Mostrando las entradas con la etiqueta LA OPINIÓN DE JORGE OSSONA. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta LA OPINIÓN DE JORGE OSSONA. Mostrar todas las entradas

jueves, 10 de agosto de 2023

LA OPINIÓN DE JORGE OSSONA


Un testigo poco visible de la miseria que avanza sobre rieles
En un rompecabezas de proyectos deformados por su empobrecimiento social, un ramal de la línea Roca muestra su historia y algunas postales de la situación actual
Jorge Ossona

La miseria que avanza sobre rieles..Alfredo Sábat
El GBA es un rompecabezas de proyectos deformados por su empobrecimiento social. Un testigo poco visible es el ramal ferroviario de 26 km de la línea Roca que une Temperley y Haedo. Trazado en 1884 para interconectar al F.C. Sur con el Oeste y transportar ganado con destino al Mercado de Liniers, fue dotado a principios del siglo XX de un servicio de pasajeros diario de ida y vuelta para los empleados de la administración pública provincial y el Bapro. El gran cambio comenzó en los 50 a raíz de su uso por trabajadores y culminó en los 60 al compás de la extensión de la matrícula universitaria. Durante 40 años fue una ruta dinámica para los estudiantes que desde el oeste estudiaban en la UNLP. Por el formato redondeado de sus vagones producidos por FIAT Concord se lo reconocía como “La Chanchita”. Aun en los 90, llegaron a recorrerlo 57 formaciones diarias.
Pero la pauperización las redujo en los 2000 a 14, y las “chanchas” fueron reemplazas por convoyes acotados a un furgón y dos vagones traccionados por locomotoras diésel. Su policromía social se redujo, como en tantos otros espacios públicos, a las postales rutinarias de la marginalidad. En el viaje de ida, relataremos su desarrollo histórico, y en el de vuelta, describiremos algunas postales de su sociabilidad actual.
La primera estación en Temperley es Hospital Español. Recuerda la pujanza del mutualismo inmigratorio encarnado en la figura del filántropo Elías Romero, quien en 1904 donó 14 hectáreas para el tratamiento de pacientes con distintas dolencias en medio de un paisaje diseñado como un pueblo gallego. Hoy, signo de los tiempos, es una inmensa residencia geriátrica. La siguiente, Santa Catalina, se ubica en el predio de 300 hectáreas que desde 1906 dependió de la UNLP como centro experimental de las facultades de Agronomía y Veterinaria. Una parte fue cedida en los 70 a la Universidad de Lomas de Zamora, donde se ubica su sede y desarrollan carreras agrarias o tecnicaturas de paisajismo, jardinería u horticultura. El resto constituye una gran reserva natural de plantas y hongos.
La estación Juan XXIII se ubica estratégicamente por debajo de la avenida homónima que enlaza el Camino Negro con el de Cintura y articula al barrio Parque Barón, el Tiro Federal y la UNLZ. La próxima ya nos introduce en la pobreza desplegada desde los 80 y 90 por las grandes ocupaciones territoriales. Km 34 deslinda dos localidades: Villa Albertina por el este y 2 de Abril en el oeste, punto de partida de las tomas masivas acaudilladas por Humberto Romero (Pantera) que desde allí fue extendiéndose por etapas hasta el Riachuelo.
Su “organización territorial” quedó atravesada por la avenida Olimpo de Ing. Budge. Por eso, sus barrios, Juan Manuel de Rosas I y II fueron informalmente denominados “El Olimpo”. Luego de cruzarla, se arriba a Intendente Turner –exponente de la “tendencia revolucionaria” que, destituido en 1974, fue reemplazado por Eduardo Duhalde y asesinado en 1976– ,situada en el nodo de Juan Manuel de Rosas II, entre los grandes talleres textiles clandestinos bolivianos de la ribera del Riachuelo y La Salada, a un kilómetro de distancia hacia el este. Desde Santa Catalina, por la vera oeste de los carriles, circula un desaguadero afluente del arroyo homónimo, denominado Padre Mujica.
El Puente Colorado, que transpone el Riachuelo, introduce en Aldo Bonzi, La Matanza, sede del Mercado Central de Frutas y Hortalizas inaugurado en 1984. Su estratégica Estación Ing. Agustín De Elía es una cuádruple encrucijada entre el Ferrocarril Belgrano Sur, que conecta González Catán con la Estación Buenos Aires en Barracas, a Pompeya con Isidro Casanova y Rafael Castillo, y un último, desmantelado, que unía Puente Alsina con Catán atravesando Villa Fiorito, Budge y Tapiales. Luego, La Tablada, detrás del cementerio israelita por el este y a pocas cuadras, por el oeste, del ex Regimiento de Infantería copado en 1989 por una célula guerrillera tardía. Tras cruzar la avenida Crovara, se dirige a la estación del industrial San Justo –bordea la UNLM–, y desde allí hacia la estación Ing. Brian, en Villa Luzuriaga. Ya en Morón, se llega al nodo ferroviario terminal de Haedo.
El viaje de regreso evoca su transmutación social a través de sus variadas denominaciones: “tren fantasma”, “cartonero” o “trucha de fierro”. Ascienden al furgón sucesivos contingentes de recicladores que cargan allí bolsas, changos o carros repletos de papel, cartones y envases plásticos, recolectados en la zona oeste. También artefactos usados –cocinas, calefones, planchas– para su reparación y venta en las grandes ferias; además de chapas, cables, resortes y hasta postes de calles.
Sorprende que la empresa no provea de un vagón furgón entero, pero se trata de una política deliberada para poder controlar mejor el narcotráfico que desde las cocinas de El Olimpo o las de Puerta de Hierro se distribuye en el conurbano. La huella deletérea del “paco” se palpa entre el Puente Colorado y Turner, en donde deambulan “fisuras” o “zombis” en absoluto estado de abandono y desnutrición. Por eso, el tren registra una parada informal sobre el puente por donde descienden decenas de personas cargadas con bolsos e incluso bicicletas hacia el Camino de la Ribera para no ser despojadas.
Desde allí, el convoy transita a paso de hombre tocando bocina para despejar los rieles de decenas de personas y avisar a los guardas que corten el tránsito, pues las barreras han sido saqueadas. El ritmo es aprovechado por los pibes desafiliados –que también lo usan– para arrojar una verdadera lluvia de piedras que impactan a toda la carrocería pero apuntan a las ventanillas, donde el vidrio fue sustituido por acrílico. Un mensaje anómico que, como lo enseñó José Luis Romero, supone un “drama de odio y amor que el individuo conoce bien, pero que las sociedades raramente llevan al plano de la conciencia”.
Las ocupaciones de ranchos de chapa y cartón se han extendido promiscuas entre las vías y el arroyo, y para darles una altura, los “okupas” extraen tierra del terraplén, lo que en 2019 motivó varios socavones, con su riesgo de descarrilamiento. El ramal fue cerrado por 18 meses. Ya había sido interrumpido en 2017 tras el incendio de una formación incluyendo a la locomotora a raíz de la muerte de dos chicos, y la fuga desesperada de pasajeros y empleados despojados. En Km 34, lo recicladores descienden con su carga deteniendo a la formación 20 minutos. Allí los aguardan los cuatro acopiadores que con sus balanzas la tasan y sustentan su supervivencia.
Hay otras aguafuertes en el trayecto: niños raperos que recitan repertorios cerrados con sutiles ofertas de servicios sexuales destinadas a pasajeros depravados seguidos de cerca por los dos fornidos agentes de la Policía Federal que custodian la formación junto a la media docena de ferroviarios. También, familias enteras cargadas de alimentos “mangueados” en sus peregrinajes ya rituales por la zona oeste o con los descartes del Mercado Central.
La sordidez invita a reflexiones analgésicas: la admirable lucha cotidiana de aquellos para quienes el tren evoca la salvación de una penuria mayor corroborada durante sus cierres. Y la esperanza de que su traza y combinaciones abandonadas inspiren experimentos de integración sociourbanos como los de Medellín. La geografía llana y un pasado histórico de integración podrían ser el cimiento de la mancomunada intervención de funcionarios, empresarios, universidades y organizaciones barriales. Por ahora, también fantasmagóricos.

Miembro del Club Político Argentino y de Profesores Republicanos

http://indecquetrabajaiii.blogspot.com.ar/. INDECQUETRABAJA

jueves, 12 de septiembre de 2019

LA OPINIÓN DE JORGE OSSONA,


La irrefrenable pulsión suicida de jugar con fuego

Jorge Ossona
Nuestra dirigencia debe aprender de los errores recurrentes que en el pasado reciente llevaron al país al abismo y actuar con responsabilidad ante la gravedad de la situación
La historia no se repite nunca. Pero si de algo sirven las analogías que nos brinda es para tomar nota de errores recurrentes. La situación sustanciada en las PASO remite a la del 14 de mayo de 1989. Fue la fecha elegida por Alfonsín para celebrar las elecciones generales seis meses antes de la entrega del gobierno a su sucesor, el 10 de diciembre. Las razones eran desopilantes: una victoria exigua de Carlos Menem podía suponer alguna negociación superadora entre alfonsinistas y renovadores en el Colegio Electoral. Un cálculo totalmente disociado de la situación social y económica.
El Plan Primavera, ultima letanía del intento estabilizador del Austral, había sido saboteado tanto por aquellos que decían encarnar al "pueblo" como por "los mercados", que terminaron entrelazándose. Los últimos, mediante figuras emblemáticas del establishment, denunciando ante el FMI la inconsistencia de la estrategia antiinflacionaria oficial. Y los primeros, disponiéndose a demoler el prestigio del presidente haciéndolo irse "escupiendo sangre". Tal fue el sentido de augurar un dólar "recontra alto" y de jugar a la movilización final de los indigentes suburbanos.
El efecto de la maniobra desestabilizadora de enero en Washington fue deletéreo, como lo probó la devaluación del 6 de febrero. El BCRA cedió a las presiones devaluatorias y generó una volatilidad que abrió las puertas al infierno hiperinflacionario acechante desde hacía como poco 15 años. El candidato peronista triunfó holgadamente por efecto del voto castigo que la administración radical ya había recibido premonitoriamente en las elecciones de 1987.
Lo demás vino por añadidura: el nuevo país de la pobreza extrema estalló en medio de la anomia de los precios y Alfonsín debió resignar su cargo el 9 de julio. El nuevo gobierno peronista renunció al populismo económico del "salariazo" y la "revolución productiva", adoptando una versión reformista mucho más ortodoxa que la alfonsinista. Y sin restricciones, por la condición que le impuso a la administración saliente de aprobar en el Congreso sendas leyes de emergencia.
Hay analogías y diferencias entre aquella coyuntura y la actual. En mayo de 1989 ya había un gobierno electo de sustitución. Hoy ni siquiera; cosa que evoca una situación aún más grave, reveladora de la distancia entre la responsabilidad de la clase política y una realidad económica en la cornisa desde hace casi una década. Someter al país a un estrés electoral de casi un año no estaba a la altura de nuestras limitadas posibilidades materiales. A los costos de la elección en sí, se les suman las contingencias económicas a la vista.
Celebramos el lujo de una encuesta masiva disfrazada de primaria sin serlo: salvo algunas situaciones provinciales y locales, no se eligió absolutamente a nadie; aunque su resultado supuso un inmenso cisne negro de consecuencias impredecibles dada la eternidad que resta hasta la vuelta de octubre. En suma, el juego político de suma cero en medio de la crisis económica nos ha conducido nuevamente a una trampa peligrosísima; y ojalá que no mortal.
El día después de una derrota a manos del kirchnerismo ha llegado disparando con crudeza todos los demonios contenidos desde abril. En solo una jornada, el peso experimentó una devaluación de más del 25%, los valores argentinos se han derrumbado y ya se han registrado pérdidas indiscernibles de aquellas del memorable "golpe a la especulación" de febrero de 1989. Son indicadores que marcan el peligro cierto de un nuevo crash, como los de 1989 y 2001. El empobrecimiento de la sociedad argentina que se está incubando es monumental; e indudablemente tendrá consecuencias gravísimas en el corto y en el mediano plazo no bien la devaluación se extienda a los precios dada nuestra arquitectura productiva.
A los errores y la mala fortuna de la administración actual en 2018 se les sumarán los -hoy por hoy soterrados- de la anterior, que nos colocaron en más de una oportunidad al borde del abismo, como en 2014. Fue mérito de ambos evitar el desbarranco. Pero la Argentina parece gozar periódicamente el juego con una irrefrenable pulsión suicida. Falló en la dirigencia, una vez más, la conciencia de que desde hace una década venimos caminando sobre las brasas de un país estancado que oscila entre recesiones y reactivaciones de corto aliento.
Cuando en septiembre de 2008 estalló la crisis de Lehman Brothers, el presidente conservador saliente, George W. Bush y el demócrata electo, Barack Obama, concertaron una salida de emergencia descartando los fundamentalismos ideológicos. Algo parecido ocurrió en Brasil durante la transición de Fernando Henrique Cardozo a Luiz Inacio Lula da Silva. En ambos casos primó la responsabilidad patriótica sobre el interés general por encima de la puja facciosa, salvando a sus respectivos países de estrellarse. En el caso norteamericano, el esfuerzo evitó incluso una nueva depresión a escala planetaria como la de 1929, rápidamente disipada.
No está clara cuál será la estrategia del Gobierno para recuperarse, como promete, de acá a octubre. Una perspectiva que en modo alguno requiere prescindir de pactos de gobernabilidad básicos como los diez puntos enunciados hace apenas unos meses que el frenesí electoralista ha dejado en el olvido.
El peligro de un nuevo crash mientras tanto está ahí, acechante. De producirse, resulta, como poco, ingenuo pensar que habrá beneficiarios políticos inmediatos. Lo que sí está claro es que el fogonazo inflacionario disparará la desocupación y la pobreza a niveles peores que aquellos de 1989 y 2001. La coalición peronista victoriosa tampoco saldrá indemne: luce potencialmente inconsistente, e incuba tensiones internas que precipitarán y serán más difíciles de procesar que en una transición tranquila. Por lo demás, y más allá de los "destinos" de trágica memoria, ya no habrá empresas públicas que vender ni ningún prodigio salvador, como la supersoja de los 2000, sino una penuria que podría acotarse de evitar el cataclismo.
Pero de producirse como un sino trágico, el curso de los acontecimientos se les escurrirá entre las manos a todos, quedando a merced de los oportunistas providenciales, que no tardarán en aparecer. Esta vez reforzados por los riesgos de un nuevo autoritarismo que sepultará los últimos vestigios del consenso democrático de 1983. "Todos los incurables tienen cura hasta cinco minutos antes de la muerte", señalaba un Ricardo Balbín desesperado en marzo de 1976 ante la imposibilidad de un acuerdo que nos alejara de una pesadilla más honda que aquella que estábamos atravesando. Lo demás es sabido... Ojalá que la historia pueda asistir a nuestros dirigentes sobre las consecuencias de reincidir en otra pulsión fatídica.
Miembro del Club Político Argentino

domingo, 9 de septiembre de 2018

LA OPINIÓN DE JORGE OSSONA

Solo una nueva dirigencia capaz de dejar atrás a las elites parasitarias de hoy podrá poner en marcha la reintegración que el Gran Buenos Aires necesitaResultado de imagen para jorge ossona
Jorge Ossona

Con sus más de diez millones de habitantes distribuidos en sus treinta y cuatro municipios, inscriptos, a su vez, en tres cordones circulares, el conurbano bonaerense constituye la expresión por antonomasia del curso económico, social y político del país durante el siglo XX y los desenlaces electorales del país contemporáneo. También denominado "Gran Buenos Aires", no es sino el producto de la extensión de una mancha urbana que, luego de la crisis de 1930, desbordó las fronteras de la Capital Federal de manera incontenible configurando uno de los conglomerados urbanos más grandes del planeta.
Mosaico actual de fenómenos socioculturales fragmentados, fue, sin embargo, en sus orígenes, el producto de una composición social homogénea e integrada, continuadora de aquella comenzada por la inmigración aluvional desde 1880. Resultó de la trasmutación que supuso en la pampa húmeda la crisis de la agricultura exportadora a raíz de la Gran Depresión de 1930; un proceso particularmente traumático en un país cuyos pioneros habían cifrado allí las esperanzas de su realización.
En el curso de solo una década y media, sus descendientes se transformaron en los trabajadores de una industria sustitutiva de las importaciones que nuestro menguado saldo exportador no pudo seguir comprando. Sus resultados cuantitativos fueron de por sí elocuentes: de los 8000 inmigrantes internos anuales hacia mediados de los años 30 se trepó a casi 120.000 durante la Segunda Guerra y la posguerra. Todos ellos sumaron un millón de nuevos residentes en un anillo suburbano que creció de 3,5 millones de habitantes, hacia 1936, a 4,5 millones, según el censo de 1947.
Los 400.000 asalariados de 1936 se duplicaron en 1943 hasta alcanzar el millón hacia fines de los años 40. El 50% eran trabajadores industriales textiles y metalmecánicos concentrados preferencialmente en el primer cordón, constituido, de norte a sur, por los partidos de Vicente López, San Martín, Morón, La Matanza, Avellaneda, Lanús y Quilmes. Dos factores tendieron, por último, a homogeneizar sus experiencias en una densa subcultura urbana: la sindicalización, en principio, comunista, arrancada de cuajo por el golpe militar de 1943 y transformada, luego, en peronista, y la reproducción de nuevas barriadas merced al loteo de viejas estancias y quintas, aunque más deficientemente planificadas que sus precursoras de la Capital.
Aun así, este movimiento social y espacial acentuó los trazos gruesos de la etapa anterior. Hacia 1960, algunos estudios sociológicos consignaban que el 50% de los nacidos en hogares obreros ya habían ingresado en el vasto espectro de las clases medias merced a la calificación de oficios mejor remunerados. Se terminó entonces de consolidar un mundo compacto de pequeños y medianos industriales, obreros, empleados, comerciantes y profesionales de experiencias compartidas en clubes, plazas, centros comerciales, escuelas públicas y una densa vida barrial.
Confluían allí los más consolidados con aquellos en ascenso, aunque mancomunados por una tácita ideología común cimentada en el trabajo y la educación. También, en patrones culturales compartidos que abarcaban desde la organización familiar hasta la salud, la alimentación y el tiempo libre difundidos por revistas, radionovelas, películas, publicidad y, ya en los años 60, programas televisivos de variada índole.
Pero esta promisoria aventura colectiva no dejó de exhibir sus claroscuros. El optimismo del ascenso estuvo flanqueado por la ansiedad acentuada por los ciclos de una economía de bases endebles. Su principal indicador fue un proceso inflacionario endémico con su saga de aventureros en procura de fortunas fáciles y rápidas. El ingreso, a su vez, en una etapa industrial más compleja y capital intensiva protagonizada desde los 60 por ramas como la automotriz, la siderúrgica y la química básica purgó a muchas plantas procedentes de la anterior y ajustó a otras tantas respecto de los nuevos patrones tecnológicos.
Los desequilibrios se expresaron en diferentes planos. Un nuevo flujo de inmigrantes internos del nordeste y del noroeste le dio un nuevo impulso a la conurbación. Se extendió en dos nuevos cordones, aunque a instancias de "villas miseria" cuya transformación en barrios resultó más trabajosa que en la etapa anterior. Esta dinámica se alineó con niveles educativos más bajos respecto de los requeridos por las nuevas industrias. Eso supuso un punto de partida más precario en el sector de la construcción y los servicios domésticos de formalidad irregular.
Las nuevas clases medias, por su parte, tendieron a segregarse en núcleos urbanos en cuyos cascos sobresalieron los edificios de propiedad horizontal construidos precisamente por trabajadores provincianos recién llegados y atendidos por sus esposas e hijas como mucamas. La explosión educativa de carreras secundarias y universitarias no se ajustó al crecimiento menguante desde los años 70, generando experiencias de ascenso frustradas. Cundió, así, una sensación de pesimismo que, conjugada con la nueva brecha generacional, atizó la radicalización política de los 70 y su fatídico desenlace.
Fue en ese contexto que se ingresó progresivamente en la descomposición del orden social construido durante el medio siglo anterior. La crisis del Estado y la subsiguiente quita de subsidios y protección a las actividades industriales durante los años 80 y 90 fueron desafiliando trabajadores. Estos debieron buscar modalidades alternativas de subsistencia mediante trabajos precarios cuya remuneración insuficiente debió ser complementada por redes de asistencia barrial. Apareció, entonces, una pobreza social de contornos desconocidos asistida mediante ayudas alimentarias y programas focalizados administrados por intendentes municipales. La autoridad semidespótica de muchos tendió a reproducirse concéntricamente hacia abajo dando sustento a su reconocimiento colectivo como "barones del conurbano".

La mancha urbana prosiguió su curso, pero los clásicos loteos fueron sustituidos por ocupaciones compulsivas de tierras. En sus asentamientos se vertebró el denso entramado entre la burocracia municipal y los referentes sociales y territoriales encargados de la administración tercerizada de la subsistencia. En algunas zonas, esto se plasma en franquicias procedentes de la supresión de las funciones estatales básicas para habilitar actividades ilegales que abarcan desde el trabajo esclavo de inmigrantes indocumentados hasta la producción y el tráfico de estupefacientes que alimentan una violencia cotidiana diseminada.
A la distinción laboral que separa a los contingentes integrados de los marginados se les suman otras cimentadas en devociones integrales. Proceden del fútbol, la música, el origen provincial o inmigratorio, o bien de nuevas religiosidades cuyos emblemas se graban en el cuerpo como signo de entregas totales y comunitarias. Cada barrio pobre suele subdividirse en regiones tácitas de convivencias tan tensas como aquella que los separa de los de una clase media también escindida y a la defensiva por la inseguridad.
Mundos de calles frecuentemente no pavimentadas, carentes de agua corriente y de cloacas, sin servicios de recolección de residuos, incinerados en basurales a cielo abierto, "enganchados" a la red eléctrica y donde no ingresan ni ambulancias ni patrulleros. Limítrofes, a su vez, con otros en los que las clases medias acomodadas y altas residen en urbanizaciones cerradas. La escisión se reproduce en los servicios educativos, de salud, en los centros de diversión y esparcimiento y hasta en los cementerios.
Hasta aquí los dos movimientos socioculturales del conurbano durante el siglo XX. Un verdadero big bang que ojalá describa, en lo que resta del actual, una nueva reintegración ajustada a sus propias claves históricas. Solo posible merced a la iniciativa de una verdadera clase dirigente que sustituya a las elites parasitarias.

Historiador