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miércoles, 3 de junio de 2020

LA OPINIÓN DE JORGE SIGAL,


El fatalismo, la razón y la guerra

Jorge Sigal
Aun en la difícil situación es posible evitar la tentación autoritaria y optar por la salida democrática
La irrupción de lo desconocido es siempre terreno fértil para confirmar teorías fatalistas. En esta época de pandemia -la más horrible pesadilla que jamás imaginamos vivir- ha sido muy consultado por los medios el filósofo de origen coreano Byung-Chul Han. 
Byung-Chul Han :: Herder Editorial
Tuve la oportunidad de leer varias de sus obras antes de que el diablo se presentara ante nosotros con nombre de ungüento homeopático. El Covid-19 catapultó a Han desde su lugar de notable académico de la posmodernidad a gurú del cambio social que está por llegar.
Estudioso de Foucault y de su teoría sobre la sociedad de la vigilancia, el cientista social nos venía advirtiendo que nuestra nueva cárcel -la tecnología- nos llevaría, más temprano que tarde, a desfilar como zombis ante un poder omnipresente que no requeriría presidios de hormigón, simplemente porque ya estábamos arrodillados frente a un altar compuesto de teléfonos celulares, computadoras y otros instrumentos cazabobos.
Desde su experiencia juvenil en un país oriental -del que emigró hacia Alemania, según su propia confesión, para poder desarrollarse en un clima más liberal- el filósofo nos advertía en La sociedad del cansancio, 
La sociedad del cansancio: Segunda edición ampliada (Pensamiento ...
publicado en 2010, que el comienzo del siglo XXI no estaría marcado por la invasión de virus y bacterias, sino por las enfermedades neuronales. O sea que las nuevas plagas de los tiempos contemporáneos serían la depresión, los trastornos por déficit de atención con hiperactividad (TDAH), el trastorno límite de la personalidad (TLP) o el síndrome de descarga ocupacional (SDO). "A pesar del manifiesto miedo a la pandemia, actualmente no vivimos en la época viral", sentenció en aquel momento. El cambio de paradigmas lo habrían producido -según el Han precoronavirus- la invención del antibiótico y el desarrollo de las técnicas inmunológicas.
Por supuesto -y no es reprochable porque las ciencias sociales no son exactas-, el coreano ha revisado ahora aspectos sustanciales de su teoría. Y es verdad que, salvo por la contundencia de aquellas aseveraciones previas, ambas catástrofes podrían coexistir: que la época viral no haya desaparecido no significa que no terminemos sometidos por la alienación producida por poderosos sistemas tecnológicos. Ahí está, para confirmarlo, el modelo chino con sus plagas expuestas, el ocultamiento sistémico, sus celdas virtuales en plena expansión y la enajenación de un capitalismo salvaje. El país de Mao es, en simultáneo, cuna de pandemias y campo de exterminio de las libertades individuales. Vigilancia, alienación, cárcel y castigo. Atraso y modernidad en un mismo y exclusivo paquete promocional. Un socialismo muy particular.
Mi intención no es, por cierto, discutir con un titán de la filosofía como Han, ya que, de hacerlo, me revolcaría en el lodo de mi propia ignorancia. Pero me atrevo sí a cuestionar -desde mi experiencia como exadicto a los dogmas- los determinismos de cualquier especie y color.
Alguna vez imaginé que el universo sería comunista. Y no me faltaban razones para suponerlo. Durante mi adolescencia y mi juventud, tres cuartas partes de los habitantes del mundo vivían en sistemas colectivistas. Las leyes del materialismo histórico parecían inapelables. Había indicios concretos para concluir que el mundo sería rojo.
Sin embargo, en 1989, una implosión tan inesperada como lo fue el coronavirus puso el planeta patas arriba y el gigante bolchevique se desvaneció sin gemir.
Con la desaparición del Paraíso en la tierra, nacieron nuevos pensamientos de hierro. Otros dogmas, pero en sentido contrario. ¿Quién se atrevería a probar el mismo brebaje que había intoxicado a centenares de millones de personas durante casi siete décadas?, concluyeron inmediatamente los gurúes del libre mercado. Lo que viene -¡ahora sí!- será el reino de la libertad, el capitalismo eterno. Es el fin de la Historia. Marx ha muerto. Dijeron.
Pero, a poco de subastarse los restos del Muro de Berlín, otros pastores de la religión de los ateos alumbraron en Venezuela el socialismo del siglo XXI; se partió en Nicaragua otro hierro caliente y volvió el tiranosaurio Daniel Ortega; Bolivia y Ecuador inauguraron una folclórica colectivización, rara mezcla de indigenismo, catolicismo y marxismo-leninismo. Y buena parte de los biempensantes europeos compraron estos exóticos productos como señal de un nuevo amanecer. Podemos. No nos han vencido.
¿Entonces?
Sucede que el desarrollo humano no es una autopista de mano única, con punto de salida y de llegada. La Historia puede repetirse; a veces como tragedia; otras, como farsa. O puede producir respingos -cuando irrumpe lo impredecible- y cambiar el sentido del viento. Ni el fatalismo ni el optimismo constituyen el surco del devenir.
Han nos advirtió que nuestro destino estaba marcado y que terminaríamos encerrados en una cárcel cómodamente amoblada por sofisticados aparatitos. Que marchábamos, narcotizados, hacia el matadero de la singularidad.
Es posible, como dijimos, que el filósofo haya tenido razón y que peste más prisión tecnológica nos esperen en la próxima estación de un viaje hacia lo sombrío. Sin embargo, así como un virus interrumpió bruscamente su diagnóstico sobre "la sociedad del cansancio", pueden surgir otros factores que modifiquen la traza. Incluso que el camino continúe, serpenteante, y debamos ser nosotros los que elijamos hacia dónde queremos marchar, amén de los antojos de la madre naturaleza. Hay sin dudas una parte del porvenir que se construye. El boleto no está picado de antemano. Los líderes y dirigentes tienen un lugar preponderante en la dirección que las sociedades decidan finalmente transitar. El francés Marcel Gauchet habla de "acontecimiento político" y no duda de que dentro de esa sublime categoría se encuentra la batalla contra la terrible pandemia que ha interrumpido el siglo XXI. Es esta, señala, una tarea propia de los genuinos representantes del pueblo. No estamos en guerra, enfatiza, sino ante la responsabilidad por excelencia de la democracia: garantizar la vida y el bienestar de las personas. Nada que ver con bombas, misiles, uniformes y bandos castrenses.
Por lo visto, Angela Merkel, coincide con esa postura, ya que aseguró que Alemania -el país en el que reside Han- saldría del infierno viral por el camino de la normalidad institucional. Lejos de los espíritus templarios, de los exégetas de la excepcionalidad -aquellos que consideran la democracia un artículo de lujo para usar en tiempos apacibles-, la canciller germana rechazó la tentación autoritaria, respetó la división de poderes y se comprometió a preservar las libertades y los derechos de sus representados. Es decir, utilizó las herramientas legítimas del sistema constitucional para movilizar a una ciudadanía que sabe muy bien, por su traumática experiencia, sobre brebajes que matan en lugar de curar. Y, hasta donde podemos evaluar hoy, su firme decisión fue también garantía de eficiencia para combatir los estragos del Covid-19.
A Merkel no se le ocurrió apretar jueces o domesticar a la Justicia en medio de la catástrofe. No puso al Parlamento en un limbo. Ni liberó a criminales y corruptos presos. Tampoco amenazó a empresarios ni complicó las relaciones con sus socios comerciales europeos.
Así le va.

Periodista. Miembro del Club Político Argentino

martes, 28 de enero de 2020

LA OPINIÓN DE JORGE SIGAL


Un gobierno que envejece rápido en el país de la desconfianza

Jorge Sigal

Ha pasado poco más de un mes desde que Alberto Fernández asumió como presidente y su gobierno ya parece viejo. No hemos alcanzado siquiera a memorizar los rostros y los nombres de sus ministros y, sin embargo, flota la sensación de que están ahí desde hace una eternidad. La crisis, impiadosa, devora cada vez más rápido las expectativas.
Hace mucho que los veranos dejaron de ser el remanso que supimos conocer en nuestros años felices. La Argentina espera cada diciembre rogando que no haya saqueos, que los pobres reciban a tiempo las migajas que el Estado logra rejuntar apretando los cinturones de los sectores productivos o endeudándose para tapar el bache fiscal. Y que la caldera no reviente.
La novedad es que ahora ni siquiera el cambio de ciclo político parece retemplar los ánimos. Muchos argentinos ya han renunciado a recibir buenas noticias y solo esperan que, con los próximos anuncios, no les toque perder. Los jubilados, por caso, sabrán en marzo -según lo disponga el príncipe- cuánto tendrán que ceder de su tajada.
En treinta y seis años la democracia nos ha dado un piso nada desdeñable: a pesar de los cimbronazos -asonadas militares, hiperinflación, entrega anticipada del mando, renuncia de un presidente constitucional, gobiernos provisionales, proyectos de eternización- el sistema ha logrado mantenerse en pie. Pero los argentinos hemos dejado jirones en el camino. Y cada vez se nota más el cansancio.
Casi todos -salvo una minoría de iluminados y fanáticos- padecen la falta de un proyecto común, de una razón de ser como Nación. Nadie puede engañarse con la módica consigna de que, repartiendo lo que existe, esquilmando a los que están por arriba de la línea de flotación, habrá paz, pan y trabajo para calmar las necesidades insatisfechas. La esperanza se limita a que la cuerda aguante. Nos hemos hecho sobrevivientes del corto plazo. Porque el país que tenemos -injusto, desigual, desequilibrado-, luego de décadas de no hacer las reformas estructurales que el mundo globalizado exige, no da para más.
La polución ideológica -que el universo progre sigue alimentando desde sus medios petardistas- es una perversa distracción. Mientras que el extupamaro Pepe Mujica hace décadas que renunció a la revolución, acá tenemos muchos aspirantes a guerrilleros de café que siguen pidiendo lo imposible. El principal problema es que buena parte de esos cazadores de fantasías integran el actual gobierno. Y que tenemos una vicepresidenta que viaja muy seguido a La Habana.
Aunque les duela a los nostálgicos, no hay revolución ni paraíso a la vista. Hace tiempo que las utopías derivaron en infierno. De crisis en crisis y de ajuste en ajuste -que los Castro rebautizaron con el caribeño eufemismo de "período especial"-, Cuba empalidece, a fuerza de militarización y garrote, sin lograr escapar de los años 60. Para no hablar de Venezuela o Nicaragua, devastadas por dictadorzuelos que parecen emergidos de las novelas de García Márquez o de Vargas Llosa. No hay caminos óptimos -ahí están para probarlo los recientes estallidos en Chile-, pero hay algunos que se comprobaron trágicos e indeseables. El populismo autoritario, que el kirchnerismo nos sigue vendiendo como panacea, es uno de ellos.
Entre finales de los años setenta y comienzo de los ochenta, el filósofo Jean Baudrillard -traductor de Karl Marx, Bertolt Brecht y Peter Weiss, entre otros- escribió un trabajo que se publicó con el título "La izquierda divina", editado paradójicamente en la Argentina por el diario Página 12. Anticipándose a la debacle del llamado "socialismo real", el autor proclama allí "la incapacidad histórica del proletariado para realizar aquello que la burguesía supo hacer en su época: la revolución". Para explicar luego: "Cuando la burguesía pone final al orden feudal, subvierte realmente un orden y un código total de las relaciones sociales (nacimiento, honor, jerarquía) para sustituirlo por otro (producción, economía, racionalidad, progreso)". Es decir, genera una concepción radicalmente nueva de la relación social que pudo quebrantar "el orden de castas". Mientras que el proletariado "no tiene nada que oponer al orden de una sociedad de clases". Punto final para una ilusión de consecuencias trágicas que duró más de cien años.
Fernández parece ensayar un nuevo intento de peronismo heterodoxo (algo así como la tercera posición de la Tercera Posición): puja con las limitaciones internas de su coalición (convivir con los cruzados de la Patria Grande K, un chavismo poco imaginativo y falaz, que pretende distribuir migajas, imprimir billetes sin animales ni valor, aplastando al país productivo) mientras pone en práctica medidas económicas ultraortodoxas, netamente capitalistas. Su gestión está preñada por una contradicción de la que cuesta imaginar cómo se saldrá. No se puede estar un poquito cerca de Caracas y otro poquito de los grandes centros del poder económico mundial. La definición del rumbo no es una mera cuestión retórica, sino la base para generar consenso social con vistas al futuro.
Desde el punto de vista institucional, el nuevo-viejo gobierno puso mano a herramientas que pueden resultar riesgosas. En lugar de moldear consensos amplios como había prometido, apeló a los "superpoderes": optó por acotar el debate con la oposición (respaldada por más del 40 por ciento de los votos) y decidió pagar en soledad el precio por las medidas de brutal austeridad que puso en marcha. Hizo lo contrario de lo que recomiendan los manuales políticos en tiempos de crisis de las representaciones: se encerró en sí mismo, usó la superioridad numérica para imponer sus decisiones en lugar de utilizarla para negociar acuerdos. Como si fuera poco, algunos de sus funcionarios -como la ministra de Seguridad, Sabina Andrea Frederic, en el caso Nisman- arremeten contra la división de poderes, prometiendo revisar medidas que solo competen a la Justicia. A la concentración de facultades, le suman arrogancia y discrecionalidad. En consecuencia, aumentan las sospechas de que, en realidad, solo buscan tender un manto de impunidad sobre delitos aberrantes del poder.
El expresidente uruguayo Julio María Sanguinetti ha dicho -en una nota de extraordinaria claridad, publicada en estas mismas páginas el 8 de este mes- cómo deberían abordarse los grandes dilemas de la crisis actual de las democracias. "No hay explicaciones fáciles para temas complejos -advierte el estadista-. Y como en el devenir científico no se observa horizonte definible, solo se hace claro que más que nunca la seguridad está en los valores republicanos de la legalidad y los principios elementales de la buena administración. Que ninguna respuesta aparecerá por atajos populistas o desvíos iracundos; que la responsabilidad es colectiva y depende de los representantes tanto como de los representados que los eligen".
Si la confianza es hoy un bien escaso en todas partes, en la Argentina -donde las instituciones tambalean, las leyes no duran, la inflación se devora los ingresos y los gobernantes nos proponen refundaciones exprés sin sustento-, el riesgo de envejecer antes de tiempo es enorme.
Y si, en lugar de abrir la mano, se cierra el puño, ni hablar.

Periodista. Miembro del Club Político Argentino