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viernes, 25 de enero de 2019

HISTORIAS DE VIDA Y DE MUERTE,

El nido de amor de Joseph Goebbels sale muy caro
Las autoridades de Alemania estudian qué hacer con la villa de Bogensee, donde el ministro nazi de Propaganda seducía actrices y escribió varios de sus discursos
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Una verdadera papa caliente, es lo que tiene el Gobierno municipal de Berlín, ciudad a la que le pertenece, con el nido de amor de Joseph Goebbels, es una casa campestre a la que el ministro nazi de Propaganda llevaba a sus conquistas para su consumo personal y donde mientras no se dedicaba al sexo escribió algunos de sus más famosos discursos, como el de la guerra total.

La propiedad, abandonada desde el proceso de reunificación alemana hace dos décadas, cuesta una fortuna al erario público, casi un millón de euros de mantenimiento al año, y nadie sabe qué hacer con ella.
Una de las propuestas está venderla, hacer un museo o demolerla. Lo primero presenta el problema de saber quién la compra, igual van y te montan un santuario neonazi o un club de putas para los grupos neonazis que abundan por Europa. Un puticlub en toda regla y todo un problema para Alemania.
Rehabilitarla y convertirla en museo exige, la módica inversión de unos 100 millones de euros, lo cual implicaría hacerlo con mucha sutileza y revivir un pasado que es por demás incómodo en Alemania. 
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En cuanto a derribar la casa que es de lo poco que sobrevivió a la II GM en el área de Berlín, como ha sugerido un miembro del partido socialdemócrata, una opción que cabaría con el problema, aunque parece demasiado drástico.
La villa, responde al suntuoso concepto edilicio típico del jerarca del III Reich con sus gustos caros y una construcción diseñada para impresionar a las visitas, sobre todo a las jóvenes actrices que eran la especialidad del depredador doctor Goebbels, es uno de los pocos edificios de los nazis que se conserva intacto, el equivalente de Goering, el famoso Carinhall, fue volado, con todos los poco agradables recuerdos que ese lugar despertaba.
Se alza a quinientos metros del pequeño y placentero lago de Bogen, cerca de Wandlitz, en el Estado de Brandeburgo, a unos 15 kilómetros al norte de la ciudad de Berlín. Allí decidió tener un lugar de refugio, un retiro y, por decirlo claro, un picadero el lujurioso del ministro, que era bajito, no pasaba del metro y medio y que adema era cojo, pero actuaba como si fuera la reencarnación del mismísimo Casanova.
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Lo hacía usando el poder que le proporcionaba ser uno de los grandes jerarcas nazis y el responsable del cine alemán, algo que le permitía hacer unos castings especial en sofás especiales con la esvástica grabada..
Para que los visitantes no tuvieran dudas de en dónde se metías, las Haus am Bogensee, es una villa que contaba no solo con amplias instalaciones, incluidas 70 habitaciones (con cama grande, imagino), un cine privado y un impresionante comedor (aunque a Goebbels no le importaba nada la comida), además con un barracón anexo para una unidad especial de las SS, que para algunas mujeres era toda una incitación al romance, debido a sus vistosos uniformes diseñados por Hugo Boss.
La casa se la obsequió a Goebbels para su uso en 1936 la administración de Berlín por el 39º cumpleaños del jerarca, que también era el Gauleiter, el jefe regional del partido.
La célebre Ufa, los estudios cinematográficos Universum Film Ag, convertidos por los nazis en una sociedad estatal, se encargaba de cofinanciar los gastos, que también pagaba el Ministerio de Propaganda.
Tras la guerra, la administración militar soviética se hizo cargo de la casa y luego pasó a la Asociación de la Juventud Libre de Alemania del Este, aunque no parece que fuera un sitio muy edificante.
Goebbels fue muy feliz allí, a su manera de nazi, concurrir a este lugar le permitía escapar por elevación de su rutina familiar con su esposa Magda y de sus 6 hijos, chicos que no tendrían demasiado futuro, fueron envenenados por sus padres en el bunker, luego del suicidio de Hitler.
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El ministro, que poseía otras casas, además de yates y coches de lujo, era un as del sector inmobiliario, lo que era fácil para él, sobre todo cuando tenia a su disposición mucho patrimonio judío a precio de saldo, pero además era una persona que cautivaba a las mujeres.
Él, que padecía un trastorno narcisista compulsivo, según Longerich ("no tengo tiempo para entregarme del todo a las mujeres, misiones mayores esperan de mí", escribió en su diario), achacaba su éxito a sus dotes de seductor, pero tenía más que ver con que es difícil resistirte a un amigo de Hitler, aunque sea un cardo y el personal femenino del ministerio lo apode (por lo bajo) "la cabra cachonda".
La carrera de mujeriego de Goebbels se frenó un poco con la guerra, una de las pocas buenas que trajo el conflicto, dado que sus obligaciones comunicacionales de la guerra, calmaron sus ánimos de Casanova, además en 1938, Hitler le llamó la atención por su romance pasado de rosca con la actriz checa de 21 años Lída Barrova, algo que ocurrió en plena crisis de Checoslovaquia, por tanto parecía poco adecuado que un ministro alemán se anexionara sus propios Sudetes.
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Pero lo principal fue que Magda, su esposa, tenía una relación muy intensa con Hitler que llegaba hasta donde permitía y dijo basta y amenazó con divorciarse, lo cual hubiera provocado un gran escándalo.
Goebbels siguió yendo a Bodensee hasta que decidió fijar su residencia definitiva en el búnker de la Cancillería.
Tambien existe la idea de hacer en la antigua villa del ministro un hotel o un spa, pero la inversión será considerable.

miércoles, 12 de diciembre de 2018

HISTORIAS DE VIDA Y DE MUERTE,


Un artículo de Eduardo Anguita y Daniel Cecchini 
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que cuenta la historia de Julio Ricardo Villanueva, el brutal matón que respondía a José López Rega.
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Habían pasado pocos minutos de las cuatro de la tarde del 27 de noviembre de 1973 y el sol pegaba fuerte cuando un hombre joven se acercó a la pareja -también joven – que esperaba el tren con destino a Retiro en el andén de la estación San Miguel, en el oeste del Gran Buenos Aires.
-¡Así que vos andás con mi mujer, hijo de puta! – gritó el hombre joven, y ese grito hizo que muchos de los transeúntes se dieran vuelta y pudieran ver con claridad lo que sucedió a continuación, justo cuando el tren de detenía en la estación.
Vieron que el hombre joven llevaba un arma corta en la mano derecha y que la mujer intentó interponerse entre él y su acompañante; vieron cómo el hombre le disparaba tres balazos seguidos a la mujer y que esta caía sin un grito; vieron cómo después le pegaba otros siete tiros al hombre, que aún no había logrado reaccionar, y que éste también caía sobre el andén; y vieron cómo el agresor se alejaba a la carrera y que otro hombre lo esperaba a poca distancia y corría junto con él, como cubriendo su retirada.
Para utilizar la terminología de los diarios de la época, de no ser por una circunstancia fortuita, la identidad de las víctimas y del agresor, y de la primera y única declaración del asesino ante el juez, el hecho habría pasado por “un crimen pasional”, uno más entre los tantos que se podían leer en las páginas de la sección Policiales.
El hombre murió antes de caer al piso, la mujer agonizó unas horas en el Hospital de San Miguel. Se trataba de un matrimonio.
La mujer era Nélida “Chiche” Arana, militante de la izquierda peronista, el hombre era su marido, Antonio Deleroni, de 31 años, abogado de presos políticos y uno de los dirigentes más conspicuos del Peronismo de Base. Venían de comer junto con otros militantes en el restaurante “La Positiva”, que estaba a pocos metros de la estación donde los sorprendió la muerte.
Deleroni no era un “blanco” cualquiera en aquellos tiempos. Se había fogueado desde muy chico en la Resistencia Peronista. En 1959, a los 17 años había participado en la huelga general del Frigorífico “Lisandro de la Torre”.
Mientras trabajaba estudió en la Facultad de Derecho, donde se integró a la primera Juventud Universitaria Peronista a través de ANDE (Agrupación Nacional de Estudiantes).
Una vez recibido se había sumado al cuerpo de abogados de la CGT de los Argentinos y se dedicó a la defensa de presos políticos y gremiales.
Paralelamente, militaba en el Peronismo de Base y en las Fuerzas Armadas Peronistas – 17 de Octubre (FAP-17). Para noviembre de 1973 había recibido numerosas amenazas de muerte, precisamente uno de los temas que se habían discutido en el almuerzo del que acababa de salir.
A pesar de que había una comisaría a menos de cien metros de la estación, no se vio a ningún policía de la Bonaerense en las inmediaciones. Ni cuando sonaron los tiros ni después.
Pero una casualidad hizo que el asesino no pudiera escapar como parecía estar planeado. En el tren que se detuvo en el andén en el momento en que sonaron los disparos viajaba un agente de la Policía Federal.
Pese a que estaba de franco, saltó del vagón y persiguió al agresor y a su cómplice, que se separaron. Mientras el otro hombre huía, el asesino, al verse alcanzado y pese a tener todavía el arma cargada -una pistola 9 milímetros, con cargador de 13 balas -, se entregó sin oponer resistencia.
-Vas a ver que no duro nada preso – le dijo al policía cuando lo llevaba detenido.
Fue identificado como Julio Ricardo Villanueva, de 27 años, soltero -es decir, no podía sostener la coartada “hijo de puta, estás saliendo con mi mujer”, de ocupación custodio del Ministerio de Bienestar Social de la Nación, por entonces a cargo de José López Rega.
En su declaración ante el juez, Villanueva dijo que pertenecía a la “Agrupación Peronista 20 de Noviembre” y le explicó a su señoría que era un “depurador de marxistas dentro del Movimiento Peronista” y que, al matar a Deleroni y a su mujer, no había hecho otra cosa que “actuar según las directivas del ‘Documento Reservado’ del Consejo Superior Justicialista”.
El 2 de octubre de 1973, poco menos de dos meses antes de los asesinatos de Nélida Arana y Antonio Deleroni, el matutino La Opinión, dirigido por Jacobo Timerman, reprodujo en su portada el texto completo de un “Documento Reservado” del Movimiento Nacional Justicialista que contenía instrucciones a sus dirigentes para que “excluyeran todo atisbo de heterodoxia marxista”. Pocas horas después, en su quinta edición, el diario Crónica, de Héctor Ricardo García, también lo reprodujo.
Según La Opinión, el documento había sido leído en una reunión realizada el día anterior en la Quinta de Olivos, de la que habían participado el presidente provisional, Raúl Lastiri; el presidente electo, Juan Domingo Perón -que asumiría su cargo diez días más tarde -; el ministro del Interior, Benito Llambí; el de Bienestar Social, José López Rega; el senador Humberto Martiarena -encargado de la redacción final del texto-, y todos los gobernadores peronistas.
El documento -firmado por Juan Domingo Perón – señalaba que el asesinato del secretario general de la CGT, José Ignacio Rucci, ocurrido el 25 de septiembre de 1973, marcaba “el punto más alto de una escalada de agresiones al Movimiento Nacional Peronista, que han venido cumpliendo los grupos marxistas terroristas y subversivos en forma sistemática y que importa una verdadera guerra desencadenada contra nuestra organización y contra nuestros dirigentes”.
A continuación, decía que ese “estado de guerra” debía ser enfrentado y que obligaba “no solamente a asumir nuestra defensa, sino también a atacar el enemigo en todos los frentes y con la mayor decisión. En ello va la vida del Movimiento y sus posibilidades de futuro, además de que en ello va la vida de sus dirigentes”.
Entre las directivas para llevar adelante esa guerra, había una que causó profunda preocupación a varios de los gobernadores presentes.
Decía: “Medios de lucha: Se utilizará todos los que se consideren eficientes, en cada lugar y oportunidad. La necesidad de los medios que se propongan, será apreciada por los dirigentes de cada distrito”.
El documento que, como indicaba su título era “reservado”, no debía trascender, pero uno de los gobernadores, profundamente preocupado por su contenido, se lo entregó a un periodista de La Opinión.
-Esto significa dar piedra libre a los comandos de la muerte – le dijo y le pidió que no revelara su nombre.
Luego de la filtración, el gobierno negó durante tres días la existencia de esa “orden” hasta que la evidencia no le dejó otra opción que reconocerla.
Cuando trascendió el documento -a pocos días del inicio del tercer mandato presidencial de Perón – la ofensiva del ala derecha del movimiento peronista contra los sectores radicalizados ya estaba desatada. Sin embargo, todavía había dos posiciones sobre cómo “resolver el problema de la infiltración marxista”.
En su trabajo sobre “la depuración ideológica del peronismo”, el historiador Hernán José Merele -quizás quien más profundamente ha abordado el tema – la describe así: “La primera era sostenida por Perón y tenía en el general (RE) Miguel Ángel Iñíguez –por entonces jefe de la Policía Federal- a su principal aliado; la segunda –que fue consolidándose hacia fines de 1973 a partir del impulso dado por el ministro de Bienestar Social, José López Rega– planteaba, en cambio, una opción policial/parapolicial de represión ilegal.
Estas discusiones, presentes desde el retorno del peronismo al poder, se profundizaron entre fines de 1973 y principios de 1974, y nos permiten apreciar, por un lado, el peso que fue adquiriendo con el correr de los meses la línea interna ligada al ministro de Bienestar Social, conocida como ‘lopezrreguismo’, hasta que alcanza su mayor nivel de poder con la muerte de Perón y la asunción presidencial de Isabel”.
El atentado que se cobró la vida de Rucci -de cuya autoría el gobierno acusó a Montoneros, de lo cual nunca se hicieron cargo, pese a las evidencias de que efectivamente fue un comando de Montoneros quien lo asesinó-, el 25 de septiembre de 1973, y el copamiento de la guarnición militar de Azul por parte del ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), el 19 de enero de 1974, -de lo cual el ERP nunca se autocriticó- fueron dos de los argumentos principales utilizados por López Rega para inclinar la balanza y desarrollar su estrategia de represión ilegal, a través de grupos parapoliciales, para “depurar al movimiento”.
Su instrumento sería la Alianza Anticomunista Argentina o Triple A, que organizó con la colaboración del jefe de la Policía Federal, Alberto Villar, y armas compradas con fondos que desviaba del Ministerio de Bienestar Social, donde Julio Ricardo Villanueva -el asesino de Antonio Deleroni y Nélida Arana – trabajaba de “custodio”.
Después de declarar ante el juez que era un “depurador de marxistas dentro del Movimiento Peronista” y que al matar a Deleroni y Arana estaba actuando según “las directivas del ‘Documento Reservado’ del Consejo Superior Justicialista”, Julio Ricardo Villanueva pasó unos pocos días detenido en una comisaría.
Tal como le había dicho al agente de la Policía Federal que lo detuvo, no “duró nada” preso. No hubo más diligencias judiciales sobre el caso y meses más tarde el expediente desapareció misteriosamente.
El velatorio de Antonio Deleroni y Nélida Arana, en la Unidad Básica 17 de Octubre de General Sarmiento de la cual habían sido fundadores, congregó a miles de personas, entre dirigentes políticos y gremiales, compañeros de militancia y vecinos del barrio.
El dirigente de la Federación Gráfica, Raymundo Ungaro, otro histórico de la Resistencia Peronista, fue el encargado del discurso final. “Era uno de esos militantes que despliegan su actividad en todas las formas posibles. Él lo hacía desde su profesión en la defensa desinteresada a los presos políticos y desde la tarea del barrio a través de la Unidad Básica 17 de Octubre. Cuando le preguntamos qué iba a hacer en ese local nos respondió: ‘La Básica va a ser una verdadera casa peronista donde los compañeros del barrio puedan reunirse a discutir, a decir lo que realmente piensan. Esa es la única forma posible de llevar adelante la organización, desde abajo, sin claudicaciones, hasta la victoria final'”, lo despidió.
Después, más de dos mil personas acompañaron los restos de Deleroni y Arana hasta el Cementerio de San Miguel.
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Del Julio Ricardo Villanueva, el pistolero de López Rega que “depuraba de marxistas” al peronismo, nunca se supo nada más.

viernes, 20 de octubre de 2017

HISTORIAS DE VIDA Y DE MUERTE

Rolando Barbano
PERIODISTA ESPECIALIZADO EN POLICIALES



A todas les arruinó la vida.
Y todos sabían que lo haría, porque ya había estado preso por el mismo delito, había salido, lo habían encarcelado otra vez por un nuevo ataque y lo habían puesto otra vez en la calle.
Pero, claro, no le habían avisado a nadie.
Antes de esto, J.M.G. estudiaba, trabajaba cuidando a una señora mayor tres veces por semana y tenía novio.
Después de esto, todo lo normal se acabó.
“Dejé a mi novio. No pude seguir trabajando, ni estudiando. Al poco tiempo yo no quería salir de mi casa, ni ver a nadie”, le contó a la Justicia.
“Un año estuve encerrada. A mi novio le pedí que no me llame más. Vivía con mis papás, mi hermano más grande y mi hija, que cuando pasó esto tenía tres años… Pero después de esto yo empecé a consumir cocaína. Antes nunca me había drogado, fue después de esto”, explicó. “Empecé a desaparecer de mi casa, a mi hija la dejaba con mi mamá…”.
Esto la arruinó.
“Mientras estuve encerrada por un año estuve en tratamiento. Pero al tiempo el psicólogo me invitó a salir y abandoné el tratamiento”.
Pasaron diez años desde aquel día.
“Sigo teniendo recaídas, es algo que no está cerrado hasta el día de hoy”, dijo en el juicio que acaba de concluir. “He podido entablar otras relaciones, pero por poco tiempo”.
A ella, Domingo Alberto Corillano la atacó el 31 de agosto de 2007. Era la una de la madrugada y J.M.G. venía alterada porque había discutido con su novio y había decidido irse de su casa de forma intempestiva.
Pero no tenía plata suficiente, así que sólo le alcanzó para ir en remís a una parada de colectivo, en La Plata.
El violador llegó antes que el micro.
Corillano le puso un revólver en la panza, la agarró del pelo y la metió por el agujero de una ligustrina. Ella se aferraba al bolso donde llevaba los libros de la facultad, hasta que se dio cuenta de que no era un robo.
El violador, que ya había estado preso por este delito, le tapó los ojos con un cuello de polar, la obligó a practicarle sexo oral dos veces y la penetró.
Después la hizo chuparle todo el cuerpo.
“Tenía olor feo, como a suciedad, como que no estaba bañado…”, recordó J.M.G.
Antes de esto, C.G.Z. creía en el amor y en muchas otras cosas bellas.
Después de esto, prefiere que no la amen.
“Cargar con una violación es lo peor que te puede pasar”, sentenció ante los jueces. “Pero si me rendí en el momento fue para poder seguir viva. Ahora me cuesta caminar por la calle”.
Lo más cotidiano empezó a parecerle insufrible. “Veía gente que se abrazaba y a mí me daba miedo”, indicó. El amor se le hizo imposible.
“Volver a tener relaciones me costó muchísimo, porque las primeras veces que me tocaban yo lloraba. Con los años me hice una coraza muy grande con lo que es el cariño. Siempre prefiero que no me quieran y lo estoy laburando en terapia. Me quedó el amor por allá atrás…”.
Nada es fácil ahora. “Intenté seguir con todo. Seguí estudiando, luego dejé y el año pasado retomé”, agregó. Pasaron nueve años.
A ella, Domingo Alberto Corillano la atacó a las cuatro del 26 de octubre de 2008, cuando volvía de una cena con amigos de City Bell y caminaba hacia la casa de su novio: la agarró del pelo y la llevó a los golpes hasta una zanja, donde le puso un cuchillo en el cuello y una bufanda en los ojos, para luego ahorcarla.
“En un momento no pude más y me rendí”.
Contó que mientras la obligaba a practicarle sexo oral y la violaba sentía que pasaban personas caminando: “Pero la gente no se involucra y eso me dolió mucho también”.
Llegó a lo de su novio y éste salió a la calle en calzoncillos con un palo en una mano. No encontró al violador, pero sí vio su auto: un Ford Falcon beige.
Al rato lo volvió a ver, cuando regresó a la escena del delito. Eso le bastó para retener la terminación de la patente: 474.
Antes de esto, K.F. era una mujer independiente, que había dejado su pueblo para irse a estudiar a La Plata.
Después de esto, no puede caminar sola.
“Cuando salí de hacer la denuncia en la comisaría, me quedé una semana en lo de una amiga, porque no podía dormir. Estaba todo el tiempo despierta, no podía sacarme la imagen de la situación. Volví a los dos o tres días al lugar para verlo y entonces reconocí bien cuál había sido el árbol donde pasó esto. No fui nunca más”, contó K.F.
“No podía salir sola. Todo el tiempo que caminaba por la calle, siempre pensaba que había alguien atrás que me perseguía. Me quedó esa sensación de que se me puede aparecer alguien en cualquier momento. Eso me duró dos años. Actualmente, si ando de noche, siempre le pido a alguien que me acompañe”.
“Yo de noche no puedo andar sola”.
A ella, Domingo Alberto Corillano la atacó a las 2 de la mañana del 10 de septiembre de 2009, cuando volvía de festejar su primer aniversario de novia con un ramo de rosas en una mano.
Caminaba rumbo a Plaza Moreno y entonces el violador la llevó a la rastra hasta el parque del Ministerio de Educación bonaerense, donde la manoseó contra un árbol.
“Yo sentía su respiración y que balbuceaba cosas. Entonces me dije: ‘Dios mío, que pase lo que tenga que pasar, pero que pase ya’. Cerré los ojos y de repente noté que una luz potente me alumbraba”, recordó. Era un patrullero.
Los dos salieron corriendo. Ella llegó a la Plaza Moreno y ahí temió que el abusador la recapturara. Regresó y se encontró con los policías, que acababan de detenerlo.
Insólitamente, nadie unió todos los hechos, se lo trató como un caso de “flagrancia” y a las pocas horas liberaron a Corillano.
Ni siquiera repararon en sus antecedentes. Entre 1973 y 1991, Domingo Alberto Corillano había estado preso por 13 casos de abuso sexual. En 1998 había sido condenado por una tentativa de violación. En 2002 lo habían soltado, para que siguiera depredando.
Y lo hizo.
Antes de esto, J.C. tenía un futuro enorme.
Después de esto, perdió hasta el trabajo.
“Estuve un mes sin poder salir de mi casa. Me había mudado hacía poco y trabajaba en un estudio de diseño. Por un mes no pude ir a trabajar. Cuando volví, no podía hacer nada. Yo trataba de concentrarme, pero no podía. Mi jefe me dijo que no podía seguir manteniéndome el sueldo y me despidió”, explicó. “En 2006 había empezado la carrera de plástica. Cursaba cuarto año cuando me pasó esto. No pude seguir”.
“Tener que ‘entrar adentro mío’ era muy doloroso y yo no lo podía sostener”.
“Estaba de novia y se hizo insostenible. Decidimos que no podíamos seguir. Después pasé un año sin poder tener relaciones. Me fui a vivir a Chile y conocí al papá de mi hijo. Yo sentía la necesidad de tener un hijo, pero la relación no funcionó”, recordó. “De ahí en más, estuve seis años sin poder tener relaciones. Sigo teniendo miedo. Me volví una persona depresiva y siempre se me cruza la idea de no vivir más. El tomar esa decisión drástica está siempre presente”.
A ella, Domingo Alberto Corillano la atacó en la noche del 21 de enero de 2009 en City Bell, apenas bajó de un micro.
La vendó con una bufanda, la llevó al jardín de una casa y abusó de ella. Como estaba en pleno período, optó por obligarla al sexo oral.
Antes de esto, S.Y.H. trabajaba y tenía novio.
Después de esto, murió por falla cardíaca.
“Antes del hecho, mi hija tenía una vida normal, trabajaba, tenía pareja”, contó su padre en el juicio. “Después de esto fue otra cosa para todos. Nada fue igual. Antes ella era imparable y muy laburadora. Después de esto, fue otra persona, otra hija. Murió tres años después”.
A ella, Domingo Alberto Corillano la atacó el 25 de marzo de 2009, cuando volvía de comprar cigarrillos: la amenazó, la llevó a un garage, tapó sus ojos con una bufanda y la violó.
“Tenía olor a viejo, tenía como la piel salada, como sucio”, dijo ella al hacer la denuncia.
Su papá señaló en el juicio que, después de esto, empezó a agitarse al caminar, le hicieron estudios y surgió que tenía un problema en el corazón, pese a que recién había cumplido 24. “A los tres años quedó embarazada, tuvo una nena y a los siete meses, en 2012, se murió por el tema del corazón”.
En abril de 2009 detuvieron a Corillano, salió en los diarios y apareció una nueva víctima, que había sido abusada antes que las otras y lo había denunciado, sin que la ayudaran.
Antes de esto, M.G. tenía una familia.
Después de esto, se quedó sola y no pudo ni llorar por eso.
“Bajé diez kilos, llegué a pesar 47. Sentía que no podía ir a ningún lado. Mi vida íntima cambió. Tengo un hijo al que le oculto que estoy acá, en el juicio. En mi trabajo, me afecta ocultar todo esto. Y no volví a llorar desde que pasó esto. Me conmuevo hasta un punto, pero no puedo llorar. Murió mi papá y no pude llorar”.
“Mi marido no pudo manejar lo que me pasó. No quería escucharme y yo tenía necesidad de hablarle. Decidí separarme”.
A ella, Domingo Alberto Corillano la atacó el 17 de noviembre de 2004, cuando salía de cenar de la casa de una amiga y recorría a pie las cinco cuadras que la separaban de lo de sus padres. La obligó a practicarle sexo oral y ella tuvo la entereza de escupir el resultado sobre su propio pantalón, para conservar la prueba.
Resultaría decisivo para vincular los casos.
DOMINGO ALBERTO CORILLANO; ASESINO Y VIOLADOR

“Cinco años después, leí en el diario que una persona había sido detenida y fui a la Policía”, describió. Era abril de 2009: se paró ante Corillano y lo reconoció en rueda de presos. También identificó su voz en otra pericia.

El ADN que había conservado dio positivo.
Al ser arrestado en el taller mecánico de Ringuelet donde trabajaba, Corillano tenía 54 años y un Ford Falcón beige cuya patente terminaba en 474, tal como recordaba el novio de una de las primeras víctimas. Además escondía en su casa bufandas y medibachas, por lo que bautizaron el sátiro del can-can.
Hace 15 días, el Tribunal Oral 4 de La Plata lo condenó a 38 años de cárcel. En 8 cumple 70 y puede acceder a la prisión domiciliaria.