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martes, 14 de abril de 2020

ENTREVISTA A SANTIAGO KOVADLOFF,


Coronavirus: vivir en reclusión, el nuevo semblante de nuestra casa

Santiago Kovadloff
Los niveles de expansión planetaria alcanzados por el coronavirus tienen un solo precedente: el del calentamiento global, que enferma a la Tierra desde hace décadas sin que se le conceda la atención que requiere.
Es que la forma en que esta última afecta todas las manifestaciones de vida, incluida la humana, cuenta aún con muchos negacionistas. La peste, en cambio, cada vez, con menos. Y en lo que hace a nuestra especie, no contempla excepciones. Actúa en todas partes. Al mismo tiempo, de la misma manera y con idéntica crueldad.
En estas circunstancias, quien da testimonio de lo que le ocurre habla más que de sí mismo, sea cual fuere el lugar en que se encuentre. La destrucción de lo que hasta hoy fuera previsible es mundial.
Vayamos a nuestra aldea. Al describirla, quizá digamos algo no solo de quienes estamos en ella.
Si la calle se ha vuelto extraña, agobiada por un silencio que no cede y un vacío sin igual, no menos extraño se ha vuelto nuestro hogar. Ni ella ni él son ya lo que fueron. Ya no estamos donde siempre. Un modo de vivir ha colapsado. La tragedia arrasó nuestras costumbres. Las inhabilitó. Lo previsible se ha vuelto incierto. ¿Qué día es hoy, si todos los días son el mismo día? ¿De qué vale llamarlo lunes o jueves o domingo, si lo que hacemos en uno es poco menos que idéntico que lo que hacemos en otro?
Tanto nuestra casa como su entorno se han alterado sustancialmente. Poco a poco, a medida que se prolonga la reclusión, nos vamos dando cuenta del desafío ante el que estamos. La peste es la raíz de esa mutación medular. El afuera de la casa pasó a ser tierra de nadie, lugar de acechanzas, escenario del peligro tanto como del vacío. Salir es arriesgarnos a perder la salud, cuando no nuestras vidas. En cada cuadra recorrida puede asaltarnos el mal.
Resignificación del espacio
Quedarse en casa, sin embargo, ya no es estar donde estuvimos hasta que estalló la pandemia. El significado de nuestra casa cambió. Nos resistimos a dejar de llamarla nuestra pero su significado de siempre se ha visto vulnerado por una brutal adversidad. Hemos cambiado y ella ha cambiado. Fue una casa de donde se podía salir y adonde se podía regresar. Ya no lo es más. La interacción con ese afuera, ahora vedada, desnaturaliza el semblante habitual de lo que hasta allí fuera nuestro. Estamos confinados donde, hasta hace unas horas, éramos libres. Esta reclusión forzosa no es la del monje de clausura: no la hemos elegido. Tampoco la del delincuente que cumple prisión domiciliaria: no hemos caído en manos de la ley. Es, en cambio, la reclusión de quienes han caído en manos de la fatalidad.
Si no podemos salir tampoco podemos permanecer como lo hacíamos cuando salir era posible y natural. La casa, a fuerza de ser nuestro espacio exclusivo y excluyente, comienza a convertirse en algo extraño. Si la calle ya no es nuestra, tampoco puede seguir siéndolo, en un sentido habitual, la casa que habitamos. Hay entre la calle y la casa profunda interdependencia. Alterado el sentido de una, se altera el de la otra. No sin dramatismo, nos vamos dando cuenta de nuestro encierro.
No es posible sin embargo ceder la última palabra a esta creciente ajenidad que afecta lo más íntimo. También empezamos a aprender a combatirla con templanza, sentido común e imaginación. Nos hemos aislado, es cierto. Pero lo hemos hecho para asegurarnos el reencuentro venidero con la normalidad perdida. Por lejano que se muestre todavía, solo la visión de ese horizonte indispensable puede infundir un carácter provisional a la reclusión que nos ha sido impuesta. Necesitamos aprender a concebirla como momentánea por más que se prolongue. Pero a esa espera, si la queremos consistente, hay que nutrirla de sentido y no solo de resignación. Solo así le daremos sustento y la podremos soportar.
Esa fe en un porvenir no distante que nos redima de este presente no está ni debe estar reñida con el realismo. Para preservarnos hemos tenido que perder, en gran medida, nuestra vida cotidiana. Y muchos, con desesperación, la posibilidad de ganarse el pan, de hacer lo que siempre hacían. Hay actividades primordiales, requerimientos imperiosos que al ser desatendidos por un uso anormal de las horas, convierten a nuestro hogar en una prisión agobiante, en un infierno de demandas sin respuestas personales y de las que el Estado, en este contexto, va teniendo que hacerse cargo.
Una vez más, el oportunismo político ha querido obtener su rédito de las circunstancias. No faltó, en tal sentido, el funcionario de turno interesado en asegurar que la conmovedora cita nocturna que tiene lugar en ventanas y balcones de todas las provincias argentinas es en lo esencial un gesto de reconocimiento hacia el presidente de la República. Ese gesto hacia Alberto Fernández estaría motivado por el acierto con que viene procediendo en algunos aspectos fundamentales del resguardo de la salud de la población.
No es así. Y el hecho de que así no sea no implica subestimar los aciertos del Presidente, allí donde los hubo, en lo relativo a la conducción política de esta durísima prueba. Seamos justos y seamos realistas: Alberto Fernández no está haciendo más que cualquiera de los que a diario se juegan sus vidas consagrándose al cuidado de las nuestras. Está, al igual que ellos, cumpliendo con su deber. Dudo mucho que sea él quien lo ignore. Dudo mucho que desconozca que el aplauso es para quienes no vacilan en entregarse a sus responsabilidades asistenciales, sanitarias y clínicas. Y que ese aplauso que no le está dirigido acaso sea el mejor reconocimiento político que él puede lograr en estas circunstancias.
En cambio y complementariamente, es al presidente de la Nación y, por su intermedio, a la mal llamada clase política a quienes están dirigidos los cacerolazos que reclaman a los funcionarios del Estado que sean también ellos los que se desprendan de parte de sus ingresos en favor de una atención más esmerada de los contagiados.
Se trata, en suma, de proceder con ejemplaridad allí donde lo exigen las circunstancias y a fin de que las más altas investiduras del Estado no sigan perdiendo fuerza simbólica ni valor representativo.
Una pedagogía inusitada nos convoca como aprendices y no tolera disidentes ni privilegiados. Nuevas reglas descalifican a las que nos rigieron hasta aquí. Nuestros deseos deben subordinarse a nuestros deberes. Estamos sitiados. Quien no lo entienda se arriesga y nos arriesga a todos.
La enfermedad y la muerte por contaminación han vuelto a golpear a nuestra especie. La imposibilidad de fijar una fecha terminal a su vigencia genera grandes desafíos psíquicos y hasta filosóficos. Entre ellos, el de vernos sin descanso con quienes comparten nuestra casa. Hacerlo no es saludable. Por más entrañables que nos resulten. Necesitamos cierta privacidad diurna y no solo nocturna. Aislarnos ya no solo de nuestros conciudadanos en la calle, sino también de nuestros familiares en el hogar. No se trata de intolerancia ni de cautela clínica. Se trata de sensatez. Viéndonos sin pausa, dejamos de vernos. Oyéndonos sin cesar, dejamos de escucharnos. Aun en estas condiciones de extrema reclusión compartida es preciso hacerle lugar a la privacidad de cada cual consigo mismo.
La imaginación, como digo, está llamada en estos casos a darnos su respaldo. Cada uno sabrá qué requerirle para que ese fortalecimiento interior tenga lugar.
Ni siquiera quienes viven sin compañía frecuentan su soledad habitual. Las imposiciones de la pandemia rigen incluso para ellos. Insisto: suprimido el afuera, el adentro deja de ser lo que fue también para aquellos que no lo comparten con otros.
Puentes solidarios, de balcón a balcón
Todo, todo se ha alterado. Todo se ha convertido en un nuevo mundo en este planeta devastado. Lo previsible ya no lo es. Lo imprevisible extiende su dominio incluso sobre lo que hasta hoy parecía inabordable para él.
¿Dónde estamos? ¿Dónde debemos aprender a estar? Estas no son sino dos de las preguntas que ponen de manifiesto los desafíos de esta hora ingrata, saturada de desventuras. Pero a la vez y en la medida en que es ineludible, este es también un momento propicio para templarnos en esa forma paradójica de la solidaridad, que consiste en no vernos, en no buscarnos como lo hicimos hasta ayer. Y en saber que estamos mancomunados en esa decisión.
Las salidas nocturnas a ventanas y balcones en todas las ciudades del país y también en muchísimas del mundo, los aplausos que celebran a los guardianes de la salud que arriesgan su propia existencia en favor de la nuestra, el griterío solidario con que, en la oscuridad, se tienden puentes entre los aislados, proponen escenas y escenarios inéditos y memorables, al menos en la Argentina. Son la expresión de un ejercicio diario de comunión entre quienes comparten un mismo confinamiento y quieren, no obstante, hacer de él algo más que una condena. La fraternidad colectiva se expande así a través del silencio diurno y se encarna en ese instante de fervor nocturno. Una fuente renovada de resistencia y de sentido nos ayuda, noche a noche, a enfrentar esta dura adversidad. La casa de todos renace en ese aplauso y fortalece la vida en la casa de cada uno.

domingo, 6 de octubre de 2019

ENTREVISTA A SANTIAGO KOVADLOFF,





"No le creo a Alberto Fernández", dijo anoche el escritor, filósofo y ensayista Santiago Kovadloff, en Odisea Argentina, el programa conducido por Carlos Pagni. Allí opinó sobre la coyuntura política a menos de un mes de las elecciones generales. "La impresión que tengo es que el pasado sigue jugando un papel protagónico", comenzó.
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Para el pensador, ambos candidatos tienen como discurso una promesa republicana. " [Alberto] Fernández en el fondo ofrece lo que ofrecería [Mauricio] Macri: que no vuelva el populismo, que no vuelva Cristina. Pero, ¿quién le cree? Su dificultad es ser verosímil respecto a su pasado y a su porvenir. No le creo porque simplifica su discurso, por ejemplo, cuando dice que el pacto con Irán fue un 'desliz ético', a mí me parece que le está robando complejidad a un problema trágico", opinó Kovadloff.
Respecto al análisis sobre el papel protagónico que estaría jugando el pasado en esta elección, el filósofo dijo que se hace referencia constantemente a aquello que se debe "dejar atrás". "Por un lado, el pasado en el oficialismo aparece como "lo que ha sido escuchado" y que va a ser dejado atrás, como errores económicos que ya no se cometerán. En la oposición, representada por el candidato Alberto Fernández, el pasado aparece como aquello que será desoído y será superado a través de una gestión que reúne los atributos del republicanismo", sostuvo.
No obstante, dijo respecto al porvenir: "Sin embargo, existe una compleja situación económica financiera que tendrá que enfrentar el que gane". Luego, comparó ambas propuestas políticas. "Macri le ha prometido a su electorado dos cosas: consistencia institucional republicana y una política económica que sustraiga a la clase media del enojo y del desencanto. Lo que no me queda claro es cómo se concilian ambas cosas. ¿Qué procedimientos empleará?", se preguntó.
Asimismo, sobre un posible triunfo de Alberto Fernández, cuestionó: "También veo el mismo problema: ¿cómo hará para imponer ideales republicanos en una estructura partidaria tan polifacética y contradictoria como es la que lo ha convertido en candidato? ¿Qué economía es la que llevará adelante, la de un Estado sin recursos, o de un Estado que contradiga las expectativas del kirchnerismo?"
"Estamos ante dos candidatos que se enfrentan a la dificultad de prometer verosimilitud y frente a la necesidad de construir una imagen novedosa, que pareciera no terminar de ser verosímil, porque las disputas internas de cada una de estas fuerzas no muestran homogeneidad", sostuvo Kovadloff.
Ante un posible triunfo del Frente de Todos, el académico analizó cómo podría continuar la relación diplomática entre la Argentina y Brasil. En esta linea, opinó que no cree que se produzca una fractura entre ambos países. "El sentido común allí puede preponderar. Creo que [Jair] Bolsonaro llegó a la presidencia por motivos similares a los que están pasando en la Argentina. Son figuras sintomáticas, tienen valor temperamental más que político", dijo.
Por último, consideró que se está viviendo una "degradación de la política", en relación a una constante caída de la fe en el porvenir. Además, analizó: "Creo que la política argentina en su conjunto ha perdido credibilidad discursiva. Las palabras ya no representan un poder de verosimilitud. Se ha deteriorado el valor de la palabra, o se ha callado lo que era verdad".
Y concluyó: "Argentina tiene una enorme facilidad para soñar con la redención, con cambios estructurales que van a sobrevivir, Dios mediante, porque hay quién los lidere. Si no capitalizamos el fracaso, la política se convierte en una ilusión. Tengo la impresión de que estos dos candidatos están enfrentados a una complejidad que están tratando de alguna manera de no llevar al plano del discurso, sino de vivir del miedo ajeno".

miércoles, 24 de julio de 2019

ENTREVISTA A SANTIAGO KOVADLOFF


Kovadloff: "El poema es un pentagrama y la voz debe ejecutarlo"

Una vez le preguntaron a Tiresias, que había sido hombre y mujer, quién de los dos goza más. Tiresias contestó que si el placer tuviera diez partes, la mujer gozaría de nueve y el hombre de una. Hablando de género y placer, vos escribiste prosa y poesía. ¿Dónde se encuentra el goce mayor?
[Se ríe] Te diría que yo siempre escribo en respuesta a una íntima necesidad, al deseo de escribir. Cuando la configuración de ese deseo se manifiesta en el ensayo, en el artículo o en la poesía, o aun en el acto de traducir, yo tengo siempre la intención de alcanzar el goce extremo, el goce supremo. No es el género el que nos brinda mayor o menor intensidad, sino su necesidad íntima, es decir, el imperativo que ese género cumple en la vida creadora de un escritor. En la poesía, el lenguaje alcanza una gran potencia que nos permite sustraernos de una lectura convencional de la realidad y nos sumerge en una visión más rica.
-¿Y qué le agrega la música a tu poesía?
-La poesía lleva la palabra hasta un extremo de su virtualidad, de su potencia, pero la música nos sumerge en un mundo de sonoridad y nos da la oportunidad extraordinaria de que los sentimientos ganen una plenitud que no siempre los significados pueden brindar.
-¿Cómo se les ocurrió hacer un disco-libro, en definitiva, un objeto que se puede agarrar y tocar, en tiempos en los que todo es digital?
-Yo tengo la impresión de que nuestra piel sigue reclamando sus derechos. Tocar, acariciar, poder sentir la presencia rotunda de algo a través de las manos, o de los propios labios, o del propio cuerpo; en suma, es algo que permite que sintamos que no somos uno ,sino dos. Todos podrían pensar que fui yo, el hombre de 76 años, el que insistió en el libro-disco-objeto. Pero fue Lucas Sedler, que está en la década de los 30, el que con su sensibilidad insistió para que fuera un objeto. Y yo, por supuesto, adherí. Porque hay algo intransferible, rotundo y contundente en el hecho de tener en mano aquello que uno ha producido. Además, le sumamos los dibujos maravillosos de Juan Sáenz Valiente.
-En el disco y en las presentaciones del grupo vos recitás. ¿Te hubiera gustado cantar?
-Estoy persuadido de que leer mis poemas, decirlos, es una manera de cantar. Yo creo que la lectura de la poesía es una lectura pentagramática. El poema es un pentagrama y creo que la voz debe ejecutarlo. La lectura en voz alta potencia la significación de las palabras; entonces, creo que a mi manera, canto. Pero, sin duda, me hubiera gustado mucho también cantar. Yo creo que tengo voz de bajo y me hubiera gustado mucho ser un cantante lírico. Nunca lo tuve como proyecto, tal vez por timidez y porque solo pude asociar el despliegue de mi voz a la lectura.
-¿Pero cantar quedó en la lista de tus pendientes?
-Hoy ya soy un hombre mayor, me doy cuenta de cuántas posibilidades quedan en el camino en función de otros proyectos. Lo triste es cuando ninguno de esos proyectos se concreta. Cuando una vocación se lleva adelante, las pérdidas son más soportables.
-En ¿Quién sos? tus versos retratan lo cotidiano. Por ejemplo, la casa en la que vivimos y los objetos que la pueblan. ¿Por qué elegiste escribir sobre estos elementos que, en apariencia, están tan a mano?
-Alrededor de mis 40 años redescubrí el valor de la vida cotidiana, el valor de algo que leí por primera vez en Heráclito, el oscuro, el pensador de Éfeso, de hace 2700 años. Heráclito dice, en un fragmento memorable: "Si los dioses no están también en la cocina, no están en ningún lado". Entonces, ahí estaba la cosa. Creo yo que la transfiguración de la realidad no exige que haya objetos extraordinarios, sino que nuestra perspectiva sobre lo que nos rodea se vea tocada por la emoción del descubrimiento de su presencia. Ahí está el reloj que a diario vemos, ahí está la silla que a diario tenemos con nosotros, pero de pronto su presencia golpea nuestra puerta y nos dice "aquí estoy". Y, cuando esto ocurre, el sentimiento de realidad ya no es el habitual. ¿Por qué? Porque las presencias ya se han hecho evidentes y nosotros ya no estamos en un mundo donde la costumbre tiene la última palabra.
-Hay un poema en el que hablás de un "porvenir escaso", en referencia al paso del tiempo y la muerte. Y yo recuerdo un artículo tuyo de hace algunos años donde contaste que tuviste un ataque epiléptico y perdiste la conciencia. Allí reflexionabas sobre el final de la vida. Y lo hiciste sin expresar miedo. ¿Cómo lográs hablar de la muerte con tanta naturalidad, sin que asome la angustia?
-Quizás varios factores pueden ayudar a eso. Yo ya he fallecido. Un ataque de epilepsia es fundamentalmente un ingreso a la muerte. Cuando uno sufre un ataque de epilepsia se desmorona absolutamente e ingresa donde ya no está. En consecuencia, si bien uno vuelve a la vida, es un resurrecto, puesto que puede volver a vivir y puede curarse, incluso. Ese ataque de epilepsia, esa forma de ausentarse repentina y radical hace que uno entienda que si uno tiene la fortuna, puede morir sin sufrimiento. Por otro lado, uno quiere ver crecer a sus hijos, a sus nietos, y sabe que esto tiene un costo: el costo de la lozanía de ellos es el costo del marchitarse de uno. Y uno está dispuesto a pagarlo porque el amor que sentís por ellos te lo requiere. Llegué a una conclusión: yo vivo bien vivido, con muchísima intensidad. Estoy lleno de gratitud hacia cada día de mi vida, pero le encuentro un límite a esa posibilidad, no en mi deterioro, no en mis limitaciones físicas o mentales, sino en el hecho de que la plenitud de ellos merece realmente tener la discreción de retirarse a tiempo.
-Uno podría decir: "¿Pero justo ahora, Santiago, que se te ve tan pleno?".
-Sí, como diría alguno, "con todo lo que tenés por delante" [se ríe]. Yo no ambiciono un número ilimitado de días. Ambiciono una plenitud para cada día.
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Por: Diego Sehinkman