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domingo, 21 de julio de 2019

FERNANDO IGLESIAS, OPINA


La cultura del pobrismo es una condena para los pobres

Fernando Iglesias
Según datos del Banco Mundial, desde que en 1990 dejó atrás la dictadura de Pinochet hasta 2015, el PBI per cápita de Chile creció al extraordinario ritmo del 7% anual. Si la Argentina hubiera hecho lo mismo desde cuando recuperó la democracia, nuestro PBI per cápita habría llegado a US$31.500 anuales en 2015, seguiríamos siendo el país más rico de América Latina y hasta habríamos superado, por ejemplo, a España, Italia y media Unión Europea. De la pobreza , mejor no hablar. Mientras que entre 1990 y 2015 Chile la redujo a menos de un tercio -de 38,6% a 11,7%-, la Argentina la cuadruplicó, pasando del 8% de 1983 (Ferreres) al 32% de 2014 y 2018 (Cedlas). Si hubiéramos obtenido la misma reducción que Chile, la pobreza rondaría aquí el 2%. Menos pobres que en Alemania; pero de verdad.
En el cuarto de siglo que va de 1990 a 2015, gobernaron Chile presidentes de izquierda (Lagos y Bachelet), de centro (Aylwin y Frei) y de derecha (Piñera). Todos ellos mantuvieron como políticas de Estado un manejo fiscal responsable, estrategias económicas anticíclicas, estímulos a la competitividad económica y apertura al mundo. En la Argentina, entre 1989 y 2015, gobernó durante 24 años el peronismo, que con máscaras de derecha y de izquierda se dedicó a crear pobres y vivir de ellos mientras cantaba himnos a la justicia social. Indiferente a los datos, la sociedad chilena es considerada discriminatoria y socialmente injusta por los amantes de la leyenda y el relato, mientras que los argentinos somos campechanos, macanudos y familieros. Nos encanta donar colchones desvencijados y bicicletas oxidadas a nuestros compatriotas caídos en desgracia, mientras votamos con el bolsillo para poder pagar las cuotas en dólares de la licuadora, ayer, y volver a comprar aires acondicionados split y que revienten las redes energéticas y la Patria, hoy.
Ya sé que la mayoría no es así, que no todas las culpas las tiene el peronismo y que Cambiemos ha logrado cambiar poco estas cosas en los tres años que lleva gobernando. Digo que esa cultura, la del pobrismo, es la cultura mayoritaria en el país, debido a la intervención de dos grandes aparatos, el peronismo y la Iglesia, omnipresentes en el escenario nacional. Y digo también que acabamos de presenciar uno de sus episodios más demostrativos cuando el Club River Plate abrió sus puertas a las personas en situación de calle y una avalancha de medios televisivos dio lugar a la habitual exhibición argenta de solidaridad ante las cámaras.
El contenido político lo proveyeron los muchachos de siempre, valientemente encabezados por Jorge Rial, quien tuiteó: "El fútbol hace lo que debería ser una obligación del gobierno de la ciudad. Vergüenza". Acompañaron Página 12 -que puso una foto de Macri en un bloque de hielo en tapa y tituló "Corazón de hielo"- y la vasta constelación de medios K, que no se cansó de zarandear su tema favorito: CEO tecnocráticos, gobierno de los ricos, insensibilidad social. A eso llamé "opereta kirchnerista", no a Juan Carr. Y me ocupé también de señalar que la gorilísima ciudad de Buenos Aires es el distrito del país mejor equipado para asistir a las personas en situación de calle, que dispone de 2300 plazas en sus paradores y un plan de prevención del frío que se ejecuta todos los años, con 40 móviles recorriendo la ciudad las 24 horas y equipos que incluyen a 700 profesionales entre trabajadores sociales, médicos y psicólogos. Si alguien sabe de algo similar en las provincias que gobiernan los sensibles sociales le ruego que me lo haga notar.
Había más de 300 plazas libres en los refugios de la CABA los mismos días en que los medios K montaron su opereta. ¿En qué sentido meter cien personas, tres días, a dormir en colchones en el gimnasio de un club no preparado para la emergencia ayuda a solucionar algo? ¿Por qué hacerlo en uno de los barrios más ricos de Latinoamérica (Núñez) y no en La Matanza o Lomas de Zamora? ¿Por qué no en el Independiente de Moyano, en la Avellaneda que gobierna Ferraresi? ¿Por qué no en provincias pobres como Chaco y Formosa, que después de décadas de gobiernos peronistas registran la indigencia más alta del país? No digo que Juan Carr, D'Onofrio y Brito lo hagan ex profeso, pero da qué pensar. Y, por supuesto, no dije que el frío o las personas en situación de calle fueran una opereta. Sí digo que es sospechosa esta solidaridad selectiva que descubre el problema en el distrito emblemático del Gobierno, el más rico y mejor preparado para la emergencia del país; esa solidaridad que se conmueve por la muerte de una persona en Capital e ignora las muchas ocurridas en las provincias, y que fue incapaz por años de visibilizar el tema, pero acaba de impulsarlo con un ímpetu jamás visto en pleno lanzamiento de la campaña electoral.
Desde cuando se dispone de estadísticas, las muertes por frío registradas en 2016 (15) y 2017 (16) son las más bajas; aproximadamente la mitad del promedio del ciclo anterior (2005/2015). Pero mencionarlo es ser un tecnócrata despiadado, mientras que haber formado parte del gobierno nacional a cargo cuando murieron 63 personas en 2007 es garantía de sensibilidad social. No me asusta la distorsión de mis palabras ni las amenazas e insultos recibidos por decir lo que muchos piensan. Me pasó lo mismo cuando publiqué mi libro sobre el peronismo y cuando fui de los primeros en criticar el golpismo del Club del Helicóptero, los desvíos populistas del Papa, el periodismo de Corea del Centro, la hipocresía del Frente Reciclador y las canalladas de los Zaffaroni, los Vera y los Grabois. El tiempo me dio la razón. Quizá no lo haga ahora, pero no me corran con el desinterés político de Red Solidaria y las ONG de Frío Cero porque esa es, precisamente, una parte esencial del fenómeno del pobrismo, cuyos esfuerzos bienintencionados terminan siendo la materia prima con la que se arman las operetas del movimiento nac&pop creador de la fábrica de pobres.
De todas, la peor y más completa fue la del Diálogo Argentino, elaborada bajo la dirección de la infaltable Iglesia. Su resultado fue el de legitimar a un gobierno, el de Duhalde, que en 2002 realizó el mayor ajuste social de la historia nacional: devaluación del 75% en un día, 41% de inflación con 2% de aumento de salarios y jubilaciones, incautación de los depósitos en pesos y papel picado para el que había puesto dólares. El resultado voluntariamente perseguido fue una baja violenta del gasto público y de los ingresos que produjo los superávits gemelos heredados por Néstor; al costo catastrófico de un 50% de aumento del número de pobres en un año y récords aún insuperados de pobreza (57,5%), indigencia (27,5%) y desocupación (21,5%).
La cultura del pobrismo reproduce y amplifica la pobreza, encerrando a los pobres en un círculo vicioso infranqueable porque los postra en el papel de víctimas. La cultura del pobrismo no soluciona nada porque promueve la dependencia, el sometimiento y la indignidad. Dicen que el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones. Lo empedraron los pobristas argentinos, ante las cámaras de la televisión.

Diputado nacional de Cambiemos

lunes, 16 de octubre de 2017

EN "EL ESPACIO MENTE ABIERTA"; FERNANDO IGLESIAS

FERNANDO IGLESIAS

Avanza en el país una rebelión antipopulista
El gran derrotado de las PASO no fue el peronismo, sino el populismo enquistado en la política argentina
Un fantasma recorre la Argentina. Es el fantasma de la rebelión antipopulista. Cuando el viento barra la hojarasca de última hora y quienes saquearon el país renuncien al ridículo de denunciar un fraude electoral inexistente, el saldo de las PASO 2017 quedará escrito en la historia: la rebelión antipopulista sigue avanzando hacia la liquidación del medievo en que los argentinos hemos vivido cincuenta años, cuando la última Argentina moderna y razonable fue derrocada junto a Illia por el Partido Militar, con el apoyo de los sindicatos y Perón.
El saldo para el kirchnerismo es catastrófico: pérdida rotunda -acaso, definitiva- de su carácter nacional; menos votos que Aníbal; desplome en el feudo santacruceño, y papelón insuperable a las cuatro de la mañana. Al resto del peronismo no le fue mejor: derrotas epocales del feudalismo ilustrado de los Verna y los Rodríguez Saá, fracaso de todos sus referentes presidenciables y retroceso general en los bastiones donde la dependencia del empleo estatal y los punteros sustentan aún a los creadores de la fábrica de pobres; desde el Norte feudalizado hasta el sometido conurbano, donde el Partido Justicialista empeoró su peor performance, de dos años atrás. Que el Pejota bonaerense responsable de la destitución de dos presidentes constitucionales haya quedado reducido a menos del 6% del electorado denota un punto de inflexión. O el peronismo se transforma de verdad en un partido republicano con dirigentes nuevos e ideas renovadas o deja de ser alternativa de poder. Cualquiera de estas opciones es una excelente noticia para la República.
Pero focalizarse en el peronismo es reductivo: el gran derrotado del domingo, el que si se repiten los resultados dentro de dos meses será desterrado del rol hegemónico que ha desempeñado en la política nacional desde hace medio siglo, no es el peronismo, sino el populismo en general. Así lo demuestra la pésima performance de quienes -Massa, Lousteau, Stolbizer, los herederos de los Sapag, Schiaretti y el socialismo santafecino- proponen un populismo de buenos modales; una renovación del modelo estatista-proteccionista-industrialista-mercadointernista con menos autoritarismo y corrupción. Otro factor de desmembramiento del populismo es tanto o más potente que el anterior: a pesar de que el segundo semestre se demoró más de un año, Cristina fracasó en el conurbano bonaerense, obteniendo menos votos que Aníbal en 2015 en el distrito que durante 2016 sufrió las peores consecuencias de la salida del default, del cepo cambiario y del Modelo de Acumulación de Matriz Diversificada con Inclusión Social, que dejó a millones de bonaerenses haciendo sus necesidades en pozos y cargando baldes para poder lavarse y cocinar. A su vez, Cambiemos mejoró en la primera y la tercera sección, con aumentos de más del 2% en La Matanza, Lanús, Lomas, Merlo, Morón, Ituzaingó, Moreno, San Fernando y José C. Paz; más del 4% en Tigre, Hurlingham y Florencio Varela, y más del 8% en Malvinas y San Miguel. Es ésta la gran derrota, la decisiva, del populismo y su subestimación de los pobres: quienes en 2015 dejaron a un tercio de los argentinos en la pobreza y en 2017 usaron su miseria como único argumento de campaña acaban de descubrir que los pobres, como todos, no votan solamente con el bolsillo. Que les importa que la gobernadora se haya metido con las mafias policiales, que la ministra de Seguridad haya allanado La Salada, que sus hijos tengan agua potable y cloacas, y que los gobierne un gobierno y no la mafia.
Es la última fase, la más difícil dada la condición frágil y dependiente de su sujeto político, de la rebelión antipopulista que recorre el territorio nacional. Las victorias en Córdoba, Mendoza, Neuquén, Entre Ríos, Corrientes, San Luis, La Pampa, Capital Federal y el empate virtual en Santa Fe señalan que la mancha central del mapa electoral de la Argentina se agranda con cada acto eleccionario. Contenía sólo a Mendoza y la Capital en las PASO 2015. Forman parte de ella hoy unos diez distritos provinciales que, sumados a Santa Cruz y Jujuy, reúnen la mitad de las provincias. Se trata de la Argentina que, con sus errores y defectos, se ha incorporado exitosamente a un siglo XXI determinado por la sociedad global del conocimiento y de la información. Es la Argentina viable del centro del país; la del campo, las industrias avanzadas, la producción de servicios, las clases medias urbanas y rurales, los medios de comunicación. Es la Argentina productiva que persiguieron los Kirchner con ese exacto instinto que les permitió entender que la perpetuación del poder populista exigía ponerlos de rodillas. Es la Argentina que concentra más de la mitad de la población y dos tercios del PBI nacional, la que después de medio siglo de fracasos parece haber encontrado en Cambiemos una dirección política a la altura de las circunstancias. Es también la Argentina que con su sacrificio impositivo sostiene al resto del país. Pero es una Argentina que no ha vuelto a entrar en la historia con deseos de venganza ni voluntad de persecución, sino con la aspiración generosa de rescatar a sus compatriotas de la opresión y la miseria, extendiendo su desarrollo a todo el territorio nacional y ayudando a alcanzar sus niveles de vida a todos los argentinos. Allí están el Plan Belgrano, el Plan del Agua, la Revolución de los Aviones y el programa de obras públicas más ambicioso de la historia nacional para probarlo. Y allí está también la línea deslumbrante del Metrobus penetrando en la noche de La Matanza, que es su emblema mejor.
Fue un amistoso, no un partido completo ni un primer tiempo. Se recomienza mañana, cero a cero. Pero, suceda lo que suceda en octubre, no se puede entender lo sucedido en estas PASO sin comprender la rebelión antipopulista que se extiende por la Argentina. Paso a Paso. Elección tras elección. Cambiemos no es su inventor, sino su herramienta; como lo fueron otros en otras elecciones victoriosas y se creyeron los protagonistas, y así les fue. La rebelión tuvo su episodio fundacional en 2008 con la lucha del campo por su subsistencia como sector productivo independiente del Estado. Tuvo su 17 de octubre en 2012 con las marchas contra el plan Cristina Eterna y el proyecto de reformar la Constitución que produjeron las mayores movilizaciones de la historia de este país. Tuvo su apogeo en la Marcha de los Paraguas que a inicios de 2015 desbordó las calles pidiendo justicia para Nisman. Se expresó en los resultados electorales que pusieron en el gobierno a Cambiemos. Y se prolongó en dos episodios que acabaron con el programa destituyente del Club del Helicóptero: la contundente movilización del 1° de abril de 2017, que convirtió el marzo de fuego pergeñado por el populismo en un cajón de Herminio, y las recientes PASO, cuyo resultado repetido en octubre significará el fin de la maldición que reina sobre la Argentina desde 1928, año en que el último presidente civil no peronista logró completar su mandato constitucional. De ese octubre victorioso, soñado, puede emanar un veredicto republicano inapelable: la derrota definitiva de la hegemonía populista; la seguridad de que a este país, y para siempre, todos los partidos lo pueden gobernar.