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sábado, 1 de julio de 2017

CUESTIONES DE EVOLUCIÓN


La explosión del Cámbrico, la era en la que se hizo la "luz"
Como ocurrió hace 540 millones de años, los avances de la humanidad están haciendo que las "aguas sean más transparentes"
En la larga historia de la evolución de la vida en la Tierra, hay un período que provoca una especial fascinación en la comunidad científica, y que es foco de una acalorada discusión que se remonta al debate que sostuvieron Charles Darwin y sus contemporáneos a mediados del siglo XlX. La denominada "explosión del Cámbrico", ocurrida hace unos 540 millones de años, fue el lapso de innovación biológica más dinámico en la historia del planeta.
Hasta ese momento la vida se limitaba a organismos simples, unicelulares, que a lo sumo se organizaban en colonias, pero en los 20 millones de años que siguieron -un período corto desde el punto de vista evolutivo- el ritmo de cambio adquirió una velocidad nunca vista y se produjeron divergencias y ramificaciones que dieron lugar a las vías evolutivas que terminaron en los organismos vivos -plantas y animales- de la edad moderna.

¿Por qué se produjo este fenómeno? Hay muchas hipótesis al respecto. El zoólogo inglés Andrew Parker, de 50 años, tiene una explicación controvertida, pero que tuvo gran difusión gracias a su libro Blink of an Eye (El parpadeo de un ojo), que hace una doble alusión con su nombre: por un lado, a lo rápido que ocurrió la gran transformación del Cámbrico, y por el otro, al factor que, según Parker, fue el decisivo para disparar esta carrera evolutiva genética. Para el profesor del Museo de Ciencias Naturales de Londres, hasta ese entonces los mares y océanos terrestres (donde se concentraba el 100% de la vida) tenían una composición química que los volvía opacos, no se podía ver nada en el agua. No había estrategias de depredación posibles: un organismo podía comerse a otro que pasara cerca, por azar, pero esto no trazaba una línea evolutiva definida.

Según Parker, la composición química del agua cambió por entonces, y los mares se volvieron más claros y trasparentes. La visión se convirtió, por consiguiente, en el gran vector de la evolución: los organismos que comenzaron a tenerla como habilidad ganaron estrategias mucho más eficientes para depredar y no ser depredados. El zoólogo profundizó en su investigación y en el año 2006 publicó otro libro, de gran éxito, Siete colores mortales, donde describe la variedad de métodos para producir colores que fueron evolucionando en la naturaleza, y sus implicancias para el estilo de vida de distintas especies animales.
Aunque suene raro y paradójico, esta ventana cámbrica de más de 500 millones de años sirve para "iluminar" -y aquí el sentido es estrictamente literal- lo que podría suceder en un futuro cercano con el impacto de diversas tecnologías. En la revista Scientific American, el filósofo Daniel Dennett trazó una analogía entre este momento bisagra biológico y el que estamos viviendo ahora a nivel social, cultural y económico con la irrupción de tecnologías exponenciales que le están restando opacidad -cada vez de manera más acelerada- al océano de interacciones entre los individuos.


Los avances que tienen que ver con lo digital, con la inteligencia artificial, con blockchain y otras tecnologías están volviendo las aguas más trasparentes, y las empresas y los individuos que puedan mutar y adquirir un sentido más potente de visión son los que tendrán la ventaja comparativa sostenible. En un contexto darwiniano de selección tan salvaje como el que ocurrió hace más de 500 millones de años.
Los caminos en los que las nuevas tecnologías empujan hacia una mayor trasparencia son múltiples. En la edición 2016 de TEDxSalón, el abogado Martín Böhmer, que tiene un doctorado en Ciencias del Derecho en Yale, especuló con una hipótesis del "fin del Derecho" sobre la base de una dinámica en la que las redes sociales pueden servir para promover comportamientos éticos en forma mucho más eficiente y rápida que los mecanismos legales tradicionales.
Böhmer dio el ejemplo de una fábrica multinacional de zapatillas que decide no contratar trabajo infantil en un país pobre, no por el riesgo legal ni porque una ONG lo instigue a no hacerlo, sino porque una foto en Instagram de chicos trabajando en su planta podría destruir la reputación de la marca en minutos y producir el rechazo de sus clientes en todo el mundo.
Blockchain, la red global descentralizada que está detrás de la moneda digital Bitcoin, similar a un libro contable abierto, es otro ejemplo de "cambio en la composición química" del océano de interacciones sociales. Los activos que se pueden certificar allí exceden a esta moneda virtual: pueden ser bienes, servicios, contratos legales y hasta personas que se asocian a un "bloque" de código que luego se encadena con otros (de ahí su nombre).
La confianza surge de un esquema descentralizado, donde todos los "nodos" (usuarios o computadoras) comprueban que cada operación sea válida.
En su libro Down The Rabbit Hole, el emprendedor y evangelizador de Blockchain Tim Lea cree que esta nueva tecnología puede ayudar a reducir de manera drástica la corrupción en los países. "En teoría puede hacerlo; sus capas son transparentes y completamente auditables; el mayor desafío está en su implementación: seguramente los políticos y sistemas corruptos pondrán mucha resistencia a implantar un sistema que vuelva visibles sus prácticas más opacas", dice Lea. Por ejemplo, Lea estima que un 67% de la propiedad mundial no tiene un registro formal, un problema muy grave en países pobres: "Es muy claro en este contexto el incentivo que hay a que actores corruptos roben estas propiedades", dice el emprendedor. Este problema podría solucionarse implementando la red descentralizada (y de hecho ya hay experiencias al respecto con programas de titulación de tierras en América Central).


Para Rudi Borrmann, un experto en gobierno abierto e innovación pública que trabaja en el área de Modernización, estos mares más transparentes se asemejan mucho al concepto de frictionless data (flujo de datos sin fricciones). "En la actualidad existe mucha fricción al trabajar con datos (al obtenerlos, compartirlos, procesarlos). Pero eventualmente el acceso a los datos será fluido. Las iniciativas de datos abiertos ayudan hoy a estructurar la complejidad de los datos gubernamentales públicos para acelerar su descubrimiento y reutilización con fines comerciales, académicos o científicos, y como una fuente de innovación social", cuenta Borrmann
¿Qué datos tiene hoy el sector privado o académico que podrían ser de dominio público? El gran avance en la investigación del genoma humano se basó en el principio de compartir los descubrimientos de los laboratorios en tiempo real. Y Una telefónica tiene hoy suficiente información como para redefinir la forma en que se hace planeamiento urbano, en otra ramificación potencial de esta "explosión cámbrica" social, cultural y económica. ¿Qué cruces serán posibles en el futuro?
S. C.

miércoles, 9 de noviembre de 2016

LA EVOLUCIÓN DE LOS OBJETOS

La transformación de los objetos cotidianos que cambian de forma y función
A ver: piensen en la teoría de la evolución. ¿Ya está? Seguramente tengan en la cabeza a Carlitos Darwin y su extensa barba, a chimpancés, pinzones, australopitecos y tortugas de las Galápagos. Todo bien, sí, pero no es de esa evolución de la que nos vamos a ocupar aquí, sino de una más cercana e igualmente silenciosa: la de los objetos cotidianos que nos rodean. También van cambiando sutilmente de forma y función, se adaptan a los cambios y hasta podemos identificar algún antecesor común que dé lugar a líneas diferentes de. cubiertos, pelotas, elementos de librería, herramientas o vestidos.
De estas evoluciones se ocupa un tal Henry Petroski, ingeniero civil norteamericano que se dedica al análisis de fallos pero, sobre todo, nos ha regalado maravillosas historias de diseño en libros como Hacer ingeniería es humano, La evolución de las cosas útiles o El escarbadientes: tecnología y cultura. De esas historias de diseño que están en nuestras manos, narices y bocas, rescatemos dos como para entusiasmarse con la idea. Comencemos con las puntas del tenedor. O, más bien, con el tenedor mismo, que es un aditivo más o menos reciente. Por mucho tiempo se utilizó un solo cuchillo, a lo gaucho, para comer con pan o con la mano, mientras uno se quemaba o engrasaba alegremente. La primera revolución fue el agregado de un segundo cuchillo: con uno se pinchaba la comida (carne, para el caso) y con el otro se la trozaba.


Los tenedores ya habían hecho su aparición en las cocinas o los fogones, pero recién llegaron a las mesas reales hacia el siglo XIV, más como una rareza que como un utensilio cotidiano, desde el Medio Oriente hacia Italia y de allí al resto de Europa. Como los tenedores parrilleros, los primeros tenían dos largos dientes, buenos para pinchar y sostener pero inútiles para levantar trozos pequeños de comida. Así hizo su aparición estelar el tercer diente y, en algún momento del siglo XVIII, la cuarta punta llegó para quedarse.
Con estos cambios se fue transformando el cuchillo: ya no requería de una punta filosa porque no tenía nada que sostener. De paso, hubo quienes, como el cardenal Richelieu, aprovecharon para prohibir cuchillos en punta para la mesa, tanto para que no se usaran como armas como para que no se utilizaran como peligrosos escarbadientes. Es más, la punta del cuchillo evolucionó en una parte más ancha que el resto, como para ayudar al tenedor a levantar un poco de arroz o unas arvejas rebeldes. Está bien: aún hoy tenemos cuchillos que terminan en punta filosa, y podemos pensarlo como un resabio evolutivo de otros tiempos.


Otro objeto con una historia evolutiva interesante es el clip para papeles. Conocemos perfectamente su antecesor histórico: nada menos que el alfiler. En La riqueza de las naciones, Adam Smith se maravilla de la fabricación manual y en serie de estos alfileres a partir de alambres finos, heredado de siglos de historia y necesidades. Las primeras máquinas para fabricarlos son de comienzos del siglo XIX: un pequeño paso para la librería, un gran paso para la humanidad. Pero, claro, no son ideales para mantener papeles unidos. Hacia el final de ese siglo aparecen las primeras patentes de alfileres doblados de tal manera que podían aceptar papeles en medio de los dobleces y mantenerlos juntos y ordenados. Había nacido el padre del clip moderno. Sin embargo, la doble vuelta de alambre del clip tuvo que esperar hasta el siglo XX para hacer su entrada triunfal. Mírenlo: es un triunfo de la ingeniería y, como con buen producto evolutivo, no requiere de más cambios azarosos hasta que el ambiente así lo solicite.
Hay una máxima que dice que en biología nada tiene sentido si no se mira a través del prisma de la evolución. En nuestra cocina y nuestro escritorio, tampoco
D. G.

domingo, 14 de agosto de 2016

EXPLICACIÓN INCONVENIENTE.....DE CHARLA DE CAFÉ...NOMÁS


Evolución histórica de los precios: una inflación un poco inflada


Tomando de referencia viejos avisos, los aumentos superaron la cotización del dólar. Atados durante una década a la moneda estadounidense, los bienes y servicios tuvieron un valor de referencia hasta la crisis de 2001. A partir de entonces, la remarcación de precios no siempre fue acorde al valor real de los productos. El peso argentino se devaluó 1.400 % en 15 años, pero muchos costos se incrementaron hasta 2.500 %.
Desde el 6 de enero de 2002, cuando la economía argentina se apartó de la Ley de Convertibilidad, el peso argentino comenzó una lenta pero inexorable devaluación. A las pocas horas de adoptada la medida, perdió un 40 % de su valor y con el paso de los meses disminuyó casi un 200 % su valor respecto a la moneda norteamericana. Así se mantuvo hasta casi fines de la primera década del siglo. Cada dólar estadounidense costaba por entonces tres pesos argentinos.
Sin embargo, quizá como consecuencia de una década de paridad cambiaria e inflación cero, pero también de la inercia de la recesión económica, los empresarios y los comerciantes no remarcaron inmediatamente los precios. Hubo de hecho un lapso de no menos de cuatro años, entre comienzos de 2002 y finales de 2005, en los que la inflación fue insignificante. Ese período coincidió con la gestión de Roberto Lavagna,al frente del Ministerio de Economía. Tras obtener Néstor Kirchner el respaldo político del que carecía en las elecciones legislativas de 2005, el entonces Presidente de la Nación optó por tomar otra dirección en materia económica y le pidió la renuncia al funcionario, quien venía ejerciendo el cargo desde el mandato presidencial interino de Eduardo Duhalde.
A partir de 2006, con Felisa Miceli al frente de la cartera de Hacienda, la inflación comenzó a ser un inconveniente para el bolsillo de los argentinos. Los precios comenzaron a modificarse con una frecuencia que habíamos olvidado, lejana aun a la que acabó con el gobierno de Raúl Alfonsín a comienzos de 1989. No obstante, las paritarias salariales compensaban la pérdida del poder adquisitivo y quizá por eso mismo la demanda nunca cayó. En ese contexto, la espiral inflacionaria lleva ya una década. En términos cambiarios, el peso se depreció un 1.400 % en quince años y llevó al dólar, al cierre de esta edición, a una cotización cercana a los 16 pesos. ¿Pero cuánto costaba la vida en 2001, cuando el dólar valía un peso, o en 2006, cuando se ofrecía a tres? Dicen que las comparaciones son odiosas: es cuestión de hacer la prueba.


Meses antes del desastre
Poco tiempo antes de la salida de la Convertibilidad, los precios que podían leerse en los avisos de los periódicos  estaban dolarizados. Así, un geriátrico ofrecía la habitación desde $ 500 mensuales: hoy la cuota no baja de $ 10.000 (aumento del 1.900 %). Un mercadito promocionaba dos kilos de naranjas, dos de mandarinas, uno de manzanas, uno de peras y uno de bananas por $ 4,90. Ese combo ronda en la actualidad $ 120 (aumento del 2.300 %). Una carnicería difundía una tentadora oferta: asado para cuatro personas (tira de asado, chorizo, morcilla y chinchulín) a $ 9,90, en tanto que un gimnasio de categoría promocionaba el pase libre a $ 40 mensuales, bajo el sistema de débito automático. En ambos casos, los incrementos rondan el 2.400 % a valores de hoy. En el caso de la carne, sabemos que hubo especulación.
La gastronomía siempre es una buena referencia. El valor de la porción de paella en una pescadería tradicional era de $ 3,50 hace 15 años, en tanto hoy vale $ 70: 1.900 % de aumento. Dos grandes de muzzarella y una grande de fugazza al óleo se conseguían al módico precio de $ 10. Esa misma oferta no baja hoy de $ 300, lo que se traduce en un 2.900 % de inflación. En una confitería 48 triples surtidos podían adquirirse a $ 12, mientras hoy esa oferta trepa a $ 500 ¡4.000 % de aumento!
Lo interesante de este fenómeno es que entre 2002 y 2006 no hubo una escalada de precios, como sí se advirtió en la última década. Una pizza grande de muzzarella más seis empanadas o una docena de empanadas, con el dólar a $ 3, costaban $ 14. Menos de cinco dólares. Hoy una docena de empanadas sale como barata $ 160, es decir 10 dólares. El menú infantil en un restaurante, que incluía plato principal, bebida y postre, tenía un valor de $ 12 (cuatro dólares). Hoy cuesta diez veces más. Los 48 triples surtidos estaban a $ 39, precio que con un dólar a $ 3 guardaba relación con los $ 12 de 2001. Un pollo con guarnición valía en 2006 sólo $ 22 o siete dólares. ¿A cuánto se consigue hoy como barato? ¿$ 200? Queda claro que el dólar dejó de ser referencia, salvo para los combustibles y hasta ahí nomás.


Lavar el auto por $ 13, consultar una abogada por $ 50, aprender guitarra por $ 12 la hora, arreglarse las manos por $ 10, amoblar el living por $ 450, viajar a Colonia del Sacramento por $ 225, fumigar la casa por $ 40 o almorzar en un buen restaurante por $ 16 era posible a mediados de 2006, cuando la inflación todavía no hacía mella en el salario de los trabajadores. Con el paso de los años muchos comercios, algunos de ellos desaparecidos, aumentaron los precios en proporciones exageradas. Las razones podrá explicarlas algún economista, pero es probable que la sostenida demanda haya generado una mayor cotización de la oferta.
Finalizaremos diciendo que en 1991, cuando entró en vigencia la Ley de Convertibilidad y un dólar costaba un peso, quien disponía de 110.000 dólares podía comprarse una casa con fondo, quincho y pileta en el Barrio Cornelio Saavedra. Hoy se necesita un monto cinco veces mayor para aspirar a una propiedad semejante