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martes, 2 de junio de 2020

ENTREVISTAS DE LUJO,


Homenaje a artistas argentinos:Tato Bores, renovador del humor ...
Tato Bores: "Me acostumbré a hablar rápido, pero ¡ojo!, cuando quiero que se entienda, paro. No me gusta que a nadie se le pase un chiste
Olga Pinasco

Esta entrevista se publicó originalmente el 10 de agosto de 1980.
Es un actor cómico muy, pero muy serio, que habla rápido, desconfía de los que cuentan demasiadas cosas y no le cree mucho a nadie. Contradictorio, verborrágico y brillante, Tato Bores demuestra que él "siempre tiene razón".
Acaba de grabar el primer bloque de su programa y entra en el camarín para el cambio de ropas. Bajo, morrudo, pero ágil, con aspecto decididamente formal, Tato Bores es igual que su imagen en pantalla pero serio, muy serio. Casi a punto del fastidio. Sin duda, impaciente.
Fui teniendo éxito con el público, que lo tuve desde el primer día... Porque soy un tipo sin fracasos.Tato Bores
Cuando invita a pasar, ya vestido para el monólogo, inaugura el encuentro con un comentario protestón, como para no desmentir lo que el gesto prometía: "El camarín es un desastre. Todos los camarines son un desastre, siempre".
-Los del San Martín no, son comodísimos.
-Sí, me dijeron, pero yo no trabajé nunca en el San Martín. Una vez Kive Staif me propuso hacer, con Dringue Farías y Niní Marshall, una historia retrospectiva del teatro. Pero no quise, no tenía sentido, porque yo pertenecía a una época posterior.
-Podría haber cubierto "su" época.
-Hubiera necesitado datos y yo tiro todo, no guardo nada. Además no tengo repertorio, ni rutina, ni nada. No me gusta tener rutina. ¿Qué más? ¿Esto lo está grabando?
-Lo estoy grabando. Cuénteme de la película que filma con Olmedo y Graciela Alfano. ¿Le gusta?
-Sí, es algo totalmente distinto, no tiene nada que ver conmigo. Es una comedia brillante, pienso. Mi personaje me resulta muy difícil. Ellos confían en que lo voy a hacer bien y yo estoy muy preocupado porque es un tipo serio...
-Pero usted es serio. ¿O no es realmente un hombre serio?
-No demasiado. Pienso que son etapas. De jovencito yo era realmente un tipo muy gracioso y me animaba a más cosas. A medida que fui teniendo éxito con el público, que lo tuve desde el primer día... Porque soy un tipo sin fracasos. Yo tengo una trayectoria...
-¿Cuánto hace que empezó?
-Hace 35 años. Entonces, como le decía, a medida que iba teniendo más éxito y más responsabilidad, dejé de ser un tipo gracioso para hacer todo más elaborado. Es que tengo mucha vergüenza; no puedo salir a contar los cuentos que hice hace veinte años. No importa si los recuerdan o no. Basta que yo reconozca el cuento y me siento muy mal. No lo puedo soportar; me hace sentir jovatón. ¿Por qué uno tiene que hablar de uno mismo en un reportaje?
-Es lo que se estila cuando el reportaje se lo hacen a uno. ¿Cómo empezó a hablar tan rápido?
-Nunca fui lerdo, siempre me gustó exponer rápido lo que tenía que decir en un escenario. No se olvide de que comencé en el teatro de revistas. Allí estuve nueve años y observaba a los demás; pensaba para mí: este señor explica demasiado el chiste, este otro lo dice bien pero después recalca la gracia que hizo. Así es como yo ni lo explico ni digo qué me pareció. En un principio empecé a hablar rápido porque no me dejaban estar mucho en el escenario, además, en esa época éramos muchos los actores que formábamos un elenco. Después, cuando inicié mi programa en televisión, hace 19 años, los monólogos resultaban un poco extensos y para poder decir todo lo que estaba escrito también había que hablar rápido. Ahora me acostumbré y si lo quiero hacer despacio no me sale. Pero, ¡ojo!, cuando quiero que se entienda, paro y hablo despacio. No me gusta que a nadie se le pase un chiste.
-¿Cuál es su cómico favorito?
-No tengo predilecciones. Pero Carlitos Chaplin, sir Charles Spencer Chaplin, era algo fuera de serie.
-Preguntaba por el ídolo de aquel chico Tato.
-Cuando chico era un enloquecido de los Hermanos Marx: Una noche en la ópera la debo haber visto 14 veces, por lo menos. Desde entonces ya me gustaba ese humor desopilante, de antología. Con Jerry Lewis puedo llegar a morirme. Y la crítica de nuestro medio lo trató siempre muy mal. Apenas ahora... En fin, muchas veces el especializado no ha sido justo y debe retractarse. ¿Esta es una nota de relleno?
-No. Es una nota a Tato Bores.
-Porque las revistas necesitan llenar tantas páginas y lo usan a uno de relleno.
-¿Por eso es poco accesible?
-Por eso me niego permanentemente. Esta vez usted es la prueba de que no soy un tipo inaccesible. Pero hay abusos. Hacen fotos, reportajes, y no los publican. Los periodistas están muy malos, agresivos; en especial con la gente del mundo artístico.
-¿Qué fue lo que lo puso así?
-A mí me han hecho ya las mil y una. Los otros días, una periodista interrumpió la filmación y a Olmedo y a mí nos decía: "A ver, ustedes, pónganse acá... No, muévanse para acá. Ustedes, vengan". El maltrato. Por eso el cartel que tenía en el programa: "Frank Sinatra tiene razón".
-¿Por las trompadas que les dedica a los periodistas?
-Porque no pueden llegar a él.
-¿Lo veremos a Tato escoltado por guardaespaldas?
-No, pero no crea que a mí me encuentran fácilmente.
-¿Prefiere la televisión?
-Es el medio donde mejor me muevo y tiene mejores posibilidades.
-Y tiene un público seguro...
-Sí, tengo un público seguro, pero me rompo todo por ese público.
¿Por qué la elegimos?
A lo largo de más de 50 años de trayectoria, Mauricio Borensztein (1925-1996), conocido popularmente como Tato Bores, no solo fue una figura destacada del teatro de revistas, el cine y la televisión, sino que también encarnó un inigualable modo de hacer humor político. Sus inteligentes y desopilantes monólogos, formulados a una velocidad sorprendente, fueron parte de la vida de varias generaciones de televidentes que, además del respiro de la risa, encontraban en ellos desenfadadas reflexiones sobre la cambiante realidad nacional.

lunes, 1 de junio de 2020

ENTREVISTAS DE LUJO,


Me interesa que la gente viva en arte” - Fondo Nacional de las Artes
Marta Minujín: "No existe el éxito. Hay que ser transfracasado"
Celina Chatruc (@cchatruc) | Twitter
Celina Chatruc

Fragmento de la entrevista publicada originalmente el 22 de enero de 2017.
"Hay piedras con oro", decía la nena mientras trepaba sin descanso el cerro Falkner. No todos podían seguirla. Marta Minujín siempre fue indomable.
-Yo hacía de guía de turismo -recuerda hoy la artista en su taller de San Cristóbal, el lugar donde nació hace 73 años-. Pero siempre alguien se caía. Iba a caballo por caminos peligrosos. Una señora se rompió un brazo y la tuvieron que sacar por el lago, en un bote, y después en ambulancia. O iba a pie, y ahí también la gente rodaba. Y yo seguía subiendo.
¿Viste que yo digo: 'vivir en arte'? Morir en arte también. Vivir y morir en arte.Marta Minujín
Marta tenía apenas tres meses de edad cuando descubrió por primera vez las montañas que inspirarían sus obras, igual de monumentales. Su padre, médico rural pionero en la zona, la llevó cruzando vados a caballo durante dos días hasta el lago Villarino, donde la familia construiría una hostería que ella aún visita tres veces por año.
-Para mí el sur fue fundamental, me pasé mi vida ahí. Mis padres se casaron y se fueron a vivir un tiempo a San Martín de los Andes . Allá nació mi hermano, Luis Andino Minujín. Era inteligentísimo y genial. Estaba estudiando Medicina, especializándose en leucemia, cuando se enfermó de leucemia. Sabía todo lo que le iba a pasar. Horrible. [Llama a su asistente] ¡Trinidad! ¡Trinidad!
-¿Cómo te afectó eso?
-Muchísimo. Brutal. Me mató. [A Trinidad, mientras señala una carpeta] ¿Qué más había acá de interesante? Mirá, así va a ser el Partenón .
Minujín no puede pensar ahora en otra cosa. Hace un año, cuando llegó de sus vacaciones en el sur, encontró una carta con remitente de Alemania. La invitaban a participar de Documenta , la muestra de arte contemporáneo más importante del mundo, que se realiza cada cinco años en Kassel , con su Partenón de libros prohibidos . Será una recreación del Partenón que construyó en diciembre de 1983 en la intersección de las avenidas 9 de Julio y Santa Fe con libros prohibidos durante la dictadura, para celebrar el regreso de la democracia en la Argentina. "Es una obra en progreso, de arte efímero y de participación masiva, que se completa cuando la gente lee los libros", explica la artista en un video adquirido por la Tate de Londres.
-¿Qué sentiste cuando recibiste la carta?
-Casi me desmayo. Era lo más, lo más, lo más.
-¿Lo más importante que te pasó en la vida?
-Sí, porque yo admiro muchísimo a Documenta. No hay galerías implicadas ni comercio. Los cien artistas invitados son de la máxima vanguardia y va público especializado, no turistas como a la Bienal de Venecia. Ya hay 15.000 periodistas acreditados de todo el mundo. Marca un rumbo.
-¿Qué significa esta obra en tu carrera?
-Es la más grande, la más genial y la más política, en el lugar más perfecto. Mi vida va a ser otra después de que haga el Partenón. Ya me están llamando de todos los museos del mundo, pero me van a llamar muchísimo más.
-¿Cómo te sentís cuando te reconocen más afuera que en tu propio país?
-Mal. Porque acá me reconoce la gente popular, la que no tiene un peso. Todos me aman, todo el mundo me para, no puedo caminar por la calle? Pero los coleccionistas y los funcionarios no me apoyan.
-¿Por qué creés que pasa eso?
-Porque en el mundo del arte hay cierto rechazo a todas las figuras que son medio rebeldes. Yo soy antisocial, no hago lobby.
-Desapareciste de la inauguración de tu propia retrospectiva en el Malba . ¿Por qué?
-Me mataba la gente, tanta gente. Una locura. Siempre me siento un poco acosada. Todo el tiempo, todo el tiempo la gente me reconoce. A veces para salir me pongo una campera con capucha, aunque me muera de calor. Y me saco los anteojos, porque nadie me conoce sin anteojos.
Los anteojos espejados de Marta están ahora sobre la mesa. En una habitación que en otra época fue la oficina de su abuelo, Salvador, que hacía mamelucos como el que ahora ella lleva puesto. Otro sello de su marca registrada.
-¿Por qué empezaste a usar anteojos?
-Porque en un momento fui perseguida? En la década del 70, cuando era hippie, corría peligro de que me detuvieran. Ahí me empecé a hacer unos trajes como de George Sand, y empecé a usar anteojos para que no me reconocieran. Nunca más me los saqué. Ahora, para que no me reconozcan, me los tengo que sacar.
-¿Cómo viviste la dictadura?
-Horrible. Iba y venía, entre Washington, Nueva York y Buenos Aires.
-¿Estuviste cerca de que te pasara algo?
-Sí, tuve amenazas por teléfono. Que me iban a cortar el cuerpo con Gillette, que iban a tirar a mi hijo al río...? Cuando volví de Washington un tiempo, intervinieron el teléfono. Entonces me fui al sur por seis meses. Es horrible, horrible, horrible tener miedo. A que pase cualquier auto y puedas desaparecer.
-¿Por qué solés decir que tu infancia también fue horrible?
-Primero, porque mis padres preferían a mi hermano y querían que yo hubiera nacido varón. Me pelaron a los cuatro años y no me daban nada de bolilla. Solamente cuando muere mi hermano, ahí mi padre empezó a fijarse en mí, porque yo salía en todos los diarios. Un poco lo mismo le pasó a Charly García. Yo era como la oveja negra, terrible, que caminaba por ahí vestida de negro, desaparecía noches enteras a los 14, 15 años. Era muy rebelde.
-¿Siempre tuviste esa personalidad?
-Hasta los diez años era reprimida, me escondía detrás de mi madre. Odiaba las fiestas sociales. Me encerraba, siempre era la loca de la familia.
-¿Cómo se siente que te cataloguen así?
-La verdad, yo prefería. Porque me aislaban, y yo estaba contenta. Por ejemplo, en toda mi adolescencia nunca fui a fiestas. Pintaba, pintaba, pintaba.
-¿Tenías amigos?
-A los doce años entré en Bellas Artes y me hice amiga de compañeros que tenían 40 años. El primer día estaban Le Parc, Polesello, Pérez Celis y todo el Grupo de Investigaciones de Arte Visual. Habían tomado la escuela y me quedé tres días a vivir ahí, con todos ellos. Era muy madura.
-¿Y tus padres te dejaban?
-Ni me miraban mis padres.
Después de vivir tres años en el sur, la familia volvió a instalarse en Buenos Aires. León Minujín comenzó a trabajar como médico en un barco de pasajeros y se hizo amigo del capitán, que se convertiría en su consuegro. Marta era una nena cuando conoció a su pareja -de toda la vida-, el economista Juan Carlos Gómez Sabaini.
A los 16 años falsificó su edad, se casó y se fue a París, donde vivió en un taller sin calefacción y sin baño. A los 20 quemó todas sus obras en su primer happening y dos años más tarde se instaló en Nueva York, después de haber ganado el premio nacional Instituto Torcuato Di Tella. Una vez en Manhattan, no perdió el tiempo. Fue a ver al prestigioso galerista Leo Castelli, quien ya conocía su trabajo, y gracias a él logró exhibir en la galería Bianchini la instalación participativa El batacazo , que incluía moscas y conejos vivos encerrados en cajas de vidrio. La Sociedad Protectora de Animales ordenó cerrarla en cuestión de horas, pero Marta ya se había ganado un lugar en la meca del arte: la muestra tampoco había pasado desapercibida para Andy Warhol, el rey del pop, que asistió a la inauguración.
-¿Se hicieron amigos inmediatamente con Warhol?
-Sobre todo amigos nocturnos. Íbamos a todas las fiestas, a todos los bares? Era un genio, como [Alberto] Greco .
-Greco te marcó muchísimo. ¿Por qué?
-Porque era un mago. Tenía una intuición muy fuerte. Te veía y te decía cómo eras, lo que ibas a hacer. Aparte, era el único rebelde del todo.
-¿Y a vos te dijo qué ibas a hacer?
-A él le asombraba que yo me sintiera su colega. Igual. Él era doce años mayor que yo, pero me adoptó. Adoptaba gente, como hacía Warhol.
El 12 de octubre de 1965, a los 34 años, Greco escribió la palabra "Fin" en su mano izquierda y dejó que las pastillas que había tomado hicieran efecto. Sobre una pared de aquel cuarto de Barcelona que había elegido para morir, uno de los pioneros del informalismo dejó la frase: "Esta es mi mejor obra".
-En una entrevista contaste que vos también habías tenido fantasías sobre el suicidio como obra. ¿Pensaste en algo concreto, en cómo podía llegar a ser?
-Sí. Todavía no estoy para suicidarme, pero la idea es poner todas las esculturas de bronce en una instalación con un horno que las va derritiendo. Yo estoy sentada en una silla de hierro, suben unas paredes que me queman y me transformo en ceniza. Quiero que mis cenizas se mezclen con las de las obras. Y alquilar, con toda la plata que tenga, un espacio en televisión para transmitirlo en vivo. Lo vería el mundo entero. Cuando me sienta mal en esta vida, lo hago. Porque no hay nada mejor... ¿Viste que yo digo: "vivir en arte "? Morir en arte también. Vivir y morir en arte.
Mientras trabaja a distancia para construir el Partenón, Minujín calma sus nervios con obras que llama "terapéuticas", de colores flúo. Tiene varias colgadas en su taller junto a otras icónicas, como las fotografías que registran el pago simbólico de la deuda externa a Andy Warhol (1985), o la instalación de un Obelisco de Pan Dulce de 30 metros de alto en la Rural (1979). Como si esto fuera poco, supervisa la remodelación de las cuatro casas que unió para convertirlas en taller, y algún día en museo. También trabaja en la edición de dos libros y atiende a los periodistas que piden entrevistarla desde que recibió semanas atrás el premio Velázquez.
-¿Qué vas a hacer con los 100.000 euros?
-Trabajar también los sábados. Porque ahora tengo asistentes de lunes a viernes, pero no puedo pagarles horas extras. No me importa mucho ganar premios, pero sí el reconocimiento de lo que muchos piensan que son disparates. Esto demuestra lo adelantada que siempre estuvo mi obra.
Minujín anticipó la globalización al realizar en el Di Tella Simultaneidad en simultaneidad (1966). El happening, ideado para realizarse en paralelo con Allan Kaprow en Nueva York y Wolf Vostell en Berlín, involucró una producción multimedia tan compleja -fotografía, televisión, teléfono, correo, radio y transmisión vía satélite- que los otros dos artistas no pudieron reproducirla. Según el curador Rodrigo Alonso, fue la primera obra de videoarte de la Argentina.
-La comunicación es muy importante en tu obra. ¿Por qué?
-Porque tenemos que estar unidos por el solo hecho de ser seres humanos. Y la globalización y la comunicación ayudan.
-Hiciste otra obra sobre el fracaso. ¿Qué es el éxito para vos?
-Igual que el fracaso.
-¿En qué sentido?
-Creo que no existe el éxito. Hay que ser "transfracasado", más allá del fracaso y del éxito. Como Van Gogh. Mi proyecto de la mujer gigante fue un fracaso brutal: era una mujer de 20 metros de alto, que se iba a instalar en la Reserva Ecológica. Nunca la terminé; hay muchos proyectos que no pude hacer. Y éxito, en las ventas, no tuve nunca. Recién ahora, un poco. Pero siempre viví del arte, por canje.
-En otra entrevista  te definiste como "la Robin Hood del arte" .
-Claro, porque agarraba los 30.000 pan dulces y se los regalaba a la gente.
-Y lo que vas a hacer en Kassel, ¿no sería un ejemplo de tu éxito?
-Lo único que me pone contenta es que se asume que siempre fui de vanguardia. Como Christo, que es el único artista parecido a mí.
-¿Cuál es tu máxima aspiración?
-Crear, crear, crear. Y seguir creando.
Marta no se compra ropa ni va a la peluquería. Cuando no trabaja, hace gimnasia; todos los días, en su casa, con la guía de un DVD. Los fines de semana los dedica a navegar con su marido, sus hijos -Facundo y Gala- y sus cinco nietos.
-Tenés una vida bastante normal.
-Ahora. Antes no dormía nunca. En la década del 90 estaba aislada, todo el tiempo con la droga. Lo que me cuesta admitir es la vejez, me parece atroz.
Un miedo aún más aterrador se materializó en 2004, cuando Minujín fue detenida en Ezeiza por portar cocaína.
-Dejé para siempre las drogas, el alcohol, todo. Por la idea de perder la libertad.
-Contaste que perdiste muchos años de trabajo por la droga. ¿Cómo hay que estar para ser creativo al máximo?
-Cien por cien vivo y sin estímulos. Yo necesito amor, amistad y libertad.
¿Por qué la elegimos?
La artista más popular de la Argentina concedió esta entrevista revista , que le dedicó su tapa, cuando fue convocada por la prestigiosa Documenta de Kassel para realizar la obra más consagratoria de su carrera: el Partenón de libros prohibidos , recreación de aquel otro montado sobre la avenida 9 de Julio para celebrar el retorno de la democracia en 1983. Minujín anticipaba hace tres años que sería un hito en su vida, y así fue. Con La Menesunda reconquistó en 2019 la escena neoyorquina , cinco décadas después de haber llamado la atención de Andy Warhol con sus happenings .

domingo, 31 de mayo de 2020

ENTREVISTAS DE LUJO,


MUJERES QUE HACEN LA HISTORIA - BREVES BIOGRAFIAS: Siglo XX ...
Susan Sontag: "Hasta que se inventó la cámara, alrededor de 1830, la gente no sabía cómo era de chica"
Hugo Beccacece, el maestro de los retratos inolvidables - Infobae
Hugo Beccacece
Fragmento de la entrevista publicada el 5 de mayo de 1985.
La llaman la Pasionaria del estilo. Es una de las mujeres más inteligentes de los Estados Unidos y el símbolo mismo de la inteligencia norteamericana de la segunda mitad del siglo XX. La solidez y honestidad de su pensamiento, la claridad de sus exposiciones la han convertido en una de las figuras más brillantes del mundo literario. Es autora de ensayos tan agudos y renovadores como Contra la interpretación, Sobre la fotografía y La enfermedad y sus metáforas. También ha escrito novelas como El benefactor y libros de cuentos como Yo, etcétera.
-En uno de sus ensayos, "Fascinating Fascism", hace un magnífico análisis de la estética fascista. Obviamente, usted no es fascista, como no lo eran Luchino Visconti ni Hans Jürgen Syberberg, el director alemán de Hitler, un film de Alemania, que usted tanto admira. Pero, ¿se encuentra como ellos bajo la fascinación del fascismo?
-Es cierto que Visconti y Syberberg se hallan fascinados por ese movimiento. En Visconti, esa fascinación tiene características sexuales. El fascismo evocaba en él imágenes de crueldad, de sadismo y de muerte, asociadas con el sexo. La atracción magnética de los líderes, que se halla en el fascismo, y la relación entre la masa y su conductor tienen muchos rasgos de un vínculo sexual. Syberberg, por otra parte, es alemán y vivió en un clima y en un círculo donde el nazismo era la realidad cotidiana. Yo no siento ese tipo de fascinación. Aunque las imágenes, la estética fascistas ejercen sobre mi cierta atracción. Me interesa la gente que sufre esa fascinación y las imágenes que crea. El fascismo fracasó y hoy no es un peligro, al menos en la forma en que se dio en los años anteriores a la Segunda Guerra Mundial, y en ese sentido sus imágenes, como todo lo que fracasó y pertenece al pasado, producen un sentimiento de tristeza y hasta de encanto melancólico. Las imágenes fascistas son atractivas en la medida en que hablan del tiempo que fue. Cuando uno se pasea por Roma, una ciudad que adoro, entre las ruinas del Imperio, se está bajo el mismo hechizo.
-¿Cuáles fueron sus primeras lecturas?
-Podría decir que nací leyendo, era algo precoz. A los tres años ya lo hacía. Tenía hambre de lectura. Odiaba ser una niña. Soñaba con ser adulta y me parecía que leyendo lo era. Cuando leía presumía de persona grande. Los primeros libros que recuerdo eran cuentos de hadas, pero ya antes de los cinco años leía historias de Poe. La primera novela que terminé fue Los miserables , de Victor Hugo. Era horrible, lloré todo el tiempo mientras la leía. La lectura era, por otra parte, una forma de viajar. Yo quería estar en todas partes menos donde estaba. Los libros eran mi medio de transporte. Ese sentimiento se debía en gran parte al hecho de que mis padres se encontraban en Oriente cuando era muy chica, y yo estaba separada de ellos. Mi padre murió en China y yo no conocí de verdad a mi madre hasta que ella volvió de ese largo viaje.
-No solo mostró precocidad como lectora: a los 17 años se casó con Philip Rieff, y en 1952 tuvo un hijo. ¿Cómo fue ese período?
-En 1949 ingresé en la Universidad de Berkeley, California, y al año siguiente me mudé a Chicago. Mi futuro esposo era profesor en la universidad donde yo estudiaba. No era su alumna, pero allí lo conocí. Él era bastante mayor que yo. Poco después de casarme me sentía desconcertada, infeliz. Me di cuenta de que ese matrimonio no marchaba. Recuerdo que por ese entonces leía una novela de George Eliot, Middlemarch . Es la historia de una mujer joven que se casa con un hombre mucho mayor y que descubre que es muy infeliz. Leyendo esa novela advertí que esa era mi vida. Una vez más, como me había ocurrido cuando era chica con Los miserables , lloré mucho. Pero lloré por mí misma. Tardé nueve años en separarme. Soy bastante lenta en ese tipo de decisiones. Esa fue una época de intensos estudios. En 1952 obtuve mi licenciatura, después estudié en la Universidad de Harvard, donde terminé un máster en literatura, en 1954, y otro en filosofía, al año siguiente. Más tarde completé mi formación en St. Anne's College de Oxford y en la Universidad de París. En cuanto a mi vida familiar, hoy mi hijo, David Rieff, ya es un hombre grande, que ha pasado los treinta años, que ya tiene canas, y trabaja en una editorial, donde publica libros de Marguerite Yourcenar, Philip Roth, Milan Kundera, Mario Vargas Llosa, Heberto Padilla y otros.
"La lectura era, por otra parte, una forma de viajar. Yo quería estar en todas partes menos donde estaba. Los libros eran mi medio de transporte."
-Usted ha escrito un libro sobre fotografía que es un clásico. ¿Cómo comenzó su interés por el tema? ¿Es usted fotógrafa?
-No soy fotógrafa, pero las fotografías me fascinan. Las colecciono, estoy rodeada por ellas. Me sirven para escribir. Ahora, por ejemplo, estoy interesada en la imagen del volcán como metáfora y pienso hacer un ensayo sobre este asunto. Para eso he llenado mi casa de fotografías de volcanes. Pero yo misma no tomo fotografías por temor a que esa actividad se transforme en una adicción. No quiero ser tampoco una crítica fotográfica. En Sobre la fotografía aproveché precisamente el hecho de ser una outsider, una extraña en la materia. Mi actitud como autora es la de un voyeur. Al escribir ese volumen descubrí que estaba escribiendo sobre el mundo, no solo sobre una técnica o un arte. Como ejemplo de lo que significa la existencia de la fotografía basta pensar que hasta que se inventó la cámara fotográfica, alrededor de 1830, la gente no sabía cómo era de chica. Hoy se puede seguir la evolución de una vida a través de las fotografías. Antes, por supuesto, existían los retratos pintados, pero no tenían el mismo carácter. Si uno se imagina por un momento que la fotografía ya hubiera sido inventada en la época de Shakespeare, y se tuviera una imagen de él, y además un retrato hecho por un gran pintor, no hay duda de que uno se emocionaría más viendo la fotografía porque es una especie de huella del pasado. Las fotos nos conmueven porque nos hablan del paso del tiempo. Cuanto más vieja es una fotografía, más fascinante nos parece.
-En el ensayo sobre Walter Benjamin titulado "Bajo el signo de Saturno", usted habla del temperamento de Saturno, de su lentitud, apatía, indecisión y melancolía. ¿Usted también vive bajo ese signo?
-Sí, soy melancólica, apática, lenta e indecisa. Ese ensayo es en cierto modo un autorretrato. Yo me sentía identificada con Benjamin y por eso escribí sobre él. Soy muy haragana, no me gusta escribir. Debo forzarme a trabajar y por eso trabajo mucho. Trabajar para mí es una hazaña de la voluntad. Me obligo a ello, porque si siguiera mi impulso natural no haría nada. Antes de ponerme a trabajar todas las mañanas debo rechazar las tentaciones del diario, de las revistas, de lecturas que podrían distraerme, del teléfono. Me impongo sentarme ante la mesa para escribir como si fuera un chico. Me gusta como a Benjamin viajar y perderme en las ciudades, perder mi camino, convertirlo en un laberinto. El gusto de Benjamin por las miniaturas quizá tenga que ver con el mío por las fotografías, ya que las fotos miniaturizan el mundo. Cuando escribo trato como él de que cada frase lo diga todo antes de que mi total concentración disuelva el tema ante mis ojos. Las personas cuyo temperamento está bajo el signo de Saturno piensan que tienen una voluntad débil y, por lo tanto, hacen desesperados esfuerzos para desarrollarla. Uno está condenado a trabajar por el temor de no hacer nada. Ese es también mi caso.
¿Por qué la elegimos?
Ensayista brillante, pero también cuentista y novelista, Susan Sontag es una de las intelectuales más importantes que se dieron a conocer en Estados Unidos en los ajetreados años sesenta. Libros como Contra la interpretación o Sobre la fotografía son hoy clásicos. La enfermedad y sus metáforas , por su parte, adquiere nuevo relieve con la actual pandemia.

sábado, 30 de mayo de 2020

ENTREVISTAS DE LUJO,


Sophia Loren regresa al cine con una película que se podrá ver en ...
Sophia Loren
: "Ser bella no está mal, pero además hay que saber brillar"
Fabian W. Waintal - Home | Facebook
Fabián W. Waintal

Esta nota se publicó originalmente  el 10 de septiembre de 2006.
El nombre de Sophia Loren genera demasiado respeto, admiración, sorpresa. Y no hay palabras que puedan describir el significado de estar sentado a su lado. Una verdadera leyenda en vida, una reina sin título de nobleza. Sola se maquilla, pintándose los labios y peinándose pide un attimo antes de comenzar esta entrevista. Saluda con un beso sobre la mano derecha y demuestra la humildad de los grandes cuando se molesta con su hijo Carlo Ponti Jr. porque derrama una simple gota de leche sobre el sillón que no es de ella. "¡Guarda!", se queja con un dulce acento italiano, mientras ella misma limpia la gotita con su pañuelo, antes de disfrutar el café expreso que le sirvieron.
El salón principal del Hotel Four Seasons en Beverly Hills la recibió con distinguidos muebles italianos, adornados con vitrinas que exponen el esplendor de su propia colección de joyas Damiani, donde un solo collar luce más de 1000 diamantes y cuesta US$400.000. Pero el lujo de entrevistarla es todavía mayor. Eso no tiene precio.
-¿Sophia Loren se anima a describir a Sophia Loren?
-Cuando hago algo, trato de hacerlo lo mejor posible. Soy una persona que ama su tierra, amo la vida que tengo, amo mi familia. En verdad, siempre afronté la vida con humildad y la fama jamás me cambió.
-¿Le gusta que la recuerden como uno de los símbolos sexuales más importantes de la historia del cine?
-Una es como es. Yo nací con el cuerpo que tengo y siempre hice las cosas sin pensarlo demasiado. Si después la gente me admira por lo que hice, lo respeto. Y, por supuesto, me hace feliz.
-¿Se da cuenta de que conserva la misma belleza de siempre?
-Si así lo crees, no pienso hacerte cambiar de parecer. El ser bella no está mal, pero además de ser bella, hay que saber brillar.
-¿Cuándo vamos a volver a verla en el cine?
-Todavía estoy esperando una buena oportunidad, que valga la pena. Pero me parece increíble que la nueva generación de chicos, hoy, todavía sepa quién es Sophia Loren. Es algo maravilloso.
-¿Volvería al mundo del cine con Hollywood o Europa?
-Si los norteamericanos me dieran una historia que realmente me gustara, no me importaría la nacionalidad. Pero me identifico mucho más con un director europeo, porque allá escriben historias para actrices como yo. He trabajado en España, Alemania y Austria, además de Italia. No pretendo filmar historias americanas para que me quieran en Hollywood. Me parece que necesito un rol que me muestre tal cual soy, como buena europea.
-¿Hay algún factor en particular que toma en cuenta al momento de aceptar una película?
-Cuando leo un guión, enseguida sé si quiero hacerla o no: si tiene sentido y si me parece que al leerla puede llegar a ser el mejor trabajo de mi vida.
-¿Qué les recomendaría a las actrices extranjeras que sueñan con llegar a Hollywood?
-Es muy difícil para una actriz extranjera habituarse a la mentalidad americana: es muy fría. Para venir, hay que estar muy tranquila y fijarse en todo, acercarse y mantenerse bien al tanto de todo lo que sucede.
Belleza a prueba del tiempo
Parece increíble que el próximo 20 de septiembre cumpla 72 años, que para nada se notan. Con el nombre completo de Sofia Villani Scicolone, nació en Roma y se crió en la pobreza, en las afueras de Nápoles, con la única compañía de su madre, Romilda Villani. Durante la adolescencia ya había empezado a trabajar como modelo y aprovechó su belleza para participar en algunos concursos, en los que conoció al productor de cine que le cambió la vida, Carlo Ponti. Con el nombre artístico de Sophia Lázaro apareció como extra en la película americana Quo Vadis? y siguió con otro personaje menor en la primera película de Federico Fellini, Luci del Varietá.
Más adelante llegó a filmar ocho películas con Vittorio De Sica, además de tantos otros clásicos con Marcello Mastroianni. También fue recibida con los brazos abiertos en Hollywood cuando se convirtió en un símbolo erótico del cine internacional.
Pero no era solo una cara bonita: su calidad como actriz fue reconocida por haberse convertido en la única intérprete de la historia del cine que ganó un Oscar hablando en un idioma extranjero en la película Dos mujeres, de Vittorio de Sica.
"Cuando se trata de piedras preciosas, soy muy democrática: me gustan todas. Como decía Simone de Beauvoir, una bella joya es el toque final para transformar una mujer en un ídolo. Me gusta que las joyas hagan sentir más hermosa a una mujer."
-¿Sigue la entrega del Oscar todos los años?
-Siempre, con un gran entusiasmo. Es una jornada excitante, maravillosa, hermosa. Me encanta la noche del Oscar. La última vez que fui a la entrega fue en 1991, cuando me dieron un Oscar honorario, porque en 1962, cuando lo gané, no había ido. Greer Garson lo había aceptado por mí. Es que siempre trabajé por el placer de trabajar, nunca por los premios.
-¿Vota a los ganadores?
-Sí, sí. Veo las películas en DVD que me envían a Génova y también le pregunto a mi hijo, que ve bastante cine.
-Su esposo, Carlo Ponti, había sido nominado como el creador de la película Doctor Zhivago, que terminó ganando cinco estatuillas aquella temporada. ¿Cómo lo describiría para la nueva generación, que tal vez no lo conoce?
-Carlo Ponti ha sido un hombre que ha dejado muchísimo en la historia del cine, de una manera original, probando siempre algo nuevo.
La historia de amor de Sophia Loren con Carlo Ponti merece una película aparte. Entre ellos había 22 años de diferencia. Se casaron en 1957 (cuando ella tenía 23 y él, 45), aunque el matrimonio no pudo ser reconocido porque Ponti no había logrado el divorcio oficial de su primera esposa. En un país como Italia, con fuertes tradiciones religiosas, fue todo un escándalo cuando la ley italiana señaló a Ponti como bígamo y anuló el casamiento con Sophia en 1962. Recién en 1966 lograron el consentimiento legal. El 9 de abril volvieron a casarse. Luego (y no sin dificultades para quedar embarazada), llegaron los hijos: Carlo Jr. y Edoardo.
Esa pasión por brillar
Su historia quedará enmarcada para siempre como una de las grandes leyendas del mundo del espectáculo. Y parte de esa misma historia se refleja en la nueva colección de joyas que hoy lleva su nombre.
-¿Cómo nace su pasión por las joyas?
-Desde antes de ser famosa, cuando nadie me conocía. Siempre me gustó todo lo que brillara. Nada hace a una mujer más bella que la convicción de ser bella. Y nada mejor que una joya para darle todavía más importancia.
-¿Qué le gustan más: anillos, collares?
-Me gustan las cadenas grandes como bufandas: tienen que enrollarse alrededor del cuello y coronar el rostro desde abajo. Algunas veces son como tiaras que se llevan debajo y no sobre la cabeza.
-¿Alguna piedra preciosa preferida?
-Los diamantes son mis favoritos, pero también me encantan las esmeraldas y los rubíes. Cuando se trata de piedras preciosas, soy muy democrática: me gustan todas. Como decía Simone de Beauvoir, una bella joya es el toque final para transformar una mujer en un ídolo. Me gusta que las joyas hagan sentir más hermosa a una mujer. Es un buen momento vanidoso para cualquier mujer. Cuando se regala una joya, también resulta muy importante, porque marca un evento. El momento brilla y perdura.
-¿Y cómo es que se le ocurrió crear una colección de joyas con su nombre?
-Nunca antes había hecho algo así y me pareció interesante experimentarlo.
Con los mismos joyeros que Brad Pitt y Jennifer Aniston habían elegido para el anillo de matrimonio (una relación que finalmente resultó trunca y que ahora solo ha quedado en el recuerdo), la misma marca Damiani que promociona Gwyneth Paltrow desde el aviso publicitario, es la que respalda la colección de joyas de Sophia Loren.
Con el inigualable sello Made in Italy, Silvia Damiani y sus hermanos Giorgio y Guido pensaron en Sophia por su carisma especial, "una belleza eterna". Loren siempre estuvo involucrada en el proceso. "Ella decía lo que le gustaba, y también agregaba ideas, como por ejemplo usar oro rosé en vez del amarillo".
La actriz asocia las piedras preciosas con las horas del día. "Diamantes y oro blanco para la noche, combinado con oro rojo. Para el día, oro rosado". Para ella las joyas marcan las épocas de Hollywood. "Cuando actuaba junto a Marcello Mastroianni, yo era la luna llena -recuerda Sophia Loren- y él era el anillo de luz que me rodeaba".
-¿Qué más le queda por hacer a estas alturas de su vida?
-De todo, de todo; recién estoy empezando en mi vida. Más cine, mejor que el que hice. Siento como si recién estuviera empezando. Siempre me acerco a la vida con un gran sentido de optimismo y me voy a dormir pensando que a la mañana siguiente habrá algo nuevo para mí.
¿Por qué la elegimos?
Figura estelar del espectáculo, la Loren es emblema de Italia en el cine mundial desde los años 50 y una de las actrices más importantes de todos los tiempos. Esta conversación, de las poquísimas entrevistas con la diva, fue realizada en el marco de un lujoso evento en Beverly Hills cuando ya había recibido el Oscar honorario por su contribución al séptimo arte con una destacada trayectoria. La belleza, Hollywood y la historia no empañan otras de sus características sobresalientes: la inteligencia y el optimismo, representando en su lema "Lo mejor está por comenzar".

viernes, 29 de mayo de 2020

ENTREVISTAS DE LUJO,


El más grande: se estrenará un nuevo documental sobre Juan Manuel ...
Juan Manuel Fangio: "Todos tenemos nuestro límite y hay que conocerlo bien"
TODO TIEMPO / TIEMPO ACTUAL: Muere trágicamente GERMÁN SOPEÑA ...
Germán Sopeña
Fragmento de la entrevista publicada originalmente  en febrero de 1989.
¿Qué hace de Juan Manuel Fangio un hombre fuera de lo común? Aunque suene paradójico, un formidable sentido común. Posee esa cualidad en sentido superlativo. Que le sirvió tanto para ganar cinco campeonatos mundiales de Fórmula Uno como para impresionar a cualquier interlocutor por la precisión y justeza de sus palabras.
Hace exactamente 40 años su carrera deportiva dio el salto mayor. Ese día ganó en Mar del Plata frente a Ascari, Villoresi, Farina y todos los grandes del automovilismo europeo que llegaban a la Argentina para las primeras "temporadas internacionales". Pero lo hizo con la naturalidad de quien esperaba ese momento totalmente seguro de sí mismo. Pocos meses después, elegido por el Automóvil Club Argentino para correr en Europa, ganó cuatro grandes premios consecutivos -San Remo, Marsella, Albi y Perpignan-, provocando uno de los mayores impactos que se recuerden en el deporte argentino.
En pocos años más, como dominador absoluto de la Fórmula 1, en cualquier auto que condujera, Fangio se convirtió en un símbolo mundial de la maestría al volante. Se transformó también en uno de los argentinos más célebres del siglo. Y conviene reparar en cada una de sus respuestas para advertir hasta dónde puede ser sorprendente la combinación de equilibrio, responsabilidad y esfuerzo personal. Para quienes suponen, por otra parte, que el sentido común no se concilia con las utopías o los proyectos audaces, ningún desmentido es mejor que las proezas en los circuitos o su capacidad de haber sido un modesto mecánico de Balcarce o directivo de una de las grandes empresas mundiales sin perder un ápice de su sencillez. Sus juicios sirven para comprender por qué Fangio es la figura mundial que es, a más de 30 años de su retiro definitivo de las pistas.
-Hace 40 años, al ganar en el circuito de Mar del Plata frente a los mejores pilotos europeos, se inició una trayectoria internacional que le brindó, en diez años, cinco campeonatos del mundo. ¿Fue una sorpresa para usted ganarles ese día de 1949 a los grandes del automovilismo mundial?
-La verdad es que yo no creía que podía ganar. Pero había hecho el mejor tiempo en las pruebas de clasificación y sabía muy bien cómo largaba la carrera don Pancho Borgonovo. En aquel tiempo no se largaba con luz verde, sino que un largador bajaba la bandera para dar la orden. Borgonovo ponía la mano en alto y en los últimos cinco segundos iba contando con los dedos. Cuando ya estaba por bajar el último dedo, yo me dije: largo ya para llegar primero a la curva del cabo Corrientes. Sabía que en la zona del mixto no se podía pasar y que lo importante era estar adelante. Largué en punta y al cabo de varias vueltas me di cuenta de que también podía ganar la carrera, si no se rompía el auto. Cuando faltaban unas quince vueltas tuve una preocupación, porque se me rompió el caño de escape, que quedó colgando. Para evitar que se trabara, logré desprenderlo con la mano, en marcha, y gané. Eso sí, me quedé sordo por un mes, por el ruido del motor sin el caño de escape.
"Para llegar hace falta sacrificarse. Pero la recompensa siempre lo aguarda a uno."
-¿Ese triunfo le dio la confianza necesaria para ir a correr a Europa?
-La carrera de Mar del Plata, como la de Gálvez en Palermo, sirvió para demostrar que les podíamos ganar a los europeos. Me tenía confianza porque sabía que el equipo del Automóvil Club Argentino tendría autos similares a los mejores. En aquella época, un particular podía disponer de los mismos autos que tenía el equipo de la fábrica que los producía. Yo mismo trabajaba como mecánico en mi auto y sabía que podíamos ganar. Me tenía confianza, pero no estaba seguro de la efectividad de los mecánicos, así que prefería revisar todo. La noche antes del debut en San Remo, desarmé el motor y cambié los metales del cojinete de una biela porque tenía la impresión de que el motor se había "agarrado". Efectivamente, estaba a punto de fundirse. Lo reparé y así pude ganar mi primera carrera en Europa.
-¿Qué impresión le produce saber que a partir de esa carrera en Mar del Plata usted se convirtió en uno de los argentinos más famosos del siglo?
-Creo en el destino y en la suerte, que son dos cosas que van unidas. He sido un hombre de suerte. Hubo muchos que podrían haber hecho lo que yo hice. Pero cuando el Automóvil Club Argentino decidió ir a correr a Europa con un equipo me eligieron a mí, junto con Benedicto Campos, y tuve la suerte de poder empezar en las mejores condiciones. El Gobierno nos ayudó: nos dio un pasaporte diplomático y un sueldo de 3000 dólares a cada uno, con lo cual hicimos un pozo común y pudimos comprar un segundo camión para el equipo. Y cuando gané varias carreras seguidas todo se hizo más fácil.
-Si dejamos la suerte de lado, ¿qué le permitió obtener todo lo que consiguió?
-Siempre me preguntaban qué porcentaje de importancia se les adjudicaban al auto y al piloto. Mi cálculo era el siguiente: 75% era el auto y el grupo humano que trabajaba alrededor de él, y el 25% restante el piloto y la suerte. Las carreras se pierden por pequeños detalles, y por eso es muy importante que el mecánico trabaje a gusto con el corredor.
-¿Cómo mide el esfuerzo personal?
-Lo más importante es la responsabilidad del hombre. Es muy fácil parar cuando uno está cansado. Me acuerdo de aquel día, de un calor terrible, que corrimos en Buenos Aires [Gran Premio de la República, 16 de enero de 1955]. Mi auto, el Mercedes, era un poco más pesado que las Ferrari y las Maserati, y estaba preocupado por eso. Opté entonces por una táctica arriesgada: largué la carrera en punta para imponer el ritmo más fuerte posible. Así, el cansancio fue agotando a mis rivales y se quedaron atrás, dándome entonces el respiro necesario para poder regular mis fuerzas. No es que yo fuera más fuerte que ellos, pero me había preparado mejor. Durante los dos meses previos, me entrenaba jugando al fútbol en la playa con chicos de 20 años; yo tenía por entonces 43. Recuerdo que pensé lo siguiente: debo hacer de cuenta de que estoy perdido en la nieve, si me paro me muero, debo seguir hasta el final. Llegó un momento en que pasó el punto crítico, a pesar de que me estaba quemando una pierna por el contacto con los tubos calientes que estaban en el interior de la carrocería. Me había puesto un pantalón liviano que, con el viento, se levantaba y dejaba la pierna al descubierto. Todavía tengo las marcas de las quemaduras en la pierna derecha, obligada siempre a la misma posición para apretar el acelerador. Desde el box, el director del equipo, Alfred Neubauer, me hacía señas para que parara y me reemplazara otro piloto, porque Moss se había detenido, insolado. Pero yo me hacía el que no me daba cuenta. Ya había pasado el momento crítico. Uno se rehabilita a sí mismo cuando pasa la crisis más terrible.
-¿El resultado de un gran control metal?
-Yo creo que es la fuerza de voluntad.
-¿Por qué cree que dispone de esa gran fuerza de voluntad? ¿Educación familiar, producto de una época distinta?
-Bueno, mi padre era así. Era de esos hombres que hacían frente a la situación. En épocas en que no había radio ni televisión, él solía juntar a sus hijos para explicarles que sin sacrificio no se puede hacer nada. Aprendí así.
-Me gustaría trasladar la reflexión a lo siguiente: cuando usted observa las dificultades de un país como la Argentina, ¿concluye que mucho se debe a una falta de esa "cultura del esfuerzo"?
-Seguro. Cuando fui a ver el pueblo de mi abuelo, en Italia, me di cuenta de que ese hombre había tenido la voluntad de hacer algo para superar esa situación de pobreza en la que vivía. Se vino a la Argentina y salió adelante, como muchos otros que vinieron con el deseo de mejorar. Sin ese deseo no se llega. Es más cómodo pararse al costado. Para llegar hace falta sacrificarse. Pero la recompensa siempre lo aguarda a uno.
-Mucha gente no comprende por qué hay seres humanos que arriesgan su vida en una carrera.
-Nunca consideré el riesgo del automóvil. Tampoco soy un hombre corajudo. La gente cree que todo es cuestión de coraje, y está equivocada. Los corajudos no cuentan su historia. La cuestión es tener confianza en sí mismo, y en lo que uno tiene en sus manos. Todos tenemos nuestro límite y hay que conocerlo bien para no correr el riesgo inútil.
-¿Qué le atrajo entonces del automovilismo si no era el riesgo?
-Desde chico me gustaron los automóviles. Para mí, estos y los motores no son una cosa inerte. Es como un ser que tiene vida y que responde según uno lo trate. Por eso aprendí que tratando bien al auto uno no tiene disgustos con él, sino todo lo contrario. Y siempre me gustó andar rápido, pero no voy a fondo, porque sé que a velocidad máxima castigo la mecánica. Por eso, en todas las carreras lo primero que hacía era preguntar a los ingenieros o a los mecánicos en qué régimen de revoluciones se encontraba el pico de la curva de potencia. Me ayudó siempre haber sido mecánico y pensar en todo momento en cómo usar el auto para que no se deteriorara.
-En el terreno internacional, ¿a quién recuerda como el piloto más veloz?
-De lo que yo vi, el que más me gustó fue Jim Clark, que daba la impresión de que iba despacio, pero sus tiempos marcaban récords. Jackie Stewart también podía hacer el tiempo de Clark, pero tenía que arriesgar mucho más, exigir más al auto, y a sí mismo. Clark llegaba a un circuito, daba tres o cuatro vueltas y ya establecía un tiempo récord.
-Usted comenzó a correr en Europa a los 38 años, una edad que hoy parece imposible para empezar una carrera deportiva en el más alto nivel. ¿Qué hubiera pasado si empezaba más temprano?
-Vaya uno a saber. De todos modos, correr en auto, si bien es un deporte, permite hacerlo en una etapa en la que el hombre tiene su máximo rendimiento, entre los 35 y los 45 años. A diferencia de otras actividades que exigen más del físico, el automovilismo es un deporte de máxima concentración mental. Eso sí: no se gana hablando en el automovilismo. Así le dije una vez al rey de Inglaterra la primera vez que corrí el gran premio británico. El rey se acercó a saludar, yo no hablaba inglés. Él se mostró sorprendido, y entonces le pedí a un intérprete : "Dígale a su majestad que me disculpe, pero para manejar no necesito hablar". Pero es cierto que hoy las cosas han cambiado: no se puede correr un auto, como no se puede ser aviador, si uno no habla inglés.
-¿Esa capacidad de concentración mental que menciona se debía a una característica personal, a un temperamento que muchos juzgaban como frío o distante?
-No lo sé. Creo que tenía una costumbre que era la de no estar siempre en el mismo ambiente; si era posible me distraía con algo distinto. Muchas veces antes de una carrera importante me iba a un cine, para no estar todo el tiempo pensando en lo que tenía que hacer al día siguiente. Y mi otra costumbre era irme a dormir temprano, porque sabía que el cuerpo necesitaba estar descansado para el esfuerzo.
-¿Es cierto que rechazó una vez, en vísperas del Gran Premio de Mónaco, la compañía de Brigitte Bardot para evitar acostarse tarde, y que la oportunidad fue bien aprovechada por Charlie Menditeguy?
-No, no era Brigitte Bardot la mujer en cuestión. La confusión se produce porque sí es cierto que el agente de Brigitte Bardot, la que entonces empezaba su carrera, pensó que ante la coincidencia entre el GP de Mónaco y el Festival de Cannes podía ser un buen golpe publicitario organizar una comida de Bardot conmigo. Pero yo rechacé esa invitación y le dije a Charlie Menditeguy si no quería ir. Fue y volvió a las cuatro de la mañana. Al día siguiente el pobre no andaba muy bien y yo, en cambio, gané la carrera.
-¿Qué recuerdo conserva de una relación que pareció inevitable, en aquella época, entre política y deporte?
-En ese momento, la política me ayudó. Pero creo que le devolví como correspondía. En realidad, esa responsabilidad personal frente a una deuda por el apoyo que me habían dado fue una cosa constante en mi carrera. Cuando empecé lo hice gracias a un grupo de amigos de Balcarce. Me sentí obligado por ellos, porque habían hecho una suscripción popular para pagar los gastos del auto de carrera. Después fueron el Automóvil Club Argentino y el gobierno los que me dieron su apoyo y la confianza en que podía obtener resultados. Y más tarde, cuando ya había ganado mi primer campeonato del mundo, fueron las fábricas las que me ayudaron. Si una fábrica le da a uno un auto de Fórmula 1, le está confiando un enorme capital. Uno no puede darse el lujo de cometer un error que eche todo a perder. Lo mismo pasó cuando la política estuvo muy ligada al automovilismo a fines de los 40 y principios de los 50.
-¿Cómo se transformó después de su retiro en un hombre de empresa?
-Siempre fui un empresario natural, desde los 22 años, cuando puse mi taller mecánico propio. Al poco tiempo puse también la estación de servicio YPF, agrandé el taller; siempre tuve la iniciativa personal, que es la base de una empresa. Y cuando empecé a ganar carreras no pensaba en los premios que podía ganar corriendo, sino en que toda mi empresa podría andar mejor gracias a los resultados deportivos que pudiera obtener.
-¿Le faltó hacer algo en la vida?
-Si no tenemos un proyecto, nos quedamos en seguida. Siempre hay algo por hacer. Me acuerdo de que cuando tuve el primer infarto, el médico me dijo: "Mire, Fangio, no vaya a creer que usted está inútil. Encare los problemas con más tranquilidad, pero encárelos. Si se queda, se enferma de otra cosa". Así lo hago, y aquí estoy. Cuando me ofrecieron el cargo de presidente de Mercedes-Benz Argentina dije que no podía hacer algo que no sabía. Pero la Daimler Benz insistió y entonces fui a Alemania y pedí solo una cosa: colaboradores de primera línea, con tres cualidades: fuerza, capacidad, honestidad. Con esas tres condiciones se hace todo.
¿Por qué la elegimos?
Las palabras, reflexiones y enseñanzas del quíntuple campeón mundial de Fórmula 1, considerado uno de los mejores pilotos del automovilismo internacional de todos los tiempos, siguen tan vigentes como hace más de 30 años, cuando se hizo la entrevista, y son un ejemplo a seguir. Tuvo al mundo del deporte motor a sus pies durante años y fue una de las personalidades argentinas más importantes del siglo XX, pero Fangio, que falleció en 1995, hizo culto de una vida sencilla, en la que el esfuerzo y el trabajo constante marcaron su camino, tanto dentro como fuera de las pistas.

jueves, 28 de mayo de 2020

ENTREVISTAS DE LUJO

Se cumplen 19 años del fallecimiento de René Favaloro: su última carta
René Favaloro: "Tengo miedo de que los jóvenes no tengan ilusiones ni sentido de un futuro mejor"
Odile
Odile Baron Supervielle
Esta entrevista se publicó originalmente el 10 de marzo de 1991.
Esperar en un sanatorio siempre crea de alguna manera una angustia. Afloran recuerdos personales, situaciones similares vividas en carne propia o por parientes. Una mirada alrededor de la sala y la imaginación ya empieza a viajar. ¿Qué le pasará a esa gente? Pero luego qué recompensa y qué privilegio pasar dos horas con el doctor Favaloro . En ese consultorio la enfermedad se enfrenta de otra manera. Es la otra cara de la moneda. El médico habla de su lucha sin merced contra la muerte, de las nuevas armas que tiene para ganar la batalla.
-¿La medicina fue para usted una vocación o las circunstancias lo llevaron a ella?
-Fue sin duda una vocación. Mi madre, que acaba de fallecer a los 91 años, me contaba que yo, a los 4, decía que iba a ser médico. Tuvo mucho que ver un tío médico, medio solterón. Yo lo acompañaba cuando iba a ver a sus pacientes. Fue el único que llegó a la enseñanza terciaria, porque yo era de una familia muy humilde.
-¿Cree que los estudios de medicina actualmente son tan buenos como los que usted hizo?
-No, de ninguna manera. Todos sabemos que la masificación que se practica hoy en la universidad hace imposible que pueda producir buenos médicos. No existe en ningún lugar del mundo, ni en Rusia, China, Canadá, Australia, ni en Europa ni en los Estados Unidos. Cito países de diversa contextura social y política para que se entienda. El país debe tener la cantidad de médicos que necesita; si no, está produciendo gente que no tiene dónde ir. La justificación de que esa universidad -libre- sirve para que todo el mundo tenga acceso a ella, fundamentalmente aquellos de menores recursos, es falsa. La universidad es algo sagrado, debería ser el centro de formación de la clase dirigente de un país. Es un lugar donde tendría que regir un alto nivel académico para la formación de universitarios de estirpe. Eso no quiere decir elite por capacidad económica, sino por capacidad neuronal, con exigencia, porque el joven está para eso. Se tiene que entrar por concurso.
-¿Se han hecho muchos progresos en su especialidad?
-Es una cosa muy compleja. Vivimos la era tecnológica, por suerte o por desgracia, porque a veces tengo mis dudas de hasta dónde tiene que llegar esta tremenda tecnología. Las cosas que se ven hoy con esta tecnología alocada llenan de estupor. La medicina y, en especial, la cardiología y la cirugía cardiovascular han progresado tremendamente gracias al desarrollo tecnológico. La tecnología, cuando se emplea en forma correcta, lleva a un avance excepcional. El real avance de nuestra especialidad empieza en la década del 60. Yo participé desde un principio de ese avance tremendo. Y nosotros mismos estamos sorprendidos de lo que hay y de lo que se viene. En nuestra especialidad quedan muy pocas cosas por resolver. Por ejemplo, las afecciones congénitas de los chicos están casi todas solucionadas.
"Debo llevar más de 40 años de cirujano y debo confesar que sufro hasta el tuétano la muerte de cada uno de mis pacientes. Para mí es una derrota total. Si es en la sala de cirugía, peor todavía."
-Para ser cirujano en su especialidad además de la habilidad de las manos, ¿se necesita otra dote?
-La habilidad en las manos es una condición sine qua non. Es decir, hemos entrenado mucha gente en los EE.UU., acá en Buenos Aires, en América Latina, algunos que vienen de Europa, de Asia. A veces hay muchachos que tienen grandes deseos de ser cirujanos. Si no tienen una capacidad manual es inútil. Pero eso no basta, hay que tener cerebro, con criterio. Me acuerdo de cuando yo venía de La Plata para asistir a los cursos de posgrado del doctor Ricardo Finochietto. Él solía decir: "El que le tiemble un poco la mano al cirujano no es importante: lo importante es cuando le tiembla la cabeza".
-¿En su equipo tiene psicólogos?
-Siempre tuvimos. Yo jamás me he hecho psicoanalizar, pero en nuestra especialidad es muy importante, para el pre y el posoperatorio.
-¿Y mujeres cirujanas?
- No, hemos entrenado muy pocas mujeres. Yo nunca pude entender el porqué. Nuestra cirugía coronaria es una cirugía exquisita. Por ejemplo, cuando se une la arteria mamaria interna con la coronaria, que es una operación corriente, en una incisión que puede tener 3 o 4 milímetros, hay que colocar 10, 11, 13 puntadas con una aguja que es pequeñísima, con un hilo delicado, un portaaguja delicado. Eso tendría que ser trabajo para una mujer. Le voy a contar una anécdota. El doctor Alexis Carrel, premio Nobel, es el padre de toda la cirugía arterial. ¿Sabe de quién la aprendió? De una bordadora. En Francia le pegaron una puñalada al presidente Carnot, le cortaron una vena muy importante en el hígado, y Carrel, como estudiante, vio cómo ese presidente se moría y nadie sabía suturar esa vena que estaba rota. Por eso empezó sus trabajos experimentales de sutura de vasos. Hacía trasplantes de riñón, de bazo, de corazón, en animales a principios de este siglo, 1910.
-¿Cuántos trasplantes de corazón tiene en su activo?
-Debemos estar en alrededor de 40 trasplantes de corazón, más de 200 trasplantes renales, y tenemos el primer trasplante de corazón y pulmón. El paciente está en muy buenas condiciones, hasta anda en bicicleta. La sobrevida que tenemos es tan buena como en cualquier lugar del mundo. Lo que voy a recalcar es que no hay donantes. Es fundamental que la gente tome conciencia de que no hay principios sociales o religiosos que lo impidan.
-¿Cómo evitar el estrés?
-Es muy difícil, ahí se me rompen todos los esquemas. Cómo le va a decir a un obrero, con todas las dificultades que soporta hoy en día, que se desenchufe durante el fin de semana. Asimismo, el estrés no es el único valor, porque si no yo hubiese tenido ya por lo menos diez infartos. Hace 40 años que vivo estresado, todos los días 10 o 12 horas de trabajo y sigo operando. Tiene que ser el estrés junto con las demás cosas, el estrés por sí solo no basta. El estrés más el cigarrillo, más el colesterol, más la vida sedentaria, etcétera.
-¿Un médico se acostumbra a ver morir a un enfermo?
-Lo diría de esta manera: el cirujano vive luchando contra la muerte, así que convive con la muerte. Cada muerte es su derrota. Si la muerte triunfa, el cirujano perdió. El día que el cirujano se acostumbre a la muerte, que tire el bisturí y no trabaje más, no debe acostumbrarse a la muerte. Yo me gradué en el 48, di mi tesis en el 49 y venía operando en el hospital hacía tres años. Debo llevar más de 40 años de cirujano y debo confesar que sufro hasta el tuétano la muerte de cada uno de mis pacientes. Para mí es una derrota total. Si es en la sala de cirugía, peor todavía. Por suerte son rarísimos los pacientes que se mueren. Ahora bien, al final, el cirujano tiene una actitud muy particular ante la muerte. Como ha visto morir a tanta gente, pierde el temor a su muerte. Yo, por ejemplo, no tengo ningún temor a mi muerte. Me muero mañana tranquilo, la agarro de la mano y me voy. Tenemos que acostumbrarnos a nuestra muerte.
-¿A qué le teme en la vida?
-Le tengo miedo a esta civilización terriblemente tecnificada y al mismo tiempo tan pervertida. Tengo miedo de que los jóvenes no tengan ilusiones ni sentido de un futuro mejor.
¿Por qué la elegimos?
Referente de la medicina mundial, investigador y docente, revolucionó la cirugía cardiovascular con el desarrollo de la técnica del bypass coronario y además realizó el primer trasplante de corazón en la Argentina. De una ética y conducta intachables, escribió: "Es indudable que ser honesto en esta sociedad corrupta tiene su precio. A la corta o a la larga te lo hacen pagar. Yo no puedo cambiar, prefiero desaparecer". Estas fueron la últimas oraciones de una de las cartas que dejó, antes de suicidarse, víctima del sistema y agobiado por la crisis que atravesaba la Fundación Favaloro, en 2000.

domingo, 24 de mayo de 2020

ENTREVISTAS DE LUJO,

Mercedes Sosa, la voz de los derechos humanos y de la vida en ...

Mercedes Sosa: "Aprendí que si canto no me muero. Y tengo ganas de vivir"
Rodolfo y Juan Braceli, unidos por el arte de crear – Radio Nacional
Rodolfo Braceli

Fragmento de la entrevista publicada originalmente el 9 de julio de 2006 
A propósito de lo que nos sucedió allá lejos, a mediados de 1935, cuando el fuego nos dejó sin Gardel , pongamos esta pregunta en remojo: no habiendo Maradona , ¿cuánto tiempo, uno, habitante de esta patria tan paradójica como entretenida, puede aguantarse sin Gardel? Mientras la pregunta nos germina, pido permiso y me disculpo. Porque esta no será una entrevista como Dios manda, ni como los preceptos académicos del periodismo aconsejan. A Mercedes Sosa la conozco desde hace 45 años; lo peor del caso es que ella también me conoce. Nos sabemos. Nos adivinamos mucho más que el parpadeo: compartimos nacimientos, muertes, miedos, largos vinos celebratorios, le hice como veinte reportajes, y hace cuatro años escribí su biografía . ¿Qué preguntarle ahora?
Últimamente, cuando me gritan '¡No te mueras nunca, Negra', yo siento que más que un elogio es una orden. Y tengo que obedecerla.Mercedes Sosa
-¿Sabés una cosa, Negra? Esta nota será publicada el día de tu cumpleaños.
-Ay, ese día seguro que voy a estar felicísima. Porque me encontraré en Mendoza. En Tucumán nací, pero en Mendoza me hice mujer, conocí a seres que ya no están. Éramos tan felices: me veo delgadita, recién casada con Oscar Matus; me veo comadre de Armando Tejada Gómez, amiga de los compadres del horizonte, de Benito Marianetti, Ángel Bustelo, Carlitos Alonso, los Quesada, Nino Salonia, Tito Francia, Orlando Pardo... Yo era una muchacha sin libros, escuchaba asombrada y aprendía, y abría los ojos y me enteraba del mundo. Todos me amaban y me pedían que cantara, y yo cantaba. Era tan feliz porque, como decimos en la provincia, yo estaba poniéndome gruesa: mi cinturita crecía porque en mi vientre ya latía mi Fabián.
-Pensar que hace menos de un año estabas postrada; creímos que ya no volverías a cantar, que la depresión y la enfermedad te habían ganado.
-Fueron dos años de ausencia de los escenarios hasta que el año pasado me presenté en el Salón Blanco de la Casa de Gobierno. Estaba aterrada, con mi corsé me sentaron en mi silloncito; eso podía ser mi retorno y mi despedida. Decime ahora, ¿vos qué viste allí con tus lentes de mirar?
-Cuando te pusieron en el escenario, en vos vi a tu mamá. Pero a tu mamá de los 85 años. Eras una tenue viejita. Cuando remontaste la primera canción ya tenías 80. Después de cantar "Alfonsina", 75. Con cada canción te sacabas del cuerpo y del alma de a cinco años. Qué te parió, Negra.
-Mi mamá me parió... En aquel retorno canté "Alfonsina", una canción peligrosísima, porque en la última línea no hay que detenerse a respirar. Y salí a flote.
-A lo largo de los años te la pasaste diciendo que lo tuyo no era cantar. Que cantabas porque te lo pedían. Que sufrías sobre el escenario.
-Y era cierto. Sufría mucho. Si algo yo quería era ser como mi mamá. Y mi mamá, tan inteligente y sabia.? Mi mamá, que siempre me llamaba Marta, aunque mi papá, terco, me anotó Haydeé Mercedes. Mi mamá siempre decía: "Cantando sufre. No quiero que la Marta sufra". Rodolfo, ¿te doy una primicia? Aprendí que si no canto me muero. Podré tener nervios, pero ese pánico insoportable de cada entrada no va más. Cantar me cura. Y tengo ganas de vivir. Aparte de "Corazón libre", tengo otros dos contratos con Deutsche Grammophom. Y voy al Argentino de La Plata y al Colón, y a Río Cuarto y a Morón. Eso sí, despacito, nada de aviones. Nene, ¡al corazón lo tengo que cuidar!
-Te propongo que cierres los ojos y, sin llorar, te mirés bien adentro para reencontrar esos relámpagos que te dejaron marcas que no se borran.
-Puedo cerrar los ojos, pero me pedís mucho si no voy a poder llorar. Ayudame.
-Te ayudo. Tu niñez. La pobreza. Las heridas.
-Convencete, nene: fuimos muy pobres; no teníamos juguetes, pero no crecimos resentidos. Mi hermano el Chichí suele contar que para esperar a los Reyes Magos poníamos pastitos, agua en un baldecito. Una noche de Reyes se descargó un aguacero que metía miedo, nos inundábamos. Todos estábamos angustiados por el agua; todos, menos mi papá, que nos juntó y nos dijo sonriente que los Reyes no vendrían por culpa de la tormenta. Él estaba sin trabajo. Así era nuestra casa: mi mamá, muy sabia, resucitando ropas viejas que le regalaban donde lavaba y planchaba, nos hacía relucir. Muchas veces nos daba bollitos de pan, mate cocido, y nos largaba a jugar en el parque 9 de Julio. Realmente éramos muy pobres, pero vivimos aquello sin angustia. De todo nos faltó, pero no lo sentimos, porque nos sobró amor. En el parque comíamos aire, comíamos inocencia.
-De tu debut, ¿qué recordás con nitidez?
-Yo andaba por mis 15 años. Mi papá y mi mamá, que eran muy peronistas, aprovecharon un tren gratis a Buenos Aires para celebrar el 17 de Octubre. Yo quedé cuidada por mis hermanos, más suelta. En la escuela faltó la profesora de canto y la directora me dijo que íbamos a cantar el Himno Nacional y que yo tenía que ponerme adelante y cantar bien fuerte, para que todos me siguieran. Sentí vergüenza, pero canté: ahí debuté. Ese día también faltó la profesora de labores y con mis compañeras fuimos a LV12, donde había un concurso. Mis compañeras me empujaron para que cantara. Por temor a que se enterara mi papá me llamé Gladys Osorio. Canté "Triste estoy", de Margarita Palacios. Cuando terminé, el dueño de la radio me dijo: "El concurso concluyó y lo ganaste vos". Y seguí cantando en la radio. Hasta que un día mi papá me descubre y me llama y me dice palabras que escucho ahora: "¿Le parece bonito eso de andar metiéndose en la radio? ¿Eso es lo que hace una señorita criada para ser decente? Gladys Osorio, venga, acérquese. ¿Tengo que felicitarla? Míreme a los ojos. Que me mire a los ojos le digo".
-¿Y lo miraste a los ojos?
-Nooo, ni ahora podría. Mi papá no me alzó la mano, no me gritó. Hubiera preferido que me pegara. Era un hombre muy bueno: trabajó en un aserradero que le tapó los pulmones, en el puerto, en las terribles calderas del ingenio, y eso lo consumió: murió a los 62. Una vez, con el Chichí fuimos por un túnel; trepados a una zorrita llegamos hasta el horno del ingenio. Ya a veinte metros el calor era insoportable y allí estaba mi papá trabajando solo, sin camisa, con su espalda doblada; no sabía que lo estábamos mirando. Nos volvimos con el Chichí mudos, llorando. ¿Por qué hay seres que no conocen otra cosa que la pobreza?
-Negra, contame algo que te devuelva la sonrisa.
-Ah, ya sé: a mí me gustaba el atletismo y participé en carreras, en el club Old Boys de Tucumán. Un día volví muy orgullosa: "¡Papá, salí segunda!". "¿Y cuántos corrieron?" Y tuve que decirle: "Dos, papá".
-Sigamos con la felicidad. Que no se escape.
-Entonces tengo que hablar de la otra ciudad que me dio tanto cuando comenzaba: Montevideo. Fue en el 62; llegamos con mi Fabián y las hijas de Matus sin un peso en el bolsillo. Sin guitarra. No teníamos ni para el cospel para llamar a la radio. Me veo sentadita sobre la única valija, desolada. Un changarín se acercó y nos dio la plata, hablamos y nos vinieron a buscar, y el resto todo fue hospitalidad. La calidad humana de los uruguayos no tiene nombre. Siempre me pregunto qué habrá sido de aquel changarín. Y cuando pronuncio la palabra Uruguay enseguida digo muchas gracias.
-¿Hoy te interesa la política?
-Me importa la democracia. Fui peronista un rato, porque mi papá y mi mamá y mis hermanos lo eran. Pero no era ideología: era sentimiento. A los 18 empecé a leer libros que me acercó un novio, Enrique; un hombre buenísimo con el que casi me casé. Pero llegó Matus y adiós. Por aquellos libros me hice comunista. Con los años renuncié al partido, al carné, pero no a mis ideas. Lo importante es respetar lo que la gente cree. En mi casa crecimos con el retrato de Perón y Evita.Yo respeté ese sentimiento, aunque no compartía la idea. Con El extranjero , de Camus, aprendí mucho?
-¿Qué, por ejemplo?
-Que lo peor que le puede pasar a uno es no creer en nada. Quien no cree en nada se vuelve extranjero de la vida. Nunca seré una extranjera. Soy lo que soy, y creo que es un enorme error pensar que el gran cambio tiene que venir desde los partidos políticos. No, tiene que venir desde cada uno. Los seres humanos tenemos que aprender a respetarnos a nosotros mismos y después respetar a los demás. No sé quién dijo que primero tenemos que aprender a tolerar, pero que mejor que eso es aprender a respetar al otro. Esta cosa tan sencilla nos llevará siglos comprenderla.
-Me estabas diciendo antes que tenés que cuidarte de un color.
-Ni nombrarlo me gusta. Cuando entro en depresión, el color gris atraviesa mi cabeza, la invade por completo. El gris para mí es algo grave, muy grave; es como una nube que me va ganando. Tengo que cuidarme, escaparle a ese color, porque rechazo la vida, rechazo los olores primordiales, los del ajo y la cebolla; hasta dejo de sentir la emoción que me produce el locro haciéndose a fuego lento, la empanada recién horneada.
-¿Tenés manera de defenderte del color gris?
-Una sola: cantando. Últimamente, cuando me gritan "¡No te mueras nunca, Negra!", yo siento que más que un elogio es una orden. Y tengo que obedecerla. No me tiene que ganar el color gris.
¿Por qué la elegimos?
Después de una enfermedad que la mantuvo alejada de la música y la vida pública por más de un año, la Negra volvió a los escenarios en los días que hacía esta entrevista con su biógrafo, y se sintió eterna. Faro de la música popular argentina, difusora del folclore argentino por el mundo, Mercedes Sosa murió tres años después , en 2009, a los 74. Como ella misma descubrió, su canción la mantiene viva a través de las generaciones.

sábado, 23 de mayo de 2020

ENTREVISTAS DE LUJO,


Jorge Luis Borges: datos y curiosidades sobre la vida del escritor
Jorge Luis Borges
: "Lo importante no son las experiencias, sino lo que uno hace con ellas"
Nacimiento del poeta escritor, ensayista y licenciado en Filosofía ...
Nicolás Cócaro
Fragmento de una entrevista publicada  el 13 de septiembre de 1970.
En la vieja casona de la calle México, en San Telmo, mientras los lectores consultan los innumerables libros en el Salón de la Biblioteca Nacional , Borges se toma de nuestro brazo y nos invita a subir la escalera hasta su despacho. Nos pide que seamos breves, está impaciente por comenzar un trabajo literario . Atrás queda la mañana neblinosa, el bullicio de la calle que despierta la aventura del río; de tanto en tanto, se percibe desde su escritorio el vocerío de los hombres o el rechinar de los camiones de reparto de mercaderías. Borges se afana en contestar nuestras preguntas, a veces el ademán reemplaza la palabra, ese movimiento de la mano que es como la continuación de su pensar.
-Su padre era también poeta. Si él hubiera sido matemático o físico y le hubiera pedido que estudiara sus disciplinas, su hijo, usted, ¿estaría dentro de ese ordenamiento, como lo está en la literatura?
-Si mi padre hubiera sido matemático, yo hubiera sido distinto, de modo que considero que el hecho de que mi padre fue de algún modo un escritor tiene que explicarme a mí también. Es decir, en casa, siempre se entendió de un modo tácito, y quizá el modo tácito sea el más real, que yo tenía que cumplir, y realizar de algún modo el destino literario que le había sido negado a mi padre.
-Borges, ¿por qué su literatura es de concepción geométrica, platónica o acaso matemática?
-Creo que hay dos razones; ante todo hay la razón inexplicable de gusto y forma, y luego haber sentido desde que era muy joven que la literatura tendía a lo incoherente, tendía al caos, quizá esa sea la razón de la afición que, durante tanto tiempo, profesé por las ficciones policiales. El hecho de que las ficciones policiales comportan, como diría Lugones (la palabra no es demasiado hermosa), un principio, un medio y un fin, y eso es muy agradable: la idea de una forma.
En cuanto a enemigos no tengo noticias de ninguno, en todo caso han sido tan corteses que cuando me han atacado lo han hecho de un modo elogioso.Jorge Luis Borges
-¿Por qué, Borges, esa nostalgia romántica, valga lo de romántica, para un escritor de raíz ultraísta que tiene usted.?
-Olvidémonos del ultraísmo, que fue un percance.
-Borges, en todos sus artículos critica usted el libro Martín Fierro y en cambio exalta las obras de Ascasubi. ¿Por qué casi todas las ediciones de Martín Fierro llevan su prólogo?
-La cuestión es bastante compleja; yo creo que, estéticamente, el Martín Fierro es un gran libro, pero que moralmente es una obra baja.; el héroe es un personaje bastante desagradable, si admiramos a Martín Fierro no hay ninguna razón para que no admiremos a Moreira, Hormiga Negra, al Tigre del Quequén, a Calandria, salvo que estos últimos debieron más muertes y fueron posiblemente hombres menos quejosos y menos dolientes que Fierro; en cuanto a Ascasubi, creo que era moralmente una persona superior a Hernández, por lo pronto era unitario y no federal, y para mí esta división no es política, sino ética, y, además, Ascasubi tiene que haber conocido todos aquellos temas mucho mejor que Hernández, ya que Ascasubi fue soldado, ya que Ascasubi militó en el sitio de Montevideo, antes de la batalla de Ituzaingó, luego en las guerras civiles, y bueno, estuvo en las guerras, y Hernández creo que fue un individuo que más bien se documentó para esos temas. Pero, en fin, eso no importa; lo importante no son las experiencias, sino lo que uno hace con ellas, y posiblemente la descripción que nos da Hernández en la vida de las tolderías sea más vívida que la de Mansilla, que realmente estuvo.
-Borges, usted que domina el idioma inglés, lo afirman los críticos británicos; usted que ha dictado clases de inglés en Gran Bretaña y los Estados Unidos, ¿cómo es que nunca ha escrito una obra en inglés? Ni usted mismo ha traducido sus libros a ese idioma.
-Podría contestar que yo respeto demasiado el idioma inglés para intentar escribir en él; la verdad es que me he pasado la vida leyendo libros ingleses, que mi abuela materna, la que conversó con los indios allá en la frontera de Junín, era inglesa, pero no me creo digno del idioma inglés, en cambio mi destino es el idioma español.
-Borges, ¿de qué manera ha determinado los géneros literarios que usted practica, y ha omitido en cambio la novela que usted nunca ha escrito?
-Hay diversas razones para que yo no escriba una novela; una es que nunca he sido lector de novelas fuera digamos del Quijote; de las novelas de Conrad; de la novela de Kipling, Kim; de Flaubert. He leído muy pocas novelas, y además siento que en la novela siempre hay algo de ripio: en toda novela siempre hay algo que se escribe para justificar, como dicen en las imprentas; la obra, en cambio, un cuento puede no admitir ningún ripio; además, yo he sido siempre un lector de cuentos y aun en el caso de escritores que han cultivado los dos géneros, he preferido los cuentos. Por ejemplo, me gustan mucho los cuentos de Henry James, y en general no me gustan sus novelas, y aun cuando yo era joven, leía novelas porque pensaba que ese era mi deber. Recuerdo que sentía un gran entusiasmo al leer Crimen y castigo, de Dostoievsky, y al mismo tiempo hacía trampas y veía cuántas páginas faltaban para el fin, y luego seguía leyendo con entusiasmo.
-Borges, no vamos a hablar de ningún mensaje a la juventud.
-No, claro.
-Pero usted está rodeado a menudo por gente joven, ¿en qué medida comunica o recibe afinidad con esa juventud? ¿Se siente cerca de la juventud actual?
-Sí; por ejemplo, yo dicté mi curso de literatura inglesa en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, y luego me indicaron la conveniencia de que me jubilara, y yo, cobrando solo mi jubilación, seguí dictando mi cátedra durante dos cuatrimestres hasta que me dijeron que eso era "trampa" y tuve que dejarla, y desde el año 1965 dicto el seminario de inglés antiguo y lo hago en mi casa, desde luego por el placer de hacerlo, y también porque me gusta estar rodeado de gente joven; quería decir otra cosa, quería decir que siempre que se habla de un escritor, digamos entrado en años como yo, y de gente joven, se supone que el mayor es el maestro, y no hay tal cosa, el hombre más viejo es el que aprende también. Y aquí quiero hablar de un amigo muy querido, Adolfo Bioy Casares, posiblemente 30 años nos separen, probablemente sea más o quizá menos, yo no me he dedicado a ese tipo de estadísticas, de cálculos, pero creo que yo he aprendido más de él que él de mí. Es decir, que esa relación magistral puede darse, digamos, entre personas de distinta edad y el maestro puede ser joven, pero lo más probable es que en toda amistad las influencias sean recíprocas, los dos enseñan.
-En su vida privada, ¿el otro Borges es tan seguro como el escritor?
-Es mucho más real que el escritor, el escritor corresponde a una zona bastante breve del otro, es una especie casi de caricatura, diría yo, del otro.
-Borges, usted que continuamente vive corrigiendo sus obras, ¿no cree que el exceso de perfeccionalismo las perjudica?
-No; si yo escribo algo, creo que tengo derecho a corregirlo un cuarto de hora después, ¿y por qué no un cuarto de siglo después?, además, como a mí no me gusta lo que yo escribo, trato de limarlo, y puedo decir otra cosa: cuando me propusieron en Emecé, por intermedio de José Edmundo Clemente, una edición de mis obras completas, yo acepté, y la razón que me llevó a aceptar fue no la inclusión de algún libro sino la omisión de otros, lo cual me recuerda aquella broma de Mark Twain, que dijo que una excelente biblioteca podía iniciarse omitiendo los libros de Jane Austen, y que aunque esa biblioteca no incluyera ningún otro libro, siempre sería superior a otra por no incluir los de Jane Austen.
-La mujer en su obra casi siempre tiene un papel trágico y nunca es feliz, por ejemplo, "Emma Zunz", "El muerto", "La intrusa", ¿cuál es la razón, si es que la hay?
-Yo quería adelantar que hay dos cuentos no trágicos de mujeres en mi reciente libro El informe de Brodie , y podría agregar una razón que puede parecer falsa pero que no lo es, y es que las mujeres han desempeñado un papel tan importante en mi vida que he tratado de excluirlas de mi obra o que se han excluido solas de mi obra, y es que. yo no sé por qué, pero diríase que estoy continuamente o que he estado continuamente pensando en mujeres, como todos nosotros, ¿no?
-Borges, a esta altura de su vida literaria, ¿qué piensa de sus amigos y enemigos?
-Pienso que tengo una cantidad enorme de amigos, pienso que la gente es muy generosa conmigo, y en cuanto a enemigos no tengo noticias de ninguno, en todo caso han sido tan corteses que cuando me han atacado lo han hecho de un modo elogioso. No, yo no creo tener enemigos.
-Borges, dos palabras sobre Buenos Aires. Una ciudad que usted quiere tanto.
-Es una ciudad que yo quiero tanto, que soy muy celoso y no me gusta que otros la quieran. Cuando llega un extranjero aquí y me dice: ¡Qué lindo es Buenos Aires! yo suelo decir: ¡Pero usted está completamente loco!, es una de las ciudades más grises, más modestas, más invisibles que hay. Pero eso lo hago un poco porque quiero defender mi cariño por este Buenos Aires. Y por eso quizá me gustan los lugares menos espectaculares de este Buenos Aires. En general lo espectacular me desagrada; creo que es. no sé si es un amor, o en todo caso es una manía, pero es una pasión que no deseo contagiar a los otros; quiero mucho a Buenos Aires, pero ciertamente no soy un misionero de Buenos Aires.
¿Por qué la elegimos?
Hace 50 años, Borges publicaba su libro de cuentos El informe de Brodie y concedía en la Biblioteca Nacional, de la que todavía era director, esta entrevista en la que esclarece varias preguntas que todavía siguen haciéndose los lectores: ¿por qué no escribió novelas?, ¿cuál fue su relación con las mujeres?, ¿qué le gusta tanto de Buenos Aires? El resultado es un ejemplo muy típico del Borges de sus últimos años, con esa manera de hablar de apariencia vacilante, la sinceridad engañosa y la crítica amable, pero no por eso menos despiadada; "mis enemigos me han atacado de un modo elogioso", dice.