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sábado, 20 de abril de 2024

INNOVACIÓN


Un proceso de “destrucción creadora” para transformar la realidad imperante
En crisis de fin de ciclo se puede acentuar una dinámica de cambio que precipita la aparición de una nueva forma de producir y crear valor a partir del fracaso de las formas anteriores
Ricardo Dessy Economista. Profesor en la UNLP y en la Universidad Di Tella
Quizá la mayor contribución académica del economista y profesor de Harvard Joseph Schumpeter, nacido en el Imperio Austro Húngaro en 1883, haya sido el concepto de la “destrucción creadora”, donde explica en detalle el proceso de transformación de una realidad imperante que hace a la innovación. Tal dinámica de cambio surge con más fuerza en crisis de fin de ciclo, disparando una nueva forma de producir y crear valor a partir del fracaso de las formas anteriores. Su aporte, concebido como concepto económico, aplica también a la mecánica de transformación de organizaciones y sociedades.
Claro está que esa disrupción del orden actual y transformadora de la realidad posee una dinámica intertemporal asimétrica en términos de costos y beneficios, esto es, la prosperidad es una promesa que ocurrirá en el mediano plazo y los costos son una realidad concreta en lo inmediato. Lógicamente emerge aquí el conflicto entre dos paradigmas: lo viejo y lo nuevo. A lo largo de la historia, beneficiados del antiguo modelo resisten, cuestionan y bloquean la entrada de nuevas prácticas hasta que los frutos de la transformación maduran impactando en su propia prosperidad. Por eso es clave la velocidad en que ocurre tal transformación, para convertirse pronto en una nueva realidad aceptada masivamente. Claro que, si la prosperidad es una promesa, requiere de confianza.
Los argentinos, hoy deprimidos y exhaustos, lo que se manifiesta en el visible hastío social por la realidad imperante, ¿debemos preocuparnos y percibir esto como un enojo con las instituciones, la democracia, o estaremos experimentando un fin de ciclo? Y si fuera esto último, ¿sucederá un proceso de “destrucción creadora”? En tanta confusión, lo único que está claro es que lo anterior fracasó. Décadas de irresponsabilidad fiscal, endeudamiento y emisión descontrolada disfrazada de altruismo nos trajeron hasta aquí, un espacio donde todos pierden y solo una minoría gana. La frustración gana adeptos y se ha generalizado. Jóvenes y emprendedores emigran, los trabajadores ven diluir sus ingresos por la inflación, los sindicatos pierden peso por la creciente informalidad y los médicos ganan monedas. Los empresarios no conocen precios, costos ni regulaciones cambiantes, reduciendo al azar la decisión de inversión y protegiéndose ante tal incerteza con precios exorbitantes.
El deterioro hace crujir al establishment político tradicional, que, absorto, detecta amenazado su otrora superpoder por “recién llegados” con propuestas jamás imaginadas por ellos como exitosas.
La historia advierte a gritos, desde el silencio de las bibliotecas, que ciclos agotados y sociedades exhaustas configuran un riesgo y anticipan cambios en el horizonte. Sobran aquí los ejemplos, desde el impuesto británico a la importación del té en Boston en 1773, germen de la guerra de la independencia contra el Reino Unido; la pobreza y exuberante desigualdad que precipitó la Revolución Francesa contra la monarquía absolutista, o nuestras revueltas de principio del siglo XIX por una intervención asfixiante de la corona española a las prácticas locales de comerciar y prosperar. No obstante, quizás el mayor riesgo de estas crisis de agotamiento sea que el hastío termine en la tentación de firmar un nuevo “cheque en blanco” apoyando una propuesta perniciosa: “ustedes solo vótenme y yo me encargo de todo”. Los argentinos conocemos bien este atajo y sus costos.
¿Será este hartazgo social un punto de inflexión que inicie un sendero de prosperidad? Gran parte de una sociedad golpeada pone su hombro una vez más
Sin embargo, siguiendo al profesor Schumpeter, ¿será este hartazgo social un punto de inflexión que inicie un sendero de prosperidad? Gran parte de una sociedad golpeada pone su hombro una vez más. Quizás haya llegado la hora de construir nuevos paradigmas sobre la base de nuestros fracasos. Hay razones para el optimismo, pero sugieren ser vectores exógenos más que endógenos. Como país vulnerable, dependemos mucho del exterior. Para los próximos años se espera un mundo en crecimiento (leve, pero sostenido) donde los mercados emergentes explican la mayor parte de esa expansión, y esto es muy favorable. Los países ricos, al crecer, ahorran más, mientras que los emergentes consumen más y nosotros venderemos alimentos y energía.
Bancos globales esperan un sendero de baja de la tasa de interés internacional para mediados de 2024 y esto impactará positivamente en el flujo comercial (abaratando el dólar) así como en el financiero, los capitales de los países centrales fluyen hacia los países en desarrollo en dinámicas descendentes de la tasa de interés. Por otro lado, el mundo cambió. Luego de la pandemia, el resurgimiento de conflictos bélicos inesperados y viejas desconfianzas globales está cambiando el paradigma a la hora de decidir inversiones. Hay una nueva geopolítica. El mundo desarrollado busca reducir su dependencia en alimentos y energía de vecinos hoy menos previsibles, y conflictos múltiples crecientes exigen diversificar las fuentes de suministro de recursos estratégicos. Y si es desde una región de paz y ociosa en insumos como Sudamérica, mejor aún.
¿Y lo endógeno? Debemos hacer algo nosotros como adultos responsables de nuestra prosperidad. La oportunidad del sector agroalimentario, minero y energético es incalculable. También el sistema financiero, hoy sólido y líquido (a diferencia de crisis pasadas), podría imprimirle alta velocidad a una fase de recuperación apalancada en el retorno del crédito, condición necesaria de toda expansión. Otro vector podría ser nuestro viejo orgullo, el capital humano. Pero este es hoy muy asimétrico entre educados e ineducados, y en esta asimetría es donde el progreso tecnológico despliega su costado más cruel. No por nada muchos críticos de Schumpeter llamaban al proceso de “destrucción creadora” la tragedia del crecimiento. Estos inciertos ciclos de creación-destrucción-creación son inherentes a la historia de la humanidad, no son mecánicas prolijas ni perfectamente engrandas, ni agradables, ni eludibles, son metamorfosis kafkianas que simplemente ocurren.
La conversión de crisis de fin de ciclo en nuevos senderos de auge y expansión exige horizontes previsibles que surjan de acuerdos que confluyan a dar un contorno de racionalidad y sustentación a esta inevitable, riesgosa e irrecusable tragedia del hastío, que necesita ser contenida, direccionada e inducida por la política, con propuestas edificadoras para que transmute esa fuerza del enojo en ilusión. Aquí radica el principal rol de la política, sincronizar estos desequilibrios encadenados, ya que tal desincronización golpea de manera más brutal cuanto mayores son las asimetrías entre educados e ineducados, y desigual la distribución del ingreso.
Tal inequidad exige a la dirigencia toda liderar esa inevitable demolición de viejas premisas por parte de una sociedad en ebullición, que empuja y tironea desordenadamente buscando un futuro que no tiene muy claro cuál es. En palabras de Luca Prodan, no sabe bien qué quiere pero lo quiere ya. ¡Cuidado! la historia advierte que aquí subyace la oportunidad, pero también los riesgos son inconmensurables. Quizá, desde nuestra cercanía al abismo, llegó la hora de reconstruir y crear valor sobre los cimientos de nuestros fracasos. Millones de niños en la pobreza esperan allí afuera.

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jueves, 10 de agosto de 2023

INNOVACIÓN


¿Están preparadas las empresas para las nuevas tecnologías?
Una vez logrados, los avances tardan un tiempo en integrarse a la actividad económica; mientras que los consumidores adoptan de manera cada vez más rápida diferentes desarrollos, las compañías son cautelosas
Traducción de Jaime ArrambideGPT fue rápidamente adoptado por millones de usuarios particulares, pero el uso en las empresas es limitado
LONDRES (The Economist).– Para dimensionar el impacto que la inteligencia artificial (IA) puede tener en la economía, pensemos en la historia del tractor. Los historiadores discrepan sobre quién lo inventó. Algunos dicen que fue el ingeniero británico Richard Trevithick en 1812. Otros sostienen que fue el estadounidense John Froelich en Dakota del Sur, a inicios de la década de 1890. Y otros que argumentan que hay muy pocas menciones a la palabra “tractor” antes de inicios del siglo XX. En lo que todos concuerdan, sin embargo, es en que el tractor tardó mucho tiempo en instalarse y dejar su marca. En la década de 1920, por ejemplo, apenas el 4% de las granjas de Estados Unidos tenían uno, y en la década de 1950 en menos de la mitad se trabajaba con esta maquinaria.
En estos días hay afiebradas especulaciones sobre los efectos de la IA en el empleo, la productividad y la calidad de vida. Es una tecnología asombrosa que nos deja sin palabras. Sin embargo, el impacto económico quedará “pisado” a menos que la adopten millones de empresas, más allá de Silicon Valley. Y para eso hace falta mucho más que introducir el uso de un simpático bot conversacional. Por el contrario, implica una reestructuración a gran escala de las empresas y de su manejo interno de los datos. “Para el crecimiento a largo plazo, la difusión de las mejoras tecnológicas es indiscutiblemente tan importante como la innovación en sí misma”, dice Nancy Stokey, de la Universidad de Chicago.
Francia y Japón son los mejores ejemplos de la importancia de extender el uso de las nuevas tecnologías a todos los sectores económicos. Japón es un país inusualmente innovador: genera más patentes nuevas per cápita por año que cualquier otro país, salvo Corea del Sur. Los investigadores japoneses pueden jactarse de la invención del código QR, de las baterías de litio y de la impresión 3D. Pero el país es deficiente a la hora de introducir las tecnologías en algunos sectores de la economía.
En Francia pasa lo contrario. En materia de innovación es un país promedio, pero es excelente a la hora de extenderla a toda la economía. En el siglo XVIII, espías franceses robaron secretos de ingeniería de la marina británica, y a inicios del XX, Louis Renault visitó a Henry Ford y aprendió los secretos de la industria automotriz. En tiempos más recientes, expertos en IA salidos de Meta y Google fundaron la empresa Mistral AI en París. Además, Francia es buena para extender el uso de las nuevas tecnologías desde las grandes ciudades hacia la periferia.
En los siglos XIX y XX, las empresas del mundo se volvieron más “francesas”, y las nuevas tecnologías se difundieron cada vez más rápido. Los economistas Diego Comin y Martí Mestieri encuentran evidencias de que en los últimos 200 años “se fue reduciendo la brecha temporal en la adopción de nuevas tecnologías entre los diferentes países”. La electricidad se extendió por toda la economía más rápido que los tractores. La computadora de oficina tardó apenas un par de décadas en cruzar el umbral de adopción del 50% de las firmas. Internet se extendió más vertiginosamente todavía. En general, en el siglo XX la difusión de la tecnología ayudó a impulsar el crecimiento de la productividad.
Sin embargo, desde mediados de los 2000, el mundo se volvió más japonés. Es cierto que los consumidores adoptan las innovaciones tecnológicas más rápido que nunca. Se estima que la aplicación Tiktok pasó de cero a 100 millones de usuarios en un año, y CHATGPT fue la aplicación web de más rápido crecimiento en la historia hasta el lanzamiento de Threads, el nuevo rival de Twitter. Las empresas, por el contrario, son cada vez más cautelosas. En el sector manufacturero estadounidense el 6,7% de las empresas usan impresión 3D, y solo el 25% del flujo de trabajo de las firmas está en la nube, cifra estancada desde hace un lustro
Hay historias de terror. En 2017 un tercio de los bancos regionales japoneses seguían usando “cobol”, un lenguaje de programación inventado una década antes de que el hombre aterrizara en la luna. El año pasado, Gran Bretaña importó disquetes, minidiscos y casetes por valor de más de US$24 millones. Una quinta parte de las empresas del mundo rico ni siquiera tiene un sitio web. Y los gobiernos suelen ser los más recalcitrantes insistiendo, por ejemplo, en los formularios de papel.
La consecuencia es una economía de dos niveles. Las empresas que adoptan la tecnología se están escapando del alcance de sus competidores. En Canadá, en la década de 1990, el crecimiento de la productividad de las empresas más productivas fue aproximadamente un 40% superior al de las empresas menos productivas. De 2000 a 2015, el proceso de aceleró y fue tres veces mayor. Un libro de Tim Koller y sus colegas de la consultora Mckinsey señala que luego de clasificar las empresas según su retorno sobre el capital invertido en 2017, el percentil 75 tuvo un retorno un 20% más alto que la media, el doble de la brecha del año 2000. Algunas empresas ven grandes ventajas en comprar nueva tecnología, pero muchas no.
Consecuencias tangibles
Aunque los datos económicos pueden sonar abstractos, sus consecuencias en el mundo real son bien tangibles. Las personas atrapadas en el uso de tecnologías obsoletas sufren, al igual que sus salarios. En Gran Bretaña, desde la década de 1990 el salario promedio en el 10% de las empresas menos productivas disminuyó levemente, mientras que el sueldo promedio en las mejores empresas subió considerablemente.
La naturaleza de la nueva tecnología, la lentitud competitiva y las crecientes regulaciones del Estado explican la lenta penetración de ciertas prácticas en las empresas. Robert Gordon, de la Universidad Northwestern, argumenta que los “grandes inventos” de los siglos XIX y XX tuvieron mucho mayor impacto en la productividad que las innovaciones más recientes. El problema es que cuanto más incremental se vuelve el progreso tecnológico, más se ralentiza su difusión, ya que las empresas tienen menos incentivos y enfrentan menos presión competitiva para actualizarse. La electricidad proporcionaba luz y energía para hacer funcionar las máquinas. La computación en la nube solo hace falta para operaciones más intensivas. Además, las innovaciones más recientes, como el aprendizaje automático, suelen ser más difíciles de usar y requieren trabajadores más calificados y mejor gestión interna.
El dinamismo empresarial decayó en todo el mundo rico en las primeras dos décadas del siglo XXI. La población envejeció. Se crearon menos empresas. Todo esto redujo la difusión de la tecnología.
En los sectores manejados o fuertemente dirigidos por el Estado, el cambio tecnológico se da lentamente. Como señala Jeffrey Ding, de la Universidad George Washington, en la Unión Soviética de planificación centralizada, la innovación era de primera línea mundial –pensemos en el Sputnik–, pero su penetración en la economía era inexistente. La ausencia de presión competitiva desincentivaba cualquier mejora. Los sectores fuertemente regulados constituyen hoy una gran parte de la economía occidental: en Estados Unidos, por ejemplo, la construcción, la educación, la atención médica y los servicios públicos representan una cuarta parte del PBI.
¿Y si la IA rompe el molde y se extiende a la economía más rápido que otras tecnologías recientes? Tal vez. Es fácil imaginarle alguna utilidad para casi cualquier empresa. ¡Basta de administración! ¡Una aplicación para hacer la declaración de impuestos! Es posible que la pandemia haya inyectado una dosis de dinamismo en las economías occidentales. Se abren nuevas empresas a un ritmo mayor y los empleados empiezan a a rotar de trabajo con más frecuencia. Tyler Cowen, de la Universidad George Mason, agrega que las empresas más débiles tienen un incentivo extra para adoptar la IA, porque tienen más que ganar y menos que perder.
La IA también se puede integrar a herramientas ya existentes. Y, por otro lado, rendirá todos sus frutos cuando las empresas se reorganicen por completo en torno a la nueva tecnología. Eso demanda tiempo, dinero e impulso competitivo
El impacto económico de la IA quedará “pisado” si la tecnología no es adoptada por millones de empresas; para eso, hace falta mucho más que usar un simpático bot conversacional

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jueves, 7 de junio de 2018

TECNOLOGÍA;......INNOVACIÓN

Por primera vez desde la aparición de Internet se vive una contratendencia en la que las disruptoras son las empresas tradicionales, que empiezan a ganarles la pulseada a las startupsImagen relacionada

Si hay que elegir una narrativa favorita del mundo de las startups, los emprendedores y la nueva economía, La Guerra de las Galaxias gana por goleada. El universo creado por George Lucas no solo tiene como fanáticos a leyendas de la costa oeste de los Estados Unidos, como Mark Zuckerberg, Marc Andreessen y Peter Thiel, entre otros, sino que está repleto de analogías con las que el ambiente emprendedor se siente muy a gusto: el heroísmo de rebeldes individualistas y pendencieros que luchan contra la mano de hierro de un poder centralizado. Este statu quo que se combate representa los poderes preestablecidos, tanto el Estado como las corporaciones tradicionales.
El Halcón Milenario de Han Solo, cuya nueva película se estrenó el jueves, bien podría ser un vehículo de la flota de Uber, y los "malos" de la saga de Lucas -que fue él mismo un emprendedor con todas las letras- están asociados a valores de organización y jerarquía de hierro, algo que los modelos de trabajo más flexibles de las empresas de nueva economía detestan.
Si Star Wars es la referencia que manda, entonces 2018 es el año de reestreno de El imperio contraataca. Una de las particularidades que tiene la aceleración de la dinámica de cambio en los tiempos que corren es que ciertas "verdades" y mantras quedan en offside en muy poco tiempo, dando lugar a contratendencias. El péndulo entre startups y empresas tradicionales (incumbentes) no escapa a esta dinámica: "Por primera vez desde la masificación de Internet, el epicentro de la disrupción global se está moviendo. Hasta hace muy poco tiempo la sensación era que las empresas maduras estaban a la defensiva y con el riesgo de ser suplantadas por startups y adversarios digitales. Esta fase se está terminando y entramos en una nueva era de 'incumbentes disruptores'", sostiene un informe de la empresa de tecnología IBM, que será presentado en castellano dentro de dos semanas. La conclusión surge de 12.800 entrevistas en profundidad a altos ejecutivos de 110 países, en el que 72% afirma que las mayores fuentes de disrupción son los "incumbentes", las empresas tradicionales líderes en cada segmento de la economía.
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Este cambio en el epicentro tiene varias explicaciones. Las tecnologías exponenciales (inteligencia artificial, blockchain, biología sintética, cuántica, Internet de las cosas) tienen una primera etapa donde, por una cuestión de tamaño y agilidad, los primeros que se suben son startups y emprendedores. Las firmas más grandes tienen sus tiempos, hay un rezago, pero cuando llegan lo hacen con una propuesta de valor más consistente, mayor escala, conocimiento del mercado y valor de marca donde apalancarse. "A 20 años de la famosa formulación de Clayton Christensen -profesor de Harvard y uno de los mayores teóricos de la innovación- sobre la 'innovación disruptiva', las empresas tradicionales absorbieron y aprendieron muchas de las nuevas prácticas", afirma el estudio.
Para estos jugadores, se avanzó en la curva de aprendizaje y hoy es tiempo de cosechar algunos frutos. Se trata de una trayectoria que se repite en el mercado global y local: mientras que en 2017 los casos de éxito en el campo de las fintech argentinas estaban protagonizados por startups y pequeñas "boutiques", 2018 es el año en el que los grandes bancos lanzan sus unidades digitales renovadas, a veces asociados a algunastartup en el proceso y otras veces no. Mientras que las pruebas con blockchain el año pasado se producían mayoritariamente en firmas pequeñas, en los últimos meses empresas más grandes, como Tarjeta Naranja, HSBC y Cargill, entre otras, lanzaron a mayor escala proyectos que involucran a la arquitectura de programación que está por detrás de las criptomonedas.
Para IBM hay otro factor que juega a favor de este contraataque de incumbentes: las grandes corporaciones hoy tienen la mayor parte de la información fuera de plataformas digitales. En la medida en que distintas nuevas tecnologías permiten fortalecer los puentes entre el mundo real y el digital ese activo que se subutilizaba (la historia de una compañía, todo su conocimiento de mercado acumulado) pasa a ser aprovechable y por lo tanto una ventaja competitiva.
Lo interesante es que la empresa hizo un estudio similar hace dos años, cuya conclusión era la opuesta: el concepto de moda era la "uberización de la economía", donde el mayor temor radicaba en la llegada de jugadores externos al sector. "Este año, las conclusiones son sorprendentes si se comparan con el anterior estudio. Siete de cada diez ejecutivos encuestados afirmaron que las organizaciones establecidas están liderando la disrupción de la economía digital en su industria. Y que la preocupación principal no proviene de la uberización, sino de los pares que en estos dos años se repensaron para innovar", dice Daniel Figueirido, director de consultoría de IBM Latinoamérica.
El otro aspecto, al margen del estudio de IBM, es que la destrucción creativa de empresas provocada por estos "meteoritos" en forma de tecnologías exponenciales ya no distingue a empresas tradicionales de startups. Blockchain, por ejemplo, ataca el corazón de la propuesta de valor de proyectos que supuestamente están en la cresta de la ola digital, como Uber o Airbnb: si esta tecnología se masifica, tendrá menos sentido pagarle a un intermediario por conectar oferta y demanda de autos, inmuebles y otros bienes físicos, porque una red descentralizada lo podrá hacer gratis.
Días atrás se conoció la quiebra y disolución de Bluesmart, el emprendimiento argentino de valijas inteligentes creado en 2013. Bluesmart fue una de las "narrativas" de innovación más exitosas del campo local de emprendedores: la BBC los llamó "el iPhone de las valijas", ganaron premios de diseño, hubo famosos que invirtieron (como Mario Pergolini) y otros que se mostraron como usuarios orgullosos. El motivo principal de la bancarrota fue una prohibición de las principales aerolíneas de Estados Unidos para subir a aviones dispositivos con baterías no extraíbles, pero los inversores también se preguntaron cuál es la barrera de entrada para incumbentes como Samsonite y otros gigantes de la fabricación de equipaje para incorporar Internet de las cosas a sus unidades. ¿Cuál de los dos caminos es más corto?
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El físico siberiano Andrei Vazhnov formuló dos años atrás una metáfora interesante al respecto. Cuando una tecnología está en sus primeras etapas, los modelos de negocios tienen sus "islas de valor" sumergidas en el fondo del océano, invisibles para la mayoría de los jugadores. En la medida en que esas tecnologías se van desplegando, el nivel de agua va bajando y las "islas" se vuelven visibles. Pero los que están en la posición de largada en ese momento son los que viven en las islas, los "incumbentes" que conocen el territorio. Obviamente, si se demoran en la transformación, crecen las chances de que jugadores externos les copen la parada.
Esta semana fue el 38° aniversario de estreno de El imperio contraataca, para muchos críticos el mejor de los episodios de la saga de Lucas. La economía de la innovación le rinde homenaje con esta contratendencia.

S. C.

sábado, 11 de noviembre de 2017

INNOVACIÓN


En los albores del capitalismo Benjamín Franklin, padre fundador de los Estados Unidos, inmortalizó la consigna Time is money (El tiempo es oro) en su libro Consejos a un joven hombre de negocios. El tiempo dejó de ser sólo un tema filosófico, físico o teológico y se convirtió en factor esencial de la economía. Nació la idea de que se lo puede perder, ganar, economizar o ahorrar. En la actividad económica, obtener ganancias en el menor tiempo posible y anticiparse a los competidores se hizo más importante que cubrir necesidades, como explica el filósofo alemán Rüdiger Safranski en su reciente ensayo Tiempo.
Allí comenzó a germinar, seguramente, un concepto que hoy ocupa todas las marquesinas. Innovación. La urgencia y la presión creciente para estar en el mercado cuanto antes (se trate del producto o servicio que sea). Esto precipita los procesos y acelera el cambio de un producto o servicio por otro. Se corre hacia el futuro, siempre prometido, siempre inatrapable, sin generar pasado, u olvidándolo. La obsolescencia programada se impone. Todo tiene fecha de vencimiento (a menudo también las personas en sus funciones) aun antes de su estreno. La economía de la aceleración innovadora es también, apunta Safranski, la economía del despilfarro. Aunque proponga lo contrario.
¿Qué es un innovador que no innova? Nada. Si se queda quieto, muere, como les ocurre a los tiburones. Por lo tanto, no bien presenta su última innovación debe apurar la próxima. Y así, sin solución de continuidad. Mientras diseña o produce sabe que está haciendo algo efímero, perecedero a cortísimo plazo. Y aunque en su léxico abunde la palabra futuro, está matando ese futuro mientras lo promueve. Grave paradoja si, además, no valora lo suficiente el pasado, lo que otros sembraron en el tiempo. Entonces sólo queda un puro presente sin raíz ni follaje, apenas un instante fugaz.
El ensayista e investigador bielorruso Evgeny Morozov, sólido crítico de la tecnoeuforia, da abundantes pruebas en su libro La locura del solucionismo tecnológico, de cómo funciona este olvido o desprecio por el pasado. El triunfalismo tecnológico y el furor innovador, dice Morozov, hacen creer a sus protagonistas y fanáticos que la historia se inaugura en cuanto ellos crean o diseñan algo. Ignoran que otros innovaron antes con visiones perdurables (la fisión nuclear, la electricidad, el telégrafo sin hilos, el mismo teléfono, el cine, la televisión, la radio, el avión, etcétera). Lo que traían de nuevo nacía con intención de permanencia y trascendencia, era ideado en términos de contribución a "la armonía social de la humanidad" (como apuntaba un libro de 1852, La revolución silenciosa o los futuros del efecto del vapor y la electricidad en la condición humana). La innovación no es un fruto de estos tiempos. Quizá sí lo sean la urgencia y la priorización de las necesidades de los mercados antes que de las personas.


Mientras tanto, como recuerda el gran Umberto Eco en su colección de ensayos De la estupidez a la locura, hay innovaciones que, lejos de responder a consignas inmediatas y perecederas, fueron reales saltos en el progreso humano: la rueda, la cuchara, el cuchillo, el tenedor, la heladera, las hornallas, el zapato. Ninguna superada. La lista se extiende largamente en cuanto observamos con atención nuestra vida cotidiana. De la cual, por ejemplo, desaparecieron velozmente el VHS o el banlon, entre otros. Aunque vuelven los discos de vinilo. Y aparecen relojes, lapiceras y autos que (¡oh, la innovación!) copian antiguos modelos. La verdadera innovación dura en el tiempo. Lo demás apenas es moda. Chatarra inminente y contaminante.

S. S.

sábado, 26 de marzo de 2016

CREATIVIDAD E INNOVACIÓN

Está bien: son las palabritas de moda. Innovación, creatividad, emprendimientos y todas esas cosas. Uno queda muy mal si no las mete en la conversación cada, digamos, tres o cuatro frases. Claro que, de tanto uso y reciclado, pueden quedar vacías. Es cierto que cada época se ve a sí misma como la más revolucionaria, trágica o promisoria de la historia, pero vale la pena detenerse a pensar qué quiere decir realmente cambiar el mundo, ser original..., innovar. Pues bien, me arriesgo a un definición de qué puede querer decir ser innovador: juntar cosas, conceptos o ideas que aparentemente están dispersos, en universos paralelos o lejanos, peras y manzanas. Quizá el genio consista en mezclar y revolver esos mundos y ahí sí lograr algo novedoso, que nos permita mirar y mirarnos de manera diferente. Está bien, a veces la rejuntada puede resultar en algo tan completamente innovador como inútil, pero quién nos quita lo innovado.

Veamos entonces algunos ejemplos de estos universos que por arte de magia, de ciencia o de casualidad se juntan y abren nuevos caminos. Uno de los favoritos (y muy bien narrado por el creador de mundos de ideas Gerry Garbulsky) es la coexistencia pacífica durante siglos -y quizás milenios- de las valijas por un lado y las ruedas por el otro, hasta que en la década de 1970 (ayer nomás) se patentó la primera maleta con rueditas. Y el universo cambió para siempre.
Pero hay mucho más para unir y crear. Tomemos por ejemplo a las bacterias y el pis, que no parecen estar hechos el uno para el otro. Temblad, centrales nucleares: se está desarrollando ahorita mismo un par de medias que, sí, concentran la orina que les llega por un tubito y la pasa por unas bacterias que la usan de combustible para generar electricidad.



Aunque tal vez los más interesantes son aquellos inventos que hacen pequeñas, mínimas revoluciones en la vida cotidiana. Supongamos que estamos caminando alegremente con nuestra mochila a cuestas y, de pronto, se larga a llover como si fuera la última vez. Nada que temer, porque nuestra mochi cuenta con capucha incorporada que nos cubre adecuadamente. ¿Mopucha? ¿Cachila? No importa: dos objetos que colisionan para generar algo nuevo.
Como el choque que se puede producir al juntar, por ejemplo, cuchillos y tostadoras: así, mientras cortamos el pan de cada día, el instrumento se calienta y va haciendo las tostadas del desayuno (también sirve para ir derritiendo manteca a medida que se corta...). Está bien: no va a cambiar el hambre en el mundo ni a calmar epidemias, pero nuevamente reúne a lo disperso para generar algo nuevo.
El baño ha sido siempre fuente de innovaciones. Como las tapas de inodoro que se iluminan levemente cuando se acerca un usuario, chorros de agua regulables para la altura de los chicos, televisores en el piso del baño de los cines (para no perderse nada de la película) o hasta papel higiénico reutilizable -que sí, existe -.
Hay para todos los gustos, como el invento ganador del premio IgNobel hace unos años: un corpiño cuyas tazas se separan y convierten en máscaras de gas que, claro, uno nunca sabe cuándo tendría que usar.



En fin, la lista es interminable: tablas de planchar con espejo incorporado, paraguas agarra-tazas de café, sillas mecedoras que van cargando el celular a medida que se mueven o los mismos celulares que se cargan aprovechando el calor del café... De eso se trata, de animarse a mirar el mundo de otra manera, con ojos curiosos, de científico, buscando formar parejas allí donde no las hay. A veces funciona, y así somos innovadores, creativos y emprendedores. Y podemos seguir hablando en conversaciones modernosas y a la moda.

D.G.