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martes, 22 de enero de 2019

HISTORIAS DE FANTASMAS,


Las historias del Torreón del Monje y el Asilo Unzué*
La leyenda del Torreón del Monje

Cuando pensamos en Mar del Plata irremediablemente vienen a nosotros imágenes de mar y playa, días soleados, la costa y el imponente Torreón del Monje.
La historia del lugar comienza en 1904, cuando el empresario y estanciero Ernesto Tornquist decide la construcción de un castillo de estilo medieval justo frente al mar. La edificación estuvo a cargo del arquitecto Carlos Nordmann que acompañó el castillo con una enorme torre que domina la estructura.
La idea era dotar a Mar del Plata de un lugar que sobresaliera, un símbolo para una ciudad en la que cada vez se construían más chalets de veraneo para las familias adineradas.
Hasta aquí los hechos. Pero hay varias versiones sobre el origen del Torreón, el porqué de su nombre y más aún sobre la posibilidad de que vivan en el espectacular edificio espectros y fantasmas.
Según una de las versiones, la construcción lleva su nombre en honor al padre Ernesto Tornero, quien -según se dice- en el siglo XVI había dirigido el primer asentamiento religioso en tierras del Río de la Plata. También esta corriente cuenta que la parte militar del asentamiento estaba a cargo del capitán español Álvaro Rodríguez y que sin poder evitarlo, Rodríguez se había enamorado perdidamente de una indígena llamada Marina. Pero parece que Marina era muy codiciada y para colmo de males -para el capitán español- era pretendida por el cacique de la tribu, llamado Rucamará.
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Marina se dejó llevar por el amor que -a contramano de lo que podría pensarse- sentía por su conquistador. La relación del capitán español y la aborigen provocó los celos y la ira de Rucamará.
Tal fue su furia que ordenó un ataque contra el asentamiento. Los españoles no tenían adonde huir. Para evitar lo que sería una matanza, Rucamará reclamó a la joven para sí.
Rodríguez se negaba pero Marina conocía a su cacique. Si no se entregaba, los mataría a todos. A ella y a su amado incluidos.
Así fue que Marina volvió con los suyos y fue tratada como una esposa más de Rucamará pero pronto se convirtió en su favorita. Esta vez los celos letales fueron los de otra de las mujeres del cacique quien, cegada de odio, les dijo a los españoles cómo recuperar el fuerte.
El ataque sorpresa funcionó y los españoles hicieron que los indígenas tuvieran que huir. Pero Rucamará no huyó. El capitán Rodríguez no daba -en medio de la trifulca- con su amada. Hasta que los divisó, al cacique y a la joven, en lo alto de la torre que daba a los acantilados.
El capitán ordenó que bajara, le prometió que si lo hacía le perdonaría la vida pero Rucamará no sabía perder. Tomó a su mujer de la cintura y juntos saltaron a los acantilados.
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Quienes sostienen que esta leyenda es cierta afirman que los fantasmas que pululan por el Torreón no son ni más ni menos que los de los amantes desencontrados. Almas que aún vuelven al lugar en el que se vieron por última vez tratando aún de encontrarse.
Pero, siempre hay un pero. Hay otra versión que echaría por tierra a esta romántica y espeluznante historia.
Se dice que en realidad este relato se hizo conocido por el escritor chileno Alberto del Solar y que la historia fue pedida por encargo por el mismísimo Tornquist para darle al lugar un pasado interesante y que provocara intriga.
Aquí uno se pregunta si el padre Ernesto Tornero existió o si era un nombre parecido a Ernesto Tornquist y por eso lo eligieron para la historia; si Marina amó a su capitán o tomaron el nombre de la historia de amor de Hernán Cortés y su Marina…
Más allá de cuál es la verdad o cuál la fantasía, el Torreón del Monje es una de las visitas ineludibles para quien pasee por Mar del Plata. Animarse a caminar hasta la torre y sentarse a contemplar el mar golpeando contra las rocas bajo esa imponente construcción es una posibilidad para viajar en el tiempo e imaginarse que aquella historia de amor fue cierta y que, un día de estos, los amantes al fin se encontrarán.
El misterioso Asilo Unzué

Si uno llega a Mar del Plata desde el norte, bordeando la Costa, verá una gran edificación en forma de H o mejor dicho, casi se topará con ella, ya que se emplaza justo en una curva frente al mar. Se trata del conocido Asilo Saturnino Unzué, un ícono de la ciudad balnearia.
En 1910, las hermanas Concepción Unzué de Casares y María de los Remedios Unzué de Alvear encargaron la construcción del edificio en honor a su padre, Saturnino Unzué, al arquitecto Louis Faure Dujarric. El asilo para huérfanas, pobres y desamparadas comenzaría a funcionar en 1912.
A partir de entonces, fue cambiando de nombre. En 1948, la Fundación Eva Perón, que asumió el manejo de la institución, lo llamó Hogar Saturnino Unzué y, luego del golpe de 1955, pasó a denominarse Instituto Saturnino Unzué.
Abandonado durante mucho tiempo, en 1997 fue declarado Monumento Histórico Nacional. En 2005 se decidió su restauración y comenzó a concretarse la idea de revalorizarlo y darle una nueva función: la de centro cultural abierto a la comunidad. Desde 2013, alberga exposiciones permanentes y actividades, y fue rebautizado Espacio Unzué.
El centro funciona en la parte remodelada pero un sector del antiguo asilo aún se encuentra en reparación. Esa zona no recibe la visita de turistas y se dice que está totalmente vacía. Aunque hay quienes sienten presencias y ruidos extraños que provienen de este sector, antes destinado al esparcimiento de los internos.
En sus comienzos, cuando la Rambla de Mar del Plata era de madera, el majestuoso asilo albergaba huérfanas que estaban al cuidado de monjas y curas. Se dice que también las familias de la aristocracia enviaban a sus hijas embarazadas y solteras a permanecer allí durante toda la gestación. Se evitaban de esa manera la mancha del buen nombre y los recién nacidos quedaban en el asilo, ingresados como huérfanos, claro. Era una buena manera de hacer como si nada hubiera pasado.
Pero también se dice que en el asilo pasó y pasa de todo.
El mármol, el viento frío soplando desde del mar, un oratorio estilo bizantino, imágenes religiosas, huérfanos y jóvenes de la aristocracia embarazadas ya dan la idea de que detrás de esos muros despellejados por el tiempo se esconden muchas historias.
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Una de ellas ocurrió en 1927. Se cuenta que una de las religiosas fue, como siempre, a rezar al oratorio de la Inmaculada Concepción, parte importante del Instituto. No era algo fuera de lo común encontrar allí a un capellán que iba de vez en cuando al asilo. Se dice también que el hombre violó a la monja en aquel sagrado lugar y que luego la escondió en un túnel subterráneo del Instituto por el que casi nadie andaba.
Al parecer, la monja habría quedado embarazada y habría dado a luz a un bebé, que aún llora todas las noches desde el túnel. Sus chillidos, según cuenta la leyenda, se intercalan con los gritos punzantes de la monja.
La historia fue confirmada por los serenos y algunas de las mujeres que se albergaron en el asilo durante aquellos años. Dicen los cuidadores que por la noche, el clima interno del Unzué cambia. Que la ronda de las tres de la mañana es la peor. Que se escuchan risas de muchachas, cajitas musicales, el chillar de un bebé, puertas que se abren y cierran, camas que se arrastran…

*Fragmentos de Buenos Aires Misteriosa 2 de Diego Zigiotto

miércoles, 4 de julio de 2018

HISTORIAS DE FANTASMAS


Una tradición que se mantuvo durante años en lo que llamábamos la casa de los tíos del campo era esperar que llegara la hora de las historias de fantasmas. Las repeticiones, en vez de molestarnos, nos gustaban. Esperábamos las ligeras variaciones (¿la otra vez no había sido el espíritu de una joven mujer muerta de espera en vez del soldado que no había vuelto del combate?), los detalles nuevos que agregaba el narrador e incluso el sobresalto provocado por un cambio en el tono de la voz, casi un susurro que se convertía de pronto en rugido. Afuera, en la oscuridad cerrada, se abrían puertas en nuestra percepción del mundo.
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Cambiaban, incluso, los narradores. De tíos a primos mayores que nosotros, experimentados en el arte de crear suspenso y, por qué no, de divertirse con la imaginación temerosa de los más chicos, la costumbre perduraba.
Los más jóvenes tenían preferencia por escenas sangrientas y un poco incongruentes, en las que el alma en pena de un asesino serial se quería redimir con más malas acciones. El destino de un hombre seguía siendo el mismo en el más allá. La historia de una cabra carnívora encerraba la metamorfosis de un condenado a muerte y las víboras que evitábamos en el monte llevaban mensajes de un mundo al otro. Al menos eso decían los parientes antes de que nos fuéramos a dormir.
Tal vez por eso la literatura que leíamos en la escuela nos parecía la continuidad respetable de esos episodios nocturnos de cuentos de miedo a la luz del farol de gas (no siempre funcionaba la electricidad en La Invernada). Después de la noche llegaba el amanecer, y luego de los fantasmas venían los héroes de la Ilíada y el Cantar de Mío Ciden versiones adaptadas por la editorial Atlántida. Fantasmas de la guerra de Troya se mezclaban con el pistolero de Coronel Baigorria; Patroclo y la envenenadora de Río Cuarto visitaban sueños y recreos.
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En todos los casos, en la familia y en la escuela, se trataba de fantasmas demasiado evidentes. A medida que pasaban los años, e incluso cuando debíamos reemplazar al narrador de turno (ausente con aviso o ido para siempre de este mundo), desconfiábamos de esas presencias con vestuario y vocabulario propios, con maneras de proceder y de gesticular reconocibles. Parecía que solo les faltaba el DNI o un talonario de facturas para cobrar por susto.
Más tarde aún, y sobre todo gracias a los cuentos de Henry James, fuimos descubriendo que los fantasmas no tenían razón alguna para pasearse por residencias y rutas, ataviados con sábanas o capuchas (en una cruel versión local), ni vociferar o esperar a que oscureciera para entrar en escena. Ni siquiera eran necesarias las escenas. El mal, como si se tratara de un virus, circulaba por medio de conversaciones, de deseos latentes y manifiestos y de historias dentro de historias, como esta que cuento ahora.
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"Los fantasmas de Henry James son muy evanescentes", escribió el gran Italo Calvino sobe el autor de Otra vuelta de tuerca. En uno de los cuentos más sugestivos del escritor norteamericano, "El rincón feliz", el fantasma que el protagonista apenas entrevé es aquel en que él mismo se hubiera convertido si su vida hubiese tomado otro camino.
"En el cuento 'La vida privada' hay un hombre que solamente existe cuando otros lo miran, en caso contrario se disipa, y otro que, sin embargo, existe dos veces, porque tiene un doble que escribe los libros que él no sabría escribir", resume el escritor italiano. A partir de entonces, las historias de fantasmas, como la historia de las monedas o la de la verdad, empezarían a devaluarse y la realidad asumiría el sesgo maléfico con el que aprendimos a convivir de día y de noche.

D. G.