Mostrando las entradas con la etiqueta EMPRESARIOS & CÍA. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta EMPRESARIOS & CÍA. Mostrar todas las entradas

lunes, 22 de agosto de 2022

EMPRESARIOS & CÍA


Massa y la maldición del populismo energético
El ministro, que en 2016 proponía llevar a Aranguren “por la fuerza pública” al Congreso a explicar el “tarifazo”, prefiere hoy que el periodismo pregunte por la “redistribución del subsidio
Francisco Olivera
Los empresarios, operadores y dirigentes políticos que tienen últimamente la posibilidad de hablar en profundidad con Mauricio Macri vuelven casi siempre con la misma conclusión: con o sin razones, el expresidente está convencido de que, si se presentara en 2023, ganaría las elecciones. “Creo que él se sobrestima un poco, pero piensa eso”, dijo alguien que lo conoce bien. Aun así, Macri no está seguro de competir. Pero sus dudas tampoco parten de lo que pueda pensar al respecto Julia Awada, como suele decirse, sino más bien de lo que pasaría el día después de la asunción. Los de mayor confianza le han entendido la verdadera perturbación: al líder del Pro le costaría digerir un nuevo fracaso.
La convicción no es ajena al modo en que el ingeniero encararía, llegado el caso, un segundo mandato. Porque ha hecho una autocrítica: cree que el gradualismo fue una mala decisión en 2015. Piensa además que deberá encarar eventualmente el proceso sin aliados. Al revés que Horacio Rodríguez, que supone que la Argentina solo será gobernable con un respaldo mayoritario de todos los sectores, incluido el peronismo. “Yo no estoy para acordar con el 70%, sino para hacer lo que haya que hacer”, dice Macri.
Su diferencia con el jefe de gobierno porteño obedece en primer lugar a que están políticamente en momentos distintos. Macri ya no sueña con llegar a la Casa Rosada; ya fue presidente. Ese objetivo, que podría ser también la obsesión de Massa, viró ahora hacia uno más difícil: dar con la solución de un país que parece ingobernable. Porque se acabó la plata y por la pobreza y los planes sociales, pero también por problemas que exceden el ámbito de la economía. El principal es cultural y llegó en 2002, con la experiencia Duhalde-kirchner: hay una sociedad convencida de que la energía no cuesta nada y, al mismo tiempo, dispuesta en cambio a pagar facturas de telefonía móvil o internet que la triplican en valor. Lo escaso y necesario es en la Argentina más barato que lo imprescindible y abundante: hay una regla económica que no cierra.
Es entendible que quienes analizan desde afuera no lo terminen de advertir cabalmente. Anteayer, en el panel de embajadores que Susan Segal coordinó en el Alvear para el Council of the Americas, el norteamericano Marc Stanley parecía hasta más optimista que su par argentino, Jorge Argüello. Stanley, un abogado formado en Texas, ámbito natural del shale oil, está habituado a todos los réditos que la iniciativa privada puede extraer de áreas fértiles como el yacimiento Eagle Ford. Nada que haya llamado la atención de los petroleros que lo escuchaban. Entre ellos José Luis Manzano, hiperactivo esa mañana y de inmejorable relación con Massa. Es probable que, en cambio, a Argüello le cueste despojarse mentalmente de lo que ya parece una maldición: sentada sobre Vaca Muerta, la Argentina sigue dejando pasar la oportunidad de los precios de gas más altos en varios años simplemente porque no tiene un gasoducto para transportarlo.
Es una inconsistencia difícil de explicar. El país, dedicado en estos años a consumirse el stock de las inversiones de los 90, década en que llegó a tener el parque de generación eléctrica más moderno del mundo, pagará en 2022 por los subsidios una factura que quintuplica lo que le costaría resolver parte del problema para siempre: el gasoducto que le falta. En cualquier empresa sería una cuestión sencilla; la Argentina lo convirtió en su nudo gordiano.
Muchos empresarios y una enorme porción del peronismo quisieran ver a Massa espada en mano, cortándolo para siempre. “Presidente”, lo llamó involuntariamente Argüello en el Alvear. Es cierto que, a diferencia de Batakis, el líder del Frente Renovador no hace esfuerpresa. zos por atenuar esa expectativa. Al contrario. “A Flavia Royón la puse yo”, refuerza en la intimidad. Está, sin embargo, frente a los mismos obstáculos que sus antecesores. No basta, por ejemplo, con la buena voluntad de los constructores del gasoducto Néstor Kirchner para que el primer tramo de la obra se inaugure, como pretende, en junio del año próximo. ¿Estarán, por lo pronto, en tiempo y forma los dólares de la chapa que Tenaris debe traer de Brasil? “La carga llega a fines de agosto, veremos si dan acceso al mercado único de cambios o no”, dicen oficialmente en la emEn lo más alto de la conducción hay inquietud. A estas alturas, cumplir con el plazo los obligará a despachar un camión de tubos cada cinco minutos desde Buenos Aires hasta la Patagonia.
Son precisiones que el ministro de Economía deberá tener en cuenta. Guzmán no fracasó en los anuncios sino en la aplicación, que es donde mueren últimamente en la Argentina todos los intentos. La medida energética troncal de Massa, el plan de segmentación, exhibe un desafío similar. También él, como su antecesor y hasta en su momento Kicillof, parece haber caído en la trampa de querer resolver el dilema tarifario con una solución de difícil instrumentación. ¿No sería más sencillo cobrar por la energía lo que vale y subsidiar la demanda? ¿Cómo impactarán finalmente los aumentos en los consorcios, un sector que hasta hace dos semanas se pretendía excluir? ¿Los usuarios exceptuados por ingresos recibirán entonces los incrementos a través de las expensas? ¿Los de bajos recursos residentes en zonas caras deberán pagar tres veces más por el agua? ¿Qué se va a hacer con los desocupados? Las distribuidoras están confundidas. Es el problema de diseñar una política tarifaria a los efectos de atender las necesidades del vecino del 8° A: una justicia social llevada al extremo, como quisiera toda alma sensible, obligaría a confeccionar facturas para cada situación particular. Pero el esmero en cumplirla viene logrando desde 2002 el objetivo opuesto: que un tucumano pague por la electricidad cuatro veces lo que un residente de Barrio Parque.
Hasta ayer, lo único que tranquilizaba a las empresas de gas era que, después de semanas de ausencia, finalmente se habían involucrado en la tarea técnicos del Enargas. Todavía no han recibido ni las listas de los formularios ni los cuadros tarifarios para confeccionar boletas cuyos aumentos regirán desde el 31 de este mes. Deberán apurar sus respectivos sistemas pese a que las subas no mejoran el margen de distribución y que, al contrario, les agregan un costo administrativo: las empresas con las que tienen acuerdos de pago, como bancos, tarjetas, Rapipago o Pago Fácil, les cobran por el valor de la factura. Ya se lo explicaron en su momento a los funcionarios de Guzmán.
La oposición contempla el embrollo con alivio. Gran parte de la autocrítica de Juntos por el Cambio consistió en atribuir la derrota de 2019 a las tarifas. El populismo energético es transversal. Massa, que en 2016 proponía llevar a Aranguren “por la fuerza pública” al Congreso a explicar el “tarifazo”, prefiere ahora que el periodismo pregunte por la “redistribución del subsidio”, como propone Malena Galmarini, pero se expone a lo mismo que entonces: la queja de comerciantes que muestran sus nuevas facturas delante de las cámaras de televisión y probablemente recursos de amparo capaces de frenar los aumentos.
La trampa energética incluye esa última ironía: que a la oposición le convenga el éxito Massa porque, de lo contrario, si gana en 2023, heredará el problema. Los esfuerzos retóricos no sirven. El mundo de la energía es el de la física y, como tal, tiene un solo sentido relevante: alguien debe pagar el costo.●
No basta, por ejemplo, con la buena voluntad de los constructores del gasoducto Néstor Kirchner para que el primer tramo de la obra se inaugure en junio del año próximo

http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA

domingo, 12 de junio de 2022

EMPRESARIOS & CÍA


Ella los prefiere sin vena hippie
Massa y Scioli tienen agendas muy similares: recién enterado de que sería ministro, al exgobernador se le ocurrió pedirle colaboración para su cartera a un massista, José Ignacio de Mendigure
Francisco Olivera
Peor que la cara que Cristina Kirchner puso la semana pasada en Tecnópolis cuando el Presidente citaba a Spinetta en “Cantata de puentes amarillos”, fueron las críticas que ella le dedicó después, al bajar del escenario, y del modo que la vicepresidenta objeta: en off the record. En público, lo único constatable había sido su gesto de reprobación: “¡Por favor!”, llegó a leérsele en los labios mientras meneaba la cabeza. Después, delante de testigos, se explayó con adjetivos fuertes. Está convencida de que Alberto Fernández no se da cuenta de lo mal que le quedan esas posturas. “Me río porque sé que esta vena hippie a Cristina no le gusta”, había aclarado él al ver la reacción.
La expresidenta no pierde ocasión para cuestionarlo. Al contrario de lo que algunos pretendían en la Casa Rosada, el encuentro de la semana pasada no sirvió para reconciliarlos, sino que ahondó las diferencias. Ella sigue repitiendo que se equivocó en la decisión de elegirlo como compañero de fórmula. Si quedaba alguna duda, Tecnópolis terminó de convencer a varios peronistas de que Alberto Fernández seguirá soportando estos desplantes y, más aún, de que está presto a acatarle al menos hasta 2023 sus órdenes medulares. Y a librar en todo caso contiendas menos desparejas. La que tiene con Massa, por ejemplo. Quienes conocen al jefe del Estado afirman que la designación de Scioli al frente del Ministerio de Desarrollo Productivo en reemplazo de Kulfas puede tener como primer objetivo enviarle un mensaje al líder del Frente Renovador, enfrentado desde hace tiempo con el exgobernador.
Massa le atribuye a Scioli responsabilidad por el episodio del robo en su casa de Tigre en 2013. A sus colaboradores y a otros peronistas les dice otra cosa: que en realidad la molesta es su mujer. “Andá a calmarla a Malena…”, bromea. Algunos sciolistas no le creen. Suponen, en cambio, que quedaron asuntos pendientes de la campaña de 2013, cuando Scioli decidió a último momento, después de haber amagado durante varios días con el pase a la oposición, quedarse del lado de Cristina Kirchner.
Es cierto que, a diferencia del exembajador en Brasil, Massa viene siendo muy crítico de Alberto Fernández. También en off. A él tampoco le gustan las citas de Pescado Rabioso. No estaba en ese momento en Tecnópolis, pero su reacción llegó ese día, en simultáneo con la cara de Cristina Kirchner, al Whatsapp de algún colaborador. “Por Diossssss”, se leyó en el mensaje, seguido de un insulto. Pero Massa y Scioli tienen agendas muy similares. Incluso en sentido literal: recién enterado de que sería ministro, al exgobernador se le ocurrió pedirle colaboración para su cartera a un massista, José Ignacio de Mendiguren, hoy al frente del Banco de Inversión y Comercio Exterior (BICE). “Vasco, en el primero en que pensé sos vos; te voy a necesitar”, le dijo. El empresario se quedó pensando. Es probable que no acepte, más allá de que siente afecto por el Pichichi. Nicolás Scioli, hermano menor, está desde enero de 2020 en el directorio del BICE.
El primer test de la relación entre Massa y el exgobernador puede llegar a ser un tema candente, el gasoducto Néstor Kirchner. Scioli quisiera tenerlo bajo su administración en el ministerio, como era hasta agosto del año pasado con Kulfas. “Veremos. Ahí están Enarsa y La Cámpora”, dijo un sciolista precavido. Pero quienes se ilusionan con esa posibilidad, funcionarios y hombres de negocios, creen que Massa finalmente aceptará. Le tienen bastante fe al poder de persuasión que, por ejemplo, dicen, podría ejercer sobre él un petrolero, Marcos Bulgheroni.
Ninguna de estas fantasías es realizable sin el aval de “la jefa”. A ella ya la perturba bastante que entre los posibles adjudicatarios de la obra, que se licitará el 8 del mes próximo, esté la unión transitoria de empresas que conforman Techint y Sacde, la constructora que Marcelo Mindlin le compró en 2017 a Ángelo Calcaterra, primo de Macri. Es cierto que Mindlin se convirtió dos años después en uno de los grandes apuntaladores de la campaña del Frente de Todos, pero no dejan de ser dos empresarios a quienes el kirchnerismo les atribuye afinidad con la oposición.
Habrá entonces que esperar hasta el cierre del plazo para las ofertas. Hasta ahora, tal como está redactado, el pliego sigue dejando fuera de la licitación a constructoras de buena relación con el Gobierno. La principal: CPC, de Cristóbal López, uno de los que más se movieron para intentar que se flexibilizaran las condiciones. Después de la renuncia de Antonio Pronsato a Enarsa, el texto fue modificado en algunos aspectos técnicos, pero no lo suficiente. El artículo 16.2, meollo de la discusión, sigue obligando a que los socios minoritarios de eventuales consorcios de construcción acrediten exactamente los mismos antecedentes que los líderes. Para el dueño del Grupo Indalo, que no tiene experiencia en gasoductos de 36 pulgadas, es una cláusula envenenada. Quienes redactaron el pliego en Enarsa, muy seguramente por consejo de Pronsato, pueden haber tenido un doble objetivo: intentar que la obra avanzara más rápido cerrando las exigencias a las compañías más experimentadas y, en simultáneo, evitar que las chicas presionaran por entrar, algo que pasó, por ejemplo, en el Gasoducto del Nordeste. ¿Se animará ahora Agustín Gerez, presidente de Enarsa, a reescribir las condiciones? “Va a haber un quilombo hermoso, hay mucha gente mirando”, sonrió un constructor con ganas de participar.
Estos tironeos explican parte del revuelo que armó el off the record de Kulfas. Ayer, en su declaración testimonial, el exministro dijo que no le constaba que hubiera existido lo que insinuó el viernes, una preferencia de los camporistas de Enarsa por Techint como proveedor de tubos. Es muy probable, con todo, que él y Cristina Kirchner no estuvieran discutiendo esa licitación, ya adjudicada, sino la próxima, la de la construcción, que está pendiente. ¿Eran mensajes cruzados pensando en la pelea entre el tándem Rocca-mindlin y Cristóbal López? Imposible saberlo porque el episodio no pasó de ironías y suspicacias lanzadas en el aire y para entendidos.
A la expresidenta le sirvió en todo caso para mostrarse del modo en que mejor se siente, confrontando con las corporaciones. Por eso aprovechó esta semana también las declaraciones de Federico Braun en el aniversario de la Asociación Empresaria Argentina (AEA). “Remarcamos todos los días”, había dicho el dueño de La Anónima mientras sonreía, y para Cristina Kirchner no hubo en adelante un mejor enemigo: además de integrante de la AEA, este “formador de precios” es pariente de exfuncionarios de Macri. Braun había sido tal vez el más crítico y explícito en un foro pesimista. Arrancó diciendo que quería ser “un poquito disruptivo respecto de lo que decimos todos los días” y cumplió. “Sabemos que somos un país, no digo fallido, pero cerca de serlo. Somos un fracaso si miramos la brecha que hay entre lo que somos y lo que todo el mundo imaginó hace 70 u 80 años que íbamos a ser”, planteó. Suficiente para que Cristina Kirchner regresara al on the record con varios tuits. Volverá sobre esas declaraciones una y otra vez. Aunque, en su fuero íntimo, tal vez sea capaz de coincidir al menos en el qué: Braun no mintió. Después de todo, son voces que la vicepresidenta escucha. Ha tenido últimamente reuniones personales con algunos empresarios. Es ella la que convoca. Es evidente que al menos las considera discusiones de poder: para refutar a Spinetta le alcanza con una mueca.
Mindlin se convirtió en uno de los grandes apuntaladores de la campaña del Frente de Todos
Hasta ahora, tal como está redactado, el pliego deja fuera de la licitación a constructoras de buena relación con el Gobierno

http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA

lunes, 16 de mayo de 2022

EMPRESARIOS & CÍA


La Argentina, una mamushka de promesas incumplidas
La nostalgia del mundo empresarial por Macri no se inspira en épocas doradas; ven que lo que vino después no solo no funciona, sino que a veces carece de rumbo y lógica
Francisco Olivera

Cuenta Macri que hace un mes, cuando visitó a Trump en su casa de Mar-a-lago, Palm Beach, le dijo al líder republicano que no sería candidato en 2023. Y que el expresidente norteamericano le contestó exactamente lo mismo sobre su propia situación: tampoco quiere competir en 2024, pese al reclamo de parte del electorado. ¿Decían la verdad? Es pronto para saberlo. Lo único constatable hasta ahora es que ambos dejaron el poder con ganas de volver.

Macri regresó esta semana a Miami, adonde viaja con frecuencia para dar charlas en la Universidad Internacional de Florida. Ahí se siente cómodo. Puede, por ejemplo, trasladarse en Uber sin ser reconocido y pensar, como en el almuerzo con Trump, sobre su futuro. “O Patricia u Horacio”, dicen que contesta cuando lo consultan sobre a quién de la oposición ve en mejores condiciones para pelear por la presidencia en la Argentina.
En realidad son todas proyecciones que, probablemente, ni siquiera él esté en condiciones de trazar, entre otras razones porque hace tiempo que no ve encuestas. Empezó a descreer de esos métodos la noche de las primarias de 2019. Rosendo Fraga decía ayer que el reflejo de moverse por instinto es algo propio de liderazgos del poder. Y que ve a Macri en esa etapa: “Fue un presidente sobrestimado y un político subestimado”, resume.
La idea de que el expresidente no participará de las elecciones está también bastante arraigada en el Instituto Patria, donde en realidad quisieran que no fuera así. Los kirchneristas preferirían verlo compitiendo porque, dicen, sería fácil de derrotar. Pero imaginan más como candidato a Rodríguez Larreta, a quien le atribuyen dos ventajas que les preocupan: su propensión a hacer alianzas y buen nivel de aceptación en la opinión pública. Todas estas suposiciones incluyen un aspecto fundamental: aunque invisible en las boletas, Macri será el verdadero armador del espacio opositor.
Pero el líder de Pro debe antes resolver cuestiones que tienen que ver con su intimidad. La que admite en público: Juliana Awada “no quiere saber nada”. La que no reconoce: una necesidad de reivindicación personal que lo llevó, por ejemplo, a titular su libro como Primer tiempo. Ese ensayo, que podría haber sido trivial en la vida de cualquier expresidente, tuvo en Macri un efecto psicológico superlativo. No tanto por lo que decía como por la sorpresa que le causó ver en su presentación a dirigentes que no esperaba. Y notó que, desde entonces, empezaba a ser motivo de consulta de quienes hasta hacía pocos meses lo daban por retirado.
La verdadera novedad de este cambio de tendencia es que incluye a empresarios, un sector al que terminó en 2019 reprochándole ingratitud y falta de respaldo. “Si ustedes no me querían”, bromea ahora.
Esta revancha con lo que bautizó “círculo rojo” es reciente. Podría decirse que se inició hace unos cuatro meses, no bien el establishment económico entendió no solo que se acrecentaba la crisis, sino que el gobierno de Alberto Fernández, con quien había llegado a ilusionarse al principio, terminaría peor de lo que empezó. “Ni siquiera vale la pena reunirse con el gabinete”, se quejó anteayer un ejecutivo petrolero.
Son los nuevos temas de conversación entre Macri y sus antiguos conocidos del mundo de los negocios. Por ejemplo, Daniel Novegil, de Ternium, que le organizó hace un mes una de estas reuniones en Miami. Charlas sin tabúes. Hubo otras. Alguien le preguntó en una de ellas qué haría el año próximo. “Por ahora lo que quiero es que crezcan los candidatos: después veremos”, contestó. “¡Pero cómo no vas a ser vos! –insistió el invitado–. No vas a dejar a estos pelagatos”. El comentario despectivo no era para el gobierno actual, sino para la oposición.
Hace dos años, no bien arrancaba la cuarentena, Macri se hacontexto bía ido de una comida en la casa del empresario Ricardo Esteves con la sensación opuesta. Estaban Eduardo Eurnekian, Federico Braun, Novegil, Juan Carlos Casagne y Facundo Gómez Minujín, entre otros, y esa noche quedó claro que el candidato del establishment económico era Rodríguez Larreta. Pero eran tiempos de otras urgencias y expectativas, con el trío filminas rompiendo récords de imagen positiva. Es cierto que aquella euforia de 2020 tenía ya entonces dos escépticos, Cristina Kirchner y Macri. Pero eran casi los únicos. “Espero que no creas el bolazo de 80% de Alberto”, dijeron entonces a este diario en La Cámpora. Macri no hacía declaraciones públicas, pero explotó en esos días delante de un conocido politólogo que, por Zoom, acababa de hacerle una semblanza de Alberto Fernández típica de esos días: el Presidente era alguien profundo, inteligente, buen articulador de consensos y, en definitiva, un peronista capaz de convertirse en una valla de contención para eventuales extravagancias de Cristina Kirchner. “No coincido en nada, en absoluto”, lo cortó Macri, y se explayó en cuestionamientos al jefe del Estado y vaticinios sobre el protagonismo de la vicepresidenta para el futuro. “Esto va a terminar mal”, concluyó.
Parecía despecho. Pero es la descripción que muchos empresarios hacen dos años después. Con un de necesidades distintas, más de fondo, que coinciden más con el estilo de Macri que con el dialoguista de Rodríguez Larreta. Como si pensaran que la Argentina necesita el shock que no tuvo entre 2015 y 2019. “Ahora son todos halcones”, concluye el expresidente. “Hasta Horacio está hawkish”, agregó un ex ministro de Juntos por el Cambio.
Que los empresarios piensen ya en 2023 no tiene que ver con una apuesta electoral. Es bastante peor: están dando por sentado que este gobierno no tiene posibilidades de revertir la situación. En eso coinciden con Cristina Kirchner. Son conclusiones que sacan tanto por los datos de la economía como por los movimientos del jefe del Estado. Nadie cree, por ejemplo, en los objetivos declarados para esta gira por Europa. Hay ministros que afirman que el propósito del jefe del Estado fue simbólico: recuperar la iniciativa y, de paso, tomar distancia en una semana de múltiples tensiones por las audiencias de electricidad y gas, la difusión de la inflación y la marcha federal. Dicen que venía de pésimo humor. “No me quiso atender ni a mí”, le contestó Vilma Ibarra a alguien que buscaba contactarlo.
Los empresarios temen que estos problemas empiecen a afectar la recuperación. Los inquieta la falta de dólares, admitida también dentro del gabinete, para la que exigen además una racionalización. Hace días, por ejemplo, que los fabricantes de neumáticos esperan la respuesta de Feletti a las planillas de precios y costos que le entregaron. En voz baja, dicen haber hecho un esfuerzo doble: toda esa información que les pidió el secretario de Comercio ya estaba en el despacho de Matías Kulfas, su jefe en el organigrama. Pero Feletti y el ministro de Desarrollo Productivo no se llevan bien y la duplicación de datos es entendible.
Lo que se explica menos son algunos criterios. Hay, por ejemplo, empresas nacionales que se quejan de que el Gobierno esté autorizando desde que empezó el año más importaciones que en el mismo lapso del año pasado. ¿No era que faltaban dólares?, se preguntan. Lo detallan así: 53% más de importaciones de cubiertas para autos y camionetas, 56% más para camiones y ómnibus y 71% más para el agro. La medida debería contribuir a bajar los precios, pero no: no solo suben, sino que además sigue siendo difícil conseguir productos extranjeros. “Michelin ya no hay”, contestaron en un taller del sur del conurbano.
¿Cuáles son entonces las prioridades? ¿Y el programa económico? Durante el verano, a los petroleros les molestó que en el paquete de proyectos que el Gobierno pretendía enviar a sesiones extraordinarias convivieran dos difíciles de congeniar: la ley de hidrocarburos, que prevé incentivar el desarrollo de petróleo y gas, y la de movilidad sustentable, que establece que desde 2041 no se vendan autos con motores a combustión en todo el país.
La nostalgia de los empresarios por Macri no se inspira en épocas doradas. Ven que el expresidente fracasó, pero que lo que vino después no solo no funciona, sino que a veces carece de rumbo y lógica. No lo extrañan tanto a él como al Macri que debió ser. La Argentina es una mamushka de promesas incumplidas.

http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA

martes, 22 de febrero de 2022

EMPRESARIOS & CÍA


El dilema del kirchnerista frente al auditor
La “militancia”, en una encrucijada ideológica: ¿hay que poner la cara por las decisiones del presente, incluido el acuerdo con el FMI, o preservar el capital simbólico hasta que vengan tiempos mejores?

Francisco Olivera
Nadie duda de que Mayra Mendoza es una kirchnerista convencida. La foto de su cuenta de Twitter es un retrato compartido con la vicepresidenta. Pero la intendenta de Quilmes no se ha privado últimamente, siempre delante de gente de confianza, de alguna objeción al Instituto Patria. No estuvo del todo convencida, por ejemplo, con los gestos de distanciamiento de Máximo Kirchner. Cree que el Gobierno necesita respaldo y unidad y que escatimarlos compromete la gestión para los próximos dos años. Sería, razona, como regalarle a la oposición las elecciones de 2023 y saltear el proyecto del espacio propio hasta 2027.
Lo que dice Mayra Mendoza es lo que piensan muchos de sus compañeros de militancia, todos ellos en medio de una encrucijada ideológica: ¿hay que involucrarse y poner la cara por las decisiones del presente, con los tragos amargos y costos políticos que eso supone, incluido el acuerdo con el FMI, o convendrá observar en silencio y preservar el capital simbólico del kirchnerismo hasta que vengan tiempos más favorables? El miércoles, en una conversación en radio El Destape, Roberto Navarro le hizo una sugestiva observación a Gabriel Katopodis. La pandemia, la inflación y el entendimiento con el Fondo, advirtió el periodista, hacen que muchos dirigentes del Frente de Todos ya estén dando la elección de 2023 por perdida. “Bueno, tenemos que hacer política –contestó el ministro de Obras Públicas–. Tenemos que combatir un escepticismo cultural que hay en la sociedad pero también, a veces, un escepticismo cultural que hay dentro de la fuerza política. Estar convencidos de que realmente se va a poder salir”.
De este enorme dilema interno depende parte del éxito de la administración de Alberto Fernández. Cuando Katopodis contesta por las posibilidades de 2023 no está pensando en el futuro, sino en el presente: dar por sentada la derrota para entonces significa desentenderse de la suerte del Presidente y, como consecuencia, sacudir los cimientos del Gobierno. Y eso siempre termina en una crisis. Es, probablemente, lo que llevó a Santiago Cafiero a insistir ayer con la reelección del jefe del Estado: justamente porque no todos están convencidos al respecto. En el Instituto Patria hay, en cambio, quienes ya prefieren desentenderse del destino de quien resultó útil para ganarle en su momento a Macri, pero al que en rigor nunca consideraron dirigente propio. Fue él quien decidió apartarse de algunas recomendaciones de Cristina Kirchner, razonan, y esa opción no solo lo ubica en un proceso irreversible, sino que ya empezó a mostrar resultados magros.
Que en la Casa Rosada haya cada vez menos funcionarios dispuestos a pelear en público por la emancipación del Presidente agrava el panorama. En primer lugar porque no advierten en él esa convicción. El último ensayo institucional al respecto, la designación de Manzur como jefe de Gabinete, no surtió el efecto esperado. El tucumano venía dispuesto a ejercer lo que reclama Katopodis, conducción política, pero ha preferido retroceder ante tareas propias del cargo que, dadas las divergencias internas, parecen inabordables. La reformulación de los subsidios, por ejemplo. “La colimba ya la hice”, se excusó Manzur delante de colaboradores. Porque el área energética tiene dueña. Y los únicos funcionarios con poder para concretar aumentos de tarifas son los jefes de los entes reguladores, que tienen la atribución de la firma y que responden orgánicamente a Cristina Kirchner. En esa condición están Federico Bernal, interventor en el Enargas, y Soledad Manín, del ENRE, que en realidad llegó ahí recomendada por Federico Basualdo, el subsecretario al que Guzmán no puede echar desde hace un año del ministerio que debería conducir. “Yo no sé cómo Martín, que es un tipo ambicioso, se bancó lo de Basualdo”, razonó ante la nacion un banquero que respeta al ministro de Economía.
El kirchnerismo nunca ha estado tan incómodo al frente del Gobierno. Con urgencias como la de acordar con el Fondo, desde luego, pero no por la votación del Congreso en sí misma sino más bien a partir de ella: son las revisiones trimestrales lo que condiciona el futuro. Para la “jefa” todos los años son preelectorales. Se entiende que Guzmán esté preocupado. Y que, prudente en las palabras, se limite a asentir cuando escucha que sus confidentes critican la postura del Instituto Patria. Porque la desconfianza es en realidad mutua: los camporistas, que lo acusan de esconder detalles de la negociación, dicen que a veces informa internamente sobre avances que no han terminado de concretarse y cuestionan todavía más a Sergio Chodos, a quien le atribuyen ser un hombre del mercado, con todo lo que eso significa en el universo de los prejuicios.
¿Cómo resolver los problemas de la Argentina en este contexto? Casi imposible. Andrés Larroque, ministro de Kicillof, lo admitió hace unos días, en su cumpleaños, durante una conversación con Dady Brieva. El “formato de coalición”, dijo, le resta “ejecutividad” al Frente de Todos. “Nos ha quitado capacidad de reacción y eso sin duda lo pagamos en las elecciones de septiembre. Después lo pudimos recuperar en la provincia de Buenos Aires bastante en noviembre pero, claramente, no fue el resultado que fuimos a buscar”.
Es la misma sensación que tienen los empresarios ante cualquier planteo que le hacen al Gobierno. El más reciente y generalizado: la falta de dólares para importar. El martes, en un almuerzo en la sede de la Unión Industrial Argentina, Daniel Funes de Rioja, presidente de la entidad, le recordó el problema a Ariel Schale, secretario de Industria. Con magnitudes distintas, hay entre 20 y 50 grandes compañías fabriles que necesitan conversar casi diariamente con las autoridades para acceder a divisas. Schale, que conoce bien a los anfitriones porque viene del sector textil, intentó tranquilizarlos sin mentir. Admitió la existencia de restricciones cambiarias, pero dijo que no iban a faltar dólares para la industria. Nadie en la UIA debería sorprenderse: es exactamente lo mismo que Miguel Pesce, jefe del Banco Central, les anticipó a fines de año en la Conferencia Industrial.
El desafío de Alberto Fernández es que estas dificultades no frenen la recuperación de la actividad, que es robusta. En el Ministerio de Economía confían en que el acuerdo con el Fondo servirá para restaurar algo de confianza. Pero eso no se consigue solo firmándolo, sino principalmente haciéndolo cumplir. Guzmán admite que el organismo viene siguiendo con especial atención la recaudación y los presupuestos subejecutados. De ahí su última obsesión: meter presión sobre empresas a las que sospecha de evadir. Ayer, en el Zoom del G-20, usó la mayor parte del discurso para hablar de eso.
Será una herramienta útil para acercarse a las exigencias del Fondo, que ha decidido no ponerse estricto: en el Frente de Todos dicen haber interpretado que el staff tiene disposición para un nuevo “gesto político” con la Argentina. Una buena noticia que, sin embargo, no termina de convencer al kirchnerismo, donde empiezan a intuir dos largos años de convivencia con el auditor. Es lo que evitó Kirchner hace 17 años pagando al contado. Ese legado aconseja ahora que esta vez, con las reservas en cero, y siempre en nombre del líder, la cara la ponga otro. Más cuando, como en la recorrida de Alberto Fernández por Mar de Ajó, parecen todos penales en contra.ß
Con magnitudes distintas, hay entre 20 y 50 grandes compañías fabriles que necesitan conversar casi diariamente con las autoridades para acceder a divisas

http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA