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sábado, 24 de julio de 2021

HORROR, ABUSOS, DENUNCIAS....PARA LEER


Santiago Roncagliolo: “Me impactó el poder del silencio como refugio del horror”
En su nueva novela, “Y líbranos del mal”, el escritor peruano combina los recursos del thriller con denuncias reales de abuso sexual a menores
N. B. 

El escritor peruano creció entre México y Perú y vive hace años en Barcelona

El mal, el poder, el dolor, los secretos, el escándalo, la familia, el amor, la sexualidad, la fe. En su nueva novela, Y líbranos del mal (Seix Barral), Santiago Roncagliolo se mete con un tema tan delicado como perturbador: los abusos sexuales a menores cometidos por un grupo de fanáticos religiosos del Perú que fundaron una comunidad exclusivamente masculina con fuertes rasgos de secta. Desde Barcelona, donde reside junto con su familia, el escritor y periodista, que nació en Lima en 1975 y creció entre México y Perú, habló  sobre este thriller, una ficción inquietante basada en casos reales.
“He cambiado los nombres de esta historia. He escondido a sus actores y sus escenarios bajo etiquetas falsas. Porque no quiero despertar su ira. He visto lo que son capaces de hacer”, aclara el narrador en el inicio. Jimmy, un adolescente peruano que vive con sus padres en Nueva York, descubre poco a poco secretos familiares cuando empieza a tirar, sin darse cuenta, de un hilo pesado y oscuro. “Me interesaba plantear cómo cada generación se enfrenta a sus secretos y cómo la historia de nuestros padres y abuelos rebota en nuestra vida”, dice.

"Y líbranos del mal": un thriller que mantiene el suspenso hasta cerca del final

Ganador en 2006 del Premio Alfaguara de Novela por Abril rojo, Roncagliolo es también guionista de cine y televisión. Su novela La pena máxima, publicada en 2014 por Alfaguara, que tiene como trasfondo el Mundial de fútbol de 1978 en la Argentina, fue adaptada para un largometraje, que se filma por estos días en Perú.
“Aquí estamos en verano, pero confinados porque ha vuelto un rebrote de coronavirus”, cuenta el autor, que el año pasado perdió a su padre a causa del Covid. De su experiencia personal en pandemia, aclara que no puede quejarse porque, a pesar de haber dejado de viajar y de asistir a ferias del libro multitudinarias, la demanda de contenido audiovisual para las plataformas de streaming volvió a conectarlo con el oficio de guionista. “Mi plan, justo antes de la pandemia, era montar una obra de teatro en Lima: una adaptación propia de la novela El jardín de al lado, de José Donoso. Luego, todo se derrumbó. Soy muy adicto al trabajo, así que trepo por las paredes si no hago nada. Pero, con todo el mundo encerrado en su casa, empezó a crecer el mercado de las series y me llamaron para escribir documentales y ficción. Fue una experiencia fascinante porque es un trabajo de equipo. Ser escritor, en cambio, es encerrarte en tu cabeza y luego viajar por el mundo para hablar de ti mismo”.

-¿Cómo se construye una ficción que combina elementos y recursos del thriller con denuncias reales de abusos sexuales y pedofilia por parte de sacerdotes de la iglesia católica?

-Mis libros siempre exploran el mal. ¿Por qué gente “normal” hace cosas atroces? Creo que crecí tratando de darle respuesta a esa pregunta porque viví en un país en guerra, donde había bombas, secuestros, muertos de ambos lados. Yo era un niño y algunos de nosotros nos preguntábamos por qué alguien vendría a matarte. Me sigue pareciendo una pregunta pertinente. Este es un mundo cada vez más sectario, donde muchos están seguros de que hay que matar a la gente que no piensa como ellos. Escribir historias es una manera de entender mejor a las personas que no se parecen a ti, aquellas que acabarían contigo. Eso es una constante en mis libros y este, en particular, surge de un caso parecido que ocurrió en Lima. Mucha gente de mi entorno estaba de un modo u otro cerca de eso de lo que nadie hablaba.

-¿Qué fue lo que más te impactó del caso?


-Cuando las denuncias se hicieron públicas, me impactó que hubiesen ocurrido esas cosas durante mucho tiempo y nadie lo hubiese dicho. Es más: que mucha gente lo hubiese vivido y, recién cuando se denuncia, se diese cuenta de que había sufrido abusos porque ni siquiera sabía que eran abusos. Me impactó el poder del silencio como refugio del horror. Y cómo puede suceder de todo si no se le enseña a la gente a nombrar el abuso. Quizás ese es el origen del libro, ya que parte del combate es rasgar los silencios, hablar de cosas que damos por sentadas, que no queremos discutir porque son incómodas. Sin dudas, me interesan las historias incómodas, que sean perturbadoras, que rompan los preconceptos cómodos sobre qué es el bien y qué es el mal. Yo no sé qué hubiera hecho en el lugar de Sebastián, el padre del narrador que oculta su oscuro pasado y es víctima y victimario. Por eso es interesante, inquietante, perturbador.
"Me interesan los victimarios, pero no siempre puedes transformarte en ellos. Porque contar una historia, finalmente, es un acto de transformación".

-Del silencio a la sospecha, de la sospecha al miedo y del miedo al horror: vas contando de a poco, sin detenerte en escenas explícitas, creando un clima de intriga y espanto. ¿Te interesaba más contar la atmósfera, el lavado de cerebro a los jóvenes de la comunidad, que el abuso en sí mismo?

-Es que estaba hablando de algo muy escabroso y no quería ser sensacionalista y mucho menos quería regodeos, como esas escenas que parecen celebratorias. Tampoco era capaz de ponerme en la cabeza de un personaje como Gustavo Furiase, el líder de la comunidad. En general, me interesan los victimarios, pero no siempre puedes transformarte en ellos. Porque contar una historia, finalmente, es un acto de transformación. Me costó mucho encontrar el punto de vista porque lo que yo tenía eran puntas de iceberg: gente que me iba contando una anécdota, una experiencia, que me hablaba de una sexualidad más complicada que la que aparecía en las noticias, donde al principio se hablaba de sexo entre adultos. Iba apareciendo un monstruo que yo no podía ver por entero. El narrador se adapta a lo que yo podía contar. El también ve las cosas así: alguien le abre una ventana para que mire del otro lado, pero nunca ve al monstruo completo. Me pareció un juego interesante. Los lectores deciden quién está detrás de la puerta, cómo es la relación entre los personajes, qué quiere decir uno cuando le dice algo a otro.

-¿Cómo fue el proceso de creación del suspenso?

-A mí me gusta que uno quiera saber qué va a pasar constantemente, que no tengas que luchar contra cada página para pasar a la siguiente y, sin embargo, el suspenso siempre se acaba. Hay un momento en el que ves al monstruo. Como en las historias de terror, estás todo el tiempo esperando que salga y cuando lo ves, se pierde el interés. Lo que sostiene la historia es que va a llegar el monstruo. Quise jugar con eso: siempre estás a punto de verlo, pero traté de retrasar lo más posible su aparición. Incluso, que nunca apareciera.

-¿Imaginabas las repercusiones en todas direcciones que podía tener un tema como este?


-El abuso es el daño que te hace alguien que crees que te quiere: esa es su particularidad. Puede ser tu pareja, tu padre, un maestro. Pero cuando lo hace un religioso en quien crees, la situación es más perversa porque tú crees que él habla en nombre de Dios. Y eso le da un poder enorme. Al formar parte de una institución, que es clave en la sociedad, en las estructuras de poder y en cierta clase social, acusar al abusador implica acusar a todo eso junto. Lo que lo vuelve mucho más difícil. Antes de esta novela, mencioné en un artículo periodístico que en el colegio donde estudié había un cura al que se le iba la mano. No mencioné su nombre ni el del colegio, pero mis ex compañeros estallaron de furia. Comprendí que había puesto en duda su idea idílica de la infancia, donde todo había sido inocente y bueno. Y entendí también el valor que hace falta para revelarte del abuso que no viene de una sola persona y que calla toda la sociedad.

-¿Recibiste ataques o críticas por haber contado esa historia real?

-Algunos abogados de víctimas me dijeron que el libro les sirve para visibilizar el tema. Eso me llenó de orgullo. Pero también hubo gente que se sintió en shock al ver pedazos de su historia en un libro. Me ha dolido que le duela a alguna gente, pero es lo que hacemos cuando contamos historias: tomamos trozos de las vidas de otros para hacer ficción. Conmigo la Iglesia no se ha metido; sí están destrozando a los periodistas que hicieron las denuncias en los medios. Lo que sí me ha pasado es algo que parece inocente y no lo es: una cadena de librerías mexicana se ha negado a vender el libro. Y luego resultó que eran varios los libros que no vendían: sobre cualquier tema que hablara del sexo fuera del matrimonio. En ese sentido, es un elogio porque si quieres hacer libros inquietantes y, resultó tan inquietante que no se atreven a venderlo, es un motivo de orgullo. Tuve suerte porque los lectores protestaron en las redes sociales y se armó una ola que atrajo la atención de la prensa. Entonces, la librería hizo un pedido. Así que fueron los lectores quieren lograron liberar mi libro.

-¿Te afectó el confinamiento por la pandemia en lo creativo? ¿Pudiste escribir en este tiempo?


-Terminé la novela durante el inicio de la pandemia. Pero siempre el proceso de un libro me lleva entre seis meses y un año porque recién me siento a escribir cuando tengo muy claro hacia dónde va y eso me lleva mucho tiempo. Es muy difícil en el arranque porque hay cosas de novelas que has desechado, cosas de tu vida de las que querías hablar, hay proyectos guardados y en algún momento todo se teje y te conduce hacia una historia. Por eso es tan difícil ponerle fecha de nacimiento a mis novelas porque, en algún sentido, las he estado escribiendo desde mucho antes. Esta, tal vez, desde que mis amigos de los veinte años estudiaban para ser religiosos. Me impactaba su decisión y me daba curiosidad. Yo mismo pensé, en algún momento de mi vida, ser cura.

-¿En serio?


-Sí, hace mucho, mucho tiempo.

-¿Y cómo es tu relación con la fe y con la Iglesia hoy?

-Bueno, no soy de ir a misa todos los domingos, pero para el gremio en el que estoy, donde abundan los ateos, soy un tipo religioso. Me interesa la religión y no solo la católica. Cuando he podido, durante algún viaje, he ido a ritos ortodoxos, musulmanes, naturalistas.


-¿Por pura curiosidad o algo más?

-La religión lidia con lo que no conocemos, con la muerte, lo trascendente, con lo que no podemos llegar a entender. Así que, para un escritor de historias de terror, que es más o menos lo que soy, siempre es una buena fuente. Pero también hay una parte personal: no creo que Dios sea un señor con barba, pero sí creo que hay algo más grande que nosotros que se puede llamar Dios. Me interesa la conexión entre nosotros y lo que hay más allá de nuestra pequeñísima existencia.

 http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABA

jueves, 1 de febrero de 2018

ESPANTO, HORROR Y MUERTE.....STEPHEN KING


Stephen King, más vigente que nunca
En 2017, el maestro del terror no solo siguió publicando al ritmo acostumbrado sus propios libros: también se lo adaptó al cine y la TV, y tuvo tiempo de pelearse con Trump. Además salieron ensayos sobre su obra
La vigencia de Stephen King es comparable a la de otros septuagenarios célebres como sir Paul McCartney o sir Mick Jagger, con la crucial diferencia de que, tratándose de un escritor plebeyo con 70 años recién cumplidos, su obra tiene más presencia en Netflix y Hulu que la de muchas estrellas del rock.
En el terreno estrictamente literario, la tinta sigue mientras tanto su marcha. El año pasado, King publicó apenas su noveno y su décimo libro en lo que va de la década, alcanzando la vigésima segunda publicación con su nombre nada más que durante el siglo XXI. Y aunque se trató de novelas escritas en colaboración con su hijo Owen y con su amigo Richard Chizmar, King ya anunció para 2018 la aparición de otra novela escrita a solas. Claro que, considerado nada más que desde la perspectiva del idioma castellano y como parte de un universo narrativo en expansión desde hace cuatro décadas, el que acaba de terminar sí parece haber sido "el año de Stephen King". ¿Pero por qué?


El recorrido fue largo y no solo se limitó al papel. Además de la publicación de antologías medulares como El bazar de los malos sueños, donde King salpica la curiosidad por sus primeros cuentos (y poemas) con diversas notas autobiográficas, y la llegada de las dos últimas partes de la trilogía protagonizada por el detective Bill Hodges - Quien pierde paga y Fin de guardia, nudo y desenlace de la inaugural Mr. Mercedes-, los seguidores más atentos también pudieron encontrar en 2017 ensayos íntegramente dedicados a su vida y obra.
Entre ellos se cuentan Alabanza y crítica, de Federico Sironi, y Todo sobre Stephen King, de Ariel Bosi. Elaborados a conciencia por leales lectores argentinos, estos libros también son la señal inequívoca de que tras unas 59 novelas, 10 libros de cuentos, 5 ensayos y al menos una docena de antologías, prólogos y artículos dispersos -un conjunto que lo instala en una línea de escritores estadounidenses tan profusos como John Updike-, las palabras de King no solo siguen habilitando enormes negocios editoriales, sino que además saben cómo interceptar y narrar nuestros miedos más vivos.
Donde mejor se define esa vigencia, opina el escritor Luciano Lamberti, es en la capacidad para trabajar con temas, conflictos e imágenes atávicas. "La infancia y sus poderes sensoriales, la capacidad de creer, la capacidad de reponerse de las tragedias, la lucha en el corazón de cada hombre entre el bien y el mal. En cierta medida es un escritor religioso, como todo autor de lo sobrenatural", dice el cuentista de La casa de los eucaliptus, para quien lo mejor de King es lo que escribió en los años ochenta y noventa, y cuyas adaptaciones al cine, en especial las últimas, "no le hacen honor para nada".
Respecto al cine, si es ahí donde King alcanza la mayor popularidad aún entre quienes nunca lo leyeron -fenómeno comprobado desde la época de adaptaciones clásicas comoCarrie o El resplandor-, el año pasado también ofreció el estreno de una adaptación de la primera parte de La torre oscura, una saga de novelas en las que King trabaja con idas y vueltas desde 1982. Sin embargo, ¿no sería poco inteligente ignorar el modo en que uno de los best sellers más famosos de los últimos tiempos encontró en espacios como Twitter, por ejemplo, otra zona en la cual narrar sus ansiedades? Y tratándose de una nación dirigida por uno de los más famosos tuiteros del planeta, Donald Trump, la naturaleza de esas ansiedades resulta innegablemente política.
A la vista de 328 millones de usuarios y protagonizado por el mismo hombre que suele defender la necesidad de mantenerse fuera de la vista del público, el pico más intenso de esta inédita "narrativa digital" fue durante el último agosto, cuando Trump "bloqueó" a King luego de soportar meses de críticas y comentarios corrosivos diarios. Por supuesto, la respuesta del autor de Misery tras el hartazgo en la Casa Blanca fue inmediata: "Por la presente le impido a él ver It o Mr. Mercedes. No habrá payasos para vos, Donald. Andá a flotar". " Go float yourself", escribió en alusión a la conocida frase del payaso Pennywise; por otro lado, fue King el que, hace pocos días, "bloqueó" en Twitter al vicepresidente de Estados Unidos Michael Pence, al que comparaba con "la aparición de un mal resfriado".
Desde ya, esa sincronía entre la confrontación y la publicidad no pudo haber sido mejor. Con adaptaciones para el cine y la TV de novelas y cuentos tan distintos como La niebla,Mr. Mercedes, 1922 y El juego de Gerald, apenas un preámbulo para la serie Castle Rock, que intentará combinar este año todo el universo literario de Stephen King, la "pelea" entre uno de los escritores y uno de los presidentes más conocidos del mundo coincidió con el estreno de la mayor apuesta de "la marca King" para 2017: la nueva adaptación de It a la pantalla grande. En el balance, la historia de los chicos que enfrentan una encarnación siniestra de sus pesadillas tuvo un excelente resultado. Dirigida por el argentino Andy Muschietti, influenciada por la nostalgia de los años 80 de la serie Stranger Things -que reubicó la infancia de los protagonistas en la ciudad de Derry en una época más rentable que los años 50- y con 698 millones de dólares de taquilla global, It fue la sexta película más vista del año pasado.
"King se mantiene vigente porque siempre trató de estar un paso adelante y no tiene miedo de arriesgarse. Renovó el género de terror cuando publicó sus primeros libros y ha tratado de ir mejorando obra a obra. Y si bien ya cuenta con muchas adaptaciones, que en el mismo año se adapten dos de sus obras más memorables atrajo una nueva camada de lectores que no lo conocían", opina Ariel Bosi, autor de Todo sobre Stephen King. También subraya el hecho de que también la novela It, editada por primera vez en 1986 -con una extensión de más de mil páginas y un final que en nada se parece a la película- estuvo otra vez entre los libros más vendidos. ¿Pero qué más ofrece King a la hora de narrar el presente?
"Alguna vez, en una entrevista, King dijo que creía que su obra tendría un destino similar a la de Somerset Maugham: un autor muy leído en su momento y olvidado después de su muerte", dice el escritor Sebastián Robles, para quien King puede leerse desde tres dimensiones. "Por un lado, está el trabajo sobre diversos elementos del terror. King toma algunos tópicos del género y los reescribe en clave de white trash norteamericano, como hace con el cuento ?La pata del mono' en Cementerio de animales. Por otro lado, de manera más elaborada, también es un narrador diestro para aspectos claves del realismo, como la construcción de personajes y la exploración de su psicología".
A grandes rasgos, opina el autor de Las redes invisibles, la obra novelística de King puede dividirse así en historias de iniciación ( It o Carrie) e historias de caída y redención ( La redención de Shawshank, e incluso la autobiografía Mientras escribo). "Y luego hay una tercera dimensión sobre los conflictos propios de la escritura. Muchos de sus personajes son escritores o artistas (en Misery, La historia de Lisey, Duma Key) y este sesgo metaficcional lo vuelve atractivo para un público que tiene poco que ver con el consumidor voraz de best sellers. "Después de Bob Dylan, no me extrañaría que su nombre empiece a sonar entre los candidatos para el Nobel", dice Robles, para quien "las mejores películas inspiradas en sus libros suelen basarse en malas lecturas, como El resplandor, que parece la historia de un loco encerrado en un hotel".
Mientras tanto, adaptado a los cambios históricos y tecnológicos más importantes de las últimas décadas, dotado con un radar sensible al modo en que lo siniestro se filtra en nuestras vidas a pesar de que las redes sociales y su narcisismo intenten resguardarnos de cualquier trauma, y reconocido desde 2003 con la Medalla a la Contribución Distinguida a las Letras Americanas, un premio recibido por gigantes como Philip Roth o Don DeLillo, el sello del "rey del terror" en la cultura popular occidental parece intacto.

N. M.

martes, 1 de agosto de 2017

EL HORROR, HISTORIAS DE NUESTRA PATRIA

1955: El año que vivimos en peligro
Buscando derrocar a Perón, un ataque aéreo intentó hacer estallar el gasómetro. Fue uno de los objetivos menos conocidos de la sublevación militar del 16 de junio de 1955. Si una de las bombas arrojadas por la aviación naval hubiese explotado sobre el tanque de gas, en General Paz y Constituyentes, las más de 300 víctimas mortales y casi mil heridos que dejó como saldo el criminal bombardeo a Plaza de Mayo -y otros lugares de Buenos Aires- se hubieran multiplicado. Investigamos y reconstruimos el malogrado atentado al icono fronterizo de tres barrios de la Comuna 12.
Aunque pertenece al Partido de San Martín, el gasómetro ubicado en la intersección de las avenidas General Paz y Constituyentes es un entrañable icono que se erige casi en el vértice de los barrios de Villa Pueyrredon, Saavedra y Villa Urquiza. Podríamos definirlo como el hito de tres fronteras de la Comuna 12. Se trata además de un monumento histórico que recuerda otras tecnologías en la producción y el suministro de gas y que encierra, a más de seis décadas de su desactivación, numerosos mitos.
Uno de ellos, como pudimos confirmar a través de diversas fuentes documentales y testimoniales, resultó ser verdadero. El 16 de junio de 1955, día del criminal bombardeo de la Marina de Guerra a la Plaza de Mayo, el gigantesco tanque -que se encontraba en actividad- fue uno de los objetivos de la aviación naval en su intento por derrocar al por entonces presidente constitucional Juan Domingo Perón. Una bomba fue arrojada desde una de las aeronaves, pero milagrosamente no explotó. De haberlo hecho, el depósito de gas hubiese estallado e incrementado en grandes cantidades las más de 300 víctimas mortales y 700 heridos que dejó como saldo aquella trágica jornada.
Secretos del gasómetro
Según publicó Eduardo Parise , el gasómetro empezó a construirse en 1949. “El trabajo estuvo a cargo de la empresa alemana MAN y todas sus partes fueron traídas en barco desde Europa. Son 2.256 paños de chapa envolvente (cada uno mide 80 centímetros de alto por 7,10 metros de largo) y fueron ensamblados por técnicos y personal también llegados de Alemania. Los paneles estaban hechos con tanta precisión que tenían los agujeros para la posición exacta. Y más: la construcción no tiene soldaduras, se armó con remaches en caliente”, cita el artículo, que a pesar de haber sido publicado el 16 de junio de 2014 no hace mención al atentado del que la voluminosa estructura había sido víctima 59 años antes. Esto demuestra que el hecho permanece casi desconocido hasta el día de hoy.
De la descripción que hace Parise del gasómetro surge que tiene 24 vigas verticales hechas con hierro de perfil doble T y sujetadas con bulones, además de varios refuerzos horizontales. “La altura de la mole es de 80 metros (como un edificio de unos 25 pisos) con un diámetro de 54 metros. Dentro hay un pequeño y pesado ascensor que en tres minutos llega de la base al techo. Quien elija la escalera exterior deberá subir 340 escalones”, describe el cronista. En agosto de 1999 este periódico publicó una extensa nota sobre la visita que dos de nuestros redactores concretaron a este entrañable “faro” urbano, que puede visualizarse desde un 
kilómetro a la redonda.
El gasómetro de General Paz y Constituyentes.
Durante apenas tres años, el tiempo que permaneció en funcionamiento, el gasómetro fue depósito de unos 150 mil metros cúbicos de gas. Ese fluido se obtenía en la llamada Usina Corrales, que estaba en Amancio Alcorta y Luna, Parque Patricios, quemando carbón de coque. Luego ese gas iba por cañerías hasta General Paz y Constituyentes y desde allí se distribuía a la red de alumbrado público. Si bien la presión de almacenaje era apenas un poco mayor a la atmosférica y el gas producido se usaba principalmente para la iluminación de faroles, no podemos decir que era inofensivo. Sobre todo si consideramos que fue desactivado pocos meses después del malogrado ataque aéreo, probablemente por el riesgo de que el próximo atentado resultara más efectivo. Por entonces, la continuidad de Perón al frente del Gobierno pendía de un hilo.
Sangrienta conspiración
En su libro
Hay que matar a Perón (Ediciones Fabro, 2011), Pedro Bevilacqua aborda con notable precisión los alcances de la sanguinaria sublevación militar. “El 16 de junio de 1955, a partir del mediodía y hasta las 17.40, una treintena de aviones navales, a los que se suman cuatro Gloster Meteors de la base aérea de Morón, bombardean y ametrallan a la población de Buenos Aires desde Plaza de Mayo y sus inmediaciones a lugares tan remotos como Pueyrredon y Las Heras; La Tablada y Villa Madero, en La Matanza; o la Central de Policía, el barrio de Saavedra y Mataderos. Mientras tanto, desde el edificio del Ministerio de Marina, un millar de efectivos navales y comandos civiles balean la Casa de Gobierno y La Recova. Este hecho inusitado ha sido ocultado, soslayado y deformado durante más de cincuenta años. Aquí le contamos la verdad de este ataque genocida sin precedentes en nuestra Argentina”, anuncia la obra desde su contratapa, incluyendo en el resumen a uno de nuestros barrios.
Esa tarde de 1955 el cielo estaba cubierto y algunos de los protagonistas de la conspiración militar atribuyeron a la “baja visibilidad” la destrucción de objetivos ajenos de la aviación naval, en lo que constituyó un vergonzoso bautismo de fuego. Bevilacqua rechaza esa teoría: “Cuando para señalar los objetivos ajenos destruidos por los bombardeos se estira el teatro de operaciones a lugares tan remotos de la Casa Rosada, como el gasómetro, el argumento se transforma en una lamentable excusa”. La cantidad de muertos tras el frustrado intento de golpe difiere según las fuentes: unas 350 víctimas fatales y casi mil heridos. Sin embargo el periodista Héctor Rodríguez Souza, uno de los creadores del mítico programa de documentales Argentina Secreta, cree que la cifra es mucho mayor: “Según la historia oficial, los muertos en los bombardeos alcanzarían a trescientos. Pero información que se atribuye a la embajada de los Estados Unidos en la Argentina dice que las víctimas fatales llegarían a más de mil”.

Tras el bombardeo a Plaza de Mayo, oficialmente se identificaron 308 víctimas.
El Guernica argentino
Una nota publicada en Diario Junio, de la provincia de Entre Ríos, sostiene que cuando el Departamento de Estado de Estados Unidos desclasificó el informe que la embajada estadounidense en Buenos Aires realizó en la semana siguiente al bombardeo sobre el número de víctimas el número de muertos ascendió a 750 (400 muertos durante el bombardeo del 16 de junio y 350 fallecidos durante los días siguientes debido a la gravedad de sus heridas), 300 lisiados permanentes (con pérdida de brazos, piernas, manos, desfiguración de sus rostros o ceguera total) y 1.350 heridos de menor gravedad. En 2009, el Archivo Nacional de la Memoria de la Secretaría de Derechos Humanos publicó una investigación oficial en la que identificó a 308 muertos, aclarando que a esa cantidad debían sumarse “un número incierto de víctimas cuyos cadáveres no lograron identificarse como consecuencia de las mutilaciones y carbonización causadas por las deflagraciones”.
Las muertes oficiales, razona Bevilacqua, equivalen a la mitad de los mártires de la Guerra de Malvinas y al doble de los muertos producidos en el bombardeo de Guernica, que inmortalizara Picasso: “La diferencia entre estos hechos y la masacre ejecutada por nuestros aviadores es que los que bombardeaban argentinos se decían compatriotas”. Quizá la postal más espeluznante de este atentado sea la bomba arrojada sobre un trolebús en Paseo Colón. Con excepción de dos sobrevivientes mató a todos sus pasajeros, en su gran mayoría niños que iban a la escuela. Los explosivos también alcanzaron a un tranvía en Alsina al 600 y a otro trolebús en Las Heras y Pueyrredon. Muchos de los aviones que participaron en el bombardeo habían sido pintados con el signo de “Cristo Vence”, una cruz dibujada dentro de una letra V.
Bombas que no estallaron
Lo cierto es que las víctimas podrían haber sido muchísimas más de no ser porque sólo el 50 por ciento de las bombas de fragmentación llegaron a explotar. Tampoco las lanzadas sobre el gasómetro, “aunque al caer las mismas sobre un par de viviendas aledañas, al producir su derrumbe parcial, provocaron una docena de víctimas entre muertos y heridos”, dice el citado Diario Junio.
Más precisión aporta el documental Maten a Perón (2005), de Fernando Musante: “A las 16 horas, en Av. General Paz, el pueblo detiene el transporte público y hace bajar al pasaje, interrumpiendo la circulación y el desplazamiento de los sublevados. Enterados de los acontecimientos, los sediciosos bombardean el gasómetro. Las bombas arrojadas no estallaron. De haberlo hecho, las víctimas hubieran sido miles”. En la película puede apreciarse uno de los artefactos arrojados desde los aviones. No sabemos si el armamento era obsoleto o la baja altura desde el que se arrojaron los explosivos evitó su detonación.
Si una de las bombas arrojadas por la aviación naval hubiese explotado sobre el tanque de gas, las víctimas se hubieran multiplicado.
Basta con ver una foto aérea de los alrededores del gasómetro para especular sobre los efectos que podía haber tenido una explosión de ese enorme depósito de material inflamable. Es probable que la onda expansiva y el incendio provocado hubiesen afectado al radio más cercano, incluyendo el paso de los automóviles y colectivos por la General Paz. A pocos metros de distancia se encontraban dos emblemas del peronismo: los 34 monoblocks del Barrio “17 de Octubre” (hoy José de San Martín), estrenados en 1950, y el Barrio “Presidente Perón” (hoy Cornelio Saavedra), inaugurado en 1949. No es descabellado pensar que los daños materiales y humanos en al menos 300 metros a la redonda podían haber resultado catastróficos. Tal vez algún ingeniero químico podría ilustrarnos sobre un posible escenario explosivo.
Daniel Cichero, autor de Bombas sobre Buenos Aires (Vergara, 2005), no tiene certezas sobre lo ocurrido General Paz y Constituyentes, pero ofrece algunas pistas de la acción militar desarrollada en sus inmediaciones: “Escuché muchas veces la versión de la posible voladura del gasómetro, pero no encontré ningún testimonio de los protagonistas consultados acerca de que fuera un objetivo prefijado. Pero sí sucedió que hubo una gran cantidad de operaciones de ametrallamientos y unos pocos bombardeos en diversos tramos de la avenida General Paz. Es que durante la tarde del 16 de junio fue movilizado el Regimiento 3 de la Tablada con el objeto de retomar la base golpista en Ezeiza y, en ese contexto, se produjeron varias operaciones sobre el avance de esa columna con la obvia finalidad de detenerla”.
El vecino Salvador fue testigo del hecho y, con alguna imprecisión, lo relató : “Yo vivía en el Barrio 17 de Octubre, Constituyentes y General Paz. Tenía 14 años. Creo que no fue directo contra el gasómetro, estaban siguiendo a un avión rebelde y le tiraron justo en ese lugar. Muchos vecinos lo vimos”. Miguel Ángel también suma su testimonio: “Tenía cinco años y aun hoy recuerdo el vuelo bajo y el ensordecedor ruido de las turbinas de los Gloster al pasar sobre mi casa. Vivía en Colodrero y Congreso”.
Un grupo de soldados observa los desastres provocados por una de las bombas frente a Casa de Gobierno.
Complicidad civil
Un informe del Archivo Nacional de la Memoria, dependiente de la Secretaría de Derechos Humanos, informa que de la conspiración también participaron la Federación Universitaria Argentina, la Acción Católica y sectores de logias y masonería. “El bombardeo a Plaza de Mayo fue la forma más pública y explícita que encontraron los grupos opositores, políticos y militares, de sembrar el escarmiento y el terror en los sectores populares que apoyaban al gobierno peronista. Fue el anuncio del golpe de Estado que se concretaría exactamente tres meses después, el 16 de septiembre de 1955. Esta masacre fue la matriz brutal de todas las expresiones posteriores del terrorismo de Estado en la Argentina. Incluso los jóvenes homicidas de aquel junio sangriento fueron jefes en los golpes de Estado que asolaron el país posteriormente, incluyendo el más feroz de todos, el del 24 de marzo de 1976”, explica el artículo.
La investigación agrega que se necesitaron 50 años para que las víctimas fueran reconocidas como tales y que el Estado asumiera su responsabilidad emergente por la actuación de parte de sus Fuerzas Armadas en contra de su pueblo. Recién el 16 de junio de 2005, se realizó un reconocimiento a las víctimas del bombardeo y sus familiares. El 25 de noviembre de 2009 se sancionó la Ley Nº 26.564 de reparación a las víctimas. Los sectores políticos que participaron de la masacre nunca fueron juzgados como autores intelectuales y partícipes del homicidio de su pueblo, que muchos coinciden en destacar como un delito de lesa humanidad y, por lo tanto, imprescriptible. El bombardeo tampoco es un hecho que haya recibido una enérgica condena social.
Basta con repasar las causas de las muertes, que surgen de los informes forenses, para comprender el infierno que se abatió durante cinco horas sobre distintos puntos de Buenos Aires: heridas de proyectiles en tronco y extremidades, traumatismos múltiples, vaciamiento de cráneo, colapso cardiovascular, perforación traqueal, desgarramiento, aplastamiento por escombros, estallido de vísceras, heridas múltiples de metralla, perforación intestinal por balas, hemorragia cerebral, heridas múltiples por proyectil aéreo, conmoción cerebral y hundimiento de tórax, entre otras. Una de las tantas víctimas, que pereció carbonizada, vivía en Holmberg 3411: Antonio Emilio Misischia. Era chofer del general del Ejército Tomás Vergara Ruzo y el auto en el que viajaban fue alcanzado por una bomba en la esquina de Balcarce e Hipólito Yrigoyen.
Las escalofriantes consecuencias del ataque que buscaba derrocar a Perón.
Elegimos como corolario de esta historia el párrafo final de la nota publicada el 17 de junio por Federico Rivas Molina en el diario español El País: “El golpe fue dominado y los cabecillas huyeron hacia Montevideo en los mismos aviones con que habían bombardeado Buenos Aires. Tres meses después de la masacre alcanzaron el éxito y la mayoría de los protagonistas de junio ocupó cargos importantes en el nuevo Gobierno. Nunca hubo detenidos ni nadie pagó por los muertos. El saldo político del bombardeo sólo puede medirse en décadas. La escalada de violencia y la guerra entre peronistas y antiperonistas duró casi 30 años, con un punto en marzo de 1976, cuando la Fuerzas Armadas derrocaron a Isabel, viuda de Perón. La masacre de Plaza de Mayo es historia, pero la disputa que le dio origen aún figura en el ADN de la política argentina”.
M. B. 

sábado, 28 de enero de 2017

HISTORIAS DEL HORROR


'Yo sobreviví al infierno'

El tristemente célebre 'El trabajo os hará libres' de Auschwitz. |
El 27 de enero de 1945, las tropas soviéticas liberaron el mayor campo de concentración que el Tercer Reich había levantado en su 'imperio del horror': Auschwitz-Birkenau. Desde 1996, Alemania (en uno más de sus 'mea culpa') instauró que este día se dedicara a las víctimas del nazismo.
En honor de la desesperada frase que los prisioneros de Auschwitz y demás campos de concentración se decían a diario al oído ("No olvides")  Presentamos los recuerdos y testimonios de tres supervivientes de la mayor barbarie del siglo pasado: Ladislaus Löb, José Marfil Peralta y Eliezer
Una fortuna para escapar del infierno


Ladislaus Löb, de niño.
LADISLAUS LÖB, Rumanía.
Se salvó de la muerte en los campos de concentración nazis porque un hombre pagó 1.000 dólares por su vida. Es uno de los judíos que lograron escapar gracias a la ayuda desinteresada del 'Schindler húngaro', Rezsö Kasztner.
"Yo tenía sólo 11 años, había nacido en mayo de 1933 en Cluj, que hoy es Rumanía, y recuerdo los insultos en la calle y en la escuela, pero dentro de la familia mi padre nos mantenía tranquilos", recuerda estos días Löb, que tiene 'buenas palabras' para el gueto en el que les encerraron: "Para nosotros era una aventura. Éramos niños, aquellos se nos figuraba como un campamento, donde todas las familias eran alojadas juntas". Sin embargo, sí recuerda con cierta desazón la caída del día y las miradas de sus padres: "Nos daban las buenas noches como si fuese por última vez".
Lo que no recuerda, porque nunca ha sabido, es cómo sus padres establecieron contacto con Rezso Kasztner. "Mi padre no ha querido hablarnos de eso en toda su vida. Yo recuerdo que un buen día dijo que nos marchábamos de allí. Había sido muy cauto, sin duda, desconfiaba de los traslados que se estaban organizando [a las cámaras de gas de Auschwitz] y llevó todo con mucho secreto. Creo que sólo mi madre estuvo al tanto".
'Kasztner negoció con aquellos demonios y logró sacarnos de allí'
"Una noche nos hicieron meter en la cama vestidos y a eso de las dos de la madrugada nos sacaron medio dormidos y salimos del gueto hacia la estación de ferrocarril, donde tomamos un tren con destino a Bergen-Belsen, en Suiza. Preguntamos en varias ocasiones qué estaba pasando, adónde íbamos, pero mi madre nos pedía constantemente silencio y mucha discreción. Nos decía que íbamos a un lugar donde estaríamos mejor que en el gueto. Y nosotros la creíamos. Despertamos a la realidad cuando llegamos al campo alemán".
"Llegamos a Bergen-Belsen el 9 de junio de 1944. En el gueto habíamos vivido una situación muy difícil, pero el campo era inhumano. Quedé en 'shock' cuando vi a aquellas miles de personas escuálidas y demacradas, que nos veían llegar desde el otro lado de la alambrada de púas. Los guardias del campo los golpeaban y abusaban de ellos constantemente, una humillación tras otra".
'Me quedé en 'shock' cuando vi a miles de personas escuálidas'
"Nosotros fuimos ubicados en barracones separados, en estado de hacinamiento. También sufrimos hambre y miedo pero el trato que nos daban era muy diferente, y el resto de prisioneros nos odiaban. Fue allí donde escuché historias de otras familias que narraban las negociaciones de Kasztner con [el nazi Adolf] Eichmann".
"Kasztner había negociado durante meses hasta cerrar el trato en 1.000 dólares por persona. Había pánico a que Eichmann, una vez tuviera el dinero, no respetase el trato. Fueron meses interminables. Pero éramos unos privilegiados", cuenta Löb, para culminar: "Kasztner nos salvó la vida: a mí, a mi familia y a muchos otros. Negoció con aquellos demonios y consiguió sacarnos de allí".


La  taza de miel del niño judío
ELIEZER AYALON, Israel



Eliezer Ayalon. | S. E.
Eliezer Ayalon ya es algo más que el número 84991. Lleva una taza de miel idéntica a la que su madre le entregó cuando caminaron juntos por última vez. Esa noche, el gueto judío de Radom (Polonia) iba a ser desmantelado y sus habitantes destinados a la muerte.
A sus 13 años, Eliezer lo sabía. Rogó quedarse y no aprovechar su trabajo fuera del gueto. Pero las ganas de morir con los suyos fueron menos convincentes que las ganas de los suyos de que él viviera. Ese niño judío que tenía como única preocupación no enfadar a su vecina, la Sra Borenstein, por usar su ventana como portería de fútbol, se encontró con un nuevo reto, sobrevivir a la Shoa. Esa noche, se convirtió en un hombre con memoria.
"Nunca olvidaré el 16 de agosto de 1942. Nos avisaron que iban a deportar a todos los judíos. Recuerdo el pánico, los alemanes con sus perros...Mis padres me obligaron a irme, me obligaron a vivir", nos cuenta Eliezer en una soleada mañana de Jerusalén. Sublime contraste de esa oscura noche en la que se despidió de su madre en el portón del gueto.
'Durante 37 años escondí mi dolor. Hasta que me convertí en testimonio'
Tras un intenso abrazo, la madre le observó a los ojos. "Si alguien tiene probabilidades de salvarse, eres tú. Así está destinado a ser ("Azoy is beshert" en yidish). Tendrás una vida dulce", le dijo entregándole una taza de miel. El tono insinuaba un trágico fin pero no tanta crueldad. Esa noche, su madre, hermano mayor y hermana fueron enviados al campo de exterminio de Treblinka. Seis meses después, su padre y otro hermano. Hace tiempo que abandonó la terapia del silencio. "Durante 37 años, escondí mi sufrimiento. Hasta que me di cuenta que era mi obligación y me convertí en testimonio", rememora así el encuentro en el 81 con el escritor y superviviente Elie Wiesel que le apuntó: "Eliezer, has sobrevivido por una razón, tu responsabilidad es hablar porque quizás es beshert, así está destinado a ser". Se emocionó ya que eran las mismas palabras de su madre antes de ser llevada a las cámaras de gas.
La víctima silenciosa abrió el baúl del pasado. Los fusilamientos de mujeres y el silencio posterior, los vagones hacinados de personas y excrementos, los golpes que le destrozaron el cuerpo, los esqueléticos compañeros que no sobrevivían la noche y cuyos cadáveres fueron despojados de todo diente de oro, el olor a muerte, las chimeneas, los que al resbalarse eran rematados con un tiro en la nuca o el momento en el que un oficial nazi le gritó: "A partir de ahora olvidarás tu nombre. Ahora eres un número. El 84991, no lo olvides".
'A partir de ahora olvidarás tu nombre. Ahora eres un nombre. El 84991, no lo olvides'
Como narra en su libro traducido al español, sobrevivió a los campos de Blizyn, Plaszow, Mauthausen, Melk y Ebensee. "El 6 de mayo del 45, las tropas estadounidenses nos liberaron. Encontraron un niño de 17 años de 35 kg", recuerda y añade con orgullo: "Estoy en Israel, con dos hijos, cinco nietos y tres biznietos. Tres generaciones nacidas de las cenizas del Holocausto. Soy el hombre más feliz del mundo".
La taza fue destrozada por un oficial. Simple capricho. "Me dio un golpe muy fuerte. Fue el momento más duro de mi vida porque ese nazi me arrancó todos los recuerdos de mi familia", lamenta mirando la reproducción. "Compré esta taza hace 15 años en Radom. Era idéntica. No quería separarme de mi madre" Sus dos hijos aprendieron lo que era el Holocausto en el colegio. Su padre, que lo sufrió, no abrió la boca. Ahora se niega a cerrarla. En pocos años, no quedarán testigos del infierno. Se lo debe a sus descendientes como el nieto que vive en Barcelona. Su voz narra los detalles más pequeños y las injusticias más grandes. Cuando hace una pausa, la taza de miel toma el testigo en nombre de su madre y su espíritu que repite: "Así está destinado a ser



El hijo del primer español muerto en Mauthausen


JOSÉ MARFIL, España
Su padre tuvo la desgracia de ser el primer español que murió en el campo de concentración de Mauthausen (Austria) y él la fortuna de poder vivir para contarlo.
A sus 89 años, José Marfil Peralta reconoce que la memoria comienza a fallarle, pero mientras algunos recuerdos se desdibujan poco a poco en su mente, sus vivencias en Mauthausen siguen igual de nítidas que el primer día que puso un pie en lo que, confiesa, «debe ser lo más parecido al infierno».
Como José, 7.000 españoles fueron deportados a este campo austriaco durante la Segunda Guerra Mundial, pero sólo un tercio conseguió sobrevivir.
Ahora, desde la localidad francesa de Perpignan donde reside, José desmenuza sus recuerdos con la emoción de quien es consciente que otros no tuvieron tanta suerte. «Nunca ha existido nada tan terrible en este mundo», afirma convencido.
'Habéis franqueado esta puerta, perded toda esperanza de salir de aquí'
A este malagueño el estallido de la Guerra Civil le sorprendió en Barcelona, adonde la familia se había trasladado unos años antes por el trabajo de su padre, inspector de aduanas. Como tantos otros españoles, combatió en las filas republicanas hasta que la derrota le condjo al exilio y a los campos de arena instalados por el Gobierno francés en las playas del sur.
Allí miro por primera vez cara cara al hambre, a la enfermedad y a la muerte y, pese al maltrato recicibido, no se lo pensó dos veces cuando Francia pidió voluntarios para combatir al nazismo.
El enemigo era demasiado imbatible y pronto fue capturado y enviado a un campo para prisioneros de guerra. Aquella sería su primera parada, pero no la definitiva. Franco se desentendió de aquellos españoles a los que únicamente consideraba «rojos indeseables» y dio carta blanca a los alemanes para hacer con ellos lo que quisieran. «No le importábamos a nadie, no teníamos papeles, sólo eramos apátridas y decidieron que lo mejor era eliminarnos», explica.
La maquinaria de matar nazi se ponía en marcha. José recuerda el tortuoso viaje que les condujo a Mauthausen. «No sabíamos dónde íbamos ni qué iban a hacer con nosotros». Pronto lo sabrían.
'No he conseguido olvidar los cuerpos amontonados y el olor que salía del horno'
«El tren se detuvo, el silencio era total, inquietante, no veíamos a nadie. Después de una hora, el silencio se rompió. Sonidos de botas acercándose resonaban sobre el suelo helado», rememora en 'Yo sobreviví al inferno nazi', el libro que escribió sobre sus vivencias en el campo.
«Nunca olvidaré las primeras palabras que pronunció el comandante del campo: 'Habéis franqueado esta puerta, perded toda esperanza de salir de aquí, sólo lo haréis por allí', decía mientras nos señalaba el humo que desprendía una chimenea», recuerda con rabia.
A este día le sucedieron otros muchos en los que el hambre, las bajas temperaturas y la desesperación se convirtieron en unos indeseables compañeros de los que no se podía escapar. Como ahora no puede hacerlo de los recuerdos, «de los cuerpos amontonados para ser quemados y del olor que desprendía el horno».
Pero sobrevivió y piensa seguir recordando, aunque le duela, hasta que la muerte venga a buscarlo y se lleve para siempre retazos de una vida que nunca hubiera deseado vivir.

lunes, 19 de diciembre de 2016

EL HORROR NAZI


Las esclavas sexuales de los campos de concentración nazis
Hoy vamos a hablar de uno de los tantos capítulos oscuros de la Alemania nazi, uno de los secretos más guardados durante décadas. Una parte de la historia que fue ocultada por las propias víctimas por temor o por vergüenza, e incluso por muchos historiadores.
Se trata de las esclavas sexuales de los campos de concentración, reclutadas en diversos países, cuya sede de abastecimiento se encontraba en el campo de concentración de Ravensbruck, convirtiéndose en una fuente de ingresos importante para el régimen.

Se descubrió que los burdeles durante la Segunda Guerra Mundial no solo sirvieron a los soldados de la Wehrmacht -fuerzas armadas unificadas de la Alemania nazi-, sino también a los prisioneros de los campos de concentración. De este modo, los nazis “premiaban” a los presos por su buena conducta y buen trabajo.

Este tipo de incentivo se introdujo a finales de 1942 por decreto del Reichsführer o líder de la SS, Heinrich Himmler. Como los prisioneros de los campos de concentración participaban en diversas obras, y entre ellos había verdaderos maestros en sus respectivos oficios, los líderes de los campos de concentración trataban de protegerles e incluso pagarles algún pequeño salario en efectivo.

Los presos podían gastar su dinero en comida, cigarrillos o en visitar el burdel. El precio por 15 minutos con una de estas mujeres era de 2 marcos. Para que os hagáis una idea, en aquella época un paquete de cigarrillos costaba 3 marcos. Sin embargo, estos privilegios no eran aptos para los judíos.
En los burdeles tampoco trabajaban las mujeres judías. A las “seleccionadas” para tal despropósito, todas ellas con edades comprendidas entre los 17 y 35 años, se les cosía un triángulo negro en la manga, que las distinguía como “asociales”, se lavaban, se vestían con ropa de calle y recibían comida de la cocina de los alemanes, recibiendo un trato distinto al de resto de mujeres. Debían trabajar a diario entre las 19 y las 22 horas.
Los prisioneros que tenían opción a usar los burdeles debían someterse a un examen médico previo para ver si habían contraído alguna enfermedad venérea. Acto seguido, y tras pagar la cantidad correspondiente, eran conducidos hasta una habitación numerada donde le esperaba una de las presas elegidas para el encuentro. La puerta de cada habitación estaba equipada con una mirilla y el acto sexual solo podía realizarse en la posición del misionero.

En cuanto a las mujeres, hubo un total de alrededor de doscientas diez mujeres especializadas que servían al campo de Buchenwald, Dachau, Sachsenhausen y Auschwitz.

Si para trabajar en burdeles militares fueron movilizadas verdaderas prostitutas, para el servicio de los prisioneros se seleccionaba a las mujeres de Ravensbrück y Auschwitz-Birkenau.

Las presas obligadas a prostituirse eran en su mayoría alemanas. El motivo de su detención e internamiento era, en muchos casos, la prostitución callejera, o por contactos con judíos u otros “enemigos del Reich”. Incluso había mujeres que se presentaban voluntarias. Y es que puede que suene crudo, pero esta dedicación era una de las pocas maneras de sobrevivir en un campo de exterminio femenino.
Los líderes de los campamentos temían los brotes de enfermedades de transmisión sexual, por lo que todas las trabajadoras de los burdeles se sometían a un examen médico regularmente. Pero el embarazo era otro asunto. La mayoría de las mujeres estaban tan agotadas que habían perdido su función reproductiva. Y si alguna se quedaba embarazada, era enviada de regreso al campo de concentración donde le era practicado un aborto.

Después de la caída del nazismo, todas estas mujeres simplemente fueron olvidadas, ya que no se consideraban formalmente presas de los campos de concentración. Debido a la vergüenza, la mayoría calló sobre su pasado, por lo que ninguna de estas esclavas sexuales recibió compensación alguna.

Ahora, y gracias a la investigación del historiador Robert Sommer plasmada en su libro Das KZ Bordel, podemos conocer tan desgarradora historia.