Ella los prefiere sin vena hippie
Massa y Scioli tienen agendas muy similares: recién enterado de que sería ministro, al exgobernador se le ocurrió pedirle colaboración para su cartera a un massista, José Ignacio de Mendigure
Francisco Olivera
Peor que la cara que Cristina Kirchner puso la semana pasada en Tecnópolis cuando el Presidente citaba a Spinetta en “Cantata de puentes amarillos”, fueron las críticas que ella le dedicó después, al bajar del escenario, y del modo que la vicepresidenta objeta: en off the record. En público, lo único constatable había sido su gesto de reprobación: “¡Por favor!”, llegó a leérsele en los labios mientras meneaba la cabeza. Después, delante de testigos, se explayó con adjetivos fuertes. Está convencida de que Alberto Fernández no se da cuenta de lo mal que le quedan esas posturas. “Me río porque sé que esta vena hippie a Cristina no le gusta”, había aclarado él al ver la reacción.
La expresidenta no pierde ocasión para cuestionarlo. Al contrario de lo que algunos pretendían en la Casa Rosada, el encuentro de la semana pasada no sirvió para reconciliarlos, sino que ahondó las diferencias. Ella sigue repitiendo que se equivocó en la decisión de elegirlo como compañero de fórmula. Si quedaba alguna duda, Tecnópolis terminó de convencer a varios peronistas de que Alberto Fernández seguirá soportando estos desplantes y, más aún, de que está presto a acatarle al menos hasta 2023 sus órdenes medulares. Y a librar en todo caso contiendas menos desparejas. La que tiene con Massa, por ejemplo. Quienes conocen al jefe del Estado afirman que la designación de Scioli al frente del Ministerio de Desarrollo Productivo en reemplazo de Kulfas puede tener como primer objetivo enviarle un mensaje al líder del Frente Renovador, enfrentado desde hace tiempo con el exgobernador.
Massa le atribuye a Scioli responsabilidad por el episodio del robo en su casa de Tigre en 2013. A sus colaboradores y a otros peronistas les dice otra cosa: que en realidad la molesta es su mujer. “Andá a calmarla a Malena…”, bromea. Algunos sciolistas no le creen. Suponen, en cambio, que quedaron asuntos pendientes de la campaña de 2013, cuando Scioli decidió a último momento, después de haber amagado durante varios días con el pase a la oposición, quedarse del lado de Cristina Kirchner.
Es cierto que, a diferencia del exembajador en Brasil, Massa viene siendo muy crítico de Alberto Fernández. También en off. A él tampoco le gustan las citas de Pescado Rabioso. No estaba en ese momento en Tecnópolis, pero su reacción llegó ese día, en simultáneo con la cara de Cristina Kirchner, al Whatsapp de algún colaborador. “Por Diossssss”, se leyó en el mensaje, seguido de un insulto. Pero Massa y Scioli tienen agendas muy similares. Incluso en sentido literal: recién enterado de que sería ministro, al exgobernador se le ocurrió pedirle colaboración para su cartera a un massista, José Ignacio de Mendiguren, hoy al frente del Banco de Inversión y Comercio Exterior (BICE). “Vasco, en el primero en que pensé sos vos; te voy a necesitar”, le dijo. El empresario se quedó pensando. Es probable que no acepte, más allá de que siente afecto por el Pichichi. Nicolás Scioli, hermano menor, está desde enero de 2020 en el directorio del BICE.
El primer test de la relación entre Massa y el exgobernador puede llegar a ser un tema candente, el gasoducto Néstor Kirchner. Scioli quisiera tenerlo bajo su administración en el ministerio, como era hasta agosto del año pasado con Kulfas. “Veremos. Ahí están Enarsa y La Cámpora”, dijo un sciolista precavido. Pero quienes se ilusionan con esa posibilidad, funcionarios y hombres de negocios, creen que Massa finalmente aceptará. Le tienen bastante fe al poder de persuasión que, por ejemplo, dicen, podría ejercer sobre él un petrolero, Marcos Bulgheroni.
Ninguna de estas fantasías es realizable sin el aval de “la jefa”. A ella ya la perturba bastante que entre los posibles adjudicatarios de la obra, que se licitará el 8 del mes próximo, esté la unión transitoria de empresas que conforman Techint y Sacde, la constructora que Marcelo Mindlin le compró en 2017 a Ángelo Calcaterra, primo de Macri. Es cierto que Mindlin se convirtió dos años después en uno de los grandes apuntaladores de la campaña del Frente de Todos, pero no dejan de ser dos empresarios a quienes el kirchnerismo les atribuye afinidad con la oposición.
Habrá entonces que esperar hasta el cierre del plazo para las ofertas. Hasta ahora, tal como está redactado, el pliego sigue dejando fuera de la licitación a constructoras de buena relación con el Gobierno. La principal: CPC, de Cristóbal López, uno de los que más se movieron para intentar que se flexibilizaran las condiciones. Después de la renuncia de Antonio Pronsato a Enarsa, el texto fue modificado en algunos aspectos técnicos, pero no lo suficiente. El artículo 16.2, meollo de la discusión, sigue obligando a que los socios minoritarios de eventuales consorcios de construcción acrediten exactamente los mismos antecedentes que los líderes. Para el dueño del Grupo Indalo, que no tiene experiencia en gasoductos de 36 pulgadas, es una cláusula envenenada. Quienes redactaron el pliego en Enarsa, muy seguramente por consejo de Pronsato, pueden haber tenido un doble objetivo: intentar que la obra avanzara más rápido cerrando las exigencias a las compañías más experimentadas y, en simultáneo, evitar que las chicas presionaran por entrar, algo que pasó, por ejemplo, en el Gasoducto del Nordeste. ¿Se animará ahora Agustín Gerez, presidente de Enarsa, a reescribir las condiciones? “Va a haber un quilombo hermoso, hay mucha gente mirando”, sonrió un constructor con ganas de participar.
Estos tironeos explican parte del revuelo que armó el off the record de Kulfas. Ayer, en su declaración testimonial, el exministro dijo que no le constaba que hubiera existido lo que insinuó el viernes, una preferencia de los camporistas de Enarsa por Techint como proveedor de tubos. Es muy probable, con todo, que él y Cristina Kirchner no estuvieran discutiendo esa licitación, ya adjudicada, sino la próxima, la de la construcción, que está pendiente. ¿Eran mensajes cruzados pensando en la pelea entre el tándem Rocca-mindlin y Cristóbal López? Imposible saberlo porque el episodio no pasó de ironías y suspicacias lanzadas en el aire y para entendidos.
A la expresidenta le sirvió en todo caso para mostrarse del modo en que mejor se siente, confrontando con las corporaciones. Por eso aprovechó esta semana también las declaraciones de Federico Braun en el aniversario de la Asociación Empresaria Argentina (AEA). “Remarcamos todos los días”, había dicho el dueño de La Anónima mientras sonreía, y para Cristina Kirchner no hubo en adelante un mejor enemigo: además de integrante de la AEA, este “formador de precios” es pariente de exfuncionarios de Macri. Braun había sido tal vez el más crítico y explícito en un foro pesimista. Arrancó diciendo que quería ser “un poquito disruptivo respecto de lo que decimos todos los días” y cumplió. “Sabemos que somos un país, no digo fallido, pero cerca de serlo. Somos un fracaso si miramos la brecha que hay entre lo que somos y lo que todo el mundo imaginó hace 70 u 80 años que íbamos a ser”, planteó. Suficiente para que Cristina Kirchner regresara al on the record con varios tuits. Volverá sobre esas declaraciones una y otra vez. Aunque, en su fuero íntimo, tal vez sea capaz de coincidir al menos en el qué: Braun no mintió. Después de todo, son voces que la vicepresidenta escucha. Ha tenido últimamente reuniones personales con algunos empresarios. Es ella la que convoca. Es evidente que al menos las considera discusiones de poder: para refutar a Spinetta le alcanza con una mueca.
Mindlin se convirtió en uno de los grandes apuntaladores de la campaña del Frente de Todos
Hasta ahora, tal como está redactado, el pliego deja fuera de la licitación a constructoras de buena relación con el Gobierno
Peor que la cara que Cristina Kirchner puso la semana pasada en Tecnópolis cuando el Presidente citaba a Spinetta en “Cantata de puentes amarillos”, fueron las críticas que ella le dedicó después, al bajar del escenario, y del modo que la vicepresidenta objeta: en off the record. En público, lo único constatable había sido su gesto de reprobación: “¡Por favor!”, llegó a leérsele en los labios mientras meneaba la cabeza. Después, delante de testigos, se explayó con adjetivos fuertes. Está convencida de que Alberto Fernández no se da cuenta de lo mal que le quedan esas posturas. “Me río porque sé que esta vena hippie a Cristina no le gusta”, había aclarado él al ver la reacción.
La expresidenta no pierde ocasión para cuestionarlo. Al contrario de lo que algunos pretendían en la Casa Rosada, el encuentro de la semana pasada no sirvió para reconciliarlos, sino que ahondó las diferencias. Ella sigue repitiendo que se equivocó en la decisión de elegirlo como compañero de fórmula. Si quedaba alguna duda, Tecnópolis terminó de convencer a varios peronistas de que Alberto Fernández seguirá soportando estos desplantes y, más aún, de que está presto a acatarle al menos hasta 2023 sus órdenes medulares. Y a librar en todo caso contiendas menos desparejas. La que tiene con Massa, por ejemplo. Quienes conocen al jefe del Estado afirman que la designación de Scioli al frente del Ministerio de Desarrollo Productivo en reemplazo de Kulfas puede tener como primer objetivo enviarle un mensaje al líder del Frente Renovador, enfrentado desde hace tiempo con el exgobernador.
Massa le atribuye a Scioli responsabilidad por el episodio del robo en su casa de Tigre en 2013. A sus colaboradores y a otros peronistas les dice otra cosa: que en realidad la molesta es su mujer. “Andá a calmarla a Malena…”, bromea. Algunos sciolistas no le creen. Suponen, en cambio, que quedaron asuntos pendientes de la campaña de 2013, cuando Scioli decidió a último momento, después de haber amagado durante varios días con el pase a la oposición, quedarse del lado de Cristina Kirchner.
Es cierto que, a diferencia del exembajador en Brasil, Massa viene siendo muy crítico de Alberto Fernández. También en off. A él tampoco le gustan las citas de Pescado Rabioso. No estaba en ese momento en Tecnópolis, pero su reacción llegó ese día, en simultáneo con la cara de Cristina Kirchner, al Whatsapp de algún colaborador. “Por Diossssss”, se leyó en el mensaje, seguido de un insulto. Pero Massa y Scioli tienen agendas muy similares. Incluso en sentido literal: recién enterado de que sería ministro, al exgobernador se le ocurrió pedirle colaboración para su cartera a un massista, José Ignacio de Mendiguren, hoy al frente del Banco de Inversión y Comercio Exterior (BICE). “Vasco, en el primero en que pensé sos vos; te voy a necesitar”, le dijo. El empresario se quedó pensando. Es probable que no acepte, más allá de que siente afecto por el Pichichi. Nicolás Scioli, hermano menor, está desde enero de 2020 en el directorio del BICE.
El primer test de la relación entre Massa y el exgobernador puede llegar a ser un tema candente, el gasoducto Néstor Kirchner. Scioli quisiera tenerlo bajo su administración en el ministerio, como era hasta agosto del año pasado con Kulfas. “Veremos. Ahí están Enarsa y La Cámpora”, dijo un sciolista precavido. Pero quienes se ilusionan con esa posibilidad, funcionarios y hombres de negocios, creen que Massa finalmente aceptará. Le tienen bastante fe al poder de persuasión que, por ejemplo, dicen, podría ejercer sobre él un petrolero, Marcos Bulgheroni.
Ninguna de estas fantasías es realizable sin el aval de “la jefa”. A ella ya la perturba bastante que entre los posibles adjudicatarios de la obra, que se licitará el 8 del mes próximo, esté la unión transitoria de empresas que conforman Techint y Sacde, la constructora que Marcelo Mindlin le compró en 2017 a Ángelo Calcaterra, primo de Macri. Es cierto que Mindlin se convirtió dos años después en uno de los grandes apuntaladores de la campaña del Frente de Todos, pero no dejan de ser dos empresarios a quienes el kirchnerismo les atribuye afinidad con la oposición.
Habrá entonces que esperar hasta el cierre del plazo para las ofertas. Hasta ahora, tal como está redactado, el pliego sigue dejando fuera de la licitación a constructoras de buena relación con el Gobierno. La principal: CPC, de Cristóbal López, uno de los que más se movieron para intentar que se flexibilizaran las condiciones. Después de la renuncia de Antonio Pronsato a Enarsa, el texto fue modificado en algunos aspectos técnicos, pero no lo suficiente. El artículo 16.2, meollo de la discusión, sigue obligando a que los socios minoritarios de eventuales consorcios de construcción acrediten exactamente los mismos antecedentes que los líderes. Para el dueño del Grupo Indalo, que no tiene experiencia en gasoductos de 36 pulgadas, es una cláusula envenenada. Quienes redactaron el pliego en Enarsa, muy seguramente por consejo de Pronsato, pueden haber tenido un doble objetivo: intentar que la obra avanzara más rápido cerrando las exigencias a las compañías más experimentadas y, en simultáneo, evitar que las chicas presionaran por entrar, algo que pasó, por ejemplo, en el Gasoducto del Nordeste. ¿Se animará ahora Agustín Gerez, presidente de Enarsa, a reescribir las condiciones? “Va a haber un quilombo hermoso, hay mucha gente mirando”, sonrió un constructor con ganas de participar.
Estos tironeos explican parte del revuelo que armó el off the record de Kulfas. Ayer, en su declaración testimonial, el exministro dijo que no le constaba que hubiera existido lo que insinuó el viernes, una preferencia de los camporistas de Enarsa por Techint como proveedor de tubos. Es muy probable, con todo, que él y Cristina Kirchner no estuvieran discutiendo esa licitación, ya adjudicada, sino la próxima, la de la construcción, que está pendiente. ¿Eran mensajes cruzados pensando en la pelea entre el tándem Rocca-mindlin y Cristóbal López? Imposible saberlo porque el episodio no pasó de ironías y suspicacias lanzadas en el aire y para entendidos.
A la expresidenta le sirvió en todo caso para mostrarse del modo en que mejor se siente, confrontando con las corporaciones. Por eso aprovechó esta semana también las declaraciones de Federico Braun en el aniversario de la Asociación Empresaria Argentina (AEA). “Remarcamos todos los días”, había dicho el dueño de La Anónima mientras sonreía, y para Cristina Kirchner no hubo en adelante un mejor enemigo: además de integrante de la AEA, este “formador de precios” es pariente de exfuncionarios de Macri. Braun había sido tal vez el más crítico y explícito en un foro pesimista. Arrancó diciendo que quería ser “un poquito disruptivo respecto de lo que decimos todos los días” y cumplió. “Sabemos que somos un país, no digo fallido, pero cerca de serlo. Somos un fracaso si miramos la brecha que hay entre lo que somos y lo que todo el mundo imaginó hace 70 u 80 años que íbamos a ser”, planteó. Suficiente para que Cristina Kirchner regresara al on the record con varios tuits. Volverá sobre esas declaraciones una y otra vez. Aunque, en su fuero íntimo, tal vez sea capaz de coincidir al menos en el qué: Braun no mintió. Después de todo, son voces que la vicepresidenta escucha. Ha tenido últimamente reuniones personales con algunos empresarios. Es ella la que convoca. Es evidente que al menos las considera discusiones de poder: para refutar a Spinetta le alcanza con una mueca.
Mindlin se convirtió en uno de los grandes apuntaladores de la campaña del Frente de Todos
Hasta ahora, tal como está redactado, el pliego deja fuera de la licitación a constructoras de buena relación con el Gobierno
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