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miércoles, 2 de mayo de 2018

LA PÁGINA DE JORGE FERNÁNDEZ DÍAZ


En artículo de Rolando Barbano que retrata la increíble historia del italiano Carlo Ponzi, creador de la estafa que inspiró a Bernard Madoff y de Enrique Blaksley.


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Llegó a los Estados Unidos con dos dólares y medio en efectivo y un millón en esperanzas.
En menos de 20 años lograría igualar ambas cuentas y poco después pesaría 200 veces más billetes que lo que había soñado.
Y todo gracias a su gran invento: el truco de robarle a Peter para pagarle a Paul. El mismo que según la Justicia habría utilizado Enrique Blaksley Señorans para quedarse con al menos 550 millones de pesos de más de 2.000 ahorristas argentinos. Y el que le permitió a Bernard Madoff hacerse con más de 65 mil millones de dólares desde su firma de inversiones de Wall Street.
Nadie tiene muy claro dónde nació Carlo Pietro Giovanni Guglielmo Tebaldo Ponzi, aunque la versión más aceptada indica que lo hizo el 3 de marzo de 1882 en Lugo, en la provincia italiana de Ravenna, en una casa pobre desde donde decidieron enviarlo a buscar futuro al Nuevo Continente antes de que cumpliera 20 años.
Tardaría mucho en regresar. En 1903 desembarcó del SS Vancouver en Boston, Massachusetts, con menos de lo que había previsto debido a su mala suerte en los juegos de cartas de a bordo. Apenas pudo perder unas horas antes de tomar el primer empleo que se le puso al alcance, como lavaplatos en un restorán.
Pese a su alergia crónica por el trabajo, al tiempo logró progresar y convertirse en mozo. Sin embargo, lo que pronto se revelaría como una obsesión por el dinero fácil lo acabaría traicionando: su jefe descubriría que se quedaba con un porcentaje del vuelto de cada cliente que atendía.
Un par de trabajos eventuales más lo convencieron de la necesidad de buscar otro escenario. En 1907 se mudó a Montreal, Canadá, y consiguió un puesto en el banco creado por un compatriota llamado Luigi Zarossi, el Banco Zarossi, en el que se encontraría con una revelación.
“Louis” Zarossi tomaba depósitos bajo la promesa de devolverlos con un 6% de interés, el doble de lo que ofrecía el mercado. El único detalle era que esos intereses los pagaba con el dinero que aportaban los nuevos clientes, en su gran mayoría inmigrantes italianos, y que en realidad no había inversión alguna, por lo que no había otro final posible más que una fuga con el grueso del capital obtenido.
Un día Zarossi escapó rumbo a México, con la bolsa llena y la familia abandonada en la indigencia. Para todos fue un escándalo, pero para Carlo Ponzi sería una revelación en el largo plazo. En el corto se había quedado desempleado y sin un centavo, por lo que tomó la decisión de hacerse con la chequera de una empresa que tenía cuenta en el banco y emitir un cheque a su favor.
Mucho menos hábil que Zarossi, Ponzi fue descubierto, arrestado y condenado a tres años de prisión. En 1911 lo liberaron y se volvió a Estados Unidos, donde tardó demasiado poco en volver a bailar con el delito: se asoció a una red de compatriotas que traficaban inmigrantes ilegales italianos hacia ese país. Lo descubrieron demasiado pronto y le dieron una condena a dos años de cárcel.
Al salir de prisión, decidido a no volver a una celda pero sin mucha convicción para evitarlo, se entregó al siempre espinoso camino de los sentimientos: se casó con Rosa Grecco, la hija de un hombre acaudalado.
Durante un tiempo pudo vivir la vida que soñaba, la de hacer nada con mucho dinero de otro, pero al tiempo se vio enfrentado a la disyuntiva de ser expulsado por su suegro o entregarse al mundo del trabajo.
Fue trabajo, pero en sus propios términos. Le pidió plata a su suegro para alquilar una oficina en el edificio Niles de Boston, le pidió más plata a su suegro para los muebles y le pidió más plata aún para difundir su idea de hacer una guía impresa de comercio exterior.
El resultado fue peor que malo. Las empresas se abalanzaron ante su invitación a publicitar sus negocios en la guía, pero sólo para escaparle rápido. Los meses pasaron sin variantes y la paciencia y los fondos del suegro se fueron agotando.
El día en el que todo cambiaría, los dueños de los muebles de la oficina de Ponzi avisaron que pasarían a retirarlos por falta de pago. Harto de resistir, antes de entregarlos el italiano se puso a revisar los pocos papeles que tenía en los cajones del escritorio cuando se encontró con una carta enviada por una empresa de España que le enviaba un cupón postal destinado a cubrir los costos de una eventual respuesta por medio del correo.
Era la clave.
Ponzi miró el cupón con desinterés hasta que se dio cuenta de que escondía la llave de su destino. Era del sistema conocido como Cupón de Respuesta Postal Internacional (International Reply Coupon, IRC), una suerte de sello que podía ser cambiado en cualquier oficina de correos por la cantidad de estampillas necesarias para pagar el envío de una respuesta por carta.
Y éstas a su vez se podían cambiar por efectivo. Pero la curiosidad no estaba en el sistema, sino en los valores de cambio: el cupón comprado a 30 centavos de peseta en España equivalía a 5 centavos de dólar en los Estados Unidos, lo cual suponía una ganancia del 10 por ciento para quien lo adquiriera en Europa y lo vendiera en América.
La oportunidad que venía buscando estaba allí, frente a sus ojos. Ponzi tomó el cupón y lo canjeó por dinero para confirmar sus cálculos. Tomó el diario y reconfirmó que los cupones tenían una cotización preacordada a nivel internacional.
Entonces supo que lo único que necesitaba para hacerse millonario era inversores que pusieran el dinero para comprar los cupones más baratos en un país y luego venderlos por un valor mayor en el otro.
El resto lo tenía: familiares en Italia -otro país donde se vendían los cupones a precio ventajoso para él- bien predispuestos para salir a comprar los IRC y enviárselos; y un amigo que trabajaba en un transatlántico que unía aquel país con los Estados Unidos, por lo que bien podía llevar y traer dinero y estampillas de un lugar al otro.
Cuando todo estuvo preparado, a falta de un apellido limpio Ponzi creó una empresa para que se encargara del negocio, la Securities Exchange Company, que salió al mercado a ofrecer ganancias del 10% en un plazo de 90 días.
La idea era pedir muy poco dinero a cada inversor, para que ninguno hiciera demasiadas preguntas ni pusiera reparos, y prometer muchos beneficios en poco tiempo como para hacer irresistible la tentación de la apuesta. Lo exótico del negocio hizo el resto: la plata empezó a aparecer, al principio en pequeñas cantidades pero de la mano de una masa entusiasta de inversores.
Ponzi cumplió sus promesas con rigor. En febrero de 1920, el primer mes completo de trabajo, la Securities Exchange Company obtuvo 5.000 dólares. Al mes siguiente eran 30 mil y sesenta días más tarde los ingresos ya sumaban más de 420 mil.
Y llegó la publicidad, pero de la buena, indispensable para estos manejos ayer y hoy. El Boston Post publicó una nota sobre el fenómeno y los candidatos a inversionista comenzaron a hacer cola en la puerta del edificio de Ponzi. La Policía tuvo que armar un operativo especial para ordenar las filas.
A julio de 1920 los ingresos de la firma eran de unos 250 mil dólares por día. Y seguían en aumento.
Entonces fue cuando los diarios se pusieron serios. El Boston Post le encomendó a un experto en finanzas que se pusiera a buscarle el defecto a Ponzi. Lo primero que descubrió el especialista fue un dato intrigante: el italiano invertía el dinero de otros, pero no ponía en riesgo un sólo centavo propio. Es decir, que no parecía confiar en las maravillas del negocio que ofrecía.
El segundo dato fue más complicado: una simple cuenta le permitió darse cuenta al especialista de que, para responder a las inversiones de sus clientes, Ponzi necesitaba comprar unos 160 millones de cupones postales. Pero en el mundo sólo se habían emitido 27.000.
Algo no cerraba.
El diario publicó su investigación y una multitud se reunió frente a las oficinas de Ponzi, pero no para invertir su dinero sino para reclamar el ya invertido. El italiano, carismático, repartió café y facturas y logró calmar a la mayoría. Enseguida, anunció una demanda contra los autores de la nota periodística y aseguró que lo criticaban porque no entendían su fórmula secreta para los negocios.
La publicidad, ahora mala, lo dejó tambaleando. Sobre todo porque atrajo la atención del fiscal general de los Estados Unidos, que ordenó hacerle una auditoría. Ponzi dejó de tomar nuevas inversiones con la excusa de enfrentar el peritaje, pero también dejó de pagar los intereses. El Boston Post descubrió sus antecedentes penales, los publicó y todo se vino abajo.
Se calcula que para entonces el italiano había obtenido unos 20 millones de dólares, una cifra equivalente a unos 225 millones de hoy en día.
Su secreto era el mismo que, décadas más tarde, utilizarían Madoff y, según cree la Justicia, el argentino Blaksley: no había negocio ni inversión, sólo una estafa mediante un esquema piramidal.
El truco consiste en ofrecer ganancias extraordinarias para captar fondos, pagarles los “intereses” prometidos a los primeros inversores con lo que ponen los nuevos y mantener la rueda funcionando para que todos reinviertan sus “ganancias” y generen el boca a boca indispensable para atraer a más y más clientes.
El esquema siempre se cae cuando todos los inversores se presentan al mismo tiempo a reclamar el capital invertido, algo que suele ocurrir en momentos de crisis económica -como le pasó a Madoff en 2008- o en el largo plazo, cuando el autor del engaño ya retiró tanto dinero para provecho propio que no puede afrontar los pagos mínimos.
Nunca se sabría en qué momento Ponzi dejó de comprar los sellos postales y se dedicó directamente a ejecutar su esquema piramidal. Seis bancos quebraron por sus maniobras, que lo obligaron a afrontar un juicio por fraude postal en el que fue condenado a cinco años de cárcel.

LEÍDO POR JORGE FERNÁNDEZ DÍAZ
Salió de la cárcel a los tres y medio, pero sólo para enfrentar 22 cargos por latrocinio (estafa), en tres nuevos juicios. Ya sin dinero, no pudo pagarse un abogado y apostó todo a su encanto personal.
Aún así le dieron una pena a nueve años de cárcel, que eludió durante un tiempo que dedicó a cometer una nueva estafa vendiendo terrenos en Florida que resultaron ser pantanos. Lo descubrieron e intentó huir a Italia en un barco, pero lo atraparon en Nueva Orleans.
Recién en 1934 pudo dejar la cárcel. Consiguió trabajo en una aerolínea italiana y empezó a trabajar en la ruta a Brasil, pero el empleo formal no era lo suyo. Rosa, su esposa, lo había dejado y él terminó viviendo en Río de Janeiro, donde murió solo y pobre el 18 de enero de 1949.
Ese, el solitario final, fue el único capítulo del guión de su estafa que no logró perfeccionar. En cambio sus seguidores, al menos la mayoría de los que se han conocido en la Argentina, siempre han logrado destinar una parte de las ganancias obtenidas a comprar las voluntades necesarias para abreviar la visita a la cárcel y dedicarse a disfrutar del botín con tranquilidad.

viernes, 20 de octubre de 2017

HISTORIAS DE VIDA Y DE MUERTE

Rolando Barbano
PERIODISTA ESPECIALIZADO EN POLICIALES



A todas les arruinó la vida.
Y todos sabían que lo haría, porque ya había estado preso por el mismo delito, había salido, lo habían encarcelado otra vez por un nuevo ataque y lo habían puesto otra vez en la calle.
Pero, claro, no le habían avisado a nadie.
Antes de esto, J.M.G. estudiaba, trabajaba cuidando a una señora mayor tres veces por semana y tenía novio.
Después de esto, todo lo normal se acabó.
“Dejé a mi novio. No pude seguir trabajando, ni estudiando. Al poco tiempo yo no quería salir de mi casa, ni ver a nadie”, le contó a la Justicia.
“Un año estuve encerrada. A mi novio le pedí que no me llame más. Vivía con mis papás, mi hermano más grande y mi hija, que cuando pasó esto tenía tres años… Pero después de esto yo empecé a consumir cocaína. Antes nunca me había drogado, fue después de esto”, explicó. “Empecé a desaparecer de mi casa, a mi hija la dejaba con mi mamá…”.
Esto la arruinó.
“Mientras estuve encerrada por un año estuve en tratamiento. Pero al tiempo el psicólogo me invitó a salir y abandoné el tratamiento”.
Pasaron diez años desde aquel día.
“Sigo teniendo recaídas, es algo que no está cerrado hasta el día de hoy”, dijo en el juicio que acaba de concluir. “He podido entablar otras relaciones, pero por poco tiempo”.
A ella, Domingo Alberto Corillano la atacó el 31 de agosto de 2007. Era la una de la madrugada y J.M.G. venía alterada porque había discutido con su novio y había decidido irse de su casa de forma intempestiva.
Pero no tenía plata suficiente, así que sólo le alcanzó para ir en remís a una parada de colectivo, en La Plata.
El violador llegó antes que el micro.
Corillano le puso un revólver en la panza, la agarró del pelo y la metió por el agujero de una ligustrina. Ella se aferraba al bolso donde llevaba los libros de la facultad, hasta que se dio cuenta de que no era un robo.
El violador, que ya había estado preso por este delito, le tapó los ojos con un cuello de polar, la obligó a practicarle sexo oral dos veces y la penetró.
Después la hizo chuparle todo el cuerpo.
“Tenía olor feo, como a suciedad, como que no estaba bañado…”, recordó J.M.G.
Antes de esto, C.G.Z. creía en el amor y en muchas otras cosas bellas.
Después de esto, prefiere que no la amen.
“Cargar con una violación es lo peor que te puede pasar”, sentenció ante los jueces. “Pero si me rendí en el momento fue para poder seguir viva. Ahora me cuesta caminar por la calle”.
Lo más cotidiano empezó a parecerle insufrible. “Veía gente que se abrazaba y a mí me daba miedo”, indicó. El amor se le hizo imposible.
“Volver a tener relaciones me costó muchísimo, porque las primeras veces que me tocaban yo lloraba. Con los años me hice una coraza muy grande con lo que es el cariño. Siempre prefiero que no me quieran y lo estoy laburando en terapia. Me quedó el amor por allá atrás…”.
Nada es fácil ahora. “Intenté seguir con todo. Seguí estudiando, luego dejé y el año pasado retomé”, agregó. Pasaron nueve años.
A ella, Domingo Alberto Corillano la atacó a las cuatro del 26 de octubre de 2008, cuando volvía de una cena con amigos de City Bell y caminaba hacia la casa de su novio: la agarró del pelo y la llevó a los golpes hasta una zanja, donde le puso un cuchillo en el cuello y una bufanda en los ojos, para luego ahorcarla.
“En un momento no pude más y me rendí”.
Contó que mientras la obligaba a practicarle sexo oral y la violaba sentía que pasaban personas caminando: “Pero la gente no se involucra y eso me dolió mucho también”.
Llegó a lo de su novio y éste salió a la calle en calzoncillos con un palo en una mano. No encontró al violador, pero sí vio su auto: un Ford Falcon beige.
Al rato lo volvió a ver, cuando regresó a la escena del delito. Eso le bastó para retener la terminación de la patente: 474.
Antes de esto, K.F. era una mujer independiente, que había dejado su pueblo para irse a estudiar a La Plata.
Después de esto, no puede caminar sola.
“Cuando salí de hacer la denuncia en la comisaría, me quedé una semana en lo de una amiga, porque no podía dormir. Estaba todo el tiempo despierta, no podía sacarme la imagen de la situación. Volví a los dos o tres días al lugar para verlo y entonces reconocí bien cuál había sido el árbol donde pasó esto. No fui nunca más”, contó K.F.
“No podía salir sola. Todo el tiempo que caminaba por la calle, siempre pensaba que había alguien atrás que me perseguía. Me quedó esa sensación de que se me puede aparecer alguien en cualquier momento. Eso me duró dos años. Actualmente, si ando de noche, siempre le pido a alguien que me acompañe”.
“Yo de noche no puedo andar sola”.
A ella, Domingo Alberto Corillano la atacó a las 2 de la mañana del 10 de septiembre de 2009, cuando volvía de festejar su primer aniversario de novia con un ramo de rosas en una mano.
Caminaba rumbo a Plaza Moreno y entonces el violador la llevó a la rastra hasta el parque del Ministerio de Educación bonaerense, donde la manoseó contra un árbol.
“Yo sentía su respiración y que balbuceaba cosas. Entonces me dije: ‘Dios mío, que pase lo que tenga que pasar, pero que pase ya’. Cerré los ojos y de repente noté que una luz potente me alumbraba”, recordó. Era un patrullero.
Los dos salieron corriendo. Ella llegó a la Plaza Moreno y ahí temió que el abusador la recapturara. Regresó y se encontró con los policías, que acababan de detenerlo.
Insólitamente, nadie unió todos los hechos, se lo trató como un caso de “flagrancia” y a las pocas horas liberaron a Corillano.
Ni siquiera repararon en sus antecedentes. Entre 1973 y 1991, Domingo Alberto Corillano había estado preso por 13 casos de abuso sexual. En 1998 había sido condenado por una tentativa de violación. En 2002 lo habían soltado, para que siguiera depredando.
Y lo hizo.
Antes de esto, J.C. tenía un futuro enorme.
Después de esto, perdió hasta el trabajo.
“Estuve un mes sin poder salir de mi casa. Me había mudado hacía poco y trabajaba en un estudio de diseño. Por un mes no pude ir a trabajar. Cuando volví, no podía hacer nada. Yo trataba de concentrarme, pero no podía. Mi jefe me dijo que no podía seguir manteniéndome el sueldo y me despidió”, explicó. “En 2006 había empezado la carrera de plástica. Cursaba cuarto año cuando me pasó esto. No pude seguir”.
“Tener que ‘entrar adentro mío’ era muy doloroso y yo no lo podía sostener”.
“Estaba de novia y se hizo insostenible. Decidimos que no podíamos seguir. Después pasé un año sin poder tener relaciones. Me fui a vivir a Chile y conocí al papá de mi hijo. Yo sentía la necesidad de tener un hijo, pero la relación no funcionó”, recordó. “De ahí en más, estuve seis años sin poder tener relaciones. Sigo teniendo miedo. Me volví una persona depresiva y siempre se me cruza la idea de no vivir más. El tomar esa decisión drástica está siempre presente”.
A ella, Domingo Alberto Corillano la atacó en la noche del 21 de enero de 2009 en City Bell, apenas bajó de un micro.
La vendó con una bufanda, la llevó al jardín de una casa y abusó de ella. Como estaba en pleno período, optó por obligarla al sexo oral.
Antes de esto, S.Y.H. trabajaba y tenía novio.
Después de esto, murió por falla cardíaca.
“Antes del hecho, mi hija tenía una vida normal, trabajaba, tenía pareja”, contó su padre en el juicio. “Después de esto fue otra cosa para todos. Nada fue igual. Antes ella era imparable y muy laburadora. Después de esto, fue otra persona, otra hija. Murió tres años después”.
A ella, Domingo Alberto Corillano la atacó el 25 de marzo de 2009, cuando volvía de comprar cigarrillos: la amenazó, la llevó a un garage, tapó sus ojos con una bufanda y la violó.
“Tenía olor a viejo, tenía como la piel salada, como sucio”, dijo ella al hacer la denuncia.
Su papá señaló en el juicio que, después de esto, empezó a agitarse al caminar, le hicieron estudios y surgió que tenía un problema en el corazón, pese a que recién había cumplido 24. “A los tres años quedó embarazada, tuvo una nena y a los siete meses, en 2012, se murió por el tema del corazón”.
En abril de 2009 detuvieron a Corillano, salió en los diarios y apareció una nueva víctima, que había sido abusada antes que las otras y lo había denunciado, sin que la ayudaran.
Antes de esto, M.G. tenía una familia.
Después de esto, se quedó sola y no pudo ni llorar por eso.
“Bajé diez kilos, llegué a pesar 47. Sentía que no podía ir a ningún lado. Mi vida íntima cambió. Tengo un hijo al que le oculto que estoy acá, en el juicio. En mi trabajo, me afecta ocultar todo esto. Y no volví a llorar desde que pasó esto. Me conmuevo hasta un punto, pero no puedo llorar. Murió mi papá y no pude llorar”.
“Mi marido no pudo manejar lo que me pasó. No quería escucharme y yo tenía necesidad de hablarle. Decidí separarme”.
A ella, Domingo Alberto Corillano la atacó el 17 de noviembre de 2004, cuando salía de cenar de la casa de una amiga y recorría a pie las cinco cuadras que la separaban de lo de sus padres. La obligó a practicarle sexo oral y ella tuvo la entereza de escupir el resultado sobre su propio pantalón, para conservar la prueba.
Resultaría decisivo para vincular los casos.
DOMINGO ALBERTO CORILLANO; ASESINO Y VIOLADOR

“Cinco años después, leí en el diario que una persona había sido detenida y fui a la Policía”, describió. Era abril de 2009: se paró ante Corillano y lo reconoció en rueda de presos. También identificó su voz en otra pericia.

El ADN que había conservado dio positivo.
Al ser arrestado en el taller mecánico de Ringuelet donde trabajaba, Corillano tenía 54 años y un Ford Falcón beige cuya patente terminaba en 474, tal como recordaba el novio de una de las primeras víctimas. Además escondía en su casa bufandas y medibachas, por lo que bautizaron el sátiro del can-can.
Hace 15 días, el Tribunal Oral 4 de La Plata lo condenó a 38 años de cárcel. En 8 cumple 70 y puede acceder a la prisión domiciliaria.

lunes, 15 de mayo de 2017

DE LA VIDA REAL.....HISTORIAS POLICIALES....ROLANDO BARBANO

ROLANDO BARBANO
Hay amores que hacen volar.
Había intentado dejarlo todo atrás: el despecho, las mentiras, el dolor y las amenazas.
Sin embargo, la sed de venganza lo ahogaba de tal forma que un día decidió tomársela toda de un trago, con los ojos bien cerrados, para no saber cuándo ni a quién se la cobraría.
Recordó que antes, en otra época, practicaba con su viejo. Ponían dinamita en el cerro y abrían camino para que la hacienda bajara a pastar.
“Yo hago volar a los burros”, se reía frente a todo el pueblo, porque de vez en cuando alguno de esos animales se acercaba a curiosear y terminaba por los aires.
Nadie hubiera imaginado que era un ensayo.
El pueblo está en el interior profundo de Catamarca. Se llama Los Nacimientos, tiene 215 habitantes y a dos familias enfrentadas. Una es la suya, la de César Rodríguez, el hijo de José Erasmo y de Pascuala Segunda.
La otra es la de Justina Flores, la mamá de Erika, de Héctor y de David.
La pelea viene de lejos, nacida en una curiosa costumbre adoptada por varios animales de los Flores: desaparecer de su terreno y migrar hacia el de los Rodríguez.
En Los Nacimientos hay poco más que una posta sanitaria. Cuando la tragedia aún no había estallado, una vez por semana los Rodríguez iban hasta la localidad de Santa María, compraban provisiones y luego las revendían a sus vecinos en un pequeño local, el único que ofrecía alimentos en todo el pueblo.
Los Flores, en cambio, preferían viajar 220 kilómetros para ir a hacer sus compras antes que caer en el negocio de sus rivales.
Podrían haber vivido así por siempre. Pero la muerte los aguardaba.
César Rodríguez consiguió trabajo de muy joven en la actividad minera, primero como camionero y luego como operario de máquinas viales. Pasaba semanas enteras en la mina de Farallón Negro, donde hasta tenía asignado un cuarto.
Cuando bajaba de allí, atendía el comercio familiar. Su rutina se mantuvo casi invariable durante los últimos 10 años. Hasta que en 2012 conoció el amor.
Erika era la hija menor de Justina Flores. Tenía sólo 14 años cuando empezó a salir con César, que entonces tenía 31.
La relación fue imposible desde el primer capítulo: la mamá de la adolescente se oponía a que tuviera novio y, más aún, a que fuera alguien tanto más grande. Y, encima, de la familia Rodríguez.
Pero el noviazgo siguió. César empezó a pedirle a Erika que se fuera a vivir con él, pero la mamá no le permitía siquiera salir del hogar. El conflicto fue creciendo y, tras una pelea, la chica decidió escaparse de su casa.
César alquiló una pieza en la localidad de Belén y allá se fueron. Pero Justina no se quedó tranquila: junto a los hermanos de Erika, la buscó por todos lados.
Hasta que un día de agosto de 2012 se la encontró en una plaza. La mujer fue a la comisaría local, denunció al novio de la chica por abuso sexual de menores y logró que detuvieran a la pareja.
Se inició una causa penal que, insólitamente, no avanzó. Pero al menos logró convencer a Erika de que dejara a César y regresara a casa.
El hombre enloqueció. Se obsesionó con la adolescente y comenzó a perseguirla para que volviera con él. Le ofreció casamiento y una vida nueva, lejos de allí.
Cuando vio que no tenía grandes chances, se acercó a su amiga Estefanía para intentar que ella la convenciera. Como la cosa no funcionaba, la tentó con conseguirle trabajo en la mina si tenía éxito.
La chica intentó ayudarlo, pero todo fue para peor. A mediados de 2013, los reunió en su casa de Los Nacimientos. Como Erika amagó con irse, le quitó el celular y la dejó encerrada en una habitación junto a César. Ahí empezaría a escribirse el final del drama.
Los exnovios tuvieron una discusión. Ella se enojó mucho por la trampa en la que había caído y él le insistió con que regresara a él. “Me voy a vengar de esto”, le gritó Erika.
“Yo me voy a vengar más, porque te voy a quitar a cualquiera de tu familia”, le habría respondido César. “A tu vieja, a tu hermano…”, habría puntualizado, antes de intentar forzarla a tener sexo.
Erika escapó, sin saber lo que vendría.
En la mañana del 26 de septiembre de 2013, Justina Flores (65) se despertó más temprano que de costumbre.
Uno de los hermanos de Erika la llevó en moto hasta la ruta 40 y allí se tomó el colectivo que une Los Nacimientos con Santa María.
Llegó a las 9, pagó unas boletas, compró provisiones para toda la familia y después fue hasta una casa que alquilaba en esa localidad. Tenía que buscar maíz y afrecho para unos animales que tenía en el pueblo.
Su plan era volverse en el micro de las 13, por lo que un rato antes salió de la propiedad para ir a la terminal. Tuvo suerte: justo pasaba un remís por la puerta y logró hacerle señas para que se detuviera.
El chofer era Neri Ángel Santos, un muchacho de 26 años, hijo de una familia pobre y único sostén de sus padres.
Justina le pidió que metiera su coche -un Volkswagen Polo- en la entrada de autos y que la esperara allí, mientras ella buscaba adentro todas las bolsas que tenía que cargar hasta la terminal.
El remisero no se quedó ahí: bajó y se dispuso a ayudarla.
Sería lo último que haría antes de volar por los aires.
La explosión sacudió a medio Santa María. Lo primero que se encontraron los rescatistas que llegaron a la casa fue a Neri tirado entre su auto y otro coche que había dentro del garage, un Ford Fiesta.
Estaba boca arriba, muerto y mutilado: había perdido hasta los ojos. A sólo 80 centímetros de él estaba el cuerpo de Justina, boca abajo y con el cuerpo desgarrado.
El cielorraso del garage había caído, parte de una ventana había estallado y las paredes lucían daños. Dentro y fuera de los cadáveres había trozos de hierro de 6 milímetros de diámetro y entre 1 y 2 centímetros de largo.
Una bomba tipo vietnamita, de las que arrojan pedazos de metal como proyectiles al estallar, había explotado entre ellos.
La Policía tardó apenas unas horas en ir a detener a César Rodríguez. Se lo llevaron preso y al día siguiente allanaron su casa, donde encontraron tres cartuchos de gelignita -un explosivo gelatinoso- marca Gelamón 65%, manufacturado por la Fábrica Militar de Explosivos de Villa María; distintas herramientas y un cuaderno “Éxito” de espiral en cuyas páginas cuadriculadas había dibujado el diagrama de un circuito electrónico.
El material explosivo hallado en la casa de César, se comprobaría luego, era el mismo que se utilizaba en la mina de Farallón Negro.
Para los investigadores no hacía falta más pruebas, pero el acusado interpuso una coartada sólida: había estado trabajando en la mina toda la semana previa y recién había salido de allí a las 9 de la mañana del día de la explosión.
Luego había estado atendiendo el negocio familiar hasta el mediodía -donde lo habían visto varios testigos- y había almorzado con sus padres, siempre en Los Nacimientos. Es decir, a 110 kilómetros del lugar del doble crimen.
Sin embargo, pronto los peritos lo pusieron en aprietos.
Los especialistas indicaron que lo que había matado a Justina y a Neri había sido una trampa explosiva: una bomba colocada dentro de una caja de herramientas de plástico, dejada por alguien sobre el capó del Ford Fiesta estacionado en el lugar, que se había activado al ser tocada por Justina.
El testimonio de la novia de uno de los hijos de la víctima lo terminó de complicar.
La joven contó que había pasado por la casa del estallido siete días antes y que había visto la caja depositada sobre el capó del Ford Fiesta.
El detalle le había llamado la atención, pero había olvidado comentarlo con el resto de la familia.
Para la Justicia, César Rodríguez había ido el 19 de septiembre a esa casa, había dejado el explosivo y luego había ingresado a trabajar a la mina. Sabía que iba a matar a algún Flores, pero no cuándo ni a quién.
Cuando lo indagaron, César contó una historia de fábula. Aseguró que en diciembre de 2012 un curandero peruano llamado Richard había ido a verlo y le había pedido que le vendiera explosivos y varillas de hierro.
Explicó que en la mina él operaba una pala mecánica con la que solía ir a tapar desechos -entre los que había gelamón, cables y cobre- que los camiones sacaban del lugar y arrojaban a la basura.
Por eso, indicó, para él era fácil obtener esos elementos. “Antes de tapar la basura revolvía y sacaba los cartuchos de gelamón para vender”, afirmó.
¿Por qué el tal Richard habría querido matar a Justina?
César juró que el curandero vivía en casa de los Flores y sugirió que quería vengarse de la muerte de un joven llamado Javier, a quien la señora habría ahorcado -y enterrado- al descubrir que le robaba hacienda.
Jamás surgieron indicios de que Richard y Javier siquiera hayan existido. Igual, César repitió la versión esta semana, cuando declaró en el juicio que le está haciendo el Tribunal Oral Federal de Catamarca por el robo de los explosivos -es imposible que los haya encontrado en la basura, como dijo- y por el “doble homicidio calificado por haber sido cometido por un medio idóneo para crear un peligro común”. Arriesga una condena a perpetua.
El juicio terminaría la semana próxima. Luego empezará la demanda civil que Gabriela Carrizo, abogada de la familia del remisero, planea contra César y contra la mina.
Espera conseguir algún resarcimiento para la humilde madre de Neri Ángel Santos, el joven al que no tanto el amor como el destino hizo volar.

domingo, 9 de abril de 2017

¿ JUSTICIA ?? HISTORIA REAL

Por Rolando Barbano

Para cuando llegaron a la encrucijada, David ya se había ganado un lugar en el cielo y “Masita” lo tenía casi perdido. Su encuentro no haría más que apurar ese destino.
David Varlotta era una luz que empezó a iluminar Villa de Mayo, su barrio en el partido de Malvinas Argentinas, el 12 de febrero de 1992.
Tercer hijo de una enfermera y de un pastor evangélico, carismático e inquieto desde chiquito, “El Colo” tenía una fe enorme y un talento tan marcado que al terminar la primaria sus padres decidieron hacer un esfuerzo por encontrarle una escuela que no lo limitara.
Aún al costo de hacerlo viajar varias horas a diario para ir a estudiar, finalmente decidieron enviarlo a la Escuela Técnica N° 12 de la ciudad de Buenos Aires, en Retiro.
Allí descubriría el mundo científico, en el que vio otra manera de desarrollar su gran vocación: ayudar.
Un profesor que iba aula por aula convocando alumnos para el Club de Ciencias lo convenció de sumarse, aunque eso significara alargar todavía más sus jornadas.
Pronto “El Colo” se integró a un proyecto para hacer una granja de cultivos que reemplazaba la tierra por agua y luego a otro para descontaminar el agua infectada por el arsénico de la minería, el Sistema Autónomo de Destilación de Agua (SADA), pensado para ayudar a los chicos de una escuela de Jujuy.
Este último le daría las mayores satisfacciones: con sus compañeros, obtuvieron el tercer premio en la Feria de Ciencias de la Ciudad y luego el primero en una nacional de Tucumán, lo que les daría la chance de viajar a Los Ángeles (Estados Unidos), a la Feria Internacional de Ciencia y Tecnología Intel-ISEF.
Allí, entre 2.000 trabajos de todo el mundo, lograron un impactante segundo puesto.
Pero para él no era suficiente: “Para mí sería mejor no estar acá presentando este sistema, porque eso significa que todavía quedan lugares donde no hay acceso al agua”, dijo entonces, a sus 19 años.
David y sus compañeros ganaron 1.500 dólares como parte del premio, pero lo donaron al Club de Ciencias de su escuela. Al regresar a Buenos Aires, Cristina Kirchner los recibió en la Casa Rosada para homenajearlos.
Poco después, el grupo viajó a participar de la Feria Escolar Nacional de Ciencia y Tecnología de Perú.
Al tiempo, llegó otro reconocimiento mundial: por recomendación del MIT, en base al logro de Los Ángeles, la NASA resolvió bautizar como “Varlotta” a un asteroide ubicado a 2.503 años luz del sol.
David ya tenía su lugar en el cielo. Un empresario árabe le ofreció comprar el proyecto, pero él lo rechazó porque no había sido ideado con ese fin.
También lo tentaron para irse a vivir, estudiar y trabajar al exterior, pero “El Colo” decidió seguir con los suyos. Quería ayudar a los chicos con hambre que veía en su barrio. Quería ser pastor, como su papá.
En 2014, con la secundaria terminada, una iglesia de Río Negro lo becó para que fuera un año a estudiar Teología. Se debatía entre la tecnología -empezó a estudiar sistemas en la UBA- y la fe, pero la solidaridad le tiraba más.
El domingo 29 de mayo del año pasado, David fue a una iglesia de Moreno donde trabajaba con chicos necesitados. Tocaba la guitarra y el bajo y trataba de mostrarles una esperanza.
Más tarde estuvo en Los Polvorines, donde daba un curso para hijos de otros pastores, y a la noche fue a comer a lo de su tío. Llegó a su casa de Villa de Mayo a la 1.50 de la madrugada del 30, abrió el portón y entró el auto.
Un segundo después la bala de un ladrón había apagado su futuro.

“Masita” nació unos siete años después que David, el 31 de enero de 1999, pero su casa estaba a sólo 15 cuadras de la suya.
En Villa de Mayo ambos eran igual de conocidos, aunque en su caso la fama sólo incluía récords en los sumarios policiales y una deserción escolar antes de terminar la primaria.
Había caído preso por primera vez en 2013, a los 14 años, y desde entonces conocería todas las comisarías de la zona.
Guiado por su hermano mayor, tenía la costumbre de robar a sus vecinos y balearlos una vez obtenido el botín, casi como un juego sádico.
En 2016 fue detenido varias veces, en causas que sólo acumularon una cárátula y una simple foja, sin mayor trámite.
El 12 de mayo de ese año lo arrestaron por dos asaltos en Los Polvorines, pero apenas estuvo preso hasta el 23: fue liberado por “falta de mérito”, luego de que ningún testigo se animara a reconocerlo.
Cuatro días después ya estaba robando de nuevo.
En la madrugada del 27 de mayo de 2016, cerca de las 4, entró a la casa de una vecina y empezó a juntar todo lo que estaba a la vista: acumuló un lavarropas, un secarropas y tres bicicletas en el patio trasero.
Cuando estaba por llevarse el botín apareció el hermano de la víctima, que lo conocía del barrio. Tuvieron una pelea y, casi por milagro, “Masita” decidió irse disparando sólo una amenaza de muerte: “Voy a volver y te voy a cagar a tiros”.
Diez minutos más tarde se metió junto a un cómplice en otra propiedad, a dos cuadras de la anterior. Despertó al dueño a patadas, lo tiró de la cama y lo amenazó con un arma. A culatazos en la cabeza, lo obligó a quedarse en el piso.
Luego le robó un revólver que tenía en la mesa de luz para protegerse y un celular, antes de hacerlo salir al patio.
“‘Masita’, ¿a mí me venís a robar?”, le dijo la víctima. Le disparó tres veces pero sólo le acertó un tiro en el estómago, que lo dejó malherido.
A la 1.50 del 30 de mayo, “Masita” y un cómplice se metieron corriendo en el jardín de la familia Varlotta detrás del auto de David. Su mamá, que estaba saliendo a recibirlo, los vio entrar y cerró la puerta, casi por reflejo.
Escuchó dos tiros y, cuando volvió a abrir, encontró a su hijo desangrándose. “Me duele la panza”, decía “El Colo”. Agonizaría cuatro días antes de morir.
Una vecina vio a los asesinos cuando escapaban. Llevaban gorrita, pero a uno lo reconoció de inmediato: era “Masita”. Otra mujer de la cuadra lo escuchó decirle a su cómplice, con cierto regocijo: “Parece que lo maté”.
El 6 de junio, la Bonaerense ubicó a “Masita” en una esquina de Los Polvorines. Intentó detenerlo y el sospechoso se metió corriendo en una casa, donde sacó una pistola calibre 9 milímetros para resistirse.
Lo arrestaron justo antes de que la usara. Una pericia determinaría que era una de las armas disparadas en el jardín de la casa de David.
Como “Masita” tenía sólo 17 años cuando lo atraparon, hubo que esperar a que cumpliera 18 para juzgarlo.
El debate empezó el último lunes en el Tribunal de Responsabilidad Juvenil N° 1 de San Martín y, por tratarse de un menor, se está haciendo a puertas cerradas.
La primera testigo fue Mirta Soto, la mamá de David, quien se sentó ante los jueces sosteniendo una cajita en las manos.
Adentro estaban todos los premios, certificados y medallas que su hijo ganó en sus 24 años de vida. Los fue exhibiendo uno por uno, para demostrar lo que “Masita” le robó al mundo.
El debate, presidido por el juez Gabriel Peñoñori, debería concluir la semana próxima.
Por tratarse de un menor, lo máximo que podría recibir “Masita” es una condena a 15 años de prisión revisable -e incluso, disminuible a menos de la mitad- según su conducta.
Sin embargo el abogado Jorge Neville, que representa a la familia Varlotta, pedirá al menos 20.
“Estamos a favor de la inclusión y de la educación. Pero no se puede esperar recuperarlo en 4 años si en 18 sólo se drogó y mostró desprecio por la vida”, explicó
El juicio no viene fácil. Una de las víctimas de los robos previos al crimen fue amenazada y decidió no ir a declarar.
Es que, por esas calles a las que “Masita” tarde o temprano volverá, y que David ya nunca podrá iluminar, sigue suelto su cómplice.