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sábado, 30 de mayo de 2020

LA PÁGINA DE ALFREDO SERRA,


“Una catástrofe es también una nueva oportunidad”: salvó su vida porque perdió un tren y se convirtió en millonarioJohn D. Rockefeller no llegó a subir a un tren que descarriló y donde muy pocos pasajeros sobrevivieron. tres años después del fatal accidente fundó la Standard Oil, la mayor empresa petrolera de la historia. Murió el 23 de mayo de 1937, tenía 98 años y había sido el hombre más rico de la Tierra

Por Alfredo Serra
John D. Rockefeller (1839-1937) fue el gran magnate del petróleo 
La historia del protagonista de esta nota puede resumirse en un número: más de 800.000 millones de dólares. Calculados, según la inflación de los Estados Unidos, a hoy, mayo de 2020.
Pero podría ser cero. No existir…, si no hubiera perdido el tren de Cleveland a Nueva York, el 18 de diciembre de 1867, por pocos minutos: los que tardó el cochero que lo llevaba a la estación en limpiar una de las herraduras de su caballo.
Porque ese tren descarriló, y muy pocos pasajeros salvaron su vida… El episodio le dictó una de sus máximas: “Una catástrofe es también una nueva oportunidad”. Firmado: John D. Rockefeller. La "D" corresponde a “Davison”.
Y el nombre completo corresponde al hombre más rico del mundo. El Rey del Petróleo.
¿Cómo llegó a serlo? En principio, llegando al mundo en Richford, Nueva York, el 8 de julio de 1839, hijo del matrimonio de William Avery y Eliza Rockefeller. Familia de clase media, con sangre de inmigrantes alemanes de religión judía, y franceses que hicieron pie en los Estados Unidos en 1733.
De William todo puede decirse, menos que fue un esposo y padre modelo. Infiel y aventurero, desaparecía por largo tiempo, y aparecía sin aviso, con un cargamento de regalos para Eliza y para sus seis hijos.
Su oficio: impostor. Cabalgaba rumbo a las reservas indígenas y les vendía chucherías al doble o triple de precio, y su bolsillo creció mucho más cuando vendía pueblo por pueblo un brebaje misterioso que, según él, era infalible para curar el cáncer… Una vocación comercial que John D. heredó precozmente: en la escuela primaria –ya enamorado de los números– juntaba piedras, las pintaba, las vendía entre sus compañeros, y guardaba el dinero en un frasco azul: “Fue mi primera caja fuerte”, recordó muchos años después, cuando nadaba en millones…
John Davison Rockefeller camina junto a su hijo John D. Jr cerca de 1910 en Nueva York
Piedra a piedra, pincelada a pincelada, ahorró 50 dólares –en esos años, una suma respetable–, y los usó para prestárselos, al 7 por ciento de interés, a un amigo de su padre acogotado por las deudas. Episodio que le dictó otra de sus famosas máximas: “No trabaje por el dinero, deje que el dinero trabaje por usted”
En esa época, niño aún, inauguró una libreta que llamó “Registro A”, donde anotó cada uno de sus pequeños pasos financieros: un nombre que conservó hasta su retiro, en 1911… pero con muchos tomos: nada menos que el arrasador huracán de su imperio petrolero. Standard Oil. El mayor del planeta.
A los 16 años, ya contador y siempre obsesionado por los números, empezó a trabajar en una empresa de comercio de granos, de sol a sol (“Nunca me importaron los horarios”), llegó a ganar 600 dólares por año –era 1857–, y cuando le negaron un aumento de 200, que sin duda merecía, renunció y se lanzó a la aventura del negocio propio.
Su capital en ese momento: 800 dólares. Pero le faltaban 1.000 para crear su primera empresa de corretaje de granos. Se los prestó su padre... a un 10 por ciento de interés anual hasta que alcanzara la mayoría de edad. El vendedor de baratijas a los indios y de absurdas pócimas contra el cáncer… era un Rockefeller en estado puro.
Fundó con un socio la firma Clark & Rockefeller, ganó 4.000 dólares el primer año, 16.000 el segundo…, pero eterno disconforme, y luego de una inversión en la importación de café, olió algo también oscuro, denso y llamado a cambiar el mundo: Su Majestad el petróleo.
Su primer cuartel general: Cleveland. Ciudad que hacia 1861 era una de las más modernas y ricas del país, y sede de enormes industrias. “No tardé en entender –contó muchas veces, ya Gran Emperador del Oro Negro– que ese combustible sería la mayor fuente de energía del mundo”.
El año 1862 fue su primera llave: con sus ahorros levantó su primera refinería. En poco tiempo compró otras. Y no paró hasta tener casi todas las de la ciudad: El Dorado con el que vanamente soñaban los descubridores y conquistadores de tierras desde el siglo XV.
Su golpe de nocaut fue, en 1870, la creación de la Standard Oil: una empresa-monstruo que en poco tiempo refinó una cuarta parte… ¡de toda la producción petrolera del país! 
Pero, ¿qué clase de hombre era? Inteligente. Ojo de águila y olfato de perro cazador para los negocios. Insaciable: toda ganancia –hasta las siderales– le parecía poco. Religioso hasta la médula. Republicano en política. Ahorrativo hasta lo increíble: la misma ropa siempre, almuerzo en los restaurantes más baratos, y –según testigos–, “las propinas más miserables jamás conocidas”.
Se casó con Laura Celestia Spelman, una profesora de Nueva York, para toda su vida, y tuvieron cinco hijos: Elizabeth, Alice, Alta, Edith y John D., que dejó este mundo en 1960. Una prole cuyos nietos y bisnietos, hasta hoy, mantuvieron encendida la antorcha del poder y del dinero, a diferencia de otras poderosas familias que apenas dejaron huella.
Como dándole la razón a su dicho “todas las catástrofes son una oportunidad”, la feroz Guerra Civil Norteamericana fue la última llave que le abrió la más impenetrable de las puertas: lograr, en ese río sangriento y revuelto, convertir la mera extracción de petróleo en un pulpo de varios tentáculos: refinarlo, transportarlo –a pesar de la furia Cornelius Vanderbilt, dueño de los ferrocarriles que hacían ese trabajo– y controlar su marcha hasta el último punto del mapa del negocio.
"El que trabaja todo el día, no tiene tiempo para ganar dinero", decía Rockefeller 
Su golpe de nocaut fue, en 1870, la creación de la Standard Oil: una empresa-monstruo que en poco tiempo refinó una cuarta parte… ¡de toda la producción petrolera del país! Antes, con un impresionante gancho de derecha: compró 22 de las 25 refinerías de Cleveland (la prensa llamó a esa operación “la conquista de una ciudad”), obligó a sus competidores a vender o asociarse con él, y hacia 1878 (apenas 8 años después de su nacimiento), la Standart Oil controlaba ¡el 90 por ciento de todas las refinerías del país! De costa a costa. De Norte a Sur. Y más tarde, a través de una segunda y colosal empresa (Standard Oil Trust), extenderse hasta casi medio mundo.
Pero el dueño absoluto del titánico imperio tropezó con las leyes: empezaba a tener peso la reglamentación de la libre competencia entre empresas, y el todopoderoso zar fue acusado de monopolio. Detonó entonces una frase que irritó a los jueces:
-La competencia es un pecado. Por eso la elimino…
Pero dos tribunales, la Suprema Corte de Ohio y el máximo tribunal de la Nación, fallaron contra él: para la Justicia, su imperio era un monopolio (por lo tanto, ilegal), y ordenó su disolución. John D. apeló sin éxito, ganó tiempo, y en 1899 dividió al gigante invencible… en 37 corporaciones, conservó el 30 por ciento de las acciones de todas ellas, y su familia, el resto. Corolario: la nave de su fortuna eludió todos los icebergs legales sin un rasguño. Tenía apenas 50 años, y era el hombre más rico de la Tierra.
Regándola con sus máximas:
-El que trabaja todo el día, no tiene tiempo para ganar dinero.
-¿Mi mayor placer? Ver cada noche las ganancias que desde la mañana me produjeron mis inversiones.
-Puedes rendir cuentas por cada millón ganado…, menos por el primero.
-La mayor virtud es la capacidad de tratar con la gente. Yo pago más por esa capacidad que cualquier otro hombre bajo el sol.
En 1911 renunció a la presidencia de su inmenso imperio y se mudó a su casa en Ormond Beach, Florida. Allí murió el 23 de mayo de 1937. Tenía 98 años 
Estaba listo para seguir avanzando, pero su salud se resquebrajó severamente. Su estómago era un caos, perdió el pelo, su cuerpo se achicó y se encorvó. Parecía un hombre veinte años mayor. Apenas podía mantenerse en pie.
En 1911 renunció a la presidencia de su inmenso imperio y se mudó a su casa en Ormond Beach, Florida. Allí murió el 23 de mayo de 1937. Tenía 98 años. Fue sepultado en el Lake View Cementery, Cleveland.
La ciudad desde la cual llegó a la cumbre… después de ganar, niño todavía, 50 dólares vendiendo piedras pintadas en la escuela.
Post scriptum:
A pesar de que el lugar común suele mencionarlo como “el hombre más admirado… y más odiado de los Estados Unidos”: un impiadoso, implacable, despiadado barón de la industria, etcétera… John Davison Rockefeller donó casi toda su fortuna a obras de beneficencia, y dejó un asombroso legado cultural: la Universidad de Chicago (cuna de 87 premios Nobel), la Universidad Rockefeller de Nueva York, el Lincoln Center, fundaciones para el progreso de la educación, la medicina y la investigación científica, y un prodigio arquitectónico como el Rockefeller Center –que no llegó a ver: murió antes de la inauguración–. Un complejo de 19 edificios comerciales, que cubre 22 acres entre las calles 48 y 51: acaso el escudo de Nueva York, la ciudad mágica por excelencia de los tiempos modernos. Si a los hombres se los conoce por sus obras (precepto bíblico), ese hombre también fue el mismo al que tantos denostaron. Y todavía hoy, aunque muy tenues, lo alcanzan esos ecos… Poco importa: que cada uno ponga en la balanza las pesas que quiera. Pero, se incline hacia el Mal o hacia el Bien, nada borrará lo maravillosamente bien hecho.

domingo, 8 de diciembre de 2019

LA PÁGINA DE ALFREDO SERRA,

LEIDO POR JORGE FERÁNDEZ DÍAZ

35 años del asesinato de Indira Gandhi: la traición de 3 guardaespaldas y 30 balas contra la unidad de la turbulenta IndiaLa tenían por una dama inofensiva, pero ganó la guerra contra Pakistán, y sus cruzadas Verde y Blanca terminaron con la malnutrición y el hambre extremo

Por Alfredo Serra
Indira Gandhi celebra junto a sus simpatizantes luego de que su partido ganara la mayoría de dos tercios del parlamento indio el 11 de marzo de 1971
Nueva Delhi, India, último día de octubre de 1984. Indira Priyadarshini Gandhi, primera ministra, sale de su casa después de grabar una secuencia de la serie Peter Ustinov´ People, cuya estrella es el gran actor y director británico.
Pero no alcanza a dar dos pasos. Tres de sus guardaespaldas la acribillan con una pistola y un fusil recortado. Treinta balas muerden y perforan su cuerpo. La internan sin esperanza: muere en la mesa de operaciones.
La raíz del magnicidio es religiosa (nada nuevo en la convulsa india): ella es hinduista, y sus asesinos, de la secta sij, fundada en el siglo XV y convertida en religión activa a fines del mil setecientos: doce millones de fanáticos que pretenden quebrar la unidad del país separando Purijab, Jamu y Cachemira del tronco central.
Jawaharlal Nehru, el primer primer ministro de la India tras su independencia junto con su hija Indira Gandhi en Londres
Por razones parecidas, treinta y seis años antes, el primer día de enero de 1948, la ceguera religiosa de un hinduista del ala derecha acabó de un balazo con la vida del doctor Mohandas Gandhi, padre de la independencia de la India, colonia británica durante tres siglos…
Indira no era una Gandhi de la sangre del mahatma (alma grande): tomó el nombre de su marido, Feroze Gandhi, sin parentesco alguno, tampoco, con aquél.
Pero a los dos los guió la misma pasión: la unidad de ese inmenso país azotado continuamente por los nacionalismos extremos y los odios religiosos.
Hija única de Jawaharlal Nehru, primer premier de la India independiente (15 de agosto de 1947), formada en Oxford, en 1938 se alistó en el Partido del Congreso, y sí colaboró con el mahatma, su mayor mentor.
Indira Ghandi al hablar en un almuerzo en el National Press Club de Washington, el 29 de marzo de 1966
Muchos no la creyeron capaz de llegar a la cumbre política, pero se equivocaron. Fogueada durante más de tres lustros junto a su padre, subió toda la larga escala de cargos hasta asumir como primera ministra el 19 de enero de 1966, hasta marzo de 1977, y por segunda vez, desde 1980 hasta su muerte.
Ni pronorteamericana ni prosoviética, mantuvo con los dos gigantes un delicado equilibrio. ¿Sus ideas generales? Creía en el socialismo, en la paz, en mejorar la vida de los pobres –acaso el mayor estigma de su patria–, y lo práctico fue una administradora honesta –pese a que no le faltaron denuncias de corrupción–, logró grandes progresos en la agricultura y en la industria, y terminó hasta cierto punto con algo que se creía imposible: el hambre extremo de millones…
Elegida primera ministra –de urgencia, ante la muerte repentina del titular, Lal Bahadur Shastri, apenas a dos años de asumir–, fue imaginada como una dama inofensiva y transitoria, pero erraron largamente el pronóstico. Ocupó su cargo una semana después de iniciada la guerra con Pakistán. Sin nada que la detuviera, pese a la oposición de Richard Nixon y Henry Kissinger, que la juzgaron “irracional e irresponsable”, preparó a sus tropas (93 mil hombres), los lanzó contra el enemigo, y logró una histórica victoria.
No fue la única. Ante la amenaza de China, inició el programa nuclear de su país. Enemiga de Nixon (la llamaba “vieja bruja”), lejos de depender de su ayuda alimentaria, transformó al país en exportador de trigo, arroz, algodón, leche. Las llamadas Revolución Verde y Revolución Blanca. La última, un arma contra el largo estigma de la malnutrición.
Sin embargo, jaqueada políticamente, en 1975 declaró el estado de emergencia, la censura de prensa, la esterilización obligatoria (control de vientres), e impuso una dictadura. En su mayor crisis, llamó a un plebiscito, y perdió.
¿Su ostracismo político? No. Fue reelecta tres años después, en 1980, aclamada por las clases bajas…
Indira en su casa de Nueva Delhi, en mayo de 1983, ya durante su segunda mandato como primera ministra india, cuando enfrenta las tensiones con los nacionalistas sij que la llevarían a la muerte al año siguiente
Pero su trágico final empezó a escribirse en su batalla contra el nacionalismo sij en el Punjab, que bregaba por convertirlo en un estado religioso independiente. Con la bandera de la unidad –su pasión– mandó una tropa al templo en que estaban reunidos los militantes. Acto a sangre y fuego. Más de mil muertos. Y el odio sij, decretando, más tarde o más temprano, su muerte.
Y así fue. Los asesinos (Beant, Satwant y Kehar Singh) fueron abatidos de inmediato. Pero eso no impidió que el bárbaro final de Indira fuera algo menos que una catástrofe nacional.
Paola Capriolo, novelista y traductora italiana, escribió: “Hay esperanzas que no se pueden cumplir en toda una vida (…) Ahora las llamas se han extinguido, las cenizas están frías, y pronto se recogerán en una urna de bronce. Le tocará a Rajiv, su hijo mayor, llevarlas en un avión para esparcirlas sobre las montañas nevadas de Cachemira, según su deseo. Los restos mortales de Madre Indira, la mujer más amada y odiada de la India”.

lunes, 14 de octubre de 2019

LA PÁGINA DE ALFREDO SERRA,


La casual invención y la tétrica historia de la silla eléctrica Fue creada hace más de dos siglos porque las autoridades la consideraron una máquina de matar “más humana que la horca”

Por Alfredo Serra
(Ilustración: Rodrigo Acevedo Musto)
Estados Unidos, 1887. Dos hombres luchan por imponer su sistema eléctrico en las ciudades: Georges Westinghouse y Thomas Alva Edison. El primero aboga por corriente alterna llevada por cables aéreos; Edison, desde su laboratorio de Menlo Park, New Jersey, se opone: prefiere corriente continua por cables subterráneos. Y encarga el desarrollo del sistema a su empleado Harold P. Brown…
Un año antes, el estado de New York creó un comité para proponer un modo de ejecución capital "más humano, que reemplace a la horca", según el primer artículo del plan de trabajo.
Brown presenta el plano con su proyecto: la silla eléctrica. Ha inventado un método de muerte que seguirá vigente por más de un siglo, y sin pérdida de tiempo se aprueba la construcción de la terrible máquina en la prisión de Sing-Sing, estado de New York. Macabra ironía: los operarios son los prisioneros…
En la primera ejecución, el circuito eléctrico falla, el condenado sufre quemaduras de tercer grado, y le cambian la pena: perpetua con trabajos forzados.
Se necesita otro candidato, y lo encuentran en Buffalo. Nombre: William Kemmler, vendedor ambulante de fruta. Cargo: asesinato. Pero Westinghouse protesta: no quiere que la electricidad y sus aplicaciones sea usada para matar. Pero alguien lo refuta: ¡el mismo Kemmler! Que en rueda de prensa dice:
–Soy un criminal y debo morir. Muy bien. Pero no en la horca. En esa silla que han inventado, y es más moderna.
Edmund Zagorski asesinó a dos personas en el estado de Tennessee y prefirió morir en esta silla eléctrica que recibir la inyección letal. Fue ejecutado en noviembre pasado
El 6 de agosto de 1890, a las seis y media de la mañana, lo sientan en el espantoso artefacto, le colocan dos electrodos (pierna y columna vertebral). La silla tiene tres patas: la cuarta es una pierna del reo. El verdugo es Edwin Davis. Hace girar el interruptor, y un olor a pelo y carne quemados inunda el lugar. La ejecución ha durado diecisiete segundos. El médico lo ausculta:
–¡Está vivo! Hay que volver a empezar. ¡Más corriente! ¡Que esto termine de una vez!
El pastor que asiste a los condenados pide clemencia. Pero Davis no vacila: aplica mil setecientos voltios durante un minuto y seis segundos. Literalmente, lo fríe…
–Ha muerto –confirma el médico.
El 20 de marzo de 1899, también en Sing-Sing, muere en la silla fatal Martha Place, condenada por asfixiar con una almohada a su hijastra, de 17 años. Oscuramente histórico: la primera mujer ejecutada "de modo más humano" (¿¿??).
El jueves 12 de enero de 1928 sentaron en "la matadora eléctrica" (apodo en boga) a Ruth Brown Snyder por el asesinato de su marido, un importante editor, confabulada con su amante. En el momento culminante, el fotógrafo Thomas Howard, que había ocultado una cámara en su pantalón, logra la primera foto de ese instante. Al otro día, el New York Daily News la publica, y desata un huracán de protestas…
Nacidos en el mismo año –1847–, Westinghouse muere en 1914, y Edison en 1931. Pero hasta su último día, arrepentidos. Jamás imaginaron que su pugna por imponer un sistema eléctrico para mejorar la vida humana sirviera para matar. Es más: Westinghouse demandó al estado de New York para impedir el uso de la silla en sus cárceles, pero la respuesta fue "No ha lugar". Y rápidamente, ese modo de pena capital fue adoptado primero por Ohio, Massachusetts, New Jersey y Virginia, y luego por más de treinta estados.
El asesino serial récord Ted Bundy fue ejecutado en la silla eléctrica el 24 de enero de 1989.
Otra gota que rebasó el vaso de la paciencia: el 21 de octubre de 1929, George Junius Stinney Jr. fue fulminado en la silla por matar a dos niñas: Betty June Binnicker (11 años) y Mary Emma Thames (8), a golpes, con un trozo de viga de madera.
Un caso más…, si no fuera porque George, negro –dato no menor–, ¡tenía 14 años!
Sucedió en Clarendon, Carolina del Sur: donde según sus leyes, a esa edad se los considera adultos…
Pasados setenta años, la jueza Carmen Tevis Mullen decretó que George "no tuvo un juicio justo". Además, una investigación a fondo descubrió que el arma asesina pesaba casi veinte kilos: imposible de levantar por el esmirriado reo, y menos con fuerza capaz de apalear y matar a las dos niñas.
Lentamente, el público se enteró de los irritantes detalles de la muerte por electrocución. La cabeza del condenado es afeitada, lo mismo que una de sus pantorrillas, para instalar los electrodos conductores de la carga. Se lo ata a la silla por las muñecas y los tobillos, y el pecho con una o dos correas. Para que la carga inicial, de dos mil voltios, llegue más plena, se le moja la cabeza con una esponja. Si la muerte no sucede en los primeros quince segundos, la operación se repite hasta que el cuerpo se caliente hasta los 100 grados: temperatura que lesiona todos los órganos internos.
¿La muerte es instantánea? Leading case: se supone que sí, pero en muchos casos no…, y el condenado lanza alaridos mientras la corriente pasa por su cuerpo. A veces, la carga fractura las piernas y causa espasmos, de modo que la muerte es más lenta, y muy dolorosa. En general, la mayoría de los estudios determinó que "no es un proceso limpio". Entre otras cosas, porque después del acto hay que limpiar la silla para sacar los restos de piel quemada…
La ley establece un tope de descargas. Si el condenado resiste, la ejecución debe ser suspendida, y la víctima, atendida en el hospital de la prisión.
Pero al menos en dos casos y cuatro personas, la ley fue violada.
Acusados de robo a mano armada –nunca probado– el zapatero Nicola Sacco y el pescador Bartolomeo Vanzetti, inmigrantes italianos de ideas anarquistas, fueron llevados a la silla el 23 de agosto de 1927, en medio de una gran protesta de su comunidad, y ejecutados. Pero la convicción de los testigos autorizados a presenciar todo el proceso es que sufrieron más cargas de las permitidas.
El matrimonio Ethel y Julius Rosenberg fue ejecutado en 1953 en la silla eléctrica acusado por presunto espionaje durante los años más feroces del macartismo.
Algo más de un cuarto de siglo después, los esposos de religión judía Etel y Julius Rosenberg murieron electrocutados bajo el cargo de "espías comunistas que vendieron secretos atómicos". Y también ellos recibieron más voltaje que el permitido… No es casual que este escandaloso juicio y su final ocurriera en pleno macartismo –o caza de brujas–: la persecución de presuntos comunistas tejida por el senador Joseph Mccarthy…
El 24 de enero de 1989, después de caminar de un extremo a otro de "la milla verde", el camino que lleva desde la celda hasta el lugar de ejecución, Theodore Robert Bundy(Ted Bundy), el atroz asesino serial récord de los Estados Unidos, se estremeció al ver la silla. Autor de treinta asesinatos, violador y necrófilo, duro como una roca, apenas pudo resistir ese instante. Tembló. Pero antes de que lo sentaran y empezaran a prepararlo, se acercó a la pantalla transparente que lo separaba de los testigos, respiró hondo, y dijo:
–Está todo bien.
El verdugo –150 dólares por cada ejecución– apretó el botón, y dos mil voltios acabaron con la vida del que tantas había segado…
Pero más allá de juicios y prejuicios, ninguna polémica sobre la silla eléctrica –y la pena de muerte en general– debería ignorar el testimonio de Allen Ault, psicólogo de un centro de diagnosis y clasificación del servicio de prisiones de Georgia, y luego su director. Obligado por su cargo a supervisar las ejecuciones, confesó (aterrado) en un programa de tevé de la BBC:
–¡Todavía tengo pesadillas! Oí muchos "perdóname, por favor". Vi la sacudida de la electricidad corriendo por los cuerpos…, y supe que había asesinado a otro ser humano. He pasado la vida entera arrepintiéndome de cada momento y cada ejecución. Es la forma más premeditada de asesinato que uno puede imaginar, y se queda en la psique para siempre.
Ault dejó su cargo en 1995.
Desde entonces está en tratamiento psicológico. Y sigue su cruzada al grito de ¡No a la pena de muerte!
Hoy, unos treinta estados de USA declararon su oposición a la pena capital. La cantidad de ejecuciones disminuyó. Pero según las encuestas de opinión, la mayoría de los ciudadanos creen que "es justo matar a los culpables de crímenes atroces".
A 129 años de su primera víctima, la silla, la freidora, la bruja –y otros apodos–… sigue esperando.

jueves, 10 de octubre de 2019

LA PÁGINA DE ALFREDO SERRA,


La misteriosa muerte de una diva inolvidable
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Un artículo de Alfredo Serra que narra la trágica y misteriosa 
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muerte de Grace Kelly.
La semana que termina ese 13 de septiembre de 1982 no fue fácil. Según el chofer, el jardinero y la reconstrucción de Jeffrey Robinson, biógrafo de Su Alteza Serenísima Grace Kelly, ella –52 años– y la menor de sus hijos, Estefanía –17 años–, “fue turbulenta”.
Pasaron esos días en la residencia de verano del pequeño pueblo de La Turbie, región de Provenza-Alpes-Costa Azul entre reproches y gritos, sin tregua siquiera durante el magro desayuno.
Problemas viejos pero siempre ardiendo…
Grace se enfurece ante la conducta de la rebelde Estefanía: amores precoces con el hijo de Alain Delon y el de Jean-Paul Belmondo, fiestas alocadas, súbitas desapariciones. Por fortuna, en pocos días más estará en París y en su colegio, de modo que las dos deben volver al palacio.
Las espera un viaje tan corto como peligroso: apenas 10 kilómetros y un soplo, pero en una carretera endiablada. Un camino de cornisa con curvas, contracurvas, y una de ellas tan cerrada, que hasta el más audaz no la tomaba a más de 20…
Camino con prosapia: en 1955 se filmó allí Para atrapar al ladrón, con Grace Kelly y Cary Grant, dirigidos por Alfred Hitchcok…
A las nueve y media, la princesa le pide al chofer que prepare el auto. Una joya: Rover P&B 3500, dorado, cambio automático, regalo de la fábrica British Leyland en 1972. Dato en contra: una joya, pero con diez años sobre sus chapas y motor.
Antes de arrancar, Grace apila varios vestidos en el asiento trasero, y a las 10 en punto, al volante, emprende el breve viaje. Cinco minutos después, al enfrentar la curva diabólica, el Rover sale del camino, se despeña por la ladera de la montaña, y cae en un sembradío.
Sesto Lecchio, labriego y dueño del terreno, advierte que el auto despide humo: preludio de incendio. Apaga las primeras llamas y ayuda a salir a Estefanía “por la puerta delantera izquierda, la del conductor”, declarará en la seccional de policía, e infinitas veces a la ávida prensa.
Una vez a salvo Estefanía –apenas unos golpes–, saca a Grace por la luneta trasera, porque el impacto la arrojó sobre el asiento en el que estaban los vestidos.
Por fin llama a una ambulancia, y las dos mujeres son llevadas al hospital. Princesa Grace. Creado e inaugurado por ella. Interrogado otra vez, Lecchio declara algo clave:
–El auto venía a no menos de cien por hora, y no bajó la velocidad: salió disparado como una bala. Para colmo, ninguna de las dos tenía puesto el cinturón de seguridad. Eso no podía terminar bien…
Grace Kelly está malherida: fracturas del fémur derecho, clavícula, costillas. Diagnóstico: “Grave”. Pero no hay alarma de desenlace fatal…
Sin embargo, a las diez y media de la noche del 14 de septiembre, algo más de doce horas después de accidente, la mata una severa hemorragia cerebral.
Junto a su cama, Rainiero y sus tres hijos: Carolina, Alberto y Estefanía. En el centro del luto se instala un clavo ardiente: ¿Quién manejaba?
Según Lecchio, el testigo más directo y valioso, “la señora princesa”. Según los devotos de la estadística, “no pudo ser otra que Estefanía, sus locuras la condenan”. Pero no hay pruebas. Primer testimonio de Estefanía: “Manejaba mi madre”.
Palabras que repite en 1989, siete años después, amplía al cumplirse dos décadas de la tragedia, frente a un periodista de Paris Match: “No sólo pasé por el horrible trauma de perder a mi madre tan joven, sino estar a su lado en el momento del accidente. Nadie puede imaginar lo que sufrí… ¡y lo que sigo sufriendo!”.
Pero volvamos a Grace Kelly y los ecos de ese último día de su vida. Ecos extraños… La primera y obvia pregunta de todo el Principado: “¿Fallaron los frenos?”
Incógnita sin respuesta, o silencio sospechoso: nunca se informó públicamente el resultado de los peritajes. El Rover fue llevado al garaje del Palacio de Roquebrune, y jamás salió de allí.
¿Grace había bebido? Pregunta pertinente: la perseguía cierta fama de adicción al alcohol desde sus días de estrella de Hollywood. Pero si hubo análisis de dosaje, nadie supo el resultado en Mónaco ni en el mundo.
¿Fue bien atendida? Uno de los tantos rumores desplegados como abanico asegura que el hospital monegasco no tenía tecnología suficiente para detectar el derrame cerebral in progress, y que si la hubieran llevado a una clínica especializada de Niza –a veinte kilómetros de Mónaco–, tal vez se habría salvado. ¿Posible, o sólo un dado en el aire?
Más declaraciones de ese mismo y negro día. Un gendarme: “Me crucé con el Rover antes del accidente, y reconocí a Grace Kelly al volante”.
Un camionero: “Iba detrás de ellas, y me extrañó mucho que ni en la curva ni al salir del camino se encendieran las luces traseras de freno. No me lo explico”.
Según el chofer y el jardinero de la residencia veraniega de Le Turbie, “la princesa sufría de grandes dolores de cabeza. Cefaleas muy agudas que la paralizaban”.
Dato que lleva a otra conjetura: ¿uno de esos dolores la acometió antes del accidente, y perdió el control del volante? Y otra, más loca, improbable, pero que se esgrimió: “¿Fue un suicidio? Y si no lo fue, ¿por qué ante esa curva, que conocía muy bien, no frenó?”.
Según algunos médicos cercanos al caso, “lo que desencadenó el desastre fue un accidente cerebrovascular. Ocurrió un poco antes de la curva, paralizó a Grace Kelly, y perdió el control del volante. Estefanía nada pudo hacer…”.
Estefanía, que amplió su inicial declaración ante Paris Match algo después.
“Yo no manejaba. Eso está claro. Salí disparada dentro del auto, y mi madre, catapultada al asiento trasero. La puerta del copiloto estaba destrozada, y salí por el único lugar posible: el del conductor. A lo largo del camino, mi madre se quejó del dolor de cabeza, y al parecer, poco después, sintió un fuerte dolor en el cráneo, y durante un segundo pareció desmayarse. En ese momento, el auto empezó a desviarse. Ella abrió los ojos rápidamente, pero fue tarde. Siempre me pregunto: ¿confundió el pedal del freno con el pedal del acelerador?”
Pasaron 37 años. Todas esas voces se acallaron. Pero el misterio será siempre una oscura nube sobre Mónaco: esa bellísima e inconmovible postal de mar, cielo y

lunes, 7 de octubre de 2019

LA PÁGINA DE ALFREDO SERRA,


A 1940 años de la tragedia de Pompeya: una ciudad entera sepultada en segundos por la furia del volcán VesubioEn el museo de sus ruinas se ven víctimas convertidas en estatuas estremecedoras: lo que hacían algunos habitantes en el instante de su fulminante muerte

Por Alfredo Serra
Pompeya (ilustración: Rodrigo Acevedo Musto)
"El mar que se retira, el desmoronamiento de los edificios, y la oscuridad que avanza como si persiguiera a la multitud que huye; y por la tarde, cuando la luz reapareció en Miseno, la ciudad estaba cubierta por un manto de ceniza blanca, aunque sin haberla enterrado por completo".
Esto escribió Plinio el Joven (Cayo Plinio Cecilio Segundo, 61-112) en una carta a su amigo Cornelio Tácito. Él y su tío Plinio el Viejo (Cayo Plinio Segundo, 23-79) fueron los únicos cronistas de la destrucción de Pompeya, sepultada por el volcán Monte Vesubio (1.871 metros de altura) el 24 de agosto del 79 después de Cristo.
Para el Viejo, escritor, naturalista y militar, también su último día de vida: trataba de escapar de la garra ardiente del volcán, cuando la nube de gas sulfuroso lo asfixió en el acto. Su cuerpo apareció tres días después…
Paradoja. La Bahía de Nápoles, uno de los paisajes más bellos del mundo, tiene enfrente su némesis: el volcán Vesubio, calificado como el más peligroso del planeta. Que ese día, cerca de la una de la tarde, lanzaría un ultimátum del Infierno sobre Pompeya, Herculano, Oplontis y Estabia, las poblaciones más cercanas.
Las ruinas de Pompeya y el volcán Vesuvio 
Primer día
Según los escritos de los Plinio –no existe otra referencia directa–, ese 24 de agosto empezó en Pompeya un día normal. Por ejemplo, en la Casa de los Pintores, un grupo de obreros siguió cubriendo con yeso fresco una pared destinada a mural, mientras un pintor bocetaba en papel el tema elegido…
En un punto que ambos cronistas, instalados en el puerto de Miseno, fijaron entre las diez de la mañana y el mediodía, una serie de explosiones nacidas en la capa freática del volcán abrió las puertas del terror.
El suelo tembló. Otro pintor, en lo alto de su andamio, no pudo impedir la caída de un cubo con cal que salpicó la pared. Diecinueve siglos más tarde, los arqueólogos encontrarían esas huellas…
Las ruinas de Pompeya
Después de un lapso de calma, a la una de la tarde, la tapa de lava sólida que bloqueaba la chimenea –así se llama– del volcán, empujada por la presión de los gases, voló como un gigantesco corcho de champagne (figura anacrónica: el monje Dom Perignon creó esa bebida en 1693), y una gigantesca y ominosa nube oscura tornó el día en noche.
Según Plinio el Viejo, esa formación cobró la forma de un pino (en el siglo XX, sería bautizada como "Penacho pliniano").
Segundo día
Al amanecer del 25, ese penacho, cargado de gas y materia volcánica, se elevó hasta una altura colosal: 32 kilómetros. Diez más de la distancia entre Pompeya y la ciudad de Nápoles. Y un fuerte viento del sureste fue llevándolo hacia Pompeya como una flecha mortal en cámara lenta…
Mientras, en Miseno, Plinio el Viejo ordenó preparar una galera para navegar hasta el punto más cercano posible a la inevitable catástrofe
Siete horas después de la primera erupción, ya había caído sobre la ciudad condenada una lluvia de cenizas volcánicas, piedras pómez y otros venenos, y en este segundo día la ola avanzó a unos quince centímetros por hora que, ya como capa, alcanzó casi el metro y medio: preludio de la tragedia; era muy difícil escapar…
Los cuerpos de los habitantes de Pompeya quedaron fosilizados en el instante que la lluvia volcánica cayó sobre ellos
A las ocho de la noche, la capa de piedras pómez de varios colores, llamadas Lapilli, llegó muy cerca de los tres metros.
Los primeros habitantes que huyeron de Pompeya cubrieron sus cabezas, ojos y narices para eludir el polvo volcánico, pero fue inútil: murieron sofocados por el veneno.
Tercer día
El peso de esa lluvia de piedras hundió más de la mitad de los techos de Pompeya.Muchos de sus habitantes, desesperados, creyeron que el refugio más seguro eran las bodegas de sus casas. Decisión fatal: una vez allí, no pudieron salir, y el derrumbe de los techos hizo de las bodegas un cementerio…
Y empezó la etapa de destrucción final. La gigantesca columna de gases y piedras no pudo soportar su propio peso y cayó sobre sí misma: una implosión que dejaría correr lava ardiente por los flancos del volcán (colada piroclástica, una especie de aerosol volcánico), que
borró del mapa a Herculano, pequeño pueblo costero, y que fatalmente llegaría a Pompeya.
Cuarto día
A las seis de la mañana, una segunda oleada volcánica acabó con todo. Como un anticipo del fin del mundo, hombres, mujeres y niños se convirtieron en instantáneas estatuas. Unos, durmiendo. Otros, tomando su desayuno. Otros, en pleno acto sexual. Un brutal corte de la vida, en segundos.
Después, el terrible silencio de los sepulcros…
Un caballo que quedó sepultado por la erupción que acabó con Pompeya
Huesos y moldes
En el siglo XVIII, las primeras excavaciones en lo que fueron Pompeya, Herculano, Oplontis y Estabia revelaron, a través de decenas de esqueletos, esa "muerte en acción", como los arqueólogos definieron la catástrofe.
Antes, Pompeya era una de las ciudades del sur de Italia que más floreció durante el imperio romano. Tierra rica, lugar privilegiado para el comercio por mar, lujosa decoración de sus villas (frescos y pinturas de las que aun hay restos), y construcciones notables: Casa del Fauno, Villa de los Misterios, Anfiteatro, Templo de Apolo, Templo de Júpiter, Foro…
Restos de esculturas hallados en las ruinas de la ciudad
Pero recién en 1863 el arqueólogo y numismático Giuseppe Fiorelli pudo decir, como Arquímedes, ¡eureka! Iluminado, volcó yeso en los huecos que dejó el desastre, y ese moldeo le permitió ver en qué posición estaban algunas víctimas en su último segundo de vida.
En 1985, Amedeo Cichitti (pronunciar "Chiquitti") modernizó el Método Fiorelli cambiando el yeso por resina y logrando así moldes transparentes que ampliaron la visión anterior: aparecieron, además de esqueletos, los objetos que rodeaban a algunos habitantes antes de su fulminante muerte.
¿Cifras? En ese momento, Pompeya tenía unas diez o veinte mil almas. La mayoría, ante las primeras amenazas del volcán, logró escapar. Miles murieron en la huída, asfixiados o aplastados por la lluvia de piedras. En total, hasta el 2002, en que fueron descubiertos los últimos cuerpos, casi mil quinientos quedaron atrapados dentro de la ciudad.
Un detalle que suele conmover a los miles de turistas que visitan las ruinas más aun que La Víctima Sentada o Los Amantes: el perro de la casa de Vesonius Primus con el collar que lo ataba a una cadena…
Pasaron 1940 años desde esos aterradores días. Los napolitanos están orgullosos de dos títulos: su ciudad y su pizza son, por decisión de la Unesco, Patrimonio de la Humanidad.
Pero cada vez que miran el Monte Vesubio, secretamente, lo interrogan: "¿Cuándo volverás a castigarnos?".

miércoles, 2 de octubre de 2019

LA PÁGINA DE ALFREDO SERRA,


Zodíaco, el crimen perfecto: el asesino serial que aterró a Estados Unidos, agotó a la policía durante 50 años y desapareció en las sombras Comenzó a matar en los años 60 y su caso fue cerrado en 2007 sin poder dar con quien decía haber matado en su raid delictivo a 37 personas

Por Alfredo Serra
Los crímenes del Zodíaco fueron imposibles de dilucidar para quienes los investigaron durante casi medio siglo
La historia del asesino llamado Zodíaco es un entramado de caminos sin salida. Un laberinto dentro de otro laberinto. Tampoco tiene un principio y un final. El sospechoso más firme murió en 1992 sin que nada pudiera probarse en su contra. Caso cerrado en 2007, más de medio siglo después de la sangrienta serie, logró la cumbre del Mal: el crimen perfecto.
Los hechos sucedieron así…
El 18 de diciembre de 1968, Paul Avery, reportero del San Francisco Chronicle, oyó a través del teléfono una voz distorsionada:
–Hoy es mi cumpleaños. Debo salir a matar.
Dos días después, David Arthur Faraday, de 17 años, y Betty Lou Jensen, de 16, en su primera cita, fueron a un concierto de navidad a pocas cuadras de la casa de Betty. Terminado el show, y apenas pasadas las diez de la noche, estacionaron el auto en un cruce de Lake Herman, para besarse: sus primeros escarceos…, interrumpidos por otro auto que se detuvo exactamente al lado. Los cuerpos acribillados de la pareja fueron encontrados por una vecina.
La investigación fue un fracaso. Ninguna prueba, ningún testigo. Sin embargo, uno de los más viejos reporteros de ese diario y compañero de Paul Avery, recordó un caso de cierta similitud.
El 4 de julio de 1963 (día de la Independencia, navidad: fechas especiales; ¿una pista?), Robert Domingos, de 19 años, y Linda Edwards, de 17, tomaban sol en una playa cerca de Santa Bárbara, California…, y no volvieron a sus casas. Al día siguiente, el padre de Robert, rastreando el lugar, encontró los cuerpos en una vieja cabaña casi derruida. Estaban atados de pies y manos, y acribillados por un arma calibre 22. Robert, once balazos; Linda, nueve. El asesino intentó quemarlos, pero el fuego no progresó.
Ese 1969 fue infernal. Michael Mageu (19 años) y Darlene Ferrin (22), asesinados también el 4 de julio (¡!) en un campo de golf de Blue Rock Springs, Vallejo, California. Darlene murió en un hospital mientras la operaban, y Michael sobrevivió.
Un día después, llamado telefónico a la policía. En voz muy baja, este mensaje: "Quiero denunciar un asesinato. Si acuden una milla al este de Columbus Parkway, encontrarán unos chicos en un auto marrón. Fueron fusilados con una Luger de 9 milímetros. También maté a otros chicos el año pasado. Adiós".
Uno de los mensajes en clave que dejó el asesino en el lugar del crimen
El 27 de septiembre, casi una copia al carbónico. Bryan Calvin Hartnell (20) y Cecilia Ann Shepard, apuñalados en Lake Berryessa, una isla del condado de Napa. Bryan se salvó a pesar de seis heridas profundas en la espalda, pero Cecilia murió dos días después en el hospital local.
Pero poco antes, el primer día de agosto, el asesino había mostrado su tarjeta de presentación: tres cartas casi idénticas llegadas a los diarios Vallejo Times Herald, San Francisco Chronicle y San Francisco Examiner. En ellas confesó los crímenes, y dibujó un criptograma de 360 caracteres que, descifrado, decía: "Me gusta matar gente porque es mucho más divertido que matar animales salvajes en el bosque, porque el hombre es el criminal más peligroso de todos. Matar algo es la experiencia más excitante. Es aun mejor que acostarse con una chica. Y la mejor parte es que cuando me muera voy a renacer en el paraíso y todos los que he matado serán mis súbditos. No daré mi nombre porque ustedes tratarán de retrasar o detener mi recolección de súbditos para mi vida en el más allá". Firmaba "Zodiac". En adelante, para la prensa y el público, sería "El asesino del Zodíaco".
Pero en las cartas exigió una condición: "Estos comunicados deben ser impresos en la primera plana. En caso contrario, me veré en la obligación moral de asesinar a una docena de personas elegidas al azar en las calles este mismo fin de semana". Tormenta en las oficinas de los editores. Dilema: publicarlas en la tapa crearía pánico, y sería arrodillarse ante el asesino, y no publicarlas podría desatar los crímenes prometidos. Por fin, los tres diarios optaron por imprimirlas en páginas interiores…
De pronto, cuando los ataques a Bryan Hartnell y Cecilia Shepard empezaban a caer en el olvido, apareció un testigo clave y declaró ante Dave Toschi, el detective a cargo del caso Zodiac con su compañero Bill Armstrong:
–Ese día, por casualidad, yo estaba en la orilla del lago, y alguien que se escondía detrás de un árbol se acercó a la pareja. Se tapaba la cara con una capucha negra, de verdugo, y anteojos oscuros, y llevaba una especie de pechera con un símbolo extraño en el medio. No tuvieron tiempo de defenderse ni de huir: los baleó a menos de un metro, y se fue caminando, muy tranquilo…
Los crímenes siguieron. O aparecieron tardíamente, como el de Cheri Jo Bates, degollada y casi decapitada el 30 de octubre de 1966 en Riverside, California, que el reportero Paul Avery conectó, por sus similitudes, con el asesino del Zodíaco. Pero no pudo probarlo.
Y a veces fallaron… El 22 de marzo de 1970 (el serial killer ya no atacaba en fechas especiales), Kathleen Jons (22), con su bebé, iba por la ruta 132, al oeste de la californiana ciudad de Modesto, cuando desde otro coche, con las luces, que pidieron que parara. Lo hizo. Un hombre se acercó:
–Tiene una rueda floja.
–No me di cuenta.
–¿Quiere que se la arregle?
–Sí, gracias, es muy amable.
Ella no se bajó del auto. Al rato, él volvió:
–Ya está. Puede seguir.
Kathleen arrancó, y a los pocos metros perdió la rueda. Desesperada, esperó que alguien la auxiliara. Y volvió el mismo hombre:
–La rueda estaba peor de lo que parecía. ¿Quiere que la lleve hasta una gasolinera?
–Sí, por favor, Pero espere: voy al auto a buscar a mi bebé.
–¿Tiene un bebé?
–Sí. ¿Es un problema?
–No… Mientras más, mejor…
Partieron. Él no se detuvo en la gasolinera más cercana.
–¿Por qué no paró?
–¡Tire a su bebé por la ventanilla!
Horrorizada, la mujer abrazó al bebé, saltó del auto y se escondió detrás de unos arbustos, cerca de la banquina. El hombre aceleró y se perdió en la noche. En la estación de policía, ella reconoció al Retrato-Robot que ya circulaba por todo el estado:
–¡Sí, es ése!
Los indentiks del asesino del zodíaco que nunca pudo ser hallado
Poco después, una llamada de Zodíaco al San Francisco Chronicle: "Tengo que matar. Si no mato, mis dolores de cabeza son insoportables. Empezaron el día en que maté a un niño. Mañana detendré a un autobús escolar con un tiro en la rueda delantera, y liquidaré a todos los niños cuando vayan bajando".
No cumplió. Mientras tanto, una comisión de expertos se devanaba los sesos tratando de descubrir la identidad del monstruo. Calígrafos con sus lupas sobre cada letra de las cartas. Médicos y peritos forenses detrás de una huella –¡al menos una!–, de una gota de sangre o de sudor en busca del ADN, y psicólogos rastreando un perfil para acotar la investigación a una zona o a la lista de sospechosos. Sin coincidencias: según los distintos informes, era blanco o negro, entre 20 y 35 años, entre 45 y 50, de educación universitaria (o no). Etcétera.
Entretanto, en la redacción del San Francisco Chronicle, el caricaturista Robert Graysmith, apasionado por el caso, husmeaba en los escritorios y en los archivos para armar su propia investigación. Y esa curiosidad de felino lo llevó a revelar un dato que se les escapó a policías y periodistas:
–Ya sé por qué eligió el nombre de Zodiac.
Lo miraron con una mezcla de piedad y burla. Pero claudicaron como principiantes:
–Zodiac es una marca de reloj. Seguramente el que usa. Y su firma, un círculo cruzado por una cruz, es parte del logotipo. Indica precisión. Acierto en el blanco. Pero el círculo y la cruz pueden ser también la boca de un arma, y su mira.
No lo aplaudieron ni lo felicitaron: fue como un trago de bilis…
Zodíaco reapareció en una carta fechada el 20 de abril de 1970: "Mi nombre es (…) seguido de 13 caracteres. No soy responsable de la bomba en la estación de policía de San Francisco que mató al sargento Brian McDonnell el 18 de febrero de 1970. Soy popular. Me gustaría ver a mucha gente luciendo botones con mi nombre en su ropa".
Cuando toda esperanza de atraparlo se había perdido, algunos indicios apuntaron al que sería el principal sospechoso, y para algunos sabuesos, el culpable: Arthur Leigh Allen. Denunciado por un amigo, y detenido, dijo que "los cuchillos ensangrentados que tenía en mi auto el día del doble ataque en Lago Berryessa los usé para matar pollos". Allen (1933-1992) era un maestro de escuela. Dictaba clases en Vallejo, una de las tres ciudades donde sucedieron los crímenes de Zodíaco. En 1975 fue condenado por abuso sexual de menores. Un pedófilo… En su casa tenía armas y explosivos. Sin embargo, todas las posibles pruebas (ADN, rasgos de la escritura, huellas dactilares) fueron consideradas "circunstanciales".
Final del caso.
Según la policía, Zodíaco cargaba sólo con siete ataques y cinco muertos: David Faraday, Betty Lou Jensen, Darlene Ferrin, Cecilia Shepard y el taxista Paul Lee Stine, asesinado a balazos y a quemarropa el 11 de octubre de 1969. Pero en todos sus mensajes y cartas, hasta su desaparición de la escena, confesó que había matado a treinta y siete…, y se esfumó para siempre.
Aún hoy, algunos investigadores creen que Zodiac… fueron al menos dos asesinos, no uno. Otros, que bien podían ser aquellos treinta y siete, y hasta más. Entre biografías, novelas, películas, episodios de tevé, temas musicales y videos, más de veinte títulos están dedicados a él. A ese fantasma. Ese famoso y temido fantasma…