parecer tendría que esperar hasta la noche para seguir probando soluciones. (¿Realmente actualizar el BIOS solucionaría este problema en particular? La documentación ni mencionaba Wi-Fi.)
En todas estas historias en las que los obsesivos buscamos frenéticamente resolver un problema, hay un momento de inspiración que no tenemos idea de dónde sale. Es muy probable (mis compañeros de TOC me ayudarán con esto) que se deba a las miles de veces que pasamos por situaciones parecidas y entonces es como si el cerebro tuviera ciertos reflejos automáticos. A 10 minutos de salir para el diario (tenía una reunión), se produjo ese instante de inspiración.
-Vení para acá -le dije a mi teléfono, y activé el Punto de Acceso Wi-Fi. Dicho muy grosso modo, esto convierte al smartphone en un router Wi-Fi que en lugar de usar la conexión de cable o de ADSL usa el plan de datos. (Así que a no exagerar.)
Resultado de imagen para smartphone en un router Wi-Fi
Y adivinen qué. ¡Correcto! Casi de inmediato la computadora vio el punto de acceso del teléfono. Me conecté. Entré en YouTube. Puse un video, y anduvo perfecto. Me desconecté. Luego de eso, mi cabeza estaba funcionando a una velocidad tan alta que el mundo alrededor se movía en cámara lenta.
Pero no había mucha ciencia en todo el asunto. Si los parámetros del punto de acceso del teléfono eran los mismos que los de mi router en la planta alta. . . , y ahí me detuve en seco. El mundo alrededor volvió a moverse a la velocidad normal, y proferí, en latín del siglo XI:
-No te la puedo creer.
Esa no me la esperaba
Hace tiempo, luego de mucho analizar la forma en la que la cobertura Wi-Fi se comporta en casa, decidí que, salvo en casos especiales, la extensión de la señal era innecesaria. Así que apagué el buen WRT54G que usaba como repetidor, que quedó, por si acaso, arriba de la heladera, fuera de la vista. Salté de la silla, tanteé hasta encontrarlo, desenrollé los cables y lo conecté. Medio minuto después, su nombre apareció en la pantalla de redes inalámbricas disponibles. Repetí, esta vez en occitano:
-No te la puedo creer.
Desconecté el buen WRT54G, lo volví a guardar -así no me retan-, y fui subiendo la escalera mientras miraba la pantalla de la notebook (no hagan esto en sus casas). A medio camino, ¡ping!, apareció el router que durante dos días había estado ausente. Me conecté y andaba perfectamente bien.
Distancia. Ese era todo el problema. Todos los otros dispositivos (cuatro o cinco teléfonos, tres notebooks, una desktop) se conectan a ese router desde el living sin problemas y a buena velocidad. Esta notebook era la excepción. ¿Causas? Varias, pero al más probable es algún tema de hardware porque, me dicen, también le costaba enganchar los routers cuando usaba Windows.
¿Solución? Volver a conectar el repetidor o usar la notebook para alguna otra misión que no requiera Internet, como la de reproducir discos compactos. Sí, tiene lectora ;) Ya veremos cómo se comporta su hardware de audio, pero puedo guardar en el disco de esa máquina más de 1000 CD en su calidad original.
Resultado de imagen para smartphone en un router Wi-Fi
Datito del estribo: al menos en dos ocasiones, cuando subí la escalera con la máquina abierta, el ícono del router esquivo debió aparecer durante unos instantes en la lista de redes inalámbricas disponibles. Solo que, por prudencia, yo iba mirando la escalera. Supongo que es mejor así. Despeñarse es mucho peor que no encontrar un router.
Actualización (porque nobleza obliga): no, no era un problema de hardware. Sobre el cierre, le instalé a la notebook el más reciente de los Ubuntu, el 18.10. Así como empezó la instalación, para mi sorpresa, vio el router de casa y los de mis vecinos, y con excelente señal. Y así siguió cuando todo estuvo listo para usar. Todos los días se aprende algo, mire.

A. T.

martes, 16 de agosto de 2016

AVENTURAS TECNOLÓGICAS


El extraño caso del teléfono que nunca se rompía (o casi)
Tres años de golpes, caídas y porrazos no habían conseguido doblegar a este noble S4, hasta que entró en escena BB8 y le causó un accidente fatal. Ahora era menester resucitarlo, porque en su interior se escondía una joyita insustituible
Desde que compré mi Galaxy S4, hace más de 3 años, el pobre se vio sometido a mi bien conocida torpeza. Sufrió caídas de toda magnitud, incluida una en el Puente del Inca, cuando el viento me hizo volar la gorra e instintivamente -qué rara es la mente- solté el teléfono para salvaguardar un pedazo de tela casi sin valor alguno. Como un pelele, gorra en mano y boquiabierto, hube de presenciar, con horror, cómo la delicada maquinaria se estrellaba contra las piedras. Pero sobrevivió. Con los años, acumuló cicatrices, claro, pero nunca falló. Soportó parquets, adoquines, asfaltos, porcellanatos, cerámicos, baldosas, mosaicos e innumerables veredas sin que su pantalla ni sus funciones sufrieran ni una derrota. Llegué a creer que me había tocado uno de esos escasos teléfonos que se jubilan con la pantalla intacta.


Pero era cuestión de tiempo. Hace más o menos un mes, mientras probaba si los BB8 pueden andar por el césped (no, no pueden), mi coordinación falló una vez más y mi querido S4 blanco voló por el aire y terminó sobre el deck de madera. Tras haber enfrentado situaciones mucho más inelásticas, imaginé que también esta vez habría salido indemne. No. Ni ahí. Quizás este golpe terminó por quebrantar la castigada estructura cristalina y la pantalla se deshizo. Todavía peor, el display ya no encendía. Oía como caían las notificaciones, pero nada más.
Dirán que, luego de 3 años, lo mejor que podía hacer era aprovechar el incidente para comprarme un teléfono nuevo. De hecho, siempre tengo un muleto, para situaciones como ésta. Pero nada nunca es tan simple.
Por razones que no vienen al caso, necesito una app en particular, la Google Camera, que me permite hacer fotos esféricas. Se preguntarán, con razón, porqué no cambiar de teléfono e instalarle la dichosa app. No tan rápido.
Cuando puse en marcha el muleto y busqué la Google Camera en la tienda, ya no estaba. Por un minuto supuse que el dispositivo de respaldo no cumplía con algunos de los requerimientos de la app. Pero no. Además eso no evitaría que Play muestre una cierta aplicación. Simplemente, Google la había integrado a Street View, como ocurre en los iPhone.
En fin, necesitaba seguir haciendo fotos esféricas sin invertir en un hardware especial, y la app que me había servido durante meses para esto estaba encerrada dentro de un teléfono al que no le funcionaba la pantalla.
Tenía, pues, que recuperar esa joyita y mis opciones se reducían a cinco.
Primera, comprarme un Nexus, únicos dispositivos -supe estos días- en los que Google permite ahora instalar Camera. Por supuesto, si algo quedaba descartado de entrada era adquirir un modelo en particular para recuperar una app. Además, no pude confirmar el dato.
Segunda, usar Street View, lo que no me seducía para nada.
Tercera, bajar la apk (el instalador) de Camera desde alguna de las tiendas alternativas. Demasiado aburrido.
Cuarta, usar otra app, como Sphere 360, que no me convence.
Quinta, cambiar la pantalla de mi S4. No, no mandar el equipo al service, sino desarmarlo y reemplazar la pantalla por mi cuenta (y riesgo).
Adivinen cuál me tentaba más.
En el quirófano
Para ser enteramente honesto, creo que estaba buscando una excusa para intentar arreglar un smartphone, algo que todavía no había hecho. Miré un par de videos sobre cómo intervenir un S4 y decidí que la misión era perfectamente viable. Esto no quiere decir que la aconseje, como se verá enseguida. Pero la experiencia me parecía de lo más interesante, así que le propuse la idea a Samsung, que en unos pocos días me envió el repuesto.
Aguardé a tener una tarde de domingo más o menos tranquila, preparé mis herramientas y varios recipientes pequeños para ir guardando de forma ordenada tornillos y piezas, y puse manos a la obra. Desarmar un S4 es en verdad muy sencillo. Se quitan la tapa trasera y la batería y se extraen 9 tornillos. Casi todo lo demás, con excepción del tornillo que ajusta el motherboard, se basa en módulos que se encastran y varios cables planos que encajan con precisión en los slots. Para reemplazar la pantalla hay que quitar todo el marco de plástico con sus módulos (los del micrófono y parlante, por ejemplo) y, por último, el motherboard, que ocupa poco más de un tercio de la superficie interna del equipo. En el proceso hay que desconectar varios cables planos. Una pavada, a decir verdad.
Pero, como se sabe, siempre es más fácil desarmar que volver a armar. Dicho y hecho. El S4 está muy bien conceptuado en cuanto a la facilidad de repararlo, habiendo obtenido 8 puntos sobre 10 en el sitio de IFixit, pero la escala de los componentes representa un desafío. Todo es muy pequeño y delicado. Una pinza de depilar ayuda y los kits de reemplazo suelen ofrecer herramientas adecuadas. Además, la tarea pide a gritos ciertas condiciones especiales. Primero, una vista aguda. Una lupa con luz -las buenas cuestan más que la pantalla del S4- no es ninguna mala idea. Segundo, un pulso de neurocirujano; quizá para compensar mi torpeza, la Providencia me ha obsequiado una gran precisión para trabajar con las manos. Tercero, una superficie generosa donde ejecutar la operación, de tal forma que ninguno de estos tornillos diminutos vaya a parar al piso (donde pasaríamos 16 semanas buscándolos).
Una vez despiezado, empecé a ensamblarlo otra vez, sobre la base de la nueva pantalla, que viene a funcionar como soporte de todo lo demás. Las cosas fueron razonablemente bien, pese a las dimensiones liliputienses, hasta que llegué al único componente que realmente me dio trabajo: la antena. Es un cable de corte circular que recorre gran parte del teléfono. Mientras los cables planos tienden a quedarse en su lugar y los slots cuadrangulares funcionan como guías para encajar el enchufe, ajustar la antena fue como enhebrar una aguja durante una travesía en 4x4 por el Valle de la Luna (de noche). Pero luego de un rato, lo logré.
El componente que más llamó mi atención es el que causa la vibración del S4. Es un oscilador lineal o, de forma más hermética, un propulsor resonante lineal. Esto quiere decir que no tiene partes móviles externas -funciona, grosso modo, según los mismos principios de un altavoz- y su aspecto es el de una pila de reloj gruesa. Luego de la batería, el motherboard y el objetivo de la cámara, es la pieza más grande del dispositivo. Todo lo demás es casi intangible: chips delgadísimos, cables planos ínfimos y mecanismos que parecen de relojería. Lo que hemos logrado en términos de miniaturización en tan poco tiempo corta el aliento.
Algo no está bien
Terminado el ensamblaje, hubo unos segundos de suspenso desde el momento en que presioné el botón de arranque hasta que apareció el mensaje de bienvenida en la pantalla. El booteo concluyó sin novedad, pero noté enseguida que el LED de las notificaciones no se había encendido durante el proceso. No era una buena señal, de modo que probé todas las funciones una por una hasta que descubrí que no sólo el LED había fallado, sino también el sensor de luz (adiós al brillo automático) y la entrada para los auriculares. Noté todavía una cosa más: todos esos componentes estaban juntos y del lado del teléfono que había recibido lo peor del impacto.
Durante la semana, traté de convencerme de que, luego de semejante accidente y tras una cirugía tan delicada, estas bajas eran perfectamente aceptables. Pero ya saben cómo es. Como una piedrita en el zapato. Una astilla en el dedo pulgar. Una basurita en el ojo. Me molestaba mucho el no haber recuperado al 100% mi teléfono y la intriga sobre lo que podía haber ocurrido rozaba lo insoportable. La combinación de perfeccionismo con una curiosidad extrema constituye una fórmula letal, créanme.
Para empeorar el escenario, en algún momento noté que la pantalla y el marco de plástico no habían quedado bien ajustados. No servía presionar. Algo estaba mal ahí dentro. O, mejor dicho, había hecho algo mal al ensamblarlo.
Obvio, al final no aguanté más y me volví a sentar con las herramientas, los recipientes y la lupa. Fui desarmando todo con la idea de dar con un cable mal enchufado. Pero no, nada. Estaba por rendirme ante la evidencia de que o el golpe o la cirugía habían roto esos componentes cuando mi vista recayó sobre un slot libre en el motherboard. Un slot libre es perfectamente lícito. Pero un slot libre justo al lado del módulo que estaba fallando constituía evidencia suficiente.
Sin embargo, el cable correspondiente no estaba en ningún lado. Raro. Sabía con absoluta certeza que no me había dejado ninguna pieza afuera. Así que el cable tenía que encontrarse en alguna parte. Y si no estaba fuera del teléfono, necesariamente tenía que estar dentro. Miré la zona con la lupa y ahí entendí todo. El conector, de medio milímetro de espesor, había quedado atrapado entre el motherboard y la pantalla, lo que no sólo había desvinculado el LED, el sensor del luz y el enchufe para auriculares, sino que además impedía que las piezas calzaran a la perfección.
Muy bien, había que sacar el motherboard, que es la maniobra más laboriosa, doblar el cablecito plano sobre sí mismo, volver a colocar la plaquita, pasar el conector por encima y enchufarlo en el slot. Con sólo dos manos, no fue fácil, pero al final encontré la serie de movimientos adecuada.
Esta vez, la secuencia de arranque fue todavía más tensa. Un smartphone no es el tipo de máquina a la que le guste que la desarmen y la vuelvan a armar muchas veces. Lo primero que noté, sin embargo, es que el LED se encendía. Cuando estuvo en línea, probé el sensor de luz. Andaba perfecto. Lo mismo que los auriculares.Había aprendido mucho con este pequeño proyecto de fin de semana y había sacado algunas conclusiones sobre cómo seguirá la electrónica de consumo

A. T.